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Mª ROSA BURILLO: 'DESDE EVARIS'

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María Rosa Burillo es profesora y traductora, combina su pasión por la literatura norteamericana con sus trabajos y sus lecturas del haiku japonés. Ha publicado ensayos, traducciones, y de vez en cuando, más o menos en secreto, escribe textos poéticos como estos dos. Tenemos un gran amigo en común: Alfredo Castellón. “Evaris –me dice- es la casa donde vivo en Galapagar”.

 

DESDE EVARIS

 

Si pudiera pintar reflejaría la caída del sol cuando todavía hay una bola roja en el horizonte y reflejos de nácar rosas y malvas en el azul limpio en calma. La calma del otoño, pintaría también, la lavanda prieta de frutos preñados, espesos, grises. Me gusta estrujarlos y oler el perfume hasta bebérmelo casi.

Los membrillos del jardín a punto de vencer el árbol débil, las ramas arqueadas por el peso del fruto.

Un tordo picotea una, otra, las bolitas naranjas del espino de coral pegado a la valla. Los animales se confunden con el paisaje, pienso, se escamotean entre las hojas, es como si adoptaran su color y hasta su forma, el gris del tordo verde, el verde gris en comunión perfecta, en sintonía.

Qué paciencia la del animal, comer, emprender vuelo. Una bandada de jilgueros mañaneros encaramados a la punta del eucaliptus, allí donde no llegan las hojas, peladas por la nevada del último invierno. Se calientan al sol, tibios los cuerpos y no esperan más de la vida que estar ahí.

Cae la tarde y con ella se me hiela el alma por la falta de abrazo. Camino sola el sendero tantas veces recorrido, algunos perros me ladran, a mí me enternece mirarlos, no fingen, son lo que ves.

Tarde calma, hielo en la sangre, temor, necesidad de abrigo. Me falta ese sol tibio, aunque por la mañana, abrigadas las piernas con la manta de cuadros mientras estudio a los señores de la razón, los responsables últimos de tanto bienestar, de tanta farsa, me encuentro en armonía con el viento suave, los deberes cumplidos. Entonces ¿qué grita? ¿por qué no calla el alma?

 

DESDE EVARIS II

 

Se enrolla en una manta, chaqueta gruesa tupida negra y dentro, guarecida, asoma la nariz y respira el aire limpio del otoño. Recuerda: “pareces un personajillo de la Montaña Mágica”, y es verdad, así alivia sus heridas. Lee, estudia y purga su culpa continua. Otro día más, el paisaje de la Toscana asido a la memoria. Plácidamente feliz, parapetada en hacer lo que tiene que hacer. Suelo pajizo, cipreses erguidos, mira con detenimiento la naturaleza y le sorprende observar que, bien regada,  tiene un tinte alegre.

Verdes oscuros, algunas rosas altas, desgarbadas_cómo han crecido las matas_se abren en su segunda floración y los enebros  que nadie ha podado son grandes bolas regordetas que arrancan del suelo henchidos, mostrando sus nudos rojos, las endrinas. “Con esto se hace la ginebra, ¿no?”

Los olivos muestran las ramas cargadas de aceitunas. “Pronto será demasiado tarde para cortarlas” se dice, y sabe que nadie las cogerá, que adornan el paisaje como mujeres que han dado su fruto.

En la curva del tiempo uno ve el gozo de la tierra, todos sus logros.

 

*La foto es de Budi Cc-line.

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antoncastro

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