Blogia
Antón Castro

Escritores

JUAN MARQUÉS EN CUATRO LENGUAS

Un poeta en cuatro lenguas

 

‘En tiempo libre’, el poemario de Juan Marqués, se publica en una nueva edición en castellano, gallego, euskera y catalán que ha coordinado Estel Julià y que ha becado la Diputación de Zaragoza

 

 

Pensábamos que la democracia iba a ser la fiesta de las lenguas. En los últimos tiempos de la dictadura pedíamos la libertad con una melodía de Raimon o Llach, soñábamos el amor y el Mediterráneo en la voz de Maria del Mar Bonet, buscábamos el séptimo cielo o una rara noche de sol con Sisa, oíamos con naturalidad a Mikel Laboa e Imanol, y formaban parte de la banda sonora de nuestra vida, en distintos grados, músicos como Amancio Prada, Bibiano y Benedicto o Emilio Cao. Y poetas tan distintos como Gabriel Aresti, Celso Emilio Ferreiro o Salvador Espriu estaban ahí siempre, al alcance de la mano y de la sensibilidad, en la calle o en la mesilla de noche. No es nostalgia, es un hecho, la nostalgia es un error: lo mejor siempre está por llegar.

La democracia pudo haber sido y no es la fiesta de las lenguas: por diversas razones, por acumulación de contradicciones y confrontaciones, ese tesoro de vivencias y expresiones ha sido casi una fuente de conflictos antes que un hontanar de sensibilidad e intercambio. Aragón es un anchuroso y diverso territorio de tres lenguas. Lo que convivía de manera natural, se ha convertido en un arma arrojadiza. España siempre parece anhelar un puñal de odio que arrojarse a los ojos.

Por eso, satisfacen proyectos como este: la edición del poemario ‘Un tiempo libre’ (Universidad Politècnica de Valéncia, 2011. Valencia, 158 páginas) del poeta zaragozano Juan Marqués –discípulo dilecto de José-Carlos Mainer, habitante de la Residencia de Estudiantes durante años y editor de Luys de Santa Marina, entre otras muchas cosas-, que ha sido vertido al gallego, al catalán y al euskera. Se trata de un proyecto alimentado por la poeta valenciana Estel Julià, que ha sido premiado y apoyado por la Diputación de Zaragoza, en el que ha contado con la colaboración de David Tijero, en la versión al vasco, y de Lucía Novás, en la adaptación al gallego.

‘Un tiempo libre’ (Comares, 2008) es un poemario tocado por la gracia de la concisión, la búsqueda de las palabras justas y la capacidad de sugerir un mundo de sensaciones, de felicidad, de plenitud (“la vida me ha expulsado de la muerte”, dice Marqués) que se suspende en las pequeñas cosas: en un árbol, en una canción, en un recuerdo, en los paseos con la amada, en una carta, en un columpio que tiembla en el aire. Es un libro delgado y hondo, de esos que se califican como contenidos o minimalistas, pero que tiene la hermosa facultad de decir mucho con poco y de sugerir mundos, huellas, atmósferas, estados de ánimo, aventuras del vivir. Fue todo esto lo que conmovió y atrajo a Estel Julià. Recuerda: “… desde las primeras lecturas de los poemas de Juan Marqués las palabras rebotaban en mi cabeza y me eran devueltas en mi otra lengua. Tal vez esto sucedió por el modo en que está escrita su poesía, sin artificios, medida y con un ritmo justo que no busca la metáfora preciosista, sino más bien el juego poético de la sencillez y lo pequeño…”

Estel se imaginó cómo sonarían esos textos también en gallego y en catalán. Estel, Lucía y David muestran “una sensibilidad poética muy delicada y, a la vez, una dedicación muy enérgica”, dice el propio Juan Marqués en una nota del libro. Logró establecer el hilo de la complicidad y de las confluencias con sus compañeros de viaje y aquí está el resultado: una exaltación de la poesía, una exaltación del oficio de traducir, un elogio de la belleza, de la sensibilidad y del buen gusto por la edición. ‘Un tiempo libre’, en cuatro lenguas, es un pequeño tesoro: táctil, de contenidos, de aromas, de la música de la palabra, de la convivencia lingüística. Algo semejante se había hecho antes con Ángel Guinda.

Mercedes Corral acaba de despedirse, con discreción, de La Casa del Traductor (definida aquí como “uno de los templos de la traducción en España”); ha sido criticada por Luis Beamonte, ex alcalde de Tarazona, de no saber darle visibilidad a ese espacio. Beamonte, sin embargo, jamás la recibió en sus cuatro años de gestión. Ahora preside la Diputación de Zaragoza que ha apoyado proyectos como este, que será uno de los primeros que llegue a su despacho: ahuesado, terso, amasado con respeto, una defensa de la poesía y de la variedad y de la belleza de las lenguas que nos conforman y que nos enriquecen.

 

Un tiempo libre. Aisialdi bat. Un tempo libre. Uns temps lliure. De Juan Marqués. Edición y prólogo de Estel Julià. Traducción: David Tijero (euskera), Lucía Novas (gallego) y Estel Julià (catalán). Universitat Politècnica de València. Valencia, 2011. 158 páginas. (En las fotos, Juan Marqués y Estel Julià.)

LOS DEPORTADOS ARAGONESES, SEGÚN JUAN MANUEL CALVO

Juan Manuel Calvo Gascón en Ejulve.

 

[La historia del millar de aragoneses que fueron deportados a campos de concentración nazi es el eje de la publicación ‘Itinerarios e identidades. Republicanos aragoneses deportados a los campos nazis’, escrita por Juan Manuel Calvo Gascón (Ejulve, Teruel, 1957) y editada por la Dirección General de Patrimonio Cultural del Gobierno de Aragón a través del programa Amarga Memoria. No se sabe si será uno de los últimos títulos y que pasará con esta colección.

El libro intenta averiguar el origen de los 1.009 aragoneses que sufrieron la deportación y las diversas vías que les llevaron a ello, así como devolver su identidad a la memoria colectiva a través de testimonios y fotografías. Además, la publicación incluye un CD con el listado más completo existente hasta el momento de las personas originarias de Aragón deportadas a los capos nazis entre 1940 y 1945.

Unos 9.400 españoles fueron víctimas directas estas deportaciones. Los primeros llegaron a Mauthausen en agosto de 1940, procedentes de las Compañías de Trabajadores, de los Batallones de Marcha y del campo de refugiados civiles de Angulema. ‘Itinerarios e identidades. Republicanos aragoneses deportados a los campos nazis’ fue presentado en la Biblioteca de Aragón a finales de mayo.

Juan Manuel Calvo Gascón, que pertenece a la Amical de Mauthaussen y reside en Barcelona desde hace años, me pidió un prólogo que traigo aquí hoy.

 

EXALTACIÓN DE LA VIDA Y DE LA MEMORIA

 

Conozco a Juan Manuel Calvo Gascón desde hace casi treinta años. Lo conocí en Ejulve, Teruel, su pueblo y casi el mío: Juan Manuel era su principal estudioso, su principal investigador. Ejulve era su obsesión: residente ya en Barcelona desde hacía años, sus pesquisas eran el modo de recobrar el tiempo perdido. Se zambullía cada cierto tiempo en los archivos, creo que los que más le gustaban eran los de La Seo, y volvía con tesoros, con episodios, con nombres de personajes, con conjeturas que exponía o contaba en las comidas de familia o en el bar de la carretera. Durante más de una década Juan Manuel contaba fábulas de lobos o de héroes esquivos, narraciones medievales, relatos de maquis y de la Guerra Civil, historias menudas. Siempre andaba con un dato bajo el brazo, y sus allegados soñábamos con que, más temprano que tarde, redactase una historia de Ejulve. Como aquel personaje del poeta Juan Ramón Jiménez, Juan Manuel era como un andarín de su órbita, de su origen, el paseante de la memoria, del documento y del mito.

Las cosas no suceden de hoy para mañana. De un plumazo. Pero cabría decir que a partir de un determinado momento observamos un giro en los hábitos y en la trayectoria de Juan Manuel Calvo Gascón: veíamos cómo Ejulve quedaba arrumbado y abrazaba otro asunto, en el que volvía a mostrarse insaciable, perfeccionista y generoso. De repente, volvió los ojos hacia los aragoneses que habían vivido el drama de los campos de concentración, y empezó a hablarnos de Mauthausen, de Gussen, de Auschwitz, de Dachau, de Buchenwald, de Primo Levi, de Jorge Sermpún, de Imre Kertész, de un pelotón de ciudadanos anónimos que dejaban de ser gracias a él y a otros. Ingresó en la Amical de Mauthausen, y empezamos a leer sus textos de rescates de personajes, las historias inverosímiles que contaba por aquí y por allá.

Cada cierto tiempo se encontraba con un republicano que había padecido la sinrazón del nazismo y la herida frondosa del destierro y de la patria interrumpida. Buscaba a los que vivían, iba a verlos, se desplazaba a Mauthausen con sus alumnos, buscaba a los desaparecidos, recopilaba sus vidas y sus biografías. Y no solo eso: en Ejulve, empezó a organizar unas jornadas de verano por las que desfilaban los protagonistas vivos de aquel drama, los historiadores, los familiares de los desaparecidos, los paisanos. Organizaba exposiciones, impartía charlas, exaltaba una y otra vez la aventura humana de los deportados y confinados en los campos de concentración.

En una de nuestras conversaciones me contó algo que está muy vivo en este libro, algo que en el fondo podría ser el origen del volumen: "Mauthausen está en lo alto de una colina y tiene el aspecto de una fortaleza medieval. Impresiona cuando entras. Y lo que más impresiona es cuando vas con los deportados a la zona de la cámara de gas, al depósito de cadáveres, todo está húmedo, oscuro. Recuerdo que a José Alcubierre, con antepasados en Tardienta y preso también, le conmovía acariciar la zona de la muralla del garaje porque estaba convencido de que el muro lo había levantado su propio padre cuando estaba en la cantera". José Alcubierre es protagonista principal del horror indecible, como tantas y tantas otras criaturas que pueblan esta monografía.

Experto absoluto en la infame vida de los deportados en el campo de Mauthausen, este libro va más allá: hace acopio de muchos aragoneses que sufrieron el martirio nazi en otros lugares, desde 1940 ya hasta 1945, y que vivieron el éxodo más doloroso. Este es un libro de seres humanos, con nombre y apellido, es un libro de desgarros y emociones, de secretos y de pulsión arrebatada por la supervivencia, y es el ejercicio de rigor y fraternidad de un historiador que sabe que su tarea solo está a medio camino. Calvo Gascón reconoce “las dificultades para fijar con exactitud el número de españoles que sufrieron deportación e internamiento en los campos de concentración nazis”.

También es un libro de advertencia: parecía imposible que en aquella Europa el mundo se viniera abajo como se vino, hacia el pozo tenebroso y sin fondo del Holocausto. Cuando es liberado por los americanos, dice uno de ellos: “No he llorado más en mi vida”. Lloraba de alegría: acababa el horror y empezaba la dignidad, asaltada una y otra vez por la pesadilla abominable. Por ello el libro tiene un doble mensaje: es un documento a veces de crueldad insoportable, un inventario incompleto de víctimas, y a la par es un trallazo de luz que rescata para siempre, dolor a dolor, pálpito a pálpito, a los perseguidos de la Historia.

 

 

NACE UN NOVELISTA: FRANCISCO RUBIO

San Sebastián: intrigas, sombras y crímenes

 

El escritor turolense Jon Lauko, seudónimo de Francisco Rubio, debuta con ‘Donostia’ (Meteora), una novela de intriga donde cuenta la historia de un espía que intenta integrarse en ETA

 

 

Jon Lauko es el seudónimo literario de Francisco Rubio, un catedrático de Matemáticas y profesor de Álgebra nacido en Caminreal, educado en Calamocha y en Teruel, en el Instituto Ibáñez Martín, donde tuvo como profesores a José Antonio Labordeta y a Eduardo Valdivia, a quienes reconoce como sus maestros literarios. Labordeta, ha dicho Laudo, le contagió la pasión por la literatura, “era un sublime poeta”, y Valdivia le deslumbró con su novela ‘Arre Moisés’. Francisco Rubio cambiaría su nombre tras leer a John Le Carré, que es otro de sus maestros, con Patricia Highsmith, James M. Cain y con autores como Ivo Andric o William Saroyan.

Poco después de la muerte de Franco, Francisco Rubio-Jon Lauko obtuvo un puesto de profesor en San Sebastián. Más de 30 años después, cuando decidió debutar en la novela, ha vuelto los ojos hacia la ciudad y le dedica una tensa, rápida y muy planificada narración: ‘Donostia’ (Meteora), que tiene algo de novela corta de intriga con varios frentes abiertos.

La narración empieza con la fotógrafa Guillermina Anglada, que es tan buena profesional como licenciosa en sus hábitos amorosos, a la que le encargan un cometido muy especial: debe seguir el rastro de un personaje dado al disfraz, a los alias, al espionaje y a un sinfín de proyectos un tanto infames o cuando menos peligrosos: Marcel Camember, que tiene la idea de crear una industria de hamburguesas en Euskadi. Nada menos.

Pronto entra en acción otro personaje, Pedro Mari Garabain, Kepa, que trabaja en un banco y que está un poco de vuelta de todo, incluido el sexo y las mujeres y la política. Y más bien solo y decepcionado en la vida. Da vueltas en su coche, recorre calles y más calles, se adentra en la lluvia y en la noche, contempla el mar, acude a magníficos restaurantes. Y en uno de ellos le dan un bote de tomate, que le salvará la vida al desparramarse como sangre. De golpe, dos asaltantes le sorprenden en el coche, y le disparan y lo dejan por muerto. Se salva de milagro, y ahí empieza otra vida: intentará saber qué ha pasado, por qué le han disparado, quién le persigue. Entra en escena una vecina suya de buen ver, de hermosa mirada, con la que empieza a salir. Aintzane tiene un hermano senador muy implicado con la idea de “liberación de la patria vasca”. Habrá un momento en que todas las historias converjan (incluida la de Guillermina, que reaparecerá casi al final), asistidas por el impulso del azar, a veces excesivo o un tanto inverosímil. El libro analiza los equívocos políticos, la proliferación de grupos terroristas (“La triple A asesina a un taxista de Andoain”, se dice y se cita a Apala), entre ellos, claro, ETA, que entonces “parecía tener una idea más romántica de la independencia de Euskadi”.

El escritor turolense, afincado ahora en Barcelona, plantea dos temas aún más claros: cómo un hombre se siente acorralado y perseguido por fuerzas misteriosas y cómo intenta resistir al miedo sin volverse loco, y cómo San Sebastián –que sigue de moda tras su borrascosa elección como Capital Cultural de 2016- es el gran personaje y el gran escenario de esta novela de intriga, de capítulos cortos, fluida, pautada en su escritura, en su ritmo y en la acción.. A Laudo más que solucionar conflictos o desvelar tramas, más que condenar a nadie, le preocupa la creación de criaturas, de estados de ánimo y de incertidumbre. Y eso se percibe incluso en el final, que cierra algunos enigmas y abre otros abismos al futuro.

Los personajes que creen haber logrado secretos excepcionales no sospechan ni de lejos que podrían ser ellos los perseguidos. Una bala podría esperarles en algún restaurante en un tiempo en el que ya empieza a sonar el nombre de Karlos Arguiñano.

 

Donostia. Jon Lauko. Meteora. Barcelona, 2011. 144 páginas.

 

UN CUENTO DE MARCOS CALLAU

[Recibo esta carta de Marcos Callau: “Te escribo para decirte que el próximo jueves 28 de julio presentaré en El pequeño teatro de los libros (C/ Silvestre Pérez, 28), mi primera colección de relatos breves titulada ‘JAZZMEN’ y editada por Cartonerita Niña Bonita. Presentará Alfredo Moreno y el editor David Giménez, y contaremos con la presencia del músico "GranBob" (Roberto Artigas), autor del CD cartonero ‘Pedaleando’”. Le pido a Marcos Callau, poeta y enamorado del jazz, de la novela negra y de Frank Sinatra, un texto y me envía esta pieza.]

 

 

A LA LUZ DEL FLEXO

 

Por Marcos CALLAU



Nunca debí escapar de sus brazos, ni marchar de esas manos que me entendían y sabían acariciarme como yo quiero, nunca debí huir de aquél que me supo valorar. Pero así soy yo, siempre tan valiente y sin miedo a nada. Quería probar emociones nuevas y un nuevo estilo más acorde con estos tiempos, el viejo ya me tenía aburrida siempre empezando cosas que nunca llegaba a terminar. Una se cansa y se deja llevar por el instinto, por el primero que pasa y te engatusa con sus ganas de tocarte. Me olvidé del pasado, de todos los sentimientos y despojada de ellos aposté por una nueva vida con la promesa de nunca más volver la vista atrás. Después de todo, el cementerio está lleno de estatuas de sal demasiado sentimentales. Yo sólo pensé en avanzar, avanzar y seguir avanzando al ritmo que marcaba mi nuevo dueño. Seguí avanzando ciegamente hasta tropezar con el día de hoy que me encuentro aquí conmigo misma, pensando si realmente todo esto ha servido para algo o simplemente ha sido pura autodestrucción. Mientras mi amante anterior se acercaba a mí con suavidad, éste me posee brutalmente… aunque yo no quiera. Mientras uno me acariciaba con delicadeza, éste me pulsa a golpes, me aporrea y me maltrata. Esta noche, a la luz del flexo, sólo soy una vieja y seca máquina de escribir de segunda mano soñando con que regrese mi antiguo poeta.

 

*Esa foto es de Godfrey Thurston Hopkins, y está tomada en Londres en 1955.

EL CUENTO, SEGÚN Mª ROSA BURILLO

[El dramaturgo, guionista, cineasta y realizador de televisión, amén de escritor de relatos y aforismos, Alfredo Castellón Molina me puso en contacto con la profesora madrileña María Rosa Burillo, apasionada del haiku y de la literatura norteamericana. Rosa acaba de salir de una complicada operación y ya está bien: ya está mejor y se aplica a la literatura, al cuento, a sus autores favoritos. Me envía este artículo sobre varios cuentistas: Carver, Lahiri, Poe, Cheever, etc. Es casi una manera de celebrar que la vida sigue y con ella la literatura, la belleza, la capacidad de contar historias y de crear personajes.  María Rosa Burillo seguirá escribiendo y leyendo a orillas del mar, en Altafulla, en Altea, allá donde da la vuelta el aire marino…]

LA IMAGEN DEL RELATO. EL RELATO EN IMÁGENES

 

Rosa Burillo

 

Ya en el siglo XIX, Edgar A. Poe planteaba en su “Filosofía de la Composición”, los principios que siguen siendo válidos para la obra literaria a día de hoy, y citaba la palabra homeliness que expresa lo que todo escritor busca, intimar con el lector.

 

Vivimos en un mundo de imágenes. Primero el Periodismo, con la descripción pormenorizada de los acontecimientos y luego la visualización que ofrecen el cine y la televisión, han hecho que nuestra cultura literaria se vea muy mediatizada por la imagen, hasta el punto de que el escritor describe en imágenes y utiliza detalles cada vez más visuales que dominan sobre los argumentos, depreciándolos porque, parecen  querer decir, no vamos a ninguna parte y en realidad da igual donde los distintos modos de ficción nos lleven. En último término, la trama argumental ha quedado tan mermada que sólo se sostiene como soporte de un principio mucho más sutil, el toque de atención que suponen las metáforas.

 

Esto sucede sobre todo en relato, donde el mundo recreado apela a los sentidos, los detalles se ven, se huelen, se sienten, para conseguir cierto estado de ánimo,  un determinado aliento. Como si de un truco de magia se tratase, las imágenes de los cuentos conmueven al lector y lo hacen con las estrategias de la publicidad, el cine y los distintos semanarios. No hay que olvidar que la lectura de un relato comparte página con el anuncio publicitario del deportivo o la chica diez vestida de la manera más sugerente, competimos ni más ni menos que con el deseo de vender y el relato tiene que estar a la altura. El autor de cuentos apela a la intimidad del individuo y sus estrategias son las que funcionan a nivel cognitivo en una sociedad acostumbrada a alimentarse con la vista. Su objetivo, lograr lo que Poe denomina passion, y que supone algo así como la clave publicitaria del cuento.

 

Todo escritor es consciente del alcance de su llamada y, fiel a sus intenciones, se propone convencer. Ese convencimiento lo adquiere el lector mediante la poética de las sensaciones. Ya lo intuía Poe “to be moved in order to be convinced”, conmover para convencer. Las imágenes con su apariencia desapasionada, despegada, objetiva, dejan huella en la mente donde se almacenan en una verdadera trama concatenada que difiere del tradicional argumento lineal. Como dice John Cheever, la espiral sería la verdadera estructura explicativa, el eco que instala en la mente la verdadera memoria del cuento.

 

El relato funciona así con la sensibilidad de un poema o como el enigmático teatro del absurdo al que hace referencia John Barth en “A Few Words on Minimalism”. La gesticulación comunica con rigurosa precisión lo inexpresado. Ya en Winnesburg, Ohio, la sucesión de historias que componen la novela de Sherwood Anderson, el maestro de escuela, incapaz de articular palabra, esconde las manos cuando es acusado injustamente de abuso a una menor. Prevalece el gesto como estado dominante del texto, la atmósfera que envuelve a unos personajes que, por padecer la parálisis de los tiempos, no van en realidad a ninguna parte.

 

Dos ejemplos de relato en Norteamérica, “De Qué Hablamos Cuando Hablamos de Amor”, de Raymond Carver, y el cuento de Jhumpa Lahiri, “Intérprete de Emociones”, hacen gala de esa sensibilidad que se masca en el aire desprendida de argumentos, donde los participantes, inciertos pretextos de la trama, se mantienen parapetados dentro de los límites de la cocina y el cuarto de estar, o de la ruta turística marcada. La ambientación recuerda el Vania de Chejov, tan paralizante como la sufrida clase media de nuestro tiempo y que vista así, provoca la animosidad y repulsa del lector, intención prioritaria del autor.

 

Pese a haber aparecido originariamente en otras ediciones, los dos relatos participan del estilo New Yorker, la revista fundada en 1925 por Harold Ross, con William Maxwell y Gus Lobrano, como responsables de sus páginas literarias. Nadie ignora ya que el New Yorker ha ejercido un papel clave en la evolución del cuento norteamericano con pautas de Hemingway y Gertrude Stein, el discurso preciso, sencillo y rico en imágenes concatenadas, que nos transporta a límites máximos de percepción visual y pictórica. Hemingway, de hecho, era un gran admirador de Cezanne, a quien buscaba imitar con la palabra.

 

En “De Qué hablamos…” (Knopff, 1981; original draft at The New Yorker, 2007) dos parejas se reúnen una tarde cualquiera, a cambiar impresiones en torno a una botella de ginebra. Pasan las horas, la tarde va dejando paso a la oscuridad, sin que haya ocurrido realmente nada. El lector se va impregnando de la atmósfera anodina y tediosa que rodea sus vidas y la charla, por los efectos del alcohol, se hace cada vez más encrespada y tensa. No hay argumento, sólo la densidad de una conversación imposible, ya que tratan de definir la naturaleza del amor. Incapaces de verbalizar sus experiencias, serán las imágenes puestas artificiosamente en boca de los personajes, lo que les defina.

 

Mel Mcguinnis es cirujano cardiovascular. Resulta irónico que un profesional acostumbrado a manipular el corazón, falle diametralmente en sus conocimientos en materia amorosa. La perspectiva central gira en torno a su verborrea y las metáforas muestran, más que dicen, que sus planteamientos están equivocados.

 

Analizando las claves, advertimos que todo lo que Mcguinnis desea en la vida es esconderse dentro de la armadura del caballero medieval. “Así no te hacen daño”, intenta justificarse, y sus valores quedan ya reflejados para siempre, el deseo de ocultarse del mundo, el desdén por sus semejantes que le lleva a no participar de su tiempo, a huir a otros mundos donde el sentido de la justicia era menos ladino y las conductas humanas se valoraban en términos absolutos, el bien y el mal, nostalgia de trasnochado romanticismo, equivocación en su actitud vital. “…pero a veces morían asfixiados…”, señala el contra-argumento y hay todo un cúmulo de sonidos en lo inexpresado, en lo sugerido.

 

Otra imagen fija el impacto mental de la anterior. La historia que Mcguinnis cuenta, el accidente automovilista de dos ancianos, arrollados por un joven que conduce por la autopista a gran velocidad. El cerebro selecciona la visión tan familiar de los informativos que se ofrecen a diario y reconoce la evidencia, la añoranza de tiempos mejores heridos de muerte a manos del progreso, un elemento muy recurrente en las historias del New Yorker. Además de Carver, Updike y John Cheever utilizan recursos parecidos. Según Mel McGuinnis, el verdadero sentimiento de amor está en esos viejos que, escayolados de cuerpo entero, todavía mantienen intacto su deseo y lo único que les conserva vivos, seguir mirándose a los ojos en la habitación del hospital.

 

Una última imagen, va pasando la tarde y la botella de ginebra deja ver sus efectos. Mel rodea con gesto amenazante el cuello de su esposa Terri, levanta la mano a la vez que imita el sonido de un enjambre de abejas zumbonas Bzzzzzzz… Todo el resentimiento, el odio a la imperfección de la mujer, está en ese gesto. La decepción del hombre que juzga severamente el mundo cuando éste no se ajusta a sus deseos. El contrapunto, apenas esbozado por los gestos de la otra pareja hace añorar otra realidad que se imprime en el lector en forma de rebeldía, de toma de conciencia de una “nueva esperanza”, como diría María Zambrano. La razón está pues, del lado de lo apenas esbozado y nunca dicho.

 

En “Intérprete de Emociones” (Agni Review, 1998; Flamingo, 1999), una familia de origen hindú que vive en Norteamérica, realiza un viaje turístico a la patria de sus antepasados y se comporta en todo momento con la actitud de la clase media alta norteamericana a la que imitan con devoción por ese afán de pertenecer del que se siente distinto. Se resalta reiteradamente que viajan en primera clase y que no escatiman en adquirir artículos de lujo. Los detalles visuales acumulados a lo largo de la narración les definen mucho más fehacientemente que el previsible argumento, los diálogos son inexistente o mínimos.

 

La memoria del lector se impregna de goma de mascar, arroz tostado azucarado, cacahuetes, las manos de la madre desasidas de las manitas de la hija de apenas seis años a la que acompaña con displicencia al baño, la pintura de uñas en la que oculta sus pensamientos hundida en el asiento de atrás del vehículo que los lleva de excursión. No hay diálogo entre el matrimonio. De él percibimos la cámara reflex con la que saca sus instantáneas  como el más avezado de los turistas y el folleto donde hunde los ojos al tiempo que le evade de la realidad. Tres hijos y el guía turístico componen el resto de la excursión, coche privado e intérprete, contratado con carácter de exclusividad, otro síntoma de su desahogada economía.

 

La mujer, asfixiada de soledad, busca salida a la pena interesándose por el guía. Este saca dinero extra con los viajes pero su profesión habitual es actuar como intérprete de los pacientes en una consulta médica. Se realza la importancia del intérprete, su capacidad para entender los síntomas. Se da por hecho que también entiende a la mujer por la que al instante se siente atraído y sueña que tal vez en el futuro puedan intercambiar correspondencia. El enigma del texto surge en torno a la interpretación del guía que juzga a la esposa. Se marca el dilema del adulterio y desde su perspectiva tradicional, el indio reprueba su comportamiento.

 

La imagen de ella que pierde la dirección del guía escrita con tanta ilusión como si en ello le fuera la vida muestra al lector la superficialidad de su carácter, sin embargo, hay otra visión más potente que se revela en el texto como un descubrimiento fortuito. El hijo legítimo es fuerte y se defiende bien ante cualquier peligro, mientras el otro hijo se ve agredido por los monos. El guía tiene que ahuyentarlos a golpes. La rama con la que golpea a los monos recuerda el tema del hermano en “Adiós, Hermano Mío” de John Cheever, que sugiere el mito bíblico de Caín y Abel. Todo un cúmulo de sutilezas, de matices, se desprende de ello. Más que respuestas, surge eterna la duda ante lo que tradicionalmente se tenía por buen comportamiento, una duda enriquecedora, esencial, que resuena para siempre en el cerebro y que vende el mejor de los productos, la visión humanitaria, la generosidad.

 

*En las fotos, por este orden, Poe, Carver, Lahiri dos veces y John Cheever.

BIBLIOTECAS DE ESCRITORES: JAVIER MARÍAS

BIBLIOTECAS DE ESCRITORES: JAVIER MARÍAS

EN LA BIBLIOTECA DE JAVIER MARÍAS

 

MANUAL DE LITERATURA

 

Por JESÚS MARCHAMALO

 

Hubo una temporada, hace años, en que la biblioteca de Javier Marías (Madrid, 1951) aparecía con frecuencia en las revistas y suplementos de decoración.

El encargado de la empresa que instaló las estanterías, a medida, en el salón de su casa, cuando las vio rebosando de clásicos ingleses -el lomo de los libros alineado con los estantes; el color sutil de las encuadernaciones; Thackeray, Quincey, Dickens, en naranja, en la edición de Penguin-, le propuso utilizarlas para la publicidad de la marca manteniendo, eso sí, un discreto silencio sobre su propietario.  

Así que hicieron las fotos y, durante un tiempo, una de esas bibliotecas de las revistas, improbables y anónimas, era la suya. De ahí que resulte desde el primer momento vagamente familiar. Remotamente recordada o entrevista: un estante inferior para libros grandes, diseñado por él mismo, y un cuerpo que llega prácticamente hasta el techo: Pepis, Swift, Stevenson, y mucho Burton, el capitán. Entre otros, la traducción de Las mil y una noches sobre la que escribió Borges, en edición ilustrada, sólo para suscriptores, difícil, dice, de encontrar.

Entre ambos cuerpos, una repisa en la que forman decenas de soldados de plomo, infantería y caballería, más o menos marciales. Hay postales, una carta autógrafa de Conrad enmarcada, fotos - Faulkner, Stevenson, su muy admirado Benet, John Wayne, también muy admirado, algunas familiares-, y objetos de todo tipo. “Me gusta que las estanterías sean buenas, el metal me resulta deprimente, propio de biblioteca pública inglesa”, dice, en medio del salón, con un cigarrillo entre los dedos. “Así que las elegí de madera, natural aquí, y lacada en blanco en el piso de abajo, donde tengo la literatura española. Por lo demás, soy bastante ordenado. Detesto las dobles filas, porque al final nunca acabas sabiendo lo que tienes detrás, y los libros cruzados”. Y es cierto que sólo en los estantes más bajos, los que quedan más a mano, se ve algún papel encajado entre los libros, un poco al acaso: recortes de periódicos, correspondencia y originales.  

 

El orden y el concierto

 

Recuerda, claro, la casa de sus padres: pilas de libros en permanente crecimiento caótico, sofás impracticables y aquel curioso invento, una especie de bisagra lateral que se ponía en los cuadros, en lugar de la tradicional hembrilla, para poder atornillarlos a las estanterías. Así, cada cuadro era, al tiempo, una puerta secreta, inesperada, una trampilla que ocultaba las baldas.

La biblioteca invasora, escribió en un artículo, exagerando, pelín, aquella casa (y dos sótanos) tomada por los libros en la que los niños tenían que hacerse hueco entre ellos para jugar a las chapas.

En esta biblioteca hay algo, también, de la paterna, invasora. Ocupa toda la casa, se interrumpe en cada habitación y sigue por el resto de los cuartos, en los pasillos, por los rincones, en otro piso…

Dicen los expertos que, en lo sustancial, existen dos tipos de personas: los que ordenan los libros, y los que los dejan sueltos por la casa esperando que ellos mismos encuentren acomodo. Marías pertenece, desde luego, a los primeros. Sus libros -calcula que pueden rondar los veinte mil, algunos con su nombre, fecha y lugar de compra en la página de cortesía- están colocados según un orden estricto que empieza, en el salón, con la literatura inglesa. “Quizá sea porque es la parte más cuantiosa”, comenta. “Cuando empecé a comprar libros nunca compraba literatura española porque mi padre lo tenía prácticamente todo: lo último que se me ocurría era comprar un libro de Valle-Inclán porque estaba en casa. Luego lo he ido completando y ahora tengo mi propia obra completa de Valle y de Baroja. Pero tengo mucha literatura inglesa, y norteamericana, que ocupa todo el salón, y el estudio donde habitualmente trabajo”.

Mirar los estantes de Marías es hojear un manual, casi ilustrado, de literatura, un mapa. Los autores, colocados por orden cronológico, están al lado de sus contemporáneos, mezclados poetas y ensayistas, filósofos y narradores, como en la vida misma: Locke antes que Fielding y Quincey junto a Byron. Para ser riguroso en esa adjudicación, accidental, de vecindades tiene desde hace años un listado alfabético, escrito a máquina con decenas de añadidos manuscritos, en el que figura junto a cada escritor el año de nacimiento y eventual deceso, y del que echa mano en caso de duda.   

A partir de ahí, la biblioteca se extiende por el resto de las habitaciones, con idéntica estructura. Literatura francesa, alemana, italiana,: Simenon, Diderot, Proust, Apollinaire, Larbaud, Mann, Kafka, Benjamin, Leopardi, mucho Calvino, y mucho Zeri, Federico, el polémico crítico e historiador de arte italiano en el que basó lejanamente uno de los personajes de Corazón tan blanco.

 

Libros dedicados

 

En su habitación, destaca una balda completa dedicada a Ellery Queen -una afición, la de la novela policiaca, heredada de su padre-, las obras completas de Henry James y todo Faulkner, o casi todo, de quien tiene un ejemplar firmado. “Me gustan los libros que no ocultan enteramente su pasado. Los que contienen alguna foto, algún papel, los que cuentan algo. También guardo algunos con firma o dedicatoria autógrafa: Mallarmé, Radiguet, Gombrowicz, Chesterton, Isak Dinesen, Mann… Pero no me considero bibliófilo, nunca compraría un libro que no estuviera dispuesto a leer”. Sobre el cabecero, nada casual, nada original, Cervantes y Shakespeare, para las noches de insomnio.

Entre sus manías, confesables, la de guardar la correspondencia que recibe de los escritores con los que se cartea entre las páginas de sus propios libros: Mendoza, Aleixandre, Magris, o Sebald, de quien conserva no sólo alguna carta, sino también un trozo de lápiz, el final, que le ofreció la familia a su muerte, y que guarda, también, junto a su obra.   

Faltan sus propios libros. Amontonados, o casi, en el recibidor, en torres, tal cual los mandan de las editoriales. Y un ejemplar de cada uno en cuatro o cinco mueblecitos giratorios, repartidos por toda la casa, discretos,  invisibles. En el piso de abajo, el de las estanterías blancas, por orden alfabético, autores españoles e hispanoamericanos, chinos, japoneses, rusos, Nabokov, Pasternak, Pushkin. “Me encanta Pushkin”, dice.

Y allí, en uno de los estantes, un libro de Neruda, Canción de gesta, que apareció, dedicado a Cabrera Infante, hace años, en el catálogo de una librería de viejo.

El propio Cabrera le encargó a Marías que averiguara de dónde había salido, pero en lugar de hacerlo, lo compró. Cabrera, que sabía el precio, no quiso aceptarlo, y acordaron que, ya que se trataba de un ejemplar robado de su biblioteca en Cuba, una nueva firma lo haría legal. Así que el libro tiene ahora una dedicatoria doble: de Neruda a Cabrera, y de Cabrera a Marías. Dice: “Para Javier… de todas las sabias letras”. En medio, hay una frase que no se entiende. Vaya.

 

Tristram Shandy

Laurence Sterne

“Es uno de los nueve volúmenes de la primera edición, y éste en particular está firmado por el propio Sterne. Los libros del XVIII tienen una impresión muy nítida, y un tacto especial del papel”. 

 

 

La ciudad de los prodigios

Eduardo Mendoza

“Creo que es uno de los grandes libros españoles de la segunda mitad del siglo XX, y también uno de los que a mí más me han gustado. Y el que más me sigue gustando de Mendoza”.

 

 

Travesía del horizonte

Javier Marías

“Es la primera edición de mi segunda novela. Y tiene la particularidad de que, en la guarda posterior, aparece un fragmento del principio del libro en inglés. La letra es de Juan Benet, fingiendo un estilo de escritor decimonónico”.

 

 

*Fragmento del nuevo libro de Jesús Marchamalo de las bibliotecas de 20 escritores que aparecerá en breve en Siruela con fotos suyas. Javier Marías.

LA RUTA DE LOS BÉCQUER

RUTA DE LOS HERMANOS BÉCQUER

 

Fecha de celebración:

 

Sábado 23 de Julio de 2011

 

Lugar Salida: MONASTERIO DE VERUELA

 

Hora Salida: 18,30 h.  

 

 

 

La Ruta de los hermanos Bécquer conmemora su estancia y paseos por estas tierras. Parte del Monasterio de Veruela (ubicado en Vera de Moncayo y propiedad de la Diputación Provincial de Zaragoza), se dirige hacia Trasmoz y finaliza en Litago, completando un recorrido de seis kilómetros que pueden realizarse a pie, a caballo o en bici. El caminante encontrará ocho carteles, con textos de Gustavo Adolfo e imágenes de Valeriano, alusivos a la zona.

 

.  Catalogación de la Ruta: fácil

.  Se aconseja llevar calzado cómodo, gorra, bocadillo y agua.

 

La Ruta comenzará en la puerta del Monasterio de Veruela (junto al primer cartel de la misma) a las 18,30 h. y finalizará en Litago a las 21,30 horas.

Comenzará con las intervenciones de Trinidad Ruiz Marcellán, Ana Bona y  Ángel Guinda, Premio de las Letras Aragonesas 2010.

A las 23,00 horas visita opcional guiada a la Casa del Poeta y Museo de las Brujas de Bécquer, en Trasmoz.

La Ruta estará guiada por los escritores y artistas colaboradores en los carteles (Guinda, Maráez, Bona, Forega, Domínguez, Porras, Rubio, Bozalongo…).

Podremos conocer la dimensión literaria, artística y humana de los hermanos Bécquer desde su estancia en el Moncayo.

Acompañamiento musical de Antonio Casas (Alam).

Asimismo, acompañarán al recorrido el “Burro Círculo Tour” de Poesía Rural Producciones.

En el recorrido de Trasmoz a Litago, el caminante encontrará libros BookCrossing       –liberados por la Editorial Olifante- y apreciará la exposición al aire libre “Cartas a Gustavo” del artista Luigi Maráez.

Habrá Instalaciones y Performances a cargos de las poetas residentes en La Casa del Poeta (Marguerite Bobey  -Francia- y Yoko Fukushima –Japón-).

En Litago habrá un buzón para recibir cartas escritas por los caminantes a los Bécquer.  Más tarde, las cartas  podrán ser leídas en Internet.

Se terminará el acto con lecturas de textos dedicados a Gustavo y Valeriano Bécquer

LA LITERATURA DE LOS BOSQUES

LA LITERATURA DE LOS BOSQUES

BOSQUES Y LITERATURA EN EL AÑO INTERNACIONAL

 

Por Eduardo VIÑUALES COBOS

 

Estamos inmersos en el 2011, el Año Internacional de los Bosques. Y quizás sea este un momento propicio para leer y releer aquellos libros que nos hablan de árboles frondosos, de las hojas y frutos del bosque, de los animales o plantas que habitan en las sombras... así como de aquellos otros que reúnen tantas y tantas historias, cuentos o leyendas que se han ambientado en esos escenarios silvestres que son como nos recuerda la Asamblea General de las Naciones Unidas un valioso tesoro natural que como debemos preservar entre todos, pues cada año se pierden unas trece millones de hectáreas de bosques en el mundo, una superficie equivalente a la cuarta parte de la Península Ibérica.

 

Los árboles que componen el bosque, en su generosidad, son quienes nos proporcionan la materia prima con la que se fabrica la pasta de papel y con la que luego editamos libros hermosos como el que acaba de presentar Lunwerg sobre “Los bosques del mundo” (2011). Ilustrado con un amplio y espectacular reportaje fotográfico de selvas, plantas, flores y animales forestales, la parte redactora le ha correspondido al naturalista Joaquín Araújo, quien con gran acierto nos presenta toda la belleza y diversidad de las masas arboladas de los cinco continentes, destacando la importancia que realmente poseen estos lugares. Araújo, autor y coordinador de otros muchos célebres trabajos vinculados a esta temática como “Bosque de bosques” (Caja  de Ahorros del Mediterráneo, 1996) o “La sonata del bosque” (Lunwerg y Caja Madrid, 1999), asegura que un día volveremos no ya al corazón del bosque sino a tener el bosque en nuestros corazones. Por que un día comprenderemos que ellos son nuestros mejores amigos, y que sirven para casi todo: aportan comida, madera, crean suelo, oxigenan el aire, son el mejor antídoto contra el cambio climático y, entre otras aportaciones para el progreso, ellos son los inventores de la fertilidad natural.

 

Buscando en los anaqueles de las bibliotecas, muy especial es el recuerdo que los lectores pueden guardar de un libro tan original como es el que escribió Ignacio Abellá bajo el título de “La magia de los árboles” (Integral, 1996), donde bajo la concepción de que los árboles son uno de los símbolos vivientes más poderosos, nos vamos adentrando poco a poco en el rico bosque de nuestra memoria, recogiendo mitos y creencias que existen en torno al árbol. Nos estamos refiriendo a una edición cargada de simbolismo y de tradiciones en torno a especies como el abedul, el roble o el saúco… sin olvidar otros aspectos referentes a la biología, la siembra, la plantación y los cuidados que requieren las distintas especies analizadas. El libro recopila muchos datos inéditos, la mayor parte de ellos trasmitidos por tradición oral en recónditas comarcas, y donde Abellá explica con este su primer libro que en la mitología nórdica el fresno es quien sostiene y contiene en sí todas las fuerzas del universo, o que el tejo –el árbol considerado más longevo en nuestras latitudes- es en muchos países el símbolo viviente de la eternidad. Por cierto, dato este último que nos trae a la memoria otro título de narrativa: “Memorias de un árbol” (RBA, 2007), del argentino Guido Mina di Sospiro, en el que un majestuoso tejo explica su propia vida, testigo y protagonista de dos mil años de historia. Bajos sus ramas transcurren los siglos y en su pequeño bosque se ve reflejada la historia de la humanidad y de todos los seres vivos, hasta finalmente convertirse en un ejemplar protegido y venerado que termina lanzando un mensaje de paz y armonía.

 

Pero el mismo estilo investigador de “La magia de los árboles”, entre lo mágico y lo científico, es el que poco tiempo después impregnaría otra publicación digna de mención, “Senderos entre los árboles” (Alymar, 2002), cuya lectura constituye un paseo por los caminos del bosque en compañía de los árboles, de la cultura, de la imaginación e, incluso, de la emotividad. Su autor, Antonio Rodríguez Vila, repasa el simbolismo de treinta y nueve especies arbóreas, y advierte que el lector quizás puede llegar a ser dominado por sensaciones como la dulzura, el sosiego, el amor y la fantasía. Gracias a este trabajo de ensayo sabremos de las cualidades ecológicas de la encina, que fueron los celtas quienes adoraban al roble como un dios-árbol… o que antiguamente el álamo blanco estuvo consagrado a Hércules como alegoría de la fuerza y de la vida.

 

Cuentos infantiles y libros didácticos

 

Y puesto que los niños tienen mucho que ver y aprender en la naturaleza, por eso hay una gran variedad de libros y cuentos que tienen como protagonista al bosque y por simplificación al árbol. Es el caso de “La vida alrededor de un árbol” (Lectio, 2006), que incluye un póster gigante para jugar y reconocer a los habitantes de un gran roble. En el “Diccionario por imágenes del bosque” (Panini, 2001), los niños se adentrarán en las espesuras para descubrir a las ardillas, las flores, las setas y otros secretos de ese escenario tan encantador que puede llegar a ser un bosque cualquiera.

 

Deliciosos resultan ser esos libros para abrir ventanas, desplegar solapas y averiguar muchas cosas del mundo que nos rodea, libros interactivos y divertidos como “El bosque” (SM, 2000) -ideal para niños a partir de seis años-, o el de “Nuestros bosques” (Elfos, 2009) lleno de preguntas y respuestas sobre la altura de los árboles, los troncos y las raíces… o la  labor de conservación que desempeñan los guardabosques.

 

A ellos se unen, por ejemplo, pequeñas joyas literarias como “Cuentos de árboles” (Ibai, 1988), donde los árboles, cargados de energía, le hablan a Lukas, un niño que vive en una casa de campo, cerca de un río, y que es capaz de entender el lenguaje de un ciruelo rojo que desvela lo mucho que los árboles saben de nosotros.

 

Otros bosques más literarios

 

Los amantes de las letras poseen deliciosos trabajos como “La voz de los árboles”, una iniciativa de la organización ecologista Greenpeace en defensa de los bosques de España, que fue publicada por Planeta (1999) y donde se reúnen distintos poemas, relatos y aportaciones artísticas –fotografías y pinturas- de un gran número de autores reconocidos como Mario Benedetti, Antonio Gala, Joaquín Araújo, Miguel Delibes, Manuel Vázquez Montalbán, Julio Llamazares o Fernando Sabater.

 

También la literatura clásica tiene libros que llevan el bosque por título, como es el caso de la célebre novela del escritor Wenceslao Fernández Flórez “El bosque animado” (Espasa-Calpe, 1965), que más tarde fue llevada al cine por José Luis Cuerda y que está ambientada en una “fraga” gallega, entendiendo como tal a aquella porción de bosque inculto, entregado a sí mismo, donde se mezclan variadas especies. Y es en aquel ambiente rural lleno de vida donde se tejen las historias y las vivencias de distintos personajes humanos, de animales y de plantas.

 

Un clásico de la narrativa que el amante de la lectura no debe de olvidar es “El hombre que plantaba árboles” de Jean Giono, editado por Duomo Ediciones (2010) con ilustraciones de Joëlle Jolivet y con dos escenas en pop-up. El protagonista de esta narración, un viejo campesino iletrado, de nombre Elzéard Bofifier, es un personaje tan necesario que nadie duda de que pudiera haber sido real: él solo –con sus simples recursos físicos y morales- fue capaz de transformar un desierto en una seductora y extensa floresta. Volvieron a brotar los manantiales, los pueblos deshabitados fueron poco a poco reconstruyéndose, y hasta el aire, ahora cargado de aromas, había cambiado. Aquel hombre había transformado por completo el aspecto de un lugar, de una región entera…. Y plantando árboles había encontrado una forma perfecta de ser feliz. A este  célebre texto se refiere José Saramago como “una indiscutible proeza en el arte de contar”.

 

Pero también hay historias auténticas como la de Julia Butterfly, aquella mujer de veinticinco años que para salvar el bosque trepó hasta lo más alto de la copa de una gran secuoya de cincuenta metros, y allí permaneció durante dos años, firme a sus creencias, recibiendo la visita de personalidades de la cultura de todo el mundo hasta que su larga “sentada” logró por fin detener la agresión de una empresa deforestadota. En las páginas de “El legado de Luna” (RBA, 2000). En sus páginas esta joven poeta y activista cuenta cómo tuvo que soportar tormentas, además del acoso de helicópteros y guardias de seguridad de la empresa, y Julia escribe: “Llevaba un año y medio viviendo en un árbol. Me costaba creer que seguía ahí, pero no me imaginaba en otro sitio después de tanto tiempo. La gente me decía que olía bien, a dulce, igual que una secuoya. La naturaleza me deparaba regalos todos los días, como ver salir el sol, naranja, rojo, melocotón y oro, irradiando su luz entre la niebla que cubría el valle”.

 

Todos estos títulos referidos al bosque nos han traído finalmente a la memoria la cita de Miguel Unamuno que decía: “Hubo árboles antes de que hubiera libros, y acaso cuando acaben los libros continúen los árboles. Y tal vez llegue la humanidad a un grado de cultura tal que no necesite ya de libros, pero siempre necesitará de árboles, y entonces abonará los árboles con libros”.

 

 

 

Recuadro

BOSQUES Y ÁRBOLES DE ARAGÓN

Decía el geógrafo Francisco Giner de los Ríos que “a la contemplación de un árbol podría dedicarse la vida entera”. Y para facilitar ese disfrute de los árboles, y de los elementos vivos de las masas forestales, para ello hay en Aragón diversos trabajos editoriales que a modo de útil herramienta nos ayudarán a viajar hasta el manso corazón de estos pulmones de la naturaleza, siempre con la idea de conocer las distintas especies vegetales o de entender un poco mejor el complejo funcionamiento ecológico de estos bellos ecosistemas terrestres que nos proporcionan grandes beneficios. Ese es el caso, por ejemplo, de la guía de campo que lleva por título “Árboles” (Prames y Gobierno de Aragón, 2011) en la que José Antonio Domínguez nos muestra y explica los caracteres diferenciadores entre tilos, chopos, hayas, encinas o carrascas, almeces, las distintas clases de pinos y sauces… fresnos y arces.

Una visión más amplia, de conjunto, y más ecológica es la que ofrece el volumen de gran formato “Los bosques de Aragón” (Prames y Gobierno de Aragón, 2009), obra coral donde han participado más de medio centenar de naturalistas, botánicos, geógrafos, agentes de protección de la naturaleza… y que se halla ilustrado con bellas fotografías. Quien sostenga en sus manos este catálogo de bosques de la Red Natural de Aragón recordará a buen seguro la realización de otros trabajos anteriores de visión nacional como “La guía física de España de los bosques” (Alianza Editorial, 1987) o “Los bosques ibéricos, una interpretación geobotánica” (Planeta, 1997), salvo con la diferencia de que el volumen aragonés en su deseo de ser un libro práctico y de evitar un discurso excesivamente científico nos habla igualmente de reservas de silencio, de piedras mágicas, de la artesanía de la madera, de la paleta pictórica que son colores del otoño.. pero, sobre todo, este es un libro que nos propone múltiples opciones para caminar y conocer in situ los 160 mejores paisajes forestales de nuestra comunidad autónoma: la Selva de Oza, el sabinar de la Retuerta de Pina, el Monegro de Gúdar, el Vedado de Peñaflor, el alcornocal de Sestrica, la Pardina del Señor de Fanlo… e incluso espacios sorprendentes y poco conocidos como el pinsapar de Orcajo, el “mar de enebros” de Belmonte y Sediles, o la acebeda de La Mezquitilla en las Cuencas Mineras. La gran diversidad forestal de Aragón se agrupa en cuatro grandes apartados –bosques de montaña, de sierra, de ribera y otras formaciones mixtas o singulares- y  describe hasta 27 agrupaciones arbóreas autóctonas: desde los pinares de pino negro del Pirineo, hasta los tamarizales de los suelos salinos del valle del Ebro.

En este apartado de libros, bosques y árboles aragoneses no podíamos olvidar las aportaciones locales sobre los árboles singulares de La Litera –de José Damián Moreno, 2005-, los del Bajo Aragón -por Fernando Zorrila (Mira, 1996)-, o los de Valdejalón (Tintaurea, 2007). Este último sobre los más venerables gigantes verdes de dicha comarca es obra de un apasionado guardabosques de la Sierra de Algairén, Roberto del Val, quien aprovecha su trabajo de campo para recopilar las citas arbóreas de Rafael Alberti, Pablo Neruda, Miguel de Unamuno o Antonio Machado.

 

*Este texto apareció en las páginas centrales de ‘Artes & Letras’ de Heraldo de Aragón el pasado 30 de junio. Todas las fotos son de Eduardo Viñuales Cobos, escritor y naturalista y fotógrafo.