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Antón Castro

Artistas

URSULA ANDRESS EN EL AGUA

URSULA ANDRESS EN EL AGUA

Un retrato de Ursula Andress, en bikini y en el agua.

SANTIAGO ARRANZ EN BARBASTRO

[Santiago Arranz, desde el martes de la semana anterior,expone una selección de sus obras en la UNED de Barbastro. Es un viaje por su trayectoria, desde los años 80 hasta. Algunas piezas no se habían visto antes. La muestra está coordinada por esa infatigable trabajadora del arte que es María Jesús Buil, galerista de La Carbonería y responsable de la programación de la UNED en Barbastro y Calatayud, donde está trabajando con entusiasmo y rigor. Trinidad Raso, la compañera de Santiago Arranz, me envía este vídeo de la muestra.]


Te adjunto también un enlace de un  video que hemos preparado recientemente:

https://www.youtube.com/watch?v=r7NvBrm4X4U

'DAKOTA': TEATRO DE LAS ESQUINAS

'DAKOTA': TEATRO DE LAS ESQUINAS

’DAKOTA’: RISAS CON INTENCIÓN EN EL TEATRO DE LAS ESQUINAS
Anoche estuve en el Teatro de las Esquinas donde el Teatro del Temple celebra sus primeros veinte años. Es una compañía fundamental de la escena aragonesa y nacional desde entonces con montajes galardonados por aquí y por allá: Goya, Picasso y Dora Maar, Lorca, Buñuel y Dalí, etc. Se representaba la obra ‘Dakota’ (se despide hoy domingo a las 19.00) de Jordi Galcerán, una pieza en clave de comedia onírica, que habla, como quien no quiere la cosa, de algunos de los conflictos contemporáneos y de un médico estomatólogo de compleja y paranoica personalidad, al que encarna con mucho oficio, con cuidados registros, Joaquín Murillo, cada vez más sólido en escena. Cada vez más sabio: un veterano joven. 
La obra está escrita con sabiduría escénica, con perfecta carpintería teatral, como se decía antaño: con equilibrio, simetría, un humor desternillante y un cierto sentido de la adivinación o la profecía. Y una idea de circularidad, en la que todo ha sido sopesado, circularidad que incorpora algunas fugas surrealistas, como la del Príncipe de Viana y el trovador Guillermo y su amada, por citar una. 
A Murillo, lo acompañan tres estupendos actores: Francisco Fraguas, asiduo del Temple -encarnó a Lorca, por ejemplo-, que resuelve con mucho oficio e ironía su trabajo (ese Guardia Civil tan previsor que es consciente de que en el fondo se acerca a la sátira de costumbres); Yolanda Blanco, que no tiene un papel fácil como esposa del médico que desearía tener un hijo y ya de paso un poco más de sexo, pero del que da cuenta con solvencia y equilibrio. El tercer intérprete en discordia, determinante, es Luis Rabanaque, que encarna a un vendedor de prótesis dentales. El suyo es un papel lleno de matices: Luis, con esa voz tan personal, realiza un muy buen trabajo. Inclinado a la expresividad cuando es necesario, vibrante, humorístico, divertido casi siempre. La obra la dirige Carlos Martín, que sabe lo que se trae entre manos y ha sabido moldear la función, dotarla de un ritmo que no desfallece y afinar la dirección de actores, para que el público se lo pase bien, sonría sin parar y no tenga demasiadas ganas de marcharse a casa, como recuerda Francisco Fraguas. 
Si la felicidad del teatro también se mide por las risas y por la entrega del público, este es un montaje plenamente feliz.

 

*En la foto, que pertenece al archivo del Teatro del Temple, el reparto al completo: Yolanda Blanco, Francisco Fraguas y Luis Rabanaque; en primer término, Joaquín Murillo. La función se despide esta tarde a las 19.00.


G. ALQUÉZAR: 'DEL AMOR DESESPERADO'

G. ALQUÉZAR: 'DEL AMOR DESESPERADO'

[Cuatro amigos, Gerardo Alquézar, Jorge Gay, José Manuel Pérez Latorre y ángel Artal compartieron muchas horas con José Antonio Labordeta durante su enfermedad. Primero en el 'Salón Habana' del estudio del arquitecto, luego en su propia casa. Por ello, como se decía, en el post anterior, le han dedicado un libro a los cuatro años de su muerto. Si antes publicaba el texto de Ángel Artal, ahora publico uno de los poemas tan elaborados de Gerardo Alquézar. Un estupendo y guadianesco poeta. He aquí el texto 'Del amor desesperado'.]

 

DEL AMOR DESESPERADO

 

Texto: Gerardo Alquézar

 

 

Gracias a la vida que me ha dado tanto.

Me ha dado la risa y me ha dado el llanto.

Así yo distingo dicha de quebranto,

los dos materiales que forman mi canto

y el canto de ustedes que es el mismo canto,

y el canto de todos, que es mi propio canto.

Violeta Parra

(Gracias a la vida)

 

Me estoy quedando sin ti

igual que en la noche el cielo

cuando el alba lo destruye

viniendo con su lucero

para convertir los sueños

en días que se perdieron.

José Antonio Labordeta

(Me estoy quedando sin ti)

 

Tengo en el pecho una jaula,

en la jaula dentro un pájaro,

el pájaro lleva dentro del pecho

un niño cantando

en una jaula

lo que yo canto.

Amancio Prada

(La jaula)

 

A José Antonio Labordeta

«Su espejo es la memoria donde ardía.»

 

1

Allí donde juguetea la luz de los sentidos cobran vida las pasiones.

 

2

LAMENTO DEL PRISIONERO

Sabes, amor, comprendo que no todo sea eterno como mis ansias

de amarte, y sin embargo… ¡Ay! Si pudiera encontrarte otra vez

en los lugares de siempre, a la hora de siempre, yo que muero tras

las rejas de esta prisión.

 

3

EL AZAR DE LAS CARTAS

No otra cosa eres, amor, que el fracaso de mi vida.

 

4

25 de junio

No pudiste sospechar que, dentro de aquella caja con la que me

regalabas la memoria, se verían presas de su vacío las voces heridas de mi yo absoluto.

 

5

He caído en tantos errores que apenas me reconozco

en el desengaño.

 

6

la señal de duelo

El engaño trae consigo soledad. ¡Quebranto y torpe soledad!

Cruel alegoría de esa libertad que se nos escapa

 

7

cuando la vida imita al arte

(El arte de la traición)

La del desierto dañado es una historia de amor y traición.

Y la condena a la libertad del dolor y la tristeza.

 

8

Encerrado en la rabia y en el desprecio, comprendí que eso

era la derrota.

 

9

Lúcida, pero descarnada y cínica, es la respuesta del resentimiento.

 

10

Ni aun el dolor pervive hoy en mí como presencia tuya.

 

11

Pronto no tendrás ya nombre ni rostro; serás un pájaro

de mostaza y canela.

 

12

El amor, o la displicencia de la costumbre. Tempus irreparabile

fugit, o el vértigo de la rutina.

 

13

DE UN VIEJO CALENDARIO DE PARED

No cabe la felicidad

sino en la embriaguez

de un recuerdo

que se diluye con el atardecer.

 

14

Solía creer que era yo quien, en mis manos, tenía el devenir

de mi universo mahleriano.

 

15

SEREMOS NÓMADAS

Al tornar de los años, y me refiero a un apretado puñado de

ellos, he comprendido que la mitad de nuestra vida encarna una

existencia que no mostramos a nadie: una vida secreta, acomodada

a la zozobra y las vacilaciones. Algo tan inabordable y a desmano

de la plusvalía y la costumbre que, si se conociese, dañaría el afecto

y la autoridad que un día se nos dispensó.

 

16

He ido lentamente colmándome de secretos que he tenido

que renunciar a descubrir.

 

17

El desaliento de ser nadie para nadie o no ser.

 

18

PEREGRINO DEL OTRO LADO DEL ESPEJO

¡Adiós, mi melancólico amigo, como tantos otros, esperaste

demasiado y el tiempo se mostró más hábil que todos vosotros!

(Pero tal vez, al traspasar el umbral contiguo, también él volviera a

ser como había sido, no hermoso —porque nunca lo fuera— aunque

sí turbadoramente tierno.)

 

 

19

Mientras no fue importante el tiempo, no lo fueron los

recuerdos.

 

20

UNA CANCIÓN DESCREÍDA

Aquello que no pudimos dejar de ser, eso somos.

 

COROLARIO PARA UNA CANCIÓN DESESPERADA

Aunque me hubieras preguntado, vida mía, por el jardín

del Edén, no habría sabido responderte.

(El verano que celebra la luz y la vida

se ha hecho silencio

y apenas se oye ya el eco de sus pasos)

 

y

UN POEMA DE AMOR

Lo que de mí queda es el mundo.

 

*Labordeta. Caricatura de Cano.

UGALDE: LA MAESTRÍA DEL RETRATO

UGALDE: LA MAESTRÍA DEL RETRATO

A PLENO SOL. El ilustrador y dibujante turiasonense, nacido en 1903 y muerto en 1978, fue uno de los grandes cronistas gráficos de la escena y de la farándula, desde las páginas de HERALDO y luego de ‘ABC’ y otros medios.

 

 

Ugalde o el arte de la caricatura

 

FOTO. ARCHIVO EDUARDO LABORDA

El caricaturista, segundo por la izquierda, en un homenaje en Tarazona en 1957.

 

-AUTORRETRATO DE UGALDE

-Una de las viñetas teatrales: ‘Don Juan’, con Julita Martínez, Paco Valladares y Enriqueta Carballeira

 

 

Antón CASTRO

“Soy de Tarazona. ¡Cómo la recuerdo! Si algún año no puedo ir para las fiestas parece que me falta algo. Soy un enamorado de mi tierra. Y de mi Zaragoza, que también es mía. Allí pasé lo mejor de mi vida. A los diez años fui a estudiar el Bachillerato al colegio de San Francisco Javier de Tudela, y a los trece a Zaragoza (...) Al año siguiente marché a Guadalajara, a la Academia preparatoria para ingreso en Ingenieros, y allí empecé a coger los lápices, en un curso de dibujo de paisaje, con Parellada de profesor. No me gustaba el paisaje y me entretenía en hacer caricaturas”. Más o menos así, en 1955, le contaba Francisco Ugalde (Tarazona, 1903-Madrid, 1978) al periodista Marcial Buj de HERALDO la historia de su vida y de su nacimiento a las caricaturas y a la ilustración. Ugalde quiso estudiar comercio, ingeniería y compatibilizó su condición de soldado con las ciencias químicas. Le gustaban mucho la noche, las tertulias, vivir entre bambalinas y dibujar a aquellas actrices que venían al Teatro Principal. Antes había empezado a hacer sus primeras tentativas en ‘El Noticiero’ con gentes de Tarazona, Borja o Ágreda.

Un día conoció a Fernando Soteras Gimeno, ‘Mefisto’ (Zaragoza, 1886- El Escorial 1934), poeta y crítico taurino y teatral, y le dijo que él había hecho caricaturas de muchos paisanos; Mefisto le preguntó si quería que se publicasen en en un especial de fiestas con sus famosas ‘Coplas del día’. Y así pasó, a HERALDO, en 1925. Jesús Rubio Jiménez, quizá su mayor estudioso, escribe en ‘Retratos en blanco y negro. La caricatura de teatro en la prensa (1939-1965)’ (Centro de Documentación Teatral, 2008): “Colaboraciones como las fiestas del Pilar o el centenario de Goya también quedaron reflejadas por su lápiz”. Francisco Javier Veras Sanz, autor de ‘Cien años de ilustraciones en Heraldo de Aragón, 1895-1995’, decía que con el aniversario goyesco “se realizó una corrida de toros de la que Ugalde laboró una verdadera galería de asistentes: toreros, aristócratas, artistas y hasta algunos dibujantes como Xaudaró, Batolozzi y Fresno”.

En 1928, Ugalde empezó una serie, ‘Siluetas del Paseo’, que reflejaban su curiosidad, su agudeza de observador desde los porches de Independencia y su afición a la belleza femenina. Las expuso en el hotel Universo y allí debió verlas Juan Ignacio Luca de Tena. Le gustaron mucho y de inmediato le encargó algunos trabajos para su periódico, ‘ABC’. “A pesar de que me tiraba mucho Zaragoza, la ilusión de trabajar en la capital de España pudo más. Eran los años en los que uno sueña. En ‘ABC’ se me dispensó una acogida cariñosísima, como yo no podía imaginar”, confesó el dibujante. Allí trabajaba Fresno, por ejemplo, y con él en las páginas del diario conservador haría casi de todo. Era el período de fulgor de grandes viñetistas como Bagaría, Sirio, K-Hito, Bayo Marín, Manuel del Arco..., como recordaba Manuel García Guatas en ‘Publicidad artística en Zaragoza’ (Ibercaja, 1993).

Tras la Guerra Civil reanudó su colaboración y se especializó en lo que más le gustaba: “estrenos, pruebas privadas de cine y ensayos teatrales de madrugada. Casi nadie se escapaba de su lápiz: además de trabajar en ‘ABC’ también lo hacía en ‘Blanco y negro, en el semanario de espectáculos ‘Dígame’, el periódico deportivo ‘Marca’, en el diario ‘Pueblo’ y en la Agencia Logos. Por lo regular, según confesaba, hacía entre cinco y seis caricaturas al día. Colaboró en 1927 en ‘La novela de viaje aragonesa’ y volvería a hacerlo en otras publicaciones como el famoso ‘Almanaque del Café Castilla’ de 1944, que tanto solía frecuentar, o la Biblioteca Teatral, dirigida por Benjamín Bentura, que conserva el pintor y coleccionista Eduardo Laborda; ahí realizaba la portada a color y diversas escenas de interior. Por su intensa actividad recibiría en 1951 el Premio Rodríguez Santamaría al mejor caricaturista español del año.

Algún tiempo después, en 1957, sería objeto de un homenaje en Tarazona. Marcial Buj hizo su elogio y él reveló entonces que había hecho más de 70.000 caricaturas. María Fernanda Ladrón de Guevara y Celia Gámez fueron dos de las estrellas a las que más retrató; pero también captó a Valle-Inclán, Fernando Fernán-Gómez, Irene López de Heredia, Ismael Merlo, Carmen de Lirio, Guillermo Marín, la pianista Pilar Bayona... Cientos, miles de artistas de la escena y la farándula.

En otra entrevista en HERALDO le decía a Bernardo Bayona en enero de 1956 que “todos tienen su caricatura. A unos se les ve antes que a otros. De un modelo que no tenga ningún defecto físico, se puede conseguir una buenísima caricatura. Lo que sucede es que cuando una caricatura se nos niega, acostumbramos a decir: perdone; pero usted no tiene caricatura, con lo que el interesado se queda tan contento. Y es que muchas veces las caricaturas se empeñan en no parecerse a los originales”. No le gustaba que posasen para él: prefería memorizar el gesto de sus personajes y dibujarlos luego. Se jubiló en 1977, justo un año antes de su muerte. Sus compañeros de ‘ABC’ quisieron regalarle una moderna silla de ruedas, porque andaba con dificultad, a la sombra de su segunda esposa Isabel Martínez (antes estuvo casado con una actriz cómica que murió joven), pero se les adelantó El Fénix Mutuo, tal como se recuerda en un suelto de ese mismo año. La necrológica de ABC lo retrataba como “un hombre bueno, cordial, afectuoso y servicial con todos”. Años más tarde, junto a otros humoristas, fue objeto de un homenaje por parte del periódico y en un texto certero y sin firma se resumía la búsqueda de la esencialidad que caracterizó a Ugalde, toda una poética general del caricaturista: “Debe tener una doble visión que traspase la superficie de un rostro humano y cale hasta su más honda y verdadera expresión”.

 

EL ANECDOTARIO

La maleta del artista. Jesús Rubio Jiménez, durante su investigación de la trayectoria de Francisco Ugalde, vio una maleta llena de originales del artista. Su hermana Carmen Ugalde -según la sobrina del caricaturista, Soledad Domínguez- le ofreció ese legado “varias veces y durante varios años” al ayuntamiento de Tarazona. El periodista cultural Mariano García, que siguió con atención el asunto en su ‘Tinta de Hemeroteca’ de HERALDO, contó el 27 de junio de 2009: “Como el ofrecimiento de la familia cayó una y otra vez en saco roto, su sobrina quiso resolver la cuestión del legado y ofreció los dibujos al Museo de Arte Contemporáneo de Madrid que, como es lógico y natural, los aceptó de buen grado. Así que la institución con sede en el Cuartel del Conde Duque acaba de recibir -la donación se formalizó el pasado mes de noviembre- 1.206 caricaturas de Ugalde, ocho bocetos de otros artistas y una carpeta con recortes de prensa y fotografías del turiasonense”.

 

MUSEO DEL ROMANTICISMO

MUSEO DEL ROMANTICISMO

Museo del Romanticismo

 

Fue el finado Enrique Asín, el hombre que creó aquí un Museo Taurino y escribió de los tristes destinos del diestro Florentino Ballesteros, quien me habló por primera vez de las joyas del Museo del Romanticismo. Decía que él, durante una estancia juvenil en Madrid, iba a menudo. Le encantaban el palacio y su universo: la escalera, los salones y cámaras, el oratorio, las alcobas; le gustaban la espléndida pinoteca, la exaltación de una historia cultural y el aroma de nostalgia. Le debía una visita: ahora se expone allí en PhotoEspaña la obra de un fotógrafo pictorialista de Sabadell, Joan Vilatobà (1878-1954), vinculado con Aragón: maestro del paisaje, del retrato y de la composición, en 1908 recibió la Medalla de Oro en la Exposición Hispano-Francesa. Por fetichismo, me conmovió ver en una copia trabajada por el artista de una de sus fotos más conocidas y estremecedoras, ‘En qué lugar del cielo te encontraré’ (1903-1904), que expresa el dolor del anciano artista que pierde a su joven musa o enamorada. La obra de Vilatobà explora las regiones del sueño, de la sensualidad y del erotismo. Cuando entras en el palacio, que concibió el arquitecto restaurador Vega-Inclán y que se inauguró en 1924, es como si se realizase una inmersión en otro tiempo a través del mobiliario, la pintura, las estampas, las miniaturas, la fotografía, las artes decorativas y un sinfín de elementos de escribanía, juguetes, armas, etc. Es muy aleccionador hallarse con el famoso retrato de Mariano José de Larra, realizado por José Gutiérrez de la Vega en 1835; a su lado, como en un acto de justicia poética que burla a la muerte, está el retrato de su amada Dolores Armijo. Hay varios cuadros de Valeriano Domínguez Bécquer, que se sintió un habitante más del Moncayo, un busto de Ponciano Ponzano, piezas del coleccionista, viajero y pintor oscense Valentín Carderera y algo inesperado: el retrato que Federico de Madrazo le hizo en 1873 a Pablo Gonzalvo, pintor aragonés de perspectivas y de paisaje urbano. En la sala XX, la del soberbio autorretrato de Antonio Esquivel, el amigo de José Martí, desde lo alto, parece un perfecto héroe romántico. 

*El cuadro de Pablo Gonzalvo de Federico de Madrazo.

MANUEL PERTEGAZ HA MUERTO

MANUEL PERTEGAZ HA MUERTO

[Anoche, de madrugada, fallecía el modisto y diseñador Manuel Pertegaz, el hombre que creó a "la mujer cisne". Hace algún tiempo escribí este artículo sobre este turolense universal de Olba.]

Es bien sabido que Teruel, lejana y sola, es tierra de iconoclastas: ahí están Miguel de Molinos de Muniesa; Francisco Loscos, botánico de Samper de Calanda y farmacéutico de Castelserás; Luis Buñuel de Calanda, por no recordar a Miguel Juan Pellicer, célebre por la resurrección de su pierna, muerta y enterrada, y luego abandonado por todos; Segundo de Chomón de Teruel. Y entre ellos también podría figurar Manuel Pertegaz, creador de moda, natural de Olba. Allí nació en 1919; dicen que jamás se ha olvidado de esa localidad que ya lo ha nombrado Hijo Predilecto.        

Si la infancia es ese tiempo mágico, casi siempre paradisiaco, al que retornamos desde cualquier punto del universo, es lógico que el menudo y tímido Pertegaz tuviese en su memoria la villa turolense. Residió en Olba hasta los diez años, en que se marchó a Barcelona. A los doce ya trabajaba en una sastrería y pronto haría su primer diseño, que estrenó una amiga en una fiesta principal. Su carrera, al menos contemplada ahora, fue vertiginosa: en 1942 inauguró su primera casa de moda en Barcelona. Su ídolo entonces era Balenciaga y su esplendor inicial, porque no ha cesado hasta ahora mismo su prestigio, coincidió con el de Pedro Rodríguez. A Pertegaz le gusta decir, medio en broma, medio en serio, que mientras Rodríguez inventó la mujer pantera, él creó la mujer cisne. ¿En qué consistía exactamente? Uno de los logros más importantes de Pertegaz ha sido el de aristocratizar la confección, conferirle glamour, buscar la belleza visual, la suavidad de las formas como si de una foto de Cecil Beaton se tratase. Y con la mujer cisne lo consiguió: mujeres de cuello esbelto, cintura y tobillos finos, de escaso busto y trasero hermoso pero no exuberante --Pertegaz le confesó a la periodista Ima Sanchís que les rogaba a sus propios modelos: "No saquéis pecho ni pompis"--, que acababan tranformándose en cisnes.

Una de sus criaturas preferidas debió ser Audrey Hepburn, cisne, garza, ninfa o encarnación de todas las aves ideales, el arcángel femenino del cine y del siglo de asombroso esqueleto y miembros airosos, candorosa y refinada, a la que casi todo le sentaba bien. Reveló Pertegaz una anécdota curiosa de la intérprete de Sabrina, Dos en la carretera y Desayuno en Tiffany’s: era profundamente coqueta e insegura, una vez que se había puesto el traje, de inmediato se miraba al espejo para alisar el flequillo.        

El éxito de Pertegaz fue apabullante, tanto en España, donde contaba con dos talleres, en Madrid y Barcelona, con más de 700 empleados, como en el extranjero. Tras fundar en 1948 unos desfiles de moda en Madrid, salió a Estados Unidos en 1954, donde recibió el Óscar de la Moda en Harvard. Realizaba hasta cuatro colecciones al año y exportaba sus tejidos y diseños a medio mundo: Inglaterra, Suiza o toda América del norte. En el fondo, intuía el carácter fugaz de la moda y seguramente suscribiría estas palabras de Coco Chanel: "Un vestido no es ni una tragedia ni un cuadro; es una encantadora y efímera creación, no una obra de arte eterna. La vida tiene que morir, y deprisa, para que el comercio pueda vivir".         

Su casa era de las más visitadas, por actrices, aristócratas y mujeres del espectáculo. Y entre ellas Ava Gardner, a quien vistió en los últimos tiempos. Pertegaz ha dicho que carecía de complejos, que era la mujer soñada por cualquier modisto. Y esta visión también coincide con la que tenía el dramaturgo y cineasta Edgar Neville. Ava Gardner, a mediados de los 50 en España, era capaz de beber todo el whisky posible e imposible, y al final, inesperadamente, solicitaba una botella de Anís del mono. Eso sí, como cuando fuese a la habitación de su hotel no estuviese el bar lleno, montaba en cólera. Sin embargo, si recibía una llamada para una película, tres o cuatro semanas antes se marchaba a Estados Unidos y comenzaba a someterse a una dieta estricta y practicaba tenis y natación hasta que recuperaba el peso y su esplendente beldad. Edgar Neville le confesaba al oscense Pepín Bello: "Era increíble. Poseía una máquina perfecta".   

       Manuel Pertegaz también sucumbió ante la clase y la sencillez de Jacqueline Kennedy. Al parecer en Francia, en el humilde establecimiento Chez Ninot, dos jóvenes diseñadoras copiaban sus modelos con la autorización del aragonés, hasta que por fin Jacqueline prefirió al sastre original, que le seguía haciendo prendas simples que a ella le sentaban impecablemente. Una de las frases más polémicas, o más famosas, de Pertegaz fue: "Para ser elegante hay que ser rico". Le costó disgustos y críticas, pero insiste en ello, sin rechazar la apostura natural de sus modelos: "Lo bueno suele costar". La sentencia no está demasiado lejos de las ideas de Coco Chanel acerca del dinero y la moda. En El aire de Chanel, le confesaba al poeta y narrador Paul Morand: "Quiero decir esto a las mujeres: no os caséis nunca con un hombre tacaño". La declaración es del invierno de 1941 en Saint--Moritz y muy distinta la época a la de ahora. Por cierto que Coco Chanel no le causó buena impresión a Pertegaz: iba embadurnada de colorete hasta las orejas y se teñía el pelo de negro azabache. Tampoco le deslumbró el vanidoso Christian Dior, aunque tal vez coincida con él en que ambos son los forjadores de un lujo discreto y apostaron por la revitalización sutil de la feminidad.        

  Pertegaz se ha confesado tímido, indeciso con las mujeres, volcado en el taller, y amante del orden y la estética. Vive rodeado de dos pastores alemanes y cree que su oficio está emparentado con el alma de la poesía, que es --como la moda: el tejido, su textura, el color y sus melodías, la línea o corte-- uno de los alimentos esenciales del gusto y la sensibilidad. Cuando se casó Letizia Ortiz pensó en él para que le diseñase su vestido de boda: Manuel Pertegaz ahí sigue, vivo, soñando la belleza, buscando nuevos cuerpos que le evoquen la perfección del cisne.

 

*[Pertegaz nació en la localidad turolense de Olba y a lo largo de su dilatada trayectoria fue distinguido, entre otros reconocimientos, con la Aguja de Oro, la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes y con el Premio Nacional de Diseño de Moda (2009). ]

 

UNA MUSA EN LA GUERRA

UNA MUSA EN LA GUERRA

[A PLENO SOL. Lee Miller fue una de las mujeres más bellas, sofisticadas y enigmáticas de su tiempo. Parecía una escultura griega. Amó a Man Ray y a Picasso. Un día decidió documental el horror del nazismo. Estaba, con su cámara al hombro, en la liberación de París hace 70 años.]

 

Lee Miller,

modelo, musa y reportera

 

 

El poeta Rainer Maria Rilke, un gran amante del amor y de las mujeres, escribió en las ‘Elegías de Duino’ que «la belleza es el principio de lo terrible», y añadía que «todo ángel es terrible». Esos versos se adaptarían bien a Elizabeth Lee Miller (1907-1977), una de esas mujeres que parecen haber vivido varias vidas en un cuerpo ideal que hacía volver la vista a quien pasaba a su lado. Era alta, juncal, de cabello dorado, ojos claros y de una elegancia intemporal, clásica y moderna a un tiempo.

En su infancia, durante una visita a la casa de su mejor amiga, sufrió una agresión sexual con apenas siete u ocho años que le dejó un rastro psicológico profundo y una gonorrea. Cuando reveló la violación de un adulto (quizá fuese un marino), los médicos le aconsejaron a su padre, el ingeniero mecánico Theodore Miller, que le hiciera fotos desnuda para asumir con naturalidad su cuerpo humillado. Extraña terapia parece, para así consta en varias biografías.

Poco más tarde, la familia visitó París y la joven, de apenas 17 años, se quedó encantada. París era como soñaba y como le habían contado. Un desafío para los ojos y para la imaginación. Quiso quedarse e intentó hacer arte dramático: un profesor, ya maduro, se enamoró de ella. Vivieron un tiempo como amantes, como Pigmalión y su musa. Sus padres se enteraron y la reclamaron. Regresó a Estados Unidos. El azar, como le iba a ocurrir casi siempre, corrió a su lado: un día, en Manhattan, Condé Nast, editor de revistas como ‘Vogue’ o ‘Vanity Fair’, la vio pasear por la calle. Era como un cisne entre la multitud. Se acercó y le ofreció posar para la revista. La retratarían algunos de los grandes maestros de la fotografía como Edward Steichen –con él hizo un escandaloso anuncio de compresas y fueron fugaces amantes-, Nickolas Muray o George Hoyningen-Huene, entre otros. Era radiante, sutil, de una hermosura incomparable. Fatigada, se marchó a París y decidió visitar el estudio de Man Ray, un norteamericano talentoso y surrealista. Sabía que él, huraño en apariencia, no aceptaba ayudantes ni aprendices. Ella, segura de sí misma, de su atracción y de su personalidad, le dijo: «A partir de hoy seré su alumna». Su alumna, su compañera de estudio (por un error, sería Lee Miller quien descubriese la solarización) y su amante. El surrealismo estaba en boga, y con él diversas corrientes de vanguardia. Lee Miller, bellísima como una diosa enigmática de pequeños pechos (que sirvieron de modelo para una copa de champán), amó a Ray. Fueron tres años intensos de erotismo, de colaboración, de tensión y de muchos amigos, entre ellos Jean Cocteau, que le dio un papel en ‘La sangre de un poeta’. Man Ray la retrató en multitud de ocasiones, casi centímetro a centímetro. Esos tres años, entre 1929 y 1932, encarnan la impulsiva relación del artista y la modelo. Para entonces, Lee ya se consideraba fotógrafa. Hacía muy bien su trabajo: el retrato sobre todo.

Abrió un estudio en París y luego en Nueva York, aunque la capital del Sena siempre le atraería. Era la ciudad de la creación, de la bohemia y de la búsqueda de respuestas a su dolor. La promiscuidad fue uno de sus rasgos, o quizá una necesidad, y puso distancia por medio porque Man Ray era muy celoso. Con la ayuda de Lawrence Durrell, el autor del ‘Cuarteto de Alejandría’, se marchó a El Cairo y allí conoció al millonario Aziz Eloui Bey, que se convertiría en su primer marido. En apariencia lo tenía todo: el lujo, las fiestas nocturnas, expediciones por el desierto, cacerías de serpientes, pero no era feliz. Algún tiempo después volvió a París.

Por entonces, conoció al artista e historiador Roland Penrose (que sería biógrafo de Picasso), que se convertirá en su segundo marido, tras la II Guerra Mundial. Será ahí, en ese lapso tan importante para la historia, cuando ella adquiera gran protagonismo. Registró el eco de la contienda desde Londres, tras los bombardeos de los nazis, para revistas como ‘Vogue’. Y, cuando el ejército norteamericano entró en guerra con los aliados, logró incorporarse como corresponsal, en compañía de un nuevo amante, el fotógrafo David E. Scherman, y recorrió distintos lugares del frente: acudió a los hospitales de campaña, estuvo en la casa de Eva Braum y la de Hitler (se acostó en la cama de la pareja y se da un baño en su bañera; fotos que parecieron frívolas), visitó algunos campos de concentración como el de Dachau y contempló numerosas instantáneas del horror. Era consciente de que lo que documentaba su objetivo era cruel e insoportable. Por eso ponía, casi a modo de pie de foto general, una palabra: «Créanlo». Se integró en la 45 División de Infantería del Séptimo Ejército de los Estados Unidos y asistió, con su traje de militar, a la liberación de París el 25 de agosto de 1944, hace ahora 70 años. Nunca sería la misma.

Penrose y Miller se casaron y compraron una granja en East Sussex  en 1949 y la relación transcurrió entre soledades y naufragios (ahora el veleidoso era él, según se dice), a pesar de la llegada de su hijo Antony. En el desván de la casa, Lee guardó sus cámaras y sus negativos en cajas de cartón. Fue víctima del alcohol y de algún que otro desorden mental. Encontró algo de alivio en la gastronomía: dicen que se convirtió en una estupenda cocinera. Murió de cáncer en 1977. Marc Lambron la llamó ‘El ojo del silencio’ (Circe, 1996. Traducción de Juan Abeleira) en una biografía novelada. En ese momento, ya era un emblema del siglo XX y un icono de la belleza. 

 

EL ANECDOTARIO

Con Picasso. Antony Penrose, hijo de Lee Miller, dijo en una de sus visitas a España: «Yo no conocí realmente a Lee Miller hasta después de muerta, cuando encontré en un altillo una caja con  su colección de fotos cartas y diarios». Al parecer dejó 400 obras seleccionadas y algunos miles de negativos. Lee Miller y el artista español se cruzaron en Mougins en 1937, cuando él pintaba el ‘Guernica’ y vivía con Dora Maar. Añadía el hijo de Miller: «Picasso quedó muy impactado, pintó su retrato seis veces; uno de ellos, de memoria, tres días después de que Roland y Lee se hubieran ido». Recordaba que habían sido amantes. Lee Miller retrató a su vez a Picasso, solo o con varias compañeras, durante más de 30 años con sus cámaras Rolleiflex y Leica. Le hizo más de mil fotos. Su marido Roland Penrose fue biógrafo del artista malagueño. En 2007, en el Museo Picasso de Barcelona, se expuso la muestra ‘Lee Miller. Picasso en privado’.