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Antón Castro

Escritores

EL LLETRAFERIT A. DIEGO GARY

EL LLETRAFERIT A. DIEGO GARY

Hoy, en ‘Cultura/s’ (que dirige Sergio Vila-Sanjuan, un estupendo amigo) de La Vanguardia, Joan de Sagarra publica un artículo sobre Alexandre Diego Gary, hijo de Romain Gary y de Jean Seberg, que nació en 1963 (en otro lugar se dice que nació el 17 de julio de 1962) y que tuvo una asisenta española, Eugenia Muñoz Lacasta, que fue quien cuidó de él en París. Sus padres se divorciaron en 1970. Actualmente, Alexandre Diego – al que le dedicó no hace mucho un artículo Oscar Caballero desde París- regenta el café librería Lletraferit de Barcelona. Y acaba de publicar una novela ‘S. ou l’esperance’ (Gallimard), que de alguna manera recrea las dolorosas peripecias de su vida. Su padre se suicidó en 1980 cuando él tenía 17 años. Antes, según narra Joan de Sagarra, había emancipado al joven y se había preocupado de que concluyese el Bachillerato. Al parecer, Romain Gary temía que su hijo heredase su complicado carácter. Lo que sí ha heredado, seguro, es su vocación de novelista.

El escritor y editor Jordi Nadal, al que conocí en Zaragoza durante una estupenda tertulia, publicó en el sello Plataforma la novela de Emile Ajar, ‘La vida ante sí’, que ahora se representa en el Teatro Goya del Centro Aragonés de Barcelona bajo el título de ‘La vida por delante’ con Concha Velasco en el papel de Madame Roma. Esta mañana, Ignacio Martínez de Pisón me mandó un mensaje donde me anunciaba la publicación del artículo de Sagarra.

*Encuentro esta foto con la madre de Jean Seberg, ella y su hijo Alexandre Diego Gary.

ROMAIN GARY Y PISÓN / Y 2

ROMAIN GARY Y PISÓN / Y 2

En las apostillas a Romain Gary no he dicho que uno de los escritores españoles que mejor lo conoce y que más lo ha leído es Ignacio Martínez de Pisón. El autor de ‘Aeropuerto de Funchal’, que trabaja en una nueva novela, ha leído y reseñado varios de sus novelas. Además, uno de los temas de los que hablamos a propósito del entorno Gary-Seberg fue del hijo de Gary, nacido de una relación anterior. Tanto Pisón, como Cristina Fernández Cubas, Enrique Vila-Matas o la editora Silvia Sesé, que ha ultimado proyectos editoriales con Carlos Castán para Destino, saben que Romain Gary tiene un hijo que regenta un bar en Barcelona. No saben cuál, pero sospechan que ahí, en su silencio y en su ocultamiento, también habría una interesante novela.

 

*En la foto, Romain Gary y Jean Seberg. Son muchos los que coinciden que el hombre que más quiso a Seberg fue Gary. Apenas pudo sobrevivirla unos meses.

VILA-MATAS POR PATRICIO JULVE

VILA-MATAS POR PATRICIO JULVE

Patricio Julve, el fotógrafo casi invisible que reaparece en ‘Fotografías veladas’ (Xordica, 2008), estuvo hace unos días en Barcelona y realizó algunas fotos de escritores. Hace un instante, por correo electrónico, me ha mandado este retrato de Enrique Vila-Matas.

LA VIDA SALVAJE DE JEAN SEBERG

LA VIDA SALVAJE DE JEAN SEBERG

Hace casi medio siglo, el mundo descubrió a una americana menuda y frágil, con el pelo cortado a lo garçonne, con los ojos entre azules y grises, que paseaba por los alrededores de París con Jean Paul Belmondo en Al final de la escapada (1959), de Jean--Luc Godard. Se llamaba Jean Seberg. Había sido descubierta unos años antes por Otto Preminger entre miles de aspirantes para encarnar a Santa Juana, la Juana de Arco soñada por George Bernard Shaw. Hasta entonces poco se sabía de ella: había nacido en Iowa en 1938, descendía de emigrantes suecos y era la chica mona a la que adoraban los integrantes del equipo de fútbol de su ciudad. Pronto se convirtió en una especie de mito: encarnaba a la mujer moderna como antes lo había hecho Katharine Hepburn y como en los 70--80 lo haría la fugaz Dominique Sanda de Noveccento y Más allá del bien y del mal.

         Rica y famosa, se casó con el novelista y diplomático de origen lituano Romain Gary (1914--1980), con quien mantuvo durante diez años una relación de amor y desamor. Era la vieja estampa del intelectual, sabio y maduro, y la joven diosa, la cazadora solitaria en que habría de convertirse pronto. Jean Seberg fue una mujer tempestuosa: vivía en el abismo de la pasión, en el límite de una enajenación inicialmente controlada, y poesía una lunática y poderosa personalidad.


         Tuvo muchos amantes. El novelista mexicano Carlos Fuentes, casado a finales de los 60 con la actriz de Nazarín de Buñuel, Rita Macedo, sucumbió a sus encantos, y se quedó hechizado por ella. Le ha dedicado una novela, Diana o la cazadora solitaria (Alfaguara, 1994), donde le cambia el nombre por Diana Soren. La relación, que llegó a ser intensamente emocional y erótica (a veces el lector se sorprenderá con la sinceridad del autor al hablar de "la infinita capacidad sexual de Diana" y de sí mismo), contabilizó más de mes de convivencia a lo largo de casi un año. En la novela, sorprende el lado oscuro de Seberg, su rabiosa independencia y su compromiso con las causas perdidas de los Panteras Negras, del hippismo o de los derechos humanos. Era desconcertante y asumía sus traiciones: durante el rodaje de La leyenda de la ciudad sin nombre se enamoró de Clint Eastwood y vivió un romance con él; al volver al apartamento que compartía con Fuentes, colocó un retrato de Eastwood de vaquero en La muerte tenía un precio.          

 

Carlos Fuentes viene a decir que era una mujer desquiciada, con un enigmático lado oscuro, que perturbaba a cualquiera y podía llegar a ser muy cruel. Era la mujer fatal, quizá sin saberlo, aunque iba de aquí para allá seduciendo muchachos, buscándolos en las tabernas de Estados Unidos o París, y consumiendo alcohol y droga. Hubo un momento en que fue perseguida por el FBI, habida cuenta de que era una estrella contestataria de Hollywood. Hacia 1970, poco después de cambiar a Carlos Fuentes por otro amante y reprocharle, según dice en su novela, que "era menos culto que Iván Gravet (Romain Gary)", se quedó embarazada. Alguien hizo llegar a la prensa el rumor interesado de que esa criatura era de un integrante de Las Panteras Negras. La desgracia se cebó en ella, el niño murió a los tres días, pero antes Jean Seberg tomó al cadáver más de doscientas fotos. Estaba al borde de la destrucción.

         Quizá por entonces, o a mediados de los 70, la conoció y la amó el realizador Ricardo Franco. Fue para él una experiencia increíble: Jean Seberg, que nunca fue una gran actriz, seguía siendo una criatura irresistible, una leyenda de carácter insondable y aniquilador. Subyugante, sin duda, tierna, díscola, rebelde. Era un doloroso misterio y quizá un naufragio continuo como ser humano. Ni Ricardo Franco ni Carlos Fuentes pudieron olvidarse de ella, ni siquiera Gary que se suicidó en París en 1980, un año después de la muerte en extrañas circunstancias de Seberg: hacía tiempo que estaba al borde de la locura. Lo mismo salía toda desnuda del baño de un aeropuerto que había decidido alimentarse tan sólo de comida para perros. O que intensificó su atracción por la defensa de los negros a través de su amistad con el escritor homosexual James Baldwin. Apareció muerta en un Renault, envuelta en un poncho (Fuentes dice que era exactamente igual que él que le había regalado tiempo atrás), con el cuerpo abrasado por quemaduras de cigarrillo, una botella de agua y una nota de suicidio.  

      

Fuentes no se olvidó jamás de ella. Y Ricardo Franco, muerto mientras le rendía su último homenaje, tampoco. En Lágrimas negras --la valiente e intensa película que terminó el finado Fernando Bauluz y un equipo entusiasta de colaboradores--, Ariadna Gil encarna en cierto modo el fantasma de Jean Seberg: aquel infierno y paraíso de pasión y de locura concentrado en un ser humano, signado por la enajenación, la mentira compulsiva, la autoaniquilación, la incertidumbre de vivir y la imposible felicidad. Y lo hace con una interpretación antológica y medida que reproduce a la perfección el frunce violento, la mueca torva, la ternura íntima y el amor oceánico de una loca que se sabe condenada al fuego en un coche frente al mar, aunque un hombre normal y romántico como Fele Martínez --fotógrafo y realizador de vídeos en el filme-- crea que pueda redimirla con amor de tanto sufrimiento en una historia en que ambos, Fele y Ariadna (¿o tal vez Ricardo Franco y Jean Seberg?), nos dejan perplejos y temblando. Y con ellos tiemblan también Elena Anaya y Ana Risueño en una actuación estupenda. Tiemblan y pierden porque Lágrimas negras es un testamento sobre la inútil pasión cuando sobreviene la locura.  

 

*Hace unos días, durante mi estancia en Barcelona, hablamos mucho de Jean Seberg. Una noche fuimos a ver –Cruz Barrio, Aloma Rodríguez y yo- la representación de ‘La vida por delante’, con Concha Velasco en el papel principal de Madame Rosa, en el Teatro Goya del Centro Aragonés de Barcelona. Esa obra narra la relación entre una mujer madura y un joven y fue escrita por Emile Ajar, seudónimo de Romain Gary, que mereció el premio Goncourt en 1975. Ella murió en 1979 y un año después, tras empapelar toda su habitación con fotografías de Jean Seberg, se suicidó Gary de un disparo de pistola contra su sien. Enrique Vila-Matas ha linkado este texto en su blog y lo traigo aquí por exactamente ahora se cumplen 50 años del estreno de la película ‘Al final de la escapada’. Hoy cumple 50 años, también, Miguel Mena y a lo largo de este año los cumplirán algunos amigos entrañables como Fernando García Mongay, Fernando Sanmartín, Antonio Pérez Lasheras, Ignacio Fortún y yo mismo. Este texto formará parte de un proyecto de libro, basado en este blog, que recoge una selección de textos. (En esta foto, vemos a Romain Gary y a Jean Seberg).

POEMAS DE EMILIO PEDRO GOMEZ

POEMAS DE EMILIO PEDRO GOMEZ

Hace unos días, Emilio Pedro Gómez, apasionado de las sinfonías fotográficas, de los espectaculares álbumes de paisajes y ciudades, poeta y matemático, me enviaba un conjunto de poemas. Entonces, no me funcionaba muy bien el sistema (por cierto, no me permite realizar correcciones), pero ahora anda un poco mejor. Por eso cuelgo aquí estas piezas de Emilio Pedro Gómez, con quien coincidí en la noche erótica de La Almunia. Él estuvo espléndido. Leyó un curioso poema anónimo que mezclaba la geometría, el sexo, el deseo, el amor…

 

Aún no sé

ser un cuerpo en silencio

que accede a su plural,

la risa sin porqué

fundida al gozo de las lágrimas,

el asombro sereno

de una mirada sin fronteras,

remontar el futuro

diluir nunca en siempre

al eterno dictado del instante

(esa muerte que siempre resucita),

sentir todas las veces

una,

amar sólo a favor

sin pertenencia,

ser cuanto es

en el no soy,

la plenitud de lo banal…

 

Mi ignorancia es infinita.

 

 

            Bagan, 18-VII-09

 

*****

 

He dado con el lugar

de donde mana la nostalgia.

 

Aquí, a los pies de lago Inle,

bosteza el sol bajo los palafitos,

enjoya de perfilados brillos y fugaces matices

la imagen cimbreante de su sombra.

En la rizada piel del agua

al azar escondido de los peces

nacen ondas concéntricas, perfectas

(al alejarse de su centro

se entregan al temblor colectivo

de la ola de las olas que aguardan).

El vallado de juncos embellece

-línea de mar imaginaria-

lo que a separar no alcanza.

Un pescador da insólitos pasos de ballet

en el punto de fuga

de mi melancolía.

Casi ahoga la nave el buen barquero

que recoge las algas muy paciente

ahondando en el lago con su pértiga.

Cruza una barca silenciosa

cargada de tallos de nenúfares

(brotará de ellos hilo delicado

en el taller de seda).

 

Y más allá otra barca

avanza mansamente

plena de lentitud…

gozo de un tiempo sin deuda

y sin esperas.

 

No hay más rumor de fondo

que el silencio del agua en sus orillas.

 

He dado con el lugar

de donde mana la nostalgia.

Ha bastado un instante

de luz contemplativa

para que desapareciera

dejándome esta bendición de estar más cerca

de lo que nunca he sido:

un hombre sin recuerdos ni futuro

entregado a la paz tan fiel del lago

(que ahora bebe así mismo de mi paz

la paz que sin porqué me ha regalado).

 

            Lago Inle,23-VII-09

 

*****

 

PREGUNTAS SIN FINAL

 

                                   Para Tere

 

Dime dónde has guardado las palabras

que aparentabas no saber decir antes de irte,

si las dejaste suspensas en el aire

dispuestas a abrazarnos por sorpresa

alguna noche de melancolía.

 

Dime, prudente mujer de los silencios,

a qué música suena tu infinito.

 

Dime qué puede la amistad

cuando te quedas sola

justo en la punta de la flecha lanzada al aire

¿en verdad reconforta

- puente de alas verdaderas-

la mano de un amigo?

 

Dime de qué lucidez y arrojo te valiste

para dar con esa alma de cántaro

donde finalmente decidiste morar

y preparar el salto al otro lado de los días.

 

Dime, ahora que lo has aprendido,

cómo se acaba el tiempo.

 

Dinos en qué respiraciones contenidas

podemos recoger tus huellas,

el vaho de tus afectos y meditaciones,

los puntos suspensivos de tu vida.

                        *

*La foto es de John Emrys.

UN VIAJE Y ALGUNOS LIBROS

UN VIAJE Y ALGUNOS LIBROS

He  hecho un viaje casi vertiginoso a Galicia el sábado y volví el domingo. Fui con David Barreiros, que se quedó deslumbrado con las riberas de Balcobo, Barrañán y Caión; por la noche, llegamos al cierre de la primera jornada de la Feria del Libro, y allí aún coincidimos con Manuel Rivas, que parte para Buenos Aires con nuevos méritos en su bolsillo (ha sido elegido Académico de la Academia Gallega y acaba de publicar el libro infantil ‘O sombreiro Chichiriteiro’; en Buenos Aires reside su hija Sol Rivas), con el editor y poeta Miguel Anxo Fernán Vello, con el poeta y traductor Xoán Abeleira y con otros amigos como Dores Tembrás, experta en Alejandra Pizarnik, el actor y doblador Jorge Ricoy, las pintoras Isabel Pintado, compañera de Miguel Anxo, y Lola Beade, etc. Barreiros hizo muchas fotos de día y de noche a Coruña. Es de origen gallego, tiene antepasados en Orense, y no había estado nunca en las lunadas y abiertas playas de Riazor.

 

En uno de los puestos, me encontré con Eduardo Riestra, uno de los grandes editores españoles. Sigiloso, apasionado, intenso, un hombre con conocimiento de su oficio. Tiene un catálogo cada vez más espectacular en su sello Ediciones del Viento. Lo repasé y compré un libro que me está resultado admirable, distinto, ‘La marca de Creta’ de Óscar Esquivias, galardonado con el premio Setenil al mejor libro de relatos. Hay piezas maravillosas, mi favorita es ‘El padre del fotógrafo’, por razones obvias, aunque hay otras muchas piezas impresionantes, vinculadas a paisajes cerrados, a silencios  brutales, a búsquedas dolorosas. En ‘Hijos de Dios’ descubro un párrafo como éste:

 

“Siempre supe que mis padres eran un mundo cerrado donde no cabía nadie, ni siquiera yo. Se vertían en el uno en el otro por completo, como dos vasijas abocadas; se dedicaban todas sus miradas y todos sus silencios y era inimaginable la existencia del uno separado del otro. Y todavía es así. Intento imaginar a mi padre y no puedo. Intento recordar a mi madre y no la veo. No es posible, no existen a solas; siempre los dos, juntos, como tallados en un mismo bloque”.

 

El posterior desarrollo del cuento es inquietante, complejo y sorprendente. Óscar  Esquivias es el autor de un magnífico libro ‘Inquietud en el paraíso’, por el cual también apostó Ediciones del Viento, que repetiría con ‘La Ciudad del Gran Rey’ y ‘Viene la noche’.

 

Me encanta descubrir escritores que no había leído y que te invitan a leer y a escribir. Me ha pasado estos días con Valerie Mrejen, con Giovanna Rivero, que es una narradora fabulosa, y ahora con Esquivias.

*La foto es de

'AUTORRETRATO'

'AUTORRETRATO'

El pasado jueves fui, con Aloma, a la librería La Central del Raval. Siempre me parece un lugar espectacular con mucho donde elegir. Allí encontré la ‘Antología sumergida’ de Javier Rodríguez Marcos, el escritor y crítico extremeño. Me llamó la atención este libro, su título que costase un euro, el prólogo y el epílogo, ese homenaje tan emotivo a Fernando Pérez, la calidad de la poesía.

 

Del libro, entresaco este poema.

 

AUTORRETRATO

 

Estoy hecho de golpes, de agujeros,

de ceniza caliente que llena mis arterias

y me pinta una estrella en el cielo de la boca.

Soy el dueño de heridas extranjeras

que sangran todavía bajo las cicatrices,

y lo terrible del dolor ajeno es saberse la causa.

Fui la llaga, el cuchillo.

¿Por qué esta vida nuestra viene siempre

de la mano de la muerte de alguien?

(Ya sé que cada paso traiciona un pensamiento,

que la única inocencia es no pensar;

pero la vana lógica

no sirve de consuelo).

Estoy hecho de huecos, de túneles, de barro,

de palabras que significan poco.

Soy la sombra de lo que pensó alguien

hace ya muchos años. No soy lo que soñaron

(el sueño de aquel sueño, un fuego que se apaga).

Soy la piel reseca y poco más,

este golpe de huesos mal sumados.

Lo demás, viento y vanidad, miseria.

*La foto es de José Manuel Navia.

 

EVOCACIÓN DE MIGUEL LABORDETA

EVOCACIÓN DE MIGUEL LABORDETA

El primer día de agosto de 1969, de sol y asfixia, de una punzante y sigilosa herida en su corazón de enamorado perpetuo, fallecía en su Zaragoza Miguel Labordeta. Tenía 48 años y un cuerpo orondo, probablemente vencido, de alguien que ha leído mucho, que ha sesteado ante una vieja calavera metafísica y multitud de libros, y que se ha asomado al Ebro misterioso que culebrea hacia el mar a la altura de sus amados baños de Helios. Miguel Labordeta fue un tímido que se atrevió a cantar con todos con palabras caudalosas, como un río incesante de adjetivos y de sustantivos que se despliegan en un salto de agua, a oleadas. Fue un morador perfecto de Zaragoza; visitó los cines y el Niké, y frecuentó los tranvías, experimentó la desolación de que fallasen, a la vez, el Real Zaragoza y Ricardo Zamora, y poco a poco, verso a verso, se buscó en el fondo del espejo, quiso saber quién era aquel joven que firmaría ‘Sumido 25’, ‘Violento idílico’ o ‘Transeúnte central’, libros de una poesía telúrica y expresionista, de gestos surrealistas y un arañazo casi tribal del páramo. Miguel Labordeta fue un caudillo de la poesía y a la vez un embajador de sus soledades: amó a algunas mujeres y no fue correspondido, perdió la cabeza por la joven alumna Pilar-Berlingtonia, pero al final de la noche, envuelto en su bata roja y en humo, se encerraba con sus poetas chinos favoritos y con sus revistas. Pablo Serrano lo vio y se enamoró de grandiosa cabeza, y la esculpió como labrada en interrogantes. Luego, cuando falleció aquel primer día de agosto, sería Paco Rallo el encargado de realizar su máscara mortuoria. Miguel, huidizo y secreto, conocía como Pessoa la fuerza de las máscaras, el dolor de vivir con uno mismo en busca de un verso definitivo. Por eso lo recordamos, a él y a su maleta de domingo en la hora del adiós de hace 40 años.

 

*Hoy se cumplen 40 años de la muerte de Miguel Labordeta. La ilustración es de José Luis Cano.