Blogia
Antón Castro

Escritores

PABLO NERUDA: DOS POEMAS

PABLO NERUDA: DOS POEMAS

Seix Barral, con introducción y notas de Darío Oses y prólogo de Pere Gimferrer, rescata un puñado de poemas inéditos de un poeta incontenible, dueño de hermosas metáforas, de candentes emociones. Se trata de ‘Tus pies toco en la sombra y otros poemas inéditos’, poemas de amor a Matilde Urrutia, poemas de paisaje, poemas como odas, de diversos aciertos. Poemas, como suelen ser los de Neruda, torrenciales, vigorosos, de una sensualidad arrebatada. Copio aquí dos.

 

1

Tus pies toco en la sombra, tus manos en la luz,

y en el vuelo me guían tus ojos aguilares

Matilde, con los besos que aprendí de tu boca

aprendieron mis labios a conocer el fuego.

Oh piernas heredadas de la absoluta avena

cereal, extendida la batalla

corazón de pradera,

cuando puse en tus senos mis orejas,

mi sangre * propagó tu sílaba araucana.

 

5

Por el cielo me acerco

al rayo rojo de tu cabellera.

De tierra y trigo soy y al acercarme

tu fuego se prepara

dentro de mí y se enciende

las piedras y la harina.

Por eso crece y sube

mi corazón haciéndose

para que tu boca lo devore,

y mi sangre es el vino que te aguarda.

Tú y yo somos la tierra con sus frutos.

Pan, fuego, sangre y vino

es el terrestre amor que nos abrasa.

MARIANO ESQUILLOR: HOMENAJE

MARIANO ESQUILLOR: HOMENAJE

LA MEJOR COMPAÑÍA DEL POETA

 

Antón Castro

 

Conocí a Mariano Esquillor (1919-2014) cuando aún era paleta, yesaire, cuando aún hacía casas, lucía paredes y parecía incomodar a su “diosa cotidiana”, Fanny o Fuensanta, con su vocación poética. Era como si, en el andamio o en el esqueleto de una escalera, le llegasen las imágenes, la intuición en forma de explosiva metáfora. Mariano había trabajado duro y había encontrado en la palabra, luminosa y descarnada, liberadora y trágica, una razón de ser. Un punto de fuga. Un piélago de emociones encontradas con su propio remanso. El poeta Ángel Guinda hablaba de él con mucho cariño ya en los años 80, y quizá antes: lo retrataba como un hombre especial, telúrico, voluntarioso, que sentía con intensidad y quizá con rabia. Y que tenía la pasión incontenible de escribir.

Algún tiempo más tarde, a principios de los 90, lo conocí mejor: concertamos una cita y me contó su historia para ‘El Periódico de Aragón’; Eduardo Bayona le hizo un montón de fotos. Alguien le dejó un libro de Víctor Hugo, me explicó, y aquello le abrió una veta y una vereda. Se dijo: “Si se puede soñar y escribir así, es lo que quiero hacer”. No abrazó la prosa (algo que haría mucho más tarde en sus personales poemas en prosa), sino la lírica en verso libre y en ella se zambulló desde muy pronto. Se hizo amigo de los poetas de entonces, de los 60 y 70, se familiarizó con la gente del café Niké, aunque él nunca frecuentó aquel espacio de rebeldías ni tampoco conoció a Miguel Labordeta; tuvo un primer maestro, Manuel Pinillos, sabio, raro, bebedor, charlista infatigable, que le dio sabios consejos y le enseñó que la poesía llega, se escribe y luego se depura en un ejercicio de perfección caligráfica y sonora a solas.

Mariano le hizo caso, y así fue creciendo. Fijándose, puliendo, con entrega absoluta. Sentía mucho, visceralmente, lo atropellaban los verbos y las visiones. A aquel fervor por Víctor Hugo, lo seguiría el descubrimiento de otros poetas como Rimbaud, Lorca, Baudelaire, más tarde John Donne. Leía con el desorden del soñador atravesado por el delirio y los puñales del espanto. En aquella primera cita de los 90, Mariano habló y habló de todo: de su amada, de nuevos amigos entrañables como Luciano Gracia o Julio Antonio Gómez, el editor y poeta y ciudadano estrafalario y burlón le animaba a que siguiese su camino para convertirse “en un gran poeta”; hablaba de Ana María Navales y del citado Guinda, que serían después los albaceas de su obra. No era fácil explicar al poeta albañil: era sincero, quizá un visionario bañado en tormentos y búsquedas, tenía un barniz romántico y frecuentaba, quizá por adivinación, algunos caminos del simbolismo. O de la alegoría un tanto tenebrosa que se volvía escurridiza, polisémica, como un pájaro en la noche.

Algunos años después, quizá en 1999, volvimos  a vernos con detenimiento al calor de un café. Mariano tenía un deseo: quería publicar una amplia selección de su obra en Olifante, y así apareció ‘Arco lírico’: un pequeño compendio de poemarios inéditos, de obra en marcha, dispareja o arracimada en un libro. Mariano tenía muchos libros; a veces decía: “tengo treinta libros inéditos”, “estoy trabajando en siete poemarios a la vez”... Y los trabajaba poco a poco, con pulcritud, con exigencia y con un deseo: quería trascender. Tenía la impresión de que su obra se alimentaba de eternidad y avanzaba hacia niveles decisivos de trascendencia. O, al menos, aspiraba a ello.

No sé bien si fue con aquel libro de libros o con otras publicaciones cuando lo conoció el editor más decisivo de su vida. El editor, el amigo, el admirador, el lector: Raúl Herrero. Le publicó sus últimos libros y también sus dibujos expresionistas, violentos, terribles, alucinatorios. Goyescos. Raúl Herrero, como Manuel Forega tal vez, fue su gran cómplice. Conoció bien su trayectoria más íntima, sus sueños, sus fulgores y neblinas, sus amores otoñales, que eran más imaginarios que reales, formas de la cortesía y del afecto que necesita el poema para sublimar el tedio de los días y ensalzar la sustancia del lenguaje. Escribió Esquillor: “El amor es la fuerza que sobrevive por encima de la muerte”. Ahí están libros como ‘Huracán de sol’, un título que quizá le defina a él en el fondo, quiso ser un huracán de luz y de brillos contra la sombra, ‘Opio’, ‘Caricaturas de un diario’, ‘Columpio autobiográfico’ (quizá el más narrativo y confesional: el testamento de una pasión intuida y desigual con una mujer, con el barrio, con la poesía misma, la expedición a su interior convulso) o ‘La cítara / La bahía de los diablos’, por citar algunos. En ellos Mariano Esquillor ofrecía grandes hallazgos expresivos, imágenes fulgurantes, obsesiones y visiones, se adentraba en los lugares sinuosos del dolor, del desgarro, de la premonición.

Lo he visitado varias veces en la Casa de Amparo, en Predicadores. O él venía a verme a ‘El Periódico de Aragón’ y a ‘Heraldo’. Nunca quería regresar tarde. Se sentía cómodo en su soledad: iba a un café, se sentaba con un libro –Alejandra Pizarnik, John Donne, el último Rosendo Tello o Ángel Guinda, William Blake, a quien se parecía tal vez en intención mística y neorromántica-, sacaba su cuadernos y escribía y escribía. Escribía y reescribía. Y no solo eso: había un momento en que, mientras aparentaba pasar páginas, oía lo que se decía. El torbellino de voces y rumores que van y vienen. Le gustaban las historias. Siempre había alguien que le contaba una aventura, un lance, una percepción, un sueño, y él lo hacía suyo, o le daba sustancia poética o estímulo o alas para viajar y extraviarse. Lo que más le gustaba eran las confidencias de las mujeres. Su proximidad, su sonrisa, su olor, su picardía, esas insinuaciones más o menos eróticas o amatorias que le hacían sentirse melancólicamente joven. Fabulaba, como si iniciase una misteriosa travesía hacia la recuperación de la juventud.

Cuando ellas querían saber más de él, de sus versos, de su inspiración, les contaba que tenía muchos poemas, bastantes libros y que le pasaba algo insólito. Su mujer, la compañera de su vida, Fuensanta (a quien dedicó muchos libros, pero especialmente ‘Elegías a Fuensanta’), lo visitaba a diario como un fantasma impreciso y le pedía que le leyera sus composiciones. Algo que quizá no había hecho en vida. Ahora, Mariano Esquillor, el poeta de los bares y de las ominosas visiones, el poeta que quiso ser “huracán de sol”, lo hacía gustosamente. Eso sí, percibía que su despaciosa lectura cautivaba a ese espectro enamorado que se había convertido en su mejor compañía: “Ponte en los ojos mi estrella, que yo en los míos pondré tu amor de diosa irrepetible”. O quizá le leyese esta declaración incontestable: “Tú, la deseada musa de los abandonados, no me envuelvas con el terror de no sentir el abrazo íntimo...”

 

*La foto pertenece a Heraldo. Este texto aparece en un monográfico dedicado a Mariano Esquillor de la revista 'Imán'.

ALVITE SE VA Y CIERRA EL SAVOY

ALVITE SE VA Y CIERRA EL SAVOY

 


José Luis Alvite (Santiago, 1949-2015) fue un periodista diferente, imaginativo, apasionado por el jazz, la novela negra, las mujeres bonitas, el boxeo, el alcohol, especialmente el whisky, o los cigarrillos. Le encantaba contar, imaginar historias (Historias del Savoy, ese refugio con humo por donde andaban o pueden andar aún Ernie Loquasto, Chester Newman, Lorraine Webster y Sony «Sweet» Sullivan ), y tenía una mirada líquida sobre la realidad: líquida, transgresora y hondamente irónica. O cínica, perlada de humor negro. 
Descendiente de una familia de periodistas, lo hizo casi todo en la profesión. Poco a poco, con su alma de poeta, como buen heredero de Cunqueiro y de Camba y de Pla, fue imponiendo su estilo. Colaboró en diversos medios (en muchos: en casi todos los gallegos, ‘El correo gallego’, ‘La voz de Galicia’, ‘El faro de Vigo’, ‘La Opinión’; en otros como ‘Diario 16’ o ‘La razón’ o en la radio, a través de Onda Cero o RNE) con secciones fijas, como ‘Áspero o sentimental’ o ‘Almas del nueve largo’. Ha recogido sus artículos en cinco libros de la editorial Ézaro. Tuvo muchos seguidores, muchos lectores que lo veneraban. Creaba adicción. Manuel Jabois, por ejemplo, siempre ha confesado su admiración y un poeta como Xosé Manuel Álvarez Cáccamo lo admiraba con locura. Me dijo que para él era un poeta mayor en los periódicos. Un estilista. Un sabio.
Falleció el pasado jueves: un día reveló en una carta en antena a Carlos Herrera que padecía un cáncer de pulmón y otro de colon. Luego, con sinceridad y sin renunciar a su personalidad, fue dando cuenta de la enfermedad. De la enfermedad y de las cosas de la vida, a su manera, como si entonase una canción de Frank Sinatra o con la indolencia calculada de un pistolero insobornable. [La foto la tomo de La Razón.]

Su carta a Carlos Herrera, anunciándole el cáncer.
http://2.bp.blogspot.com/…/AAA…/NeeqHudRKI0/s1600/ALVITE.jpg

MILO J. KRMPOTIC, EN ANTÍGONA

MILO J. KRMPOTIC, EN ANTÍGONA

'EL MURMULLO' DE MILO J. KRMPOTIC, HOY, EN ANTÍGONA

 
El escritor y crítico Milo J. Krmpotic presentará esta tarde, a las 20.00, en la librería Antígona, su nueva novela, 'El murmullo'. El autor, vinculada a la revista 'Qué leer' estará acompañado del escritor y traductor Miguel Serrano Larraz, que publicaba el pasado año su mejor novela: 'Autopsia' (Candaya).

 


SINOPSIS DE LA NOVELA
Esta historia comienza como uno de aquellos viejos cuentos de hadas: la niña que baja a la calle, el lobo que le sale al paso bajo la lluvia, la mancha de sangre que queda como testigo único de su terrible encuentro… Pero, aunque ignoremos dónde, la pequeña Anabel Prat continúa con vida. Y, mientras lo haga, querremos leer sobre ella, sentiremos la necesidad de saberlo todo acerca de los avances de la investigación y las motivaciones del monstruo que la mantiene retenida. 
Ahí es donde entra en juego Gloria Casavella, periodista de vocación en un momento en que esa profesión vale cada vez menos, una mujer además acosada por sus propios fantasmas, literalmente hablando. Por ello, sumergirse en las oscuridades del caso podría representar el golpe de gracia para su ya castigada psique… e iniciar una relación con Sofía Prat, la hermana mayor de Anabel, no la ayudará a centrarse.

ESTA TARDE, CITA EN HUESCA

ESTA TARDE, CITA EN HUESCA

Esta tarde, a las 20.00, en la librería Anónima de Huesca, se presentará el libro ‘La leyenda de la ciudad sumergida’ (Nalvay) de Antón Castro, con ilustraciones de Javier Hernández. Rosa Tabernero y José Domingo Dueñas ejercerán de padrinos, junto a los editores y el libro Chema Aniés. Habrá una música especial.

Estáis invitados. Me hará mucha ilusión veros por allí.

SONIA FIDES: UN POEMA

SONIA FIDES: UN POEMA

AHORA LAS NARANJAS SON MUJERES MUDAS

 

A Antón Castro, que conoce el corazón

de los veranos como lo conocen pocos hombres

 

Nosotros fuimos la última generación
en ver penas de muerte escondidas entre la nubes,
sin embargo abríamos la boca cada vez que llovía
porque los veranos de cuando éramos jóvenes
estaban hechos del mismo tejido que el papel secante.
Me pregunto por qué me detengo a recordar,
quizás para que la boca se llene de jugo
como cuando la fruta tenía su propio lenguaje.
Ahora las naranjas son mujeres mudas de estómagos yermos.
Es evidente que estamos en tiempo de descuento
y de que es hora de maldecir a los tiranos
que permiten que los niños se duerman para siempre en medio de los telediarios,
de destrozar los cuentos de hadas,
porque hoy cuando los espejos tocan mi cuerpo me duele la carne,
de habitar la noche
y alimentar la vigilia de otros,
porque la nuestra es comida repetida y rancia que lacera la laringe,
de soñar con tener una lengua como la de los gatos
y acabar con los pecados como lo hace el bautismo

 

con los que Dios les entrega a los niños cuando nacen.

 


Sonia Fides

 

*La foto es de Nina Leen.

 

POESÍA PROCAZ. POR JAVIER BLASCO

POESÍA PROCAZ. POR JAVIER BLASCO

El amigo Javier Blasco -catedrático de Literatura en Valladolid, especialista en Juan Ramón Jiménez y en Cervantes, entre otras cosas- está trabajando en poesía erótica española de diversas épocas. Mucha de ella es de carácter anónimo. Me envía este soneto con glosa. Con picardía, procaz, divertido.

 

Rapándoselo estaba cierta hermosa,
hasta el ombligo toda arremangada,
las piernas muy abiertas, y asentada
en una silla ancha y espaciosa.

Mirándoselo estaba muy gozosa,
después que ya quedó muy bien rapada,
y estándose burlando, descuidada,
metióse el dedo dentro de la cosa.

Y como menease las caderas,
al usado señuelo respondiendo,
un cierto saborcillo le dio luego.

Mas como conoció no ser de veras,
dijo: "¡Cuitada yo! ¿Qué estoy haciendo?
Que no es ésta la leña deste fuego".


GLOSA

Del dicho de la gente temerosa
el encubrirse toma por consejo,
y ansí, secretamente y a un espejo,
rapándoselo estaba cierta hermosa.

Pero como quien no es experimentada,
dejóse una ventana medio abierta,
por do la vio el por quien fue descubierta,
hasta el ombligo toda arremangada.

Estaba aquesta hermosa confiada
de la parte secreta do lo hacía,
sin entender que algún hombre la veía,
las piernas muy abiertas y asentada.

Mas como no hay secreta alguna cosa,
por do la dama menos lo pensaba,
un galán la acechó y dijo que estaba
en una silla baja y espaciosa.

Como lo vio rapado esta hermosa,
y aparejado para haber cuistión,
dice que, con frecuencia y afición,
mirándoselo estaba muy gozosa.

Y ansí daqueste gozo acompañada
que la hacía entre sí mover a risa,
mil veces se limpió con la camisa,
después, cuando ya quedó muy bien rapada.

De todo su juicio enajenada
le toma con la mano y mil cosillas
se hace por moverle a haber cosquillas,
estándose burlando, descuidada.

Volviéndole a mirar como una rosa,
le pareció codicia el menearse,
y viendo que no puede ejecutarse
metióse el dedo dentro de la cosa.

Como anduvo con él por las laderas,
no dejó de tomar de aquesto gusto,
lo uno porque el dedo vino justo,
y como menease las caderas.

En aquesto se estaba entreteniendo,
toda elevada en aqueste ejercicio
y procurando bien hacer su oficio,
al osado señuelo respondiendo.

Apenas entró el dedo cuando luego
vido que era hacienda muy gustosa,
porque como topase cierta cosa
un cierto saborcillo le dio luego.

Corrió con ese gusto dos carreras
y hallóse a la tercera muy burlada,
y ansí se desmayó sin hacer nada,
mas ¿cómo conoció no ser de veras?

Pero después de aquesto, en sí volviendo,
pésale por no haber sido de veras,
y sosegando el cuerpo y las caderas
dijo: "¡Cuitada yo! ¿Qué estoy haciendo?"

Y ansí dio fin al amoroso juego,
entre sí lo pasado repetiendo,
con sollozos y lágrimas diciendo
"Que no es ésta la leña deste fuego". 

 

*La fotografía es de Jean-Philippe Piter.

DE 'CONCIENCIA DE CLASE'. D. MAYOR

DE 'CONCIENCIA DE CLASE'. D. MAYOR

David Mayor Orgillés (Zaragoza, 1972) ha sido becario en la Residencia de Estudiantes, librero, y ahora es profesor. Uno de esos profesores de los que a menudo te hablan los alumnos, profesores que dejan huella por su actitud y por su capacidad de contagio de pensamiento, de palabras, de sueños. Es autor de tres libros, más bien delgados y aún estilizados: ’En otra parte’ (Pre-Textos, 2005), que tanto le gustaba a Félix Romeo, ’Otra novela’ (Cartonerita Bonita, 2011) y ’31 poemas’ (Pre-Textos, 2013).

David Mayor es un poeta peculiar, con personalidad: personalísimo y hondo, capaz de llorar y cantar al padre que se ha ido o de dibujar diferentes aristas de la realidad. Le apasionan la música y cierta imaginería pop de los 60 y los 80. Si alguna vez fue críptico, y aún minimalista, cada vez es más diáfano, más proletario, más combativo. Acaba de publicar ’Concienca de clase’ (PUZ: La Gruta de las Palabras. Zaragoza, 2014. 66 páginas), uno de esos libros trabajados en diversas direcciones, hacia todas las latitudes del ser y de la identidad. De entrada, conviene decirlo, es un libro sobre la identidad: “La historia que te lleva, en la que eres palabra / por escribir y por leer. Eres biografía / como un mito es la imagen para cualquiera”. Es un libro sobre el hecho de escribir, sobre la poesía misma, sobre la tarea de inventarse y hacerse texto: “Escribir con brújula, desconocer el camino que recorres, decantarse por la pertinencia del oficio frente a la indulgencia del genio”, anota en ’Piezas de taller’. Y en ’Poema’ mezcla la enfermedad de su padre con la fragilidad de la existencia o la negra sombra de la amenaza: “Mientras mi padre envejecía cien años en un mes, / la repentina presencia del emperador de todos / los males hizo que vacilaran las cosas primeras y / últimas del mundo”. Ese padre, que ya aparecía en el libro anterior, reaparece casi con categoría mítica: “Recordar no es vivir de nuevo; es habitar una ausencia / que nos calma de otra manera (…) La prosa es un día cualquier que nos lleva”. 

David Mayor concentra y expande sus temas. ’Conciencia de clase’ es un libro familiar, su madre también anda por ahí, y su compañera, con la que se sienta en una terraza, es un libro de manifiestos privados, de un nacionalismo cultural no excluyente y es un poemario sobre el embrujo de lo cotidiano, la fuerza de las pequeñas cosas: “Aprender a ir en bici tiene algo de virtud”. Y es también un libro fantástico, imaginativo, donde es posible que la ficción se convierte en certeza o en presencia. Dice en ’Paganismo’: “Las ondinas remontan el río Ebro en busca de presas / que escuchen su canto. Ojos rápicos del pájaro que / fueron miran inadvertidos entre las aguas”. David Mayor ha escrito su libro más intenso, con ecos filosóficos y musicales (Monk, Patti Smith...), que no se despega de obsesiones anteriores del autor: el paso del tiempo, la mirada hacia la infancia y la juventud, la erosión de los días vencidos. “No confíes en nadie que tengas más de treinta años, / perderás el tiempo”, dice, y apostilla en otra composición. “El escenario de los sueños es tu infancia”.