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VIDA SALVAJE DE CLARICE LISPECTOR

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El alma salvaje de Clarice Lispector

 

Siruela le dedica una biblioteca a esta autora del desarraigo más conmovedor, objeto de más de 10.000 tesis doctorales

 

Antón CASTRO

Clarice Lispector (Chichelnik, Ucrania, 1920-Rio de Janeiro, Brasil, 1977) fue siempre una extranjera en la tierra y en su propia alma. Una palabra como desarraigo, tan dolorosa en todos sus extremos, parece haberse inventado para ella. Ese extrañamiento esencial, mezclado desde niña con una invencible sensación de culpa (su madre quedó paralítica tras el parto, al parecer había sido violada, y murió diez años después), no surgió del cambio de residencia inicial ni tampoco de su vida nómada. Nació en Ucrania, en una aldea minúscula, se trasladó muy pronto a Maceió, y luego a Recife, vivían en la calle Aragão, de ahí a Río y pronto inició su nomadismo físico, tras casarse con un compañero de estudios de Derecho, Maury Gurgel Valente, que hará carrera diplomática: vivió en Nápoles, Berna, Tusquay (Inglaterra), Washington y finalmente regresó a Brasil; siempre se sintió brasileña, de lengua portuguesa, que hablaba con una ‘erre’ afrancesada que jamás quiso pulir.

Allá donde estuvo percibió una soledad inexpugnable. Necesitaba a los amigos y a la par se alejaba de ellos; había un momento en que, más allá de sus cartas, se recluía en el abismo de sí misma para explorar su identidad y la de los fantasmas que la habitaban. Las mujeres de sus libros (Joana, Lucrecia, G. H., Macabea), en el fondo, son un poco como ella y son ella: apasionadas, atormentadas, hipersensibles, obsesivas, luchadoras de instantes de felicidad clandestina. Confesó: “Cuando no escribo, estoy muerta”. Y también anunció: “Soy frágil, incierta, incontrolada”.

La escritura fue su gran pasión y su herida. “Muchas veces escribir es recordar lo que nunca existió”, anotó. Sintió la llamada de la literatura desde muy joven. Aprovechaba cualquier oportunidad de visitar una biblioteca ajena. Cada libro era como una revelación. Junto a los grandes maestros de las letras brasileñas –Machado de Asís, Graciliano Ramos, el joven Jorge Amado...-, se impuso el universo de Katherine Mansfield. Y poco después, tras acabar la universidad, se inició en el periodismo, que fue una de las actividades más constantes de su vida: fue columnista, escribió reportajes, hizo entrevistas, habló de moda y de recetas, usó seudónimos e incluso fue la voz interpuesta de la actriz Ilka Soares. Entonces poseía una belleza salvaje: parece que vivió un romance con el poeta Manuel Bandeira y que se sintió atraída por su gran mentor y cómplice: el escritor homosexual Lúcio Cardoso. Poco antes de casarse en 1943, había escrito ‘Cerca del corazón salvaje’, una novela extraña, un monólogo introspectivo de una mujer, Joana, que se suspende en la lengua (o la poderosa creación verbal), la poesía y la identidad, dentro de una atmósfera perturbadora. El libro fue un éxito, cosechó muchos elogios, le detectaron influjos de James Joyce y Virginia Woolf (cosa que no le gustó mucho) y el poeta Lêdo Ivo, publicado en España por Olifante, la saludó como “una deslumbrada aparición”.

Estuvo casada 16 años, se separó en 1959, fue madre de dos hijos, Pedro y Paulo, siguió publicando: libros infantiles, de relatos como ‘Lazos de familia’ y ‘Felicidad clandestina’, novelas como ‘La araña’, ‘La ciudad sitiada’, ‘La manzana en la oscuridad’, ‘La pasión según GH’ (“Yo miré a la cucaracha viva y en ella descubrí la identidad de mi vida más profunda”, escribe), o ‘La hora de la estrella’, el último de sus textos, la historia de Macabea, una mujer primitiva, pobre y feliz.

Clarice Lispector vivió en condiciones económicas duras. Crió a sus dos hijos con la máquina de escribir muy cerca, apenas reescribía, no volvió a tener un compañero estable; pese a ello dijo: “Fui amada por algunos y conozco la pasión”. En 1966 se quedó dormida con el cigarrillo encendido, se incendió el cuarto y el fuego le dejó rastros en el rostro y en la mano derecha. Un cáncer de útero que se extendió por todo el cuerpo puso fin a sus días en 1977. “El clímax de mi vida será la muerte”, había dicho.

 

LA ANÉCDOTA

 

Siruela siempre ha tenido un amor especial para esta autora que indaga el misterio de la existencia. En 2013, Ofelia Grande y su equipo pusieron en marcha la Biblioteca Clarice Lispector, que iniciaron con sus ‘Cuentos reunidos’, fue una espléndida cuentista y su pieza más famosa se titula ‘Amor’ (el relato de una mujer de 45 centímetros), y con ‘La pasión según GH’. Aparecerán 19 volúmenes, entre ellos una selección de su copiosa correspondencia. En español hay dos biografías recomendables: ‘Clarice. Una vida que se cuenta’ de Nádia Battella Gotlib (Adriana Hidalgo, 2007) y ‘Clarice Lispector’ (Omega, 2001) de Laura Freixas. Carla Guelfenbein se inspiró en ella para su novela ‘Contigo en la distancia’ (Premio Alfaguara, 2015). Se dice que le han dedicado más 8.000 tesis doctorales en Brasil y 3.000 en toda Europa.

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