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Antón Castro

Escritores

MARTA FERNÁNDEZ MURO, CUENTISTA

Marta Fernández Muro es una actriz de cine, teatro y televisión sobradamente conocida. Por ejemplo, entre títulos ya más lejanos, fue la protagonista de ‘Las gallinas de Cervantes’. También es escritora: en 2009 publicó, en Huerga & Fierro, el libro ‘Niñas malas’ y ahora publica ‘Azoradas’ (Huerga & Fierro), una colección de quince relatos de viajes, de amores y desamores, de equívocos… Hablé el pasado viernes con Marta y me manda este texto del libro.

 

UN PAJARO FLOTANDO BOCA ARRIBA

 

Por Marta FERNÁNDEZ MURO

 

 

Cuando dejó la autopista, se topó con un polígono industrial.

Iba pensando: “Qué mala suerte. Un  aviso tan lejos, precisamente hoy, que mi  mujer sale de cuentas”.

Giró a la derecha. Por la segunda a la izquierda cayó en una rotonda que le volvió a sacar a la autopista. Entonces se bajó en una gasolinera para pedir ayuda. Y aprovechó para tomarse un café y hablar con su mujer. Ya eran casi las doce del mediodía.

- Supongo que llegaré a comer. Si no, ve comiendo. 

- No te preocupes de nada, cielo, los médicos siempre se equivocan.

Por fin lo encontró.

Era el último chalet de la urbanización.

El jardín estaba lleno de hojas, y, en la piscina, un pájaro atrapado en el hielo, flotaba boca arriba.

Por una ventana, vio una cocina con una mesa de mármol en el centro, y  golpeó en los cristales.

Una voz femenina le respondió:

- Haga el favor de entrar por delante.

Tardó mucho en abrirle.

La noche anterior, la mujer no se había tomado el tranquilizante y, a las tres de la madrugada, le empezó el cosquilleo de las piernas. Una inquietud que le hacía encogerlas y estirarlas sin control. Había sacado un brazo, a tientas  había encontrado el albornoz e, iluminada por la luz de la calle, fue hasta el baño, partió media pastilla y se la tragó  con el agua del lavabo.

La mitad del tranquilizante la relajó hasta las seis de la mañana en que volvió a despertarse. Esta vez  se tomó la pastilla entera.  

Así que cuando sonó el despertador, no supo por qué lo había puesto: fueron los golpes en la ventana de la cocina los que le hicieron reaccionar.

Se recogió el pelo y abrió.

- Pase, pase. ¿Ha visto ya la caldera?

Se cerraba el albornoz sobre el pecho cruzándose de brazos.

Le hizo atravesar el salón.

Según le indicaba el camino, se iba excusando.

- No mire demasiado. Tengo que ordenar todo esto.

Había dos televisiones encendidas, cada una con un programa, y la mesa del comedor y las sillas estaban abarrotadas de discos de vinilo.

- ¿Pierde agua?-, preguntó el chico.

- Qué sé yo. No entiendo nada de aparatos.

La mujer se sentó y él dejó las herramientas en el suelo.

Mientras quitaba la tapa de la caldera, la miró.

Por su cuerpo encogido, le pareció muy mayor aunque, como se había colocado de espaldas a la ventana, no le veía bien la cara.

- Qué casa tan bonita tiene usted. Lástima que la caldera sea tan vieja. Le saldría mejor comprar una nueva.

- Supongo.

A la mujer no le gustaba que le dieran consejos, pero como no quiso que el chico lo notara, se rió intentando resultar simpática.

A él, la risa le resultó muy aguda, un poco estridente.

- Voy a hacerme un té -le dijo-.¿Quiere que le ponga uno?

Pensó que sí, que le vendría bien tomar algo caliente, pero dijo:

- No se moleste.

Al mover los brazos para hervir el agua, el albornoz se le abrió y, a través del camisón, se le transparentaba el cuerpo.

Tenía los pechos muy pequeños y las caderas estrechas, casi infantiles.

En ese momento sonó el teléfono.

Era uno de esos teléfonos que él sólo había visto en las películas, colgado de la pared y rojo.

- ¿Sí?... No, no, ya estoy despierta. Me alegra, me alegra que estés bien. Frío. ¡Qué suerte! No, no, allí no pinto nada. No, de verdad, no me importa. No, no me quedaré sola. Siempre hay alguien. Sí, prometo que llamaré a alguien. Me cuido, me cuido. Cuídate tú. Sí, besos. Sí, sí, dile que también le mando un beso.

Colgó y se sentó con la taza. Después de dar unos sorbos, se justificó:

- Habrá que hacer algo para aguantar el frío, ¿no?-.Y sacó del horno una botella de whisky.

Se echó un buen chorro en el té y le ofreció:

- Si quiere acompañarme.

Hubo un silencio muy largo.

Para romperlo, preguntó:

- ¿Su marido?

Ella encendió otro cigarro y le alargó el paquete a través de la mesa.

- ¿Fuma?

Esta vez el chico aceptó.

Al acercarse a cogerlo, vio que tenía los ojos muy negros, lo blanco casi azul, y que parpadeaba después de cada frase, como si quisiese borrar lo que acababa de decir.

- Y usted ¿está casado?

- Y esperando un hijo. 

La mujer movía rítmicamente la pierna izquierda, y el único sonido que llenaba la cocina era el de la zapatilla de cuero al golpear su talón. 

Luego se levantó y le dijo:

- Hace usted muy bien-.Y volvió a reírse.

La vibración del agudo le resultó muy familiar, no como si fuese la segunda vez que lo oía. Mas bien como si le recordase a otra persona , en otro lugar.

- ¿Y usted...?

Ella le cortó.

- ¿Usted qué?

Durante un momento le miró esperando una respuesta. Pero como él no contestaba, se sentó de nuevo y se echó otro chorro de whisky.

Al chico, el destornillador se le resbaló de la mano y, antes de que le diera tiempo a cogerlo, ella se lo tendió.

Se limpió la palma en el pantalón. No quería que la mujer notase que empezaba a sudarle como cuando se ponía nervioso.

Dijo:

- Quiero acabar pronto. Mi mujer sale hoy de cuentas, aunque ella dice que no nacerá hoy. Está segura, dice. Que lo ha soñado, dice. Ya sabe como son las mujeres.

- Sólo sé como soy yo-, contestó.

Otra vez se quedaron callados.

Por la carretera pasó un coche. El chico deseó que llegase alguien, pero el coche no se paró. Se le oyó acelerar y  luego la cocina se quedó otra vez en silencio.

- Aquí en invierno debe uno estar muy aislado.

- En verano, cuando funcionaba la depuradora, venía mucha gente a vernos.

Y volvió a mover la pierna.

Hizo una pausa. Y luego preguntó:

- ¿Usted no arreglará depuradoras?

De pronto, el chico se la imaginó de joven, en bikini, agarrada a la escalerilla, con gafas de sol y un sombrero de paja.

- Lo siento. Ya he visto la piscina. Vaya lujo.

- ¿Le parece?

El teléfono sonó de nuevo.

El chico se concentró en la caldera y ella descolgó.

- ¿Sí? Ah...¿Qué quieres? No, no me molesta que me llames. ¿Rara? Será que todavía no había hablado con nadie. Sí, sí, estoy bien. Oye ¿está contigo? Delante, quiero decir delante. No, si está delante, nada. Porque no tengo ganas de que se entere de lo que digo. No, nada grave. Cosas. Bueno. No, mejor no me llames. Estoy muy bien, divinamente. Tranquila, sí, muy tranquila. Pero no me llames. Eres tú quien me pones nerviosa.

La mujer alzaba cada vez más la voz  y el chico empezó a desear que la conversación terminase.

Como si nada hubiese pasado, volvió a la mesa, encendió otro cigarrillo y dijo:

- ¿Qué? ¿Acaba usted?

- Debería.

- Lo digo por su mujer.

Al chico no le gustaba que sus clientes le metiesen prisa.

Volvió a imaginársela de joven, esta vez con minifalda.

De pronto, la mujer cerró los ojos, bajó la barbilla hasta el pecho y, de golpe, echó la cabeza hacía atrás, como si quisiera sacudirse algún pensamiento.

La cinta que le sujetaba el pelo en la nuca, se le aflojó.

Pero no volvió a atársela. Le miraba fijamente con el pelo sobre los hombros.

Luego, con los dedos abiertos, se levantó la melena. El sol rompió una nube para iluminarle  las orejas y el cuello. Tenía la piel transparente,  llena de venas rojizas.

- ¿No sabe usted quién soy?-, le preguntó de golpe.

Y como el chico no atinaba a contestar, se giró en el taburete y se puso de perfil.

- ¿Perdone?

- Sí. ¿Quién soy?-.Y le mostró el otro perfil.

El chico pensó en su mujer. En cómo le contaría lo que le estaba pasando.

- Usted no es tan joven. Debería conocerme.

La mujer insistía con la boca entreabierta, esperando una luz en sus ojos, algo.

El sol volvió a desaparecer y ella se puso de pie.

- No me extraña, así sin maquillar, no parezco yo.

El silencio de la cocina le pitaba  al chico en los oídos. Apretó con fuerza el botón del encendido, una, dos, tres veces. Y por fín, apareció la llamita.

- Ya está.

-¿Ya se acuerda? Normal que no me reconociera. Me retiré en el 92. Estaba harta de todo.

Y volvió a soltar esa risa aguda, que subió en picos hasta el techo.

Al chico dos sensaciones se le cruzaron en la cabeza. Iban tan juntas que tuvo que rastrearlas detenidamente para poder separarlas: el contacto del culo de su chica contra los muslos, y por encima de su coronilla, la cantante de los Wonderland, recibiendo los aplausos, al final del concierto.

-¿No me diga que es usted...?

El recuerdo se le había perfilado: fue en el concierto donde conoció a la chica con la que ahora iba a tener un hijo. Una noche de agosto.

- Claro, claro que me acuerdo. Viéndola cantar me enamoré de la que es mi mujer. Usted era increíble, claro que me acuerdo, llevaba un  vestido de plata y diamantes en el pelo...

El chico estaba lanzado. Se acercó hasta ella con el aviso de avería en la mano.

- Si es tan amable de firmarme un autógrafo. Para ella, ya le he dicho que hoy sale de cuentas ¿no?

La mujer se había detenido en la puerta. Empezó a parpadear, y se recogía

el pelo muy deprisa, a golpes.

- Perdone, pero ya no firmo autógrafos.

El sonido de su voz había bajado varios tonos. Ahora tenía la boca apretada y, de nuevo, le pareció muy vieja.

Después de un silencio, añadió:

- Si no le importa...-.Y oyó sus zapatillas arrastrándose por el parquet y después un portazo.

El chico se quedó solo recogiendo las herramientas. Cruzó de nuevo el salón y, a punto de irse, se giró para llamarla:

- Perdone ya me voy. ¿Me abona usted la cuenta o ...?

Esperó unos segundos, le pareció oírla otra vez discutiendo por teléfono,  y salió.

Había empezado a nevar.

En la piscina, el pájaro seguía flotando boca arriba.

 

* Arriba, Marta Fernández Muro. Y las otras dos fotos son de Constantine Gedal, pintor, dibujante y fotógrafo.

 

LA 'BOTÁNICA' DE JOSÉ A. CONDE

José Antonio Conde acaba de publicar un nuevo poemario: ‘Botánica del sueño’, en el sello Libros del Innombrable, que dirige Raúl Herrero. Consta de 74 páginas. Así define la el prologuista Francisco Álvarez Delgado este volumen: “Botánica, pero botánica del sueño. Botánica es la ciencia que trata de los vegetales, en este caso medio centenar. Dice el poeta en la nota final que muchos de sus textos han surgido de la observación y el estudio realizado en El Jardín Botánico Atlántico de la ciudad de Gijón. ¿Y el sueño? El sueño, lo soñado, no podría reducirse a una cifra tan exigua. El poeta en su deambular por los senderos de ese jardín se reencontró con lo que llevaba soñando toda su existencia; en suma, dialéctica de la realidad de las sombras perceptibles por los cinco sentidos corporales y la realidad Real y, por lo tanto, poética, de lo soñado”. José Antonio y Raúl me envían una selección de poemas en prosa.

 Abrojos / Tribulus terrestris

 

 

Una limosna para la cruz de malta, para un templo de arena que dispone la muerte del caucho. Ella guarda en la capilla el esfuerzo fluvial, la revuelta del cálculo y una súplica en el riñón.

Revienta sus ojivas en el cuerpo, desea el charco, la glorieta del tuétano hasta inundar la hebilla.

 

Cada sacudida es una epifanía, un vaciado de minerales en el morcal.

 

 

Aciano / C. Cyanus

 

 

Protegido tan solo por el sauce, caída tras caída, bajo el placer no hay sustento y el pene sin sortija no es rentable. Después del ruido, ella reclama un acuerdo, una espina con cenefas que sirva en la penuria, que tenga holgura en el redondeo. La servidumbre rastrea, se hincha de apellidos; la enagua está servida.

En la oscuridad del topo, dolor en las coronarias, bisutería senil y mucha ficción.

 

Contra las oftalmías, la flor del aciano entre dos vendas.

 

 

Altea / Hibiscus syriacus

 

 

Del bronce al púrpura, de la turba al muro de invitados para que el orgullo sea doble. Presume de fibra, de seda corporal y parece tímida en el recodo. Pero a media luz caen sus pertenencias, todo rastro de pamelas, entonces desvía su género a las barcazas, a la misma somnolencia del abismo.

Allí, abandonada en la espuma, aún recuerda el otoño, ese peinado de nubes que se detuvo en el labio buscando todos sus aromas.

La belleza es perpendicular a la deriva.

 

 

Alstroemeria / Alstroemeria aurantiaca

 

 Bajo el cielo se obstina el guerrero en la humillación y el rito. Una mano para el canje, la otra para el adiós. Entonces, el buen augurio resiste media luna, pero su brillo es temporal.

Excluida de la tierra y de la honra, lo más valioso fallece lejos del guano, de la bruma encanecida de los Andes.

 

No despertéis el pánico en los criollos.

 

La sombra del lirio tiene un final inesperado.

 

 

Áster / Asteraceae

 

 

Tendida de amarillos a ras del firmamento, se endurecen tus botones. Invertido el equipaje, no acepto la noche para crecer como la inmensa mayoría de equívocos. Que nada importa en la suma, lo sé, que una palabra tuya es rapto de luz y llovizna sin florecer, también lo sé.

En cada caricia, el exceso es mucho, después la órbita germina en círculos para durar sobre el ramo.

 

Es costumbre colocar sus espigas entre los versos de Safo para conservar el deseo.

 

 

Balsamina / Salvia verbenaca

 

 

Basta con abrir y cerrar el latido para salvar el roce, el rumbo de otros cuerpos donde nadie puso las manos. La asfixia en el ámbar más limpio, la abundancia de perros en la morada de la salvia, hace sombra en el ramaje indeciso del pubis.

 

Próxima a la caída, al fracaso de los ineptos, es hora de ungir con mucílago la irritación de los célibes.

Quitando la piel de sus hojas, puede ponerse sobre el pecho de las niñas para calmar el ardor.

 

Bardana / Arctium lappa

 

Si no llega la luz,

el instinto alcanza.

Fernando Burbano

 

A su alcance la cabezuela, el triunfo del brillo en el subsuelo que decide como humillar al padre sin cerrar la mano. Sobrevive al invierno, a la suspensión de luz que todo lo anega.

Después, el aire justifica cualquier roce y el mamífero es alcanzado por el velcro, por el aliento vegetal para ser aforismo en el polen.

 

Lo natural en la caricia es el léxico de la simiente.

 

Begonia de la desdicha

 

 

Aumenta su tonalidad con el roce, ha perdido la decencia y saborea el murmullo de antiguos crecimientos. Repleta de huéspedes, a veces llega a ser hermosa. Pide la ascensión, la sutileza de la mano en la gravedad, cuando el abrazo no ofrece la menor resistencia. Esta planta es una especie de la familia de las begoniáceas, se reproduce por acodo, se alimenta del vuelo corto de la mariquita y de la abstinencia de las viudas. Muy apreciada por su abundante floración, conviene protegerla contra el oidio, un hongo que puede provocar la deformación y caída de sus hojas.

De manera preventiva, aplicar en toda la planta levadura femenina y azúcar disuelto en rocío.

 

Podemos encontrar algunos ejemplares de esta flor deambulando por las alcobas. 

 

Budleia

 

La corte del emperador Kangxi desoye el mármol de los estanques, no asume la débil fuga de los espejos y la potestad de la budleia inclina su labio en el estío. Todo un desvelo va creciendo y a la sombra de esta planta la esposa del emperador dibuja en sus manos el exceso de sus lilas, la gloria de sus celos, pero no advierte la naturaleza de los ciclos y así en el otoño, fatigada de hojas, se desprenden sus flores, se marchitan sus manos y vencido el grito, vuelan los ocelos.

Hoy en día, nunca faltan mariposas en su tumba.

 

Buglosa / Anchusa azurea

 

 

Cualquier erial coincide con el hambre, con la dureza del cubilar en la noche y justo donde la esquila no acepta alianzas, fuimos vendidos a la broza, al oprobio de la madrastra. Sin alcanzar la cuchara, sin la nevada en los calderos, fuimos en mitad del extravío, un temblor de gluten, un dolor reseco. Al abrigo del fauno, nadie cubre el sustento, no hay papada en el sur.

 

Replegar la luna, con media hogaza de tubérculos y un palmo de buglosa.  

 

Cambronera / Lycium europeaum

 

 

Una gran maraña en la orilla del aliento muestra el tributo recién curvado, la amplitud del ramoneo en el polvo y el sollozo de una madre desfallecida. En este centro de sangre, en este misterio inevitable, la advertencia para los fariseos que atraviesan el domingo con el murmullo vacío de plumas.

 

¿Quién tiene el honor de romper la metáfora en las sienes?

¿Quién puede mirar tanto sufrimiento?

 

 

Botánica del sueño. José Antonio Conde. Libros del innombrable. Colección Golpe de Dados. Zaragoza, 2011. 74 páginas. [Las fotos son del maestro Ansel Adams]

NUEVO LIBRO DE MARCHAMALO

NUEVO LIBRO DE MARCHAMALO

Jesús Marchamalo, como su nombre indica, siempre está en el camino. Con libros, con proyectos, con gestos de cariño hacia sus amigos. Es el escritor que no cesa. Ahora publica ‘Viaje a Vasconcelos’, en edición limitada para amigos que acaba de editar en Pamplona Germán Úcar y nos dedica a Elías Moro Cuéllar, el madrileño con parada y fondo, y juego de la taba, en Mérida y a mí. Dos fumadores de distinta manera: Elías, con cierta abundancia, y yo más bien fumador social. Y todos los días, en casa, fumador pasivo.

POEMAS DE JOSÉ MARÍA CUMBREÑO

José María Cumbreño es poeta y narrador, y cacereño nacido en 1972. Ha publicado diversos poemarios, libros de relatos, mantiene un activo y estupendo blog centrado en sus inquietudes, en su creación y en un amplio mundo de creadores: liliputcontrablefescu.blogspot.com. Hace poco publicaba con Javier Sánchez Menéndez una amplia antología de su obra en Isla de Siltolá, y poco después, Luces de Gálibo, de Girona, le publicaba ‘Genealogías’, donde hay de todo: poemas hondos, intensos, aforismos, creación de lenguaje, mucha ironía y una vocación incuestionable. Con toda cordialidad, José María Cumbreño, que es un activo divulgador de la lírica y de la literatura en general, me envía un puñado de poemas. Aquí están en una tarde ventosa de domingo.

 

 

El peso del aire

 

Esta mañana, en el parque, Irene me ha pedido que le compre un globo.

Un lazo alrededor de su muñeca evitaba que Bob Esponja saliese volando.

Ato el nudo con una fuerza contradictoria: suficiente como para que no se deshaga, pero no tanta como para que le duela.

Después abro mucho los ojos.

El frío. Su abrigo nuevo. Las botas con los pantalones de pana por dentro.

No se me puede olvidar esta forma de sonreírme.

Un nudo que no se deshaga.

Porque el aire pesa más que algunos gases.

Y la vida, menos que los recuerdos.

 

Identidad

 

 

                    Durante años, la ropa que me he puesto la he heredado de mi hermano mayor.

                    Mi nombre me lo pusieron por mi abuelo.

                    El primer coche que conduje era de segunda mano.

                    La primera mujer que me besó ya había besado a otros.

                    La casa en la que vivo es de alquiler.

                    Todo lo que escriba ya lo habrá escrito alguien mucho antes y mucho mejor.

                    El hermano de mi hija no es hijo mío.

                    Su padre hace como si no lo fuera y quien no es su padre se esfuerza por aprender a serlo.

                

Pensión compensatoria

 

        Mi padre y mi madre se separaron unos años antes que yo.

       Mi madre se quedó con la casa  y los  garajes.

       Mi padre debe pasarle todos los meses a mi madre una pensión compensatoria.

       Mi madre se sacó el carnet de conducir.

        Mi madre se compró un coche nuevo.

       En la puerta del frigorífico de mi madre hay un montón de imanes que se ha traído como recuerdo de sus viajes.

       Mi madre tiene el salón lleno de portarretratos con fotos suyas: en Atenas, en San Petersburgo, en Malta, en Varsovia …

        Mi madre ha estado en sitios cuyos nombres ni recuerda.

        La especialidad de mi madre son los cruceros por el Mediterráneo.

        Mi madre presume de todas las amigas que se ha echado.

        Mi madre ha conocido a un señor viudo que la trata como a una reina (dicho por ella).

        Mi madre ve a sus nietos una vez cada dos meses.

        Más o menos lo mismo que a mí.

        Mi madre escucha por las noches música clásica.

        Deutsche Grammophon.

        En la colección de discos de vinilo que hizo mi padre.

                       

 

El significado de las palabras

 

                  Una misma palabra puede significar una cosa y la contraria.

                  Igual que un mismo color unas veces representa la pureza y otras, la muerte.

                  De hecho, las palabras pueden significar cualquier cosa.

                  Cualquier cosa.

                  Excepto la verdad.

 

 

*Todas las fotos son de Brigitte Carnochan. Una fotógrafa alemana instalada en Estados Unidos. Combina el retrato, el desnudo y la atmósfera de interior con la presencia de las flores.

IRENE VALLEJO EN LA GUERRA CIVIL

IRENE VALLEJO EN LA GUERRA CIVIL

 

Zaragoza: aquel verano de 1936

 

Irene Vallejo Moreu publica su primera novela: ‘La luz sepultada’ (Paréntesis), la historia de los Valbuena y la joven Valentina, cuya adolescencia se ve asaltada bruscamente por el odio de la Guerra Civil

 

Irene Vallejo Moreu (Zaragoza, 1979) es asidua en estas páginas por sus artículos sobre los clásicos griegos y latinos, artículos que recogió en el volumen ‘El pasado que te espera’ (Anorak, 2010. Prólogo de Julio José Ordovás). Es experta en la obra de Marcial, a quien ha dedicado un extenso estudio, y parecía que donde se sentía cómoda era hablando de Ovidio, de Julio César, de Virgilio o de Cicerón. Sin embargo, hace algún tiempo emprendió la redacción de una novela sobre el verano del 36 en Zaragoza; el libro acaba de aparecer en Sevilla, en el sello Paréntesis, bajo el título de ‘La luz sepultada’.

La novela empieza en 1936 en una época de incertidumbre. En el ambiente se olisquea la catástrofe. En las familias se habla de la tensión, de la crispación reinante, de la España fracturada, de las ideologías enfrentadas, del fracaso de la II República. Más que convecinos y hermanos, los españoles parecen enemigos signados por un odio atroz. Todo el mundo parece tener cuentas que resolver con alguien. Y así descubrimos a los Valbuena, compuestos por el padre, Eduardo, un apacible funcionario de correos adscrito a la izquierda, la madre Aurora, que parece en otro mundo o inmersa en sus propios pensamientos, más abstraída, y Valentina, que tiene alrededor de dieciséis años y que intenta conocerse mejor a sí misma y el entorno que la rodea.

Valentina es una muchacha activa e inquieta, cómplice de su padre, buena lectora, que toca el piano sin demasiado afán. Sabemos que hace un par de años le mandó una postal a Manuel Azaña.  Poco a poco, día tras día, el país empieza a precipitarse hacia el abismo: las amenazas llegan de todas partes. De los militares, de África, de sectores de la sociedad civil, de los que han perdido las elecciones, de las medias verdades, de la desconfianza hacia la II República. Estalla el 18 de julio de 1936, y Zaragoza queda bajo el influjo de los insurgentes o de los nacionales. Ese mismo día, Valentina y su mejor amiga, Emilia, han ido a ver al cine: ‘Historia de dos ciudades’; cuando salen, como si salieran al país del odio y del desconcierto, la atmósfera será de pesadilla.

Y de eso habla esta novela: de la nueva atmósfera, del miedo, sobre todo del miedo, del futuro incierto. Empiezan las delaciones, las persecuciones, las detenciones y las ejecuciones, sin apenas procesos. La familia Valbuena, a pesar de los esfuerzos del abuelo y de los contactos que tienen con los golpistas, serán también víctimas de la nueva situación. En ese instante, la tragedia es unánime. El libro de Irene Vallejo, además de hablar del horror (también glosa el bombardeo sobre el Pilar, la aparición de nuevos periódicos y el nuevo estado de cosas), también habla de una joven que crece demasiado deprisa en medio del espanto. Su adolescencia ha sido asaltada bruscamente. Y esos cuatro o cinco meses le van a marcar su existencia.

Irene Vallejo sostiene que este mundo que narra, con un estilo poético casi siempre, tiene mucho que ver con el mundo de los clásicos latinos y griegos. El análisis del pasado es un buen pretexto para entender el presente y una lección para el futuro, y si queremos saber lo que somos y quienes somos hay que mirar atrás: hacia nuestros antepasados inmediatos.

En ‘La luz sepultada’ se cruzan varias historias familiares, cosas que ha leído, cosas que le han contado y una documentación bien manejada en una narración medida que explora la sinrazón, el pánico y la perplejidad. ¿Quién vendrá, por qué y por dónde? ¿Por qué detienen a su padre? ¿Por qué salen a la calle los perros negros del rencor? ¿Por qué golpean arbitrariamente a la puerta de su casa los hombres oscuros? La luz ha sido enterrada: la luz del conocimiento, la alegría de crecer, el territorio de la libertad que se construía, día a día con contradicciones y con las certezas de la democracia.

 

La luz sepultada. Irene Vallejo. Paréntesis. Alcalá de Guadaira, Sevilla, 2011. 264 páginas.

EUGENIA RICO SEGÚN AMELIA CASTILLA

EUGENIA RICO SEGÚN AMELIA CASTILLA

EUGENIA RICO

[Conozco a Eugenia Rico desde hace algunos años. Acababa de publicar una novela conmovedora: ‘La muerte blanca’ (Planeta), donde contaba la muerte de su hermano. Por entonces, vivía una historia de amor con un apuesto italiano. Eugenia, que es dulce y amorosa, siempre ha sido una mujer de grandes y apasionadas historias de amor. De ella siempre me conmueve su pasión por la literatura, su vocación, sus ganas de escribir historias intensas y de crear buenos personajes. Hasta hace algunos meses, tras la conmoción de su éxito alemán, vivía en Venecia. Hoy, esa estupenda periodista que es Amelia Castilla, que ha hecho de todo en ‘El País’ (desde reportajes inolvidables a muchas páginas de cultura) le traza este retrato. Lo traigo aquí por cariño hacia ella, por cariño hacia las dos, y porque hoy Eugenia Rico estaba un poco melancólica. En ‘Babelia’ de hoy había muchas cosas bonitas para mí, y una de ellas, especialmente bonita, era la calificación de Vicente Molina Foix como una traducción brillante de Daniel Gascón la del libro de relatos de Collier que ha publicado el sello Contraseña. Daniel traduce ahora un epistolario de más de quinientas páginas de Saul Bellow que saldrá en Alfabia. ]

 

EL SUEÑO ALEMÁN

Por Amelia CASTILLA. Babelia

 

¿Un rincón donde poder escribir medianamente fresco, en un ático durante el caluroso mes de julio en Madrid? Eugenia Rico (Oviedo, 1972) cambia de espacio varias veces a lo largo del día, huyendo del sol que cae a plomo sobre el barrio de Malasaña. Refugiada en un cuarto piso sin ascensor y con vistas al Pentagrama, el bar popularizado por Antonio Vega en su ya clásica canción La chica de ayer, la escritora dedica al menos seis horas diarias a la trama de su nueva novela. Su superstición le impide aventurar muchas ideas sobre el proyecto en el que trabaja. Confía en ponerle el punto final al manuscrito en unos meses y que el texto llegue a la imprenta antes de concluir este año. La acción transcurre en Venecia, en el curso de una cena con un personaje histórico fallecido. Será una mezcla de pasado y presente, como su anterior trabajo. "Venecia está fuera del mundo, escribir sobre ella es como opinar sobre el amor", dice la escritora, sentada en una chaise longue, bajo un cuadro, formado por un puzle construido con un lenguaje de signos inventado en el que se lee: "En el principio fue la palabra".

La autora de Aunque seamos malditas (Suma de Letras) presume de vivir de la literatura. Todavía no se ha repuesto del susto de su extraordinaria aventura alemana que le ha reportado unas ventas "de más de cien mil copias" en ese país y un conocimiento de los lectores del que antes carecía. "Un buen día recibí un correo electrónico del escritor y crítico Daniel Kehlmann que, fascinado con esta novela, la recomendó a una editorial alemana", cuenta. "A partir de ahí todo ha sido como un sueño; primero el paso por la Feria de Fráncfort, un evento profesional, pero quizás el más importante del panorama literario, y después la participación en otros festivales europeos donde he contactado con escritores de toda Europa". A la vuelta del verano, preparará las maletas para viajar a Estados Unidos, becada por una universidad norteamericana para trabajar durante tres meses.

No le asustan ni los nuevos formatos del libro ni las descargas en la Red. Su idea es que "la verdadera literatura seguirá llegando a los lectores". Si mira hacia atrás sonríe al recordar las cartas de rechazo de algunos editores, un auténtico género literario, en su opinión: "La historia de la literatura está hecha de grandes errores, espero que este sea uno de ellos", le contestó uno de ellos.

*La foto es de Álvaro García.

 

PARA JOSÉ-CARLOS MAINER...

Elogio de la sabiduría y del magisterio

de Mainer, un historiador de la cultura

 

-‘Para Mainer de sus amigos y compañeros de viaje’ (La Veleta) es un homenaje al ensayista, editor y Catedrático de Literatura Española

 

-Autores como Caballero Bonald, Francisco Ayala, Javier Cercas, Borau o Martínez de Pisón, entre otros, ensalzan la trayectoria de este “racionalista ilustrado”

 

José Carlos Mainer Baqué (Zaragoza, 1944), ensayista, Premio de las Letras Aragonesas 2002 y Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Zaragoza, protagoniza ‘Para Mainer de sus amigos y compañeros de viaje’ (La Veleta. Granada, 2011), un volumen de cuarenta y nueve autores que nace de “una idea de Andrés Trapiello a la que se sumó Jordi Gracia y de la que yo no quise saber nada de la gestación y desarrollo”.

José-Carlos Mainer, que se confiesa muy pudoroso y reconoce que su tendencia natural “es el racionalismo ilustrado”, es el destinatario de numerosos elogios: el poeta Luis García Montero lo define como “un bien público, un patrimonio social, en el panorama de la cultura española contemporánea” y le agradece que haya tenido “los ojos abiertos a la poesía”; el historiador Santos Juliá lo compara con George Steiner y dice que “siempre se disfruta cuando uno se trae entre manos algún trabajo suyo, en el que nada sobra, en el que nada falta”.

Guillermo Fatás, uno de sus mejores amigos y ex director de HERALDO, lo define como “un exportador de Hispanismo”; el narrador, crítico y ex editor José María Guelbenzu lo califica como un sociólogo con gusto literario y un moralista; y el experto en cine Román Gubern, algo mayor que Mainer, se confiesa discípulo suyo “a la hora de exponer el imaginario literario español”.

Los méritos abundan en esta colección de trabajos que ahondan en la riqueza de matices de un ensayista complejo que ha escrito más de una veintena de libros. Javier Cercas se declara “mainerista” y lo retrata así: “Además de un historiador literario –su vocación o su disciplina más evidente-, Mainer es un historiador de la cultura. Y un crítico literario de verdad, no un reseñista”; Cercas añade otro matiz, en el que coinciden otros: “Como un auténtico escritor, Mainer se pelea por la palabra justa e indaga en el giro inesperado y revelador, el matiz que entrega un significado nuevo, como si supiera que en literatura –y la crítica literaria es una forma de literatura- la verdad es únicamente una cuestión de estilo”.

Elogios al margen, el volumen repasa las distintas etapas del autor, desde sus años en Zaragoza, glosados por Jordi Amat, que alude a “las destartaladas aulas de (…) los Escolapios…”, y Alberto Blecua, que lo evoca en las inmediaciones de la plaza de Salamero. Otros  recuerdan sus años en Barcelona, como su profesor Martín de Riquer –“era por aquel entonces un joven más bien delgado y la tez bastante blanca. Era listo y de los que no dudaban de intervenir en clase. Tenía un tono de voz grave y un verbo reposado y ajustado”, dice-, como Fernando Valls, que efectúa todo un paseo por los libros y los autores y la sensibilidad que les animaba en los años 70 y 80, o como Arcadi Espada, etc. Se incluyen auténticos relatos como el viaje en tren que narra el propio Trapiello, hablando de poesía, textos sobre la amistad y la complicidad, como el que Francisco Ayala escribió por boca y pluma de su mujer Carolyn Richmond, y por haber hasta hay peticiones explícitas como la de Elías Díaz, en un texto que él mismo define como provocador y polemista, que propone a la Real Academia Española que reciba en su seno a José-Carlos Mainer, “el sabio catedrático, magnífico docente, escritor y riguroso investigador”.

Hay notable presencia aragonesa: además de Blecua y Fatás, figuran José Luis Borau, deslumbrado por la erudición de su paisano una noche en la Residencia de Estudiantes; José Luis Melero, que lamenta que “prácticamente ninguno de los escritores zaragozanos en torno a los cincuenta años (….) o los un poco más jóvenes (…) han gozado del privilegio que para todos hubiera significado el trato habitual y permanente con Mainer” y a la vez le confiesa su admiración; Martínez de Pisón, que dice que “lo suyo era auténtica generosidad intelectual, la generosidad de un hombre sabio que quiere hacer más sabios a los demás”; Juan Marqués, que reconoce su magisterio y firma, con Julio José Ordovás, una entrevista totalizadora. Y el poeta Rosendo Tello le dedica su poema ‘Serena plenitud’, un texto que se suma a otras poesías de Eloy Sánchez Rosillo, Caballero Bonald, Jon Juaristi, Luis Muñoz y Francisco Rico.

El propio, autor de ‘La Edad de Plata’ o ‘La escritura desatada’, se autorretrata para HERALDO: “Soy un historiador de la literatura que ha trabajado bastante y se lo ha pasado bien haciéndolo, que jamás ha escrito un artículo o un libro del que no haya tenido la íntima convicción de su necesidad, que he procurado manufacturar esos trabajos con cierto decoro estilístico y que como docente puedo ser pedante y exigente (además de ‘distante’) pero nunca campanudo ni demagogo”.

 

 

EL ECO DE ‘LA EDAD DE PLATA’

 

Una de las anécdotas más graciosas del libro ‘Para Mainer…’ la narra Juan José Millás. Le pidió al ensayista y a la modelo y actriz Martina Klein que presentasen su novela ‘Laura y Julio’. Recuerda Millás que el acto fue u éxito, pero “Mainer no habló bien de mi novela ni tampoco mal. Esa noche, en la cama, recordando sus palabras, tuve una intuición de lo que era la verdadera inteligencia, el talento auténtico, la sinceridad perspicaz, y me dormí pensando que lo admiraba, o sea, que me parecía un maestro en el sentido antiguo y más noble del término”. El libro más citado de José-Carlos  Mainer -editor de Gómez de la Serna o de Pío Baroja (de quien ultima una biografía), entre otros- es ‘La Edad de Plata’, considerado un clásico por Juan Manuel Bonet, y “el relato más coherente, incitador y perspicaz de la cultura española anterior a la guerra”, según Javier Cercas.

 

LA FICHA

Para Mainer de sus amigos y compañeros de viaje. Idea y Coordinación: Andrés Trapiello y Jordi Gracia. Varios Autores, 49: Francisco Ayala y Carolyn Richmond, Martín de Riquer, Emilio Lledó, José Luis Borau, Martínez Sarrión, Rosendo Tello, Francisco Rico, Santos Juliá, Manuel Gutiérrez Aragón, Guillermo Fatás, I. Martínez de Pisón, José Luis Melero, Andrés Trapiello, Arcadi Espada, Javier Cercas, Guillermo Carnero... Granada, 2011. 288 páginas.

 

 

FERNANDO ARAMBURU: UN CUENTO

CHAVALES CON GORRA

 

Por Fernando ARAMBURU.*

De ‘El vigilante del fiordo’ (Tusquets. Colección Andanzas)

 

La luz de la mañana entra a raudales en la habitación donde él acaba de descorrer la cortina. Inmóvil en la cama, la mujer no lo advierte porque duerme como de costumbre con antifaz. Llegaron anoche, tarde. El lugar (dieciocho mil habitantes según el prospecto que reposa sobre la mesilla) no tiene el renombre turístico de otras ciudades repartidas a lo largo del mismo litoral. Por eso lo eligieron sobre un mapa cuando tomaron la decisión de marcharse a toda prisa de Málaga.

-Josemari, si aquí no podemos escondernos -dijo la mujer cuando subían en el ascensor-, entonces ya me dirás dónde como no sea en un país extranjero.

Desde la ventana se abarca un paisaje de fachadas blancas y azoteas y antenas de televisión y alguna que otra silueta de palmera. Las casas ocultan la playa al fondo, no así una delgada franja de mar. Enfrente, al otro lado de la calle, hay un tanatorio. Se ven dos coches fúnebres aparcados junto a una hilera de adelfas.

Una hora antes ha bajado él solo a desayunar. Mientras comunicaba el número de su habitación a la chica con traje de chaqueta encargada de tomar nota de los que van llegando, ha oído voces y risas juveniles procedentes del comedor. Con mal disimulada inquietud ha dicho entonces que debía efectuar una llamada urgente y que enseguida volvería, pero no ha vuelto.

Lleva largo rato esperando que a su mujer se le pase el efecto del somnífero. En el mueble-bar había dos chocolatinas y una bolsa de almendras saladas. Eso ha desayunado, acompañándolo con unos tragos de agua mineral. El mueble-bar no refresca lo suficiente. Y luego ha bebido un botellín de coñac a pequeños sorbos, ya que no tiene hábito de tomar alcohol por las mañanas.

Vacío el botellín, ha escrito en el pequeño Moleskine que le trajo su hijo una vez de Londres: “El padre, que en paz descanse, se revolverá en la tumba si se entera de que planeo deshacerme del taller de maquinaria. Se acaba una tradición, pero yo entiendo que con sesenta y tres años aún es pronto para que me manden a criar malvas. Que también se sepa esto en caso de que esos me encuentren”.

El día que dejaron Alicante para probar fortuna en Málaga, ella sugirió la idea de establecerse durante una temporada en Londres.

-Hasta que nos olviden.

-¿Esos, olvidar? Ya lo dudo. Además, no creo que a nuestra nuera le hiciese mucha gracia cargar otra vez con nosotros.

-De carga, nada, Josemari. Ventajas económicas no les han faltado. Tampoco tenemos que meternos en su casa si con su ayuda encontramos un piso de alquiler.

-Bien. Sin embargo, vamos a mirar primero en Málaga. Es una ciudad grande. A lo mejor hay suerte.

El tanatorio linda con una plazuela cuyo suelo, desde la ventana del quinto piso, parece arenoso. En la plazuela hay un anciano de tez morena sentado en un banco. Sobre él vierte su sombra una palmera de la que cuelgan racimos de dátiles. Cerca del viejo, tres niñas de pocos años juegan a la comba. En otro banco conversan dos mujeres jóvenes, cada una con su cochecito de bebé.

Anota en el Moleskine: “Tranquilidad, por el momento”.

Minutos más tarde, la mujer se despierta. Al despojarse del antifaz, se percata de la presencia del marido junto a la ventana y le pregunta sonriente:

-¿Qué, algún chaval con gorra?

-Tiene buena pinta este sitio. Hay mucha luz. Hay mar y palmeras. Estaba pensando si abrir un hotelito de lujo como dijiste el otro día. Así andaríamos entretenidos. No más de veinte camas. Y mandar todo lo demás a la mierda. Lo podríamos poner a tu nombre por si las moscas. Y luego que lo atienda media docena de empleados, ninguno de fuera de Andalucía, y nosotros nos mantenemos un poco en la sombra, ¿eh?

La mujer se desviste antes de entrar en el cuarto de baño. Una cicatriz ocupa el lugar donde antes hubo un pecho. Lo peor del tratamiento ya pasó. El doctor Arbulu le aseguró durante la última visita que en principio, salvo que se produjera alguna improbable complicación, está curada. El marido sospecha que por el camino de la clínica debieron de echarle el ojo y luego ya fue pan comido seguirla hasta Alicante.

Sale humo blanco por la chimenea del tanatorio aunque es domingo.

Escribe: “Habrá que hacer caso a Maite. Si aquí tampoco hay suelo para echar raíces nos iremos al extranjero”.

Por la acera que bordea el tanatorio camina un chaval de rasgos gitanos, melena hasta los hombros, manos hundidas en los bolsillos del pantalón. En ningún momento vuelve la mirada hacia el hotel. Sus pasos son largos y rápidos. Buena señal. Otro tanto se puede afirmar de las botas de cuero. Hay que ser de la zona para calzarse de semejante manera. Con el calor que hace. El chaval saluda al viejo de la plazuela sin detenerse. El viejo le corresponde con una leve sacudida del bastón.

Suena el agua de la ducha y él escribe: “Al padre le dolería. Hay que aguantar, hijo. Hay que aguantar como yo aguanté durante la guerra y los años de penuria. Es lo que siempre decía. Pero los suyos fueron otros tiempos. Yo no puedo sostener la empresa a mil kilómetros de distancia. Si no estás encima te la hunden. Los camiones, bueno, esos los vendo, y si me vuelve a dar por el transporte me compro otros y reabro la empresa en Sevilla. Con nombre nuevo, faltaría más. Pues igual es por el padre que aún no me he largado al extranjero. Que se sepa”.

Una hora después bajan a la calle. Ella usa un sujetador especial, provisto de un relleno de gomaespuma que le permite disimular la falta de un pecho. Los dos ocultan la cara tras sendas gafas de sol.

-En cuanto veamos una iglesia –dice ella- nos paramos a mirar si hay un tablón con el horario de misas.

Nada más salir a la calle, él señala con un golpe de barbilla hacia el tanatorio.

-Incineran en domingo.

-¿Y tú cómo lo sabes?

-Joé, ¿no ves el humo?

-Bueno, Josemari, cambia de tema. ¿Izquierda o derecha? ¿Para dónde tiramos?

-El mar tiene que estar por ahí.

Cruzan la calzada cogidos del brazo. Esta costumbre les viene de cuando eran novios, hace ya muchos años. Últimamente, desde la tarde en que tuvieron que abandonar la casa, ya no la practican tanto. Quizá los ha impulsado a recobrarla la necesidad de sentirse unidos en un sitio nuevo, poblado de caras desconocidas.

Maite, al principio, estaba convencida de que a su marido el miedo lo llevaba a imaginarse un fantasma en cada esquina. Iban paseando por las calles de Alicante o de Málaga, y podía suceder que él dijera de repente:

-Vuélvete con disimulo. Verás dos chavales parados junto al semáforo. ¿Los ves?

-Veo mucha gente, Josemari.

-Los de las gorras. No sé a ti, pero a mí me dan mala espina.

Maite no hacía mucho caso de los temores de su marido hasta el día aquel, en el piso alquilado, cuando sonó el teléfono a las tres y media de la madrugada y una voz confusa y medio susurrante dijo unas cosas raras sobre un perro y unos cartuchos y algo de ir a cazar. Maite había llegado en tren por la tarde a Alicante. Venía contenta por todo lo que le había dicho el doctor Arbulu, pero la debieron de seguir. ¿Quién sino alguno de ellos podía llamar a esas horas con la excusa de preguntar por un perro?

Él no abrigaba la menor duda.

-Nos han encontrado.

-Vamos, Josemari. ¿Cómo saben que vivimos aquí?

-¿Que cómo lo saben? Ni idea. Pero para mí está claro que esa manera de pronunciar las eses no es propia de alicantinos. El tío que ha llamado era de ellos. Mañana a primera hora anunciaré que no firmo el contrato. Ya se me ocurrirá alguna explicación. Nos vamos de la ciudad cuanto antes.

Atraviesan un barrio de calles estrechas, con casas bajas de paredes blancas, ventanas enrejadas y balcones adornados con geranios. Aquí y allá, corros de vecinos conversan sentados en sillas, junto a las puertas, y cuando ellos se acercan bajan la voz. También los niños interrumpen sus juegos para fijar la mirada en la extraña pareja. Josemari, al doblar una esquina, le susurra a Maite que toda esa gente de tez morena debe de tomarlos por extraterrestres. Al pasar inclinan la cabeza apocados, pues les da corte sentirse objeto de tanta curiosidad. Así y todo, algo han de hacer porque tampoco quieren levantar suspicacias. Algunas personas les responden con fórmulas de saludo a las que ellos no están acostumbrados:

-Vayan ustedes con Dios –y frases por el estilo.

Trancurrido un cuarto de hora, llegan al paseo marítimo por un callejón en cuesta donde trasciende un fuerte olor a calamares fritos. Por la ventana abierta de un piso alto sale la voz cantarina de una mujer. Hay un gato mugriento mordisqueando una cabeza de pescado sobre un alféizar.

A la vista del mar, a Josemari le toma una acometida de desánimo, como en Alicante, como en Málaga.

-No es lo mismo.

-Agua y olas, Josemari.

-El Mediterráneo, con todos mis respetos, no es lo que yo entiendo por mar. Un mar, lo que se dice un mar auténtico, es el nuestro con sus temporales y sus mareas vivas y sus acantilados. No se puede comparar.

-Y entonces esto ¿qué es?

-No sé, otra cosa. Un lago grande.

Y mientras Maite se dirige a los servicios de la cafetería en cuya terraza se han sentado a tomar el aperitivo, él escribe en el Moleskine: “Puedo acostumbrarme a todo, pero siempre echaré en falta el mar de mi tierra. El mar, el mío junto al que me crié, es fundamental en mi vida. Ahora me doy cuenta”.

Mastica otra aceituna rellena y añade: “Que conste que no tengo opiniones de pez”.

Luego se dedica a observar con detenimiento a los transeúntes que deambulan por delante de la terraza, sintiendo un pinchazo de aprensión cada vez que algún joven entra en su campo visual. Cree que en Málaga, el otro día, lo siguieron un chaval y una chavala, tocados los dos con gorras de visera. También pudo ser casualidad, ya que cuando cambió de calle y se refugió en una farmacia aquellos dos pasaron de largo como si nada. Después los siguió de lejos. Y en principio no encontró nada raro en ellos. Al día siguiente, yendo con Maite de paseo por el puerto, al darse la vuelta tras comprar el periódico en un quiosco los reconoció. O él se figura que los reconoció.

-Josemari, ¿estás seguro de que son los mismos?

-De las caras no me acuerdo exactamente, pero sí de las gorras y de que eran chico y chica como esos de ahí. A lo mejor se relevan, porque estos tipos, si algo saben hacer, aparte de joderle a uno la vida, es organizarse.

La camarera que les ha servido los aperitivos les explica ahora, con un cerrado acento andaluz, la forma más sencilla de llegar a una iglesia situada a unas cuantas calles de allí. Al enterarse del propósito de Maite, la chica tiene la amabilidad de llamar por teléfono móvil a su madre.

-No, pero si no es ninguna molestia.

Así pues, a la una se oficia una misa en la iglesia referida. Ahora son las doce y media pasadas. Maite y Josemari expresan su agradecimiento por medio de una propina generosa. Luego, cogidos nuevamente del brazo, se encaminan sin prisa hacia el lugar indicado. Por encima de una línea de azoteas avistan cinco minutos después la torre donde ya suena la campana.

Josemari se queda sentado en un banco de la calle, debajo de un limonero que le sirve de sombrilla. Maite trata de persuadirlo a que la acompañe diciéndole que en el interior de la iglesia habrá aire fresco.

-Aquí te vas a achicharrar.

-Aquí estoy bien.

La misa dura cerca de tres cuartos de hora. Poco más de dos docenas de fieles se reparten por las filas de bancos. Maite ha tomado asiento en el de la última fila y de vez en cuando echa una mirada a la puerta con la esperanza de ver entrar a Josemari. El cura es un anciano de voz cascada que habla en un tono monótono y ceceante. Las malas condiciones acústicas del templo apenas permiten que se le entienda. Pero, en fin, Maite ha cumplido con el rito, que es lo que a ella le importaba.

Al salir a la calle, se lleva un susto de muerte al encontrar vacío el banco donde Josemari había prometido esperarla. Mira a una parte, mira a la otra y no ve a nadie a quien preguntar por un hombre de camisa blanca y poco pelo en la cabeza que estaba aquí sentado hace un rato. En el centro del pecho se le forma un nudo doloroso que le dificulta la respiración y le recuerda las pasadas penalidades de su enfermedad. Los fieles que han asistido a la misa se alejan en distintas direcciones. Pronto se queda la calle desierta. En esto, Maite descubre el Moleskine de Josemari tirado en el suelo. Un mal augurio la colma de angustia cuando lee lo último que su marido ha escrito: “Las mismas gorras que en Málaga”. A Maite le falta poco para ponerse a gritar. Se dirige a la puerta más cercana con el propósito de que la ayuden a llamar a la policía. Entonces ve aparecer a Josemari por una esquina de la calle. Corre hacia él y, aún alarmada, le pregunta:

-¿Se puede saber dónde te has metido?

 

[Hace poco, durante una firma de libros en la Feria del Libro de Zaragoza, conocí y coincidí con Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), que se licenció en Filología Hispánica en la Universidad de Zaragoza. Antes habíamos hablado por teléfono y nos habíamos intercambiado algunos correos y algunas cartas. Fernando acababa de presentar su último libro: ‘El vigilante del fiordo’ (Tusquets), cuyo primer cuento es este ‘Chavales con gorra’, que me envía. Fernando es un escritor estupendo y simpático que lleva muchos años, más de 25 tal vez, viviendo y trabajando en Alemania. En 2009 abandonó sus clases para centrarse única y exclusivamente en la escritura. Las dos fotos son de Lewis Hine.]