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Antón Castro

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SERGIO VILA-SANJUÁN: UN DIÁLOGO

SERGIO VILA-SANJUÁN: UN DIÁLOGO

Sergio Vila-Sanjuán (Barcelona, 1957) es escritor y periodista. Dirige el suplemento ’Culturas’ de ’La Vanguardia y es uno de los grandes nombres del periodismo cultural, del que ha teorizado como pocos. Es experto en best-seller, en figuras como Carlos Ruiz-Zafón, un enamorado de la novela negra, y autor de tres novelas: ’Una heredera de Barcelona’ (Destino, 2010), ’Escrito en aire’ (Destino, 2013. Premio Nadal) y ’El informe Casabona’ (Destino, 2017), que presenta esta tarde en la librería Los Portadores de Sueños de Zaragoza, a las 20.00. (La foto es de Lisbeth Salas).

-¿Qué sucede de especial o literario en una recepción real del 22 de abril, qué sucede en tu novela?

Es donde fallece inopinadamente el magnate Alejandro Casabona, mientras el Rey –no se precisa qué Rey en concreto- está pronunciando su brindis. Esta recepción en Palacio brinda un marco fastuoso, un ritual potente y poco conocido y un microcosmos cultural abigarrado, que me parecían muy sugestivos y un escenario de primer orden para hacer arrancar la novela.

-¿Quién es Alejandro Casabona, qué tipo de personaje has querido retratar?

-Es un hombre de poder español, simpático y seductor, que ha vivido varias vidas en una: fue un activista antifranquista de la órbita monárquica en los años 40 y 50, un empresario enriquecido con el boom de los 60, un político de centro moderado en los años de la Transición y un mecenas de las artes, que crea su propio museo, en los últimos lustros. Se ha casado tres veces y ha mantenido incontables “affaires”. Según en qué periodo de su vida nos detengamos nos parece encontrar a un personaje u a otro muy diferente, tanto desde el punto de vista de las realizaciones como de la moral. Lo que me interesaba era precisamente esa pluralidad de perfiles, a veces casi opuestos, que pueden coexistir en una sola vida. En la literatura española no abundan los empresarios, y cuando aparecen a menudo es en forma de caricatura. Yo he intentado plasmar uno de indudable magnetismo, mostrando también su pragmatismo, a veces casi cínico, y por supuesto sus zonas oscuras. Y a través de su figura proponer una especie de fábula sobre la ética de la empresa.

-¿Qué le debe la posguerra y la transición a personajes como él? Parecían vivir en una constante contradicción…

-Casabona es un empresario dinámico y europeísta. A personajes como él se debe, en buena parte, la modernización de la economía española bajo el franquismo y también, el pacto social de la segunda mitad de los años 70. Hubo bastantes de este estilo, yo tuve la oportunidad de tratar a algunos. Era importante que tras la muerte de Franco la derecha política y el mundo empresarial contaran con figuras de diálogo, bien vistas o al menos aceptadas por la izquierda, que pudieran entenderse con las nuevas formaciones en emergencia.

El libro desarrolla, sobre todo en la primera parte, el método del periodista. ¿Ha sido una forma también de crear una pluralidad de voces, un relato coral encadenado y a la vez de presentar el ambiente familiar y de afectos de Casabona?

Quería acercarme a Casabona a través de testimonios complementarios y a veces opuestos, que es la forma periodística de intentar adentrarse en la verdad de una vida. Pero también quería crear figuras un poco arquetípicas: la Hija Ambiciosa, el Yerno Desleal, el Hombre de Confianza… Las figuras de gran poder, como Casabona, tienen a veces un efecto desvastador en su entorno más próximo, y mostrarlo era uno de mis objetivos. Con atención a los traumas de familia y a las posibles terapias psicológicas para superarlos…

-¿Cómo le marca la guerra civil a un personaje como él? Creas como una isla dentro de la novela, una novela dentro del gran relato.

Al principio me propuse no abordar la Guerra Civil, que es la gran referencia y el gran tópico, y sobre la que resulta muy difícil aportar miradas nuevas. Pero a medida que construía el personaje de Casabona me di cuenta de que resultaba imposible no mencionarla en la biografía de un empresario. La guerra civil es el gran momento de reconfiguración del capitalismo español en el siglo XX. Los empresarios que apoyaron a Franco luego rentabilizaron con creces su ayuda. Mientras que, en algunas zonas que permanecieron fieles a la República, como Cataluña, estalló la Revolución y se colectivizaron todas las empresas privadas de cierta importancia. Y también tras el final de la guerra hubo quien lo perdió todo. Obviamente hay que fijarse en lo que pasó entonces para entender muchos episodios posteriores. 

-Más allá de todo, hay un personaje fascinante: la tía Mery. ¿Cómo la ves, has querido que fuese la gran mujer en una libro pródigo en mujeres?

La tía Mery toma parte en otro capítulo olvidado de aquella época: el Socorro Blanco, que dentro de la Quinta Columna era una organización de fines humanitarios y de ayuda a religiosos y a gente que quería escapar. Mery consigue atravesar la guerra sin mancharse las manos y manteniéndose fiel a su propia conciencia. Su cristianismo vivido a fondo le lleva primero a desafiar la persecución religiosa, y después a oponerse a una Victoria sin compasión ni justicia. Me interesaba que Casabona experimentara la influencia directa de una persona íntegra como ella, que le transmitiera sus valores, y compensar así el relativismo y el materialismo del resto de su entorno.

-Habías escrito de tu abuelo y de tu padre en tus anteriores libros. ¿Has sentido la necesidad de inventar un cronista que se parezca en algo a ti en Víctor Balmoral?

Utilicé una historia real que le ocurrió a mi abuelo en Una heredera de Barcelona, y otra de mi padre en Estaba en el aire, pero los personajes de esas novelas no eran del todo ni mi abuelo ni mi padre. En El informe Casabona he puesto a trabajar un periodista cultural por dos razones: porque se trata de una profesión que conozco bien y porque para indagar en la vida de un millonario metido a mecenas cultural constituía la figura adecuada. Le he prestado a Balmoral un 15 o un 20 por ciento de vicencias mías, pero en todo lo restante es un personaje de pura imaginación.

-¿Qué ha sido más importante para ti, a la hora de la escritura, el peso del periodismo o el eco de un película como Mr. Arkadin de Welles?

En cada novela la estructura se adecúa a la trama: en Una heredera de Barcelona utilicé el recurso del “manuscrito encontrado”, unas supuestas memorias de alguien parecido a mi abuelo, reconstruyendo el lenguaje y los arcaísmos de un periodista conservador de los años 20. En Estaba en el aire primaba un estilo objetivista, al estilo de las novelas que triunfaban en aquella época, con un relato en tercera persona del presente. En El informe Casabona recurro a una estrctura de investigación biográfica, y la referencia al Welles de Mr. Arkadin, una de mis películas favoritas, resultaba obligada.

-Una de las anécdotas literarias más excitantes de tu vida fue un diálogo con Gala. Reaparece aquí. ¿Podrías recordarla?

Fue en el verano de 1980. Dalí se había encerrado en su casa de Cadaqués y ni aparecía en público ni recibía periodistas, algo rarísimo en él. Se decía que estaba sometido a una especie de secuestro por parte de sus periodistas y su temible esposa. Yo era muy jovencito, pero conseguí hablar con él por teléfono y publiqué en El Correo Catalán, donde acababa de entrar, una exclusiva que tuvo bastante repercusión, incluso internacional. Tras leerla, Gala llamó indignada; me abroncó a mí y pidió al director que me despidiera ya que según ella yo no había pedido permiso para transcribir mi charla, cosa falsa porque desde el primer momento me había identificado como periodista. Le mandé unas flores para congraciarme y ella entonces me invitó a subir a Cadaqués. Cuando llegué, me miró de arriba abajo y me despachó inmediatente. Nunca he sabido cuál fue el propósito de aquella extraña invitación….

Has estudiado las rutas literarias de Barcelona y su impacto literario… ¿En qué medida quieres dejar el tuyo, cómo es tu ciudad literaria?

La Barcelona que he intentado ir plasmando como novelista es a la vez muy tradicional y muy cambiante. Desde los círculos más elitistas y ritualizados, y por lo tanto muy literarios (clubes privados, viejas familias, mansiones de la zona alta), a los medios de comunicación que con su inmenso poder han transformado decisivamente la ciudad (y España, porque me interesa la Barcelona con más repercusión peninsular): la prensa en los años 20, la radio en los 50, la televisión en los 60. Pero el hilo conductor lo constituye siempre el de la Barcelona cultural, a través de su arquitectura, su pintura o su literatura, que para mí constituyen el alma de la ciudad. Y también las luchas emancipadoras que la ciudad ha vivido: por la justicia social, por la libertad y por la modernización. Dicho esto, y aunque Barcelona siempre está presente en mis novelas, no pretendo desarrollar tramas barcelonesas, sino historias que tengan un cierto simbolismo lo más universal posible. Barcelona es el paisaje, no el protagonista.

¿Para ser novelista y periodista es imprescindible no ir al gimnasio y trabajar en una Biblioteca un par de horas cada día?

(Sonrisa). Lo importante es maximizar el tiempo libre. Yo tengo mi casa a cinco minutos de la biblioteca donde escribo mis libros y a otros cinco de La Vanguardia, el diario donde trabajo, así que aprovecho a fondo el tiempo que no pierdo en largos transportes. Y no es que me enorgullezca de no ir al gimnasio ni hacer deporte, como inteligentemente hacen tantos de mis familiares y amigos, pero también es cierto que eso libera unas cuantas horas semanales para escribir que para mí resultan cruciales.

 

MARÍA PÉREZ HEREDIA: UN DIÁLOGO

MARÍA PÉREZ HEREDIA: UN DIÁLOGO

[El pasado viernes, en Los Portadores de Sueños, María Pérez Heredia, acompañada de Ignacio Escuín Borao, su editor anterior, presentaba su segunda novela: ‘Starman’ (Reservoir Books), la historia de un joven actor que logra conquistar el Óscar y decide ocultarse. Se relaciona con varias mujeres: Leigh, su primera novia, Jennifer Jones, su nuevo amor, Daphne de Havillond, su compañera de reparto, su propia madre, algo lejana, o su agente Stanley, todo un personaje. Se convierte en un personaje a la deriva, desubicado, que viaje, que huye, que narra su vida en primera persona. Así lo cuenta ella.]

-¿Qué significa para ti James Dean? James Dean es un icono, el símbolo del rebelde sin causa, con su chupa de cuero y su cara de pocos amigos. Además, al morir tan joven y de aquella manera, encarnó su propio lema de vivir deprisa. 

  

-¿En qué medida podría ser el referente de Clay Cassidy? Es curioso que, a pesar de ser un actor de cine de los años cincuenta, James Dean sea un referente para gente de mi generación. Para Clay, encarna esa manera de actuar sin dejar de ser uno mismo. 

 

-¿Cómo nace esta novela, querías contar un personaje más o menos errabundo, desubicado, o realizar un viaje por Estados Unidos? Esta novela nace, como tantas otras, de una anécdota: escuché la historia del jugador de baloncesto Lamar Odom, que un día decidió largarse y dejar de lado su vida, y me llamó la atención la posibilidad de que alguien tan famoso pudiera desaparecer sin que nadie tuviese muy claro su paradero. A partir de ahí, quise explorar esa huida y sus antecedentes.

 

 

-¿Qué te preocupaba: la vida de un personaje que no asimila el éxito, el espejismo de vivir, el dolor de existir? ¿Por qué parece que los personajes, casi todos, estén siempre enojados? Creo que esos tres temas sobrevuelan siempre la novela. Al final, esta es una historia de sentimientos humanos, de emociones que todos hemos sentido alguna vez. Es una historia sobre la soledad, sobre el dolor. No es que los personajes estén siempre enojados, es que es así cómo Clay los ve, quizá porque él sí que está enfadado con el mundo. 

 

-¿Has pensado en alguien que ganase un Oscar al mejor actor y le entrase una especie de pánico y acabase ocultándose? Bueno, hay muchas historias así, ¿no? Se me ocurre el caso de Penélope Cruz, pero seguro que ella tenía las cosas mucho más claras que mi personaje. Es distinto desaparecer unos días para huir del acoso mediático a estar fuera del mapa durante meses para escapar de uno mismo. 

 

-¿Por qué Estados Unidos de nuevo, algunos ecos del realismo sucio y, sobre todo, de John Fante? ¿Qué encuentras ahí, en caso de que encuentras algo especial? Bueno, es la primera vez que viajo a Estados Unidos en una novela. Encuentro allí muchísimos referentes cinematográficos y literarios, por ejemplo. Pero, en este caso, fue una elección práctica, impuesta por la historia que quería contar. Mi protagonista tenía que ser alguien que alcanzase un éxito arrollador de manera mi rápida, y pensé que Hollywood era el marco perfecto para esa historia. 

  

-Parece que te sientes muy cómoda en la primera persona. Lo haces aquí como en la novela anterior. ¿Es el lugar más cómodo o más sincero para contar la vida o lo que nos pase? Ni siquiera pensé que estuviese haciendo una elección: me parecía la mejor opción para contar la historia que quería contar. La primera persona, además, me permite cederle mi voz al personaje, algo que siempre me ha interesado mucho. No es que sea más cómodo, ya que te obliga a conocer todo lo bien que puedas al personaje en cuestión.  

 

-Hablemos de la estructura. ¿Por qué has utilizado esos capítulos desordenados, que no atienden a la cronología? ¿Qué buscabas? ¿Querías que la escritura definitiva del libro la hiciese el lector? Con esa estructura desordenada, quería recrear la forma caótica en la que los recuerdos acuden a la mente, a ráfagas, en fogonazos de imágenes. No pensamos de forma ordenada, o, por lo menos, Clay y yo no lo hacemos; de ahí la estructura.  

 

-No se sabe si Clay Cassidy es enamoradizo o en realidad no le importan mucho las mujeres. ¿Cómo ves su relación con Jen (Jennifer Jones), Leigh, la propia Daphne o esos amores fugaces tan curiosos como Marie, pongamos por caso? En toda la novela, solo vemos a Clay enamorado cuando se trata de Leigh. Y quizás ese es el problema que condiciona el resto de sus relaciones: no ha sido capaz de pasar página. Jen es para él algo conveniente, no cómodo pero sí excitante, mientras que con Daphne todo es más natural. El resto de chicas que pasan por la novela, muchas veces de forma fugaz, no son más que una sombra.                

  

-Hay un personaje clave en el libro. El agente Stanley Salomon. ¿Es  prototipo de Hollywood? Stan es uno de tantos otros agentes de Hollywood, con sus luces y sus sombras, con su obsesión enfermiza por el dinero y por el éxito. Para mí, es uno de los personajes fundamentales de la novela y también uno de los que estoy más orgullosa. No es que sea un prototipo de Hollywood, es que él y los tipos de su calaña son Hollywood. 

 

-Hay algunos juegos de espejos con el propio Hollywood. ¿Puede leerse en libro en clave de parodia de algún modo? Es una parodia o un retrato sobre el Hollywood frío y artificial, pero también intento reflejar el Los Ángeles más amable, con sus playas, sus drive-thru y todo lo demás. Es la ciudad en la que Clay se crió más que el Hollywood peligroso y descarnado al que luego se enfrentará. 

 

-Al final se impone un personaje nihilista, un buscavidas errante y con un corazón vulnerable y egoísta. ¿Tienes tú una visión negativa o dramática del mundo? Supongo que sin una visión dramática del mundo es difícil escribir, pero no creo que sea negativa. Tampoco creo que Clay lo sea, aunque a veces se empeñe por verlo todo muy negro. En el fondo, es optimista: ¿por qué iba si no a seguir intentándolo? No quiero revelar el final, pero, al final, así se presenta. 

  

-Formas parte de una nueva generación de narradores. ¿Crees que traéis una estética nueva, otra forma de mirar o de denunciar los males de la realidad? Espero que sí. Necesariamente, cada generación tiene que traer algo nuevo. Los tiempos cambian, también lo hacen los referentes estéticos y, de algún modo, ideológicos. Estoy deseando leer lo que está por venir, toda esa hornada de nuevos narradores, jóvenes, que aporten una manera distinta para mirar la realidad y lo que se escapa de ella. 

 

 

SUSAN SONTAG POR PETER HUJAR

SUSAN SONTAG POR PETER HUJAR

Esta foto de Peter Hujar, cuya obra se expone en la Fundación Mapfre de Barcelona, es de Susan Sontag.

 

UN DIÁLOGO CON FERRER LERÍN

Francisco Ferrer Lerín presenta esta tarde, en diálogo con Antón Castro, uno de sus últimos libros: ’Edad del insecto’ (Sd Edicions?, una amplia selección de su poesía de adolescencia y posadolescencia, que incorpora también sus dibujos.

-A propósito de ti se han ensayado muchas definiciones y retratos. Aquí Javier Ozón acuña otra: “Hombre de genio”. ¿Cómo debe entenderse, cómo lo entiendes tú?

 Deseo entenderlo tal como reza la 4ª acepción del Diccionario de la Academia: GENIO: “Capacidad mental extraordinaria para crear o inventar cosas nuevas y admirables”.

 

-¿Qué es y qué quiere ser Edad del insecto’ (SD Edicions)?

 Edad del insecto es un libro muy bien editado que contiene dibujos y textos de adolescencia.

 

-¿Cómo entendías la poesía y la literatura en tu primera juventud?

 Poesía era sinónimo de literatura y la empleaba, como certero bálsamo, para acallar un molesto ruido que asolaba mi cerebro.

 

-¿Cuáles eran tus lecturas de ese instante? Aquí se cita a Saint John-Perse, a quien le haces un homenaje, pero a qué autores leía un raro como tú?

En principio leí lo que tenía a tiro, lo que me resultaba más atractivo de la biblioteca de mi padre (tratados de teratología, manuales de higiene castrense, atlas de anatomía, un opúsculo en el que se enseñaba a embalsamar), luego me interesé por la Historia Natural y, finalmente, llegué a Camilo José Cela y a Primera memoria de Ana María Matute. Perse y Borges vinieron después, fruto de laboriosas indagaciones en las librerías de viejo y de nuevo.

 

-Da la sensación de que eres un poeta experimental y lúdico. Jugabas no solo con el lenguaje, sino con la erudición, con la parodia y a veces creo que hasta con tu sombra.

El sentido del humor ha sido causa de que algunos coetáneos me colocaran en no sé qué listas negras; no estaba bien visto que un joven escritor burgués empleara esa herramienta. En cuanto a poeta experimental y lúdico he de decir que lo que nunca pretendí ser es un poeta original, la originalidad es cosa que conduce al aburrimiento y denigra a sus practicantes.

 

-Qué vínculos tenías con los ‘Novísimos’? ¿Qué les debes y qué te deben? Gimferrer dijo de ti que eras el “ala extrema de la escritura novísima”.

En 1962, cuando termino mi primer libro, De las condiciones humanas, no me consta que nadie escribiera de esa manera. Que los autores que se agruparon bajo el manto protector de Gimferrer y Castellet en la antología de los nueve Novísimos coincidieran conmigo en el modo de tratar la escritura es lo que se llama una confluencia; factores ambientales convierten a individuos morfológicamente diferentes en individuos etológicamente parecidos, es el caso del zopilote y el buitre, aves de alejada taxonomía pero de hábitos similares; han aprendido que para localizar la carroña lo mejor es remontarse en el aire y agudizar la vista.

 

-¿En qué medida para ti la literatura era un campo de pruebas y de transgresión?

La literatura era un empleo que me resultaba de fácil desarrollo y que me procuraba algunas satisfacciones. Recuerdo al profesor Pedro Piulachs, un reconocido cirujano del Hospital Clínico de Barcelona que ensayaba, entre amputación y amputación, la escritura de versos, cuando leyó lo que yo escribía y dijo en público, a voz en grito, en la salíta contigua al quirófano, que él daría una pierna, o un brazo, para logar escribir tal como lo hacía Ferrer, entonces estudiante de tercero de Medicina.

 

-¿Qué porción hay de humor negro en tu obra, te interesa, es algo que vemos los lectores solo, es una pequeña obsesión para ti?

Ese año estuve interno en la morgue del Hospital Clínico y, por otra parte, mi abuelo materno, de origen aragonés (todavía sigue en pie el caserón familiar en Uncastillo), tenía un sospechoso interés por la onomástica fúnebre, cosa que he heredado de él y de Cela, y para ejercitarla recitábamos las esquelas de La Vanguardia Española. También me aficioné de niño a los cementerios y en más de una ocasión soborné, ayudado por un condiscípulo aragonés (ahora me doy cuenta de mis inapelables vínculos con esta región), a las monjas que velaban los cadáveres, para abrirlos y extraerles vísceras para las prácticas de anatomía.

 

-¿Desde cuándo te han interesado tanto los animales, incluido los insectos, y por qué?

 

Desde niño la naturaleza, en especial la fauna salvaje europea, ha sido objeto de mi atención, despertada quizá por los libros alemanes que tenía mi padre profusamente ilustrados y por mi mismo padre que, pese a su condición absolutamente ciudadana, se sentía atraído por el campo, lo que supuso disponer de una masía y de un Land Rover para aventurarnos por los bosques.

 

-En una obra tan intensa y abierta como la tuya, ¿serían las bestias una metáfora de algo?

 Cuando en los años sesenta inicio el estudio de las grandes aves necrófagas y transporto semanalmente, desde el zoo de Barcelona, cabezas de caballo partidas, alimento para las fieras enjauladas, hacia el prepirineo de Lérida y Huesca, me acompaña en un par de ocasiones mi amigo Javier Marías. Nunca entendió por qué hacía aquello. Me preguntaba, desesperado, si yo ‘buscaba la cifra de algún desajuste emocional’ o ‘trataba de aniquilar mi mala conciencia’. Algo tan simple, para mí, como sentir placer contemplando el majestuoso descenso de esas criaturas o el proceso de eliminación de la carroña gracias a sus picos azulados, era algo que escapaba a sus presupuestos. Decididamente no soy un ser metafórico, voy siempre al grano.

 

-¿Cómo te ves a ti mismo al mirar atrás, al releerte aquí, cómo eres ahora como poeta, en qué has cambiado?

Veo que pintaba y escribía ungido por la ingenuidad, cosa mala; la ingenuidad es una forma de ignorancia. Ahora me preocupa no repetirme, estoy tensando demasiado la cuerda para desdecir el tópico de que en la vida sólo escribimos un poema. A ver si soy capaz de tirar pronto la toalla y no convertirme en un grotesco abuelito escribano.

 

-¿Te condicionó a ti la censura de algún modo específico?

 Cuando se habla de censura todos se refieren a ese periodo llamado franquismo en el que yo nací y en el que desarrollé la primera parte de mi vida literaria. No tuve problema alguno. Sin embargo en 2005 y 2006, años de la terminación e intento de publicación en Barcelona de mi novela Níquel, fui conminado, por mi agente literario, a modificarla y adaptarla al credo que imperaba e impera en Cataluña si quería que alguna editorial la sacara. Escribí hasta tres versiones y al ser todas rechazadas opté por guardar el manuscrito en un cajón hasta que conocí al editor aragonés que tuvo a bien publicarla. Esa versión, perfectamente edulcorada, se republicó más adelante por una conocido sello barcelonés.

 

-¿Desde cuándo dibujas y cómo defines tus tentativas? El libro tiene algo de libro objeto también. ¿Cómo lo ves?

Dibujé entre 1958 y 1970, mimetizando a los artistas de los movimientos de vanguardia, aunque también podría haber algo del automatismo de los garabatos que algunos alucinados trazan en las márgenes de las libretas del colegio y en los devocionarios. La edición de Edad del insecto es decididamente pulcra, fascinante; pienso que este libro sólo podía publicarse en estas condiciones, sólo podía publicarse de la mano de la diseñadora María Luisa Samaranch de Lacambra.

 

-A veces da la sensación de que Ferrer Lerín no para de crecer: en su obra y en su leyenda. ¿Tienes a veces la sensación de que has perdido un poco el tiempo y de que la fama y el reconocimiento te llega algo tarde?

Mi leyenda, a Dios gracias, parece que ya no crece más, o al menos intento que no siga creciendo de manera exagerada; estoy convencido que me ha perjudicado, que ha ocultado las posibles virtudes de mi escritura. El reconocimiento no llega tarde, ya que sólo llevo una docena de años como escritor profesional, pero sí es verdad que me llega tarde como ser vivo, porque, no nos engañemos, ¿cuántas entrevistas más podrás hacerme, amigo Antón Castro? Lástima que no sepamos con certeza si esta es la última, tendría un notable valor añadido.

 

*La fotografía es de Fran Ferrer.

LA AMÉRICA DE TRUMP. POR GUILLERMO BUSUTIL

[La elección de Donald Trump meparece uno de los peores síntomas del lugar hacia donde va el mundo.  Es un personaje que representa lo peor -esencialmente no cree en los derechos humanos y lo ha vuelto a demostrar en su discurso de investidura-, pero algo tendrá para tantos estadounidenses que lo han elegido. Guillermo Busutil, en esos artículos-río, intenta aproximarse a su figura y lo vincula con el peor cine norteamericano. Me envía su artículo y lo traigo aquí. Lo que más me impresiona es cuando leo en la prensa española elogios hacia este personaje, que tendrá que cambiar mucho para ser un buen presidente. Elogios y esperanza. De entrada, el mundo desde sus últimas palabras parece un poco peor.]

Capitán América

Guillermo Busutil*  

'La Opinión de Málaga'.

Todo está en el cine. No existe amenaza o certidumbre de cualquier felicidad o apocalipsis que no tengan en la pantalla grande una producción de taquilla o una historia de autor. No hay abismo de la naturaleza humana que no posea un rostro inolvidable con el que recordar la crueldad, el miedo, la venganza, la locura o la muerte. Tampoco quedan posibilidades o consecuencias del poder político, económico, cultural, bélico o medio ambiental, sin una película cuyo título no haya acertado a ser un cristal visionario, la espesura carnal de la memoria, un contorno esquivo de la Historia o un viaje más allá de los límites intuidos. Adelantándose a su época en ocasiones, o documentando en otras, el poliédrico pretérito nos ha mostrado todo lo que somos y todo lo que podemos ser por mucho temor que tengamos a la pesadilla de imaginarlo.

El cine es el séptimo arte que no sólo sabe que la Historia es cíclica y se repite. También es la industria que nos vende los más impensables terrores y escenarios, que pueden aguardarnos al otro lado del viejo mapa de la felicidad o en el peor callejón de la realidad de atrás, cobrándonos la entrada y sin que nos demos cuenta de en qué nos están adiestrando. Ni siquiera le hace falta hacerlo con una cadencia de más de 14 imágenes por segundo, como con la leyenda del famoso experimento de James Vicary con el anuncio de Coca-Cola. Fahrenheit 451, Odisea espacial 200, La Naranja mecánica, Blade Runner, Minority Report, Gattaca, Los Juegos del hambre, Hijo de los hombres, La zona, El día después de mañana o Langosta nos han adelantado con décadas de diferencia hologramas narrativos de los tiempos que nos van llegando de soslayo, avisándonos de los modelos de sociedad en los que habrá que sobrevivir y reinventar un inestable modelo de convivencia. Incluso de fuga.

Lo de Donald Trump no iba a ser menos. Después de tener a un galán secundario y pésimo actor de Hollywood como Ronald Reagan a los Estados Unidos sólo le faltaba tener como cabeza oval a un rey del béisbol, a un descendiente de los sioux –bastante improbable porque se les reconoce menos que a los afroamericanos su identidad nacional– y a multimillonario. Trump ha sido el elegido, tenía más dinero a su favor. Y curiosamente algunas de sus facetas como su perfil de predicador que abduce el alma del profundo pueblo norteamericano, el que erige la biblia y el rifle a dos manos como raíces fundacionales de su concepto de lo patriótico, y su odio visceral hacia la inmigración y en concreto a la mexicana, podemos encontrarlas en El Duelo de Kieran Darcy-Smith. Un interesante western –el género que recoge la tragedia clásica y define más el concepto del héroe y lo fronterizo– en el que Woody Harrelson está inconmensurable en el papel de un predicador que rige un pueblo de Texas donde los habitantes siguen ensimismados sus predicciones, sus dogmas y cuyo odio a sus vecinos mexicanos e indios lo lleva a convertirlos en presas para cacerías humanas pagadas por gente de dinero.

 

No hará Trump ese tiro al plato pero veremos qué harán sus huestes policiales cuando se cierre el paso a la inmigración de la pobreza a la que no hay muro que la contenga, sin bajas de todo tipo a ambos lados. De momento su populismo a favor de los cabreados con las élites políticas de la capital y de los damnificados por la gran recesión económica ha tenido frutos y una fractura. La presidencia y un el país dividido en dos. Igual que ocurre con Gran Bretaña, con Europa y con España. El mundo fragmentado entre la clase rica y los pobres que, sin darse cuenta ni tampoco poder evitarlo, han sido divididos por los ricos en dos clases de pobres. Los que necesitan creer en senderos de gloria y en el Bienvenido Mr. Marshall de los que llegan a devolverles lo que le quitaron, y los que saben que los seguirá convirtiendo cada vez más en furtivos del bienestar y en excluidos de la sanidad como acaba de hacer Trump.

No entiendo cómo los ciudadanos continúan creyendo al lobo disfrazado de pastor. Y menos si éste se rodea de un gobierno que tiene más que ver con un consejo de accionistas de una gran multinacional -en el fondo es lo que Estados Unidos- que con un sanedrín de expertos curtidos en política. Hacia dentro poco importa su déficit en exigencias de equilibrios y justicias sociales. Las promesas son un espejismo o ¿acaso va a resultar que el gobierno Trump va a ser un gobierno de filántropos a favor del pueblo? Y hacia fuera el dinero es políglota, diplomático, agente secreto y sicario, si hace falta. Poco importa que el mundo financiero administre el poder porque el poder hoy es el mundo financiero.

Ha nacido una estrella. El nuevo Capitán América cuyo escudo protector contra el enemigo es el muro de la exclusión con el que pretende blindar la inmigración del vecino pobre, al grito de Estados Unidos para los norteamericanos. Stop a la carnicería. Sólo Trump entiende los eslóganes de Trump no se sabe acusando a quien. Tampoco sus votantes saben más allá de mascar tabaco, bailar country con cerveza las noches del sábado y formar rápido una patrulla armada hasta los dientes si le roban el banco el día de cobro, como refleja ese otro espléndido western contemporáneo que es Comancheria. Lo que importa es que la pasión del domador del demonio enardezca al pueblo y Trump imita a Burt Lancaster en feo pero con mayor convencimiento que el protagonista de El fuego y la palabra. Es difícil no acordarse de Hitler y de Jesús Gil al escucharle hablar de "madres y niños atrapados en la pobreza de nuestras ciudades, en fábricas como lápidas en el paisaje de nuestra nación€. han robado a nuestro país mucho potencial que no ha salido adelante", y contemplar el rostro emocionado de sus votantes. Muy parecido al de los campesinos y pescadores del Brexit. O al de los franceses que marcharán pronto contra la Bastilla de la République siguiendo el seno del Frente Nacional de Marina Le Pen, que veló armas de victoria ayer advirtiendo a la prensa que podría vetar a la que quisiera sin dar explicaciones. Conocemos la amenaza porque allí estaban los medios de comunicación, a calzón bajado sin rebelarse una vez más frente a la chulería antidemocrática. Nos hemos contagiado y creemos que la información a cualquier precio es nuestra patria.

Erase una vez América ya no existe. Entrar será más indagado policialmente. Ya no les bastará con preguntar en verde si uno tiene intenciones de atentar contra el presidente o con ser apartado de la fila si suena hispano su apellido. Las fronteras se irán blindando sibilinamente cada vez más. Cuando el poder escruta tan intimidatoriamente la prensa debería mantenerle al menos la mirada. Sin embargo resulta que no. El fantasma de la tibieza lo rige todo. Nadie quiere mojarse el primero. Los debates, como en España, más valientes a toro pasado. Incluso con Trump frente al que todos parecen inclinarse a dejar qué haga con el mundo en sus manos. Algunos periodistas piensan qué el establishment frenará decisiones extremas a nivel interior pero que otra cosa es si lo conseguirán en su tensión con China, con Oriente Medio, en las medidas que empleará en su batalla contra el terrorismo islámico y en sus enigmáticas relaciones con una Rusia cuya actuación en la sombra sigue cuestionando la legalidad del triunfo electoral de Trump. Dentro tiene sublevadas a las mujeres que marcharon ayer en su contra y fuera el mundo entero preguntándose si las barras y las estrellas no terminarán convirtiéndose en cenizas y diamantes. Capitán América o Gengis Trump.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.es

 

KIRMEN URIBE: UNA ENTREVISTA

ENTREVISTA. Kirmen Uribe

El escritor vasco, nacido en Ondárroa (Vizcaya) en 1970, es Premio Nacional de Narrativa de 2009 por su novela  ‘Bilbao-New York-Bilbao’ (Elkar / Seix Barral). Ahora publica una ambiciosa novela familiar, de luchas y exilios, ‘La hora de despertarnos juntos’, que presenta hace unos días en la librería Cálamo de Zaragoza. (Aquí lo vemos en una foto con Aritz Aduriz, el goleador del Athletic de Bilbao).

-¿Quién es Antonio Gezala? ¿Cuál es su importancia en el arte vasco? 

Antonio Gezala, aunque desconocido, es para mí uno de los grandes pintores de los años 20 en el País Vasco. Es un autor que pinta escenas de ciudad, en este caso Bilbao, pinta accidentes de tranvía, cargueros descargando su carga en el puerto de Bilbao... No pinta escenas de campo costumbristas. Además, introduce el movimiento en sus cuadros. Es muy moderno, fue amigo de los Delaunay y se nota su influjo.

 

-¿Qué encontraste en ese cuadro, ‘Noche de artistas en Ibaigane’, 1927, qué tiene de particular para ti? 

Primero, el cuadro me enamoró cuando se mostró por primera vez en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, porque representaba una escena nocturna, una fiesta de disfraces de los años 20 con un grupo de jazz al fondo... Me recordaba la atmósfera de El gran Gatsby de Fitzgerald. Y la gran sorpresa fue descubrir, años más tarde, que el que tocaba la trompeta en ese grupo de jazz era precisamente Txomin Letamendi.

 

-En realidad, según el leve prólogo o introducción, parece que todo empezó hacia el 2010 al recordar a una amiga de la familia. ¿Qué encontraste en su historia que no te había interesado antes? 

Así es, fue en un viaje que hice a la Universidad de Brown junto al escritor Iñaki Uriarte y su mujer. Me apetecía escribir una novela más extensa, más ambiciosa literariamente y que tuviese como centro la vida de una mujer y pensé en cómo mi madre me hablaba de lo que había vivido una señora del pueblo Karmele Urresti, casi un siglo de vida, con la Guerra Civil y la II Guerra Mundial como trasfondo, dos exilios, la conexión con los servicios secretos americanos... Y empecé a investigar.

 

-La presentación de los personajes te permite contar la historia de las navieras vacas: los Urresti, los de la Sota. ¿Cuál es la importancia del mar, también en un sentido simbólico, del mar para Euskadi? 

El mar para mi es fundamental. Creo que en parte soy escritor por haber nacido pegado al mar. Mi padre y mis abuelos eran marinos. El mar hace que puedas soñar con otros mundos. Cuando eres niño te regala cosas, unas veces te trae un delfín a la playa, una foca, un barco que embarranca en la playa después de una tormenta. El mar siempre te da algo diferente, algo extraordinario que te saca de la cotidianidad. Son muchos los estímulos. Y eso para la imaginación de un niño es una bomba.

 

-Hablemos de Txomin Letamendi: trompetista, elegante, más o menos reconocido, un tanto utópico y comandante del ejército republicano. ¿Qué te atrapó del personaje? 

 Me atrajo que era un artista, un bohemio que por circunstancias de la vida tiene que meterse a miliciano y luego es captado para los servicios secretos. Tuvo una vida muy novelesca aunque sufrió muchísimo y acabó en las cárceles de la dictadura, en los años más oscuros. Pero creo que ante todo era un idealista que amaba la vida. Tuvo mala suerte, fue un "perdedor", pero es que a mí me interesa mucho más contar la historia de la gente que ha sido dejada de lado, de gente olvidaba que hablar de los que les va bien en la vida.

 

-¿Cabría decir de él que fue un soñador, un resistente, un temerario o un cultivador de la utopía? 

Las cuatro cosas a la vez, por eso me gustaba como personaje. No creo en los personajes planos, lineales, me gusta hablar del ser humano en su complejidad, con sus luces y sus sombras.

 

Para mí el gran personaje del libro, el que me fascina todo el tiempo, incluso en su compleja relación con las mujeres (que se explica en una ocasión al menos), es Manu de la Sota. ¿Qué hay de ese personaje, fue así o hay un proceso de sublimación por parte del autor? 

Bueno, los familiares me dijeron que lo había puesto mejor de lo que era en realidad. De la manera en que yo lo veo es una personaje increíble, es de los que más me gusta de la novela: culto, elegante, cosmopolita... Fue una persona que creyó realmente en la democracia y la libertad y luchó por ella, fue uno de los primeros en establecer contactos con la administración Roosevelt, se presentó el día de Navidad de 1940 en la Casa Blanca con unos niños vascos que cantaron un villancico en euskera al presidente y su mujer, conoció a Hemingway, a Thomas Mann... Y luego viene la decepción porque los EEUU apoyan a Franco en los 50, se retira a su casa en Biarritz, cerca de faro, a estudiar clásicos vascos... Un personaje maravilloso.

  

-Otro gran personaje –más allá de los protagonistas, claro- es Agirre, el lendakari: refinado, conciliador, perfeccionista y con un gran amor por su tierra. ¿Es como el líder de un país imposible, el hombre que lo da todo por un ideal? 

Pero el Agirre que aparece en la novela es un Agirre humano, que está aterrado porque su inglés no es bueno y se tiene que entrevistar con el rector de Columbia William Butler, un Agirre nervioso, que fuma mucho... Y también un luchador por la democracia y las libertades que nunca dejó de lado a su pueblo. Es el drama de un hombre que creyó ciegamente en los aliados pero que luego lo dejan de lado por razones de geopolítica mundial.

 

-¿Has tenido siempre claro que querías plantear el libro como una suerte de novela-reportaje, con diarios, en la que ibas a intervenir como autor a la manera de Cercas, Carrère o Coetzee, por poner algunos ejemplos? 

Sí. Me gustan mucho esos autores, también Siri Hustvedt o Laurent Binet. Creo que era necesario mantener los nombres reales en la novela, si no, no hubiera sido creíble o verosímil. Podría haber hecho ficción con la misma historia, una novela al uso, pero no hubiera sido honesto conmigo mismo. Quería que en el libro apareciera lo que vivió esta generación, la gente que luchó durante la II Guerra Mundial y el duro franquismo, que la hubo, y también los nombres de los "inquisidores", de los represores.

 

‘La hora de despertarnos juntos’ es una novela de espías, de un pugnaz y torpe espía, Txomin Letamendi. ¿Fue así el espionaje contra Franco, se corrían tantos riesgos, había también tanta ingenuidad? 

 Creo que eran los que eran y no tenían otra salida. Era luchar o conformarte con lo que había, que era la dura dictadura. Imagínate, un músico fue comandante de gudaris en la Guerra. Pero es que todos eran así... era un ejército sin ninguna formación, que en ningún caso pudo oponerse a la fuerza del ejército sublevado, con formación, con el apoyo de Alemania e Italia...  La única guerra que podían ganar era la de la opinión pública, sobre todo fuera, en Europa y EEUU, y esa sí que la ganaron, hasta que llegó la Guerra Fría y los EEUU se obsesionaron con el comunismo.

 

-¿Es una novela sobre los sueños rotos o sobre los exilios, la pérdida de la patria una y otra vez? 

Es así. Pero creo que nunca se rindieron totalmente. Me gusta la idea de Susan Sontag cuando dice que ninguna lucha por la libertad es vana, uno puede tener la sensación que no tiene nada que hacer, que no va a conseguir nada, pero esa misma lucha luego puede tener su reflejo en otros sitios del planeta o en otros tiempos... Es así como hemos avanzado en los derechos civiles, a base de batallas perdidas.

 

Tú también eres poeta. ¿Cuál es la importancia de la poesía en un texto que parece claramente épico? 

 Es un texto que tiene de todo. Tiene 178 capítulos con diferentes lenguajes, pueden ser poéticos, con un lenguaje más de crónica, otros son científicos... Hay de todo. A mi me gustan las novelas plurales, coincido con Milan Kundera cuando decía que las novelas tenían que combinar la narración con el reportaje, el pensamiento, la autobiografía y la ensoñación. Y la novela tiene estos cinco elementos.

 

Ahora que se debate tanto sobre la realidad y los usos de la ficción, ¿cuál es o debiera ser la mirada del novelista sobre la historia? 

La mirada del novelista es siempre su propia mirada, es una mirada individual que se fija sobre todo en los seres humanos más que en los grandes acontecimientos humanos. El escritor está siempre junto a la persona que sufre, y retrata siempre su complejidad. Me interesaba contar como la Historia condiciona fatalmente la vida particular de estas personas y contarla yo mismo, como individuo. En la novela yo no dirijo a mis personajes como un narrador omnisciente, es todo lo contrario, son los personajes los que me van guiando.

 

Hablar de la memoria es casi un tópico, pero quizá sea otro elemento capital. ¿Qué relación existe para ti, o cómo la desarrollas tú, entre literatura y memoria? 

 La memoria es fundamental en literatura, creo que la literatura se nutre de memoria e imaginación, y cómo el novelista va modificando aquello que recuerda para crear ficción.

-Por cierto, leí una cosa que me interesó mucho: “La literatura es lo que se lee entre líneas”. ¿Podrías aplicarlo esta novela? 

 Yo creo en un lector inteligente que va completando las novelas. En mi novela hay muchas cosas que no se cuentan pero que el lector intuye y hace su propia lectura. Además, lo que ha pasado es que mucha gente ha empezado a hablar del pasado de sus familias a raíz de la novela, hay historias increíbles en cada familia, y es bueno que se hable de ellas.

 

-Escribes en vasco y tienes un inequívoco compromiso con la lengua y con el territorio. ¿Cómo ves y cómo sientes el País Vasco, qué queda de ese espacio lleno de sombras, que aquí narras, y cómo se remonta la gran herida del terrorismo?

Primero hay que ponerse en el lugar de los que más han sufrido, las víctimas, compartir su dolor y luego tratar de comenzar un diálogo entre diferentes, basado siempre en el respeto al otro.

 

*La foto http://www.elcorreo.com/noticias/201511/04/media/cortadas/aduriz-kirmen--575x323.jpg

MAGDALENA LASALA Y LOS AMANTES DE TERUEL: MITO Y NOVELA

Magdalena Lasala (Zaragoza, 1958) fue la primera sorprendida cuando desde los Libros de la Esfera le invitaron a escribir una novela sobre Los Amantes de Teruel. “Pensaba que estaba todo dicho, pero acepté y me sumergí en un minucioso trabajo de documentación, como se ve en la bibliografía. He invertido un año. En enero empecé la redacción y entregué el libro en septiembre. He escrito una historia realista, con carne, huesos y emociones, de dos jóvenes que transgredieron las convenciones de su tiempo y que intuyeron que estaban unidos por el destino”, dice, y añade que con la presentación de ‘El beso que no te di’ el próximo 26 de enero en Teruel arrancarán los actos de conmemoración de los 800 años de la de la muerte de Isabel de Segura (1197-1217) y Diego Marcilla (1190-1217).

-Hace unos días, en la contraportada de HERALDO, Francisco López Rajadel decía que la historia de los Amantes es ficción.

-Podría ser. Para mí no es sustancial. Lo poderoso es el mito y en ese sentido Diego e Isabel existieron. En mi novela he mantenido sus nombres porque la leyenda es muy poderosa. Y lo que yo he pretendido es dar a su relato una justificación histórica, un contexto social, con todos los elementos y los personajes principales y secundarios. Teruel estaba naciendo, contaba con sus fueros, empezaba a ser un burgo y a la vez era un territorio de frontera.

-Ha elegido tres voces…

-Sí. La de Isabel, la de Diego y la de Elvira, que es el aya de Isabel, la criada de su madre que, poco a poco, se convierte en decisiva en la vida de la familia Segura hasta el punto de que asiste al nacimiento de la niña. Elvira, por decirlo así, es esa voz omnisciente, testigo y confidente, de cuanto ocurre.

-¿Como es la voz de Diego y cómo es él?

-A mí me gustan mucho las voces que salen de adentro. La voz de Diego es epistolar: está relacionada con las cartas que le envía a su amada desde la distancia, en esos casi cinco años en que está lejos, al servicio de Pedro II. Piense que los Marcilla habían caído en desgracia ante el rey Alfonso II y su esposa doña Sancha, y tanto Diego como su hermano mayor quieren resarcirse y aumentar su consideración social. Dicho esto, Diego es apuesto y audaz, es distinto y destaca en su entorno.

-¿Qué diría de Isabel?

-Creo que era una mujer inteligente que tenía una mirada espiritual que iba más allá de la religión. Poseía una capacidad especial de penetración que le permitía entender el momento que vivía, su situación personal. Es una mujer adelantada a su tiempo, por decirlo de algún modo. Su voz es más íntima: ella habla de sí misma, de su intimidad, de su pasión (a través de cartas que no le manda a su amado) y de su familia y de sus amigas.

-¿Cuál sería la novedad de sus enamorados, en qué son diferentes de la tradición?

-En la novela funcionan como lo que son: dos arquetipos. En el libro se habla mucho de los orígenes de la ciudad de Teruel y de su fundación, y yo vinculo a Diego y a Isabel con el mito fundacional del toro y la estrella. En cierto modo, hay una identificación del toro y de la estrella con ellos. Habló aquí de un ritual de origen cretense vinculado con el toro: un día, mientras intentaba someter al animal, el habilidoso Diego mira a través de la medialuna que hacen los cuernos con la cervizx a Isabel y se queda prendado. Lo impresionante es que todo Teruel se da cuenta de ello. Es un enamoramiento público. Y ahí empieza la historia…

-Creo que usted dice que, en realidad, se habían conocido de niños.

-Es una de mis suposiciones, sí, pero con el paso del tiempo se olvidaron. Una de mis teorías, creo que fundamentadas en la novela, es que ambos fueron gente formada, que conocían la poesía de los juglares, la lírica cortesana, los ‘Libros de Horas’ de la reina Sancha y que recibieron ambos clases de los maestros reales.

-¿Se olvidan?

-Sí. Y se reencuentran en ese ritual del toro, que tiene mucho que ver con los recortadores de ahora. Desde entonces empieza su historia de amor.

-¿Qué quiere decir?

-Que se amaron, que se citaron, que se besaron alguna vez, que disfrutaron de un momento muy especial en el jardín. He intentado que ‘El beso que no te di’ sea un libro carnal, vibrante, sin sexo, claro, una novela marcada por el ‘fatum’, por el destino. Y, en cierto modo, podría decirle que la novela es una tesis sobre el amor y los amantes.

-¿Tanto?

-Es una licencia literaria. Piense que Diego e Isabel estuvieron cinco años separados, sin posibilidad real de comunicación. Si el amor es comunicación esencialmente, ¿cómo mantuvieron firme su llama? Imaginar esa ausencia y desarrollarla ha sido toda una experiencia para mí. Este esun libro de encargo pero puedo decirle que ha sido una de las experiencias más estimulantes que he tendido en mi vida de escritora. Además, he tenido que hacer un camino inverso…

-¿Un camino inverso? ¿A qué se refiere?

-El lector ya sabe el final. Y ahí tampoco me he esforzado mucho. He aceptado lo que se supone y lo cuento con contención. En cambio, intento seducir al lector de otro modo: que cada paso que dan los personajes sea interesante, que atrape. Ahí he trabajado mucho y creo que puede haber momentos en que al lector le habría encantado modificar las historia: salvar a los amantes, alejarlos de la tragedia. Yo he seguido aquí una estructura shakesperiana: prólogo, presentación, desarrollo del conflicto, deselance y epílogo. Una novela en cinco actos. Si dices “Isabel y Diego”, también piensas en ‘Romeo y Julieta’, pero yo he tenido más en la cabeza a Hamlet. En algunos aspectos, Diego puede hacer pensar en Hamlet.

-¿Ha tenido otros libros en la cabeza?

No. Cuando escribo prosa no leo prosa, leo poesía. Y durante la redacción de la novela leí mucho la poesía de Idea Vilariño, una poesía dramática e intensa marcada por sus desencuentros con Juan Carlos Onetti, y también los ‘Sonetos’ de Shakespeare. Los Amantes de Teruel pertenecen a los primeros turolenses y ellos son el primer recuerdo que Teruel puede considerar propio.

 

*La foto la tomo de aquí: http://www.aragondigital.es/not/2013/6/5/img/img1084013s.jpg

FERNANDO FERRERÓ: UN DIÁLOGO

[Recupero esta entrevista publicada en 'Heraldo de Aragón' en 2007 con Fernando Ferreró, que cumplirá este año 90 añosa, porque Prensas Universitarias de Zaragoza, en la colección Larumbe, publica su 'Obra poética completa', con edición de Julio del Pino Perales.]

Clásicos y modernos

FERNANDO FERRERÓ

"Tengo la sensación de que a medida que envejezco la vida se hace más rica"

"En mi poesía, hay una descripción de lo que veo y de lo hay en mí. Es una poesía en drama y una escritura seca"

"Miguel Labordeta me había llevado, de niño, en su bicicleta a dar vueltas por la plaza de San Cayetano"

"Descubrí que yo tenía una vocación de enseñar literatura para los basureros, la gente llana, para el pueblo"





Fernando Ferreró (Zaragoza, 1927) es poeta, pintor y escultor. Y, acaso, uno de los hombres más misteriosos del llamado grupo Niké. Ha publicado diez poemarios y ha realizado varias exposiciones. Estos días aparece su libro "Secuencias y escenarios" (PUZ).

Sabemos muy poco de usted. Siempre ha sido como escurridizo, discreto, tímido.

Nací en Zaragoza en diciembre de 1927. Acabo de estrenar los 79 años. Mi padre, Ángel Ferreró, era de Valjunquera, pero tenía tierras en Fórnoles (Teruel). Era maestro, había estudiado Pedagogía y había asistido a cursos específicos en Madrid de Ortega y Gasset y María de Maeztu. Daba clases en el colegio Ramón y Cajal y tuvo de alumno a Manuel Alvar, del cual fui muy amigo, igual que de su hermano.

¿Julio Alvar, dibujante, antropólogo...?

Sí, recuerdo que con él y con José Luis Pomarón nos íbamos de tabernas de cuando en cuando. Nos poníamos a dibujar, luego dábamos los dibujos al dueño y él no nos cobraba la merienda. Mi madre, Paulina Gloria Tolosa, era maestra en el Buen Pastor. Vivíamos en la plaza de San Cayetano.

¿Cómo fue su infancia?

Estuvo marcada por la Guerra Civil, por una accidentada preguerra y por mi carácter. Piense usted que estábamos cerca del Mercado Central, que era zona problemática, una zona de frontera. Hacia un sitio estaba la revolución; hacia el otro, la vida burguesa y apacible. Siempre había escaramuzas, manifestaciones, huelgas. En la puerta de mi casa, hubo un piquete de soldados con ametralladora. Mis padres vivían en el colegio del Buen Pastor. Más tarde, nos trasladamos a la calle Ramón y Cajal, donde están ahora los bomberos.

Señala, también, que de su carácter derivó su desdicha. ¿Qué quiere decir?

Yo era un niño inclinado hacia la melancolía. Distingo entre temperamento y carácter. El primero nace contigo, forma parte de ti, y el carácter lo vas moldeando tú. Creo que logré cierta superación de la melancolía, y esa superación también se percibe en mi poesía. Yo me siento optimista, alegre, vital en muchos momentos, aunque siempre sea de una manera sesgada.

¿Sesgada?

Soy un hombre que no me comprometo nunca demasiado. Pero también pienso que la poesía puede acabar en sí misma, que no es imprescindible que tenga una proyección social.

¿Por qué nunca se compromete?

El gato escaldado del agua fría huye. Pues yo, igual. He tenido algunas experiencias amargas. Quizá Pío Baroja tenga una parte de culpa: he sido un gran lector suyo y me contagió su desconfianza. Parecía estar escarmentado del mundo, con desagrado, como si estuviera mal hecho.

¿Halló remedio a la melancolía?

Sí, creo que sí. Con el tiempo, con un poco de sentido común y con algunos libros. Primero descubrí, con diez años, "Platero y yo" de Juan Ramón Jiménez y me conmovió. Yo estudié en Corazonistas y un año en el colegio de Santo Tomás. Allí, descubrí un poema de Bécquer que me trastornó: "Cuando ves en el azul horizonte...". Tenía trece años. Empecé a escribir poemas. En la Guerra recibí clases en mi casa.

¿Cómo le fue en el colegio de Santo Tomás?

Muy bien. Allí, coincidí con Miguel Labordeta y con Ildefonso-Manuel Gil, que me abrieron los caminos de la literatura. A Miguel ya lo conocía del barrio. Nos habíamos criado juntos casi, puerta con puerta. Él era seis años mayor que yo. Y más de una vez me había llevado en el sillín o en el asiento trasero de su bicicleta a dar vueltas por la plaza de San Cayetano.

¿Y luego?

Hice Letras aquí, con profesores como Francisco Ynduráin y Eugenio Frutos. A la vez, colaboraba en revistas y escribía algunos poemas. Teníamos una tertulia en el café Levante, organizada por el periódico "Domingo". Estábamos el crítico de cine Manuel Rotellar, el poeta y anticuario Fermín Otín, etc. De Zaragoza marché a Salamanca, donde permanecí tres años. Y allí me empapé de la poesía del 27, de la de la generación de los años 40... En uno de los cursos estuve pensionado, en el verano, en Perugia, Italia. Y descubrí al gran poeta Eugenio Montale, en quien sigo hallando una afinidad y una sintonía con mi poesía.

¿Tuvo un significado especial la estancia en Salamanca?

Significó un encuentro más profesional con la poesía y la literatura. Los compañeros casi todos eran chicas, así que fui un estudiante perpetuamente enamorado. Me identifiqué con Castilla por amor a la Generación del 98. Hice el doctorado, pero no llegué a realizar la tesis. Fui auxiliar de Gustavo Bueno y de Fernando Lázaro Carreter, que siempre me trataba de usted, a pesar de que ambos éramos de Zaragoza y de una edad parecida.

He leído que dio clases en el colegio de Santo Tomás de los Labordeta.

Di clases de filosofía un curso. Dos horas a la semana. Miguel tenía un trato de favor hacia mí. Recuerdo que me regaló su primer poemario: "Sumido 25". Luego trabajé como ayudante de Eugenio Frutos, pero descubrí que yo tenía una vocación de enseñar literatura para basureros, para la gente llana, para el pueblo. No era un especialista y veía que la enseñanza literaria estaba demasiado sujeta a la investigación y a la erudición.

Y consiguió una plaza de profesor de Literatura en Benicarló.

Sí. Permanecí seis cursos. Entre 1955 y 1960. Aquello supuso el descubrimiento del Mediterráneo, otro tipo de vida, una nueva sensualidad, otra luz. Colaboraba en algunas revistas como "Orejudín" y "El molino de papel". Un día, José Antonio Labordeta, de quien era muy amigo, me pidió un libro para su editorial, y le di "Acerca de lo oscuro" (1959). Y al año siguiente, me llamó Joaquín Mateo Blanco y me pidió otro para Coso Aragonés del Ingenio, y le entregué "Hacia tu llanto ahogado" (1960).

¿Cómo era esa poesía?

Acusaba la falta de formación. Yo no tenía una visión clara de la lírica. Se veía el influjo de Juan Ramón Jiménez, Rainer Maria Rilke y Pedro Salinas. Creo que eran libros un poco ininteligibles.

Ya frecuentaba el café Niké, ¿no?

Sí, sí, claro. Venía los fines de semana y me integraba. En vacaciones, casi todos los días. Nos instalábamos al fondo, y hablábamos de todo menos de poesía. Había jóvenes poetas que sólo acudían el sábado y el domingo, y para ellos era muy importante. A veces, se leían poemas, pocas veces, y se oía una voz al fondo que decía: "¡Vaya mierda!". Miguel Labordeta venía los sábados por la noche: hablábamos, reíamos y salíamos a pasear por la ciudad a las tres de la mañana. Era una vida alegre.

He oído decir que durante el noviazgo de José Antonio Labordeta y el de Juana Grandes usted hacía casi de carabina.

Éramos grandes amigos, sí. A la madre de José Antonio le gastaron la broma de decir que para la luna de miel ya habíamos sacado los billetes para los tres. Los acompañaba a la playa en Tarragona, también venía Miguel. Era una relación entrañable.

En "Poetas aragoneses del grupo del Niké", Lorenzo de Blancas lo elogia y alude a su boda y a "la curación de todos sus psicológicos males". ¿A qué se refiere?

Siempre pensaba que me pasaba algo malo. Un día pensé que tenía leucemia. Tenías las manos amarillas y me asusté. Era porque me había puesto unos guantes amarillos, ja, ja, ja. Para entonces, ya vivía en Alfaro. Obtuve allí una plaza de profesor y permanecí hasta 1975.

Allí, descubrió el amor definitivo.

Llevaba una vida somática, placentera, de campo. Jugaba mucho al dominó, iba al café, paseaba, disfrutaba de buenas merendolas. De nada me arrepiento. Además, pintaba, algo que he hecho toda la vida. Y empecé a hacer escultura. He pasado por distintas fases: el expresionismo, el cubismo abstracto, el arte naïf, el arte bruto.

Hablemos de amor.

Conocí allí a una joven profesora de Zaragoza, Pilar Nogales, 20 años más joven que yo, y me enamoré. Fue un noviazgo largo e intermitente, que me llevó a cometer algunas locuras. Me casé con 50 años. He conducido literalmente de pie para no dormirme, cantaba, berreaba, abría las ventanas. No creo que me lleven a la cárcel por esto: una noche volvía a Alfaro y me pasé en la autopista, un kilómetro exactamente. Eran las tres de la mañana, y regresé a la salida marcha atrás. Hice un kilómetro completo. No venía nadie, eso sí.

Regresó a Zaragoza, trabajó de profesor de Lengua y Literatura en un instituto y recuperó su carrera poética.

Estuve más de 20 años sin publicar nada. En 1982, recogí y rescribí mis dos primeros libros, con nuevos poemas, en "De la cuestión y el gesto" (1982). Pero mi carrera literaria empezó de verdad en "La densidad implícita" (1988), que se completó con "El texto mínimo y Perfiles" (1988) y "El paisaje continuo" (1989). Ya conocía bien a los expresionistas alemanes como Paul Celan. Vaciaba lo que estaba dentro de mí.

¿Para quién ha escrito?

No he hecho una poesía asequible, es verdad. En mi poesía, hay una descripción de lo que veo en el exterior y de lo que hay en mí. La mía es una poesía en drama y una escritura seca: siempre hay una lucha con el ámbito, con una serie de elementos que dialogan entre sí, que tienen sus sentimientos, sus opiniones y sus esperanzas.

Su obra plástica es muy diferente a su obra poética. ¿Por qué?

Soy un hombre escindido. Pero he visto que no hay tanta diferencia. Mis libros se van organizando mediante fragmentos con un sentido claro en la estructura. Y en la obra plástica me ocurre algo semejante: encuentro cosas, utilizo fragmentos acabados e independientes y los voy uniendo en un todo. Mis objetos son construcciones, como mis poemas.

Camina hacia los 80 años. ¿Que desea?

Vivir más. Estoy satisfecho de la vida. Soy moderadamente feliz y Zaragoza me encanta, incluso creo que ha mejorado el clima. No tengo resentimiento hacia nada ni hacia nadie. La música clásica me llena, paseo con mis amigos, escribo. Soy completamente anárquico. ¿Una retrospectiva de mi obra artística? Ni lo pienso. Soy demasiado perezoso, salvo que me lo dieran todo hecho... Tampoco soy tan vanidoso. Tengo la sensación de que a medida que envejezco la vida se hace mucho más rica.