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Antón Castro

Artistas

LAIA VAQUER: EL CUERPO Y EL PAISAJE

LAIA VAQUER: EL CUERPO Y EL PAISAJE

Laia Vaquer estudió escultura en Barcelona y poco a poco pasó a realizar fotografía e instalaciones. El tema central de su obra es su propio cuerpo, como sucede con artistas como Marina Abramovich, Francesca Woodman, Miss Aniela, Ana Mendieta, a la que admira mucho. Otra de sus referencias es Louise Bourgeois. Laia Vaquer, que reside en Valderrobres, trabaja con su cuerpo como si fuera un paisaje o un elemento fundamental de posesión e identidad integrado en la naturaleza. En los últimos meses ha realizado unas series muy sugerentes de desnudos en el paisaje o de desnudos entre harina; sugerentes es aquí una palabra equívoca: desnudos de una gran belleza y plasticidad, y  a la par de una gran pureza. Laia Vaquer ha expuesto en el Museo Juan Cabré o en la galería Finestra, entre otros lugares. En noviembre expondrá en Valencia. Y suele trabajar con su compañero Hugo: ella hace la puesta en escena, se sitúa entre los árboles, sobre las piedras, en pozas o en pequeñas cubículos de tierra, y Hugo dispara. Así sucedió en esta foto que pertenece a su última exposición. Ayer grabamos una entrevista para ‘Borradores’ (con el operador de cámara Alberto Gimeno) a Laia Vaquer y a su compañero Hugo, que maneja una cámara Canon 5 D. También suelen trabajar el vídeo y han realizado varios que acompañan las exposiciones de Laia.

VIAJE AL MATARRAÑA

 

Aragón es un pequeño país de territorios fascinantes. Uno de ellos, tan fronterizo y en apariencia tan lejano, es la comarca del Matarraña. Posee dos lenguas y un paisaje tan hermoso como variado. Si ese paisaje de almendros y viñedos, de colinas y de aves que planean, de terrazas que ordenan las fincas y escalan las montañas, es conmovedor, no lo es menos la arquitectura. Avanzas y ahí está el barroco de Calaceite, con sus angostas callejas, los palacios con escudos y la piedra del tiempo. Continúas en dirección a Beceite e irrumpe, majestuoso, tras cerrados de sarmientos, Cretas: tierras de vinos y de toreros. ¿Y Beceite? ¿Qué se puede decir del Parrisal, del paso del río bajo los puentes, y de esas antiguas fábricas de papel? En una de ellas creó su estudio y su mundo más personal la pintora Gema Noguera (1965-2008): ahí está, muda de dolor y de abandono, su bicicleta, cerca de esos collages que ella hacía con números, con botones, con billetes de tren y tranvía, con las raspas de pescado que parecen animales milenarios. Al lado se sitúa Valderrobres: ese pueblo con castillo que se inclina ante el río con sus miradores. Valderrobres tiene un porte intemporal que desata la melancolía; la localidad posee un embajador cultural: el librero Octavio Serret, capaz de movilizar a medio mundo. Y desde ahí pasamos a La Fresneda y La Portellada, de donde son los antepasados del escritor mexicano Juan Villoro. El Matarraña es el solanar de gente que trabaja y resiste, de creadores, soñadores y fugitivos que desean atrapar la esencia de la luz. Una luz mediterránea El pasado fin de semana recibía a un centenar de escritores en las tres lenguas de la Corona de Aragón. El Matarraña es el lugar donde se cruzan todas las historias.

 

*Dos imágenes de Calaceite (del blog 'Todos los pueblos') y de Beceite, una instantánea del Matarraña muy cerca de la Antigua Fábrica Noguera.

PALMARÉS DEL FESTIVAL DE CALANDA

PALMARÉS DE LA SÉPTIMA EDICIÓN DE 22 x DON LUIS

 

PREMIO DEL PÚBLICO MEJOR CORTOMETRAJE

Un dios que ya no ampara, de Gaizka Urresti

 

PREMIO DEL PÚBLICO MEJOR LARGOMETRAJE

Contracorriente , de Javier Fuentes

 

ADEMÁS, LA ORGANIZACIÓN DEL FESTIVAL

HA DECIDIDO CONCEDER LAS SIGUIENTES MENCIONES

 

MEJOR DIRECTOR

Agustí Villalonga, por Pa negre (Pan negro)

 

MEJOR ACTRIZ

Emma Suárez, por La Mosquitera, de Agustí Vila

 

MEJOR ACTOR

Vladimir Cruz, por Afinidades, de Jorge Perrugoría y Vladimir Cruz

 

MEJOR GUIÓN

Jacques Bonnavent, por La mina de oro, de Jacques Bonnavent

 

MEJOR EQUIPO

Pa negre (Pan negro), de Agustí Villalonga

 

 

La VII edición del Festival de Calanda celebra esta noche la Gala de Entrega de Premios, en la que asistiremos a los estrenos del cortometraje de Javier Espada ‘Residencia el Milagro’ y la película mexicana ‘La mitad del mundo’ de Jaime Ruíz Ibáñez.

Ha sido una edición que ha puesto de manifiesto el interés de Calanda por el cine de autor.  Se han presentado un total de 33 películas, once de ellas estrenos. El patio del Centro Buñuel de Calanda, sede del Festival, ha recibido a lo largo de esta VII edición a más de 2.500 espectadores que han compartido la magia del cine con más de 30 invitados internacionales que han querido vivir esta nueva cita con el séptimo arte y con Buñuel.

+ info: http://www.22xdonluis.es/

 

Saludos cordiales. Javier Espada

FERNANDO MALO: CERAMISTA MUDÉJAR

FERNANDO MALO: CERAMISTA MUDÉJAR

FERNANDO MALO: UN CERAMISTA CLÁSICO Y MUDÉJAR

Fernando Malo es un ceramista clásico en Aragón. Joven pero clásico ya. Sin él no se entendería nuestra cerámica. Él ha trabajado en un sinfín de espacios públicos: entre ellos La Seo o la torre de Utebo. Y sigue y sigue. Pertenece a esa generación que arranca con Raúl Abraín y que continúa con Javier Fanlo, con Juan Antonio Jiménez, con Joaquín Vidal, Ángeles Casas, Amado Lara, entre otros. Su especialidad es la cerámica mudéjar. Reside en San Mateo de Gállego y es un apasionado de su oficio, un artesano y un artista, un domador del barro y del fuego. Al fondo, su actual colaboradora y compañera sentimental. La foto es de Antonio Ceruelo. Podéis seguirlo en su blog: http://fernandomalo.blogia.com.

ARTE Y VIDA: GEMA EN EL MATARRAÑA

ARTE Y VIDA: GEMA EN EL MATARRAÑA

Estuve ayer en Beceite, en la Antigua Fábrica Noguera. Entras y te quedas perplejo o poseído: allí se respira creación, magia, misterio, se percibe el fantasma de la artista Gema Noguera. Cuánto hizo allí: qué alma de artista, de pintora, de soñadora de colores. La bicicleta, deshinchada, está ahí, en la entrada. Y dentro, en las paredes, en las galerías, en los atriles, sobre las mesas, está su mundo, el suyo y el Dominique Goffar, la ceramista argentina con la que trabajó tanto. Lola y Carmen, del Museo Juan Cabré, me explicarían luego más cosas de Gema: había trabajado en aquel espacio como si fuera un albañil, con las manos llenas de masa. Con entusiasmo. Es difícil definir lo inefable: allí se vive el ámbito de lo inefable. Un aire levemente húmedo te envuelve la cabeza y te puebla con una emoción extraña. Podrías llorar, perfectamente. Es un silencio habitado de belleza, de creación y de leyenda. Luego ves el que fue su taller, ahora donde se exponen sus colecciones de lienzos, que se van renovando cada cierto tiempo, cuadros rojos, sobre todo, y luego ves con atención sus collages. Afuera canta el río Matarraña: canta y silabea una melodía de luz. Bajo el puente y entre la fronda. Tras la inauguración de la muestra de ‘Collages II’ Gema Noguera (1965-2008), en la Antigua Fábrica Noguera (he aquí una foto del blog de Arte Informado) que ella recuperó, su madre Rosa Maria me enseñó algo inolvidable: la pintora está enterrada, disuelta en cenizas, junto a su padre, Ernesto, bajo una noguera en el centro del jardín. Una noguera que ha ido creciendo y creciendo; las cenizas alimentan varias matas de lavanda. Cuando la enterraron, los hermanos se reunieron allí y se despidieron de ella: con lágrimas, con poemas, con pensamientos, con todo el cariño de la tierra.

 

UNA MUJER DE LUZ ANTE EL MATARRAÑA

 

Antón CASTRO

Hace días que pienso en Gema Noguera. Es una de esas criaturas a las que querrías definir con exactitud y con un lenguaje no solo preciso sino evocador. Un lenguaje impregnado de color y de sabor, un lenguaje con música y con un envoltorio de brisa de almendros. Quizá por ello, antes de zambullirme en su pintura, en sus árboles milenarios, en sus cuencos y en sus técnicas mixtas, he visitado de diversas maneras Beceite y alrededores: he seguido el curso del río Matarraña, me he asomado a su agua de espejos, a sus consteladas noches. He imaginado sus avenidas y sus rumores, he oído su lamento de voces intraducibles.

He querido imaginarme a Gema, a solas, en el estudio o en las amenas riberas, ante el río de la vida y la creación que es el Matarraña. Ella lo veía correr, desmandarse, remansarse de luces y de ecos, ella lo necesitaba para sentirse viva en el centro del misterio. Y el misterio, más allá del río y sus peces con brillo, también era Beceite. Beceite y sus oliveras, sus arboledas y sus serranías, y sus pájaros huidizos.

Beceite estaba ahí, plantado en un rincón del paisaje y de la memoria, antes de que llegase Gema, pero ella contribuyó más que nadie probablemente a que se haya convertido en un lugar casi legendario que encarna una idea de la creación, de la convivencia y del sueño. Beceite es inseparable de Gema Noguera y viceversa: ella encontró su identidad y su pulsión radical de artista, y acaso de mujer, en Beceite. Hay otro detalle que podría parecer marginal, o un tanto ajeno a la creación artística: la sonrisa. Gema Noguera era una mujer que sabía sonreír: sabía sonreír y sonreía. Era luminosa, expansiva, un torbellino de vitalidad. Se afanaba a diario en vivir y crear desde Beceite, desde las raíces del mundo, pero no solo para sí misma, sino para los suyos, para los viajeros ocasionales, para los peregrinos del arte. Era un imán irresistible, uno de esos seres –misteriosos, turbadores, dulces, torrenciales- que parecían sembrar su entorno de refugios, de magia, de tesón, de plazas para una cultura en paz. Estaba dispuesta a colaborar con artesanos, con fotógrafos, con otros pintores, con escritores. Gema Noguera siempre estaba en la llama viva del volcán.

Gema Noguera nació en Barcelona en 1965 y se formó en pintura, diseño industrial y diseño gráfico, en interiorismo. Y estudió donde había una incitación para sus talentos: en Valderrobres con Rafols-Casamada, con el maestro del papel Dai Bi Lin. En realidad, casi sin darse cuenta y con enorme curiosidad, se forjó a sí misma como una aventurera del arte, como una investigadora del papel, como una exploradora de las emociones. Con poco más de veinte años, volvió sus ojos hacia los territorios del Matarraña y reparó en un laberinto maltrecho como la Antigua Fábrica Noguera, que había funcionado desde el siglo XVIII y que pertenecía a su propia familia. Y allí se retiró a vivir, a buscarse a sí misma en el arte, allí se retiró a contemplar estrellas, a escuchar a las gentes y sus confidencias, los cuentos populares, allí se retiró a recuperar una lengua que navegaba en su sangre. Trabajó durante dos décadas sin descanso y expuso en Aragón, en España y en el extranjero, en individuales y en colectivas, series, proyectos, su obra en marcha, sus cromatismos encendidos como una casa lunar. Era una artista indesmayable, ansiosa y paciente a la vez, suave y brusca, etérea y terrenal, inspirada e intuitiva.

Su quehacer se repartía en varias direcciones: era una agente cultural, una embajadora incansable del Matarraña. Insisto en ello: su galería fue un cruce de caminos y un destino para un sinfín de creadores. Y era una artista muy personal e inquieta que operaba desde la pintura y desde la técnica mixta, en particular desde el collage. En pintura desarrolló de manera casi obsesiva la poética del color rojo. El color de su vida. El color de la sangre y del sueño. El color de la plenitud. El color del amor y del deseo. Los collages han sido permanentes compañeros de viaje. Un tema, una disciplina, un laboratorio de pruebas, un continuo amasijo de formas y colores, de símbolos y de materiales.

Gema Noguera se había desposado con los materiales insignificantes. O casi insignificantes: humildes, invisibles, inadvertidos, sin una personalidad definida a primera vista. Por ejemplo: fragmentos de camisas de cuadros celestes, imperdibles, botones, un billete antiguo, un ticket de un museo o de autobús, un franqueo de cartas, una dirección escrita en un sobre, un plano de ciudad, una hoja de una guía de Londres, algunas etiquetas de publicidad, cartulinas húmedas o mugrientas, un dibujo infantil, una tabla de números o de letras, diferentes papeles de diversas texturas y gramajes… Y los árboles y las espinas o raspas de pescado. ¿Por qué le atraían tanto esas espinas? Parecen una alusión al pasado, a los fósiles que remiten a ese periodo remoto en que Beceite estuvo invadido de mar, parecen filamentos simétricos o rejones de lluvia que caen en el atardecer o en la balsa del recuerdo. Son estructuras geométricas, poderosas e inquietantes, de trazo desnudo como cuerpos mínimos, ramajes exentos en los locos dedos del otoño.

El arte, para Gema Noguera, era juego, voluntad de transformar y trascender, manufactura del alma, artesanía esencial de las formas. Para ella el arte era un nuevo estadio de la materia. Sus collages no nacían de la acumulación, sino del mestizaje y del equilibrio, de la búsqueda de una tensión y de una armonía, de la materia que se funde y se confunde. En su obra se percibe la intuición, la imaginación, la audacia, la frescura, la expresividad; se percibe la voluntad de crear una estructura abierta y cerrada a la vez, donde todo es posible: el trazo candoroso de un niño, un frase escrita a lápiz o eso que José Antonio Benavente llamó “un bosque de palabras”, un código numérico, la alusión al mar, a una montaña o a un precipicio, una combinación de cajas geométricas, la figuración y la abstracción simultáneas. Y lo que le confiere una personalidad específica a estas obras es esa mezcla de sutilidad y extrañamiento, de mestizaje y alucinación, de conciencia y de adivinación, de combinación de elementos que parecen ajenos y que ella -merced a ese cerebro que elige y ordena y a esa mano que elabora con virtuosismo artesanal- logra armonizar y dotarlos de unidad y de belleza. Gema Noguera crea un universo que plantea interrogantes y que busca, con terquedad y elegancia, decir lo máximo con lo mínimo: decir, sugerir, envolver, trasladarnos a un plantío de ideas, de obsesiones, de estímulos, de llamadas y de vivencias. El arte de Gema Noguera tenía una aspiración cíclica: muchos de los papeles, cartones o cartulinas que usaba se habían realizado en la Antigua Fábrica Noguera. Y ella los rescataba del polvo de los días, de la humedad de los años y del olvido, y les confería una vida no usada, otro destino y una nueva forma de pervivencia. Así, se alían el pasado y el futuro: lo que fue, lo que es y lo que será. El ritmo de los meses, la sucesión de las estaciones, las esquinas del aire y de la memoria. El tiempo habitado y sus fulgores.

Volvamos un instante al Matarraña, al molino espectral, al edificio rescatado, a las galerías: aún veo la bicicleta de paseo de Gema Noguera, aún oigo su voz que llama a los niños, a su marido Alberto, a los paisanos que acarrean leña. Aún oigo su risa contagiosa, que salta los montes y los soles, y veo sus ojos que parecen centellear de felicidad.

Gema se fue en noviembre de 2008 con el otoño. Se fue y a la vez se quedó: en sus obras, en el ambiente, en el rumor incesante del río Matarraña. Se fue con el estrépito de la sombra y se quedó en la memoria de las cosas que con ella adquirieron nuevos nombres y otras sensaciones para la leyenda.

 

*Texto redactado para el catálogo de ‘Collages II’, que se exhibe hasta noviembre en la Antigua Fábrica Noguera, que coordina ahora Herzi, artista también. El catálogo lleva otro prólogo, muy emotivo, de Kenia Celma Noguera, la hija mayor de Gema. La otra hija es Mariona. Esta foto de la casa y del estudio de Gema Noguera es de Emilio Mateo.

HOMENAJE A GEMA NOGUERA EN BECEITE

 

GEMA NOGUERA Y SU MUNDO, DE NUEVO, EN BECEITE

Esta tarde, a las 20 horas, en la Antigua Fábrica Noguera de Beceite, se inaugura una exposición de collages de Gema Noguera, la gran artista y animadora cultural que recuperó ese espacio y fundó un tejido de creación multidisciplinar en torno a ella en el Matarraña. Gema, con su vitalidad, con su alegría y con su voluntad artística, era uno de esos seres que se vuelven imprescindibles. Fue una intérprete de una tierra, de un sentir, un latido constante de creación y de sueño. Y nos legó, además, una obra personalísima: en la pintura, fue una maestra del rojo; en collage, confeccionó un personal álbum de secretos, de la memoria, de recuerdos familiares y de símbolos. Esta es una de las fotos más bonitas de Gema Noguera. Una foto para siempre: toda una vida en una foto.

MEDIO SIGLO DE COLOR CON JULIA

 

Julia Dorado: color, verdad y luz

 

El Palacio de Sástago ofrece una ‘Retrospectiva 1962-2011’ de esta artista que integró el Grupo Zaragoza con Santamaría, Vera y Sahún, entre otros, y Fuendetodos recibe la donación de más de un centenar de sus grabados.

 

 

Julia Dorado siempre fue una pintora entre hombres. Una pintora entre pintores: Ricardo Santamaría, Daniel Sahún y Juan José Vera, que formaban el núcleo del Grupo Zaragoza que asumía la estética del Grupo Pórtico. Los tres vieron una exposición suya y rápidamente la localizaron y la reclamaron. Era distinta a otras mujeres fundamentales del arte aragonés como María Pilar Burges, Maite Ubide o Pilar Moré, por citar algunas. Julia Dorado, nacida en Zaragoza en 1941, ingresó a los catorce años en la Escuela de Artes y a los veinte se marchó a Barcelona. En 1961 contactó con aquellos artistas abstractos, que mezclaban el informalismo y el tenebrismo en su obra y que se declaraban progresistas, insurgentes, investigadores de la luz y de la sombra. El Grupo Zaragoza nace propiamente en 1963 y se clausuró tres años después: en aquel tiempo, Julia Dorado era un torbellino, una joven pizpireta, atenta a todo, entusiasta, con el cerebro lleno de ideas, de intensidad, de vocación por el óleo, el dibujo y el grabado.

El Palacio de Sástago rinde homenaje a Julia Dorado con una ‘Retrospectiva 1962-2011’ que recoge medio siglo de su quehacer; esta muestra, que es un arsenal de atmósferas y cromatismo, de vivacidad y pasión, se completa con una muestra de grabados que se expone en Fuendetodos. Desde sus inicios, Julia Dorado fue quemando etapas, recorriendo caminos y forjando su propia trayectoria: en un principio, desde la abundancia de tinieblas, de negros y de ocres, se situó en el informalismo que nacía del desgarro de la posguerra, de la comezón de angustia, del llanto.

En algún momento Julia Dorado ha aludido a que su pintura fue un grito: el grito que vio Goya entre los huéspedes de su propia cabeza en ‘las pinturas negras’, el grito de Munch, que se asoma con incredulidad a la exuberancia de la naturaleza, el grito de los expresionistas o del joven Bacon. Después, ya en los 70, Julia creó sus curiosos pasillos: que tienen algo de pasillos fantasmas o de pasillos imaginarios. Se ven, se presienten, hay una puerta que se abre hacia ellos, pero luego hay que avanzar a tientas.

En esta evolución, tras estas formas, casi siempre geométricas y figurativas, Julia Dorado abraza una nueva línea: se acerca a los artistas del ‘soporte-superficie’, a los cuadros casi monocromos, o muy matizados de color y desmayo, que presentan parentescos con la obra de Mark Rothko y José Luis Lasala, entre nosotros. Cuadros de dimensión lírica, de pintura trabajada y envolvente, cuadros que tienen algo de paisaje del alma, de naturalezas anímicas. O acaso de pintura terapéutica. Como sucede en un lienzo como ‘El peligroso hechizo del paisaje’, cuyo título es casi una definición del arte de la artista zaragozana. Otra pieza poderosa que encarna estos hallazgos sería ‘La sombra flotante de Ofelia’. O ‘Húmedos senderos, perdidos bosques’. Ya en 1978, Julia Dorado decía: “Pintar es, como hablar o jugar, una manera de vivir y, a la vez, de explicarnos la vida”. La pintura de la artista explica su biografía y su compromiso con el mundo que le ha tocado vivir.

Julia Dorado, antes de instalarse definitivamente en Bruselas junto a Pablo Trullén, el compañero de su vida, estuvo en Italia, en distintos lugares de Europa, en Estados Unidos, aunque de algún modo siempre ha estado en su Zaragoza, ciudad a la que le rinde un espléndido homenaje en ‘Zaragoza, 1954’. Ha realizado siempre un pintura personal, de intensas emociones, vivaz, de inclinación al lirismo y de escasa anécdota. En los últimos años se acerca a una obra que sin dejar de ser abstracta se desliza hacia la figuración, hacia el cuadro-retablo, hacia el cuadro-viñeta, como puede verse en la espectacular sala de arcos. Se trata de una pintura de color, de manchas, de estructuras, de claridades, pintura de esencia, el pálpito estremecido de una verdad honda, propia, ya sin clamor, aunque de vez en cuando manifiesta su rebeldía, como se ve en ‘Guerra no, gracias’, una obra de sus tonos más claros o ahuesados realizada en Bruselas en 2000.

Julia Dorado jamás ha perdido ni su candor ni su picardía ni esa mirada que lanza al mundo con perplejidad, con embrujo y con curiosidad. No es necesario recorrer la obra de un tirón: puede y debe hacerse, pero también puede entrarse y ver una sala, dos, tres, y regresar otro día. Es una pintura en soledad que busca contemplación, silencio y compañía. Julia Dorado es una pintora apasionada por la literatura, por el teatro, por los mitos, por el cómic, por las arte gráficas, por el viaje, por el torbellino incesante de la creación. Por la dimensión onírica del mundo. Como se percibe en otro lienzo muy trabajado: ‘El Dorado’, que contiene fuego y alucinación, poesía y atmósfera.

 

Julia Dorado. Retrospectiva (1962-2011). Palacio de Sástago. Hasta el 18 de septiembre. [Se ha editado un completo catálogo con estudios y textos de Jaime Ángel Canellas, Juan José Vera Ayuso, Manuel García Guatas, Juan Domíngez Lasierra y el coleccionista M &IR.]

ESLABONES DE PABLO GRACIA-ALEXIS

ESLABONES DE PABLO GRACIA-ALEXIS

Recibo de mi viejo amigo Pablo Gracia López, más conocido como Alexis (juntos hicimos el libro ‘Arquitecturas imaginarias de Aragón’), este correo y esta ilustración:

 

Estimado Antón:

Contacto de nuevo contigo para informarte de la próxima inauguración de mi exposición ‘Los eslabones de Alexis’ en el Selwo-Aventura de Estepona (Málaga). Estamos pendientes de fijar la fecha de la inauguración pues esperamos la presencia de representación institucional del Excmo. Ayuntamiento de Estepona... seguramente será el jueves 28 o viernes 29 de Julio por la mañana (en torno a las 11.00 h.). Ya sabes que se trata de la exhibición de reproducciones de mis obras (en lonas de gran formato cuando se realiza al aire libre) pero en esta ocasión también se exhibirán reproducciones fotográficas (sobre un soporte tipo ‘Foam’) en la sala de exposiciones. Una exposición itinerante que desde que comenzó en 2010 en el Zoobotánico de Jerez ha sido ya vista por más de 160.000 personas.

Y a partir de ahora, en la sección ‘La tienda’ de nuestra web, además de la venta del catálogo con mis obras... hemos inaugurado una nueva sección en donde poder adquirir reproducciones de mis obras sobre papel. Te animo a visitar: 

http://www.loseslabonesdealexis.com/reproducciones.html