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Antón Castro

Artistas

AMADO LARA: EVOCACIÓN Y HOMENAJE

AMADO LARA: EVOCACIÓN Y HOMENAJE

[No me enteré de la muerte el pasado mes de junio del ceramista Amado Lara. Murió a los 52 años a consecuencia de un infarto. Poco antes habían muerto su hija y su hermano Javier. Antonio Ceruelo me contaba hoy la desesperación de Amado ante la enfermedad de su hermano; poco después, de lo mismo, fallecía él. Dentro de muy poco tiempo, Amado Lara, uno de los ceramistas más poéticos e imaginativos de la cerámica en Aragón, será objeto de una exposición en el Torreón Fortea. Hoy lo hemos recordado, como digo, en Albarracín con Antonio Ceruelo, que lo ha definido como un "tipo extraordinario y un gran ceramista, de una enorme potencia poética". Fernando Malo, cómplice suyo en mil y una batallas, le dedicó este artículo. Y también Antonio Vivas glosó su trayectoria.]

 

*La foto es de Antonio Ceruelo.

 

http://fernandomalo.blogia.com/2013/060701-amado-lara-1961-2013.php

http://www.revistaceramica.com/detalle.aspx?id=1024

DAVID TRUEBA EN SU MEJOR NOCHE

DAVID TRUEBA EN SU MEJOR NOCHE

LA GRAN NOCHE DE DAVID TRUEBA Y 'VIVIR ES FÁCIL...' 
La gran noche de David Trueba y 'Vivir es fácil con los ojos cerrados'. El realizador ganó el premio al mejor guion, mejor director y mejor película, y recibieron premios al mejor actor Javier Cámara, a la mejor actriz revelación Natalia de Molina y a la mejor música Pat Metheny. David reivindicó a la gente a anónima que se empeña en hacer bien su trabajo todos los días, dijo que la gente quería muy sinceramente a los actores (siempre están detrás de la causas perdidas. Le recordó a Wert que en la gran familia del cine había gente que votaba a muchos, a todos los partidos), elogió al profesor Juan Carrión, que aún sigue dando clases a los 89 años, y recordó a tres actores que han sido determinantes en su vida: Jorge Sanz, Ramon Fontserè y Ariadna Gil.

Y tuvo un detalle precioso: elogió el trabajo de los periodistas y recordó, muy especialmente, a dos personas: a Concha García Campoy y a Tatiana Cisquella, que ha fallecido estos días. David Trueba siempre ha sido un creador especial: un hombre con gran sentido del humor, de la afectividad, comprometido y sensato. En 'Vivir con los ojos cerrados' aparecen José Luis Melero, Ismael Grasa, la localidad de Lechago y se alude a un triunfo del Real Zaragoza de 1964.


-Además ha sido la noche de Gaizka Urresti, ganó el Goya al mejor corto por 'Abstenerse agencias'. Su obra, rodada en la calle Alfonso, cuenta en el reparto con Carmen Barrantes, Andrés Gertrudix y Asunción Balaguer.
-Pedro Rodríguez también conquistó el Goya con 'Las brujas de Zagarramurdi'.
-Jaime de Armiñán recordó la jota, que oyó y vio en París, e hizo un homenaje a Aragón y a la jota a través del recuerdo de un maestro del cine y de la literatura: José Luis Borau.

*La foto de David pertenece a Reuters.

'UNA AVENTURA SALVAJE': CUENTO

'UNA AVENTURA SALVAJE': CUENTO

ESTA TARDE, EN HUESCA, CITA CON JUAN TUDELA Y ANTÓN CASTRO
Esta tarde, a las 19.00, en la biblioteca Antonio Durán Gudiol de Huesca, se inaugura una exposición de los dibujos de ’El dibujante de relatos’ de Juan Tudela del libro homónimo del pintor e ilustrador, con textos míos. A la vez aprovecharemos, con los editores Reyes Guillén y David Francisco, para hablar de este proyecto que ha publicado el sello Pregunta en un formato especial. El libro se presentará el 21 de febrero en Aínsa, y el 6 y 7 de marzo en Teruel y en La Almunia de Doña Godina. Cuelgo aquí un texto que sucede en Huesca. ‘Una aventura salvaje’, basado en parte en hechos reales.

 

UNA AVENTURA SALVAJE

 

Alberto y Patricia se cruzaban a diario en sus clases de París. Hablaban poco: no compartían curso y sus materias estaban muy alejadas. Ella impartía Física y Matemáticas y él era profesor de dibujo y, en ocasiones muy excepcionales, de música: había estudiado un poco de violín y guitarra española en un verano en Granada. Sabían muy poco el uno del otro: Alberto sabía que Patricia, algo extravagante en el vestir y de una belleza natural muy espontánea, estaba casada y que vivía en las afueras. Y Patricia sabía que Alberto había tenido varias parejas y que, de cuando en cuando, se reunía con músicos españoles en los cafés parisinos para tocar a Paco Ibáñez y a Georges Brassens.

Un día coincidieron en el café del Liceo y empezaron a hablar casi sin habérselo propuesto: por pura cortesía. Patricia comprobó que Alberto era un tipo inquieto, que hacía muchas cosas, por ejemplo acababa de publicar un libro de viajes con dibujos suyos: ‘Las regiones imaginarias’. Era un viaje al interior de un bosque que había conocido en España, en la provincia de Huesca, le dijo. Y Alberto se dio cuenta de que Patricia era una mujer luminosa que amaba la naturaleza, los jardines, las plantas y el cielo cuajado de estrellas. Volvieron a verse. Se buscaban en los tiempos muertos de las clases. Un día, Patricia le dijo que se había separado y que era una mujer libre. “Tan libre como tú”, precisó. Fue entonces, en las Tullerías, entre árboles y esculturas, cuando se dieron el primer beso. Un beso largo, profundo e intenso, de esos que se abren al horizonte del porvenir. Hasta que finalizó el curso, y faltaba muy poco, se conocieron mejor, mucho mejor, y lo compartieron todo: sus casas y sus camas, sus cuerpos y sus almas.

Cuando empezó el verano, decidieron hacer un viaje. Alberto le dijo a Patricia: “ni Bretaña, ni Provenza, ni los fiordos; vayámonos a mis montañas. Nunca te arrepentirás”. Eso hicieron. Cogieron el coche y se dirigieron al río Gállego, entre Agüero y San Felices. No tardaron en hallar una especie de refugio, una casa semiderruida que estaba en el umbral de un bosque. La compraron, la ruina y la vasta finca que le pertenecía. Aquel mismo verano, en poco más de dos meses, lograron el milagro de recuperarla casi por completo. Le pusieron puertas y ventanas, adecuaron la parte de arriba como dormitorio, observatorio de estrellas y estudio de artistas, y empezaron a dar rienda suelta a su imaginación. Subían el agua del río y carecían de luz eléctrica. Vivían de día y soñaban y se amaban de noche, mientras oían el canto de la lechuza y el ulular de las bestias. Se convirtieron en auténticos naturalistas. Salían todos los días de expedición con sus cuadernos de apuntes y su cámara fotográfica, que cargaban y descargaban en una fonda con ordenadores en Ayerbe.

Les interesaba todo: Patricia hacía inventarios de plantas, de flores silvestres, de árboles, y escribía pequeñas narraciones donde vinculaba cada especie con la mitología. Alberto dibujaba los animales, las aves, la extraña configuración de las montañas, pintaba los valles a la acuarela. Y los dos compartían una especie de Diario de naturalistas y botánicos enamorados. Escribían los dos cuando les apetecía, y allí igual se podía encontrar la descripción del látigo del viento en la madrugada que el eco del canto del ruiseñor, la contemplación del plenilunio o las sensaciones de un orgasmo. Patricia escribió un día: “Amamos la vida porque amamos el sexo”. Alberto añadió: “No me imaginaba que uno pudiera ser tan feliz a los 50”. A Alberto también le gustaba contar que había hecho algunos amigos y que algunas noches de luna llena le pedían que cantase temas de Brassens.

El verano iba a llegando a su fin. Tuvieron que volver a París. Durante el viaje, repasaron cuánto habían trabajado, qué felices habían sido. Vaciaron las cámaras, editaron las fotos, releyeron sus cuadernos de notas y su Diario. Y una noche salieron a pasear a orillas del Sena. Montaron en un barco, comieron a bordo, y contemplaron la ciudad iluminada. Patricia dijo: “Creo que llevamos varios días pensando lo mismo”. Alberto respondió: “Sospecho que sí. Este año no vamos a empezar el curso”. Pidieron una excedencia, vendieron una de sus viviendas y se instalaron en su casa en el monte.

Ahí siguen, asombrados ante el misterio incesante del paisaje. Alberto ha añadido a sus habilidades la talla de madera y de piedra, y Patricia se ha convertido en una experta en orquídeas y en mariposas. Acaban de entregar a la imprenta la crónica de su vida con el título: Una aventura salvaje.

 

EL GRECO CONTADO E IMAGINADO

EL GRECO CONTADO E IMAGINADO

El misterio del extravagante El Greco

 

Iturbe, Pisón, Puértolas y Vilas figuran entre los 22 escritores que fabulan sobre sus obras maestras

 

 

LA FICHA

 Narrando desde El Greco. ‘Relatos de escritores de hoy sobre sus obras maestras’. Coordinación: Adolfo García Ortega. Autores: Lola Beccaria, Juan Bonilla, Ángeles Caso, Inma Chacón, Juan Eslava Galán, Antonio G. Iturbe, Hipólito G. Navarro, Adolfo García Ortega, Marcos Giralt Torrente, Luisgé Martín, Gustavo Martín Garzo, Ignacio Martínez de Pisón, Ricardo Menéndez Salmón, José María Merino, Javier Moro, Justo Navarro, Álvaro Pombo, Soledad Puértolas, Lorenzo Silva, Andrés Trapiello, Clara Usón y Manuel Vilas. Edición bilingüe. Barcelona, 2013. 237 páginas.

 

 

 

“En cuanto uno se detiene ante un cuadro del Greco, las incógnitas empiezan a multiplicarse y la realidad se estira igual que sus figuras fantasmagóricas”, escribe Antonio G. Iturbe (Zaragoza, 1967) en el libro ‘Narrando desde El Greco. Relatos de escritores de hoy sobre sus obras maestras’ (Lunwerg), en el que 22 escritores españoles intentan recrear la figura de Domenico Theotocopoulos, ‘El Greco’, en el cuarto centenario de su muerte (Candia, Creta, 1541-Toledo, 1614). En esa nómina, además de Iturbe, figuran otros tres aragoneses como Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960), Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947) y Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962). A cada uno de los autores le ha correspondido por sorteo una obra del pintor cretense, calificado de extravagante, lunático y genial, recuperado de manera casi definitiva en 1908 por Manuel Bartolomé Cossío, asunto del que escribe quizá con mayor minuciosidad Andrés Trapiello.

 

Cuentos, microensayos, viajes

El libro, coordinado por el escritor, traductor y escritor Adolfo García Ortega, contiene cuentos, microensayos e incluso viajes, y acaba siendo “un juego, un hallazgo, un divertimento, una aventura para disfrutar la literatura y el arte”. Por poner un ejemplo, Ricardo Menéndez Salmón habla en su narración ‘La bella y los monstruos’, que nace de la pieza ‘El bautismo de Cristo’ del pintor cretense, de Catherine Deneuve, de Buñuel, de Calanda y de la película ‘Tristana’.

A Ignacio Martínez de Pisón le ha tocado ‘El caballero de la mano en el pecho’. Señala a HERALDO que  “del Greco me gusta su lado más humano, el trazo nada místico de sus mejores retratos” y explica que su cuento “tiene que ver con mi interés por ese episodio de la Guerra Civil: el operativo que se organizó para poner a buen recaudo las principales obras de arte de la España republicana”. De hecho, su pieza, ‘Guardar un secreto’, narra el robo “a punta de navaja” y posterior traslado de un cuadro de este “pintor antiguo e importante”. Suceden algunas cosas, en medio de la contienda del 36 y en la transición, que abonan la leyenda de este pintor.

Antonio G. Iturbe coincide con Pisón en su interés el por el realismo del pintor, “aunque sea un realismo fantasmagórico. Las figuras se estiran, las posturas de las manos son a veces imposibles, los vivos se mezclan con los seres celestiales... Y él como personaje es muy interesante: extravagante, perfeccionista, apasionado, pionero en la lucha por los derechos de autor incluso pleiteando con la Iglesia”. A la hora de redactar su historia, inspirada en la obra ‘Cristo despidiéndose de su madre’, lo que hizo fue “contar mi experiencia para acercarme al cuadro. Todo lo que cuento es cierto. Echando mano de los recursos del Nuevo periodismo, utilizo las herramientas de la narrativa para relatar la crónica de mi viaje a Toledo tras la pista de un cuadro extraño, como ese”. Ese viaje, que atraviesa los Monegros, acaba en la iglesia de Santo Tomé, ante ‘El entierro del Conde de Orgaz’, y en su travesía artística cita a Jusepe Martínez y a José Camón Aznar, dos zaragozanos enamorados del artista.

Soledad Puértolas parte de ‘La oración del huerto’ y escribe un cuento que transcurre en las aulas. Un profesor explica ese lienzo y luego les pide a los alumnos que se pongan en la piel del pintor y que hagan un ejercicio de concentración; disponen de dos horas para crear una historia. El profesor advierte a los jóvenes: “La imaginación se crece con la dificultad”. El profesor se retrasa en la corrección de los textos, pero descubre que uno es de alguien muy especial.

 

El artista y el rocanrol

Manuel Vilas compone el texto más transgresor o chocante. Explica: “El Greco es un pintor distinto, diferente a todo. Es como un Kafka de la pintura. Es una isla en el mundo del arte. Me atrae su profunda interiorización de la vida. Me atrae su poderosa visión de la trascendencia de la vida humana y su visión de lo celestial, de lo espiritual, de lo divino”. Él se basa en ‘Concierto de ángeles’ y no se aleja de su estética habitual ni de su pasión por el rocanrol. “Imaginé que esos ángeles que salen en el cuadro podían ser cantantes del siglo XX. Quise convertir ese cuadro en un escenario pop. Pensé que esos ángeles eran Elvis Presley, John Lennon, Janis Joplin, Jimi Hendrix, etc. Pensé en que todos esos cantantes muertos se habían convertido en ángeles y que Elvis era un ángel del Greco”. Como la única mujer es Janis Joplin reparte cada día sus favores sexuales entre los músicos. El libro, traducido al inglés, incorpora una reproducción total y varios detalles de todos los cuadros.

 *Este texto apareció en 'Heraldo de Aragón'.

'DECIR ADIÓS' DE J. EMILIO PACHECO

[Se ha ido para siempre José Emilio Pacheco, el gran poeta mexicano que recibió el Premio Cervantes y el Premio Reina Sofía en 2009. Este poema, quizá premonitorio, tiene algo de elegía y de epitafio. Pertenece a un libro realmente hermoso, ‘Ciudad de la memoria’ (1986-1989), dedicado a la memoria de Fayad Jamís y Enrique Lihn. Lo tomo de la colección de poemas ‘Tarde o temprano’ (1958-2009), que publicó la colección Nuevos Textos Sagrados de Tusquets. Es un poema realmente intenso. Lo traigo aquí para los amigos de la palabra y de este poeta de la claridad y de la belleza y del tiempo; él solía decir que el tiempo es el tema fundamental de su lírica y quizá de su vida.]

 

DECIR ADIÓS

 

Acércate al oído y te diré adiós.

Gracias porque te conocí, porque acompañaste

un inmenso minuto de la existencia.

Todo se me olvidaré en poco tiempo.

 

Nunca hubo nada y lo que fue nada

tiene por tumba

el espacio infinito de la nada.

Pero no todo es nada,

siempre queda algo.

Quedarán unas horas, una ciudad,

el  brillo cada vez más lejano de este maltiempo.

 

Acércate y al oído te diré adiós. Me voy

pero me llevo estas horas.

 

Tomo la foto de aquí

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-5e7549e930c2bcd4e83dd5db627d0ff8.jpg

SANTIAGO LAGUNAS: UN DICCIONARIO

SANTIAGO LAGUNAS: UN DICCIONARIO

SANTIAGO LAGUNAS POR SÍ MISMO:

APUNTES PARA UN DICCIONARIO

 

Antón CASTRO

Santiago Lagunas Mayandía nació en Zaragoza en 1912 y falleció en 1995. Es, sin duda, uno de los grandes personajes de la cultura aragonesa del siglo XX; por su condición de miembro y líder del Grupo Pórtico también ha ocupado muchas páginas en los manuales de Historia del Arte, entre ellos, por poner un ejemplo incontestable, el Summa Artis. Tuve la fortuna de conversar con él, en su casa de la calle Verónica, al menos en cuatro ocasiones y luego realicé varios reportajes sobre distintos aspectos, entre ellos su pasión por la fotografía, siempre con la colaboración de sus hijas María Pilar y Ana María Lagunas Alberdi. Estos Apuntes para un diccionario del artista están basados en sus declaraciones, en sus escritos y en textos de algunos especialistas de su obra como Manuel Val Lerín, Manuel García Guatas, estudioso del proceso de remodelación del cine Dorado, Juan Manuel Bonet, Dolores Durán, Concha Lomba, Ángel Azpeitia, Federico Torralba Soriano (que definía a Lagunas como “un hombre apasionado y apasionante”), etc. El grueso del texto se fundamenta en tres entrevistas que se hicieron en 1989, en 1991 y en 1994, con Manuel García Guatas, Manuel Val, Úrsula Heredia, sus hijas y el fotógrafo Rogelio Allepuz como testigos, y que aparecieron en El día de Aragón y en El Periódico de Aragón, y en otra realizada a sus hijas que apareció en Heraldo de Aragón en 2004. También hay testimonios de otras conversaciones con Ángel González Pieras, Genoveva Crespo y de su necrológica, publicadas en el diario decano de la prensa aragonesa. Estos apuntes no quieren ser un estudio exhaustivo sino una invitación a ingresar en un universo complejo, rico y fascinante.

 

ABSTRACCIÓN

Sin duda es la palabra clave en su credo artístico. Fue una revelación para él apoyada en algunos artistas pero también en un proceso íntimo de destilación de experiencias y de actitudes. Decía Lagunas: “La abstracción es la capacidad de trascender la realidad. Es un proceso complejo y misterioso. La realidad se puede percibir, como  el esplendor y la gloria, como la huella del ángel, y nos puede llegar en forma de palabras, de sonidos y de formas que nos permiten hacer algo analógico. Esto es el arte: una realidad interior, una luz que se enciende, algo que está fuera de lo humano. San Juan de la Cruz lo percibe con claridad y su Cántico espiritual, el poema que me ha acompañado durante 20 años, es el fruto de esa adivinación, de un diálogo del inconsciente. El arte requiere una abstracción total y nosotros llegamos a ella por necesidad. Queríamos realizar una pintura que se refiriese al inconsciente y que no fuese figurativa, y de ahí que nuestra obra sea abstracta y expresionista”.

 

AMOR

Santiago Lagunas vivió una gran historia de amor. Durante sus estudios de Arquitectura en Madrid, en la inmediata posguerra, un día vio por la ventana a una mujer, en otra ventana, a unos 50 o 60 metros de distancia. Entonces él vivía en la casa de una familia cuyo responsable era conductor. Se obsesionó con la muchacha a la que observaba a diario en una escena que hace recordar La ventana indiscreta de Alfred Hitchcock: rubia, airosa, de una incesante sonrisa. Era Ambrosia Alberdi, vasca, y tenía una compleja biografía detrás. Todos la conocían por Marichu. “Al cabo de unas semanas nos hicimos novios. El amor ha sido fundamental en mi vida y también en mi pintura”, recordaría Lagunas en 1994. A partir de entonces, iría a verla a San Sebastián. Solía llevar acuarelas que le vendían en la Sala Hernández. Cuando le vendían una cantidad considerable de originales, pernoctaba más tiempo en San Sebastián. Lagunas recordaba con entusiasmo aquellos días de pasión y felicidad, de paseos por la playa de la Concha con su amada, que le revelaría que “había estado en un campo de prisioneros en París con su madre y algunos de sus hermanos; otros se habían diseminado en el frente de guerra”. Santiago Lagunas, para poder casarse con ella en 1941, tuvo que arreglar algún papeleo vinculado a ese proceso de cautividad de su novia.

 

ARAGÓN

“Como pintor he desarrollado en Aragón, prácticamente, toda mi actividad artística. Aragonesas son las vivencias que afloran en mi pintura. Mi rotundidad de expresión, la racionalidad y la pasión de mis planteamientos. Soy zaragozano, aragonés por nacimiento y raíz, nacido de padre turolense y madre zaragozana. El ser aragonés me ha proporcionado la visión universal de la pintura, el arte y la vida”. Así lo escribió en el libro Pintores de Aragón (DGA, 1990).

 

BELLEZA

A Ángel González Pieras le decía, en Heraldo, el 21 de abril de 1991, tras su exposición en la Lonja, comisariada por Manuel Val: “En la vida hay que enseñarlo todo. La propia vida es un camino de aprendizaje. En eso nos diferenciamos de los animales. Pero la belleza procede de las revoluciones que se producen en el corazón humano. Dios es tan generoso que ha concedido a algunos hombres la posibilidad de expresar lo que les acontece interiormente con juegos sencillos, analógicos, a la medida del propio ser. El corazón del hombre necesita el arte para vivir. Sólo hay que bucear en el interior de la persona y descubrir el misterio del cuadro”.

 

CARICATURAS

Lagunas era un virtuoso. En el dibujo, en la pintura figurativa o abstracta, en la fotografía y, por supuesto, en la Arquitectura. Uno de sus grandes especialistas, Manuel Val Lerín, ha recordado en su biografía en el catálogo La puerta abierta: el inicio de la abstracción. Grupo Pórtico y Grupo Zaragoza que antes de la Guerra Civil “aparece en escena la faceta de humorista con la presentación en el Centro Mercantil de una serie de caricaturas de personajes conocido de su entorno. Este exposición le ocasionó problemas con algunas de las personas caricaturizadas”.

 

CÓMPLICES

Fermín Aguayo y Eloy Giménez Laguardia eran delineantes, trabajaron juntos y fue Aguayo quien llevó a Laguardia a la casa de Lagunas. Y fueron sus cómplices: sus discípulos inicialmente, sus compañeros de viajes, sus amigos, artistas con un talento indiscutible. Curiosamente, luego Eloy y Santiago serían cuñados: Laguardia se casaría con Pilar Lagunas. Lagunas los retrató así: “Creo que eran gente como yo. Vibraban por el color y la forma. Eloy era muy triste, tenía los reflejos de su vida triste, pero era quizá el más hondo de los tres porque había sufrido mucho. Y Fermín Aguayo era un atormentado. Claro, teníamos muchos más enemigos que amigos. ¿Qué como era yo, cómo era mi carácter? Yo era una suma de todo eso. También era un atormentado. Fermín Aguayo se marchó a París. Fue un shock tremendo: había perdido la fe en el arte abstracto. No lograba dar con su ritmo y se fue escurriendo hacia una figuración muy personal”. Con todo, así como Eloy G. Laguardia fue dejando poco a poco la pintura, Fermín Aguayo no la abandonó jamás: recobró el impulso de la figuración de sus inicios y desarrolló una obra personal, próxima en algún instante a Nicolás de Stäel, sólida, equilibrada, muy lejos de aquella percepción inicial que había tenido de la abstracción: “La primera reproducción que vi de un cuadro cubista me pareció más natural, más lógica que un cuadro clásico”. José Orús, amigo de Lagunas y de Aguayo, recordó así al pintor burgalés: “Aguayo tuvo suerte en París. Lo contrató muy pronto la galería Jeanne Bucher de París, que le daba un sueldo mensual. Tuvo dificultades pero vivió de la pintura. Se casó en ‘artículo mortis’ con su compañera Marguerite, y yo creo que vivió casi toda su vida sin papeles. Le gustaba Velázquez. Era un excepcional artista que evolucionó hacia un mundo intimista y poético”. Aguayo ha sido objeto de antológicas en el Palacio de Sástago y la Lonja en Zaragoza y en el Museo Reina Sofía de Madrid.

 

DESDÉN

“A la crítica solo le interesaba lo que cabía en una mente convencional. A Aguayo, a Laguardia y a mí solían llamarnos el ‘tercio extranjero’”.

 

DORADO

Santiago Lagunas fue no solo el maestro de la abstracción, el líder del grupo Pórtico más definitivo, sino un importante arquitecto de su ciudad. Fue decano del Colegio de Arquitectos de Aragón y Rioja entre 1975 y 1978, y a él se deben entre otros edificios como el Seminario, 1943, que hizo con Martínez de Ubago y Lanaja, la Clínica de San Juan de Dios, 1946, la casa de la Quinta Julieta, 1960, el colegio del Carmelo, etc. En el verano de 1949 haría el proyecto más osado de su vida, el proyecto “más moderno de decoración arquitectónica de Europa” que fue la remodelación del cine Dorado y desarrollaría una pintura pionera, incomprendida y criticada en Zaragoza, una pintura de inspiración mediterránea, con muchas semejanzas con el mundo de Joan Miró. “Nos perdíamos en la mancha, en el trazo, en los signos, en la geometría. Queríamos hacer un arte que se refiriese al inconsciente, pero a la vez yo siempre me he considerado un artista muy reflexivo, intelectual, como podía serlo Picasso. Teníamos derecho a decir lo que pensábamos, teníamos derecho a pintar lo que pintábamos”. Trabajaron durante 109 días del verano de 1949. Fue una de las grandes experiencias estéticas de Lagunas, de la que no salió bien parado. Nunca llegó a cobrar las 8.000 pesetas que había contratado. Los tres trabajaban en una pequeña estancia que se llamó, en la intimidad, claro, “el cuarto del crimen”, donde desayunaban, comían y cenaban hasta que les vencía el sueño. Y se marchaban a seguir trabajando en el Dorado a cualquier hora, incluso de madrugada.

 

FE

Santiago Lagunas tuvo una gran crisis que le cambió la vida. Se juntaron muchas cosas: la polémica por el trabajo en el cine Dorado, la marcha de Fermín Aguayo a París, la sensación de incomprensión y vulnerabilidad, la ausencia de encargos en su vertiente más profesional. Un cura dominico, Miguel, lo aconsejó. “Me dijo que tenía dos caminos: el arte y la literatura o la arquitectura. Me dijo: ‘Ante Dios no puedes echar a rodar el porvenir y el pan de tus hijas. No abandones la nave que te proporciona el  bien y el dinero para los tuyos’. Yo me encontraba en una encrucijada y, además, tenía y tengo la convicción de que la pintura abstracta es un acto de dolor. Desde entonces, y durante veinte años, mi vida se resume en una sola palabra. Cristo. Cristo. Tras mi jubilación, volví a pintar, pero creo que he sido un pintor de mi época, fiel por completo a mi conciencia de artista”. En esos más de veinte años de silencio, de desarrollo profesional en la arquitectura, Santiago Lagunas leía constantemente a San Juan de la Cruz, redactó algunos sonetos, que se han perdido, y a menudo rezaba el rosario. La crisis fue evidente: el pintor le confesó a la profesora Concha Lomba que había llegado a estar bastante “desquiciado”.

 

FOTOGRAFÍA

Una de las grandes pasiones de Santiago Lagunas, de las menos conocidas, fue la fotografía. En vida apenas hablaba de ello, pero un día, gracias a sus hijas Pilar y Ana María, pude ver mucho de sus positivos: paisajes, fotos de la reforma del cine Dorado y motivos más o menos sombríos que hacía para portadas de novelas policíacas. Decían Ana María y Pilar que Santiago y su hermano Manuel habían instalado el en el baño rectangular de su casa del Coso 92. “Pintaron los muebles de negro, colocaron bombillas rojas y amarillas, e instalaban las cubetas en la bañera. Habían comprado los equipos en Maturana, en la calle del Buen Pastor de San Sebastián, que era una tienda muy buena de fotografía cuyo instrumental procedía de Francia. Allí adquirió mi padre la ampliadora y su primera Leica. Recuerdo que a nosotros, que éramos unas niñas, no nos dejaban entrar. Olía que apestaba a vinagre y ácido acético. No podíamos ni siquiera ir al wáter, aunque los oíamos hablar desde un pasillo ancho en el que jugábamos”. A Lagunas, que estaba bien informado, le interesaba mucho la obra de Ortiz-Echagüe y a menudo participaba en tertulias con José Luis Pomarón, Jalón Ángel, Jarke, Guillermo Fatás Ojuel o Manuel Coyne, a quienes les encomendaba sus trabajos de artista o de arquitecto. María Pilar contó hace algunos años: “recuerdo fotos concretas que hicieron, como la de los bueyes, o ese bodegón para ilustrar una portada de un libro policíaco con un quinqué, los dólares, algunas novelas de Edgar Wallace, el cuchillo del asesino y una pistola, que era de mi tío Luis Alberdi Gaztañaga, hermano de mi madre, que había estado en la División Azul. La enviaron luego a un concurso, pero no ganaron. De las del País Vasco, hay muchas que me gustan: de Orio, Guetaria, Deva, San Sebastián, Ondárroa o Alzola”. Tuvo varias cámaras: una Leica, una Minolta, una Rolleiflex... Al final de su vida, donó ese material y parte de su biblioteca a los Salesianos de La Almunia de Doña Godina.

 

GUERRA CIVIL

Cuando estalló la Guerra Civil el 18 de julio de 1936, Santiago Lagunas iba a encarar el último curso de su carrera. Estaba en Zaragoza. Fue llamado por el Ejército Nacional y destinado a Aviación. Empezó en Pontoneros, luego lo mandaron a Calamocha y “tuve que hacer croquis para campos de fortuna de aviación. Un día, tras haber levantado el plano de un campo que los nacionales habían arrebatado a los republicanos, el ejército a los republicanos, el ejército enemigo nos sorprendió y ametralló la tienda donde dormíamos. ¿La guerra? Era una tremenda injusticia”. Cuando volvió a casa, se encontró con un panorama desolador. Sus padres habían quedado sin nada. La casa se convirtió en el refugio de las víctimas. Lagunas contaba que en su casa se cobijaron los hijos de un militar que había sido asesinado junto a su esposa.

 

INFANCIA Y ADOLESCENCIA

Santiago Lagunas tuvo una infancia muy bella. Una infancia casi teatral, de paseos, de disfraces y de juegos. Nació en el barrio de La Magdalena, en la calle Añón. Su padre solía llevarlo a los distintos teatros de la ciudad y en casa se vestía de clown. Asistió a un parvulario, que él llamaba “la escuela de los cagones”. En el colegio le elogiaban su cuidada caligrafía y le afeaban su desgajada sintaxis. Hizo el Bachillerato en el Colegio de Nuestra Señor del Pilar de los Maristas. Una de sus pasiones era ayudar en la carnicería familiar y de vez en cuando, a medida que creciendo, le dejaban ser el joven tendero que vendía los garbanzos a remojo. Cuando empezaba a ser un adolescente aplicado, asistió a la academia del profesor Boví. Y de ahí pasó al estudio de los bajos del Museo Provincial de Bellas que tenían los escultores Carlos Palao (al que siempre consideró un maestro del dibujo) y Pascual Salaverri y el pintor Joaquín Pallarés. Esa época de aprendizaje del desnudo, el bodegón, el retrato y el paisaje serían determinantes en su formación con vistas al ingreso en la Escuela de Arquitectura de Madrid en 1930.

 

JARABA

Hay muchos topónimos que ayudarían a explicar la vida de Santiago Lagunas: Zaragoza, los Pirineos, Madrid, San Sebastián, París, pero quizá el más modesto y no el menos insignificante sea Jaraba. En los años 40 Lagunas había acudido a los baños con su familia. Entonces, casi como un neorromántico o un pintor melancólico, pintaba paisajes con lluvia, atardeceres envolventes, las hojas que se caían, ponientes que tenía algo de cenicientos, la luz de plata. Una belleza distinta y serena matizada por las gotas de la lluvia, por el cántico del río, por el vértigo de la corriente. “Aquello para mí era muy emocionante, pero hubo un instante en que creí que el paisaje ya estaba muy manido, muy trillado. De repente, se me abrió la luz del cubismo y ahí empezó todo”.

 

JUGUETES

Contaba el pintor con emoción: “Mi padre era republicano republicano, a carta cabal, amante de la libertad. Perdió su tienda (una carnicería con obrador), se fue a la ruina, y nosotros, mis hermanos Manolo y Pilar y yo, la convertimos en un taller de dibujo. Se llamaba Caperochipi: dibujábamos muñecos de madera y los pintábamos. Era una industria familiar que nos permitía vivir y a mí terminar el último curso de Arquitectura”.

 

MADRID

La capital de España fue determinante para Lagunas. Allí se fue en 1930 a estudiar Arquitectura. Por muchas razones: allí vio, en la Carrera de San Jerónimo, una exposición de Pablo Picasso, que es uno de los artistas de su vida. Una docena de piezas inolvidables. Allí estaba el Museo del Prado, que se convirtió en el escenario ideal para sus visitas. Estaba deslumbrado por Goya, “cumbre del arte”, por Brueghel, por Rembrandt. Diría en una ocasión que en el fondo toda la pintura es abstracta, Leonardo, Miguel ángel, el citado Rembrandt: el artista tiene que hacer un ejercicio de abstracción máximo, de depuración de lo que ve o lo que sueña, para ejecutar un cuadro. Madrid también significó el contacto con escritores, arquitectos y pintores.  Confesaba Lagunas: “En Madrid me hice amigo de muchos pintores. Allí estaba mi gran amigo Manuel Martínez de Ubago, que dibujaba maravillosamente; haría, muchos años después, el Seminario de Zaragoza con su padre. Una de las anécdotas más curiosas que me pasaron en Madrid fue con Pío Baroja. Yo le había comprado un cuadro a su hermano Ricardo Baroja por dos mil pesetas. Por entonces yo era un gran lector de Pío Baroja; un día que venía de la Feria del Libro de la Gran Vía hablamos de una trilogía que había escrito sobre Madrid. Era tal como lo ha pintado la historia: muy huraño”.

 

MAESTROS

Decía Lagunas: “Yo siempre me he sentido un pintor reflexivo. Queríamos ser un modelo de pintores. De ahí que Pablo Picasso haya sido nuestro gran maestro, el artista inimitable a emular, aunque jamás despreciamos a Joan Miró ni a Georges Braque. Picasso era un pintor de rasmia e imaginativo, pero Picasso era más intelectual. También nos fascinaba Paul Klee por sus signos y sus misterios. Toda la obra de Klee es un absoluto misterio. Como lo es la de Miguel Ángel. ¿Vasili Kandinsky? Yo no cito nunca a Kandinsky, que también supone un cambio importante, pero un cambio en frío. Creo que no es sincero. Su obra no emana de una vida auténtica y dolorida. ¿Salvador Dalí? No voy a decirle nada. Es el pintor petardo. Carece de vida”. En sus críticas a Dalí insistió en varias ocasiones: Lagunas no tenía química ni con su obra ni con su actitud vital ni con su condición de adelantado de su época. Precisaba: “Pórtico no se levantó exactamente contra nadie ni contra nada. No nos gustaba Daniel Vázquez Díaz, pero nos parecía un gran artista. Todo lo que contrario que Salvador Dalí o Benjamín Palencia. El arte necesita un mínimo de inteligencia para ser entendido”.

 

NIKÉ

El grupo pictórico Pórtico nació de las tertulias de los años 40 en el Café Ambos Mundos, que estaba enfrente del quiosco de José Alcrudo, y se consolidó del todo en el legendario Café Niké, que estaba en la calle Requeté Aragonés, hoy Cinco de Marzo. El café era una cosa de día y otra cosa, completamente distinta, de noche. Se transformaba. Por la tarde era un apacible local, de aroma burgués, para merendar y tomar chocolate con churros o café con nata. Y de noche era un hervidero de agitaciones, de propuestas, de bromas, de burlas, de deseos de transformación. De ahí saldrían, a partir de los años 50, un grupo heterogéneo de poetas, narradores, cineastas, rapsodas, editores, artistas, etc., encabezado por Miguel Labordeta y Manuel Pinillos. Pero antes, en los 40 ya, empezaron a fraguarse muchas cosas. Santiago Lagunas diría: “Por el Café Niké iban José Manuel Blecua (que defendería, frente a las posiciones del crítico literario Luis Horno Liria, la importancia del arte nuevo, Ildefonso-Manuel Gil, Manuel Derqui, José María Aguirre y Manuel Berdún Torres. Nosotros entonces hacíamos una pintura figurativa y digna, pero ya empezábamos a pensar que el arte es una cosa de la mente. Tampoco podíamos negar las razones literarias e inteligentes que apoyaban nuestros proyectos”. Cuando en abril de 1947 se inauguró en el Centro Mercantil de Zaragoza la exposición Pórtico presenta nueve pintores –compuesta por Fermín Aguayo, José Baqué Ximénez, Alberto Duce, Vicente García, Manuel Lagunas, Santiago Lagunas, Vicente López de Cuevas, Manuel Pérez Losada y Alberto Pérez Piqueras, que formarían el grupo ‘Pórtico’ original que se reduciría luego a Lagunas, Aguayo y Eloy Laguardia- se organizó un ciclo de conferencias. Pascual Martín Triep, periodista de Heraldo de Aragón, habló de ‘Cuadros para una exposición’, el crítico literario Dámaso Santos abordó ‘Lo nuevo como fenómeno y como necesidad en el arte’, José Manuel Blecua, profesor entonces en el Instituto Goya, disertó sobre ‘Dos ismos en pintura y literatura’, e Ildefonso-Manuel Gil, escritor, profesor y ex administrador de Heraldo habló de ‘Historias de una afición a la pintura’. Lagunas tuvo palabras de gratitud para todos ellos, pero especialmente para Martín Triep, que prologó ese primer catálogo y subrayó que “un fuerte eslabón, de noble metal, los relaciona y justifica el que se haya reunido su obra en este conjunto tan interesante: la honestidad de su arte, la emoción de su pintura, la sinceridad de su propósito”. Dijo del periodista: “Tuvimos muchos problemas y enemigos, pero él defendió nuestra estética. Era un individuo muy ácrata. Nosotros también éramos muy ácratas”.

 

PINTURA

“La pintura (la más hermética de todas las artes) brinda, con la abstracción pura, un abanico de posibilidades, sin sujeción alguna a formas externas y aparentes de las cosas. Sin embargo, refleja lo más característico de la creatividad del pintor que ejercita bien su inconsciente. Digamos que es una mina que el pintor lleva dentro de sí. En el fondo, amor. Amor por las formas y amor por la pintura, expresados en el  trabajo humano, de lo que parece realmente inaprensible. Y no es así... El pintor abstracto refleja unan riqueza de formas expresadas por el dibujo, y que guardan una estrecha relación, como ya se ha dicho, con el propio inconsciente. Esta es la teoría y la práctica que mueven desde hace ya tiempo mi pintura”. Por completar esta voz, decía Lagunas en 1991: “Los pintores, como las estrellas, somos astros que lanzan sus destellos. El pintor es un ser humano que obedece a su propia intuición y a su inconsciente”.

 

PÓRTICO

Esta entrada también se podría llamar José o Pepe Alcrudo, librero. Con apenas 18 años mataron “por masones” a su padre y a su tío, José Miguel y Moisés, ambos médicos de filiación anarquista. Él se salvó “por los pelos, quizá porque no me vieron cuando los vinieron a buscar”. Luego trabajaría en el Gran Hotel y también se marcharía a hacer las Américas. Regresó, adquirió el quiosco de la Plaza de Aragón y montó allí la librería Pórtico, que tenía una especie de sótano lleno de pequeñas maravillas: libros extranjeros o prohibidos de poesía, de narrativa o de arte. Allí se formarían aquellos jóvenes hambrientos de otras realidades. Era un lugar de citas, de tertulias, de intercambio de inquietudes. Entre los contertulios o asiduos del quiosco, figuraba Santiago Lagunas, algo mayor que Alcrudo. “La librería Pórtico fue esencial en nuestra formación: allí conocimos las cosas francesas, la gran literatura, las novedades de última hora y, por supuesto, a Picasso, Matisse, Klee o la gran obra de Rafael de Urbino. Todo era clandestino en aquella época. Con Pepe Alcrudo hablábamos de los libros importantes que él nos reservaba”. Y no solo eso: Alcrudo fue su primer mecenas: les patrocinó la primera exposición en el Casino Mercantil de Zaragoza, en abril de 1947. Al año siguiente, en enero, la galería Buchholz y Pórtico presentaron en el mismo espacio la muestra ‘4 pintores de hoy’, que era Palazuelo, Lara, Lago y Valdivielso. Santiago Lagunas pronunció una conferencia; el catálogo que había escrito Lagunas de manera anónima, la muestra y la charla desataron una polémica en la prensa zaragozana que culminó con una multa a Lagunas y con una querella contra José Alcrudo. “La Asociación de la Prensa ser querelló contra Pórtico bajo la acusación de injuriar a los críticos de arte locales. Hubo un acto de conciliación y se resolvió el caso. De aquel suceso recuerdo una noche memorable con Lagunas y otros preparando el escrito de descargo. Era una ironía completa pero, tal y como nos propusimos, coló”, recordaría en diciembre de 1993. Con todo, de ahí derivó ya su distanciamiento prudencial del grupo, aunque colaboraría con la colectiva Pintores de Aragón que se inauguró al mes siguiente en la galería Buchholz de Madrid. En la galería Stvdio de Bilbao,  en abril de 1948, los artistas de Pórtico ya eran solo cinco –Manuel Lagunas, Santiago Lagunas, Fermín Aguayo, Alberto Pérez Piqueras y Eloy Giménez Laguardia, que se integró al proyecto-, y en junio regresan a la Buchholz solo tres, el núcleo definitivo del denominado Grupo Pórtico, que ha sido la formación pionera de la abstracción en España: Fermín Aguayo (Sotillo de la Ribera, 1926- París, 1977) y Eloy G. Laguardia (Zaragoza, 1927). Los dos, Aguayo y Laguardia, coincidirían como delineantes en la escuela técnica de Maquinaria y Fundiciones del Ebro. Más tarde, con el veneno de la pintura en el cuerpo, se incorporarán al estudio de arquitectura de Lagunas en el Coso 92. En 1995, cuando falleció Lagunas, Eloy G. Laguardia, que no se prodigó nunca demasiado, recordó a su amigo y cuñado, y resumió así la importancia de Pórtico: “Con Pórtico a finales de los 40 quisimos romper con el ambiente que existía; una pintura manejada por las fuerzas políticas o por una cultura retrógrada que se refugiaba en el mercantilismo o en la fácil”.

 

REVISTAS

Santiago Lagunas fue un agitador cultural. Enérgico, combativo y desafiante en ocasiones. Estuvo muy vinculado con algunas revistas que anticiparon la modernidad en Zaragoza. El caso más claro es Ansí (1952-1955) para la que hizo varias portadas e ilustraciones, e incluso fue redactor, coordinador y escritor en sus tres últimos números, 6, 7 y 8. Realizó algunos dibujos para un poemario de José María Aguirre, en el que el escritor y traductor de T. S. Eliot trabajó durante años: Variaciones sobre una desconocida (1972-1991). Y también colaboró con Despacho literario de Miguel Labordeta y en Almenara. En 1978, firmó algunos textos en el periódico quincenal Andalán.

 

SEVILLA

Al pintor y arquitecto le gustaba mucho contar algunos mitos personales. Por ejemplo, le encantaba hablar del Teatro Principal y de su primo Salvador Martínez Blasco, que era escenógrafo del Teatro Principal y además pintor. Con él acudió, con apenas 17 años, a la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929, para la que trabajo José Bello Lasierra, Pepín Bello. Recordaba el artista que había descubierto la pintura y la arquitectura gracias a él. “Yo creo que me tenía admiración porque yo era capaz de hacer apuntes de personas, de vivos. Con él fui a la Exposición Iberoamericana de Sevilla. Fue una experiencia memorable. Participaba en el Pabellón de Aragón y hacía unos papeles pintados que pegaba en el suelo. Pintaba la perspectiva de los paisajes urbanos y para mí era una cosa muy emocionante. Pintaba con cola de conejo que yo le hacía”.

 

RETRATOS

El día siguiente a su fallecimiento, un 28 de mayo de 1995, aparecieron algunos homenajes y retratos de gente que estuvo muy cerca de él. Dijo el historiador del arte Manuel García Guatas: “Fue por encima de todo un gran pintor, al que su formación como arquitecto le influyó mucho. Supo insuflar la pasión que sentía por la pintura en Aguayo y Laguardia. Esta es una de las características de su arte: la pasión, unida a un sentido místico y religioso”. Y el librero José Alcrudo dijo: “Santiago Lagunas era un gran pintor, pero eso es secundario respecto a su humanidad y grandeza. Era un hombre genial, bueno e inteligente, y dueño de un humor increíble”. El historiador Gonzalo Borrás lo despidió así: “Es la figura capital del Grupo Pórtico, sin él no hubiera existido. Fue el alma de la primera abstracción española y en España hoy nadie discute que este grupo fue anterior al Dau-al-set. Él tuvo un importantísimo papel cultural en nuestra ciudad y su muerte es una gran pérdida. Perdemos a la persona, pero Aragón posee un patrimonio extraordinario: su obra”. Y, entre otros, el crítico y profesor Ángel Azpeitia dijo: “Es el pintor representativo de la vanguardia de posguerra. Su obra es una síntesis de la construcción y la expresión”.

 

TORRALBA SORIANO, FEDERICO

Fue un personaje sumamente complejo y curioso, apasionado por el arte. Igual le interesaban el arte oriental o griego que Francisco de Goya, Antonio Saura o el Grupo Pórtico, al que apoyó y presentó en la Lonja. Con el paso del tiempo se desencantó del arte contemporáneo. Decía: “Mientras antes con los surrealistas o con los grupos de vanguardia funcionaban la intuición, la sabiduría, el trabajo o la inteligencia, ahora no. Todo es gratuito”. En 1994 contó que a mediados los años 40 recibió una beca en Francia para estudiar arte. En Francia el preguntaron a quién quería como director de su proyecto; contestó sin dudar: a Jean Cassou. Decía: “Algún tiempo después, tras organizar en la Lonja el I Salón Aragonés de Pintura Moderna, donde se mostró por primera vez la pintura no figurativa, lo que iba a conocerse como arte abstracto, fuimos con Santiago Lagunas y su mujer Maruchi a ver a Cassou a París. Le llevamos fotos de su obra y de la de Fermín Aguayo y Eloy G. Laguardia. Eran fotos de La Lonja y de la decoración del cine Dorado. Entonces fue cuando él nos dijo que debíamos llamar a aquel empeño Escuela de Zaragoza, denominación que luego asumió Ricardo Santamaría. Aquí, en este asunto de Pórtico, ha habido mucho embrollo, demasiadas imprecisiones. El grupo Pórtico no es el creador de la abstracción, sino que son dos miembros que se escinden del grupo, Lagunas y Aguayo, y otro que no estaba, Eloy Laguardia, los que comienzan con esta ruptura. Los documentos lo prueban”. Aquella muestra se abrió el 11 de octubre de 1949. Torralba conservaba varias fotos de París con Maruchi Alberdi en el invierno de 1950, realizadas por Santiago Lagunas.

 

VIDA

“He querido ser un buen chico al que se le ha presentado la vida con sus caracteres verdaderos: uno de ellos es el dolor y otro es la fe”, decía Lagunas el 12 de junio de 1994. La frase también podía ser su epitafio.

 

EDUARDO LABORDA: UN DIÁLOGO

[En el catálogo de la exposición de Eduardo Laborda, que se presentó en la Lonja de Zaragoza, entre octubre y noviembre, publicaba este extenso diálogo con él. La traigo aquí por si alguno de sus seguidores, que son muchos, tuvieran interés en poder leerla.]

“Soy un pintor contemporáneo e intemporal”

 

Antón CASTRO

Eduardo Laborda Gil (Zaragoza, 1952) es un manojo de nervios. La vida para él es pasión, inquietud y desvelo constante. Creación. Por eso hace tantas cosas: pinta y pinta con la lentitud del cartujo que encierra el tiempo y la belleza en cada pincela; colecciona cuadros, juguetes y fotografías; rastrea los pasos perdidos de artistas condenados al olvido; busca revistas; patrocina exposiciones de gentes casi inadvertidas como Pedro García Aznar, Luis Germán, Antonio Ruiz, entre otros; escribe libros sobre sí y sobre los otros, como es el caso de Manuel Bayo Marín o Zaragoza. La ciudad sumergida, y hace cine: casi una docena de películas de distinta índole. Igual se preocupa de José Bueno y Félix Burriel, del citado Bayo, una de sus criaturas más amadas, que del bar Bonanza o del músico Alfonso Isasi. Iris Lázaro, su compañera desde hace cuarenta años, es una cómplice silente y laboriosa: trabajan en cuartos contiguos, y la música –la del tocadiscos, la de la  ciudad- suena para ambos. A menudo comparten los maniquíes, algunos rostros y un retrato fetiche: el de Francisco Marín Bagüés, que parece tutelar sus trazos, sus emociones y dar, desde el más allá, el aprobado final a piezas como ‘Iris del Coso Alto’, ‘La ciudad blanca’, ‘Mediterráneo’ o ‘Belchite’. La vida para Eduardo es memoria e imaginación, sedimento y sueño. Y a la vez tiene algo de artista apuntalado con fantasmas: teme al viento, a los maizales y a las serpientes. Y de cuando en cuando, como un sortilegio, recibe mensajes del azar, embajadas del misterio. Quizá por ello, porque tiene intuiciones y habla con el envés de la realidad, le dedica esta exposición a su madre, Victorina Gil. Victorina de Trasobares, aquella mujer que tuvo un sueño: quería que su hijo menor fuese artista. Y lo es, claro: Eduardo Laborda Gil es un artista de los monstruos, de las máquinas, de las ciudades y sus tejados, un pintor de mitologías y de desnudos.

-Nací en la calle Cortes de Aragón y con unos meses mis padres me llevaron a la Ciudad Jardín –dice Eduardo-. De ahí tengo muchísimos recuerdos. Uno de los primeros es una instantánea pictórica e imprecisa: habían traído un bebé, una niña recién nacida, y me hizo mucha gracia porque la trajeron en una banasta de fruta. Nunca volví a Cortes de Aragón porque aquella atmósfera de campos y fábricas me parecía más bien peligrosa y triste. Tenía pánico a los sifones de agua y a las acequias.

¿Cómo era la Ciudad Jardín?

Era un espacio muy bonito. Tenía algo romántico. Estabas en la calles todo el día, controlado por los vecinos. Era fantástico. Muchas parcelas tenían en el jardincillo unos emparrados de moscatel y a mí me encantaba ver su evolución. En nuestro jardín, mi madre tenía sobre todo un gran rosal blanco en la verja, que lo cubría todo, tenía azucenas, que me encantaban porque olían muy bien, y había margaritas grandes y campanillas de un azul intenso. Y teníamos un albergero: me encantaba y me subía a él y me comía la fruta. Era mi refugio: allí me sentía como los monos y a menudo me disfrazaba de indio.

-¿Cómo era su niñez allí?

-Yo era el pequeño de seis hermanos. Estabas como en el campo. Me llamaron la atención detalles: cuando inauguraron la plaza de Santo Dominguito de Val pusieron fluorescentes verdes en los jardines, que duraron poco porque los rompieron pronto. Me acuerdo mucho de los regatos. Soltaban el agua e íbamos los críos locos perdidos con las maderas, con las que hacíamos barcos y seguíamos su curso. Estábamos esperando a que regaran al atardecer...

-¡Qué juguete tan sencillo!

Yo tenía un saxofón, el juguete más fascinante que he tenido nunca. Estaba obsesionado con todo lo que brillara. Sobre todo, el saxofón, que era de plástico duro. Se lo había traído a mi hermana María un compañero que adquiría juguetes de la Base Americana en navidades, a precios muy baratos. Aquel era un regalo excepcional, insólito, como un sueño. A mí siempre me regalaban lápices de colores, cuentos infantiles y cuadernos para pintar. A mi vecina Asunción le regalaron una caja de pasteles Goya: la vi y me pareció una maravilla.  En su casa tenía una piscina, que a mí me parecía fantástica pero que en realidad era una poza. Echábamos un palo a modo de barco y en una ocasión jugamos con un barco de plástico.

-¿Desde cuándo le gustaban tanto los barcos?

-Los barcos me encantaban no sé por qué. No sabría decírselo. Igual que las naves espaciales. [Eduardo se levanta y regresa con fotografías, papeles y un cuaderno]. Este era un librico, ‘Elementos de Aritmética y Geometría’, en el que están mis primeros dibujos, los más antiguos que tengo. Garabatos. Y curiosamente aquí ya se ven mis obsesiones. En primer lugar, el albergero. Otro asunto: las explosiones. Me llevaban al cine para no dejarme en casa y me chocaba que cuando explotaban las montañas, ponía siempre un cartel que decía ‘Dangerous’ o ‘Peligro’, y yo que no sabía leer ni escribir imitaban frases que no existían. Por ejemplo escribía ‘Danilo’. Se supone que era peligro de muerte o explosión. Más obsesiones: este era el robot famoso que yo debí ver en la Feria de Muestras, con una espada y los planetas. Aquel robot, que fue famoso, era un monstruo de hojalata, se le encendían unas luces y te quedabas petrificado de miedo. Este es un tren. Me han gustado las máquinas de viajar: el barco, el avión, el tren, un camión, artilugios... Qué bonitos. También están las ferias y los helicópteros. Alucinaba.

-¿Cree que ahí ya estaban sus temas, con cuatro o cinco o seis años?

-Desde luego. Parece extraño, pero lo miras con serenidad y es así. Y luego está la culebra, que es el animal al que más miedo le he tenido siempre. Les tenía terror: era una fobia heredada de mi madre, que a su vez la heredaba de la suya. Miedos ancestrales. El miedo a la serpiente. Me contaban leyendas... Y además estaba obsesionado con escribir; como veía a mi hermana María escribiendo siempre. No tardó en entrar en la Base Americana, y tomaba clases de taquigrafía.

Hablemos un poco de sus padres.

-Mi padre, Rosalío, era un personaje totalmente desconocido para mí, era un fantasma que aparecía y desaparecía. Era un misterio. Y cuando aparecía provocaba mucha angustia. Montaba broncas y era imprevisible. Era persona que no hablaba con nadie, era un solitario, no se comunicaba, aunque a veces estábamos con él en la torre del Abejar en Garrapinillos. Mi madre solía decir que antes de la Guerra Civil era diferente. Fue mi madre quien me inculcó la pasión por la pintura...

-¿Cómo lo hizo?

-Mi madre es la estrella de la exposición, porque con esta muestra, de alguna manera, se materializa el sueño de mi madre de tener un hijo pintor. Para ella, si viviera, sería lo máximo. Había nacido en 1912 y murió en 1994. Me vio una vez en la televisión y me dijo: “Ya me puedo morir tranquila. Ya sé que eres famosete”. Venía de Trasobares, era hija de labrador. Pero era una soñadora, de las pocas personas que estaban suscritas a Lecturas, al Hogar y Moda, a Heraldo de Aragón, también. Ella siempre me dijo que no se había casado enamorada, aunque mi padre sí, le echaba los tejos continuamente. Se casaron en 1936, y al poco tiempo se llevaron a mi padre a la guerra. Estuvo en Barcelona, en Galicia, y de ahí se trajo un libro del siglo XIX, el único libro que debió tener mi padre. Y estuvo en la zona del Ebro. Combatió en primera línea de fuego. Mi madre se quedó en el pueblo con mi hermano Higinio que ya había nacido...

-¿Qué hizo su madre estos tres años en casa?

-Mi padre aparecía unos días, tuvo algún permiso sí, y se volvía al frente. Después de Higinio, vinieron María, Carmen, Teresa, y luego Lola, la cantante de Los Napoli, que nació en Trasobares, como los demás, en 1944 y se murió, a golpes, en 1981, a los 37 años recién cumplidos. Mi madre escribía muy bien, tenía una letra preciosa, leía mucho, le gustaba la música, en la radio, y era una gran aficionada al cine. La volvía loca. En mi casa, aunque no tuviéramos un duro se las apañaba siempre para ir al cine, para que fuéramos mis hermanas y yo al cine. La primera película que vi fue ‘Luces de la ciudad’, sí que conservo el recuerdo, me llevaron al Cine Iris, lo supe después, un barracón de madera, me acuerdo sobre todo por la música. Y la segunda película que me impactó fue ‘Vacaciones en Roma’ de William Wyler, con Audrey Hepburn y Gregory Peck... Luego empecé a ir al cine Salamanca. Me gustaban las de romanos: ‘Maciste, el coloso’, ‘Los últimos días de Pompeya’. Las corazas de los soldados pasarían a mis cuadros. Mi madre y mis hermanas cosían, hacían trajes y vestidos para fuera y así forjaban una pequeña economía sumergida.

-¿Por qué le regalaba siempre lápices Alpino?

-Era un regalo general para la mayoría de los niños: era una forma de tenerlos quietos y yo era muy inquieto. Y a la vez era temeroso. Mi madre me contaba cuentos de brujas: era como su forma de hacerse querer también y sospecho que yo le pedía esas narraciones. Siempre me ha interesado lo fantástico, el terror, el romanticismo. Edgar Allan Poe es uno de mis escritores favoritos. Ella no me presionaba. Te dejaba hacer cosas. Te facilitaba el juguete y tú desarrollabas la habilidad, pero no te obligaba a dibujar. Te daba el instrumento. Creo que ese es un buen sistema educativo: no presionar al hijo.

-¿Fue ella quién lo matriculó en la Escuelas de Artes y Oficios?

-En el curso 1963-1964. Mi padre desapareció casi, se diluyó, se quedó en la torre y murió en 1978. Vivíamos más tranquilos en casa. Yo realmente no tuve la sensación de pasar apuros. Mi madre jugó la baza del hijo artista y conmigo ya quemaba el último cartucho. Yo iba con mucha pasión a clase. Me gustaba muchísimo. ¡Madre mía! Aquellas escayolas en el salón grande, todo de madera, impresionaba, el caballete, el tablero, el difumino. Yo salía de Escolapios, más tarde del Instituto Goya, e iba allí, me pegaba desde las seis hasta las nueve y media.

-¿Quiénes fueron sus profesores? 

-El primero que fue Luis Esteban y luego don Manuel Navarro López, que fue una especie de profesor protector.  Me cogió aprecio y me dedicaba mucho tiempo. Había una sala enorme de gente, sobre todo porque no existía el plan antiguo y había gente que trabajaba en joyería, eran artes aplicadas y oficios artísticos. Era la forma de iniciarte en los oficios artísticos. Las artes plásticas estaban muy vivas. Entre los profesores estaban Luis Pellejero, Virgilio Albiac, Manuel Navarro López, Luis Esteban, que creo que luego se fue a Galicia, y en modelado tenía a Luis Martínez Lafuente. Fui a su estudio y me quedé asombrado. Hacía tebeos, y los hacía en un mes.  Decía que tan importante es cuando dibujas el objeto como el vacío que generas a su alrededor. Tenía un mural grande, que iba avanzando muy lentamente, con unos desnudos de mujeres y hombres, nunca lo llegó acabar, y había cuadritos pequeños del Pirineo. Yo no había pintado nunca a óleo, el primer cuadro al óleo lo pinté allí. El primer pintor que yo conocí fue Murillo. Me acuerdo de que un maestro organizó un concurso, lo gané y dijo: “Aquí tenemos un futuro Murillo”. Es el primer nombre que oí. Estaba de moda, más que Velázquez. Y entre los artistas contemporáneos también le debo algo especial a mi madre: me llevó mi madre a la Fosa Común y allí conocí el trabajo de José Bueno.

-¡Qué cosa más extraña!

-Curiosamente, yo la llevaría al Museo de Bellas Artes de Zaragoza y le enseñé el vaciado en escayola de esa escultura... Yo iba al museo por mi cuenta, y llevé a mi madre para que lo viera  y ella me llevó al cementerio para ver escultura contemporánea.

-¿El primer pintor, de su edad, que conoció?

-José Luis Madrazo. Era compañero mío del Instituto Goya. Compartía estudio con Antonio Cásedas, en la calle Santiago, y entonces visité el segundo estudio que conocí. Luego Madrazo se fue a Barcelona. Hacía algo que estaba de moda entonces: la nueva figuración. Un representante de esa nueva figuración sería Juan Barjola. Era una abstracción reconocible, como una especie de Francis Bacon español. Me dije: hay otras cosas que los bodegones, el cubismo de Vázquez Díaz, lo que conocía de Berdejo y Marín Bagüés. Marín Bagüés y Berdejo, que había sido profesor en la Escuela de Artes y Oficios, eran los pintores que más me gustaban del Museo de Zaragoza. Vi una exposición de Barjola en Libros, y ya me gustaba Bacon, que lo había visto sin saber quién era en una revista americana. Empezabas a empaparte de muchas cosas, tenías un cierto oficio y todo eso había que canalizarlo hacia algo que era un poco la clave de ser artista: tener un estilo propio.

-¿Cuánto tiempo estuvo en la Escuela de Artes?

-Desde 1963-1964 hasta 1971. Muchos años. Por libre. No me saqué nunca ningún título. Y tuve estudio propio en la calle Santa Cruz, en el Prior Hortal, con Carlos Roldán. Y luego con Iris Lázaro. Carlos se pasó con Valtueña a uno que había al lado.

-¿Cuándo practicó atletismo?

-Entre 69 y 71. Hacía 400 metros y luego pasé a 800. En 400 tenía una marca de 51.2. Y en 800 1.56. Fui campeón de Aragón junior varias veces. Tuve dos récords: uno de 1.000 metros junios, que era una carrera que se hacía pocas veces, y luego fui campeón de Aragón de 400 metros. No había ningún mérito: estábamos pocos. El atletismo fue algo muy importante: significó disciplina para superarme, luchar, mejorar, el atletismo es un deporte muy sano. Es un deporte muy especial, porque es un deporte solitario, y los deportes solitarios te ayudan a encontrarte contigo mismo. La superación no consiste en competir y vencer a los demás, sino en vencerte a ti mismo. Un día si haces 1.58, al día siguiente tienes que hacer 1.58, ganes o no ganes, tienes que ir superándote. No solo valen las cualidades, hay que entrenar, hay que esforzarse. La vida es eso. Y el arte también es así: si dedicas diez horas, con plenitud y conciencia, es mejor que si dedicas dos. 

-Sigamos. ¿Cómo iba el joven artista?

-Ya quería ser artista. Empecé a vender cuadros desde 1969. Cuadros comerciales, paisajes. Se los vendía a amigos de mi hermano Higinio que querían un paisaje, a una americana de la Base, casada con un militar, que me dio un cheque de 5.000 pesetas, 30 euros, todo un dineral....

-¿Cómo conoció a Iris Lázaro?

-Lo conocí en el curso 1971-1972, en la Escuela de Artes y Oficios, en la clase de modelado. Y en la clase de dibujo. Ella nació en 1952 como yo. Nos llevamos medio año. La conocí en la clase de modelado... Era mi primer amor correspondido. Cada vez que empezaba un nuevo curso, te fijabas en las chicas. Me fijé en su carácter: tímido, introvertido, y vi que tenía mucha habilidad. Me fijaba no solo en la belleza de las mujeres, no solo me enamoraba, sino que me fijaba en sus cualidades. Iris era la que mejor asimilaba todo. Me acerqué. Y sintonizamos. Ella vivía en casa de unos tíos en Vía Pignatelli y yo con mi madre y mis hermanos en la calle Tarragona... Compartimos estudio a partir de del año 1973 o 1974, cuando se fue Carlos Roldán... Yo le dije que se olvidara de la decoración: empezó a pintar en su pueblo, Trébago. Estaba muy marcada por la huella de su padre, del paisaje y de las nieves, e improvisó allí su primer estudio. Nos casamos en 1977...

-¿Qué pintaban entonces?

-Los famosos paisajes cubistas. ¿Por qué? Porque estaban de moda, sí, estaba la Escuela de Madrid. Exponía Agustín Redondela, en la sala Libros, era cubista. Y todo ese tipo de pintura: paisaje cubista, estructurado en planos, como el de Redondela... Y en Zaragoza teníamos a Virgilio Albiac, que me gustaba mucho, tenía un escaparate en su tienda de marcos de la calle de Fuenclara con sus cuadros y los iba cambiando continuamente. Empecé por un cierto cubismo, empecé a considerarlo como algo mío, era algo que estaba muy presente en la pintura española...

-Yo no he visto esta tipo de pintura por ahí. Era muy zaragozana...

-Eso es algo que no se ha estudiado y algún día alguien tendrá que hacerlo... Si ha existido una escuela zaragozana de pintura en general. Yo creo que sí... Si existe esa escuela estaría formada partiendo un poco de Marín Bagüés, Berdejo, Martín Durbán, del Estudio Goya, todos estos pintores que usaban colores terrosos y esa pincelada suelta, plana, como de espátula. Decía don Manuel Navarro que “la pincelada plana nos hundió a los pintores. Hizo mucho daño”. Nos salía una pintura muy fría...

-¿Por qué le apasiona tanto Francisco Marín Bagüés?

-Ese cubismo paisajista -en esa presumible escuela de artistas aragoneses- tiene su origen en esa admiración que siempre se ha sentido hacia Marín Bagüés, sobre todo... Al final de su vida, le montaron una salita en el Museo de Zaragoza y era nuestra referencia. Todos los pintores pasábamos por allí. O pasábamos muchos. Yo iba al museo a ver para aprender. Yo iba directamente a los pintores del siglo XIX. Me encantaban ‘El príncipe de Viana’, de Moreno Carbonero y ‘La copla alusiva’ de Gárate, entre otros. De los cuadros de historia me impresionaban muchísimo el tamaño, me parecía desbordante. No pensaba yo que eso se pudiera pintar. El ritual consistía en bajar las escaleritas, meterte en una salita abajo, en la planta calle, que no estaba nada organizada, llena de cuadros por todas partes, y era de Marín Bagüés. Podía haber 60, 80, 100 cuadros, todo amontonado. Tenía todo allí... Hablo de 1967, 1968 y 1969. No sabía nada de su vida... Antes había ido a ver a Berdejo, sus cuadros de las bañistas, que eran mis favoritos, hermosísimos. En una ocasión, el bedel me dijo: “Hace un momentico ha estado el pintor viendo los cuadros”. Yo siempre he respetado mucho a mis antepasados. En Marín Bagués captabas una energía especial, lo veías todo con autenticidad. Pasan los años y me sigue gustando igual. Y curiosamente tengo, tenemos, su mejor autorretrato en casa. Es el premio a nuestra admiración por él.

-A la par iba usted a Barcelona... ¿Le marcó de alguna manera?

-Me marcó mucho. Aprovechaba para ver museos, el Museo de Arte de Cataluña, ahí descubrí a Pablo Gargallo. No sabía si era o no era aragonés, y me encantaban sobre todo las figuras, los desnudos académicos. Esa estética mediterránea de mujeres macizas, que también es lo que yo he intentado hacer en la pintura... Y luego me atraían Joaquín Sunyer, Isidre Nonell, que era un pintor de drama, de las gitanas, de cuadros oscuros, bohemio... Creía que el arte auténtico era el sufrimiento. Lo que transmitiera cierto dolor. Vi el museo de Picasso recién inaugurado, y me decepcionó... Picasso no me interesa nada como pintor y, en cambio, me parece un extraordinario grabador. Y me pasa un poco parecido con Goya: lo que más me gusta de él son los grabados, bueno, y las Pinturas Negras. Creo que si no hubiera hecho los grabados no tendría la dimensión universal que tiene en la actualidad. Ni mucho menos. Los grabados de Goya son algo fantástico.

-¿No le gusta el Goya retratista de mujeres y de niños?

-Reconozco que hay retratos de Goya que son extraordinarios, me gusta ‘La maja desnuda’. Goya hacía maravillas cuando quería, era un pintor irregular, pero tenía rasgos geniales. Mis dos pintores del siglo XX son Anglada Camarasa y Zuloaga. Y por supuesto Francisco Pradilla, que es mi ídolo: soy más de Pradilla que de Goya. Si miramos en la historia del arte, tengo que citar a dos genios: Rembrandt y Vermeer. Son insuperables.

-Sigamos: se une con Iris Lázaro y hace cubismo matérico, estructurado, delicado y lírico, con toda esa poética de las rocas... ¿Cómo evoluciona?

-Siempre he querido transmitir algo poético. El paisaje abstracto de rocas fue mi primera exposición, en la CAI. Fue en la sala Barbasán y en el Pilar. La gente no iba a la exposición... Paisajes rocosos, casas, nocturnos; un día le di la vuelta al lienzo, y al poner el horizonte al revés ya lo titulé ‘Abstracción’. Este es el origen de la etapa de los relieves a la manera de Salvador Victoria o de Amadeo Gabino. Lo que se llamaba Escultopintura, lo que hacía también Lucio Muñoz, y como era joven la moda te influía. Quería estar a la moda como todos los jóvenes, y ya me pasé a la abstracción cuyo origen eran estos paisajes cubistas invertidos.

-En 1978 siempre habla de un viaje con Iris a Londres...

-Sí, con Iris. Le daban la beca del Bartolomé Esteban Murillo y nos vamos los dos. Hemos viajado muy poco. Entonces: descubrimos otro mundo, la pintura simbolista, de los prerrafaelitas, nos gustaba mucho, a todos los pintores, y al escultor Henry Moore; me gustaron la potencia, la fuerza y la monumentalidad de su obra, esos bronces tan fantásticos. De repente, descubrí una cosa que me ha influido, el Museo de Ciencias Naturales, los fósiles en vitrinas fue un poco lo que me inspiró hacer esos monstruos que yo hago, aunque tuviera influencia de otros pintores concretos como José Hernández. En su obra todo es muy carnoso, muy cálido y humano, y yo había optado por la frialdad, por los tonos azules, por las cabezas de gato… José Hernández era una referencia fundamental para mí: era el pintor que más me gustaba esos años. Y Luis Sáez también.

-Esa etapa de los monstruos se prolongó casi una década.

-Sin casi. La etapa de los monstruos dura desde 1977 a 1987. Una década. Que es mucho. Me llevé los premios de casi toda España. La Bienal de Zamora, Burgos, Pontevedra, gané un montón de premios en Pego, Andújar, Sevilla, etc. Nos pasábamos a lo mejor tres meses danzando de un sitio para otro. En el aspecto económico, las ciudades y premios que más me apuntalaron el poder ser pintor y dedicarme a la pintura fue Pontevedra y Logroño. La ciencia ficción siempre me ha encantado. La historia de las naves espaciales, las catástrofes, los fósiles, todo eso. Las momias me impresionan. Y también he querido hacer una reflexión sobre el paso del tiempo y nuestra condición efímera. Las momias es la vanitas barroca llevada ya al extremo. El miedo a la muerte siempre me ha impresionado. Soy un poco paranoico, un poco neurótico, un poco paranoico crítico como Dalí. ja, ja, ja, que me interesa mucho como personaje. Hay algún cuadro de sus primeras etapas que es maravilloso. Me interesa mucho más que Picasso. Dalí y Buñuel me han parecido los más brillantes de esa generación, sin duda. Los dos genios intelectualmente. Dalí supo crear el prototipo popular de artista. Él se creó su personaje, lo diseñó, lo desarrolló, se le apoderó y popularmente la gente piensa que un artista tiene que ser un poco como Dalí: un pirado. Eso ha quedado ahí. Esta fase del monstruo estaba basada también en el cine fantástico y de terror. La obra clave de esta serie, ‘La muerte en el aire’, es Androide (1984).

-A partir entra en crisis. ¿O no?

-En cierto modo. A raíz de la compra de unos libros de elementos clásicos y decorativos, empecé a mezclar los monstruos, los elementos fósiles, con los motivos clásicos. Fundí lo clásico y lo futurista, y fueron naciendo obras como ‘La dama de Fuentes’, que es una de las piezas claves de la serie ‘Alegorías en piedra y bronce’. La fecha es algo tardaría, está realizada en 1996. Al final de esta etapa, por un lado, quedé saturado, quemado, fue una etapa prolífica de casi diez años. Pinté muchos cuadros. Por otro lado veía que era un camino agotado: en el creativo y en el económico, hablando claro. Me encontré en una encrucijada. O renovarse o morir. Y aprovechando esos libros que me salieron, aprovechando esos elementos decorativos, clásicos, me dije: vuelvo a los orígenes. A la escultura. Era como un volver a empezar. Vi que en la mitología tenía mucha salida. Y era original, por primera vez no me parecía a nadie. Me dejó de interesar la moda y me dediqué a pintar lo que me apetecía. Fue una cuestión de búsqueda y de estrategia. Estoy cómodo, disfruto, me planteo retos, me planteo conseguir calidades de piel, abordo el desnudo. Y ahí sigo.

-Algunos le reprochan que realiza una obra muerta, arqueológica.  ¿Cómo se defiende de eso?

-No me tengo que defender. En primer lugar cada obra tiene un lector, un intérprete, un punto de vista, una crítica... Con los desnudos no creo que sea arqueológico precisamente. No dejan de ser vanitas barrocas, donde está esa muerte esencial que es lo que yo persigo. Es la moralidad, la constante barroca... Los monstruos son vanitas.

-Perdone la insolencia o la provocación. ¿Tiene la sensación de que es un pintor contemporáneo?

-Totalmente. Un pintor de mi tiempo. Soy contemporáneo intemporal. El pintor no debe tener complejos. El artista –y no me gusta esta palabra– debe hacer lo que le produzca placer, lo que sienta, lo que mejor le defina. Si además ese trabajo, esa obra le da de comer, mejor todavía. Yo me considero realizado en el sentido de que llevo años viviendo de lo que me gusta y haciendo lo que me gusta, con los condicionamientos que todos tenemos. Nadie es absolutamente libre.

 

-Llegamos a ‘La ciudad herida’: en esa serie están sus visiones y alegorías de Zaragoza.

-Empecé pintando desde la zona de la Estación del Norte. Y ahí jugué con el simbolismo y con lo arqueológico: la ciudad como una ruina, y luego me pasé a los tejados... Me subí a las terrazas más bonitas del centro. Primero fue una visión industrial de las fábricas y luego una visión casi aérea desde las terrazas del centro... Y ahí, se alzaban los tejados y las torres. Siempre es así: arriba y abajo, nunca al nivel de calle. Está así a nivel medio es ‘Iris del Coso Alto’.  Desde abajo, desde la Estación del Norte, la arqueología, el tiempo, porque ya me había interesado. Ya había metido en ‘Lluvia ácida’ las ciudades... La contaminación, la fábrica, la industrialización frente a lo bucólico y al mito clásico, y había metido ese sentido arqueológico...

-¿Hay como un intento de darle a la ciudad una dimensión más noble, más grandiosa?

-Sí, hay unos guiños a la pintura orientalista del siglo XIX. A Eugene Delacroix, a Jean-León Gerome, a los pintores que captaron las ruinas de la Guerra de la Independencia, el mundo de Piranesi, el mundo de los esqueletos. La ciudad como vanitas, como un bodegón o un cuerpo que se descompone...

-En los últimos tiempos se ha obsesionado mucho con los desnudos que conforman ‘El mito humanizado’. ¿Por qué?

-Es un género difícil. Muy difícil. Pienso que hay poca gente que haga buenos desnudos. Y me puse a hacer desnudos mitológicos. ¿Por qué? Por lo mismo, por esa identificación con el Barroco español, que utiliza mucho la mitología.

-En esta exposición habrá bastante obras que no se han visto: ‘Iris del Coso Alto’, ‘Mediterráneo’...

-‘Iris del Coso Alto’ refleja uno de los lugares más emblemáticos y simbólicos de Zaragoza. Es un cuadro muy cinematográfico. Hay muchas películas dentro y homenajes explícitos. A Iris Lázaro, claro, y a Francisco Pradilla, que fue rechazado para pintar en el Palacio de Sástago. Zaragoza está herida con escorchones que hablan de su degradación y de un cierto aire de catástrofe. Con ‘Mediterráneo’ por primera vez meto tres figuras femeninas juntas. Dos de carne y hueso y la esfinge, otro de mis personajes. Ese contraste de la carne con el bronce visualmente choca mucho, inquieta...

-Hablemos de ‘Belchite’. ¿Qué ha querido hacer ahí?

-‘Belchite’ es el argumento del documental. El cine es una de las pasiones de mi vida. Como protagonista de mi propia obra, ha sido muy agradable, está siendo un proyecto muy gratificante. José Antonio Fandos y Javier Estella, los Nanuk, son amigos y grandes profesionales. Nadie me había visto pintar un cuadro desde el principio, todo el proceso. Empezaron desde el encargo; luego me fui a hacer fotos a Belchite con el artista Oscar Sanmartín. Lo van captando todo: el boceto, el collage, el fotomontaje, la cuadrícula, ese proceso intelectual y mecánico... Empiezo a dibujar como los antiguos: encuadrando con lápiz blanco en el lienzo y luego empiezo a dibujarlo. Y a colorearlo. Y paralelamente viene Óscar a casa, y me reprocha que no utilice el photoshop, las nuevas tecnologías... Hace una portada con el ordenador, y es muy chulo ese contraste, es la clave de la película...  Yo estoy en otro mundo, todavía, y él en el actual. Eso me define. Al final de la película yo destruyo el collage. ‘Belchite’ es otra vanitas. Es un homenaje al cielo de Pradilla sacado del cuadro de Juana la Loca y a los pintores que hacían ruinas. Ha sido muy agradable y a la vez intenso y laborioso: han sido por lo menos 40 días de grabación.

-¿Qué es lo que más le emociona ante la muestra? ¿Qué balance hace de 40 años de trabajo?

-La gente me da la enhorabuena. Hay expectación. No he notado ningún síntoma de recelo o de envidia... Tengo la sensación de que los pintores desde que escribó ‘Zaragoza. La ciudad sumergida’ (Onagro, 2008) me miran de otra forma: con mi libro he reivindicado a esos pintores que hemos estado ahí, en la trastienda, en los años 70, que no se nos ha hecho mucho caso, y ha reforzado a una “generación perdida” y su autoestima. Y no solo eso: creo que es un viaje hacia una porción de la historia del arte de Zaragoza y Aragón.

-Ha dicho en alguna ocasión que esta muestra sería la última en Zaragoza...

-Quiero que sea mi última: no tanto una despedida como una llegada a la meta. Una metáfora de los 400 metros o de los 40 años de trabajo. Está dedicada a Victorina de Trasobares. Victorina Gil, mi madre. Recuerdo que, mientras se recuperaba de un infarto cerebral, me dijo: “Chico: ¿sabes lo que te digo? Zaragoza me ha decepcionado. A mí lo que me gusta es mi pueblo”. Me quedé helado. Me impresionó. Siempre me había dicho lo contrario. Tengo sueños con ella. Hace pocos días fui a verla a la casa del pueblo. Y ella estaba allí, feliz, como si no se hubiera muerto en 1994. Me pareció un sueño muy bonito. Por eso a veces le digo que me llegan mensajes desde los oscuros confines.

 

*La primera foto es de Apudepa; la tercera de Trébago. La segunda, con Eduardo tumbado en el suelo, es de Vicente Almazán.

AUB Y BUÑUEL, EN 'LA BUENA ESTRELLA'

AUB Y BUÑUEL, EN LA BUENA ESTRELLA

 

[Nota de Luis Alegre y la Universidad de Zaragoza] La Buena Estrella dedica el jueves su sesión número 133 a la presentación de "Luis Buñuel, novela" (Cuadernos del Vigía), el monumental libro de Max Aub sobre el cineasta aragonés

Agustín Sánchez Vidal, Antón Castro, la investigadora Carmen Peire y el editor Miguel Ángel Árcas participarán en el acto, que tendrá lugar a las 20 horas en la Sala Pilar Sinués del Paraninfo. Una hora antes, a las 19 horas, mantendrán un encuentro con los medios de comunicación

(Zaragoza, martes 14 de enero de 2014). El jueves 16 de enero el ciclo de coloquios “La Buena Estrella”, organizado por el Vicerrectorado de Proyección Cultural y Social de la Universidad de Zaragoza dedicará su sesión número 133 a la presentación del libro de Max Aub “Luis Buñuel, novela”. La presentación contará con la intervención de la investigadora Carmen Peire –encargada de la edición-, el editor de Cuadernos del Vigía, Miguel Ángel Arcas, el escritor y periodista Antón Castro  y el catedrático de la Universidad de Zaragoza Agustín Sánchez Vidal, el mayor experto en la personalidad y la obra de Luis Buñuel.

El acto se celebrará a las 20 horas en la sala Pilar Sinués del Paraninfo de la Universidad de Zaragoza (Plaza Basilio Paraíso, 4) y será moderado por el coordinador del ciclo, Luis Alegre, escritor, periodista y profesor de la Universidad de Zaragoza. Una hora antes, en el mismo lugar, los participantes en la sesión mantendrán un encuentro con los medios de comunicación.

 

“Luis Buñuel, novela” es la última gran obra que quedaba inédita de Max Aub, fallecido en México en 1972. El origen del libro fue un encargo que el escritor recibió en 1967 de la editorial Aguilar para que escribiera una biografía de Buñuel. Durante esos cinco años Max Aub acumuló un material que sobrepasaba las cinco mil hojas y que incluía cintas magnetofónicas con las conversaciones de Aub con Buñuel y con personas que le conocieron. Parte de ese material dio lugar a un primer volumen que Aguilar editó en 1985 con el título “Conversaciones con Buñuel”.

 

“Luis Buñuel, novela”, recién editado, es resultado del trabajo de la investigadora Carmen Peire, que ha empleado cuatro años en ordenar y estructurar esas cinco mil hojas, que se guardaban en la Fundación Max Aub de Segorbe (Castellón). El libro es un volumen mestizo que sobrepasa las 600 páginas y que incluye textos de Maux Aub sobre diferentes aspectos de la vida y personalidad de Buñuel, las conversaciones de Aub con el cineasta – en las que éste habla sobre su vida o sobre política, cine o religión - y un extraordinario ensayo de Max Aub sobre las vanguardias artísticas de la primera mitad del siglo XX El volumen incluye también un tesoro: un DVD que recoge las conversaciones de Luis Buñuel con Max Aub

 

Según Carmen Peire el libro es un texto “imprescindible para la recuperación de la memoria colectiva de un pueblo, desde los tiempos de la República, pasando por la Guerra Civil y el exilio, vivencias que compartieron Aub y Buñuel”.

 

Según Agustín Sánchez Vidal “Luis Buñuel, novela” era el único libro sobre su obra que interesaba a Luis Buñuel.

 

Max Aub fue una personalidad muy singular. Nació en París en 1903. Su padre era alemán y su madre francesa de origen judío alemán. Desde sus 11 años residió en Valencia, lugar en el que se encontraba su padre –representante comercial- al estallar la Primera Guerra Mundial. Desde 1916 Max Aub y su familia tuvieron la nacionalidad española. Desde 1922 vivió en Barcelona. En 1928 se afilió al PSOE. En los años 20 comenzó a escribir sus primeras obras, adscritas al teatro de vanguardia. Al poco de estallar la Guerra Civil fue enviado por el gobierno de la República a París y ejerció labores diplomáticas, entre las que destacaron el encargo y la compra del Guernica de Picasso. 

 

Durante la guerra colaboró con André Malraux en la película “Sierra de Teruel”. En enero de 1939 se exilió en París pero, denunciado por comunista, fue detenido, recluido en campos de concentración y luego desterrado a Marsella, y después de una nueva detención, deportado a Argelia. En 1942 se exilió en México, lugar donde murió en 1972. Dejó una obra literaria espléndida, que incluyen obras maestras como la serie “El laberinto mágico” –seis novelas ambientadas en la Guerra Civil-, “Las buenas intenciones”,  “La gallina ciega” o “Diarios”. Con Luis Buñuel colaboró en “Los olvidados”.