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Antón Castro

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PACO DE LUCÍA: RETRATO DEL ÚLTIMO DIOS DEL FLAMENCO

PACO DE LUCÍA: RETRATO DEL ÚLTIMO DIOS DEL FLAMENCO

El último dios del flamenco*

 

Se ha muerto el último dios del flamenco. El mago universal de la guitarra del cante jondo: Francisco Sánchez Gómez, Paco de Lucía (1947-2014): el hombre enigmático y tímido que revolucionó, disco a disco, casi concierto a concierto, el flamenco. Padeció la maldición y el estímulo de un sentido crítico exacerbado que le permitía innovar y embrujar con su pellizco eléctrico, con ese arañazo de cristal, veloz y rabioso como un puñal de uñas. De niño había querido ser cantante, pero era tan vergonzoso que no tuvo agallas; además, pronto se dio cuenta de que carecía de buena voz, todo lo contrario que su hermano Pepe. Sus padres, Antonio Sánchez, un buen cantaor, y su madre Luzía Gómez ‘la portuguesa’ (le dedicó un disco, ‘Luzía’, en 1998), fueron su mejor estímulo. Su progenitor no tardaría en decir que iba a ser el mejor guitarrista de todos los tiempos: fue férreo y exigente en su disciplina para lograrlo.

Si la guitarra en los años 50 y 60 estaba un tanto postergada ante la fuerza del cante y el baile, si apenas era considerada algo más que un instrumento necesario pero complementario, Paco de Lucía cambiaría ese percepción. Tenía personalidad, duende, osadía y una sensibilidad indescriptible. Realizó una gira por Estados Unidos y en Nueva York, con poco más de quince años, el maestro Sabicas (un navarro que dominaba a la perfección el flamenco) le dijo que solo alcanzaría la gloria componiendo, creando sus propios temas. Aprendió mucho de él y compuso poco a poco, sobre todo gracias a sus conciertos y a la colaboración que duró diez discos con su amigo y hermano del ama Camarón de la Isla. Paco de Lucía dijo que había aprendido a crear oyéndolo a él: que se había forjado a su lado. [Le dolió siempre la sombra de los derechos de autor.] Con ‘Fuente y caudal’ (1973) y ‘Entre dos aguas’ (1975) transformó la música flamenca: le dio una nueva hondura, vértigo, ebriedad, amplió su campo de creación y su temblor. Enseñó a oír el flamenco con todos los sentidos y lo universalizó: fue su embajador a lo largo y ancho del planeta.

En 1981, publicó otro disco imprescindible: ‘Solo quiero caminar’, otra obra mayúscula para la leyenda. Para entonces Paco de Lucía era el maestro de la guitarra, el profeta de los sonidos negros, el temblor y la furia de la guitarra y de su espíritu dramático, tal como la había definido García Lorca. Era vigoroso e intenso, virtuoso y sensible, de una velocidad relampagueante. Le extrajo a la guitarra sonidos que jamás se habían oído, y no solo eso: logró vincular el flamenco con el jazz, con la fusion, con el rock, con el blues, realizó giras con guitarristas tan distintos como Al di Meola o John McLaughlin, e intervino en discos de músicos muy diferentes: Djavan, Chick Corea o Bryan Adams, entre otros.

A pesar de su aparente fragilidad, de su silencio y de su espiritualidad, del “estado febril de soledad”, así definió su oficio, Paco de Lucía conmovía allá donde iba. Recibió premios por doquier (entre ellos el Premio Príncipe de Asturias) y se convirtió en un mito. Su exigencia –decía que tocar era un placer inmenso y un dolor aún mayor- le llevó a alejarse de la escena, a estudiar sus apariciones. Ha vivido en distintos lugares: en Mallorca, en México, en Cuba, pero siempre estaba abrazado a su instrumento. Y con él se abraza a la vida y a las últimas habitaciones de la sangre del flamenco.

Manolo Sanlúcar –uno de sus seguidores, como lo fueron y lo son su hermano Ramón de Algeciras, Vicente Amigo o Tomatito, entre otros- le dedicó este elogio: “Paco es el mejor símbolo de lo que significa una estrella. ¿Por qué? Pues porque Paco... encanta al que no sabe de esto, eh; y vuelve loco al que sabe. Es decir: lo tiene todo”. Cada disco debía ser una sorpresa, una invención, un viaje a un lugar donde nunca había estado. Ante todo, misterioso y escurridizo, genial y vulnerable, se sentía guitarrista. Ese era su oficio y su pasión. Dijo: “Todo lo que he hecho ha sido tocar la guitarra. ¡Una vida pobrísima!”. Una vida llena, fascinante, cuajada de sonidos negros y del arrebato del duende. ‘Cositas buenas’: título de un disco de 2004.

 

*Este artículo apareció en ’Heraldo.es’.

MARÍA DE ÁVILA: LA ESTRELLA QUE FORJÓ ESTRELLAS DE BALLET

MARÍA DE ÁVILA: LA ESTRELLA QUE FORJÓ ESTRELLAS DE BALLET

María de Ávila (Barcelona, 1920-Zaragoza, 2014) fue una maestra exigente, perfeccionista y apasionada que contaba relatos a sus alumnos: les llenaba la cabeza de sueños y, mientras les corregía o ajustaba la filigrana de un movimiento, les indicaba que el baile exigía vocación, compromiso y sacrificio. Gonzalo García Portero, uno de sus alumnos más conocidos en la actualidad, la ha recordado con su porte elegantísimo como si fuera Stevenson entre los nativos o Isak Dinesen en medio de los masais: con los ojos incendiados de emoción y embeleso, los jóvenes le pedían a María que hablase como la lluvia. Con emoción y belleza, con fantasía y tal vez con su amplísima cultura.


Víctor Ullate también ha declarado que María de Ávila, su maestra, “inculcaba el amor a la danza y unas ganas locas por bailar. Nos contaba la danza como un cuento muy bonito”. Ana Laguna le revelaba a Picos Laguna: “Era un maestra de las artes. Todo lo que ella tenía me lo dio. Me abrió las puertas de su casa; me enseñó lo que necesitaba: música, literatura, arte. Un mundo que no había visto y que mi familia no podía darme”.

Otro experto, como Carmelo Pueyo Benedicto, ha señalado que María de Ávila transmitía “pasión, sensibilidad y una técnica depurada”, y dice que en sus numerosos alumnos se aprecia un “'gen' común, procedente de un mismo tronco, fácilmente perceptible”. María abrazó la danza clásica y se convirtió en una referencia como 'prima ballerina assoluta' en el Ballet del Teatro del Liceo y luego como profesora. Conoció al ingeniero José María García Gil en una actuación suya en 1943, aunque el día anterior ya había asistido a un concierto en el Teatro Principal de una de sus grandes amigas: la pianista Pilar Bayona. La pareja se casó en 1948, viviría un tiempo lejos de la ciudad y pronto se incorporaría a la vida cultural de Zaragoza con Federico Torralba, historiador del arte y escritor, con el grupo Sansueña, con la citada Pilar Bayona, el director del Teatro Principal Ángel Anadón y con otros intelectuales. María de Ávila siempre destacó por su curiosidad y sus conocimientos.


En 1954 inició su leyenda de profesora de ballet clásico que casi se alargó durante medio siglo con unos logros impresionantes, que van desde su primera discípula Ana María Górriz, que empezó con ella muy pronto, a las catorce años, hasta el citado Gonzalo García Portero. Empezó en su propia casa, “acondicionó una habitación”, más tarde se trasladó al Coso y finalmente se asentaría en Francisco de Vitoria. Su estudio sería una auténtica factoría de bailarines. Es, probablemente, la maestra de danza más importante del siglo XX en España. Ella triunfó en Madrid, en el Ballet Clásico Nacional y en Ballet Español entre 1983 y 1987, y en Zaragoza, donde fundó en 1989 el Joven Ballet María de Ávila, que cosechaba elogios por doquier y apenas contó con ayudas institucionales. Su cariño hacia “la ciudad del viento”, donde ha recibido numerosos homenajes y distinciones, es incuestionable: decía que aquí le habían pasado las cosas más interesantes de su existencia y que tenía la sensación de ser zaragozana desde siempre.


Su biógrafa Ana Rioja, escritora y periodista, dice a Heraldo.es: “María de Ávila ha escrito las páginas, breves pero intensas, de la historia de la danza clásica en España. Contemporánea de grandes bailarinas como Alicia Alonso, Margot Fonteyn, Rosella Higtower o Maya Plisetskaya, su gran triunfo fue el de haber sabido transmitir su amor y sus conocimientos por la danza a varias generaciones de bailarines. María de Ávila fue bailarina, maestra de estrellas de la danza y maestra de grandes maestros”. No hay desmesura en la apreciación.


Ana Rioja, que vivió una experiencia inolvidable durante la redacción de su libro 'María de Ávila' (Gobierno de Aragón, 1992), añade: “María de Ávila supo muy pronto que no podía vivir sin la danza y se entregó a ella de una forma casi religiosa, primero como la gran bailarina que fue en los duros años de la posguerra y, más tarde, como la maestra de estrellas que han asombrado con su arte al mundo. Y así, llenó de magia y de belleza una ciudad, Zaragoza, cuna de la danza, y un país que asistía atónito al nacimiento desde su estudio de unas estrellas que tenían que emigrar a otros universos con un clima más benigno para la danza: su hija Lola de Ávila, Ana María Górriz, Carlos Lagunilla, Víctor Ullate, Carmen Roche, Carmen de la Figuera, Ana Laguna, Trinidad Sevillano, Arantxa Argüelles, Antonio Castilla, Amaya Iglesias, Violeta Gastón, Ángeles Bescós, Ruth Vaquerizo, Gonzalo García Portero… y muchos más nombres internacionales”.

Solía decir que las claves del trabajo son la honestidad, la sensatez, la vocación y el esfuerzo indesmayable. “El cerebro es el mejor músculo”, repetía. Consideraba que su disciplina artística (el oficio inefable en el que soñó e inventó) era la madre de las artes “porque reúne y resume la literatura, la música, el movimiento, el color, la expresión, la plasticidad, la belleza...” Quizá arrimase el ascua a su sardina, pero tenía todo el derecho de hacerlo: creyó en la excelencia, fue inconformista y buscó una y otra vez, en cada una de sus funciones y de sus clases, la musicalidad, el temblor y la ligereza del ángel.

 

*Este artículo ha aparecido hoy en 'Heraldo.es'. La foto, de 1983, es de Rogelio Allepuz.

LOS MODLIN: DIÁLOGO CON PACO GÓMEZ

Paco Gómez (Madrid, 1971) es ingeniero de caminos, fotógrafo y escritor. Su libro ‘Los Modlin’ (Fracaso Books), mezcla de reportaje y novela, fue uno de los libros del año 201: una novela-reportaje. El pasado jueves lo presentaba, con diversas proyecciones, en Los Portadores de Sueños.

 

-¿Cómo llegó a los Modlin?

Hace diez años tras la muerte del último Modlin me encontré sus fotografías tiradas en una calle de Madrid

 

-¿Por qué tardó tanto tiempo en seguir el curso de las fotos que había encontrado en la basura?

Porque aquello no tenía orden aparente, era dificil a primera vista encontrar una conexión lógica conexión entre ellas, además yo en esa época fui padre y tenía otras prioridades en la vida.

 

-¿Qué le llamó la atención de esas piezas?

Pues que eran unas fotografías teatrales de una familia que se fotografiaba semidesnudos en la mayor parte de los casos. Fotografías experimentales muy diferentes de lo que todos relacionamos con un álbum familiar.

 

-Hablemos de cada personaje: de Elmer. Era actor, pero parece que lo que le caracteriza es su pasión por Margaret y su convicción de que es una magnífica artista, ¿no?

Así es, Elmer era una especie de escudero, de portavoz de la obra de su mujer. Defendía la misión mística de Margaret incluso más que ella y estaba convencido de que en un futuro el mundo se arrodillaría ante su pintura apocalíptica.

 

-Tenía, o tenían, amigos tan curiosos como Henry Miller. ¿Qué relación tuvieron con él?

Elmer le conoció en Hollywood, posiblemente en el restaurante vegetariano que los Modlin regentaron durante una época. También conocieron a Anais Nin y otros intelectuales. Los Modlin se aferraron a Miller como plataforma de lanzamiento para alcanzar la fama, mantuvieron correspondencia y Margaret le pintó dos retratos. Miller les contestaba pero parece que más por compromiso. Ellos decían que Miller tuvo mucha influencia en ellos a la hora de establecerse en Europa.

 

-¿Cómo define la pintura de Margaret? ¿Por qué tiene esa obsesión con la divinidad?

La pintura de Margaret está centrada en un extraño sentido del color, la mística, la simbología, el secretismo y la religión, elementos que la llevaron a una total incomprensión en su época. El interés para mi principal es la inclusión de su propia familia como personajes de sus cuadros y la utilización genial de la fotografía en el proceso creativo.  Es una obra pasada de moda en el momento en el que se pintó, muy difícil de observar y muy difícil de entender. Margaret era muy religiosa sin duda por la influencia de su educación en iglesias integristas de su Carolina del Sur natal y esa religiosidad la trasladó de una forma extraña a su pintura.

 

-¿Qué le parece la relación que tenía con su hijo, al que veía como un dios?

Pues una relación un tanto obsesiva por cada poro de su piel que sin duda influyó de forma definitiva en la personalidad de Nelson. Entre lo bueno creo que está que le volvió una persona hipersensible y entre lo malo que le complicó sus relaciones personales: Nelson supo distanciarse a tiempo de la locura intelectual de sus padres. 

 

- Nelson parece un personaje fascinante y a la vez enigmático. ¿En qué residía su encanto?

En su altura, en su voz, en su belleza, en su humor… Los que le conocían decían que era una persona de esas que dicen que ocupa un espacio mayor que su cuerpo y que casi emite luz. Me hubiera gustado conocerle.

 

-Recuérdenos brevemente sus historias de amor…

Tuvo varias mujeres: una bailarina llamada Berta,  la presentadora de telediario Olga Barrio, una guía turística llamada Susana y al final de su vida la italiana Mónica Fornasieri con la que no pudo casarse porque la muerte le llegó antes.

 

¿Le ha dolido la indiferencia y el silencio de Olga Barrio?

En su día sí porque me interesaba mucho su testimonio y no conseguí nada, no entendía que tecla había tocado para negarse incluso a hablar de Nelson. Pero bueno al final entendí que había que respetar ese derecho al silencio aunque decidí incluirla porque era parte de la historia.

 

¿En qué momento se dio cuenta de que tenía entre las manos una historia especial?

Al leer un artículo que la periodista Susana Hidalgo escribió en ‘El País’ en el que hablaba de los cuadros de una pintora que se pudrían en un piso de Madrid. Yo tenía sus documentos en una caja en mi casa.

 

-Tenían algo de iluminados y también de conservadores. ¿Por qué les atraía tanto Franco?

Le admiraban porque para ellos era un soldado cristiano. Representaba una época en que ellos fueron muy felices y además le quisieron utilizar también para alcanzar la fama pintándole un retrato que pretendieron que Patrimonio Nacional les comprase. Compra que fue frustrada por el atentado contra Carrero Blanco.

 

-¿Qué es lo más curioso, bello o inquietante que le ha pasado con estos personajes?

La serie de casualidades que se sucedieron en la investigación y que me da hasta vergüenza enumerarlas y la instalación desde entonces de los Modlin en mis sueños.

 

*Todas las fotos pertenecen al libro de Paco Gómez. Este texto, casi en su totalidad, apareció el jueves en 'Heraldo de Aragón'.

 

EL PIANO, EL ALCALDE Y EL BALNEARIO

EL PIANO, EL ALCALDE Y EL BALNEARIO

LA TRAVESURA DEL ALCALDE ALFONSO MOLINA

El ex alcalde de A Coruña dejó de niño su firma en un piano del balneario de Arteixo

VIVIANA BURÓN. La Opinión de La Coruña

El balneario de Arteixo vivió su época de mayor esplendor a comienzos del siglo pasado. Muchos fueron los huéspedes ilustres que albergó en aquel entonces este lugar que se convirtió en el centro neurálgico del municipio. El director gerente de la empresa Aguas de la Coruña -constituida en 1903-, Ricardo Fernández Cuevas i Salorio o el banquero Narciso Obanza Alonso fueron algunos de ellos, tal y como recogen Xabier Maceiras y Fernando Patricio en su libro De Liverpool ás Sisargas. A derradeira travesía do Priam.

También uno de los promotores del puerto de A Coruña, Raimundo Molina, acudió acompañado de su mujer, Evarista, y su hijo Alfonso a disfrutar de las aguas termales de Arteixo. Una visita que dejó huella en las conocidas instalaciones ya que el pequeño grabó su nombre en la parte trasera de uno de los pianos del balneario. En él se puede leer: Alfonso Molina 16 agosto de 1921. Un hecho que quedaría en una mera travesura infantil si no fuera porque, con el paso de los años, el pequeño llegó a ser alcalde de A Coruña.

Se trata de Alfonso Molina Brandao, que estuvo al frente del Gobierno de la ciudad desde 1947 hasta 1958 y fue uno de los mandatarios más populares de la urbe herculina por su cercanía, su carácter festivo y su gusto por la noche. Una predilección que le llevó a establecer horarios de trabajo que no eran del gusto del resto de la Corporación local.

Conocida es la necesidad que sienten muchos preadolescentes y adolescentes por dejar su huella allá por donde pasan. Un ansia que sufre normalmente el mobiliario: pupitres o puertas de aseos son los lugares preferidos. Pero Alfonso Molina fue más allá y optó por un objeto más musical. A sus trece años de edad y durante una estancia estival en el balneario de Arteixo, el que fue el promotor de la entrada de Lavedra grabó su nombre en un piano. Para la posteridad.

 

EL PIANO EN LOUREDA

El piano en el que un pequeño Alfonso Molina dejó grabado su nombre y la fecha en la que visitó el balneario se encuentra en la casa de Pablo Mosquera, familiar de los actuales propietarios de los baños y que reside en la parroquia de Loureda, según recoge el libro de Xabier Maceiras y Fernando Patricio.

EL BUEN MOMENTO DE ANTONIO SANTOS

EL BUEN MOMENTO DE ANTONIO SANTOS

Antonio Santos, en plenitud

 

El artista oscense ilustra a Marchamalo, a Rubén Darío y Espronceda, y a Cervantes

 

“Pinto todos los días, incluso cuando me atasco o no tengo ningún proyecto entre manos. Llevo tres días de crisis”, dice Antonio Santos (Lupiñén, Huesca, 1955) que acaba de ilustrar ‘La princesa y el pirata’ (APILA, 2013), basado en textos de Rubén Darío y de José Espronceda, ‘Retrato de Baroja con abrigo’ de Jesús Marchamalo, para el sello Nórdica, y hace unos días presentaba, en el Teatro Olimpia de Huesca, su trabajo para el ‘El coloquio de los perros’ (Nórdica), de Cervantes. Santos ha hecho unas 50 ilustraciones en acrílico sobre tabla, de las que se han incorporado una veintena al volumen.

Antonio Santos explica que en ‘El coloquio de los perros’ hace su trabajo más pictórico: “quería rendir un homenaje explícito a los expresionistas que tanto me gustan, especialmente a Oskar Kokoschka, pero también a Alberto Giacometti, tan distinto”. Dice Antonio que él, en el fondo, es un artista sin estilo, alguien que tiene varias líneas: la de los juguetes o juguetones; la de las estampas populares, especialmente brasileñas, y la que ha ensayado con ‘El coloquio de los perros’. “Yo suelo leer los textos varias veces, por la necesidad de entenderlos y por puro placer. Dejo reposar un poco esa experiencia y luego ilustro las sensaciones que me han quedado en el recuerdo”. Cervantes, como hicieron el ‘Lazarillo’, la picaresca española o haría Quevedo, aborda la España miserable del pícaro o del pillo. “Qué poco ha cambiado España. Las jerarquías de ahora peores que las de antaño: más delincuentes, más ladronas, y eso se percibe todos los día en la prensa”. Explica la paradoja de Cervantes, que intentó crear un pícaro bueno y al final “tuvo que bajar un escalón y lo encontró en los perros. Los humanos, esos pastores que engañan a su amo diciendo que los lobos han comido las ovejas cuando se las comen ellos, son decepcionantes. Por otra parte, el clima social y de miseria se parece mucho al de ahora”, dice Antonio Santos, que reside en Madrid. “Un libro es un objeto autónomo. Cuando abordas una ilustración tienes que poner en él todos los recursos del oficio, el ingenio, tu manera de trabajar, pero siempre hay que tener en cuenta que los libros tienen vida propia. Y eso hay que respetarlo. ‘El coloquio de los perros’ respira el espíritu de la España negra, el mundo de Gutiérrez Solana y aún de Francisco de Goya”.

Santos también es el autor de los dibujos, que tiene un aire de grabado, de ‘retrato con abrigo de Baroja’, un escritor muy vinculado con Aragón a través de libros como ‘La venta de Mirambel’, ‘Los confidentes audaces’ o ‘La nave de los locos’; Baroja, además, se presentó a diputado por Fraga. “Es un trabajo distinto que he hecho en linóleo desde una perspectiva más clásica. Fue una invitación del escritor y periodista Jesús Marchamalo a colaborar con él. Me ha encantado hacerlo: Diego Moreno, el editor de Nórdica, ha cuidado el libro al máximo. Baroja ha sido decisivo en mi formación. A veces me decían casi con asombro: ‘¡vaya, pero si se le entiende todo!’. Claro que se le entiende. Es un escritor de referencia para mí con su mundo tan peculiar”.

Antonio Santos ha estado recientemente en México: allí ilustró, para otro libro, el poema ‘Masa’ de César Vallejo, impartió talleres, redactó su ‘Poema mexicano’ (compuesto por siete composiciones en vero) e hizo un proyecto, aún inédito, que se titula ‘Buenos días, señor Posada’, que es diálogo imaginario con el grabador José Guadalupe Posada, al que se expuso hace poco en el IAACC ‘Pablo Serrano’. Le preguntamos por su libro ‘El pirata y la princesa’, el álbum de gran formato que publicaba en el sello zaragozano APILA en 2013. “Es un libro  distinto en el que me he sentido muy cómodo. Me hacía ilusión que se encontrarse el pirata y la princesa, muy distinto, con pocos colores y técnicas mixtas, y creo que se encuentran de una manera convincente. El libro se puede leer dos maneras y tiene dos portada. Me ha gustado mucho ilustrar a Rubén Darío y José de Espronceda. Cada vez valoro más trabajar con gente con la que estás cómodo y eso sucedió exactamente con los editores Raquel Garrido y Eduardo Flores”.

 

NUEVE LIBROS DE AMOR

NUEVE LIBROS DE AMOR

Nueve libros de amor

 

Algunos títulos recientes para celebrar el Día de San Valentín

 

El amor, como el aire, está en todas partes. Y muchos de los grandes amores han nacido en los libros para habitar las mentes de los lectores y el imaginario del mundo: Romeo y Julieta, Melibea, Madame Bovary... Todos necesitamos historias para vivir, incluso los que no leen, incluso aquellos que piensan que no consumen historias, pequeños o grandes amores, los pálpitos inadvertidos de la pasión. En un día como hoy, seleccionamos algunos títulos marcados por el amor, el deseo y la necesidad de soñar con alguien.

 

-1. Amantes. Texto y dibujo de Ana Juan. Contempla / Edelvives, 2013.

Ana Juan, ilustradora y pintora, es la autora de este volumen que ha conocido varias ediciones, en el extranjero y en España, y que aparece ahora en Contempla / Edelvives. Son historias de amor, once poemas que contienen las ondulaciones de la pasión: la fidelidad, el amor fugaz, la despedida, la querida, el amor contrariado, el amor apagado o imposible, la amada inesperada. Las ilustraciones, ocho por pieza, son deslumbrantes.

 

-2. Cuando el frío llegue al corazón. Manuel Gutiérrez Aragón. Anagrama. 2013.

Una novela de iniciación en Cantabria, en el contexto de la posguerra. El adolescente Ludi Rivero Pelayo se siente atraído por su tía, una mujer lánguida que esconde un secreto. Magníficos personajes secundarios y un hermoso sentido de la elipsis y del misterio. Es como si asistiéramos a una película de Gutiérrez Aragón: la peripecia de una búsqueda y de una revelación de verano, con mar y montaña, en tiempos siniestros. Una joya.

 

-3. Dulce objeto de amor. Raúl Guerra Garrido. Reino de Cordelia, Madrid, 2014.

El título no da lugar a equívocos. Un hombre maduro y elegante se encuentra, en el Palace, con una joven de enorme sensualidad. Entre ambos, a lo largo del día, se forja una amistad especial… He aquí un libro, eminentemente literario, sobre la atracción, la conquista, la conversación, donde todo conduce a ese esplendor de la pasión. Hablan alternativamente los dos amantes y uno de ellos observa: “... los dos estremecidos en la contemplación del desnudo cuerpo de su pareja”

 

-4. Cásate conmigo. Dan Rhodes. Traducción de Eugenia Vázquez. Alfaguara, 2014.

Es un libro divertido, ácido, irónico, compuesto por cuentos cortos, más o menos engarzados, que proponen un viaje por el mundo de la pareja. El libro es un inventario de situaciones donde está casi todo: la obsesión, lo ceremonioso, la afición a recordar a los antiguos amantes, la indiferencia, el engaño, el vestido de boca, los anillos, el sexo y sus decepciones, y el abandono. También se habla de expectativas: “algunas cosas tendrían que esperar hasta que estuviésemos casados”. Y no se alude aquí, precisamente, al erotismo.

 

-5. Lennon. David Foenkinos. Traducción de César Aira. Alfaguara. 2014.

No es propiamente un libro de amor y a la vez no es otra cosa: es la biografía de John Lennon contada en primera persona –y todo lo que ello significa: una infancia dura, su aislamiento, su formación, el éxito con Los Beatles, la boda con Cynthia, las groupies (“estábamos excitados por todas esas chicas”)...- y es una narración de amor. Qué pasó entre John Lennon y Yoko. Algo así: “Llegó la mañana e hicimos el amor (...) Querría describir la maravilla, y no creo que haya palabras para medir la pureza que se adueñó de mí. Enterraría mi pasado”. El libro tiene el oficio de David Foenkinos, autor de ‘La delicadeza’.

 

-6. Barba Azul. Amélie Nothomb. Traducción de Sergi Pàmies. Anagrama, 2014.

Amélie Nothomb escribe libros de atmósfera teatral, marcados por la obsesión. Aquí reescribe, en clave muy personal, la historia de ‘Barba Azul’ de Perrault, que en realidad es un aristócrata español que alquila una habitación de su palacio de París. En su casa han muerto ocho mujeres. O al menos han desaparecido. Saturnine, profesora de historia del arte, se atreve a alquilar la habitación y a cenar y a tomar champán con ese hombre elegante, el ogro, que no ha salido de casa en dos años y que le anuncia, casi de golpe, que se ha enamorado de ella. Una novela turbadora y magistral, dialogada, en la que ronda el crimen.

 

-7. El proyecto Esposa. Graeme Simsion. Traducción de Magdalena Palmer. Salamandra, 2013.

Don Tillman, de 39 años y profesor de Genética en Melbourne, es un tipo brillante y considerado, pero tiene un serio problema: jamás ha logrado una segunda cita con la misma mujer. Para remediarlo decide promover el ‘Proyecto Esposa’, un intento desternillante y lúcido de saber qué pasa con la mujer y qué le pasa a él en concreto. El escritor neozelandés resulta divertido, fresco, burlón y audaz.

 

-8. Amor de muchos días. Antología poética. Prólogo de Andreu Jaume. Lumen, 2014.

Una selección de poetas de diversas lenguas, importantes todos ellos, distinguidos en algunos casos con el Nobel, abordan uno de los temas más fascinantes: el amor, la pareja, qué ocurre cuándo nuestro amor se va con alguien. Aquí están, entre otros, T. S. Eliot, W. H. Auden, Wallace Stevens, Ted Hughes, Jane Carson, Marina Tsvetaieva, Anna Ajmatova, Gil de Biedma, Jorge Guillén, Ángel González o Claudio Rodríguez. Ya lo dijo Gil de Biedma: “Aunque sepa que nada me valdrían / trabajos de amor disperso / si no existiese el verdadero amor”.

 

-9. Las gafas de ver. Margarita del Mazo. Ilustraciones de Guridi. La Fragatina, 2014.

Un relato sencillo que explica a la perfección los estados del amor: el deslumbramiento, el despertar, el enamoramiento, el reclamo, la tentativa de seducción e incluso la decepción. O la felicidad, el final de feliz. Todo ello sucede en la historia de Carlitos y la bella Inés, que se pone gafas nuevas.

 

FOTOS DEL VIEJO Y ETERNO MADRID

FOTOS DEL VIEJO Y ETERNO MADRID

Encuentro, casi por azar, este enlace del viejo, del eterno Madrid: calles, urbanismo, arquitectura, costumbres, coches y escritores. Entre ellos, Galdós y los Quintero, pero también Marañón. Una de las imágenes más bonitas es una de 1923 de Albert Einstein en Madrid. Por aquellos días también estuvo en Zaragoza. Estuvo, en realidad, en Barcelona, Valencia y Toledo...

 

http://m.forocoches.com/foro/showthread.php?t=1460362&page=18

ALBARRACÍN: LA LEYENDA DEL TIEMPO

ALBARRACÍN: LA LEYENDA DEL TIEMPO

[Hoy, en compañía del fotógrafo Antonio Ceruelo, he estado en Albarracín. Hacía algún tiempo que no iba. Y diría que nunca he visto tan subyugante la población: con la suave y a la vez nítida luz invernal. Este verano escribí este texto sobre la villa de los Azagra. Lo recupero para quí y cuelgo la foto de uno de mis artistas más queridos: Juan Manuel Castro Prieto.]

 

[RITUALES DE SOL. Hay lugares que poseen magia, atmósfera, un pasado que sobrevive y renace a cada instante. Es el caso de esta villa turolense que ha sido elogiada por Baroja, Azorín, Jarnés o Bernard Plossu. Les proponemos un viaje.]

 

Albarracín o la leyenda del tiempo

 

Según algunas revistas y varias encuestas, Albarracín, Teruel, es el pueblo más bello de España. “Visite una de las ciudades más bonitas de España, visite Albarracín”, dijo Azorín. Es un sitio realmente hermoso, evocador, esculpido por la caligrafía del tiempo en la piedra. En realidad, hablamos del casco histórico de Albarracín: lleno de callejas angostas, de microrregiones de sombra, de espacios de cariz medieval, de palacios y de recodos, como el que traza la Casa de la Julianeta, tan amada por los artistas y por los fotógrafos, entre ellos Jean Dieuzaide. Albarracín, de entrada, tiene atmósfera: aromas de leyenda, como habría dicho Valle-Inclán, e inspiró a un sinfín de literatos, desde Manuel Polo y Peyrolón a Pío Baroja, Benjamín Jarnés o José Antonio Labordeta, pero también a poetas como el joven Jiménez Losantos, Sergio Gaspar o Xoán Abeleira, entre otros muchos.

Quizá por ello, por su ámbito tan envolvente, de gesta antigua y de intimidad constante, es un lugar ideal para pasar el verano. Tiene frescor y sombra. Campo abierto, serranía frondosa y los pinares de rodeno; arte medieval y arte rupestre. Es un lugar para quedarse en su laberinto de calles y de pendientes, en sus escaleras y sus porches: aquí y allá, de súbito, aparecen miradores. Miradores sobre el río Guadalaviar que, como el Duero a su paso por Soria, traza una curva de ballesta, avanza entre el roquedal, refleja el castillo que rodea el cementerio y deja atrás la torre de Doña Blanca camino del parque y del Molino del Gato: allí la noche, entre copas y charlas, tiene su propia música, su peculiar tambor de agua que se agita a nuestros pies. Hay miradores que se abren de golpe en el Portal del Agua o en un alféizar desde el hotel con encanto Casa Santiago: la pequeña ciudad se ofrece con su colmena de tejados y con el dominio de un color: el rojo y sus variaciones. El ocre. El grana. El color de la piedra, de la tierra, de la mies, del oro antiguo. El último color del crepúsculo.

El acceso a Albarracín en coche no es fácil. Lo mejor es aparcar el cementerio. E incluso, si uno no es susceptible a tratar con el trasmundo, puede dar un pequeño paseo: se respira una extraña calma. Ahí mismo lo mejor es visitar las exposiciones de la Torre de Doña Blanca, sus tres plantas, y luego subir a la terraza. Arriba se vive una sensación de plenitud y de dominio: a nuestros pies, como si desafiase las leyes de las gravedad o las inclinaciones que admite la física, está Albarracín: majestuoso, insomne, como una armoniosa mole de estructuras y colores, de altitudes y hondonadas. Parece una villa imposible, soñada por un ángel de la geometría.

A la izquierda está el río Guadalaviar. En el plenilunio de agosto, desde el fondo de su ribera, sale el fantasma de Doña Blanca, aquella dama enamorada que fue recluida en las mazmorras y que reaparece a partir de la medianoche. O eso dicen. Hay quien asegura haberla visto: intangible y bellísima, alzándose por los aires. De frente está el pueblo y, a lo lejos, la muralla que escala hacia la cima y se corona con banderas. Ese es un punto donde, con paciencia, se suele ir de excursión. Es otro magnífico punto de vista para las fotografías.

Si decidimos entrar al pueblo, lo mejor es avanzar por la calle del Museo de Albarracín: abajo están las salas de arte contemporáneo, que coordina Alejandro Ratia, crítico de arte de HERALDO; arriba está el museo de la historia de la villa. Una villa marcada por la arqueología, por la taifa, por su posición de lugar de frontera y por la exaltación de los oficios tradicionales. Más adelante, están la Casa de los Pintores y la Casa de Santa María, que han sido muy importantes en los programas culturales de la Fundación Santa María de Albarracín, que dirige Antonio Jiménez: periodismo y fotografía, diseño e ilustración, pintura del paisaje, historia medieval, etc. Y la música, claro, Albarracín es lugar de reunión de intérpretes y escenario de conciertos.

La catedral está ahí como un faro que todo lo ilumina. Julio Llamazares ha escrito que “es la más pobre de las catedrales de España”. Ante ella hay otra terraza: desde aquí cabe realizar un retrato de cercanía de la ciudad. Hay que visitar, sin duda, la Fundación Santa María, ver su restauración, los balcones que dan al río, contemplar sus despachos, sus estancias, disfrutar de sus obras de arte. Así se entiende mejor la apuesta de la población, se entiende su pasión por la restauración y las Escuelas-Taller, su amor a la Edad Media, esa tentativa de hacer convivir un pasado exuberante con un presente sin complejos, reforzado por la imaginación y las nuevas tecnologías.

Hay mucho que ver en Albarracín. La plaza. Su arquitectura típica. Sus picaportes con forma de lagarto. Sus hoteles. Sus tiendas. Sus jardines. Sus iglesias. Los patios de las casas. El castillo. En el pueblo nuevo, está el espléndido Museo de los Juguetes. Y cuando lo hemos visto todo, o casi todo, y nos sentimos impregnados de ese espíritu inefable, nos vamos a una calleja y nos quedamos un instante así, inermes, como en abandono. Eso le pasó a uno de los más grandes fotógrafos de la actualidad: Rodney Smith en cuanto vio tanta belleza, la sedimentación de la enciclopedia de los siglos en cada casa, dijo que no iba a tirar ni una sola foto. Solo quería disfrutar del embeleso, de la luz, de tantas y tantas piedras que hablan y hablan sin pronunciar ni una palabra.

 

LAS ANÉCDOTAS

 

Ensueño. Albarracín es una localidad que seduce a los fotógrafos. Kim Castells publicó en la editorial Juventud ‘Albarracín. Un mundo de ensueño’ (1999), fotos tomadas con luces especiales que reflejan la belleza de la ciudad y de su entorno. Bernard Plossu publicó ‘Albarracín’ (2007): un libro en blanco y negro. Plossu define la localidad como uno de “los más bellos pueblos del mundo, de un cubismo antiguo”. Plossu inauguró las Estancias Creativas de Fotografía. Juan Manuel Castro Prieto se armó de una cámara clásica, con trípode y de gran formato, y captó los secretos de Albarracín: paisajes, paisanajes, monumentos e interiores, el río, las fiestas. Expuso su obra en el Museo de Albarracín.

Estancias creativas. Albarracín, gracias a los programas de la Fundación Santa María, acoge a artistas. Allí han realizado proyectos, entre otros, Vicente Pascual Rodrigo, Gonzalo Tena, Ricardo Calero o Joanna Pera. Aurora Charlo ha hallado en Albarracín un motivo de inspiración para sus acuarelas.