Blogia
Antón Castro

Artistas

DALÍ Y LORCA: UNA PASIÓN TRÁGICA

DALÍ Y LORCA: UNA PASIÓN TRÁGICA

A PLENO SOL. ‘Querido Salvador, Querido Lorquito’ (Elba) es el volumen de la correspondencia entre el pintor y el poeta, su historia de amor imposible en algo menos de medio centenar de cartas. Tuvo su gran momento en Cadaqués, en el verano de 1927.

 

 

La pasión erótica y trágica de Lorca y Dalí

 

 

 

Salvador Dalí y Federico García Lorca en Cadaqués en el intenso verano de 1927. 

 

Antón Castro

Salvador Dalí (1904-1989) y Federico García Lorca (1898-1936) vivieron una apasionada historia de amor, de amistad y de complicidad artística e intelectual que sigue generando debates y dando lugar a libros como ‘Querido Salvador, Querido Lorquito. Epistolario, 1925-1936’ (Elba. Barcelona, 2013. 268 páginas), la crónica de lo que “fue un amor erótico y trágico por el hecho de no poderlo compartir”, tal como explicó el propio Dalí en una carta a ‘El País’ en 1986. La edición, tan minuciosa como apasionante, es de Víctor Fernández y de Rafael Santos Torroella.

Dalí y Lorca, de buena familia, se conocieron en la Residencia de Estudiantes en 1923. La amistad surgió de inmediato por “total antagonismo” de ideas, de concepción artística, de personalidad. La fascinación fue recíproca y eso se percibe en una correspondencia que explica también la intrahistoria de la generación del 27, el surrealismo, los putrefactos (término acuñado por Pepín Bello) y los caminos tan distintos que seguirían cada uno. En el volumen se cita varias veces a Agustín Sánchez Vidal, quien recuerda “el poder de zapa” del cineasta aragonés, que logró arrancar a Dalí del lado de Lorca, “iniciando inmediatamente una colaboración conjunta que desemboca en las dos obras maestras del cine surrealista: ‘Un perro andaluz’ y ‘La edad de oro’”.

El epistolario recoge cartas y postales de Lorca, de Dalí, de Anna Maria Dalí (con Lorca tuvo una gran amistad; el poeta sí vivió una experiencia sexual con Margarita Manso), del padre de ambos y de Lidia Noguer, una amiga de la familia y de Eugenio d’Ors, que le felicita por el éxito de ‘Mariana Pineda’, la obra teatral que se estrenó en 1927 en el Teatro Goya del Centro Aragonés de Barcelona con decorados del propio Dalí y con Margarita Xirgu de primera actriz.

El epistolario presenta dos caracteres muy distintos: el de un malabarista verbal, afectuoso, que se siente cómodo en las relaciones familiares (“Nuestra casa tiene ya algo de la calidad de tu amistad”, le dice Dalí a Lorca desde Cadaqués en 1925), y el de un pintor, un auténtico Dalí esponja capaz de teorizar sobre arte e iconografía –Miró, Vermeer, San Sebastián, las nuevas tendencias, Fortuny…- y de elaborar juegos de palabras y de componer versos. En medio quedan los sobreentendidos, la tensión del amor y el sexo, las colaboraciones y el deseo de verse. Dalí empieza tratando a Lorca de “hermano”; luego le pide “escríbeme mucho cada día, o cada dos días. Yo a veces ya casi lo hago”. Y en ese mismo noviembre de 1925, le manda un dibujo y esta dedicatoria: “Para Federico García Lorca, con toda la ternura de su hijito”. En septiembre de 1926, Dalí le dice desde Cadaqués: “Adiós, te quiero mucho, algún día volveremos a vernos, ¡qué bien lo pasaremos! Escribe. Adiós, adiós. Me voy a mis cuadros de mi corazón”.

El epistolario es mucho más intenso y apasionante en 1927. En julio Lorca responde una carta de Dalí, que empieza a impugnar cada vez más la obra poética del granadino, y le dice: “Me he portado como un burro indecente contigo que eres lo mejor que hay para mí. A medida que pasan los minutos lo veo claro y tengo verdadero sentimiento. Pero esto solo aumenta mi cariño por ti y mi adhesión por tu pensamiento y calidad humana”. Quizá fue entonces cuando Lorca expresó su deseo carnal a Dalí. Otro experto lorquiano, como Mario Hernández, observa a propósito de esta carta: “En el último momento había sucedido algo en Cadaqués, durante el mes de julio, que había enturbiado o puesto una nube en la íntima relación con el amigo”. Quizá lo que había pasado se lo contaría algunos años después Salvador Dalí al escritor Max Aub, que trabajaba en una novela sobre Buñuel. “… Federico, como todo el mundo sabe, estaba muy enamorado de mí, y probó a darme por el culo dos veces, pero como yo no soy maricón y me hacía un daño terrible, pues lo cancelé en seguida y se quedó en una cosa puramente platónica y en admiración”.

Esta admiración pareció resentirse de manera abrupta cuando en septiembre de 1928 le remitió su lectura crítica del ‘Romancero gitano’, que no le gustaba como tampoco le gustó a Buñuel: “Tu poesía está ligada de pies y manos a la poesía vieja. Tú quizá creerás atrevidas ciertas imágenes, o encontrarás una dosis crecida de irracionalidad en tus cosas, pero yo puedo decirte que tu poesía se mueve dentro de la ‘ilustración’ de los lugares comunes más estereotipados y más conformistas. (…) Federiquito, en el libro tuyo que me lo he llevado por esos sitios minerales de por aquí a leer, te he visto a ti, la bestiecita que eres, bestiecita erótica, con tu sexo y tus ‘pequeños’ ojos de ‘tu cuerpo’ (…) Te quiero por lo que tu libro revela que eres, que es todo al revés de la realidad que los putrefactos han formado de ti… (…) Adiós. Creo en tu inspiración, en tu sudor, en tu fatalidad astronómica”.

La carta siguiente de Lorca es del verano de 1930. Le pide que se vaya con él a la ciudad que le inspiraría ‘Poeta en Nueva York’.  Le dice que le gustó muchísimo “el timo que ibas a dar a mi familia y es lástima que no te enviaran el dinero”. Añade: “Una vez rota mi cadena de estupidez, cuando me meto en la cama me siento más fuerte que nunca y más poeta que nadie”. Apenas volverían a verse; en una carta de 1934, Dalí le dice: “Gala tiene una curiosidad terrible de conocerte”. Ni Lorca ni Buñuel sentían simpatía hacia ella.

Iconoclasta y excéntrico, cuando le comunicaron el asesinato de Lorca, Dalí dijo: “¡Olé!”. La expresión es una espiral abierta a todas las conjeturas. Víctor Fernández dice: “El fantasma de Lorca siguió acosando a Dalí a lo largo de su vida”.

EL ANECDOTARIO

 

Platero y yo. Al menos en dos cartas dirigidas a Lorca, Salvador Dalí arremete contra Juan Ramón Jiménez (1881-1958) y contra su libro ‘Platero y yo’. Agustín Sánchez Vidal publicó en ‘Luis Buñuel: obra literaria’ (Heraldo de Aragón, 1982) la carta que le dirigieron al poeta que se reproduce en las exhaustivas notas del libro. Dice así: “Nuestro distinguido amigo: Nos creemos en el deber de decir –sí, desinterasadamente- que su obra nos repugna profundamente por inmoral, por histérica, por arbitraria. Especialmente, ¡MERDE! Para su ‘Platero y yo’, el burro menos burro, el burro más odioso con que nos hemos tropezado. ¡MIERDA! Sinceramente. Luis Buñuel. Salvador Dalí”. De ese libro –que levantó ronchas en Moguer por su defensa de los humildes- se cumple ahora un siglo. Alfredo Castellón Molina le dedicó una película.

 

LAUREN BACALL: HEROÍNA DE CINE NEGRO

[A PLENO SOL. Esta semana, tras el suicidio de Robin Williams, fallecía a los 89 años la intérprete de ‘Tener y no tener’ y ‘El sueño eterno’. Vivió doce años con Humphrey Bogart y ocho con Jason Robards. Encarnó la clase, la elegancia y el fulgor de Hollywood. Recibió el Oscar honorífico en 2009.]

 

 

Lauren Bacall

Una heroína de cine negro

 

Un retrato veraniega de una actriz que destacó en el cine de intriga, pero también en la comedia y el melodrama.

 

Antón CASTRO

Lauren Bacall (Nueva York, 1924-2014) era bella, diferente, distinguida, tenía unos ojos verdes y un rostro anguloso. Era fotogénica y todo un desafío para los fotógrafos. Sintió la llamada del cine y fue acomodadora de una pequeña sala y luego modelo. Estudió arte dramático y allí coincidió con un joven Kirk Douglas, de quien estuvo locamente enamorada, según ella; él, muy elegante, diría 60 años después: “intenté seducirla sin conseguirlo”. Diana Vreeland, la directora de arte de ‘Harper’s Bazaar’, vio algo especial en su rostro y en su cuerpo interminable, dibujado con leves curvas, airoso y plano de pecho. La eligió para la portada de la revista y allí iba a verla otra mujer audaz: Nancy ‘Slim’ Keith, la segunda esposa del director Howard Hawks; al parecer advirtió a su marido de que esa joven podía ser lo que andaba buscando. La llamó, la vio y la oyó: le disgustó su voz atiplada, nasal e imperfecta y se lo dijo.

Lauren, que había dejado de ver a su padre a los diez años, le pidió consejo a Hawks. Al cabo de dos semanas, tras muchos ensayos y una tenacidad que define su carácter y el tamaño de su ambición, acudió a verlo de nuevo. Parecía otra: usaba una voz ronca y sensual, penetrante, que no tardaría en convertirse en una de las más cautivadoras del cine negro. Hizo ‘Tener y no tener’ (1944) con Hawks, donde tendrá otro de los encuentros decisivos de su vida: su compañero de reparto era Humphrey Bogart, un cuarto de siglo más viejo que ella, infelizmente casado con su tercera esposa, Mayo Methot, víctima de la bebida, y uno de los mitos de Hollywood. Había química en el plató y fuera de él. Química, atracción irresistible, electricidad, fascinación recíproca. Y allí, tras una de esas miradas de abajo arriba que ya son leyenda, se hicieron amantes. Se casaron en mayo de 1945.

Durante doce años fueron una de las grandes parejas de Hollywood: realizaron otras tres películas inolvidables de atmósfera criminal: ‘El sueño eterno’ (1946), de Hawks, tan perturbadora y compleja que hasta los guionistas (entre ellos, el futuro Nobel William Faulkner) desconocían quién había matado a un personaje, ‘La senda tenebrosa’ (1947), de Dalmer Daves, y ‘Cayo Largo’ (1948), de John Huston. En ellas, la Flaca era un emblema femenino del cine negro: era distinguida, exhibía una perfecta caída de ojos y sabía caminar con un contoneo de caderas tan personal como sugerente. Solía encarnar personajes un tanto ambiguos, envueltos en pura intriga, desafiantes e independientes. Quizá pocas veces haya sido tan sofisticada una actriz con el cigarrillo en la mano o en la boca, y ella poseía un grandioso labio inferior.

Trabajó en otras películas: ‘Cómo casarse con un millonario’ (1953), una comedia de Jean Negulesco, ‘Mi desconfiada esposa’ (1957), de Vincent Minnelli, y ‘Escrito sobre el viento’ (1956), de Douglas Sirk, entre otros títulos. Ahí ensayó otros personajes en clave cómica o melodramática. Ensanchó su registro y afirmó su elegancia. Se ha dicho hasta la saciedad que renunció en parte a su carrera para vivir una gran pasión con Bogart, con quien tuvo dos hijos. Él enfermó de cáncer de pulmón y falleció en 1957. Luego tuvo una relación amorosa con Frank Sinatra, casado con Ava Gardner, que estuvo a punto de concluir en matrimonio. Al principio, la vivieron en secreto y con culpabilidad, pero luego el crooner y actor rechazó el compromiso secreto, cuando lo vio publicado en ‘The Examiner’. Pensó que la Flaca, a la que había invitado a firmar Betty Sinatra en un restaurante, se había ido de la lengua. Ella lo cuenta así en sus memorias: “Sinatra me salvó del completo desastre que habría sido nuestro matrimonio. Probablemente era más listo que yo: sabía que no funcionaría. Pero la verdad es que se comportó como un auténtico mierda. Era demasiado cobarde para contar la verdad: que había descubierto que era demasiado para él, que no podía manejarlo. Yo lo habría entendido (espero). (...) De todas formas, fue una especie de tragedia con final feliz. Después de un mal principio, ahora nos tratamos de forma amistosa. (...) siempre sentiré algo especial por él. Los buenos momentos que pasamos fueron tremendamente buenos”.

Lauren Bacall nunca volvió a ser la misma. Su carrera bajó algunos peldaños: siguió haciendo cine, se pasó al teatro a Broadway, donde triunfó plenamente, pero nunca se alejó de Hollywood. Se casó en 1961 con Jason Robards, que también sufría dependencia del alcohol, y alumbró a su tercer hijo. Se separaron al cabo de ocho años y poco a poco, sin volver a ocupar un puesto destacado, fue rehaciendo su vida y su trayectoria. En 1992 recibió el Premio Donostia, en 2009 el Oscar Honorífico, y colaboró con cineastas como Barbra Streisand, con ella hizo ‘La mujer de las dos caras’ (1996), por la que fue nominada al Oscar, con Robert Altman o el difícil Lars von Trier, en dos ocasiones.

“Ser viuda no es una profesión”, dijo una vez esta mujer con clase, gran sentido del humor y alguna que otra extravagancia: quiso llevarse un jamón entero para el Edificio Dakota con portes al Festival de Cine de San Sebastián y pidió, bien entrada la madrugada, una batidora para preparar sus medicamentos. Era demócrata, se posicionó frente a McCarthy y ‘la caza de brujas’ y era prima de Shimon Peres, presidente de Israel. Eso sí, encarnó el glamur, la sofisticación, la belleza asombrosa de una época, la delgadez más deseada. Era la penúltima diosa mortal de Hollywood.

 

EL ANECDOTARIO

Amor en Madrid. A Lauren Bacall le gustaba mucho España. Después de la muerte de Bogart y de la ruptura con Sinatra, tal como cuenta en su libro inédito aquí ‘Now’ (1994), vino a España con su amiga Nancy ‘Slim’ Keith. Se hospedaron en una suite del hotel Castellana Hilton, “con un dormitorio a cada lado”, y salieron a divertirse “a un gran local de flamenco de Madrid donde había algunos españoles desatados”. Uno de ellos –“joven y guapo, aunque no demasiado, muy agradable”, dice-, se encaprichó de ella e inició el acoso, que continuó en otro lugar. Cansada, Nancy se fue al hotel. Al cabo de un rato, el español “insistió en subir al ascensor conmigo, y en mi puerta insistió en entrar para tomar una copa más. Y entró. (...) Slim estaba sentada en la cama, leyendo, con la puerta entreabierta. Él me besó y tras un poco de roce amistoso pensé que era hora de que se fuera”. Pero no quiso irse. Lauren pidió ayuda a su amiga y le dijo: “¿Y ahora, qué hago?”. Su amiga contestó: “Hazlo”. Agrega Lauren: “Así que lo hice. (...) No creo que hubiera podido hacer algo así con nadie más”. No se sabe quién fue el afortunado.

 

-La 1 foto es de aquí: 

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-6fafefc0bdc0b0aa8c237550cb2d8716.jpg

-La 2 foto es de aquí: 

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-a87e1b2397cddca4dc44b46ee659a543.jpg

MARY PAZ: ARTE, LEYENDA Y DRAMA

MARY PAZ: ARTE, LEYENDA Y DRAMA

 

[A PLENO SOL. La increíble y breve historia de una bailarina, actriz y cantante que fue una de las estrellas de posguerra. Bailó con Raquel Meller y Concha Piquer, cantó con Lola Flores, actuó con Juan de Orduña. Murió a los 22 años y fue despedida por una multitud en Madrid.]

 

Mary Paz

La estrella interrumpida

 

ARCHIVO HERALDO & R. GÓMEZ GASCÓN

 

 

En la historia del espectáculo en Aragón hay figuras enigmáticas, de vida breve o escurridiza. Ejemplos de ello, muy distintos, serían la actriz de cine mudo Ino Alcubierre, la actriz, guionista y productora Natividad Zaro o la actriz, cantante y bailarina María Paz Gascón (Zaragoza, 1923-Madrid, 1946), que fue conocida como Mary Paz y que fue elogiada por figuras de su época como Rafael de León, que sentía debilidad por su modo de cantar, por Tomás Borrás, que le dedicó una intensa necrológica, casi de enamorado, en ‘ABC’ a los tres días de su muerte, el 15 de marzo («Bailó sin ruido y sin mover el aire (...) Bailarina en fuga de la vida que ejecutaba su simulacro de ascender», decía) o Melchor Fernández Almagro, gran amigo de Lorca, entre otros. Falleció, a consecuencia de una septicemia, tras una urticaria que cogió en Granada por comer marisco en mal estado, cuando tenía poco más de 22 años. Las gentes la encumbraron y la colocaron al lado de bailarinas como Marienma, Encarnación López ‘la Argentinita’ o Antonia Mercé ‘la Argentina’, entre otras.

Fue una niña prodigio. A los cinco años se presentó en el Teatro Parisiana, cantó ‘Ramona’ y bailó un charlestón. Allí volvería a actuar con uno de los espectáculos que Concha Piquer paseó por España en la inmediata posguerra. El crítico de HERALDO, tal como contaba Pedro Zapater en un artículo evocador publicado en 2012, decía: «Mari Paz, casi una niña, no es una promesa. Es realidad de una danzarina excepcional».  En 1933, según señala uno de sus mejores estudiosos, Javier Barreiro, ya estaba con su familia en Barcelona y tomó clases de danza con Pauleta Pamies. La guerra civil española cogió a los Gascón en Madrid. Actuó en el Teatro de la Zarzuela en vísperas de la contienda y luego participó en un festival organizado por la CNT, con grandes figuras del momento como Estrellita Castro, Pastora Imperio y Miguel de Molina. En retaguardia, melancólica y sacrificada, trabajó sus cualidades tanto en danza española como clásica. Igual bailaba piezas de León, Quiroga y Quintero que escenificaba obras de compositores como Beethoven, Chopin o Granados.

Sería su paisana turiasonense Raquel Meller quien la incorporase a su elenco. Y de ahí dio el salto al cine cuando la vio Carlos Fernández Cuenca, que se prendó de su encanto personal. Terciopelo, fotogenia y dulzura. Era bella y garbosa, y la hizo debutar en una película un tanto atípica: ‘Leyenda rota’ (1939). Trabajó con Juan de Orduña, que luego se convertiría en uno de los directores más famosos y versátiles del régimen; hacía de joven francesa a la que gustaba la canción española. El propio Orduña la reclamó para ‘Suite granadina’ (1940), donde mostraba su ligereza y su elegancia de bailarina en un trabajo sobre las fuentes de Granada, basado en los versos de Villaespesa. Más tarde, el violinista y director de orquesta, y cineasta ocasional, Rafael Martínez del Castillo, hermano del director Florián Rey y de Guadalupe Martínez, arreglista de jotas y canciones para el cine, contó con ella para otro cortometraje musical: ‘No te mires en el río’ (1941), donde bailaba sobre un fondo de bulerías. Aún haría otra película más, ‘El triunfo del amor’ (1943) de Manuel Blay; lució su hermosa y bien timbrada voz. Encarnaba a una cantante de éxito casada con un boxeador.

Al parecer era una mujer (de «penumbroso gesto elegante», según Borrás) con muchas cualidades artísticas, capaz de realizar escenografías e inventar números musicales. Iría labrando su fama en espectáculos mixtos en las compañías de Raquel Meller, de Concha Piquer y más tarde en varios espectáculos dirigidos por Quintero, León y Quiroga: en 1942, lideró ‘Cabalgata’, donde Lola Flores cantó ‘El lerele’; al año siguiente, fue la principal figura de ‘Arte español’, y el año de su adiós estrenó ‘Cancionero’ en el Teatro Reina Victoria, en el que bailaba ‘Gloria a la petenera’. En ese número premonitorio moría y el pueblo, representado por cantantes y bailarines, la llevaba en hombros a la tumba. Barreiro, en su libro ‘Voces de Aragón’ (Ibercaja, 2004), dice: «La gente lloraba y aplaudía de pie. Como al poco se produjo su prematura muerte, muchas artistas corroboran la fama del mal fario de la petenera y se enconaron en su negativa a interpretarla». En la red hay páginas dedicadas a este mito y a esa superstición tan de la época. Cantó ante Franco en la Granja de San Ildefonso de Segovia y en el palacio de Oriente de Madrid.

María Paz Gascón Cornago, una de las mujeres más talentosas del espectáculo en España, moría en su casa de la calle Santa Isabel y sería trasladada al cementerio de la Almudena a hombros, en medio de una multitud. Se le hizo un mausoleo por suscripción popular, que contó con la generosidad añadida de Celia Gámez: organizó una función para recaudar fondos a los tres meses de su óbito. Mary Paz estaba llena de proyectos: preparaba una gira por Latinoamérica e iba a ser la protagonista de ‘Lola se va a los puertos’ (1947) del propio Orduña, donde la reemplazaría Juanita Reina. Tomás Borrás cerraba así su poético e intenso artículo de página tres de ABC: «No pisó, resbalaba».

 

el anecdotario

 

Las cosas del querer. Fue de las primeras intérpretes de la canción ‘Las cosas del querer’, que muchos años después inspiraría a Jaime Chávarri dos películas, en 1989 y 1995, con Ángela Molina y Manuel Bandera. Debía ser pura melodía. Dice Borrás: «María Paz (sic) era, como la melodía del oboe, miel y dulzura de melodía de sentimientos».

Amor. No se le conocieron amores, salvo un joven y fugaz militar. Barreiro recoge una leyenda: se dijo que había muerto por un aborto clandestino que se le había practicado; al parecer se habría quedado embarazada de un obispo con el que mantenía relaciones. Él mismo lo desmiente así: «aunque tal tipo de episodio no era insólito en la vida de los artistas, en este caso no responde a la verdad».

 

EL NIÑO QUE QUISO VOLAR

EL NIÑO QUE QUISO VOLAR

[A PLENO SOL. ‘El Principito’ es uno de los libros más singulares de la literatura. Su autor lo redactó en Nueva York en 1943; apenas un año después, en Marsella, era derribado por la aviación alemana. Han pasado 70 años. Peter Sís le dedica un libro ilustrado magistral al piloto y escritor.]

 

 

Saint-Exupéry

El niño que quiso volar

 

Antón CASTRO

Érase una vez un niño que nació en 1900, en Lyon, Francia, en un tiempo en que el hombre soñaba con volar y empezaba a hacer sus primeros aviones. Se llamaba Antoine, tenía tres hermanos y se quedó huérfano de padre a los cuatro años. Era tan soñador como aventurero. Le gustaba leer, viajar con la imaginación, escuchar historias y adentrarse en los castillos. Quería ser piloto. Tenía el pelo rubio y su familia –que pertenecía a la nobleza: sus padres eran condes- lo llamaba el Rey del Sol. Adquirió un hábito infrecuente: despertaba a los suyos para leerles sus últimos poemas.

Muy pronto quiso fabricar su propia nave; como había hecho Clement Ader, que había construido un avión a vapor en 1890, se alzó del suelo pero no voló; como harían Orville y Wilbur Wright en Carolina del Norte en 1903. O Louis Blérito en 1909, que «fue el primero en volar de Francia a Inglaterra». Le gustaba mucho la bicicleta; con doce años, le añadió unas sábanas sujetas con varas de mimbre para que se elevase, sin fortuna. No le importó: tarde o temprano sería piloto. Casi todos los días iba pedaleando hasta el aeródromo donde se probaban los aparatos. Un día un joven piloto lo dejó ir en su aeroplano. Se dio cuenta de que le encantaba el cielo, sería un coleccionista de estrellas, y que le gustaba mucho mirar abajo. Dicen que Antoine no pensaba más que en volar.

Se matriculó en Arquitectura, pidió que lo mandasen a aviación en el servicio militar, pero no lo logró. Su madre acabó pagándole clases particulares con instructores de vuelo para aprender a pilotar (surcará el aire en un Farman F-40 y en un Soptwith), y antes de conseguir su primer trabajo de mecánico en una empresa de correo aéreo, viviría diversas peripecias: se estrellaría en mayo de 1923 con un compañero, y saldría ileso, y llevaría pasajeros que querían gozar de una vista panorámica e inolvidable de París. Era feliz. Y lo sería más cuando un editor oyó sus aventuras y le pidió que las escribiera: así nacería su primer libro, ‘El aviador’ (1925), al que seguirían otros como ‘Correo del Sur’, ‘Vuelo nocturno’, ‘Piloto de guerra’, ‘Ciudadela’, etc., por los que recibió importantes galardones.

Después de trabajar de mecánico asumiría un hermoso cometido: transportar, en solitario, el correo de Francia a España. Luego también lo haría por casi toda Europa y por parte de África Occidental. Sus sueños empezaban a cumplirse con un sinfín de anécdotas, de accidentes, de viajes temerarios y de aterrizajes forzosos, como el que sufrió en el Sáhara, con un compañero: anduvieron por el desierto unos días, víctimas de las alucinaciones, hasta que los encontraron los beduinos. En realidad, ya entonces vivía de milagro. Uno de los episodios más fascinantes de su biografía lo vivió en el aeródromo de Cabo Juby (al sur de Marruecos, en el Sáhara occidental), del que era responsable: habitaba una choza de madera, se rodeó de animales salvajes que domesticaba y convertía en sus mascotas. Tenía una jarra, una palangana, bastantes libros y un gramófono. Una vez al mes recibía provisiones de Canarias y rescataba a aviadores que habían sido derribados. Por su sentido de la conciliación, lo llamaban Capitán de los pájaros.

Así, en forma de cuento, el escritor, cineasta y dibujante Peter Sís (Brno, Checoslovaquia, 1949) aborda ‘El piloto y el Principito. La vida de Antoine de Saint-Exupéry’ (Sexto Piso. Traducción de Raquel Vicedo), que tiene diversos niveles de lectura: uno, sencillo, para los más pequeños, y otro, lleno de matices y de curiosidades, para todos los públicos. Lo que impresiona es la parte gráfica o visual: la puesta en escena, los cielos estrellados, los desiertos, los mapas del mundo, los objetos, la soledad de los accidentes, la superficie esmeralda del mar o el modo de explicar cómo su avión planea por un cielo de fuego mientras abajo avanzan los bombarderos nazis. Exúpery también estuvo en la guerra civil española.

Peter Sís, que recibió el premio Hans Christian Andersen de 2012 y firmó en Sexto Piso el ‘El coloquio de los pájaros’ (2012), nos recuerda en pequeños dibujos de contexto la trayectoria de Saint-Exupéry, la letra menuda de una vida apasionante, sus amigos (especialmente Guillaumet y Leon Werth, a quien le dedicará ‘El Principito’), las dificultades que tenía para acomodarse en la cabina, donde escribía y leía, porque medía 1.88, y nos dice que se casó con la escritora y pintora Consuelo Gómez Carrillo (1901-1979), en 1931; sería ella quien le inspiraría la rosa de ‘El Principito’.

Ese libro se publicó en abril de 1943, en francés e inglés. Lo redactó en un tiempo de crisis (en su país habían sido cuestionados su amor a Francia y su valentía por el propio De Gaulle) y ha vendido más de 145 millones de ejemplares. Peter Sís dice: «Compró una pequeña caja de acuarelas y empezó a trabajar en un libro ilustrado sobre un niño de pelo dorado». Desapareció un 31 de julio de 1944, tras despegar de Borgo (Córcega) en un Lockheed P-38 Lightning, con el fin de controlar las posiciones de los nazis, que habían invadido su país en 1940. Peter Sís concluye: «Era un hermoso día (...) Puede que Antoine encontrara su propio planeta reluciente cerca de las estrellas». Han pasado 70 años y era, como ahora, verano.

 

el anecdotario

Olé tus libros. La vida de Saint-Exúpery sigue envuelta en la leyenda. Varias personas, desde 1998 hasta ahora, hallaron pertenencias del escritor y del avión que pilotaba en Marsella. Incluso ha habido varios militares (como Robert Heichele y Horst Ripper) que han dicho que lo habían derribado. En cualquier caso, ‘El Principito’ es uno de esos libros especiales que busca respuestas, que habla del sueño y de la imaginación, del amor y de la amistad y que sigue conquistando lectores. En Zaragoza existe una librería, Olé tus libros, cuyos dueños, María Jesús y Víctor, sienten auténtica veneración por el volumen. Tienen ejemplares en todos los idiomas. Han hecho una nueva edición en formato cuadrado y le han encargado las ilustraciones a Juan Bauty, que ha hecho interpretación muy personal, con mucho color.

 

 

*Ilustración de Peter Sís. El texto se publica hoy en Heraldo de Aragón.

 

MATARRAÑA: LA PERLA DE ARAGÓN

MATARRAÑA: LA PERLA DE ARAGÓN

Cuentos de domingo / Antón Castro

 

La perla

de Aragón

 

Califican en Alemania al Matarraña como “la perla de Aragón”. Es una feliz nomenclatura, pero quizá no sea inexacta. Aragón tiene muchas perlas, sin duda, pero estas tierras de oliveras y almendros, de viñas y cascadas, de fábula y arquitectura, admiten bien la metáfora. Acabo de estar en Calaceite con Juanjo Blasco Panamá, profesor de inglés y melómano que escribió la biografía de Peter Hammill. Vivió entre los dos y los siete años en Valderrobres –donde reside, en contacto con el mundo, el ilustrador Luis Grañena- porque su padre era supervisor de una entidad bancaria. Como si quisiera apaciguar las furiosas nostalgias, suele veranear con su madre en La Alquería de Ráfales y contrata a un taxista de Monroyo, porque no conduce. Desde allí, Juanjo, su madre y el taxista, como si fueran personajes de novela, van y vienen por las tierras del Matarraña contando ríos, peñascos, monumentos, descubriendo el paisanaje. Juanjo se ha encontrado en Calaceite con un sinfín de moradores que buscan solaz y que se labran el porvenir: los artistas de arte corporal Laia Vaquer y Hugo Roglan; los músicos Sofía Asunción y Lars; la poeta y traductora Pilar Gómez Bedate, viuda de Ángel Crespo, que abre de cuando en cuando su palomar y escritorio a todos los vientos; el pintor de suavidades oníricas Romás Vallès; las dos almas del Museo Juan Cabré, Carmen Portolés y Lola Pintado, que hacen inventario de los 5.000 libros del arqueólogo, historiador y fotógrafo y tienen los volúmenes protegidos con un forro blanco. Juanjo conoció a Fernando Navarro, escultor y maestro del collage, que concibió hace años una máquina de hacer sonetos perfectos. Y también se asomó, aunque esta vez no llevaba taxi, a la nueva galería de Calaceite: Arts & Mes, que exhibe una selección de ‘Disparates’ de Fuendetodos. Ese espacio forma parte de un proyecto mayor en el que se integra la Fundación Noesis, que ha adquirido el empresario Antonio David Sabaté con el afán de devolverle a Calaceite, y a todo el Matarraña, el esplendor de antaño cuando fue un faro de cultura y el lugar donde se conspiraba para que el mundo fuera mejor, más excitante y más hermoso.

 

*Texto de la serie dominical 'Cuentos de domingo'. En la foto, Pilar Gómez Bedate y Ángel Crespo.

 

BARBASÁN: LUZ, PAISAJE Y EMOCIÓN

BARBASÁN: LUZ, PAISAJE Y EMOCIÓN

A PLENO SOL. Mariano Barbasán Lagueruela (Zaragoza, 1864-1924) es uno de los grandes pintores aragoneses. En 2014 se cumplen 150 años de su nacimiento. Residió más de tres décadas en Italia y siempre tuvo nostalgia de Aragón y sus tradiciones.

 

El pintor de la luz de los Apeninos

 

Antón Castro

Mariano Barbasán (Zaragoza, 1864-1924) vivió poco en Aragón pero nunca se olvidó de sus paisajes, de sus pintores, de sus tradiciones. Decían de él que era un hombre irónico y juguetón, al que le gustaba tocar la guitarra y alegrar la vida de los demás: lo hacía con la música, cantando jotas, hablando con las gentes o enviando cartas simpáticas a sus amigos, llenas de dibujos, de guiños, de ingenio y de poesía. Era un sentimental y un romántico: se reía de su sombra y tal vez de su melancolía. Y era un buen narrador de viajes como se percibe en las cartas que les envió a sus dos mejores amigos: Gaudencio Zoppetti, dueño del hotel Europa (sito en el actual edificio del Banco de España), y a su esposa Jesús (no Jesusa o María Jesús) Balaguer, que tal vez fuera una de sus fantasías amorosas o amatorias de su juventud.

Barbasán fue uno de los grandes pintores aragoneses del siglo XIX y buena parte del XX que se movió en dos campos: la pintura de historia, y a veces bíblica, narrativa, y la pintura de paisaje, en la que aspiró a recrear una aldea ideal, al pie de los Apeninos. Era la Arcadia de la realidad y los sueños, intemporal y luminosa, en la que casi siempre se le colaba el matiz aragonés en el traje, en el candor, en los instrumentos musicales o en el parentesco con los Pirineos. Esa Arcadia tenía nombres específicos: Anticoli  Corrado, Subiano y Saracinesco, donde sedujo y se dejó enamorar por “una bellísima romana”, Rosa Luciferri. Bromista como era, dijo que él se había convertido un perfecto “marido cazado”. Esos lugares serían, con Cervara di Roma, los escenarios de sus cuadros, la armonía del mundo, la naturaleza idílica y estremecida. Mariano Barbasán era –como otros artistas anteriores: Mariano Fortuny, que le influyó, los aragoneses Pablo Gonzalvo, Bernardino Montañés...- un pintor del natural: salía al campo con su caballete y su pequeño cuadro o con sus cuadernos, y allí captaba lo que veía: hombres y mujeres, sobre todo mujeres, animales, edificios, montañas y vegas, bajo un cielo romántico, tocado de una luz mágica y envolvente. Ese solía ser su proceder como se ve en una pieza entrañable y sutil, de inefable belleza, casi un microlienzo: ‘El pintor’ (1895).

Aquellos cuadros, de diferentes formatos, tenían muchos adeptos y seguidores: Barbasán contó con marchantes en Berlín, Múnich o Londres, pero también tenía seguidores y representantes en Montevideo, por ejemplo. Expuso en la ciudad en 1912 y permaneció tres meses; aprovechó para pintar los suelos pantanosos.

En cierto modo, Mariano Barbasán fue un pintor de vida errante. Nació en Zaragoza en 1864 pero vivió poco tiempo. Su padre debía ser amigo de Marcelino de Unceta, que bautizó al niño como “pintamonas” por su pasión por el dibujo y el color. En 1877, la familia se trasladó a Segovia y allí se murió su progenitor, que tenía empleo como secretario del Gobierno Civil. Mariano era el menor de cuadro hermanos: Eduardo, Adelaida Petra y Casto; este será militar y se preocupará de él. Mariano lo seguirá a todas partes. En el curso 1879-1880 se matriculará en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos, en Valencia, y permanecerá seis cursos. Realizará una pintura historicista, neorromántica y orientalista, en la estela de Fortuny y de Madrazo, y conocerá a los artistas Manuel Abril y Joaquín Sorolla, con quien coincidirá pronto en Roma. En 1887 se instaló con su hermano Casto en Madrid. No se conocen muchos detalles precisos de su aprendizaje ni de los lugares que frecuentaba (es inevitable no pensar en El Prado, dadas algunas tentativas neogoyistas; también hizo copias de Meissonier, viajó a Toledo), pero por entonces se anunciaron las becas del pensionado en Roma de la Diputación de Zaragoza. Y decidió presentarse, tras haber fracasado con un primer proyecto en los premios de Bellas Artes con ‘Noche de Walpurgis de Fausto’, inspirado en Goethe, un cuadro de 2 x 4 metros. Las cinco pruebas empezaron en marzo y concluyeron a principios de julio de 1887.  Barbasán ganó con ‘José, hijo de Jacob, en la cárcel’, basada en una fotografía que les hizo a sus hermanos. La pensión suponía tres años en Roma con una renta de 2.500 pesetas anuales. Entre otros cuadros, pintó un boceto de ‘La ejecución de Juan de Lanuza’ y el lienzo histórico ‘Pedro III el Grande en el collado de Panizas’.

En Roma coincidió con muchos pintores españoles: con paisanos como Francisco Pradilla –a quien sustituiría en 1921 en la Real Academia de Bellas Artes de San Luis- y Agustín Salinas o con Sorolla. En 1892 estuvo en Zaragoza, pero regresó de inmediato con el afán de poner estudio en Roma, de salir al campo y de dejarse mecer o engatusar por ese “enjambre de mujeres hermosas” de la ciudad y de los pueblos donde pintaba, como dice su biógrafo Bernardino de Pantorba.

Residió en Italia hasta 1921. Pintó lo que le vino en gana: despacioso, perfeccionista, casi atisbando el impresionismo. Decía: “El mejor maestro es la Naturaleza”. Formalizó una técnica, una percepción de la beldad. Y acusó la crisis de ventas provocada por la I Guerra Mundial. Fijó su residencia definitivamente en Zaragoza en 1922, algo enfermo. Al año siguiente, en el Pilar, presentó una exposición de una cincuentena de obras en el Casino Mercantil. Fue una auténtica conmoción. Y dos años después, en 1925, muerto ya, fue objeto de una doble antológica en el Museo de Arte Moderno y de nuevo en el Casino. Poco antes, Hermenegildo Estevan le había escrito una carta abierta (puede rastrearse en los trabajos para Cajalón que le han dedicado García Guatas, Hernández Latas y Wifredo Rincón, entre otros) en HERALDO: “En Zaragoza eres y serás siempre un hijo legítimo de padre y madre, y en ella, si no fueres honrado como te mereces, serás siempre reconocido y respetado”.

 

el anecdotario

 

Método de un paisajista. Bernardino Pantorba, seudónimo del pintor José López Jiménez, sevillano, firmó en 1939 la primera biografía del pintor, que reeditó García Guatas para Ibercaja en 1984. Allí se explica el método de Barbasán: “Va hablando con todos, interesándose por los achaques y los recuerdos de los viejos, y los amores y las faenas de los mozos; compartiendo goces y pesares cotidianos; dando cariñosos coscorrones a los arrapiezos que se encaraman por sus piernas en solicitud de golosinas. Uno por uno, va escudriñando todos los rincones del pueblo, subiendo y bajando calles, trasponiendo puertas, contemplando árboles y piedras, y tejados y nubes, y tierras verdifloridas y azuladas lejanías”. El Gobierno de Aragón adquirió un importante legado del artista que ha depositado en el Museo de Zaragoza.

 

CARMEN DE LIRIO: PICARDÍA Y FUEGO

CARMEN DE LIRIO: PICARDÍA Y FUEGO

 

 

[A PLENO SOL. El pasado martes, en Barcelona y los 90 años, fallecía Carmen Forns Aznar, más conocida como Carmen de Lirio: una exuberante mujer de revista, de cine y de teatro que enamoró con su anatomía perfecta a varias generaciones de españoles en los 50 y 60.

 

 

Carmen de Lirio:

Picardía y fuego de unos ojos verdes

 

 

Antón CASTRO

Enrique Vázquez tenía doce años cuando vio por primera vez a Carmen de Lirio (Zaragoza, 1923-Barcelona, 2014): entró en el despacho de su tío Celestino Moreno, dueño del Oasis, y él se quedó estupefacto. « La palabra exacta es acojonado –dice-. Era el sábado de Gloria de 1948. Nunca había visto una belleza tan impresionante: empezaba por sus ojos verdes y se extendía por todo el cuerpo. Era espectacular». Enrique, que aún sigue siendo a su modo el guardián del santuario del Oasis, no pudo ver la función, aunque de cuando en cuando se iba al tejado, a hurtadillas, pero se quedó perturbado. La vio, más tarde, en el Paralelo y en algunas funciones en el Argensola donde hacía de vedette en la compañía de Joaquín Gasca, con los cómicos Alany y Mari Santpere, y los cantantes Antonio Amaya y Lorenzo González. Recuerda Vázquez: «Apenas hablé con ella». No era necesario. Carmen no debía ser la reina de la elocuencia, como se percibe en una entrevista de casi media hora con su paisano Manuel del Arco para la Cadena Ser: le dice, por ejemplo, que tiene la sensación de que quedará «como una cantante bastante airosa, nada más», y le explica que una vedette «debe ser elegante, fina, saber hablar, cantar un mínimo, bailar un poquito, sin descomponerse, y ser graciosa, sin pasarse a lo cómico, y saber vestirse bien». Carmen de Lirio tampoco necesitaba un verbo brillante: tenía poderes infalibles que no pasaban inadvertidos. Poseía una anatomía perfecta y prodigiosa, manejaba como nadie la picardía y sus tres pecas visibles (tenía  cuatro más invisibles) y se sabía un mito erótico de ojos verdes. Fue designada «la mujer más guapa de España»

 y era un constante objeto de deseo de la burguesía catalana y de los chavales y padres de media España. No pasaba inadvertida y lo sabía. Era tan bella que dolía mirarla, exuberante, de una carnalidad que producía incendios o volcanes en un país «donde todo era gris, incluso la policía» y donde cualquier atisbo de libertad era una conquista inadvertida. Ella lo resumió con agudeza e ingenio: «Los censores eran todos unos obsesos». Estaban enfermos de hipocresía: prohibían exactamente lo que les estimulaba y lo que querían ver con pura pasión. A los censores y los representantes de la curia, que se quitaban los alzacuellos en sus espectáculos para disfrutar sin ataduras en una oscuridad ideal, Carmen los intentaba burlar de formas distintas: con sus gotas de lujuria y sensualidad, y con pequeños favores domésticos. Les ayudada en algún obstáculo social o les compraba enciclopedias o fascículos si era esa el modo en que ingresaban un segundo sueldo. Y, además, era consciente de su posición: decían que era la enamorada secreta (o no tan secreta) del gobernador civil Eduardo Baeza Alegría, extremo que negó en el libro de recuerdos: ‘Memorias de la mítica vedette que burló la censura’ (ACV, 2009). En cualquier caso, verdad o mentira, a Carmen le cantaron diversas canciones que la vinculaban con el político, como ha recordado Arcadi Espada: «Es belleza con delirio / es guapa con lozanía / se alimenta de Alegría / y es tan pura como el Lirio»; esa fue una de las canciones alusivas que le cantaron cuando un lío entre el gobernador y la Falange fue aprovechado para tirar del hilo, generar una huelga de tranvías y de paso impulsar la dimisión del aragonés.

A Carmen Amaya nunca le faltaron ni aventuras ni pretendientes. Empezó como modistilla en Zaragoza («donde pasamos todo el hambre del mundo», diría) y luego en Barcelona, a donde llegó tras la Guerra Civil. Pronto fue modelo de artistas, de publicidad y quizá de moda; años después luciría muy bien alguna que otra túnica de Manuel Pertegaz. Alternó estos empleos con imitaciones musicales y con los primeros escarceos teatrales: después de las sesiones de cine, animaba un rato más al público con diversos números. Trabajó en el circo con Gaby, Fofó y Milito, y formaría un dúo circense y cómico con Miguel Gila. Tras una actuación musical, en la que había imitado a Concha Piquer, la coplera valenciana la recibió en su camerino y la conminó a cambiarse el apellido Forns (demasiadas consonantes” fue, al parecer, su veredicto) por el artístico ‘De Lirio’. Poco a poco, con su imponente físico y sus cualidades artísticas, marcadas por la versatilidad, se fue convirtiendo en una emperatriz de la revista. En la reina del Paralelo en los 50 y 60. Hizo teatro, music-hall y cine, y actuó en casi sesenta películas: ahí están títulos como ‘La ronda del dinero’ (1955) de Edgar Neville, ‘La pecadora’ (1954) de Ignacio F. Iquino, ‘La vida alrededor’ (1959) de Fernando Fernán Gómez; entre otros directores, trabajaría con José Luis Cuerda, Vicente Aranda, Claudio Guerín, Javier Aguirre o Isabel Coixet. No se sentía especialmente orgullosa de sus películas, «ni salvaría cuatro de las 60 que hice», dijo. Se batió contra la censura con astucia y jamás reveló con quien había engendrado a su hija Carmen Forns Aznar, que se llamaba como ella. Ava Gardner le arrojó un zapato para recordarle que le estaba birlando admiradores: un peculiar modo de elogiar su hermosura animal. Fue amiga, y no se sabe bien qué más, de Walter Chiari, de Jack Palance, de Lex Parker, de Ángel Peralta o de Juan Antonio Samaranch. El que fue ‘el soltero de oro’ de Barcelona la pretendió, como se recuerda en el documental ‘La Casita Blanca’ (La ciudad oculta)’ de Carlos Balaguer y en sus memorias, pero no hubo romance. Era «soso, bajito y cabezón» para una mujer ardiente como ella que era «una pura escultura de fuego», como escribió el periodista teatral y taurino Javier Villán, con motivo de su muerte el pasado martes.

 

 

El amor de su vida. Carmen de Lirio fue una mujer deseada. Rafael Castillejo, dueño de una asombrosa colección de fotos y carteles de revista y teatro, dice: «Era un bellezón de joven y lo siguió siendo muchos años después». En sus memorias, en  el breve capítulo que titula ‘Mi gran amor’ cuenta la historia de su gran pasión: el cónsul de Islandia en España y marqués de Croce Giacomo Croce, quien, además, tenía conserveras en Santoña. Se conocieron en una gira por Italia; ella se cruzó en el ascensor con este hombre, «brillante y respetado», y surgió el amor. Carmen de Lirio, hermana del jotero Mariano Forns y asidua a la sala Pigalle de Zaragoza de Antonio Amaya, resume: «a lo largo de los años mantuvimos un profundo amor, tan intenso, que puedo llamarlo, sin duda, mi gran amor». Ni convivieron juntos ni se casaron. Al parecer, según Carmen, las artistas no eran el mejor partido para casarse, aunque ella había tenido mucho éxito con una canción: ‘La noche de bodas’. Toda una promesa de felicidad.

 

*La foto es por cortesía de Rafael Castillejo. Este artículo se publica hoy en Heraldo.es y en papel. La foto es de Amaralico Román Martínez.

'SEDUCCIÓN: POESÍA EN CALACEITE

'SEDUCCIÓN: POESÍA EN CALACEITE

 

POESÍA EN CALACEITE: ’EL PEZ DE LA DESPEDIDA’ Y ’SEDUCCIÓN’
Calaceite celebra su semana cultural. Entre otros actos, se han programado dos presentaciones de poemarios. El jueves 7 siete, Luz Rodríguez presentará su poemario ‘El pez de la despedida’, y estará acompañada por su editor Paco Rallo, por la ilustradora María Maynar y por el pianista y compositor Antonio Gil, que ha trabajado varios poemas. Luz y Antonio ofrecerán un recital con música. Y el viernes, 8, en compañía de Juanjo Blasco Panamá, presentaré ‘Seducción’ y daré un pequeño recital. En ese libro, al menos, hay tres poemas dedicados al Matarraña y algunas de sus gentes: a Laia Vaquer y Hugo Roglán, artistas; a Ángel Crespo y Pilar Gómez Bedate y Gema Noguera, a quien no llegué a conocer, pero sí hablé con su madre, con su familia, con Ersi Samara y vi sus cosas. Publicaré estos días, aquí, los tres poemas. Empiezo con Laia Vaquer, que ahora trabaja en una pequeña galería en Calaceite; durante muchos años lo hizo en La Angeleta, el restaurante de Valderrobres, y su compañero Hugo lo hace de guía del Museo Juan Cabré, de 
Calaceite, donde tendrán lugar los dos actos, a las 20.00.



ELOGIO DEL DESNUDO

[A Laia Vaquer y Hugo Roglan, fotógrafos del cuerpo 
y del paisaje con árboles, harina y nieve]

Te observo desde el vacío del tiempo.
Desde antes o después de haberte intuido
en la carne trémula de un desnudo.
Te vi, antes de verte a ti, en una foto.
Creo que no había nadie en la sala.
Sonaba una música de violín.
No tardó en desatarse la tormenta.
Afuera, el atardecer de agua y viento
copiaba el resplandor de tus imágenes.
Era un día de otoño castigado
de melancolía desapacible.
Te miré fijamente: aquí las líneas
del cuerpo, la piel más blanca que oscura;
allá las nalgas, los pechos, los hombros
armoniosos como arpa adormecida.
Y en el centro de un árbol, incendiados,
tus ojos de mar, claros, levantiscos,
con un centelleo de picardía.

Hice por conocerte. Por amarte.
Recuerdo aquel día: de sol, de risa,
de plenilunio luego en la verbena.
Alguien me dijo: «Esa será la artista
de tu vida. No dejes que se escape».

Aquí estoy desde entonces. A este lado.
Como un amanuense de tus imágenes.
Como un testigo de las estaciones.
Me muestras los cuadernos de bocetos,
los dibujos, la violencia del sueño,
y sobre el papel, entre la maleza,
surges como una escultura o un paisaje.
Veo lo que anhelas. Gritas. Disfrutas.
Te buscas y te persigues. Arañas
las sombras del espanto, te desvistes.
Actriz de ti misma. Actriz principal
y de reparto en medio de la fronda
y la mansedumbre gris del celaje.
Te contemplo, me someto y navego
tu belleza centímetro a centímetro.
Cuando dices, ya, mírame bien, mírame,
disparo. Y así sales: desnuda, viva,
desde el fondo de la tierra que tiembla.
Ese limo perplejo que fecundas.

Ahí estás para mí, por ti y por todos:
la diosa transfigurada en la nieve.
El cuerpo que acaricio cada noche.


*Las fotos son de Laia Vaquer en colaboración con Hugo Roglan.
El texto pertenece a ’Seducción’. Antón Castro. Olifante, 2014.
-La 1 imagen.
https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-c9267b4e14bef3b18eddd74c0b0a5d25.jpg
-La 2 imagen
https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-62973b9413ee4b2c46724c2edb6eb52f.jpg
Un reportaje de Borradores sobre el Matarraña. Ahí sale Laia Vaquer y Hugo Roglan.