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SANTIAGO LORÉN: UN PATRIARCA DE LETRAS

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Santiago Lorén parecía llamado al cultivo de las letras. En la escuela componía las redacciones más atractivas, inventaba historias mejor que nadie. Hijo de pastelero, había nacido en Belchite (Zaragoza) en 1918, pero pronto retornó a Zaragoza. Vivió mucho tiempo en el Matadero, y veía los horribles sacrificios de las bestias y la espesa sangre derramada con pasmosa naturalidad. Aunque donde mejor iba a pasárselo iba a ser con los libros: fue alumno de Allué Salvador, del cual recibió estupendas clases de Lengua y Literatura, frecuentaba la biblioteca de UGT en la calle Estébanes, y consumía horas y horas leyendo novelas y cuentos. Además tenía un tío, secretario de juzgado en Híjar, que disponía de una biblioteca impresionante, que puso a su disposición.  

     
La escritura se le impuso, igual que se le impuso la Medicina, en particular la Ginecología. Combatió en el bando nacional siendo apenas un joven y estuvo en la retaguardia atendiendo a los soldados heridos. Ha descrito cuando recibía a los combatientes del frente de Teruel con los pies y las manos helados: parecía un espectáculo dantesco. Apenas terminada la contienda, acudió al Ayuntamiento de Zaragoza para dar las gracias por todas las ayudas que había recibido, y le dieron trabajo en el Hospital 18 de julio del Coso (Zaragoza). En ese instante, se inició su dedicación médica. Muy pronto le destinarían al Hospital de Calatayud, donde alcanzó crédito inmediato como escritor y como sanitario. Y allí, a principios de los 50, concibió su primera novela: Cuerpos, almas y todo eso (1952), con la cual se incorporaba a esa gran tradición de médicos--novelistas; pensamos, si nos ceñimos a España, en Marañón, Luis Martín--Santos, Baroja, Castelao, etc. El libro era una radiografía de muchos personajes que tenía su inspiración en Calatayud: la novela enojó a los que salían y podían ser reconocidos y a los que habían sido omitidos y se sentían ninguneados. La publicó el gran editor Josep Janés, que pasaba entonces por una importante crisis.         

Lo cual llevó a Santiago Lorén, al terminar su segunda novela, Una casa con goteras, a intentar dar el salto a otra editorial. El año anterior había sido convocado el I premio Planeta de novela, dotado con 40.000 pesetas; en la segunda convocatoria, el editor José Manuel Lara aumentó el galardón a 100.000 pesetas. En un viaje a Barcelona, Carmen Berdusán, la decidida esposa de Santiago Lorén, que tendría luego una galería de arte, entró en las dependencias de Planeta y dijo: "¿Valen en este premio las recomendaciones?". "No, de ninguna manera", le dijo Lara. "Pues ahí tiene el ganador". La novela, realista, de escritura minuciosa y de enérgicos personajes, se alzó con el galardón, y para él comenzó una carrera literaria que ha tenido mil y una direcciones.

       

Ha sido narrador de ficciones en textos como La siete vidas del doctor Cucalón, El verdugo cuidadoso o La vieja del molino de aceite (novela que se alzó con el premio Ateneo de Sevilla); memorialista en libros como Cierzo de papel, donde relata los años felices y audaces de la edición aragonesa del diario "Pueblo", periodista indomable en distintas colecciones de artículos que fueron apareciendo en Radio Zaragoza o Heraldo de Aragón, es famosa la colección La rebotica. También ha escrito libros de viajes como Aragón,  biografías de Ramón y Cajal y Fernando el Católico, o monografías médicas como Historia de la Medicina o Nuestra vida sexual. Uno de sus grandes éxitos fue su libro de humor, Diálogos con mi enfermera.  Ha sido guionista y asesor de series como Ramón y Cajal y Miguel Servet, dirigidas por José María Forqué. 

    

Santiago Lorén no ha terminado su carrera, aunque mira al pasado con un punto de melancolía. Fue amigo de Ignacio Agustí, Wenceslado Fernández Flórez; tuvo tentaciones políticas y llegó a presentarse a las elecciones municipales (le faltaron mil votos para ser elegido), escribió en casi todos los periódicos aragoneses: Heraldo de Aragón, Diario 16 de Aragón o El Periódico de Aragón. Hace algún tiempo, confesaba con una sinceridad inolvidable: "Sigo escribiendo artículos para vencer el Alzheimer". No obstante, en su gaveta, entre otras obras y piezas inéditas de toda índole, conserva un manuscrito en busca de autor: La funesta manía de escribir, que es una declaración de principios y un autorretrato.

         
Muchas mañanas sale a pasear en una silla  de ruedas. Y, de cuando  en cuando, sonríe. Parece reconocerte y sonríe. En este año de 2008 cumple 90 años y es uno de los patriarcas de las letras aragonesas.  

*La foto es de Eugene Smith.

 

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