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LOS ESCRITORES Y SUS ANIMALES

[El pasado quince de noviembre, Ana Marcos publicaba este reportaje en ‘El País’ sobre el libro colectivo ‘Perros, gatos y lémures. Los escritores y sus animales’, editado por Errata Naturae y coordinado por Irene Antón y Rubén Hernández. El libro incluye uno de los últimos textos póstumos de Félix Romeo a quien no le gustaban los animales, pero hace un retrato magistral de los bichos de los Bowles... Hay algunos textos impresionantes: pienso en el de Trapiello, nuestra perra Noa murió así (le he dedicado un texto y otro a nuestro perro Pluto quenos acompañó por todo Teruel y le dediqué un texto, 'Un perro entre reyes', que quizá fuese el favorito de todos los míos de Félix Romeo). La foto es de álvaro García y retrata a Soledad Puértolas en su casa de Pozuelo. Soledad Puértolas es objeto de un monográfico de la revista ‘Turia’ en su número 100.]

 

Por sus perros, gatos y lémures los conocerás

Soledad Puértolas y Andrés Trapiello cuentan su relación con sus animales. Berta Marsé recuerda la historia de Truman Capote y su perro Charlie. Y otros ocho escritores relatan en un libro cómo las mascotas son los mejores confidentes de los narradores

 

Ana MARCOS / El País. Día 15 de noviembre.

"En su casa mexicana de Acapulco, Paul y Jane Bowles convivían con muchos animales: un loro, un gato, un pato, un armadillo y dos coatíes, mamíferos de cola larga", escribió Félix Romeo en El hombre invisible y el zoo de los Bowles, uno de los relatos de Perros, gatos y lémures. Los escritores y sus animales. La historia del matrimonio Bowles, que se imbrica con la del novelista estadounidense William S. Burroughs, trata de explicar cómo "los animales son un extraño invitado a los pliegues más íntimos de la personalidad, allí donde indaga y se alimenta la literatura", cuenta Irene Antón, editora de Errata naturae y responsable de convocar para esta empresa a 11 narradores, entre ellos Soledad Puértolas, Andrés Trapiello, Berta Marsé y José Carlos Llop.

Antón y su compañero Rubén Hernández pergeñaron este libro desde las perspectivas del editor en busca de nuevas ideas literarias y del dueño de animales de compañía. Con una lista previa, se acercaron a unos cuantos escritores para proponerles que hablaran de sus mascotas o de las que acompañaron a otros. "Todos aceptaron con entusiasmo, el hilo común que teje este libro", asegura la editora. Desde el prólogo, Antón y Hernández auguran una lectura esclarecedora, como si al pasar la tapa se entrara en territorio habitualmente vedado al lector: la soledad del escritor. "El animal asiste como amigo, como único depositario de unos sentimientos, e, incluso, de unas ideas, que el autor no osaría compartir todavía con nadie más", apunta Antón.

"No es fácil hablar de un animal próximo y querido, porque a menudo ha acabado pareciéndose a su dueño y hablar de él es hablar de uno mismo", explica Andrés Trapiello. El escritor y poeta cuenta las últimas horas de su mastina Mora, un relato que ya había aparecido en el último de los tomos de sus diarios, Salón de los pasos perdidos. El final de la perra fue parecido al de Sócrates, recuerda Trapiello, "se fue despidiendo de cada uno de nosotros solo con la mirada, ampliando el sentido de la vida". Aunque el autor de Los confines confiesa que le habría gustado hablar del burro de Sancho Panza, "protagonista de uno de los reencuentros más sentimentales de la literatura".

El Relato del escritor con perro de Soledad Puértolas, aunque en primera persona, describe la variedad humana de escritores con animales, tomando como ejemplo al dúo antagónico formado por J. R. Ackerley y su amor pasional por su perra Tulip, y Thomas Mann y su meditada y soberbia actitud respecto a su perro. "Salvadas todas las distancias, me identifico con Ackerley, indudablemente", afirma la novelista. "Me enamoré de mi perro Moss y me costó admitir su naturaleza de perro. Una vez que lo conseguí, seguí enamorada, pero la relación fue más tranquila".

De amores menos privados trata la segunda parte del libro. Liderados por el zoo de Félix Romeo, Berta Marsé y Andrés Ibáñez recuerdan al perro de Truman Capote y a Teodoro W. Adorno, el gato de los Cortázar. "Un gato callejero que conocieron en un basurero", presenta Ibáñez, casi recitando, al felino que fue capaz de mimetizarse con su dueño en homenaje a las fábulas de Escher, "en las que es difícil decir dónde empieza el gato y termina la persona".

Berta Marsé confiesa que su pasión por Charlie, el perro de Truman Capote, responde a una mezcla de admiración y comodidad, "es más interesante hablar de otros que sobre mí". En su despacho, entre la fotografía de su hijo, sus sobrinos y sus gatos, cuelga la de este can al que Capote enviaba cartas. "¡Es cierto que les mandaba postales a sus perros!", remata la escritora que descubrió el galimatías en Truman Capote. Un placer fugaz. Correspondencia que publicó recientemente Lumen. La historia que cuenta Marsé, la de un escritor casi sincronizado emocionalmente con su animal, surgió también de la biografía que Gerald Clerk hizo del autor de A sangre fría.

Antón Castro, Ignacio Martínez de Pisón, Marta Sanz, Pilar Adón y Carlos Pardo completan esta selección de historias sobre personas y animales, porque como concluye Irene Antón, tras terminar estas hilarantes, tristes e íntimas lecturas, se descubre que "los escritores se relacionan con los animales como cualquiera de nosotros".

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antoncastro

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