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Antón Castro

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PIPPI TETLEY, LA JOVEN NEOZELANDESA, CUMPLE 30 AÑOS

PIPPI TETLEY, LA JOVEN NEOZELANDESA, CUMPLE 30 AÑOS

Philippa Susan Tetley, más conocida como Pippi Tetley, nacida en Nueva Zelanda tal día como hoy hace treinta años, celebra su cumpleaños. Pippi tiene ahora una exposición de joyas en el SOHO, un poco pintoresca; a su modo, ha realizado exposiciones en diversas ciudades del mundo y aquí vive más o menos feliz, giganta o no entre las españolas (como apuntaba con su habitual ironía en su blog), en Zaragoza. Escribe con mucha gracia, da clases, dibuja, tiene una preciosa mesa de taller y estos días ha recibido la visita de su hermana, little Wendy, una gran lectora de Philip Kaufmann y una apacible fumadora de Marlboro lights.

JAVIER ESPADA HACE BALANCE DE LOS 25 AÑOS SIN BUÑUEL

JAVIER ESPADA HACE BALANCE DE LOS 25 AÑOS SIN BUÑUEL


En este año que termina, se han cumplido 25 sin Luis Buñuel, sin embargo el interés que despiertan su figura y su obra continúan vigentes, prueba de ello han sido las exposiciones que se le han dedicado y a las que hemos contribuido notablemente desde el CBC, pues he comisariado cinco exposiciones, de las cuales dos en colaboración con Filmoteca Española y compartiendo la labor de comisariado con Elena Cervera: "México fotografiado por Luis Buñuel" y "Buñuel. Entre dos mundos", esta última producida por SEACEX e inaugurada por los Príncipes en México, en el marco del I Congreso de la Cultura Iberoamericana "Cine y Audiovisual en Iberoamérica".

 

La exposición "Álbum fotográfico de la familia Buñuel" comisariada conjuntamente con Asier Mensuro se pudo ver en Valladolid coincidiendo con la SEMINCI y ahora se puede visitar en el Edificio Botines de Caja España en León.

 

Acompañan a estas exposiciones sus respectivos catálogos, tres obras de notable interés por la gran cantidad de fotografías reproducidas y por los textos que las acompañan.

 

Las actividades que realizamos en el Centro Buñuel de Calanda han sido posibles por el apoyo de Ayto de Calanda, Gobierno de Aragón, Diputación de Teruel, Caja Rural, Comarca del Bajo Aragón y Ministerio de Cultura, ICAA y Filmoteca Española; pero también por la colaboración de otras muchas instituciones y amigos a los me resulta imposible nombrar: mi agradecimiento a todos ellos.

 

Entre las publicaciones que en este año se han dedicado a Buñuel, son destacables el libro editado por la Berlinale con motivo de la retrospectiva que le dedicó este festival, así como el último número de la revista Turia, lleno de interesantes artículos sobre don Luis. Mención especial merece la exposición "España. Arte Español 1957-2007" que se pudo ver en Palermo y en la que la obra de Buñuel estuvo presente junto a la de los más importantes creadores españoles, comisariada por Demetrio Paparoni también cuenta con un excelente catálogo. La edición en holandés de una obra fundamental para acercarse al cine de don Luis: "Buñuel por Buñuel" de Tomás Pérez Turrent y José de la Colina a cargo de Gijs Mulder.

 

El interés por don Luis ha estado presente en muchos festivales, entre los que cabe destacar, además de la Berlinale, el Festival de Cine de Estoril y el de La Habana, acompañados ambos de la exposición "México fotografiado por Luis Buñuel". En España, además de la SEMINCI, el festival de Medina del Campo homenajeó a Buñuel y colaboró en la producción de la exposición "Buñuel creando cine", el Festival Internacional de Jóvenes Realizadores de Granada o en el REC de Tarragona (acompañado de la exposición de fotografías de Juan Luis Buñuel "Amigos, rodajes, encuentros y algún disparate").

 

Se le dedicaron sendas retrospectivas en Ámsterdam y en Heidelberg (además, en esta ciudad alemana tuvo lugar un simposio) acompañadas de la exposición "Los Olvidados Memoria del Mundo". En el Escorial, la Universidad Complutense organizó un curso de verano dirigido por Federico García Serrano. También Aragón Televisión emitió un ciclo de películas dirigidas por Buñuel.

 

La película documental "El Último Guión" que dirijo junto a Gaizka Urresti viene cosechando excelentes críticas y comentarios del público que ha podido verla, en especial en los festivales por los que se ha proyectado una versión previa de esta película, en la que se recorren los lugares más importantes en la vida de Buñuel, en compañía de su hijo Juan Luis y de su amigo y guionista Jean Claude Carrière, en un viaje lleno de recuerdos y anécdotas, ilustrado con gran cantidad de imágenes, un viaje en el que la amistad cómplice se torna en protagonista. Un peregrinaje enriquecido por los encuentros con las actrices Ángela Molina o Silvia Pinal, con los especialistas Ian Gibson, Enrique Camacho o Javier Pérez Bazo, con el fotógrafo Gabriel Figueroa o con Rafael Buñuel. Además, también colaboraron Asunción Balaguer, Claudio Isaac e Iván Trujillo. Cabe destacar la canción compuesta por Eduardo Aute sobre un poema de Buñuel.

 

Me resulta muy difícil transmitiros mis deseos de paz y felicidad para el año que comienza, mientras el ejercito del Estado de Israel está perpetrando una matanza de palestinos, condenando al resto a la humillación, al odio y al resentimiento, sembrando la desesperación y alentando la venganza y el surgimiento de reacciones violentas que "justifiquen" futuras matanzas, al menos que esto no suceda con mi silencio cómplice....

 

 

Te deseo un futuro en paz y te mando mis mejores deseos, 

 

Javier Espada

 

QUINTA DE LA SIRENA (CUENTO)*

QUINTA DE LA SIRENA (CUENTO)*

QUINTA DE LA SIRENA

 

 

Hacía tiempo que mi mujer me hablaba de una casa con terreno. La describía, hablaba de sus ciruelos, de sus higueras, de los jardines, del atardecer de oro que surgía más allá de los altos setos. Y me hablaba de la familia que vivía en ese lugar: una pareja iraní, ella morena y hermosa, él habilidoso y simpático, con cuatro hijos de nombres casi impronunciables. Pronto me di cuenta de que lo que le gustaba no era tanto la casa como la familia, que, además, había hecho un modesto semillero de plantas árabes, ideales para las infusiones. Mi mujer insistía. Se emocionaba contando que en las últimas semanas habían venido los padres de él, o los de ella, y que preparaban al crepúsculo té y otras bebidas aromáticas. Explicaba, con evidente delectación, cómo eran sus meriendas en el porche: solo frutas (dátiles, mandarinas, nueces, uvas), zumos naturales y las infusiones, y tertulias de esto y de aquello, como un zoco improvisado de Las mil y una noches, que “es tu libro de cabecera”.

Un día, como si quisiera convencerme de algo que yo aún desconocía, me dijo: “Hay algo que te encantará: la piscina está decorada con una gran sirena. Es la casa que siempre has soñado”. Desde hace muchos años soy coleccionista de libros, cuadros y películas de sirenas; creo que he llegado a soñar con ellas. Pocos días después, me anunció que la pareja iraní se marchaba a Estados Unidos. A él lo reclamaban de una universidad importante para desarrollar complejos programas informáticos y a ella le había salido un puesto de profesora de idiomas. Los niños, dos de ellos gemelos, ya tenían colegio cerca de un aeródromo y una pista de patinaje.

No me quedó otro remedio que ir a ver la casa. La finca era cautivadora, tenía algo de paraíso en desorden entre pinos, almendros y olivos. Era fácil deducir que sus moradores habían sido felices en ella. Por aquí y por allá se percibían los gestos de una placidez doméstica: en los columpios, en el montículo de arena donde cargaban sus minúsculos camiones los niños, en la valla de madera de la piscina, en los rectángulos de tierra donde habían plantado sus hierbas aromáticas, en la ducha improvisada cerca de un avellano. Y estaba la sirena: rubia, con un busto opulento y las escamas minuciosamente trabajadas. Era bella e inocente, como si la hubiera soñado un poeta más que un pintor. Pese a todo, la casa no me convenció. O quizá sí, pero dije que no. Mi mujer insistió tanto que accedí a que nos pidieran precio. No tardaron en hacerlo, entre otras cosas porque a la pareja, que ya había compartido algunas fiestas de cumpleaños de los niños de primero de Primaria con mi mujer, le hacía ilusión que nosotros nos quedásemos la casa. Mi mujer había establecido un hilo de complicidad con ellos y decía que, en el fondo, teníamos existencias paralelas. Mi mujer siempre se enamora de las vidas de los otros. El precio me pareció abusivo, a un hermano de él le correspondía la mitad y se volvió avaro de repente, y acabé ofreciendo una cantidad bastante más baja. En realidad, la decisión fue costosa: ya habíamos dicho que no, que no podíamos mudarnos allí porque nos faltaban habitaciones, porque la fínca no estaba legalizada, pero una noche, durante la entrega de un premio literario en Toledo, recibí una llamada de mi mujer. Había soñado que esa casa debía ser para nosotros, y me pidió que realizase una oferta en serio, una oferta definitiva. Solventaríamos todos los problemas, uno a uno, desde el pozo artesiano colectivo y la caldera de la calefacción hasta la escasez de autobuses y el aislamiento. Lo hice. La cantidad era muy inferior a la cifra inicial que habían demandado los dueños. Sospechaba que me iban a decir que no. Y dijeron que sí.

Empezamos a remodelar la casa, a inventar nuevas habitaciones y escaleras. Recuperamos el sótano y el desván. Convertimos los cobertizos del garaje en biblioteca, cuarto de calefacción y taller de carpintería. Colocamos láminas de madera de pino en el techo, y pusimos ventanas nuevas. Mi mujer dijo: “No quiero rejas. Esta es una casa libre. Una casa con pájaros y golpes de cierzo. Una casa para que crezca el amor. Quiero oírlo todo, hasta el ruido de los aviones”.

Cuando nos confirmaron que ya nos podíamos trasladar, mi mujer me dijo: “Si queremos recuperar la piscina tenemos que tapar las grietas, lucirla y pintarla de azul”. Cuando llegaron los albañiles rumanos, me cogió de la mano, me empujó suavemente hacia el borde y murmuró: “Despídete de ella”. Abatido, dije adiós a la sirena.

 

Sospecho que esta frase sería el perfecto final de esta cadena de hechos que parecen un cuento. Y durante bastantes meses, prácticamente dos años completos, lo fue: acepté la pérdida deportivamente e intenté adaptarme a una nueva forma de existencia. Puedo decir que le he tomado un gran cariño a la casa, a la piscina, y especialmente a los pinos: cuando llega el otoño tengo la sensación de que regreso a mi infancia de rumores y de temores. De niño, allá en Baladouro solía tenderme en el  bosque bajo la inmensa copa de los pinos y allí me quedaba minutos y minutos con la sensación de que penetraba en una región de fábulas y de ominosas apariciones. Cuando cae la noche, y veo el extenso tapiz de las estrellas en el cielo, presiento que mi vida ha adquirido un nuevo sentido merced a la tozudez de mi mujer. Hay otros detalles: veo crecer los granados, percibo el olor distinto de las cuatro higueras, paseo entre los almendros e incluso disfruto con las hazañas domésticas de mi mujer. Un día dice que ha plantado patatas, otro día pimientos y fresas, otro día que ha logrado recoger tomates de varias clases. He aceptado sus propuestas de complicidad: a algunas de las nuevas plantas les he puesto nombres de poetisas, de ciudades e incluso de heroínas literarias: Emily Dickinson, Berna, Ofelia, Inés de Garza, Tristana.

Han pasado algunas cosas importantes en estos tiempos. He perdido a mi padre, he descubierto que ya no quiero volver a Galicia y tengo la impresión de que ya no tengo fuerzas para volver a escribir con la intensidad de antaño. Me ha sorprendido un cansancio antiguo, una sensación creciente de fatalidad y de esplín. No sé si mi mujer se ha dado cuenta de todo ello. Indicios no le han faltado. Me ha repetido tres o cuatro veces que me he vuelto autista y que vivir conmigo   no es nada fácil. “Has pasado de la amabilidad y de la pasión al silencio”, me dijo un día.

Nunca me ha preocupado cumplir años. Lo asumo como algo inevitable e indoloro. Cumplí en esta casa 47, 48, y acabo de cumplir 49. También es cierto que en los últimos tiempos se han ido muchos amigos, familiares, viejos conocidos: hemos visitado más que nunca el cementerio de Torrero. Soy temeroso. Creo que esta palabra es la que mejor me define: temeroso. Casi todo me da miedo, o una forma de pereza que es la antesala o la máscara del miedo. Me cuesta preparar un viaje, me cuesta sacar los billetes a cualquier parte, presentar un libro o hablar en público, me incomoda pensar que debo coger el coche para irnos de vacaciones a la playa. Este tenía que haber sido uno de los veranos de nuestra vida. Nos lo habíamos prometido; en realidad, tras haber trabajado hasta el insomnio y la desesperación durante un año, se lo había prometido yo a mi mujer. Como antes le había prometido una estancia de un mes en París o en el Caribe. Esta vez, le había hablado de un gran viaje familiar o de un crucero por distintas ciudades europeas. La casa, las dos perras, la piscina sin sirena pero con depuradora y mi pánico lo estropearon todo.

Sin embargo, mi mujer no es de las que se amilanan. Suscita más simpatía y cariño que yo. Eso no me molesta: al contrario, de esa certeza deriva una sensación de orgullo e incluso de buena conciencia. El fin de semana que precedió al lunes de mi cumpleaños nos fuimos a Ejulve, el pueblo turolense de su familia. Antes íbamos mucho; ahora, yo voy menos: tengo la inclinación a evocar el pasado y mitificarlo, y he perdido asideros. Es como si viviese hacia atrás. Prefiero estar en casa, entre los árboles o en la piscina, con mis dos perras Noa y Zara. Fui a regañadientes, y quizá con un levísimo malestar: habría querido comer con nuestro hijo mayor antes de la partida, y él dijo que tenía un compromiso anterior. Estaban a punto de finalizar las Olimpiadas y pensé que habría cambiado una carrera de Usain Bolt por nuestra compañía.

Volvimos el domingo y celebramos mi aniversario. En la plaza afrancesada del barrio nos dieron las doce y me cantaron el cumpleaños feliz. Mi familia al completo y una pareja de amigos. Llegamos a casa a la una y media. Se me había avivado un tirón durante un partido de fútbol sala y solo tenía ganas de coger la cama. Creo que había bebido algo más de la cuenta.

Tras lavarme los dientes, mi mujer me llamó. Había encendido las luces del exterior y el foco interior de la piscina. Refrescaba y la noche tenía una oscuridad inolvidable. “Mira bien”, me dijo. Miré, y dije, como cualquiera de mis hijos: “¡Qué pasada!”. Alguien durante el fin de semana había pintado una preciosa sirena en la pared, una sirena rubia que se reflejaba y se mecía en el agua. Mi mujer me dijo quién había pintado la sirena, y cómo lo había hecho, y como habían organizado una trama de silencios y sobreentendidos que solo a un ensimismado como yo le habría pasado inadvertida. Añadió, con la satisfacción de un triunfo muy elaborado e incontestable: “Ahora ya no podremos irnos de aquí. Sé que no querrás abandonar nunca a la sirena”.

Me entregó una carpeta bellamente encuadernada con todos los bocetos, notas mitológicas, fotos y bocetos del trabajo de la pintora Lina Vila, que contó con la colaboración de la artista neozelandesa, Pippi Tetley, la novia de mi hijo. Esas páginas y esas láminas revelaban que aquel había sido un proyecto concebido con premeditación, nocturnidad y alevosía, y ejecutado en un tiempo récord, casi a la velocidad de Usain Bolt.

A la mañana siguiente, comprobé que bajo el número 19 de mi casa, había una placa que decía: “Quinta de la sirena”.

 

[La primera parte de este relato aparece en Fotografías veladas. Por el bello azar que aquí se cuenta, el cuento siguió creciendo con la feliz sorpresa. Aloma Simpé realizó esta foto a la obra de Lina Vila, pintora y grabadora y excelente amiga, y fue ella quien pensó en que Lina Vila realizase este mural. Esta imagen, fragmentada, ha sido el motivo del volumen de relatos citado. Lina contó con la ayuda de la diseñadora y fotógrafa neozelandesa Philippa Susan Tetley, y de Carmen Gascón y Sara Rodríguez, que pintaron algunos fondos. Este relato ha aparecido así en la última entrega de la revista Rolde, que coordina desde hace varios números el infatigable Víctor Juan Borroy con ilustraciones del pintor y profesor Antonio Álvarez.]

 

JORGE GAY Y MARTÍNEZ DE PISÓN: 'EL AMOR NUEVO'

JORGE GAY Y MARTÍNEZ DE PISÓN: 'EL AMOR NUEVO'

El amor siempre está de moda. Es un sentimiento eterno que se renueva a diario, que se multiplica en el cierzo y en la luz. Balzac escribió: “Amar y ser feliz es algo prodigioso”. Ortega definió el amor como “obra de arte mayor, magnífica operación de las almas y los cuerpos”. Teruel es la ciudad del amor, la ciudad de Diego e Isabel, inmortalizados en la literatura, en el mito y en un cuadro impresionante de Muñoz Degrain. De él partió Jorge Gay para recrear, a su modo, esa fábula universal y eterna: la historia que enlaza el amor, el deseo irresistible y sus quimeras, y la muerte. Apasionado por la pintura del siglo XIX, Rosales, Fortuny, Madrazo o Muñoz Degrain, ha pintado otro mural: ‘El amor nuevo’, en el que rinde homenaje a la ciudad mudéjar, a su embrujo de siglos y a los dos enamorados, pero además abre nuevas vetas. Jorge Gay habla de “un ideal de convivencia; como vía de encuentro, de hermandad y de júbilo”, y conjetura que Diego e Isabel sueñan, en su delirio erótico más allá de la muerte, “la prosperidad, el progreso, la civilización, las nuevas formas de humanismo”. Jorge Gay e Ignacio Martínez de Pisón publican un libro inolvidable, ‘El amor nuevo’ (Fundación Amantes de Teruel; diseño de Fernando Lasheras), que es una celebración de la literatura –a través de ese ‘Diccionario de los amantes’, tan jugoso y autobiográfico, que redacta Pisón-, de la pintura y, sobre todo, de la creación: Jorge Gay desmenuza y evoca, trazo a trazo, recuerdo a recuerdo, los secretos de un mural que es una declaración de amor al mundo y un mundo de amor al completo. Hay libros que llegan como un tesoro en plena Navidad.

*Este texto apareció ayer en Heraldo de Aragón, en mi sección 'Cuentos de domingo'.

MICHELLE PFEIFFER: UNA CANCIÓN DE DOMINGO

MICHELLE PFEIFFER: UNA CANCIÓN DE DOMINGO

Esta mañana, mientras la lluvia cae lentamente como las babas del diablo, abro el correo y me encuentro con un envío de Fernando Sarría, el poeta incesante. Me recomienda uno de sus blogs estupendos, La música de mi vida, y en concreto una canción de Michelle Pfeiffer de Los fabulosos Baker Boys.

 

http://fsarria.blogspot.com/2008/12/michelle-pfeiffer-makin-whoopee.html

 

Como no sé hacer links, os dejo aquí la página: la de Fernando y la foto, tan hermosa, de Michelle Pfeiffer, a la que le dediqué un retrato en Retratos imaginarios (Mira editores), con ilustración cubista de José Luis Cano.

LA MOV: BELLEZA, ELEGANCIA Y VARIEDAD EN EL PRINCIPAL

LA MOV: BELLEZA, ELEGANCIA Y VARIEDAD EN EL PRINCIPAL

Hubo un tiempo en que frecuentaba casi todos los espectáculos de danza que había en Zaragoza. Fue, especialmente, en los años de El Día de Aragón, que era una magnífica escuela de aprendizaje del periodismo; allí tenías la sensación de que debías aprenderlo todo y se daban las condiciones para ello. Asistí a muchos espectáculos de danza: Mats Eks y Ana Laguna, Maya Plitseskaya, Matilde Monnier, hasta vi un inolvidable espectáculo de danza-teatro de la inolvidable Cipe Lincovsky, Danat Dansa, Gelabert & Azzopardi, y por supuesto las producciones de bailarines y coreógrafos aragoneses: desde María de Ávila hasta Víctor Ullate, para acabar en el malogrado Mauro Galindo, director del Ballet de Zaragoza durante algunos años.

 

La siempre amable Elena Parra me insistió en que viese el espectáculo de la nueva compañía La Mov, que dirige Víctor Jiménez, una formación zaragozana llena de entusiasmo y de profesionalidad que ha ido depurando su primer espectáculo: El Trovador. Anoche, La Mov ponía en escena tres piezas muy distintas: ‘Ostinato’, ‘Nosotros, y ‘Lo que el cuerpo recuerda’. La primera es una obra de Antonio Ruz, responsable de la coreografía, con música de John Corigliano y con un pianista en directo: José Luis Franco. La escenografía, totalmente despojada, hasta el punto de que muestra las vísceras del propio Teatro Principal y algunas manchas y escorchones, ha sido elaborada por Daniela Presta. La obra está inspirada en la VII Sinfonía de Beethoven, y consta de dos partes o periodos. Se trata de una obra difícil e intensa, minimalista en algunos instantes, que tiende a la abstracción, y que propone un universo lleno de paradojas: la lentitud y el vértigo, el sosiego y el desorden, formas de oleaje, manos como pájaros, la tensión de los cuerpos, que arrancan convulsos o agarrotados. Hay una pureza esencial en la primera pieza: todo es contenido, sobrio, de una interpretación hacia dentro, y está resuelta con duetos y con movimientos de masa. El resultado final es una pieza de una extraña elegancia, inquietante por la danza misma y por esa música abrupta, como desgajada de una sinfonía., de ahí que resulte espasmódica.

 

La segunda pieza, ‘Nosotros’, es una creación de Davy Brun, tanto en coreografía como en escenografía. Se trata de una obra, subrayada por una efectiva música del Renacimiento francés, con ecos irlandeses o célticos en algún momento, en la que su autor realiza un ejercicio complejo que va de lo individual, o del paso a dos, a lo coral. Aquí el escenario es como una gran caja negra, que lo mismo evoca a Caravaggio que a Ribera, en la que se mueven los bailarines. Es éste un proyecto igualmente medido, más dinámico que el anterior, más ameno si puede decirse así. Los bailarines exhiben una gran variedad de recursos y parecen explorar un enigma de identidad o de relación entre ellos. ‘Nosotros’ es una coreografía dinámica y variada, llena de sutilidad y energía. Podríamos decir de ellas que es una apuesta por la plasticidad y por la comunicación inmediata con el espectador, y por tanto se caracteriza por su vena más clásica.

 

Víctor Jiménez es el director de La Mov y un excelente bailarín que ha trabajado con Víctor Ullate y con Maurice Bejart. Su repertorio es extraordinario: aún recordamos su diálogo corporal en El Trovador con la sílfide Rut Miró. Víctor Jiménez es el responsable total del tercer baile, coreógrafo luminoso y escenógrafo. ‘Lo que el cuerpo no recuerda’ es una pieza de carácter onírico que explora diversos sentimientos y relaciones entre los personajes. Habla de la soledad, de la pasión, del abandono, de la incomprensión, del dolor, efectúa todo un cántico de los límites imprecisos del cuerpo con elementos de misterio y de desgarro. Hay duetos espléndidos, lo más justo sería decir que todos lo son, quizá los dos últimos resulten los más rotundos: el penúltimo es delicioso, incluye un desnudo muy artístico, y el último tiene algo de torbellino. Jiménez ha creado una pieza brillante, muy variada estilísticamente, donde los  bailarines dan la medida de su estupenda formación y de su ambición. La música de Bach y Palestrina es lo suficientemente expresiva para matizar este universo de sentimientos, de delirios, de sueños y de heridas.

 

En este espectáculo, cuidado y exquisito en muchos momentos, La Mov se revela como una gran compañía: seria, imaginativa, trabajadora, capaz de llevar a cabo importantes empeños. La Mov, por lo que hemos visto y por lo que vemos, no parece que vaya a ser flor de un día ni un capricho pasajero: hay cuerpo de baile, hay ambición y reflexión, hay sentido de la belleza y se percibe una apuesta por la investigación, por la calidad y por el compromiso con la danza. Queda función hasta el lunes, y un proyecto así merece espectadores, muchos más espectadores.

 

[La Mov está formada por: Víctor Jiménez (director); Silvia Aured (ayudante de dirección). Cuerpo de baile: Emma Garau, Cristina García Fonseca, Elena Gil Mas, Gabriela Gómez Abaitua, Ana Belén Sanz, Sergi Amorós, Samuel Déniz, Julián Juárez, Kenji Matsuyama Ribeiro. Coreógrafos invitados: Dani Brun y Antonio Ruz. Pianista invitado: José Luis Franco. El pintor Jorge Gay ha colaborado en el diseño de luces de la última pieza. El equipo es más extenso… Esta foto fue realizada por Oliver Duch para Heraldo de Aragón.]

RECITAL COLECTIVO SOBRE LA POESÍA Y EL AGUA

RECITAL COLECTIVO SOBRE LA POESÍA Y EL AGUA

[Me escribe el joven poeta Ángel Sobreviela y me pide que anuncie este recital en mi blog. Y aquí están los datos de este proyecto tan sugerente.]

 

Recital "Palabras de agua, versos de vida"


Intervendrán:

Carmen Serna,
Alfredo Saldaña,
Trinidad Ruiz Marcellán,
Manuel M. Forega,
Amparo Sanz,
Rosa Carrillo,
Carmen Aliaga,
Amalia Soro,
Chema Sanz,
Luis Trébol,
David Ubico,
Ángel Sobreviela
y Ricardo Fernández.

19 de diciembre, a las 19 h
Biblioteca del Agua
Paseo Echegaray y Caballero 18

 

Son poemas inspirados en el líquido elemento: el agua. Este es el tercer y último recital. Una vez que hayan intervenido todos los poetas, y tras una pausa musical (Bach la última vez), se retoma la ronda con una lectura sobre la pujanza de la vida. La foto es de Pascal Renoux.

 

EPÍSTOLA DE UN ÁNGEL

EPÍSTOLA DE UN ÁNGEL

Nunca había asistido al rodaje de una película. Y era algo que tenía completamente mitificado. Hubo una época de mi vida, a principios de los 80, cuando era camarero, que consideré que podía dirigir películas y redactar guiones. Apenas tenía dinero, pero iba tres o cuatro veces por semana a las matinales de los Multicines Buñuel. Aquel era un festín para mí: abrí un cuaderno, y dos y tres, y lo fui llenando de notas sobre la película, los actores, la historia del guión, el propósito del director y mis propias teorías. Por todo ello, en aquel verano en que me convertí en periodista de “El Día de Aragón”, encaré el rodaje con absoluto entusiasmo. En realidad, con una idéntica porción de ilusión y de pánico, que en el fondo es como vivo siempre. Con ilusión y pánico.

Llegué a Calatayud en autobús, y busqué los puntos de rodaje: la plaza central, el hotel donde pernoctaban los equipos, la plaza de toros. Y pronto, muy pronto, me topé con los actores y todos los cachivaches de producción, entre ellos algunos negros coches de la posguerra inicial. La plaza era realmente espectacular: como un gran teatro de comedia que aguarda a que los actores declamen a Cervantes, a Lope de Vega y a Calderón. Asistí a diversas tomas con auténtica delectación: no podía creérmelo. La película se titulaba El aire de un crimen, la dirigía Antonio Isasi Isasmendi. El capitán Medina era un actor local que empezaba entonces su proyección: Chema Mazo.  Trabajaban con él, entre otros, María José Moreno y Maribel Chueca. Había muchos intérpretes importantes y no tan importantes. Me invitaron a cenar con ellos. Me puse pesado: quería saberlo todo. Preguntaba y preguntaba, y Germán Cobos me contestaba conteniendo el fastidio. Uno de sus amigos, uno de esos animadores de los actores que tienen buena conversación e instinto teatral aunque no lo practican, uno de ésos que siempre hablan de gastronomía y de viajes, me dijo: “Chaval. Olvídate por una hora del trabajo”. Lo intentaba. Lo intentaba, pero se me hacía difícil. Me volvió a advertir el amigo que “dejase de hacer el pelma”. Al final lo logré. O lo lograron ellos. Me emborracharon con cerveza, con vino, con orujo. Al otro día, entrevisté a casi todo el equipo, tomé fotos, eso sí: tenía un insoportable dolor de cabeza. El domingo siguiente publiqué el artículo, y dije que la joven actriz de catorce años no era una chiquilla, era un ángel vestido de amarillo. “O la diosa de hermosura inefable que enloqueció a Paris”, eso escribí sin temor al ridículo. Algunos días más tarde recibí un sobre con algunas fotos: estaba completamente borracho en todas. Una de ella ponía en el reverso: “Bailas fatal, aunque eres muy simpático. Maribel Verdú”. A ella, precisamente a ella, la había confundido con un ángel.

*Este texto ha aparecido recientemente en la revista Barataria de la Asociación de Amigos del Libro. La foto de Maribel Verdú corresponde al portal http://www.laporteriadejorgejuan.com