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'LA TÍA JULIA': UN CUENTO DE AMOR Y COCINA DE ALEJANDRA DÍAZ-ORTIZ

[La escritora mexicana Alejandra Díaz-Ortiz ha publicado una trilogía sobre el amor en el sello Trama Editorial de Manuel Ortuño. El pasado jueves presentó su último título en Cálamo: ‘No hay dos sin tres’. Yo leí también otro de sus libros: ‘Pizca de sal’, de amor y gastronomía. Y allí hay un cuento que me gustó mucho. Aquí está: ‘La tía Julia’.]

 

 

LA TÍA JULIA

 

Pues sí, tengo una tía puta, como el que tiene un tío militar.

Pero ¡ojo! Qué la tía Julia es la mejor puta que ha habido en muchos años. Al menos, eso es lo que aseguran sus felices clientes.

La recuerdo desde siempre: cariñosa, con una sonrisa que deja al descubierto una perfecta hilera de blancos dientes y una hermosa mata de pelo negro,  siempre brillante, aunque ahora se lo tenga que teñir. Ya se sabe, la edad no perdona.

La tía Julia no fue de muchos clientes, pero los que tuvo, siempre fueron fieles a su puerta y a su cama. Nunca tuvo que salir a la calle a buscar «ahí no se me ha perdido nada» suele decir. De hecho, salvo por el pequeño detalle de que sus fieles le dejan el dinero sobre la mesita que tiene a la entrada, se podría decir que esos hombres son sus mejores amigos.

Le llevan flores o le hacen regalos por navidad o en su cumpleaños. Una vez, recuerdo, estuvo en cama por culpa de una apendicitis. Ellos acudían a su cita semanal sólo para animarla y desearle una pronta recuperación. Ninguno olvidó dejar su voluntad en la mesita.

De niña, yo no entendía la naturaleza del oficio de la tita Julia que, por suerte, siempre fue bien recibida en mi casa. Mis padres, a pesar de no estar de acuerdo con su particular profesión, nunca la juzgaron ni miraron mal. Más bien al contrario, mi madre se ponía muy contenta cuando venía de visita y se metía a la cocina.

Años después entendí la razón: además de una buena puta era una excelente cocinera. Mi madre, explotaba lo segundo.

Crecí y llegué a la edad de entender el asunto, aumentando la admiración que ya sentía por mi tía. Me llamaba la atención que, a sus sesenta recién cumplidos, siguiera cosechando nuevos clientes.

Una tarde que fui a visitarla, no pude evitar preguntarle, así sin más, la razón de que a su edad siguiera trabajando. La tía Julia se echó a reír a carcajada limpia. «¿Me estás llamando vieja, querida mía?», me preguntó, fingiendo sentirse ofendida. Yo negué avergonzada, moviendo la cabeza de un lado a otro.

― Mira sobrina, te voy a confiar mi único secreto, que espero sepas utilizar a lo largo de tu vida. Como verás, es infalible. Escucha con atención y jamás lo pongas en duda: «Un amor bien comido y bien servido, jamás se va del nido»…

― ¿Servido? – pregunté extrañada.

― Si, servido… ya sabes… bien servido – entonces hizo un gesto explícito,  que no dejaba  lugar a dudas.

― Pero… ¿nido?... ¿comido? - me removí inquieta.

Mira, pequeña. En esta casa mis clientes comen y se sirven. El orden se puede invertir, dependiendo de la hora. Pero igual que encuentran una buena cama, encuentran una buena mesa.

Por ejemplo, a Don José le encanta la tortilla francesa, con su buen par de huevos bien batidos, generosamente rellena de queso y acompañada por un tomatito con aceite y ajo picado.

Don Luis no se va de aquí sin un buen plato de croquetas. Dice que la bechamel, ya sabes, la salsa de harina y leche, con su pizca de nuez moscada y su cebollita picada, me queda como a los mismísimos ángeles. A veces se las hago de jamón o de pollo o de las sobras del cocido. A Josechú, que es muy agradecido,  le gustan mucho las judías pintas que le pongo, con su buen apaño de chorizo, tocino, morro y oreja.

Prudencio, que tiene alto el colesterol, no para de alabar el puré de verduras. Claro, es que yo cuezo las verduras, todas las que tenga a mano. Hago un sofrito con ajo y tomate frito, un chorrito de vino blanco y una hojita de albahaca. Cuando está bien sazonado, le agrego las verduras trituradas. Un hervor más y ya está. ¡Así como no va a estar bueno!

Pero ya te seguiré contando otro día, sobrina, que ahora se me hace tarde. Está a punto de llegar mi fiel Paquito y a él le gusta el pollo al ajillo. Aunque sólo se trate de freír el ajo y el pollo troceado, todo debe llevar su tiempo. Ni en el amor ni en la cocina, se debe ir con prisas…

Tratando de memorizar cada una de las palabras de la Tía Julia, me metí al mercado. Aquella noche, Carlitos, el chico que me gustaba, y al que había invitado a cenar en casa, encontraría una buena mesa…

-La primera foto de mi amado Jealoup Sieff la tomo de aquí:

http://parlez-vousphotography.quietplacetolive.com/wp-content/uploads/2012/11/9.-jean-loup-sieff-23782-img.jpg

 -Y la segunda, de Sieff también, es de aquí:

http://www.samhaskinsblog.com/wp-content/uploads/2012/02/jean-loup_sieff-plait.jpg

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