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VIDAS Y ÉXODOS DE ARANA

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Las vidas y los éxodos de José Ramón Arana

 

[El escritor y sindicalista fue librero ambulante en México, creó varias revistas, escribió poesía y novela, y jamás se pudo olvidar de Aragón]

 

Antón CASTRO

La vida no le dio tregua a José Ruiz Borau (Garrapinillos, 1905- Zaragoza, 1973), José Ramón Arana para la literatura, y él vivió con pasión, con peligro y audacia, a salto de mata, entre el amor, la mala conciencia y el afán de sobrevivir. Siempre sintió la huella de una doble ausencia: Aragón, la tierra, el paisaje inicial de campos, serranías, desiertos y ríos como el Ebro lodoso, y su madre Petra Borau, esposa del maestro Ventura Ruiz, que falleció de tuberculosis en 1913 cuando José tenía ocho años. Petra murió en 1956 y su hijo soñó con volver a casa para acompañarla en su último viaje: lo haría algunos años después, en 1972, enfermo ya de un tumor cerebral. Logró que sus restos pasasen al cementerio de Monegrillo y ahora comparten tumba y lápida.

José Ruiz Borau nació en la escuela de chicos de Garrapinillos, cuya biblioteca ahora lleva su nombre. Pronto empezó a trabajar de aprendiz en una imprenta, en un almacén, quiso ser maletilla, y lo era, de capea en capea, hasta que una vaca, Chorreada, le produjo una gran herida. Quizá la afición derivase de uno de los empleos de su madre: era modista y solía coser capotes. El joven, tras el desengaño y el disgusto que ocasionó en casa, se marchó a Barcelona a trabajar en una fundición, de lo que habla en profusión en su libro ‘Can Girona. El desván de los recuerdos’ (1973), que era su proyecto de memorias. Aquel fue un período interesante: frecuentó bibliotecas y ateneos, descubrió el anarquismo, se afilió a la CNT y se casó, en 1925, con Mercedes Gracia Argensó, con quien tendría cinco hijos (o quizá seis porque el primero habría muerto muy pronto): Augusto, Alberto (que es escritor y narra la historia familiar en ‘La piel de la serpiente’, 2001), Marisol, Rafael y Mercedes. Por aquellos días, tal como documentó uno de sus mejores estudiosos, Javier Barreiro -Arana ha sido estudiado, entre otros, por José Luis Melero, Javier Quiñones, Luis Esteve, Eloy Fernández Clemente y Alejandro Díez Torre- publicó sus primeros poemas en la revista ‘Pluma aragonesa’. En 1931, la familia regresó a Zaragoza porque José consiguió un modesto empleo en el Banco Hispano Americano, y eso le condujo al sindicalismo: representó a UGT en la Federación de Banca y Bolsa y llegaría a ser uno de sus principales líderes.

La Guerra Civil le cogió en Zaragoza y decidió llevar a su familia a Monegrillo, donde no tardaría en volver y ejercería, nombrado por los anarquistas, de maestro de pueblo. Poco después se trasladó a Lérida y, en medio de tantas convulsiones, sería nombrado Consejero de Obras Públicas y luego de Hacienda del Consejo de Aragón, con sede en Caspe. Su familia intentó seguirle pero solo encontró acomodo en Mequinenza, Javier Barreiro, en la edición de sus más que interesantes ‘Poesías’ (Rolde, 2005), dice que en este cargo “proyecta la creación de un órgano regional de cajas de ahorros y ejerce una labor febril”. A finales de abril se desplazó a Rusia, viaje que dio lugar al libro ‘Apuntes de un viaje a la URSS’ (1938). Tras dejar embarazada a su esposa de la niña Mercedes, a la que no llegaría a conocer y a la que dedicaría una sincera elegía, se marchó a Bayona y finalmente al exilio. Estuvo en el campo de concentración de Gurs, que le inspiró muchos poemas. Para entonces ya había conocido a la que iba a ser su segunda compañera: la poeta María Dolores Arana, con quien se reunirá primero en Francia y luego, definitivamente, en Mèxico. A ella le debe el seudónimo que le ha dado fama: José Ramón Arana.

Con María Dolores vivirá hasta 1959. Casi una década antes había conocido a la profesora de música y republicana Elvira Godás, con la que se casaría en 1960. La primera cita, el día de Reyes de 1950, la contó así Javier Quiñones para ‘Artes & Letras’ de HERALDO: “Arana, vestido toscamente, se presentó con un paquetito de bombones en un cucuruchito humilde de papel y fueron a sentarse a un banco de la alameda y allí conversaron hasta las tres de la mañana”. En México, Arana fue librero ambulante que cargaba sus volúmenes e iba de lugar en lugar, de café en café, y a veces de pueblito en pueblito. Fueron años de estrecheces; con María Dolores tuvo dos hijos más: Juan Ramón y Federico. Simón Otaola abordó la ingente labor cultural del zaragozano en un libro muy recomendable, que recuperó para Ediciones el Imán su primo José Luis Borau: ‘La librería de Arana’. Allí puede leerse este retrato: “[José Ramón Arana] es fuerte y cuadrado. Tiene porte exterior de capataz. Tiene cara de palabrotas, de hombre feroz, de sargento Malacara. Le rascas, de corazón a corazón, y se observa que las apariencias se ceban en él porque es, lo que se dice, un niño, un niño gigantón y admirable. Vendiendo libros, hablando y escribiendo de España, sufriendo y soñando se le va la vida.” Vivía por España, ebrio de melancolía, y se acordaba una y otra vez de Aragón. Alentó tres revistas literarias: ‘Aragón’, que realizó cinco entregas, entre 1943 y 1945; ‘Ruedo Ibérico’, con un único número en 1944, y ‘Las Españas’, 25 números a lo largo de ocho años, entre 1946 y 1953.

En 1950 publicó la que muchos consideran su obra maestra: ‘El cura de Almuniaced’, que narra la historia de un sacerdote, hondamente humanista, que se enfrenta al poder, a la tiranía fascista y al descontrol de los milicianos en el contexto de la Guerra Civil. Publicó otros textos, tuvo un hijo con Elvira Godás, Veturián, título también de su única obra teatral. En 1968 se le descubrió un tumor cerebral y empezó a barajar el regreso a España, algo que hizo en 1972. Se afincó en Casteldefells y murió en la clínica Quirón, donde se sometió a un famoso tratamiento del doctor Blanco Cordero, que no tuvo éxito. Su hijo Alberto lo vio poco antes del adiós, en el lecho, y entrevió la humedad de unas lágrimas en su último rostro.  

 

*La Ilustración es de José Luis Cano para el libro 'Zaragoza' de Media Vaca.

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