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MANUEL BENITO: TORIBIO Y SU BURRITO

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[Éste es uno de los textos que cierran el libro Huesca: Álbum de adioses de Manuel Benito. Creo que da una idea de los contenidos de este volumen. El autor me ha enviado este texto.]

 

PLATERO Y ÉL

 

         Era un ser tan humilde, tan pequeño e insignificante para los altivos ciudadanos, que pasaba desapercibido. Ya nadie sabe su nombre, apenas algunas gentes sensibles que gustan de evocar imágenes del pasado, lo recuerdan como Toribio, pero ese era el nombre de su padre. Esto lo sé porque vi un día su tumba, el nicho familiar donde reposan sus restos con los de sus padres, su única familia.

 

         Toribio iba por Huesca con su burrito cuyo nombre, si lo tuvo, también desconozco, ambos formaban un equipo menudo, aún sumando el tonel cargado de agua que arrastraban por las polvorientas calles. No molestaban, donde había hueco llenaba la regadera metálica y esparcía el agua para fijar la tierra al suelo. Luego llegaba la cuadrilla de escobadores. Era el viejo sistema de limpieza empleado por el Ayuntamiento para paliar el problema de las nuevas casas de vecindad, donde era difícil poner de acuerdo a sus moradores para que se turnaran en la limpieza de cada trozo de calle, algo que aún se hace en los pueblos.

 

         Mi madre, que vivió muchos años en el entorno de la Plaza de la Catedral, me contaba que, cuando Toribio llegaba a los almacenes y establos municipales, ubicados en la Plaza de Urríes, aparcaba el tonel rodante y soltaba al burro. Entonces el animal iniciaba un trotecillo que lo llevaba hasta la tienda de Narciso, afamado industrial de ultramarinos en el comienzo de la calle Las Cortes. Un relincho avisaba al tendero que salía con un caramelo para el animalillo, se lo ponía bajo el hocico y con sumo cuidado lo tomaba de su mano. Eran escenas llenas de ternura, aunque quizá ninguno de sus protagonistas fueran conscientes de ello, los hombres porque eran buenos per se, y el asno por carecer de entendimiento, al menos eso dice la razón.

 

         Cuando en el Instituto, entonces se iba a la enseñanza media con nueve años, me hicieron leer Platero y yo, no podía imaginarme otro Platero que el burro de Toribio. Los miraba con auténtica pasión y algo me hacía encontrar un parecido entre ambos, porque anduvo con un hombre bueno del que aprendió a sufrir el trabajo y a echar sus ratos siquiera con un caramelo. Además los burros tienen mucha historia.

 

         Cuentan que cuando la Creación los demás animales los engañaron haciéndoles comer una hierba muy apetitosa pero que producía testarudez. Desde entonces son tozudos como los aragoneses que también debimos probar la dichosa hierba. Dios los hizo desfilar a todos para contemplar con orgullo su obra creadora, pero el terco burro no se presentó al desfile y fue castigado a llevar para los restos el sambenito de la bestialidad y la ignorancia. Arrepentidos decidieron ir a la escuela pero en siete años no pasaron de la a que, al menos, les sirve para rebuznar: ¡Aaaaaaa, aaaaa, aaaaa…!

 

         Pero luego fueron buenos, en la Religión están siempre en los momentos difíciles. Uno de ellos llevó a la Virgen y al Niño a Egipto para evitar el infanticidio de Herodes. Antes otro ya había estado dando calor al Niño en el pesebre y cuando aquél se hizo mayor otro le hizo de montura en su entrada triunfante en Jerusalén, que aún se recuerda en las procesiones de Domingo de Ramos con los famosos pasos de la burreta. Por cierto que, como el carpintero San José fue el que tiró de la burra para escapar de Herodes, los carpinteros oscenses son los que tiran del mencionado paso, emulando a su patrón. Estas buenas acciones de los asnos hicieron que, con el tiempo, adquirieran el don de la risa, de la carcajada, que comparten con los humanos.

 

         Pero no todos los recuerdos de mi platero son buenos. Hay uno que me dejó una profunda huella, un sentimiento de amor profundo por todos aquellos que son humillados aún sin saberlo y un profundo desprecio por la gente ruin y mezquina que se deja ver en cuanto lleva dos tragos. Un día de San Lorenzo Toribio y su compañero –ambos eran trabajadores municipales- iban regando las tórridas calles del Tubo. Unos mozos-que de alguna manera habrá que llamarlos- salieron de un bar y empezaron a darle vino al pobre animal. Toribio intentaba arrancarles el burro con más temor que fuerzas. Hasta un envasador lograron sacarle al dueño del bar para ayudarse en aquella tarea que muchos coreaban y reían. Muchos pero no todos, recuerdo como algunos hombres, empleando la persuasión amable, para evitar llegar a las fáciles manos de aquellos impresentables, consiguieron salvar a mi platerillo de algo peor que la borrachera que ya llevaba encima.

 

         Años después he visto como muchos seres que se llaman humanos han seguido maltratando animales y personas. He visto emborrachar a pobres inocentes en las tabernas, a los que les pagaban un trago y otro hasta verlos decir tonterías, tambalearse o vomitar en medio de la euforia general. Y siempre me he tenido que meter en medio. No soy más que un aguafiestas, lo reconozco.

 

         Y sigo metiéndome donde no me llaman aún en contra, muchas veces, de los  propios inocentes a los que emborrachan con promesas y mentiras para, al igual que a burros dóciles, engañarlos diariamente.

        

*Toribio y su compañero en la impagable labor de limpiar las calles oscenses. AFIAA

 

 

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