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DIARIO DEL MUNDIAL 2010/4

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NAUFRAGIO Y MANIERISMO DEL ESTILO

 

El Mundial para España ha empezado de la peor manera posible. En un día aciago para los pupilos de Del Bosque, contra la historia y los pronósticos, los suizos han puesto punto final a una estadística adversa. Hasta ahora, jamás habían vencido a España. Y lo han hecho tras ensayar un 'catenaccio' que nadie podía preveer, aunque un entrenador como Hitzfeld, que es un maestro de la estrategia y un profesional cargado de prestigio y de títulos, se merecía el beneficio de la duda.


España cayó no por menosprecio del rival exactamente: se vino abajo porque incurrió en el manierismo del estilo. Se volvió barroca en las transiciones, ralentizó la circulación de balón y pecó de conformismo. Y a eso se sumó un ostentoso desacierto. Como algunos habían pedido paciencia, España decidió huir de la ansiedad, había que labrar y labrar y labrar el jardín de los pases precisos: creyó que el gol llegaría tarde o temprano, y que el primero abriría el camino hacia la red rival con la facilidad soñada.


Perdonas y pierdes

Se dispuso a lograrlo hasta que se descubrió impotente, desarmada de ideas y de chispa. En esas andaba cuando se produjo lo inesperado: el gol rival. Es un axioma habitual: perdonas, vuelves a perdonar, y pierdes. España siguió a lo suyo: exageró su poética preciosista del juego, sus triangulaciones, y se atoró de centrocampismo y de insignificancia. Verificaba, pase a pase, que se parecía más al combinado fallón que jugó ante Arabia Saudí y Corea que al brillante combinado que vapuleó a Polonia. España se afanaba y se moría en un deshilachado toreo de salón.


El equipo que sacó Vicente Del Bosque tiene algunas imperfecciones: Busquets y Xabi Alonso son dos jugadores repetidos en un partido como el de ayer. En choque donde el rival amontona defensores y barreras. El medio del Barcelona es un buen jugador, que defiende y asiste, sobre todo en corto, da salida al balón y está siempre ahí, para un roto o para un descosido, concentrado y presto a realizar la falta táctica a tiempo. A menudo, es incluso, un tanto gratuitamente, marrullero.


Xabi Alonso también es una catapulta, un faro: roba y defiende, es capaz de servir en corto y de participar aseadamente en los rondos permanentes que teje España; pero además tiene algo mejor que Busquets: posee desplazamiento en largo, sabe cambiar el juego con balones a contrapelo a las alas, y posee un estupendo disparo desde cualquier posición. Ahí empezaron, probablemente, los males iniciales del conjunto, ahí se enmarañó el discurso del fútbol artístico y espectacular. Y luego en esa línea de medios, o 'trescuartistas', como también se dice ahora, faltó agudeza, velocidad e implicación. Auténtica implicación en el juego ofensivo. Se abusó del toque para nada, de la combinación retórica, y el equipo se transformó en una orquesta desafinada y, si puede decirse así, amanerada.


Xavi, llamado a ser la figura del equipo, no estuvo en su mejor versión ni en el sitio tal vez; Silva no se asoció con su amigo Villa, que quiso y no pudo y anduvo desastido; Sergio Ramos trabaja y trabaja, avanza hacia arriba, lame la línea de banda, incluso se atreve a burlar a su par como un extremo acelerado, pero toma decisiones que no satisfacen a nadie. Parece que quisiera emular el golazo de Maicon cada quince minutos. Y la defensa se arrugó en un descuido: un equipo como España necesita cuidar los detalles, estar muy concentrada, debe mostrar poderío y contundencia atrás. Quizá se ha visto que es el momento de dar un poco de profundidad al conjunto, de acentuar la verticalidad y de revisar aspectos de la táctica. Jesús Navas o Pedro, al menos uno de entrada, tal vez debieran arrancar desde el principio: le dan otro aire, más verticalidad, tan necesaria, arrebato, algo menos de retórica.


Defender, atacar, golear

¿Qué va a pasar a partir de ahora? No puede perderse la calma. La alarma se ha encendido sola y está ahí, como una amenaza. Pero no es el momento de buscar heridas que no existían unas horas atrás, de descalificar el bloque, de despotricar contra el estilo que había seducido al mundo y que conquistó Europa anteayer.


Hay que volver a empezar, despojarse de artificiosidad y perfeccionar las transiciones y, ya de paso, la finalización de la jugada. España debe querer el balón siempre, pero no solo para manosearlo y pasearlo con cierta belleza: debe concluir cada jugada entre los tres palos. Y marcar goles. Y defender un poco mejor. Así nos evitaremos esta congoja y tendremos un resquicio para soñar.

PD. El uruguayo Diego Forlán ya lleva dos tantos: dos golazos. Es un delantero inmenso. (Esta foto de la desolación de los españoles, tras el gol de Suiza, es de J. C. Cárdenas de la agencia EFE).

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