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Antón Castro

GONZALO TENA EN A DEL ARTE

GONZALO TENA EN A DEL ARTE

MAGNÈS

« Le Cosmopolite s’est servi de ce terme pour signifier la matière du mercure philosophique. Il dit qu’elle a une vertu aimantive qui attire des rayons du Soleil & de la Lune le mercure des Sages ».

 Del Dictionnaire Mytho-Hermétique  de Dom Pernety

 

 Por Alejandro J. RATIA

 

Mucho del trabajo último de Gonzalo Tena ha sido un idilio con las palabras. Ha utilizado como cantera verbal extrañas e impresionantes construcciones literarias, de dimensiones y dificultades disuasorias para el lector perezoso. Gertrude Stein fue su filón durante muchos años. Lo fueron luego los Diarios de Léon Bloy. En esta nueva exposición, el material que se explota procede de tres orígenes, y de un tiempo muy especial, el de los confines dieciochescos del Barroco, que es el momento en que la maquinaria que inventara Guttenberg produjo, en su larga digestión de boa constrictor, un inaudito maremágnum de papel impreso.

Dos personajes se cruzan en el Londres del siglo XVIII. El primero es el visionario sueco Emanuel Swedenborg, que muere en la capital inglesa en marzo de 1772. Es el segundo Edward Gibbon que publica los seis volúmenes de su Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano entre los años 1776 y 1788. A ellos asociamos los nombres de dos traductores, el de Antoine Joseph Pernety,  a quien seducen los libros del sueco y traduce al francés Del cielo y del Infierno, del “árido latín” (Borges dixit) con el que Swedenborg registraba la geografía del mundo espiritual, y el del escritor aragonés José Mor de Fuentes, contemporáneo de Goya, quien acomete la traducción al castellano de la Historia de Gibbon.

Con la traducción de Mor de Fuentes, Gonzalo Tena realiza un sutil collage plástico‑literario.  El punto de partida es una prosa latinizante, castiza y retórica, por cuyos meandros tenderemos a perdernos, maravillados, hasta que la ironía nos coja de la mano y nos devuelva al buen camino. Se trata de un corta y pega de ese laberinto impreso, que consigue enredarlo mucho más. En el texto que va mecanografiando el artista a lo largo de treintaitantas páginas, sólo se conservan dos comas, que enmarcan una apostilla inicial, y un solo punto, que es el final. Este hecho de mecanografiar, como el de dibujar, al que debe asimilarse, es un ejercicio artístico en tanto que obsoleto y fuera de su tiempo. Creo que esta es la obra donde la pasión verbal de Tena queda al descubierto totalmente. Ya no una obra subtitulada, como otras muchas suyas, o donde las palabras se oculten, sino una obra plástica donde las palabras (o el estilo literario, ojo) son la materia prima. Una pieza que puede pasar desapercibida, creo que se recordará si el tiempo hace justicia.

El otro traductor, el abad Pernety nos lleva de la mano al mundo de la Alquimia. Suyo es el fascinante Dictionnaire Mytho-Hermétique, esotérico y voluminoso libro que me pude bajar cómodamente desde internet, por recomendación de Gonzalo Tena, escaneo de la primera edición que fue del año 1758, impresa en París. Gloriosas son las observaciones que el autor coloca en su prefacio. Porque su diccionario busca lo que las palabras y los mitos nunca dicen en primera instancia, lo que ocultan, más que lo que muestran. Nos advierte sobre los padres de la Filosofía Hermética, porque sus obras son (dice) un tejido de enigmas, de metáforas, de alegorías, que se presentan bajo el velo de términos ambiguos: “Son autores que de todo hacen un misterio, que semejan escribir con el único propósito de no ser entendidos”.

El de Pernety es un diccionario de autoridades. Están entre ellas Raimundo Lulio y Philalèthe. Está el propio Hermes que hace hablar así a los colores: “yo soy el blanco del negro, soy el amarillo del blanco y el rojo del amarillo”. Y Alberto el Grande, quien dice que el continente engendra el contenido. Dos buenas advertencias para el gremio de los pintores.

De algún modo, la serie alquímica de Gonzalo Tena ilustra un diccionario de este tipo. En estas fascinantes y laberínticas pinturas, de pequeño formato pero densa trama, cada pieza ilustra y oculta un término. Parte del juego es descubrirlo. La vasija es uno de ellos. La vasija secreta de los filósofos es su agua, o mercurio, nos aclara, confundiéndonos, Pernety, y no el vaso de vidrio que contiene la materia. Si se ignora la cantidad y calidad del vaso, nunca se llegará al final de la Obra. Ese recipiente es también un vientre. El vaso real no es un continente primario, como los de cristal, aunque tampoco es el simple contenido (metonímico) sino el contenido continente del contenido oculto. Claro que todo es posible, y a la realidad espiritual (como a la verbal) se le puede dar la vuelta como a un guante. Nuestra agua, dice Philalèthe, es nuestro fuego. Esta posibilidad de transfiguración de las palabras, la traduce Tena al terreno plástico, jugando con unos códigos que recuerdan al de la pintura de los locos, a cierto Art Brut, al arte de los surrealistas. La Alquimia fue un asunto grato a Breton. La Piedra Filosofal fue un tema que trataron los pintores del grupo. Otro aragonés, González Bernal, también se obsesionó con este asunto.

Creo, no obstante, que frente a la alternativa fe esotérica de los surrealistas, Gonzalo Tena encuentra en la Alquimia una deslumbrante construcción verbal. De modo que volvemos al principio. A la Palabra. Estos términos que significan lo que ocultan, que conservan dentro de sí una cierta animalidad que es hasta cierto punto peligrosa, son objeto de experimentación. Palabras sucesivas, que son lo que no son, y que van a  ir desfilando: gallina, hembra, grasa, fénix, espíritu, elemento... Un padre de la ciencia moderna como Isaac Newton se quemó las pestañas con el mercurio alquímico y sufrió el hechizo del léxico hermético. Estas palabras que se suceden en los textos del Newton esotérico van escribiéndose y tachándose en una serie de cartulinas que Gonzalo Tena ha ido produciendo y amontonando con su proverbial tozudez. Una palabra en el centro, el borrón que la oculta y dos círculos de color custodiándola. Claro que, para un pintor como Tena, Newton será siempre, y sobre todo, el autor de la Óptica. A eso aluden los dos círculos. La palabra tachada habla tal vez del contenido mítico que la pintura esconde. La pintura, de nuevo, como enfermedad psiquiátrica consentida. El doctor Jekyll y míster Hyde, Delaunay y Max Ernst. Max Bill y Pollock.

Sus investigaciones alquímicas han conducido a Gonzalo Tena a producir varias esculturas. Pueden parecer unos objetos extraños y aun extravagantes, pero para quienes conocemos la obra de su autor, nos resultan familiares. Reiteran unas formas alargadas y horizontales que aparecen en Gonzalo Tena desde hace años, con especial protagonismo en su época ósea y accitana (gentilicio de Guadix). Esta forma abastonada reposa sobre dos platos, en sus extremos está imantada y de esos recipientes donde se apoya sustrae algunas bolitas de acero. El incierto equilibrio en que quedan las bolitas crea, en realidad, un dibujo, que es la disciplina a la que corresponden estos artefactos magnéticos. Esto es lo más lógico: una escultura que no es una escultura sino un dibujo. Si atendemos a lo que escribieron los alquimistas, tampoco es el imán común a lo que llaman Imán, sino su mercurio logrado, la parte fija de la materia que es capaz de fijar aquella otra que es volátil.

También son horizontales y alargadas y dúplices las pinturas sobre vinilo negro de la serie Swedenborg. Son obras donde se materializa una dualidad. En el mundo espiritual del sueco no hay lugar para el aburrimiento. En un divertido texto suyo se condena a ciertas personas a lo que ellas se imaginaban como deleites celestiales, que se demuestran al poco tiempo como un tedioso suplicio. El mundo espiritual no es tan diferente del material. El infierno no es un castigo, sino una elección. Como en Blake, la Inocencia es la llave de la sabiduría y del entendimiento acertado del amor. Esa inocencia debería ser también el arma desarmante del artista. El amor propio y la arrogancia son amores desacertados, descarriados, pero amores, en cualquier caso, que conducen a vivir, por propio gusto, en el infierno. Recordemos que también existe el inferno del estilo.

Estas obras de Gonzalo Tena, de fuerte gestualidad, están pintadas con las manos. Con la mano derecha una mitad, con la mano izquierda, la otra. Dos movimientos que se encuentran en el centro, en una bisectriz. Mano derecha y mano izquierda. Cielo o Infierno. Aquí hay filosofía y juego (un juego infantil).  Sumémosle un eje de equilibrio. Y una extraña música, también. Esta relación tan inmediata con el pigmento resucita, en cierto modo, aquella forma de pintar que practicaba Tena en los setenta, por ejemplo, en ese tríptico que analizó Broto en el número 1-2 de la mítica revista Trama. Aunque no estuvieran hechos con la mano, aquellos trazos de óleo eran de tipo confuso y sucio, y llegaban desde la periferia hasta el centro, donde se concentraban en un eje difuso. La materia pictórica, confusa, con algo de barro y de indefinición, encuentra su paralelo en la cosa vil, la “CHOSE VIL” de los alquimistas.

 

 

Alejandro J. Ratia

Agosto de 2012

 

 

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