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FERNANDO AÍNSA: PREMIO 'IMÁN'

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[El pasado viernes, en Cajalón, Fernando Aínsa recibía el premio Imán de la Asociación Aragonesa de Escritores, a la que pertenece desde hace años. Aínsa, que ha recorrido medio mundo, ha vivido en Montevideo y en París, muy especialmente, leyó este texto. Había estado ingresado meses atrás. Y poco a poco se recupera.]

Palabras pronunciadas por Fernando Aínsa

al recibir el Premio Imán

 

Zaragoza, 29 noviembre 2013

Por Fernando AÍNSA

Lo primero que debo decir al recibir este Premio que me honra en varios sentidos es agradecer a los miembros de la Asociación Aragonesa de Escritores que han votado en voto secreto y democrático esta distinción para la cual habría tantos y buenos candidatos. Una Asociación donde he forjado fieles amigos y donde he encontrado una atmósfera de camaradería y cooperación como pocas veces he experimentado. Una Asociación que es para mí parte de una gran familia en la que me encuentro cómodo trabajando y contribuyendo en algunas de sus actividades, especialmente en la revista IMÁN que habéis tenido la confianza de encomendarme y donde formamos un buen equipo los miembros de la redacción: Miguel Angel Yusta, Emilio Quintanilla, Luisa Miñana, Javier Barreiro y al que se incorporará Mónica Goremberg a partir del próximo número.

Y en segundo lugar, debo agradecer que este premio se llame IMÁN en recuerdo de un escritor, Ramón J.Sender que fuera autor leído en mi juventud en Montevideo donde circulaban las ediciones de Proyección, una editorial argentina fundada por anarquistas españoles en el exilio. Un Ramón Sender al que he dedicado varios trabajos publicados en El Heraldo de Aragón y en Imán, cuando la dirigía nuestro recordado Ricardo Vázquez Prada. Un Sender a cuya Crónica del alba vale la pena regresar como fuente inagotable de reflexión sobre uno de los períodos más duros y sangrientos de la historia de España.

Quisiera añadir además algo que considero muy importante. Por segunda vez en mi vida, hecha de mudanzas, viajes, forzado cosmopolitismo, errancias, desarraigo, hoy no me siento un extranjero, sino un aragonés que —como el Candido de Voltaire—vuelve al final de su vida a “cultivar su jardín” tras haber recorrido el mundo, un libro —el Cándido— que me acompaña, desde hace muchos años, como ejemplo de mi propia existencia. A “cultivar mi jardín” —entre Zaragoza y Oliete— he regresado en “esta hora de plegar”, como dicen en Teruel los campesinos al atardecer, tras una jornada dura de trabajo.

Vale la pena que recuerde someramente algunas de las etapas de esta “extranjería” sobre la que he reflexionado en muchos de los texto que he escrito y sobre la cual he pretendido construir una “poética”.

Desde el día en que nací fui un extranjero en mi propia tierra. Hijo de padre aragonés y madre francesa, al nacer en plena Guerra Civil española en Palma de Mallorca, era un “forastero” entre mis compatriotas mallorquines, calificativo —forastero— que solo oiría luego en las películas del Oeste y sus héroes mitificados, imponiéndose con aplomo y pistola en mano en pueblos donde no impera la ley.

Forastero sometido a una cerrada insularidad, al franquismo opresor y al catolicismo ultramontano aliados en esa hidra que asfixiaba toda diferencia, crecí en un hogar heterodoxo construido sobre lecturas de libros prohibidos por el régimen, con mirillas abiertas al pasado reciente que oficialmente se ocultaba y a las tierras de mi madre más allá de los Pirineos. No fue fácil, lo repito, al recordar con mal sabor como en la escuela era el “forasté da merda” a quién mandaban “hacer puñetas” por cualquier fútil pretexto, condición que me valió encerronas y agresiones. Mis únicos amigos en aquel universo hostil fueron “peninsulares” de origen como yo mismo: un bilbaíno, un castellano y, como no podía ser menos, un chueta, judío mallorquin, también extranjero en su propia tierra.

Extranjero en la ciudad en que había nacido, aprendí desde pequeño a mirar el mundo desde los márgenes, esa “mirada oblicua” y “descolocada” que me apasionaría luego en literatura: de Kafka a Onetti, de Dostoievski a Beckett y Cortázar, el ángulo del absurdo y la parodia, ese “extranjero” paradigmático de la obra homónima de Camus.

En plena represión franquista, la emigración se impuso y el apacible Uruguay de un diciembre de 1951, esa “Suiza de América” como se lo había engañosamente bautizado, nos acogió en forma tan generosa que me olvidé de inmediato de mi infancia insular mallorquina a la que desterré a los sótanos de la memoria. En Malvín, el que sería mi barrio montevideano para siempre, me integré a una “barra” e hice rápidamente esos amigos que son para toda la vida.

Pese a que sentía que no me correspondían las generales de la ley por haberme transformado en uruguayo, en aquel mundo de exiliados y emigrados españoles, la única España válida y legítima era la “España Peregrina”, la del exilio, la de los transterrados —ese feliz neologismo acuñado por José Gaos— la de los empatriados en ese país generoso que nos había acogido sin ambivalencias, donde tantas facilidades tenían los españoles. “Uno es del país donde ha estudiado el bachillerato” decía Max Aub y yo lo estudié en Montevideo.

Mi integración en Uruguay fue total y apasionada y me volqué al periodismo, al aprendizaje, práctica y crítica de la literatura uruguaya, vocación inicial de inserción que se ha mantenido en el tiempo, más allá de avatares personales. Resultado de ello han sido seis libros que se han ido escalonando a lo largo de cuarenta años, escritos entre Uruguay, Francia y Aragón, en todo caso en contacto permanente con escritores y amigos, muchos de los cuales se han adherido desde Montevideo a esta celebración de hoy.

Las ilusiones poco durarían. A partir de fines de la década de los sesenta, los “niños de la guerra” española empezamos a vivir en carne propia el destino de nuestros padres. Una historia cíclica parecía repetirse ineluctablemente. El fascismo derrotado en Europa resurgía en América, a veces disfrazado con falsas notas populistas.

Descubriría, no sin cierta resignación, que un destino no se cambia tan fácilmente como podemos quererlo. Si había nacido extranjero y creía haber dejado de serlo, al volverse el aire irrespirable en el inefable “como el Uruguay no hay”, otra emigración, la segunda, se impuso.

“Partir, “repartir”. Parto mi corazón en pedazos y lo reparto”, escribiría años después en mi libro Travesías y así me fui de Montevideo en 1973: con el corazón partido, pero repartido. Un escritor amigo me despidió cariñosamente en un periódico montevideano que título “Adiós al gallego de Malvín”. En ese adiós con el apelativo de “gallego”, gentilicio que se usa para todo español emigrado al Río de la Plata, se recordaba mi nacimiento y con Malvín, mi entrañable enraizamiento. Entre dos mundos estaba, tenaz y nuevamente situado.

Un nuevo trasterramiento me llevó a Francia donde recuperé la lengua de mi madre, aunque condenado a hablarla “con acento extranjero”, el que sería título de una novela que publiqué pocos años después en la editorial Nordan que un grupo de exiliados uruguayos —Comunidad del Sur— había fundado en Estocolmo y que años después, reescrita, se ha publicado en Mira Editores con el título Los que han vuelto.

El 14 de junio de 1974 conocí en París a Mónica, la que sería desde entonces mi compañera y primera y rigurosa lectora de todo lo que he escrito desde entonces, incluidas estas palabras. En todo caso, el exilio volvió a ser el tema cotidiano en la diáspora no sólo uruguaya, sino chilena y de la Argentina a partir de 1976. En muchos casos, eran los hijos de los exiliados españoles los que emprendían la ruta del retorno a los orígenes, la difícil recuperación de las “raíces rotas” de que había hablado Arturo Barea al intentar su imposible reinserción en España. El círculo se cerraba, paradójicamente, en el punto de partida.

Tal fue mi experiencia entre 1973 y fines de 1999, trabajando en la UNESCO y afianzando una vocación internacional que inevitable y felizmente abrió mi espíritu a otras culturas.

Habiendo llegado a la misma conclusión, extranjero aquí y allá, decidí en esos años que mi literatura no podía sino reflejar esta condición. De aquí y de allá, un conjunto de textos breves que había ido publicando en México, Portugal, Las Palmas y Aix–en­–Provence, y luego Travesías condensaría los trozos recuperados de un itinerario vital hecho de un viajar asumido como destino.

Decidimos con Mónica a fines de 1999 un regreso a la patria de nuestra lengua —el español o castellano, para ser políticamente correcto— única patria en la que me reconozco.

Al llegar a Zaragoza el 2 de enero del año 2000, conocía a pocas personas: a Rosa Pellicer y a Leonardo Romero Tobar de la Universidad de Zaragoza; a Paco Uriz al que había encontrado en el exótico escenario de Macao; a mis vecinos, familiares y amigos de Oliete, donde habíamos levantado una casa sobre las ruinas de una masía de mi familia paterna y donde veraneábamos desde 1976 y veníamos muchos inviernos a plantar los árboles que ahora pueblan esa tierra con la que me siento tan consustanciado.

Sin embargo, integrarme a la vida cultural de Zaragoza fue más fácil de lo que había imaginado. Manuel Vilas, al que conocí el día en que presentó Travesías en la FNAC; a Luisa Miñana a la que también conocí el día en que presentó Aprendizajes tardíos en El Corte Inglés; a Rosa Pellicer que me facilitó publicar en las Prensas Universitarias de Zaragoza mi libro Del espacio vivido al espacio del texto y a su director de entonces, Antonio Pérez Lasheras; el círculo de profesores de literatura española e hispanoamericana, Daniel Mesa y Enrique Serrano; Juan Domínguez La Sierra que me abrió las páginas de El Heraldo, me hicieron sentir rápidamente que mis orígenes paternos aragoneses habían encontrado finalmente un espacio hecho de convivialidad donde enraizarse definitivamente. Aquí he escrito y desde aquí he publicado más de la mitad de mis obras. Entre Zaragoza y Oliete he descubierto una tardía vocación de poeta y ya van cuatro libros editados desde 2007, el último gracias a la hospitalidad de Trinidad Ruíz en Olifante.

Llegó luego el ingreso a la Asociación Aragonesa de Escritores y la amistosa generosidad con que fui recibido. La propuesta de integrar el comité de redacción de IMAN en el Congreso de Calayatud, la de formar parte de la junta directiva en el congreso de Fraga y las etapas sucesivas de una “militancia” —esa palabra caída en desuso— de la que la jornada de hoy, recibir el premio Imán, espero que sea solo un jalón de un largo camino todavía por recorrer.

En esta jornada, en la que la alegría me embarga, solo puedo deciros: muchas gracias, queridos colegas, por vuestra confianza y amistad.

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