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MARCHAMALO INICIA, CON PESSOA, "44 ESCRITORES"

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[Llego a casa, tras un viaje a Murcia y a Alicante, donde he visto a muchos y estupendos amigos –Fernando Valls, nuestro embajador literario en Berlín, Carmen Rodríguez Santos, correo de letras y amistades desde las páginas de ABCD, José Andrés Rojo, el distraído que casi todo lo sabe y que venera con fundamento a Javier Marías, y José María Pozuelo Yvancos, catedrático y conocedor de los autores y sus claves más particulares-, y abro el correo y encuentro este primer texto de Jesús Marchamalo de un nuevo proyecto literario: 44 escritores. El libro que me ha acompañado y que he releído en las terminales del aeropuerto ha sido Las bibliotecas perdidas de Jesús, publicado por Renacimiento, el libro ideal para los letraheridos. Un libro periodístico y ameno, lleno de erudición, de detalles, de secretos, de toda la compleja y divertida casuística de los escritores y su mundo. Ya se ve que tras 39 escritores y medio, aparecido en Siruela, Marchamalo inicia otro de sus libros tan particulares. Lo entrevistamos el miércoles para Borradores.]

 

FERNANDO PESSOA, SOCIEDAD LIMITADA

 

Por Jesús Marchamalo

Es cierto que cuando entraba en uno de los cafés que frecuentaba, el Martinho, el Brasileira, elegía siempre una mesa grande porque con él se colaban, sigilosos, más de una docena de tipos –pseudónimos, heterónimos, ortónimos-, cada uno con su nombre y apellidos, su bibliografía, su ristra de cuartillas, sus pantalones con raya y sus zapatos negros.

El hombre nación llegaron a llamarle, exagerando, a aquel tipo menudo, de inmaculadas camisas blancas y pulcros trajes oscuros cosidos a medida y que con frecuencia olvidaba pagar. El hombre vecindario, el hombre barrio, el hombre comunidad de propietarios que, como un iceberg, daba cobijo bajo su gabardina, abotonada hasta el cuello, a un número de  personalidades suficientes para montar un equipo de fútbol: Alvaro Campos, Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Bernardo Soares Antonio Mora, Rafael Baldaya… Tantos que cada vez que tomaba una decisión –qué se cena, dónde vamos- debía convocar un referéndum, una asamblea, una junta. Así que a menudo se hacía un lío con cartas o poemas que firmaba con el nombre de otro y de las que luego se desdecía u olvidaba.

Nacido en Lisboa, en 1888, Fernando Antonio Nogueira Pessoa tuvo siempre un miedo insuperable a la locura. Recordaba a la abuela paterna, Dionisia Estrela, y aquellas peroratas terribles cargadas de palabras malsonantes, explosivas, que murmuraba ante los niños: la mirada perdida, vidriosa, el pelo enmarañado, los dedos, afilados como cortaplumas, que les señalaban, acusadores… La abuela perturbada, ida, la abuela loca.

Hay dos o tres retratos de él con su inseparable sombrero de ala, gafas de miope, ojillos vivarachos y un bigotito recortado como un triángulo isósceles. Así, con una pequeña maletita de cuero, caminaba a diario, el paso decidido, por la Lisboa del sol y la neblina, rumbo a su vida tranquila, metódica, ordenada. Profesión, corresponsal comercial: plumillas, tinta, goma de pegar, sellos, impresos, bandejas de baquelita … 

Se enamoró de una compañera de oficina, Ofelita, a quien dejaba pequeños regalos en el cajón de su escritorio: muñequitos de alambre, algún mueble minúsculo de casa de muñecas, una pulsera. Durante tiempo, pasó a diario, caminando, ante su casa. Y en la acera, se paraba un momento para hacer muecas que ella veía, divertida, desde su ventana. Pero un día no paró, siguió caminando serio, atribulado, con la mirada baja, ¿es que ya no me quieres?... Le contó al día siguiente que había descubierto a sus padres mirando desde otra de las habitaciones de la casa.

El resto fueron empresas ruinosas, inventos absurdos –la carta sin sobre, el calendario internacional-, y alcohol de cirrosis. Cuando murió dejó un baúl, como el de la Piquer, lleno hasta arriba de papeles. Un universo que hay que transitar con mapa, de aquellos coloreados de colegio, o mejor con planisferio. Celeste, por supuesto, como corresponde a los dioses miopes.

 

 

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gravatar.comAutor: Magda

Un fructífero viaje, y vaya que sí. Me encantaría conocer a José María Pozuelo Yvancos, he leido y estudiado algunos libros de él, los de Cátedra sobre Teoría literaria, y es un teórico excelente.

Buen fin de semana para ti.

Fecha: 04/10/2008 00:20.


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