MARION COTILLARD, POR CHRISTIAN KETTIGER




Así ha retratado Christian Kettiger, un espléndido fotógrafo de moda y de retrato, a Marion Cotillard.




Así ha retratado Christian Kettiger, un espléndido fotógrafo de moda y de retrato, a Marion Cotillard.
MIGUEL COMAS: UNA BATALLA FILOSÓFICA Y UNIVERSITARIA
[Basilio Baltasar, escritor y director de la Fundación Santillana, en ’El País de Cataluña’ cuenta la increíble historia que le ha sucedido a un profesor de filosofía demandando por todo un departamento. Sucedió en Palma de Mallorca. Autoridades alemanas han medidado en el asunto; Jürgen Habermas se ha colado en el asunto. La foto de Miguel Comas es de Tolo Ramon.]
UN FILÓSOFO CLAMA EN LOS TRIBUNALES
El aspirante a profesor Miguel Comas, demandado por injurias por el departamento de la UIB
Por Basilio BALTASAR. ’El país de Cataluña’.
A ver: ¿quién ha ordenado suprimir la filosofía del bachillerato? Venga. Díganlo. ¿Cómo se llama? ¿A qué se dedica? ¿Por qué se esconde? ¡Cuánto me gustaría hablar contigo! Tengo algo que contarte y debo hacerlo antes de que sea demasiado tarde. Para empezar: te has equivocado si crees que la filosofía inocula en los chavales la sutileza de pensar con precisión, la destreza de hablar con elocuencia, la certeza del imperativo ético y la devoción por la sabiduría. ¡Qué va, hombre! Nunca habías estado tan equivocado. Presta atención: aunque la virtud del discernimiento sea un estorbo en los planes de estudio que te han encargado reformar, estoy seguro de que tú, estratega, la utilizas de vez en cuando. Escúchame y saca de ello el mejor provecho.
Esta es la historia de un joven doctor en filosofía que aspira a una plaza de profesor en la Universitat de les Illes Balears. Pierde el concurso, pide explicaciones y pone un recurso contencioso en los tribunales. Lo gana. Pero la Comisión de Contratación de la Universidad (de las Islas Baleares) no ejecuta la sentencia (¡por dos veces y con gran asombro del juez!). Entonces, los profesores del departamento de Filosofía se conjuran para dar un escarmiento al aspirante. Irritados por la insolencia del filósofo que los pone en cuestión, le arrojan tres demandas civiles por injurias.
La gracia del asunto reside en la razón esgrimida por los profesores para acusar a Miguel Comas. ¿Qué grave perjuicio ha causado el joven doctor a su mancillado honor? En defensa de sus reclamaciones tuvo la osadía de citar el dictamen emitido por la Sindic de Greuges de la propia Universitat de las Illes Balears. Joana María Petrus reclama la reforma del sistema de contratación del profesorado, para “impedir arbitrariedades, limitar la subjetividad y prescribir la desviación de poder”. La Sindic denuncia que ni siquiera se redactan los criterios para valorar los méritos de los candidatos, lo cual “limita la igualdad de oportunidades, no garantiza la necesaria objetividad de los actos administrativos y otorga un poder desmesurado a las comisiones de contratación”. (A ver qué hacen los jueces con el acertijo: ¿por qué los profesores de la UIB no demandan directamente a la Síndic de Greuges de la UIB?).
Camilo José Cela Conde, que fue profesor del joven doctor, y lo considera con méritos académicos sobradamente probados, lamenta en una carta el “descabellado” argumento utilizado por el departamento para justificar su nepotismo. A Miguel Comas se le ha rechazado como candidato experto en “Corrientes críticas del pensamiento contemporáneo” por afirmar que Jürgen Habermas pertenece a la Teoría Crítica de la Escuela de Frankfurt.
Los profesores del departamento de Filosofía de la UIB dicen que no, que Habermas no pertenece a la Escuela de Frankfurt. Su juicio suena atronador, inapelable. Pero el Director del Instituto de Investigación Social de la Johann Wolfang Goethe Universität de Frankfurt, Dr. Axel Honneth, expresa en una larga carta su “más profunda perplejidad” y el “estado de shock” que le produce tal afirmación. Cita el parecer de “los eruditos serios de todo el mundo” y se extiende confirmando y respaldando el criterio del joven doctor Miguel Comas.
¿Te das cuenta de lo que quiero decirte, estratega que eliminas la filosofía de los planes de estudio? Tú te habrás creído muy listo y con razones para temer a la filosofía, pero ya ves: hete aquí a todo un departamento —los custodios de Platón, Spinoza, Kant y Hegel— demostrándote lo contrario. No hay nada que temer. Al contrario: lo que debes hacer es promocionar a los profesores de filosofía que se querellan contra los filósofos.
*Aquí se puede ver.
http://ccaa.elpais.com/ccaa/2016/01/23/catalunya/1453578411_085007.html
[El artículo dominical de Guillermo Busutil en 'La Opinión de Málaga' sobre Stevenson, las jubilaciones y el destino de los escritores.]
LA BOLSA O LA ESCRITURA
Guillermo Busutil* 24.01.2016 | 11:15
Cada escritor es una isla rodeada de imaginación azul por todas partes. En su centro hay siempre una palmera para poner los sueños a la sombra, y un volcán del que erupciona la fuerza telúrica de su lenguaje. Sólo un niño podría dibujar así un oficio que conjuga tres verbos como mundos por igual. Vivir. Escribir. Viajar. Tres puentes de mando, tres cartas de navegación, tres velas al viento que definen a Robert Louis Stevenson, oculto y eterno en el cofre del tesoro que ha publicado Páginas de Espuma. La intención del editor es que los de antes, los de hoy y los de mañana, naveguemos de nuevo por la vida, los paisajes y la creatividad del autor que nos enseñó que la imaginación es la marca negra que un día inesperado te deja la lectura en la palma de la mano. A partir de ese instante no podemos dejar de enrolarnos en libros que marcan los rumbos de nuestros días, de cruzar diferentes mares para contar nuestra historia, y de aprender cosas hermosas como la importancia de la pasión, de la fuerza creativa y el misterio del color Stevenson. Su receta para convertir la Literatura en un acto de magia. El mejor conjuro para vivir a través de las palabras. Igual que hizo en Samoa donde los nativos le llamaban Tusitala cuando se sentaban alrededor de la noche a escuchar relatos sobre los que también fijaban las estrellas su atención. Tres cuadernos de bitácora para tres rumbos, Vivir, Escribir, Viajar, en los que Stevenson defiende que el verdadero éxito es el esfuerzo, y que el escritor debe escribir para ganar dinero y debe ganar dinero con lo que escribe.
Hacienda no ha leído estos ensayos de Stevenson. Tampoco Montoro ni Fátima Báñez que andan inspeccionándoles los impuestos a los escritores. Su aventura lectora encalló en La isla del tesoro, aunque no entendieron su historia. Ningún escritor oculta doblones bajo una x de arena. Nada tienen que ver con los piratas más allá de tomar la realidad al abordaje. Y el único al que conocí con un Señor Flint sobre el hombro fue al malagueño Rafael Pérez Estrada. Quien, además de maestro en libros de la frontera, oficios del sueño y crónicas de la lluvia y mago sin honorarios en las novelas de Antonio Soler, era un elegante hombre de ley. Los narradores, los poetas, no saben de paraísos fiscales ni de doble contabilidad. El dinero siempre se les adeuda, se les liquida a destiempo y su fiscalidad desconoce el reverso de lo negro. Nunca les llegará el saldo cómo para dejar de escribir al límite de la entrega, en contra de la memoria y de la edad, artículos, conferencias, reportajes, presentaciones. Un escritor no se jubila de las palabras y su mercado porque la literatura no es una profesión económica. No tiene nómina a salvo de las modas, del fracaso de un libro, de la caída de la lectura, de la peligrosa etiqueta de ser un autor de culto y con tan sólo un 10% de derechos de autor sobre la venta de ejemplares. La enfermedad y las vacaciones no figuran en la hoja de ruta de ningún autor que sobreviva de lo que produce.
Los escritores son independientes de una clase media que, desde mucho antes de la crisis, ya sabía lo que era el funambulismo. A ese inestable equilibrio Hacienda acaba de aumentarle el vértigo. Según la reforma de la Ley de Pensiones, aprobada en 2013, los escritores están obligados a elegir entre dos derechos: el que tienen como autores de una obra y aquel que les corresponde como ciudadanos, su jubilación. No pueden cobrar ambos a la vez. Caballero Bonald, Antonio Gamoneda, Ángeles Caso, Eduardo Mendoza, Luis Landero y Javier Reverte han tenido que pagar multas de hasta 30.000 euros por el cobro simultáneo de la jubilación y los derechos de autor, algo que podía hacerse desde 1998 y que la reforma de Báñez penaliza hasta con cuatro años de pensión. Ambos ministros no han tenido en cuenta que la creatividad no cesa con la edad. Este problema no existe en Alemania, en Francia, en Reino Unido, en Noruega, en Portugal ni en otros países de la UE en los que, como afirma Carlos Muñoz, abogado de la Asociación Colegial de Escritores, está establecido que una vez cumplida la edad mínima de jubilación es posible acumular el cobro de la pensión de jubilación con el ejercicio de una actividad laboral o profesional, sin que exista un límite para los ingresos obtenidos por esta actividad.
La polémica ha encontrado eco en los otros partidos políticos que buscan ganar puntos en sociedad y ya prometen cambiar la ley cuando haya fumata blanca de un Gobierno que no sea accidentalmente provisional. También hay voces que acusan de favoritismo gremial la defensa de los autónomos de la literatura, mientras que a otros con menor reconocimiento social la ley no les permite, cuando se jubilan, echar horas gananciales ni cobrar unos euros por un efímero trabajo por mucha necesidad que padezcan. Es cierto que la penuria es la penuria, sin adjetivos laborales que las diferencien, y que lo suyo es la protección económica de la ley. En cualquier caso es indudable que la precariedad en los ingresos o su carencia habitual siempre ha cosechado víctimas entre la tercera edad de los escritores. Los últimos años de Pérez Galdós estuvieron marcados por el olvido, la indigencia silenciosa y la ceguera. Rosa Chacel y Gabriel Celaya tuvieron que vender su biblioteca personal. Alfonso Grosso falleció miserablemente en un psiquiátrico y José María Gironella murió pobre pelando por recuperar los derechos de autor sobre sus principales obras. Sus dramas tienen herederos: autores que ocultan su situación de fracaso económico porque consideran que le minusvalora socialmente.
Escribir no es llorar, es morir, reformuló Luis Cernuda sobre la celebérrima sentencia de Larra. Su eco resuena en esta época donde la cultura tiene pocas posibilidades de éxito. Y su futuro se presagia peor según el reciente informe de Davos que alerta de que los cambios tecnológicos destruirán más de siete millones de puestos de trabajo antes de 2020, y más cinco millones de personas de se irán al paro para siempre. También que la mayoría de los nuevos trabajos requerirán formación en ciencia, tecnología, ingeniería o matemáticas. Son malos tiempos para las letras. Entre la bolsa o la escritura lo tengo claro. No me jubilaré de conjurar la imaginación y la vida a través de las palabras. Siempre existirá una isla donde la Literatura sea un acto de magia, y también la voz de una denuncia. No dejemos de ser los piratas de Stevenson.
*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.com
Un espléndido retrato de la modelo Christy Turlington. Una de esas fotos impecables de Steven Meisel. Meticuloso y perfeccionista.
No he sido un atento lector de Marta Sanz, quizá porque en ‘Artes & Letras’ teníamos y tenemos a un auténtico especialista en su obra como Jorge Sanz Barajas, que ha firmado varias reseñas de sus libros. Me interesó ‘Daniela Astor y la caja negra’ (Anagrama), que sucede en una época en la que he trabajado en 'Cariñena' y en un texto autobiográfico sobre mis años en el bingo. Después del éxito que está teniendo ‘Farándula’ (Anagrama. Premio Herralde de novela) la he leído, una novela de personajes donde se mezclan muchas voces femeninas y estilos, muchas referencias y confidencias, dentro de una escritura que integra lo puramente narrativo con la especulación del pensamiento y el torrente incesante de las intuiciones, de los recuerdos, de las lecturas, de la múisca, todo un mosaico constante de la cultura. Ha merecido muchos elogios, entre ellos los de tres grandes amigos: José-Carlos Mainer, Guillermo Busutil y Jorge Sanz Barajas, que le dedicó un apágina completa en 'Artes & Letras'. Me ha llamado la atención esta manera de explicar la creación literaria, por supuesto que en clave de ficción literaria.

“Me gustaría que mi mano al escribir fluyese y la escritura evocase la imagen de los raíles del tren, de los hilos tendidos, infinitos, de los postes eléctricos y, sin embargo, nunca, nunca es así. Me sorprendo siempre en la contractura de la mala posición de la silla. En el dolor de las vértebras. Y cuando recupero mi gesto corporal normal -¿normal?-, mi temperatura de treinta y seis grados centígrados, cuando dejo de ser una jorobada, vuelvo a pretender que la escritura mane como la respiración, incluso como esa respiración que toma conciencia de sí y se transforma en asfixia, asfixia, asfixia. Escribir no me libera. Es el desnudo y el desnudo es la pose, el gesto que descubre quiénes somos o quiénes quisimos ser. (…) Yo no escribo para que nadie se reconozca en su parte inteligente, sino en su más abyecta y entrañable vulgaridad. En su caca, en su culo, en su pedo, en su pis. En el niño hijo de puta que fue y que posiblemente sigue siendo. Escribo con contractura igual que cuando taconeaba sobre la tarima de una escenario. Siempre, siempre estoy afónica”. (Páginas 225 y 226).
*La fotografía es un tema de Javier Ibarra, un espléndido fotógrafo.
**La foto de Marta Sanz la tomo de aquí:
http://fotos00.laopinioncoruna.es/2015/11/03/318x200/marta-sanz.jpg
ZARAGOZA NO OTHER: DOUG PAISLEY CUENTA ZARAGOZA
[Ayer, Ana Usieto, coordinadora del suplemento de los sábados de Heraldo y especialista en moda y tendencias, me habló de un proyecto precioso (del que ya había escrito Pablo Ferrer) que da una dimensión muy distinta de Zaragoza: Zaragoza no other, donde se graban vídeos, entre seis y ocho minutos, con músicos que visitan la ciudad y cuentan cómo la ven, cómo la sienten, qué les recuerda. Linko aquí a Doug Paisley, cantante cana...diense de country, que visitó Zaragoza en plenas fiestas del Pilar y cuenta cómo nos ve... Al fondo suena la música. El vídeo está en inglés y está subtitulado. Estupenda, seductora. Colabora Grabaciones en el mar, You arte the Cosmos y el Ayuntamiento de Zaragoza.]
Así presentan en la página al cantante canadiense.
Doug Paisley (Toronto, Canadá) is one of the lead exponents of current Country-Folk.His first visit to Zaragoza coincides with the city´s Big Day…right in the middle of El Pilar celebrations. A mixture of folkloric sounds, from here and there, with very different up bringings, but, very likely, with a pretty similar root.
// DOUG PAISLEY (TORONTO, CANADÁ) ES UNO DE LOS MÁXIMOS EXPONENTES ACTUALES DEL COUNTRY/FOLK. SU PRIMERA VISITA A ZARAGOZA COINCIDE CON EL DÍA GRANDE DE LA CIUDAD, EN PLENAS FIESTAS DEL PILAR. UNA MEZCLA DE SONIDOS FOLCLORICOS, DE AQUI Y DE ALLÍ, CON MUY DIFERENTES DESARROLLOS, PERO, PROBABLEMENTE, CON UN PARECIDO ORIGEN: LA CULTURA DE UN PUEBLO.
http://www.zaragozanoother.com/doug-paisley/
[Hace pocas semanas, Mario Ornat, escritor y periodista deportivo, publicaba su primer libro: una investigación en torno a la película 'Tierra y libertad', que se rodó en el Maestrago. He aquí un fragmento de un libro que mezcla periodismo, investigación y pasión por el cine.]
Mister Loach: el artista y el hombre
Por Mario ORNAT. Del libro 'Bienvenido, Mr. Loach' (Doce Robles)
Fragmento
Nadie habría podido rodar las historias que ha llevado a la pantalla Ken Loach si no estuviera tocado por una inquebrantable determinación. El nervio, el compromiso, el atrevimiento y la ocasional confrontación dialéctica han formado parte del cine y la figura del director británico. Paradójicamente, en la distancia corta Loach ofrece al interlocutor un perfil contrario al del hombre resoluto que reflejan sus películas. Se mueve siempre de manera cuidadosa, tanto por el rodaje como en la modesta sala en la que accede a dialogar, 20 años después de su estreno, sobre Tierra y Libertad. El lugar es el piso más alto de la oficina de Sixteen Films en la capital británica, en el 187 de Wardour Street: un sencillo edificio georgiano de dos plantas situado en el Soho, en la calle que fue, a partir de la segunda mitad del siglo XX, la de las compañías cinematográficas en Londres. La estancia tiene un aire rural, como de silenciosa buhardilla; con vigas de madera a la vista e inundada de la luz del mediodía que entra por las clásicas ventanas de guillotina inglesas. Una mesa de madera rústica y varias sillas de un desleído turquesa, un mueble metálico sin ningún uso particular, una silla de oficina vuelta contra la pared, que mira a un póster de Sólo un beso; y, sobre los muros, las reproducciones enmarcadas de los carteles de tres películas más de Ken Loach: Kes, en un evocador blanco y negro; Pan y Rosas, con una nostálgica imagen casi vacía, también átona; y, por fin, el de Oranges and Sunshine, debut como director de Jim Loach, hijo de Ken, con Emily Watson como protagonista.
En ese escenario, Loach deambula con movimientos callados, como si acabara de entrar en una biblioteca y procurase no hacer ruido. Su cálido saludo, la disposición a conversar acerca de su obra o de las ideas que la inspiran, componen un perfil que parece la quintaesencia de la afabilidad, al tiempo cruzada por el aire de tímida extrañeza de su rostro y de los gestos, siempre a punto de la timidez: incluso pregunta dónde debe sentarse. Se diría que está de visitante, cuando en realidad ejerce de anfitrión junto a su productora, Rebecca O’Brien. Loach sonríe con facilidad y a veces parece incluir en el afectuoso gesto una implícita disculpa. Sus asistentes, interesados desde el primer momento en rememorar los días de Tierra y Libertad en Mirambel, advierten de la apretada agenda del director y de que Loach dispondrá de aproximadamente media hora para conversar. Lejos de exhibir cualquier apunte de inquietud por la duración de la entrevista, él mismo la alarga hasta la hora y cuarto. Cuando se le pide una fotografía, compone ese tipo de mueca incómoda de quien abre la puerta de un aula equivocada y, al darse cuenta de que no conoce ningún rostro y que todos lo miran, murmura una apresurada petición de perdón. Pero enseguida se presta a posar. Le cuesta mantener la mirada a la cámara. Por momentos parece azorado. En ninguna de las imágenes se sacará las manos de los bolsillos.
En cualquier otra persona todos estos rasgos definirían a alguien despistado, ajeno, pero bajo esa apariencia Loach oculta una finísima antena y no pierde detalle: “Aparentemente ausente y sin embargo al tanto de todo”[1]. Así lo definió Icíar Bollaín, después de trabajar a sus órdenes en Tierra y Libertad. Si uno observa a Ken Loach fuera de un ámbito cinematográfico –digamos, en la ceremonia de algún festival, durante un rodaje o en el espacio acotado de las entrevistas promocionales- resulta complicado distinguirlo como alguien célebre: tiende a confundirse con el resto de la gente. Su modo relajado de vestir, el uso de tonos suaves, una americana nada ostentosa. Un inglés a la manera de otros muchos ingleses medios. La mímesis del hombre sin pretensiones. Ni estridente ni anodino. En la distancia corta, Loach dialoga sin altanería, de igual a igual, aun cuando deba responder a preguntas ya conocidas o no esté de acuerdo con una apreciación concreta. Le gusta escuchar tanto o más que ser escuchado… y esto lo ratifica cualquiera de los actores que ha trabajado con él. Su lucidez argumental resulta en una conversación luminosa, que pondera las palabras pero tiene muy definidos los principios que las sostienen. Sus característicos anteojos, que alterna para cerca y lejos, han perdido aquel tamaño considerable de antaño y ahora son de carey negro. Pero aún inspiran una curiosa idea: los usa desde luego para ver pero se diría que, de ser posible, hubiera preferido que le sirvieran para no ser visto.
Nada en Ken Loach llama la atención, salvo el propio Ken Loach. Su modo de apartarse del foco recuerda a su forma despojada de rodar, alejando la cámara de la acción. Si tiene que hablar de sí mismo en una entrevista, uno enseguida percibe de qué modo teje una guardia de entretelas con las palabras: y detrás de ella sitúa su figura, rebajada de cualquier protagonismo, ajena a la menor tentación de trascendencia. Por ejemplo, cuando se refiere a la gestión de Sixteen Films, la productora que gestiona junto a Rebecca O’Brien y Paul Laverty: “Paul escribe los guiones, Rebecca se encarga de la producción y yo… bueno, yo intento dirigir”[2]. Es decir: los demás hacen; Ken Loach lo intenta.
Y, sin embargo, cuando se trata de dirigir, Ken Loach es otro: “Delgado y encogido, pasea por los decorados con la nariz por delante y los puños apretados, sin ruido, sin levantar la voz casi nunca. (…) Una presencia física como imperceptible creando terremotos sentimentales”[3]. Ahí, cuando se dispone a contar una historia, Loach se comporta con la osadía, con la voluntad innegociable de una fiera ideológica, alguien que ha de defender sus convicciones como el boxeador que en cada puñetazo defiende el pan en la boca de sus hijos. Su obra habla de un director independiente, alejado de las atracciones del cine como gran industria comercial: “El problema es que el cine es visto básicamente como un bien, como una mercancía. No es considerado un medio de comunicación sino un producto. Es una inversión en la cual la gente que está en la industria busca recuperar las inversiones que han hecho y sacar ganancias. (…) Mucha gente está enamorada de lo que es el cine, en vez de estarlo de lo que podría ser y sus potencialidades”[4]. Esa radical visión no incurre, sin embargo, en ningún exceso de impostura artística. Loach escapa a la dicotomía entre el cine de entretenimiento y las películas de arte y ensayo. Si alguien tiene la tentación de adscribirlo a esta última categoría, aunque juegue a su favor, Loach aclara que incurre en un error de base. Y lo argumenta con la solidez característica: “En realidad creo que la palabra arte es muy peligrosa. Creo que simplemente lo que ocurre es que uno comunica lo que quiere comunicar de la manera en que mejor le sale. Quizás deberíamos hablar de comunicador en vez de artista, porque es una palabra menos ambiciosa. Si uno está en la situación de poder comunicar tiene la responsabilidad (como ser humano) de tratar de interpretar el mundo en el que vivimos, expresar dicha visión y compartirla: y si uno tiene una idea, debería luchar por ella”.
[1] Icíar Bollaín. ‘Ken Loach. Un observador solidario’. 1996, Madrid. Ed. El País/Santillana
[2] The Scotsman, 15 de marzo de 2011
[3] Icíar Bollaín. ‘Ken Loach. Un observador solidario’. 1996, Madrid. Ed. El País/Santillana
[4] A Alejandra Ríos, en la revista digital ‘Estrategia Internacional’, nº10, noviembre/diciembre 1998