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Antón Castro

Escritores

'ÓXIDO' DE LARA LÓPEZ: FRAGMENTOS

Una de las reediciones recientes de Xordica ha sido ‘Óxido’ de Lara López. Esa mujer de las mil músicas. Es un libro muy especial: un libro de cápsulas de casi todo –amor, recuerdos, deseos, aforismos, sueños, objetos, lo inefable, lo que no se acierta a decir-, un libro crónica, un libro diario, una novela corta, hecha de suspiros; uno de esos libros en los que entras y sales con idéntica porción de desazón y fascinación: con una herida luminosa. A petición mía, Lara López me envía algunos fragmentos de este ‘Óxido’: óxido de la vida, de la convivencia, óxido de la memoria, óxido contra el óxido. Óxido para que las relaciones humanas no se oxiden nunca.

 

ÓXIDO

 

Por Lara LÓPEZ. Xordica, 2011.

 

 

Abro y cierro las tijeras, muy deprisa, como si estuviera a punto de tomar una decisión. Estoy muy cansada.  Tengo las tijeras en la mano y oigo subir gritando a los niños de los vecinos. Limpio con una esquina de mi camiseta las tijeras oxidadas. Es como si dijeran mi nombre al abrirlas y cerrarlas. Los vecinos tienen dos niños. Antes eran tres, según me han contado. Me fijo en que se han secado los brotes de los rosales. Ha sido un mal año. Oxidado, supongo.

 

 

Las fotografías se amontonan sobre la mesa. En una sale el guía de Mopti. Es cojo. Eso en la foto no se ve. Me contaba que su sueño era llegar a conocer los países cuyas lenguas hablaba. España, Inglaterra, Francia. Cuando él pronuncia España, Inglaterra y Francia, yo pienso en los países que nombra. Y le digo que tenga paciencia, aunque pienso, como él, que nunca se cumplirá su sueño. 

 

 

Cierro el balcón. La casa se ha quedado helada. Lo malo, supongo, es que muchas veces me he pillado llorando. 

 

 

Entre las fotos también está Hashi. Tenía once años cuando se fue a estudiar a Cuba. Me ofrece un té y se queda un buen rato en silencio, mientras me lo bebo despacio. Estoy a punto de morir asfixiada dentro de la jaima, pero afuera es peor. Dice que es la primera vez que viene en todo este tiempo. Siete años. Dice que su familia le ha encontrado muy distinto. Mayor.

 

 

Releo el e mail que C. me mandó hace unos días. Creo que se siente responsable de lo que no hago. Me dice: si tú no lo haces, no podré seguir ayudándote. Lo dice en inglés: I can´t go on having an eye on you. 

 

 

    La foto de L. es la que más llama la atención. Una sonrisa grande en una cara pequeña. Una de esas sonrisas que enganchan. Después de su sonrisa, vienen sus ojos. Unos ojos que parecen reírse de la cara pequeña y de la boca grande. Unos ojos desafiantes y listos que en los peores momentos, también saben mirar. L. tiene una sonrisa grande en la que pasan cosas. 

 

 

 

C. está metido en tu cama. Cuando se quitó los calzoncillos viste que eran de marca. No paraba de sonreír como si estuviera de fiesta. Restregaste tus mejillas contra su barba. Se ha metido en tu cama como si fuera suya. No sabes si eso te gusta. 

 

 

            Leo el periódico de hace tres días. Me aprendo de memoria el titular de la página trece. El de arriba, a la izquierda. Y voy al espejo del baño para saber qué mirada tienen las mujeres que luchan en su propio infierno. Al mirarme, recuerdo a la niña rubia que hablaba con su madre, en la cocina de aquel restaurante tranquilo en Daimuz. Pienso en que debería inventarme un sitio al que pertenecer y en que Daimuz siempre me supo a vino con burbujas. Me sigo mirando en el espejo del baño. Pienso que Daimuz me supo a auténtico verano. 

 

 

Leo Manual de cicatrización de heridas crónicas. Es un proyecto académico. Le han dado un premio.

 

 

Me cuenta R. que si naces en Israel tienes que formar parte de su ejército. Y una vez que has formado parte de su ejército, aunque ya no vivas en Israel, tienes que volver allí, a su ejército, un mes de tu vida, cada año, hasta que cumples cincuenta. Un mes al año, cada año. Hasta que cumples cincuenta. 

 

 

Miro la hora en el reloj de la cocina, colgado en la pared de enfrente. Un buen reloj dijo el de la tienda, entre golpe y golpe, subido a la encimera amarilla. Ahora está un poco abollado. También dijo que era suizo. Fue de lo primero que compré para la casa nueva. 

 

 

L. me dijo que le gustaría escribir una historia de amor. El olor de sus cigarrillos quemados se mezclaba con el perfume de su pelo. Sonaba algo brasileño. Alguien se rió diciendo que las historias de amor no se contaban. Y yo estuve de acuerdo. 

 

 

Asegurarse el futuro. Me ha parecido leer la misma frase en dos anuncios distintos. Repaso con cuidado las hojas, una a una, al revés. Asegurarse el futuro. Me cuesta pensar que he debido imaginarlo. 

 

 

 

Soñé que los dientes se me llenaban de pelos que no podía escupir. Luego volví a dormirme. D. me habla de las islas de coral que hay en Egipto. Y luego me pregunta si me voy a quedar todo el día en el agua. Me gusta verle.  Hace mucho que no le veo. Miro mis manos y están arrugadas. Cuando voy a contestarle, me despierto.

 

 

    Hay una foto de mi padre con el suyo. Si miro sus manos no las veo negras. Mi padre siempre tenía las manos negras. Las uñas y la cara cubiertas de una mezcla de sudor y grasa y la ropa eternamente salpicada por las quemaduras que se hacía al soldar. Cuando alguien está soldando no se debe mirar al centro, porque hace daño a los ojos. Lo dice ocultando su cara negra detrás de una enorme careta. Con una mano sujeta la enorme careta y con la otra acerca el fuego a la silla que está soldando.

 

*Todas las fotos son de Loomis Dean.

 

DOS POEMAS: RICARDO FERNÁNDEZ

Ricardo Fernández Moyano, poeta y estudioso de los vates suicidas, me escribe esta mañana: “Te mando los dos poemas que voy a leer en Novallas el jueves en el X Festival de Poesía del Moncayo y aprovecho para comunicarte que a finales de año saldrá mi próximo libro de poemas ‘Rituales de identidad’ en Huerga & Fierro”.

 

TRAS LA VENTANA

Una sombra contra el cristal
insinúa sus formas
en curvas de silencio
ante una soledad de siglos.
Oculta en la ventana
mira pasar años mejores
en una procesión estúpida
de máscaras, perros y diablos.
Con ojos desgastados

sueña una vida
donde no reine el látigo.
Dama del alba,
¡ojala despiertes tu letargo
y no sea en vano tu existencia!

 

SUPERVIVENCIA

 

Has sobrevivido a todas las guerras,

las balas no rozaron tu cuerpo

en la lucha contra el insomnio,

la noche te ha sido propicia

y la nieve hace cálidos los huesos.

Te acompaña una mirada distinta

los días infames sin sombra,

y en la dicha de los olvidos

descansa la soledad

de pájaros sin memoria.

Hace tanto que no duermes,

que ya no soportas

el dolor de los ojos cegados

por estigmas de olvido

en la confusión de las meninges.

 

*Las cuatro fotos son de la joven fotógrafa turca de quince años, Sevim Nur Dalan.

GEMMA PELLICER: 4 MICROCUENTOS

CAPERUCITA DE LOS BOSQUES

 

Cuando al final se quede dormida y la respiración vaya acompasándose poco a poco a las emociones del sueño, descubrirá que tiene una hija pequeña, un perro feroz y un agujero en mitad de la cara rosado y oscuro como boca de lobo, mientras su madre la persigue incansable con el cuento de que el seguro le cubre todos los desperfectos.

 

 

EN CAÍDA LIBRE

 

Cuando despiertes de golpe en mitad de la noche y percibas de forma diáfana, asomado a la ventana, que la oscuridad del submundo rige con el mismo desgobierno descabellado del día, tan falto de claridades, tan lleno de veladuras, y te lo repitas para tus adentros apenas un instante, decidido a no darle más vueltas de las necesarias, sentirás de pronto, mientras tu pie ensarta a tientas la maldita zapatilla, cómo el agujero negro del pasado mañana te abisma.

 

 

ESPEJO PLANO

 

La marquesa empieza a subir la escalera muy despacio, a pasitos cortos, como de pluma. Aún le faltan seis escalones para alcanzar el primer rellano, ese que cuenta con un espejo grandioso de cuerpo entero, y un punto siniestro. En alguna ocasión, el ascenso del tramo completo le ha llevado su buen cuarto de hora, pero siempre termina por recorrerlo, como si tal hazaña, o la misma escalera, fuera para ella un premio. Ya ha alcanzado el descansillo, ya se acerca de improviso a su azogue, ya se sonríe. Por primera vez, la marquesa da media vuelta y empieza a descender aprisa la escalera, a paso ligero en realidad, con la agilidad exacta, y la imprecisión, de sus 15 años plenos...

 

NUESTRO CORAZÓN 

 

es un reloj impaciente y tenaz: el único que se atreve a marcar -con furia justa, en dosis comedidas- esos cambios de tiempo -muertos de tiempo muerto y enterrado- entre horas, y de hacerlo a manos llenas, a cada rato; el único capaz de dar cuenta de los minutos que aminoran con veracidad de mareo; el único que hace sonar desde dentro eternos segundos en apenas un segundo escaso; el único que bombea con furia antigua y feroz.

 

 

[gemma Pellicer (Barcelona, 1972) es licenciada en Filología Hispánica y Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona. En la actualidad vive entre Barcelona y Berlín. Ha cultivado la crítica literaria en el diario Avui y en las revistas Turia, Quimera y Olivar (de la Plata, Argentina). Sus microrrelatos han aparecido en las publicaciones Narrativas, Paralelo 50 y en el diario El liberal, de Santiago del Estero (Argentina), así como en las revistas electrónicas Delirio, Kafka y Letras de Chile, y en las bitácoras Afinidades narrativas, Ficción mínima, Internacional Microcuentista y La nave de los locos. Recientemente ha visto recogidas algunas de sus piezas en Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos (Cuadernos del Vigía, Granada, 2010). Ha publicado, en colaboración con Fernando Valls, la antología titulada Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual (Menoscuarto, Palencia, 2010), y está preparando otra dedicada al microrrelato español, desde sus orígenes a nuestros días. En el 2011 publicará en la editorial Eclipsados, La Danza de las horas, su primer libro de microrrelatos.]

 

-Las fotos son de Eugenio Recuenco, de Ilya Rashap y de Clarence Sinclair Bull.

ÁNGEL GUINDA LEE A CELAYA

POESÍA NECESARIA: GABRIEL CELAYA

 

Por Ángel GUINDA

  

[Texto de una conferencia en Tarazona, el pasado viernes. Celaya es el protagonista del Festival Internacional de Poesía del Moncayo, que se celebra este fin de semana, del 28 al 30 de julio]

 

Conocí personalmente a Gabriel Celaya cinco años antes de su muerte, en San Sebastián, durante el verano de 1986. Él tenía 75 años. Tiempo atrás habíamos mantenido contacto epistolar. Con cuánta generosidad reseñó alguna de mis primeras publicaciones; con qué cariño comentó alguno de los libros editados en la Colección Puyal.

 Recuerdo aquella deslumbrante tarde donostiarra: Inmaculada Muro y yo paseábamos por el puerto de la ciudad, en el extremo oriental de la bahía de La Concha, al pie de la Estatua del Sagrado Corazón que corona el Monte Urgull.  

Acabábamos de comprar una papeleta de quisquillas (esos diminutos crustáceos translúcidos de color grisáceo que fuera del mar los vemos de color rojo rosáceo), y nos las comíamos mientras caminábamos. La sed nos llevó a una taberna en la que entramos con intención de tomar un txacolí. Y el destino quiso que, nada más abrir la puerta del establecimiento, viese al fondo, en un rincón del mismo, la figura del poeta: sí, era él, allí estaba  agazapado, silencioso, la mirada hacia adentro, sentado junto a Amparo, su Amparitxu, con las manos apoyadas en un bastón.

 Superada la sorpresa, me acerqué a la pareja, miré a Gabriel a los ojos y, a bocajarro, comencé a decirle de memoria los primeros versos de un poema suyo que siempre me gustó mucho, perteneciente al libro Baladas y decires vascos: “Ser poeta no es vivir / a toda sombra, intimista. / Ser poeta es encontrar / en otros la propia vida./  No encerrarse; darse a todos; / ser sin ser melancolía…” Asombrado, me preguntó: ¿Quién eres? Cuando le respondí se emocionó recordando Zaragoza, a Julio Antonio Gómez y la maravillosa edición que éste hizo del libro Campos semánticos.

 De Gabriel cautivaba la inocente mirada de sus chispeantes ojos azules, su fervor conversacional, su abierta risa que relajaba el ambiente y hacía más fácil y afable la comunicación,

 Pasamos un largo rato inolvidable, presidido por su infinita ternura. Me preguntó por Luciano Gracia, por Manuel Pinillos y Margarita. Recordaba el restaurante El Cachirulo, el vino recio de Cariñena. Hablamos de su salud que estaba ya muy frágil, de Blas de Otero, de Madrid, de su dificultad para subir las escaleras del piso en San Sebastián. Vivía en la mayor estrechez económica y, sin embargo, tenía la entereza y seguridad del rico a quien le sobra todo. 

Cuando nos despedíamos se empeñó en incorporarse con gran dificultad para besar a Inma, le insistimos en que no se molestase; su gentileza pudo más que nuestra tozudez. ¡Cómo olvidarlo, sí, cómo olvidarlo!

Gabriel Celaya había nacido en Hernani el 8 de Marzo de hace cien años y murió en Madrid el 3 de Abril de 1991. Con motivo de su fallecimiento, publiqué en El Periódico de Aragón un brevísimo artículo titulado “Te has muerto para nunca” en el que decía:

 “Hoy, en Madrid, la mañana ha sido gris de acero y de ceniza, como de lluvia seca en lento amanecer con el sol encorvado por el peso del cielo. 

Cuando Gabriel se ha ido definitivamente hacia su soledad cerrada, el cielo ha abierto sus alas y ha dejado caer sobre la atmósfera una grave marea de silencio. 

Fue Celaya un poeta didáctico y moralizante, poeta más preocupado por la ética que por la estética de su palabra. Poeta necesario que hizo de la poesía algo tan imprescindible para la existencia del ser humano como el oxígeno, el pan o el agua. 

Tranquilamente hablando digo que este poeta se parecía tanto al amor que él mismo era el amor. Su poesía que se atrevió a decir en voz alta lo que el mundo callaba.

 En uno de sus más hermosos textos que hablan de su escritura, confesaba: “A lo largo de mi vida sólo he tratado de lograr una sola cosa: alcanzar un estado de conciencia que me permitiera romper la conciencia cerrada del yo individual y conseguir otra más allá de la que normalmente nos gobierna.”  

Hay mañanas que resultan excesivamente luminosas. Aun siendo gris, la de hoy ha sido una de ellas. Gabriel: tu ausencia es un eclipse de música, un eclipse de amor. Pero tu poesía eclipsa esos eclipses y es, al fin, la claridad más clara.

 Ahora me callo, comienzo ahora a releer tus versos, a revivir tu vida, para sentirme vivo después de que te has muerto para nunca.”           

Unos días después, el 25 de Abril de 1991, y con el título “Última memoria de Celaya”, publiqué una doble página en el Suplemento Rayuela que coordinaba Antón Castro en el citado periódico. Terminaba así: “La poesía española acaba de perder para la vida, que no para la historia, a todo un poeta del derecho y del revés, un trozo de lo mejor de nuestras almas”.

 “Para Gabriel Celaya, la poesía es conciencia en el tiempo tanto o más que para Antonio Machado había sido palabra en el tiempo.

Sin la guerra incivil del 36, sin la paz violenta de la posguerra, esta poesía habría desarrollado sus postulados teóricos por la senda del surrealismo más que por la actitud pragmática de la reflexión existencialista de un yo fundido en con el yo de los demás.

Acaso haya una única soledad humana manifestada de diferentes maneras: la soledad con todos (o soledad sonora), la soledad a solas (o soledad silenciosa), la soledad que quiere acompañar (o soledad más triste). La soledad del sol (o soledad cósmica) que es la unánime soledad de la Naturaleza.  

Celaya escapa a mi sentencia “evasión hacia adentro es el viaje del poeta”. Su poesía intentó aniquilar la soledad del individuo y la soledad del pueblo amordazado, mediante una voz alta de reunión y llamada: llamada a los ciegos, sordos y mudos de discernimiento; congregación de los juiciosos comprometidos y valientes.Su decidida apuesta por una poesía entrometida, comunitaria, en los años 50 y 60 le llevan a superar su propio yo doliente para vivir otras vidas además de la suya propia, para morir otras muertes. De este modo elige la soledad con todos desde la solidaridad. 

Y es así como se convertirá, en la década de los 70, junto a Blas de Otero, en el poeta más conocido y reconocido del momento: el poeta social de la palabra útil, de la palabra herramienta para transformar la adversa realidad del mundo; el poeta de Las cartas boca arriba y de los Cantos iberos. El poeta cívico cantado por voces tan penetrantes como las de Paco Ibáñez y Soledad Bravo.

 Esta máscara definitiva, altruista, valiente y pujante escondía otras máscaras de igual valor poético: 

- la máscara inicial que había dado luz a una poesía casi pura en su primero libro, Marea del silencio, más pura todavía en Objetos poéticos; o a otra poesía meditativa, metafísica, resistente, en obras como La soledad cerrada, Tranquilamente hablando, La música y la sangre o Movimientos elementales…con Rimbaud, Bécquer y Jorge Guillén en su fondo musical, en su paisaje verbal;

-  y una máscara que aparece y desaparece, a modo de Guadiana, desde el comienzo hasta el final: con esa veta experimental, vanguardista, buceadora en nuevas posibilidades del lenguaje, línea incluso culturalista en libros como Campos semánticos o el en último que publicó en vida: Orígenes.

 

Varias conciencias (lúcida, lúdica, personal y colectiva, solitaria y solidaria) convinieron a su clara consciencia para hacer de sí mismo no varios poetas, como en el caso de Fernando Pessoa, pero sí un poeta de voz plural en un único hombre singular, en un “personángel” (Rafael, Gabriel) por emplear un término acuñado por él.

Para nuestro héroe, la poesía llegó a ser una forma transcendente de hablar, casi de escribir como se piensa, como se siente, como se desea. Al referirse a su obra él mismo reconoce: “No es un bello producto, no es un fruto perfecto.” De ahí ese toque de cierto desaliño en algunos momentos del poema, ese ritmo quebrándose porque sí en mitad de la sinfonía acentual, ese vocabulario en zapatillas, esa apremiante inmediatez en su discurso tan real como la realidad misma de la vida. Una característica que, por otra parte, ha afectado siempre a los poetas vascos que escribieron y escriben en castellano: desde el Unamuno poeta hasta Blas de Otero y los más interesantes poetas de hoy mismo en Euskadi.

Sin embargo, en su caso, ese casi feísmo es toda una cuestión de estilo. Si José Hierro, poeta de su generación, preconizó poetizar narrando, Gabriel Celaya retoma el “hay que escribir como se habla” de Juan de Valdés, autor de la primera Gramática española: mas no en el estricto sentido lingüístico sino en el de la expresión poética eficaz, para conseguir un coloquialismo fantástico de fácil pero hondo arraigo en el lector medio y no sólo en los lectores más preparados, para hacer de la poesía una manera de hablar urgentemente al pueblo trabajador.

 Es la poética de la voz necesaria, de la sencillez, de lo vital compartible. De ahí su increpación: “Maldigo la poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales…” Es el tributo que debe pagar  todo arte militante a favor de un mejor destino colectivo y en detrimento de la estética privada. Le sucedió, en poesía, a Esenin, a Evtushenko, a Neruda y a tantos otros monstruos sagrados de la literatura que sacrificaron parte de su genio por llegar a los más, Y le sucedió a Celaya. Su escrupulosa y radical moral civil le hará decir: “El hombre ha muerto” como complemento de la nietzscheana muerte de Dios.

 Él buscó eso: una poesía de fondo comprensible y asequible en su forma para la inmensa mayoría obrera, desfavorecida. Una poesía estandarte de un pueblo condenado por la Dictadura al silencio y a estar solo. Una poesía que apuntaba derecha a la razón y al corazón heridos del ser humano de su tiempo apenas sin tiempo para la verdad, la libertad, la alegría de ser.

 Un itinerario epilírico desde una conciencia crítica hasta otra telúrica, dentro de su conciencia órfica y de la acechante y envolvente conciencia cero de la muerte.

 La personalidad intelectual y literaria de Celaya quedaría incompleta si no reconociésemos su dedicación editorial, junto a Amparo Gastón, a la Colección Norte; sus aportaciones al conocimiento de la vida y de la obra de San Juan de la Cruz y Gustavo Adolfo Bécquer; o su capacidad para el análisis y la investigación en ensayos como  Exploración de la poesía, Poesía y verdad o Los espacios de Chillida; y su agudeza crítica en numerosos artículos publicados en prensa y revistas especializadas.

 

*Dos fotos de Celaya. En la tercera está con Amparitxu Gastón y con Blas de Otero.

EL MIÉRCOLES, 'LETRAS LIBRES'

‘VERANOS DE INFANCIA’

 

MONOGRÁFICO DE LA REVISTA ‘LETRAS LIBRES’

 

 

Recibo esta nota de Eva  Cosculluela y Félix González de Los Portadores de sueños:

 

El  miércoles 27 de julio a las 20h tendrá lugar en la librería LOS PORTADORES DE SUEÑOS (C/ Jerónimo Blancas, 4 - Zaragoza) la presentación de VERANOS DE INFANCIA, número especial de la revista LETRAS LIBRES  donde dieciséis escritores españoles cuentan sus veraneos infantiles: Andrés Barba, Jorge Carrión, Mercedes Cebrián, Borja Cobeaga, Daniel Gascón, Ismael Grasa, Enrique de Hériz, Nuria Labari, Miguel Ángel Muñoz, Elvira Navarro, Jordi Puntí, Eva Puyó, Llucia Ramis, Félix Romeo, Gonzalo Torné y Berta Vías Mahou. Destaca la presencia de cuatro colaboradores aragoneses que participarán en la presentación.

 

RAMÓN GONZÁLEZ FÉRRIZ, director de la edición española, conversará con el escritor FÉLIX ROMEO. Nos acompañarán también los escritores DANIEL GASCÓN, ISMAEL GRASA y EVA PUYÓ, colaboradores de la revista.

 

VERANOS DE INFANCIA

 

En los veranos de la infancia conviven el asombro y el tedio. Son un paréntesis de la rutina escolar, pero tienen también sus reglas, sus rituales y sus recompensas. Son largas horas en el coche, complicados plazos para evitar los cortes de digestión o tratos con familiares de ignotas costumbres. Son el descubrimiento del mundo rural o del apartamento, un momento de privilegiados aprendizajes o una dura decepción; una sustitución del entorno conocido, otra forma de comer, otros horarios para dormir.

 

Las dieciséis narraciones aquí reunidas son algo más que una evocación nostálgica de esos veraneos infantiles: son el retrato luminoso y triste de un momento clave en nuestra educación sentimental y, tomadas en su conjunto, un revelador fresco de la historia reciente –en sus detalles, en sus ritos, en sus paisajes– de la clase media española.

 

 

 

*Todas las fotos son del norteamericano Peter Strackpole.

MARÍA JOSÉ CASTEJÓN: CUATRO POEMAS

La profesora y poeta María José Castejón recitará en Novallas el próximo día 28, dentro del Festival Internacional de Poesía del Moncayo. Me envía cuatro poemas: tres de ellos inéditos.

 

CUATRO POEMAS

 

Por María José CASTEJÓN

 

 

A mi padre

 

Me persigue la muerte

tras las sábanas.

Tras envolverme

en tu regazo

ilumina mi rostro

tu reflejo

 

Tras el espejo

de tu conducta

me llena de vida

la sonrisa

con que me recibes

 

devolveré al despertarme

tu sonrisa

para que de la sensación

de que todo transcurre en calma

 

2

 

Del libro ‘Solfea mis curvas’ 

 

 

Te llevo en mi pensamiento

y sufro mi condena.

Tal vez resucite

si apareces.

Pero para no comprometer

tal instante.

Dejaré en este poema

que vuele por el aire

tu melodía

para compartir el sufrimiento

de que la creación

es cómplice.

Y en una ilusión

nuestra imagen

se diluya

en el mar de las vanidades

 

 

3

 

Sintiendo tu ceguedad

me alumbro el sentimiento

de ver claro el camino

elegido era correcto.

Y con los ojos cerrados

acumule el desencanto

del sintagma descompuesto

donde el adjetivo supo

dar nombre a un sentimiento

 

 

4

 

Eres mi alma

encerrada

en un mar de dudas

volando.

El viento revuelve mi

                                 cabello

y mi mente se aloja

                             en tu ser.

Te diré que solo, solo tu

sabes convertirme en mujer.

 

*Todas las fotos son de Clarence S. Bull, uno de los grandes fotógrafos del cine de Hollywood.

SERRANO CUETO: RELATO DEL BOSQUE

Hace unos días recibí esta carta del narrador, poeta y profesor de clásicas Antonio Serrano Cueto: “He leído el texto de Eduardo Viñuales, estupendo, que ofreces en tu blog para conmemorar el Año Internacional de los Bosques. La Junta de Andalucía publicó hace meses una agenda con microrrelatos de encargo sobre el bosque mediterráneo. Esta fue mi aportación, por si quieres añadirlo a tu blog. Un abrazo”.

 

TRABAJOS Y DÍAS


Por Antonio SERRANO CUETO

Principiaba junio en los bosques cuando llegaron al alba con palos largos, hachas y perros catadores. Se aplicaron a la faena bajo el estridor ardiente de las chicharras. Cumplida la jornada, abrieron los zurrones y repartieron pan y queso. Con el sol poniente regando las altas copas, esperaron a que los alcornoques descorchados destilaran el rojo vino.

 

*Las tres fotos son del norteamericano Rolfe Horn, nacido en 1971, que es un auténtico maestro de la fotografía de paisaje en blanco y negro.

CRÓNICA DEL DOLOR DESDE NORUEGA

«El mayor dolor es que haya sido uno de los nuestros»

DAVID NAVARRO. Oslo. Heraldo de Aragón

[Un redactor de HERALDO testigo directo de los atentados en Oslo, vive el dolor de los noruegos, que han buscado consuelo en uno de los mayores templos de la ciudad. Nadie entiende cómo alguien que ha crecido en sus calles haya reunido tanto odio.]

Cuando una ciudad vive una tragedia de grandes dimensiones, sus habitantes necesitan un lugar de encuentro, una vía de escape donde liberar el dolor y la tristeza. Un rincón donde llorar a los muertos, meditar y apoyarse unos a otros. La Domkirke, principal catedral de Oslo, se convirtió en ese rincón para miles de noruegos, que acudían a sus puertas con ramos de flores, velas y pequeños objetos para recordar al casi centenar de fallecidos en la matanza del viernes en el centro de la ciudad y la isla de Utoya.

Oslo amaneció ayer triste y apagada. Era la sombra de la ciudad que había recibido a los turistas a principios de semana: soleada, callejera y fresca. Es una ciudad que sorprende al turista que se espera encontrar un rincón tranquilo y silencioso. Las terrazas de la capital están repletas de noruegos que disfrutan de su corto pero intenso verano; la música se escucha en la calle y las plazas son lugar de encuentro.

Por eso sorprende el silencio del día después: solo se escucha el graznido de las gaviotas, ajenas al dolor y estupefacción que vive la ciudad.



El deán de la Domkirke, Olaf Dag Hauge, entendía el silencio reinante: «Es un momento para la reflexión, el silencio y el recuerdo», me confesó ayer, mientras contemplaba la larga fila de ciudadanos que había acudido a las puertas del templo para depositar los ramos de flores.

Olaf tiene el rostro cansado y los ojos vidriosos, ha atendido a decenas de feligreses que le estrechan la mano y le expresan su gran consternación. Tiene palabras de ánimo para todos porque, asegura, «este templo es ahora un lugar donde encontrar apoyo y expresar los sentimientos. No es necesario rezar, también se puede acudir para pensar en lo sucedido». La iglesia celebrará hoy un servicio en honor de las víctimas de la tragedia y Olaf invita a todos los ciudadanos.

En el interior de la Domkirke nadie hablaba ni susurraba. Algunos lloraban y otros, como Mattheus Vengard, jubilado de 68 años, hacían sus propias conclusiones de lo sucedido. «El mayor dolor es que haya sido un muchacho de Noruega -me aseguró, cuando salíamos del templo-. Que haya sido uno de nosotros, ¿entiendes? Porque si fuera un extremista extranjero lo puedes comprender mejor: ellos nos atacan porque odian nuestro modo de vida. ¿Pero qué puedes hacer cuando se trata de un chico normal? Te preguntas qué ha pasado, qué se ha hecho mal para que alguien que ha crecido en estas mismas calles reúna un odio semejante».

La ciudad invita a rumiar las palabras de Mattheus y buscar respuesta a esas preguntas. Los comercios están cerrados; las terrazas, medio vacías. Y las banderas de edificios oficiales y hoteles ondean a media asta. En las inmediaciones del Parlamento, soldados armados custodian el edificio ante la mirada atónita de los turistas y oslenses, que hacen fotos como si la matanza fuera una atracción más de la ciudad.

Si el viernes los protagonistas eran los teléfonos móviles, ayer eran las cámaras de fotos. De móvil, compactas o con grandes objetivos. Uno siente vergüenza ajena y propia al tomar fotos de escombros y cristales, porque en el fondo es una falta de respeto.

Tras un atentado o una tragedia, el turista se siente de más. Ayer resultaba extraño disfrutar de las vacaciones tomando un café en el Aker Brygge, la zona de bares del puerto de Oslo. Apenas nos atrevíamos a levantar la voz en la plaza de Christiania Torv, donde se disfruta de buenos tapeos, ni a disfrutar de una copa de vino en la Bankplassen. Quizá porque mi lugar también está en la catedral, arropando a los noruegos. Porque los aragoneses sabemos el dolor que se siente cuando el terror golpea tu ciudad.