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Antón Castro

HOY, CON 'SEDUCCIÓN', EN CALACEITE

DOS POEMAS DE 'SEDUCCIÓN' DEDICADOS AL MATARRAÑA

 
Esta tarde, viernes 8, a las 20.00, en el Museo Juan Cabré se presenta mi libro ‘Seducción’ (Olifante, 2014), un poemario de amor, dividido en cuatro tiempos. Me acompañará el profesor de inglés, melómano y amigo desde hace 27 años Juan José Blasco Adé, más conocido como Juanjo Panamá, que es un gran enamorado desde hace años del Matarraña. Suele ir con su madre siempre a pasar unos días de vacaciones y suele pernoctar entre buenos amigos en La Alquería de Ráfales, que se distingue por el buen trato, una atmósfera ideal de tertulia y una estupenda gastronomía. Juanjo es así de sentimental.

Leeré algunos poemas del libro, entre ellos estos dos: uno dedicado a Ángel Crespo y a Pilar Gómez Bedate ( en las dos úlitmas fotos), a los que vi en su casa de Calaceite casi como se cuenta aquí, y otro dedicado a la pintora, decoradora y galerista Gema Noguera (en las dos primeras fotos).Agradezco desde aquí la amable invitación de Carmen Portolés y de Lola Pintado que dan vida al Museo y al Bajo Aragón con su entusiasmo y su pasión por la cultura.

 

UNA BRISA NOCTURNA

[A Ángel Crespo y Pilar Gómez Bedate]

Vivían con las palabras precisas.
Con las suyas y con las de los otros:
con las de Fernando Pessoa y Rilke,
con las de Juan Ramón Jiménez,
con las de Stéphane Mallarmé.
Y esas palabras, en forma de versos,
andaban por la casa como pájaros 
inquietos, como las notas huidizas 
de una ópera o de un río de sílabas.
Vivían entre las piedras y el cielo, 
entre los búcaros y el aleteo
de las telas. Siempre había un olor
a madera y a intimidad cercada.
Los libros estaban cerca. Los discos,
los cuadernos y una cesta de frutas.
Al llegar la noche, él se retiraba 
a un palomar que era su obrador,
su estudio y el oratorio de la poesía.
Hablaba con Ofelia, con Zenobia,
con Beatriz, el delirio de Dante.
Congregaba a los espectros del verbo.
Había un instante en que ella subía
a sentarse a su lado: temblaba la luna
y encendía la fronda de los olivos.
Una brisa retornaba del campo
y entraba por la ventana para ellos.



GEMA NOGUERA

[A Lola Pintado y Carmen Portolés]

Nada era como me lo había imaginado
y a la vez era idéntico a como quería que fuese.
Primero, el río: avanzaba ante tu taller y tu casa
con sus cascadas y sus espejos de agua verde, 
se colaba afanoso bajo el gran puente
que parece temblar en el aire del tiempo.
Luego, la fábrica: antigua, llena de escorchones,
cosida por las cicatrices de la memoria.
Miré un instante la fronda voraginosa,
oí el violín adormecido de las hojas
y pensé que aquel era un paraíso en desorden,
el refugio ideal para los días de lluvia.
Entré. Me encontré con tu bicicleta.
Dime, ¿era más bien morada, granate,
podías pasear en su frágil armazón, 
llevar las primeras frutas del verano? 
Acudí a tu taller, casi sin querer. Y vi 
tus cuadros, esos océanos de rojiza luz,
ese oleaje dormido de la noche en tierra. 
Percibí tu mano en todo: en las paredes,
en los diseños, en la atmósfera de creación.
En la salobre humedad de las galerías.
Más tarde, impregnado de ti y de tus fuegos,
vi las demás salas: la cerámica, la obra en papel,
el círculo de amigos, el solanar de la invención.
Poco después conocí a tu madre. Y la biblioteca
donde solías refugiarte. Hojeé tus dibujos, 
repasé algunas fotos de familia.
Habría llorado. Por ti y por los otros,
por el río que vierte sus lágrimas, 
por la bicicleta ya abandonada.
Tu madre me llevó ante la noguera 
donde yaces para siempre con tu padre, 
hechos ceniza y limo fecundado.
Cerré los ojos y escuché tu silencio.
El olor de la lavanda se mezcló con tu sonrisa: 
va y viene como un ave del jardín.

EL CANTO DE ANTONIO ARAMBURO

EL CANTO DE ANTONIO ARAMBURO

 

 

[Este tenor lírico o tenor de fuerza de Erla (Zaragoza) ha sido uno de los grandes cantantes de Aragón del siglo XIX. Dijeron de él que tenía una voz excepcional, la más perfecta de su tiempo, pero a la vez solía tener comportamientos excéntricos: parece que sufrió esquizofrenia.]

 

El canto arrebatado de Antonio Aramburo

 

Antón CASTRO

James Joyce es uno de los grandes escritores del siglo XX. Quizá su libro más famoso sea ‘Ulises’, aunque el más sutil, el más irlandés y el más legible es una colección de relatos: ‘Dublineses’; en ‘Los muertos’, que John Huston llevó al cine poco antes de morir, entre una enumeración de cantantes líricos figura un aragonés: Aramburo. El tenor Antonio Aramburu, un intérprete tan excepcional en el canto como informal y extravagante en la vida real; de hecho, como se dice a menudo y como recuerda Javier Barreiro en su libro ‘Voces de Aragón’ (Ibercaja, 2004) fue famoso por sus espantadas. Aramburo quizá padeciese esquizofrenia: podía ser suave y profesional, manso y aplicado, y todo lo contrario: terco, abrupto, inesperado, y dejar de cantar solo porque el público silbaba a su compañera.

Antonio Aramburo nació el 16 de enero de 1840 (a veces se dice también que en 1839), en Erla, en las Cinco Villas zaragozanas. Su familia era acaudalada, pero no se saben demasiadas cosas de su infancia y adolescencia. Estudió ingeniería; cuando había empezado la carrera pensó que se había equivocado: empezó a asistir a clases de canto con el maestro Antonio Cordero y debutó, rebasada la treintena, en 1871 con ‘Sapho’ de Giovanni Pacini en el Teatro Carcano de Milán. Hay otra teoría, que recoge el estudioso Hernán Luis Vigo Suárez, en la que se sostiene que Antonio Aramburo habría debutado ese mismo año, antes, en el Teatro de la Zarzuela de Madrid con la soprano Pilar Bernal.

La carrera de Antonio Aramburo no fue fácil por sus veleidades de genio y por su temperamento cambiante. Al siguiente año de su debut cantó ‘Norma’ de Vincenzo Bellini en Florencia; en 1874 realizó una gira por Buenos Aires y actuó ante el presidente de la República. En la temporada siguiente debutó en el Teatro Liceo de Barcelona y repetiría en 1882. Con ‘La fuerza del destino’ y ‘Rigoletto’, ambas de Verdi, se presentó en La Scala de Milán, en 1879, donde fue silbado en la romanza ‘Celeste Aída’ y aplaudido luego, tan aplaudido que «en la segunda representación cantó con una también celeste voz, de modo que hubo de dar hasta 23 representaciones», según Barreiro. Sin embargo, al año siguiente con ‘Lucía de Lamermoor’, de Donizetti, se produjo una anécdota que define su excentricidad y su perturbación. Y quizá su sentido del compañerismo. La soprano Emma Albani fue reemplazada por Harris Zagurry, a la que el público boicoteó en el tercer acto. Entonces, Aramburo abandonó el teatro y se fue al palacio donde residía. Allí recibió a los empresarios que fueron a pedirle que regresase. Cocinó unas migas, invitó a los recién llegados a comer en la sartén sobre la alfombra, se puso un pañuelo en la cabeza y empezó a cantar jotas. Ante la perplejidad general, anunció que renunciaba a su contrato. Javier Barreiro resume: «Así, en su mejor momento desperdició la oportunidad de volver a ser llamado por el teatro más importante del mundo».

No menos extraña fue su actuación en el Teatro Real con ‘El Trovador’ de Giuseppe Verdi: habían anunciado su asistencia el Rey Alfonso XII y la reina María Cristina; no aparecieron y él, en el tercer acto, se esfumó por la puerta de bomberos, «ataviado de guerrero medieval”, y entonó algunas piezas en la plaza de Oriente. Así podía ser Aramburo. Algo semejante lo repetiría en el Teatro Solís de Montevideo en 1886. Iba a actuar ante el presidente de Gobierno: el empresario quiso comprobar que estaba a punto y que saldría a cantar. Lo encontraron dormido, posiblemente ebrio, entre los decorados y la tramoya.

A pesar de todo, los elogios se multiplicaban. Y se multiplican en manuales, diccionarios e historias de la ópera. Decían que era superior a Julián Gayarre (cuya vida redactaba poco antes de morir el aragonés Mariano Faci, biógrafo de Cavia y Eusebio Blasco) y a Tamberlick, que estaba en su apogeo; él mismo, tras oírlo en París, lo nombró su sucesor. Barreiro apostilla: «Su voz tenía la misma fuerza arrebatadora y la potencia de sus agudos impresionaba profundamente». El antes citado Vigo Suárez dice que tenía «una voz de considerable extensión (más de dos octavas, del do central al do sostenido agudo», y ensalza su condición de «tenor de fuerza». Enrique O’Neill, en su libro ‘La voz humana’ (1923), no deja lugar a dudas: «Fue la voz más perfecta del siglo XIX; en calidad, extensión, timbre y color no llegó ninguna otra a parecerse siquiera”. Y Florentino Hernández Girbal, en ‘Cien cantantes españoles de ópera y zarzuela (siglos XIX y XX)’ (1994), le otorga halagos del tipo: «hermosura increíble», «expresión arrebatadora», «agudos limpios y brillantes como el sol».

Sus mejores años fueron los de la década de los 70 y de los 80. Fue muy querido en Cuba, donde cantó en varias ocasiones, e inició su despedida con ‘Carmen’ de Bizet en Odessa (Rusia; ahora Ucrania), en 1896. De repente se descubrió casi arruinado a pesar de que había ganado mucho dinero, dicen que más de tres millones de pesetas de entonces (18.000 euros); al parecer había sido objeto de varios robos y había dilapidado su fortuna con la prodigalidad de los nuevos ricos. Tras pasar por un hospital de Milán, en estado de indigencia, logró que le dieran un puesto de portero en el Teatro Solís de Montevideo. De ahí pasó a dirigir una escuela de canto con su nombre, y allí murió en noviembre de 1912. Más tarde, se descubrieron algunas de sus grabaciones, con el sello de Compañía de Impresiones Fonográficas Antonio Aramburo, que fundó alrededor de 1900. Algunos dicen que son apócrifas; otros aseguran que confirman su talento, su energía, su honda sensibilidad, su agudo lirismo. El enigma, como el misterio de su comportamiento, continúa.

 

 

EL ANECDOTARIO

Aragón. Antonio Aramburo ha tenido escasa relación con su tierra. Aquí no llegó a actuar como cantante, aunque los periódicos aragoneses daban noticia de sus éxitos. La Gran Enciclopedia Aragonesa recoge, de un periódico zaragozano, la siguiente nota: «Nuestro compatriota el célebre tenor Aramburo, hijo de Erla, ha conseguido últimamente entusiastas ovaciones en el Teatro de la Paz, de La Habana, sobre todo con las óperas ‘La forza del destino’, ’Il Guarany’ e ‘Il Trovatore’. En esta última había sido llamado a la escena dieciséis veces». En los cilindros que se han recuperado de él se le oye cantar un fragmento de la zarzuela ‘La Dolores’. Erla, donde cuenta con estudiosos como Vicente García de la Puerta, le ha hecho varios homenajes: desde 2003 tiene un busto de Miguel Cabré en su pueblo. 

 

El amor. Aramburo no debió ser el hombre más feliz del mundo. Se casó con la soprano norteamericana Ada Adini, quince años menor que él. Tuvieron una niña pero no tardaron en separarse. No se le conocen otras relaciones.

 

*En la edición del papel, en un pie de foto, se alude a ’El Africano’ y es la ópera ’La Africana’ de Mayerbeer, la última que compuso en cinco actos. Y también se habla de ’Guazany’: es ’El guarany’ de Antonio Carlos Gomes.

 

Ahí puede seguir el cuerpo central del texto. 

 

http://www.heraldo.es/noticias/ocio_cultura/cultura/2014/08/06/el_canto_arrebatado_antonio_arambur_303464_308.html#com

 

MIGUEL ÁNGEL SANTOLARIA me escribe, muy amablemente, la siguiente nota: 

"El 18 de Mayo de 2002 se fue a ERLA (Zaragoza), donde nació el 17 de enero de 1840, Antonio Aramburo; considerado por críticos y musícologos de su época como un tenor "di forza" de una voz prodigiosa y dicen que en aquellos años no hubo otro igual, asegurando que fue superior a Julián Gayarre, Angelo Massini, Enrico Tamberlick y el propio Francisco Tamagno (que estrenó Otello de Verdi). Se descubrió en su casa natal una placa en azulejo de Muel y en la Iglesia de Santa María La Mayor de la villa los cantantes líricos de A.M.B.A. ofrecieron un inolvidable concierto. El 17 de enero de 2003 y conmemorando el ciento sesenta y tres aniversario del nacimiento de Antonio Aramburo, en colaboración con A.M.B.A., el Ayuntamiento de Erla, en un acto de exaltación al gran cantante, le erigió, en la Plaza donde está la Casa Consistorial, un busto a su memoria por el prestigioso aragonés Miguel Cabré, escultor seleccionado por Miguel Ángel Santolaria, amigo personal del mismo, que le cedió varias fotogtrafías de su archivo histórico musical para la realización del busto. A su vez el prestigioso escultor realizó una exposición de varias de sus obras en el Ayuntamiento. También,  la citada plaza, pasó a llamarse a partir de ese momento, Plaza del tenor Antonio Aramburó, descubriéndose, por gestión personal de A.M.B.A., una placa, en cerámicade Azulejo de Muel, con la mencionada leyenda. Posteriormente, Miguel Ángel Santolaria (Presidente de A.M.B.A.), en el Salón de Actos de la Casa Cultural de Erla. ofreció una conferencia audiovisual con el lema: "Grandes tenores de todos los tiempos", donde se escuchó el aria "Niun mu tema" de la ópera Otello de Verdi, interpretada por Antonio Aramburo, en una grabación del año 1904 reporducida de un disco compacto, importado de Italia y que no se vende en España. Se visualizó, además, en auténtica primicia, un vídeo con escenas e interpetaciones de los tenores: Enrico Caruso, Franco Corelli, Pedro Lavirgen, Jaime Aragall, Alfredo Kraus  Miguel Fleta". 
 

'SEDUCCIÓN: POESÍA EN CALACEITE

'SEDUCCIÓN: POESÍA EN CALACEITE

 

POESÍA EN CALACEITE: ’EL PEZ DE LA DESPEDIDA’ Y ’SEDUCCIÓN’
Calaceite celebra su semana cultural. Entre otros actos, se han programado dos presentaciones de poemarios. El jueves 7 siete, Luz Rodríguez presentará su poemario ‘El pez de la despedida’, y estará acompañada por su editor Paco Rallo, por la ilustradora María Maynar y por el pianista y compositor Antonio Gil, que ha trabajado varios poemas. Luz y Antonio ofrecerán un recital con música. Y el viernes, 8, en compañía de Juanjo Blasco Panamá, presentaré ‘Seducción’ y daré un pequeño recital. En ese libro, al menos, hay tres poemas dedicados al Matarraña y algunas de sus gentes: a Laia Vaquer y Hugo Roglán, artistas; a Ángel Crespo y Pilar Gómez Bedate y Gema Noguera, a quien no llegué a conocer, pero sí hablé con su madre, con su familia, con Ersi Samara y vi sus cosas. Publicaré estos días, aquí, los tres poemas. Empiezo con Laia Vaquer, que ahora trabaja en una pequeña galería en Calaceite; durante muchos años lo hizo en La Angeleta, el restaurante de Valderrobres, y su compañero Hugo lo hace de guía del Museo Juan Cabré, de 
Calaceite, donde tendrán lugar los dos actos, a las 20.00.



ELOGIO DEL DESNUDO

[A Laia Vaquer y Hugo Roglan, fotógrafos del cuerpo 
y del paisaje con árboles, harina y nieve]

Te observo desde el vacío del tiempo.
Desde antes o después de haberte intuido
en la carne trémula de un desnudo.
Te vi, antes de verte a ti, en una foto.
Creo que no había nadie en la sala.
Sonaba una música de violín.
No tardó en desatarse la tormenta.
Afuera, el atardecer de agua y viento
copiaba el resplandor de tus imágenes.
Era un día de otoño castigado
de melancolía desapacible.
Te miré fijamente: aquí las líneas
del cuerpo, la piel más blanca que oscura;
allá las nalgas, los pechos, los hombros
armoniosos como arpa adormecida.
Y en el centro de un árbol, incendiados,
tus ojos de mar, claros, levantiscos,
con un centelleo de picardía.

Hice por conocerte. Por amarte.
Recuerdo aquel día: de sol, de risa,
de plenilunio luego en la verbena.
Alguien me dijo: «Esa será la artista
de tu vida. No dejes que se escape».

Aquí estoy desde entonces. A este lado.
Como un amanuense de tus imágenes.
Como un testigo de las estaciones.
Me muestras los cuadernos de bocetos,
los dibujos, la violencia del sueño,
y sobre el papel, entre la maleza,
surges como una escultura o un paisaje.
Veo lo que anhelas. Gritas. Disfrutas.
Te buscas y te persigues. Arañas
las sombras del espanto, te desvistes.
Actriz de ti misma. Actriz principal
y de reparto en medio de la fronda
y la mansedumbre gris del celaje.
Te contemplo, me someto y navego
tu belleza centímetro a centímetro.
Cuando dices, ya, mírame bien, mírame,
disparo. Y así sales: desnuda, viva,
desde el fondo de la tierra que tiembla.
Ese limo perplejo que fecundas.

Ahí estás para mí, por ti y por todos:
la diosa transfigurada en la nieve.
El cuerpo que acaricio cada noche.


*Las fotos son de Laia Vaquer en colaboración con Hugo Roglan.
El texto pertenece a ’Seducción’. Antón Castro. Olifante, 2014.
-La 1 imagen.
https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-c9267b4e14bef3b18eddd74c0b0a5d25.jpg
-La 2 imagen
https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-62973b9413ee4b2c46724c2edb6eb52f.jpg
Un reportaje de Borradores sobre el Matarraña. Ahí sale Laia Vaquer y Hugo Roglan.

 

 

OTRA FIESTA DE LA POESÍA EN SORIA

OTRA FIESTA  DE LA POESÍA EN SORIA

Los poetas aragoneses protagonistas de la

Séptima Edición de la Feria Expoesía en Soria

 

Los poetas Miguel Labordeta y Manuel Pinillos serán homenajeados mañana 7 de agosto en la ciudad de Soria. Y Miguel Ángel Yusta presentará su poemario “20 + 1 poemas” el sábado 9 de agosto

 

Del 5 al 10 de agosto, Soria, la Ciudad de los Poetas, hace honor a su nombre y llena de poesía cada rincón con recitales, talleres para niños, firmas de libros y clases magistrales

[Nota de Luis Ulargui.] La poesía aragonesa se hará un hueco entre las más de 50 actividades de la Séptima Edición de la Feria Literaria Expoesía de Soria. Una de las ferias literarias más importantes dedicada única y exclusivamente al género de la poesía. Los versos de Miguel Labordeta y de Manuel Pinillos junto con la presentación de la edición bilingüe del poemario de Miguel Ángel Yusta “20 + 1 poemas” serán protagonistas de este año en la ciudad de Soria.

 

El jueves 7 de agosto el escritor y premio de las Letras Aragonesas Ángel Guinda junto a Trinidad Ruiz dedicarán más de dos horas a deleitar con la historia literaria y con los versos de dos grandes poetas zaragozanos: Miguel Labordeta y Manuel Pinillos. Miguel Labordeta, hermano del cantautor, escritor y político José Antonio Labordeta, es posiblemente uno de los poetas más originales que ha dado las letras aragonesas en el siglo XX. Cultivó el surrealismo con un lenguaje barroco y expresivo y de amplios registros. Por su arte Manuel Pinillos fue un autor muy querido en tierras aragonesas y fue uno de los mejores críticos literarios aragoneses.

 

El 9 de agosto Miguel Ángel Yusta presentará la edición bilingüe, castellano gallego, que se ha realizado de su poemario “20 + 1 poemas” por parte de la editorial Lastura. Le acompañarán la escritora orenseana Montserrat Villar y la madrileña Laura Gómez Recas, quienes también presentarán sus poemarios traducidos a la lengua gallega.

 

Otros actos de Expoesía 2014

El programa de Expoesía 2014 cuenta con más de 50 actos y, en él, encontraremos actividades para los seguidores incondicionales de versos, rimas y cuartetos (lecturas, recitales, presentaciones de libros, etc.) y cuyo objetivo fundamental es acercar la poesía a todos aquellos que estén interesados en conocerla, disfrutarla y saborearla con los cinco sentidos.

 

Este año, bajo el lema “Poetas malditos-Malditos Poetas”, la poesía quiere dedicar muchas de sus actividades a esos poetas que fueron defenestrados y olvidados pero que gracias a sus poemarios hicieron más rica y completa, y por qué no, más lúcido un género fundamental de nuestras letras. Leopoldo María Panero, el salmantino Aníbal Sánchez, el granadino Javier Egea o Chico Sánchez Ferlosio serán algunos de los poetas “malditos” que recorrerán los actos de Expoesía 2014.

 

Además debemos considerar como actos centrales la presencia del último Premio de las Letras de Castilla y León Jesús Hilario Tundidor y del Premio Gil de Biedma, Fermín Herreros, los recitales de poetas entre los que destacan el murciano Alberto Caride, el burgalés Carlos de Frühbeck, la orensana Montserrat Villar o el madrileño Javier Expósito con su poemario “Más alto que el aire”. Una última cita de Expoesía 2014 en la que la música y la palabra se darán la mano en la voz de este poeta polémico a veces, excéntrico y genial a la vez y que muchas veces raya lo infantil.

 

Este año en el programa de actividades destaca la unión de teatro y poesía de la mano de un conjunto de teatralizaciones y recitales como la que se celebrará el 4 de agosto (como anticipo de toda la semana de poesía) por la compañía Contando Hormigas, un grupo de teatro compuesto dos actrices invidentes que realizarán una curiosa adaptación de la vida de la santa y poeta alemana Hildegard Von Bigen. “Las Visiones de Hildegard” nos traslada al mundo del medievo para conocer la locura de una abadesa adelantada a su tiempo por sus ideas revolucionarias, científicas y filosóficas. Una obra para disfrutarla con todos los sentidos. Pero no será la única obra teatral de  Expoesía 2014, el grupo extremeño Guirigai será el encargado de traer “Noche Oscura, Ahora” de San Juan de la Cruz (el 5 de agoto) y la actriz suiza Isabelle Stoffel será la encargada de ponerse en la piel de Santa Teresa de Jesús en su obra “Traspasada” (día 7 de agosto). Uno de los actos que Expoesía quiere dedicar al Año de Santa Teresa de Jesús, siendo Soria una de las ciudades teresianas donde la santa carmelita abrió una de sus moradas.

 

Una de las curiosidades de Expoesía son las ubicaciones de los actos que también son verdaderos recuerdos de los poetas que marcaron a esta ciudad. El aula y el claustro del Instituto Antonio Machado donde el poeta daba clases de francés y que será el lugar para las actuaciones y recitales nocturno, la Dehesa donde paseaba el poeta de la Generación del 98 con Leonor o los salones del Casino donde aún se guarda el piano que tocaba el poeta Gerardo Diego. Un lugar muy ligado a la vida social y literaria de la ciudad y donde ahora se ubica el Museo Casa de los Poetas.

 

Para Jesús Bárez, concejal de cultura de Soria, esta edición de Expoesía hace honor a uno de los géneros más interesantes de la literatura. “Soria, la ciudad de la poesía, la musa de poetas como Machado o Gerardo Diego, no puede dar la espalda a este género literario y, como desde hace siete años, nos volcamos en la poesía. Nuestra labor es poner a la poesía en un lugar preferente, donde debe estar, aquí en Soria entre la gente, en la calle, en cada rincón de la ciudad y este año esos poetas que quedaron en el olvido por ser malditos y muy lúcidos a la vez”

 

Además Soria durante estos días se engalanará con una serie de esculturas de grandes dimensiones inspiradas en los poetas “malditos” como Panero, Haro Ibars, entre otros. Un conjunto de obras donde la poesía se hace imagen y la escultura palabra poética. Las obras serán realizadas por el grupo artístico “Latidos del olvido”

 

 

*Miguel Labordeta por Cano.

LIZZIE SIDDAL: LA MUSA ETÉREA

A PLENO SOL. Se llamó Elizabeth Eleanor Siddall (1829-1962) de nacimiento, fue modista de sombrerería y se convirtió en la modelo ideal de los artistas Prerrafaelitas. Fue la amante y la esposa de Dante Gabriel Rossetti y murió a los 33 años, de una dosis excesiva de laúdano.

 

 Lizzie Sidal fue la ‘Ofelia’ de Millais en 1852. Durante el posado contrajo una neumonía.

 

Tras su muerte en 1862, su marido Rossetti le rindió su mejor homenaje con ‘Beatrix Beata’

 

 LIZZIE SIDDAL: LA MUSA ETÉREA

 

Antón CASTRO

La historia del arte está llena de locura, muerte y episodios de amor. El relato de la vida y la creación de Dante Gabriel Rossetti (1828-1882) y Elizabeth Eleanor Siddal (1829-1962) tiene de todo; constituye uno de esos admirables capítulos donde la realidad y la imaginación se vuelven imprecisos, donde la enfermedad y la muerte conviven con la obstinación y el delirio hasta hundirse en la sinrazón y la tiniebla. Procedían de familias muy distintas: de origen italiano, aunque londinense, Dante Gabriel era hijo de un emigrado rico e ilustrado que le pudo dar una buena educación. Pronto se apasionó por la pintura y la poesía, y en 1848, con los pintores William Holman Hunt y John Everett Millais fundó la Hermandad Prerrafaelita, que se oponían al nuevo academicismo y reivindicaba un regreso al detallismo, la luz y el color de los pintores italianos y flamencos anteriores a Rafael; en el fondo, era un regreso a una nueva forma de romanticismo vinculado a la época medieval y al renacimiento.

Elizabeth Eleanor Siddall, que pasaría a la historia como Elizabeth o Lizzie Siddal (con una sola ele), había nacido en 1829 en el seno de una familia humilde que tenía seis hijos. No está claro que fuese a la escuela, pero sí que era una criatura sensible que descubrió el embrujo de la poesía al leer, en un viejo diario, un fragmento de un poema de Alfred Tennyson. También debía ser una joven resuelta: trabajaba de modista en una sombrerería y de modelo de artistas, merced a que un día el pintor William Deverell la vio y se quedó fascinado: era alta, de cartílagos airosos, tenía un rostro ideal, los labios carnosos y un pelo rojo, muy rojo, aunque otros utilizan el epíteto cobrizo. Además del porte, poseía un aire más bien lánguido y romántico.

Probablemente fuese Deverell quien la descubrió, pero quien se enamoró de ella fue Dante Gabriel Rossetti. Era la modelo que andaba buscando: la musa etérea, la mujer soñadora y sensual. Sus relaciones fueron más allá de la pintura: ella posó para él y además se convirtió en objeto de veneración. Durante algún tiempo, el pintor y poeta permitió que posase para otros. Lo haría, por ejemplo, para John Everett Millais en 1852 y para Clerk Saunders en 1857. Su colaboración con Millais respira enigma y belleza. Fue su ‘Ofelia’, inspirada en el personaje de ‘Hamlet’ de Shakespeare; la situó en una bañera que el pintor calentaba con velas y en varias ocasiones, de tan obcecado o concentrado que estaba Millais, no se percató de que el agua se había enfriado. A consecuencia de estas sesiones, Lizzie Siddal cogió una neumonía de la que dicen que jamás se recuperó del todo; siempre fue una joven pálida y enfermiza. Algunas fuentes aseguran que su padre denunció al pintor y le pidió una compensación para curar a la joven. Esa ‘Ofelia’ es uno de los cuadros más famosos con el rostro de Lizzie.

A la vez, seguía manteniendo su historia de amor con Dante Gabriel Rossetti. Este no accedía a casarse porque su familia no la aceptaba. Poco a poco, la joven, enferma y desanimada, se fue haciendo adicta al láudano. Por fin, en 1860 se casaron en Hastings, en una ceremonia en la que no hubo invitados. Para entonces, Lizzie Siddal ya conocía bien el carácter de su marido, dado a la bebida y un gran seductor de otras mujeres, que a veces eran sus modelos. Ahí están nombres como Jane Burden (esposa de William Morris), Ruth Herbert, Annie Miller, Alexa Wilding y Fanny Cornforth. A todas las pintaba y concertaba citas con ella. Y a la vez, celoso y agrio, ya no soportaba que su esposa posase para otros. En sigilo, a veces con su colaboración, a veces más o menos en secreto, Lizzie, dotada de una intensa sensibilidad, escribía poemas, sobre todo de amor, dibujaba y pintaba. Pintó algunos autorretratos. Pero esa actividad estaba eclipsada por la fama de su marido y también por su visión pesimista de la vida y quizá de sí misma: solía retratarse triste, espectral, casi tenebrosa.

El 11 de febrero de 1862, al parecer Dante Gabriel Rossetti salió de casa para impartir algunas lecciones a gente humilde, como solía hacer. En realidad, le confesó a un amigo que iba a encontrarse con Fanny Cornford, a la que llamaba “mi querido elefante”: era opulenta, fuerte, alta, pero carecía de la belleza de Lizzie. Cuando regresó casi al alba, se encontró con su esposa yerta. Quizá se había excedido con el láudano y se había muerto. Esos dos años de convivencia habían sido infernales: por las infidelidades del pintor y poeta, por dos embarazos que no llegaron a buen puerto, por la doliente fragilidad de la joven. Apenas tenía 33 años. Los historiadores hablan de suicidio. Dante Gabriel Rossetti se sintió culpable: logró deslizar en su ataúd uno de sus cuadernos manuscritos con sus poemas y no tardaría en rendirle uno de sus mejores homenajes al pintarla en ‘Beata Beatriz’.

Casi siete años después, instigado por su marchante artístico, Charles Augustus Howell, se exhumó el cadáver y se recuperaron los poemas. Rossetti no se atrevió a estar presente, aunque había intentado comunicarse con ella a través del espiritismo. Aceptó cuánto lo contó Howell: le dijo que Lizzie estaba impecable, incorrupta, que el pelo le seguía creciendo, y le devolvió los poemas, que publicarían sus amigos en 1870 con el título de ‘La casa de la vida’ (hay edición en castellano del aragonés Francisco M. López Serrano en Pre-Textos, 1998). Los expertos se escandalizaron: eran poemas de amor y erotismo de alguien que había sufrido mucho.

Rossetti murió en 1882, veinte años después de la muerte de su mujer. En los últimos tiempos, se convirtió en un auténtico anacoreta, víctima de la culpa, de la locura y quizá del olvido. Se hizo acompañar por un marsupial, el wombat, al que le cuesta catorce días hacer la digestión. Fue, con el fantasma de Lizzie, su última compañía. 

 

EL ANECDOTARIO

Amor de película. Esta historia le ha interesado mucho al cine y a la televisión. Al menos se han rodado tres películas: ‘El infierno de Dante’ (1967) de Ken Russell, ‘La Escuela de Amor’ (1975), una serie de televisión, donde Patricia Austin encarnaba a Lizzie, y ‘Románticos desesperados’ (2009), interpretada por Aidan Turner (Rossetti) y Amy Manson (Lizzie), que es una serie de la BBC en seis capítulos de Paul Gay. Puede verse aquí con subtítulos en portugués: http://www.dailymotion.com/video/x1zp50q_romanticos-desesperados-ep-1-6-leg-pt_shortfilms. Lizzie Siddal y Rosseti tienen muchos seguidores en la red. Aquí puede conocerse mejor el mundo de ambos: www.lizziesiddal.com.

 

Retrato. Dante tenía varios hermanos, entre ellos Christina, poeta, y William Richard, crítico y escritor, que ha dejado este retrato de Lizzie Siddal: “Una de las criaturas más bellas, con un aire entre dignidad y dulzura con algo que excedía la modestia y la autoestima y poseía una desdeñosa reserva; alta, finamente formada con un cuello suave y regular, con algunas características poco comunes, ojos verde-azulados y poco brillantes, grandes y perfectos párpados, una tez brillante y un espléndido, grueso y abundante cabello oro-cobrizo”.

 

 

INOLVIDABLE FRANÇOISE DORLÉAC

INOLVIDABLE FRANÇOISE DORLÉAC

[A PLENO SOL. La historia de una gran intérprete francesa que había seducido a François Truffaut, Jacques Demy o Roman Polanski. Tenía 25 años cuando se estrelló en un coche en dirección a Niza. Era bella, fascinante, de una contagiosa alegría de vivir. Deslumbró en ‘La piel suave’ y coincidió con su hermana en ‘Las señoritas Rochefort’.]

 

Françoise Dorleác: la inolvidable

hermana de Catherine Deneuve

 

Hay vidas que son como un centelleo y dejan un fulgor inextinguible. Una memoria poblada de imágenes, sensaciones y personajes: un sueño de cine. Una de esas vidas, una de esas criaturas fue la actriz Françoise Dorléac (París, 1942- Villeneuve-Loubet, 1967), hermana de Catherine Deneuve, dieciocho meses mayor que ella. Al principio, Catherine acompañaba a su hermana a los rodajes y le contagió la ilusión de interpretarse a sí misma y de ser otra.

Quizá por ello, a Catherine le costó casi treinta años hablar de aquella joven rebelde que encarnaba la alegría de vivir y la libertad. Françoise desapareció de un modo horrible un 26 de junio de 1967: había alquilado un coche en Niza y, cuando se dirigía con prisa al aeropuerto a tomar un avión hacia París, sufrió un accidente y salió de la calzada; con el impacto, el vehículo se incendió, se bloquearon las puertas y quedó allí prisionera entre las llamas. Tenía 25 años y era una de las musas del cine francés: había trabajado con René Clair, Jacques Demy, François Truffaut y Roman Polanski, entre otros. La esperaba en Londres Ken Russell para continuar el rodaje de su última película: ‘Un cerebro de un billón de dólares’, en la que participaba Michael Caine.

Catherine Deneuve firmó con el joven novelista Patrick Modiano (1945), que también había perdido a su hermano Rudy en 1957, un volumen de recuerdos: ‘Elle s’apellait Françoise’ (1996), donde decía, entre otras cosas: «Teníamos una intimidad muy grande pero, al mismo tiempo, no nos gustaba la misma gente. No teníamos los mismos amigos ni nos gustaban los mismos hombres. Esto era perfecto ya que evitamos la rivalidad amorosa que habría podido existir entre nosotras, que éramos casi de la misma edad. La verdad es que parecíamos el día y la noche. Parece una locura pero, en el fondo, el hecho de ser muy diferentes nos acercó en lugar de separarnos. La pérdida de Françoise es el drama más importante de mi vida».

Françoise siempre fue especial en una familia muy particular. Sus padres, Maurice Dorléac y Renée Deneuve, eran actores. Y ella hizo su primera aparición en escena con diez años. Muy pronto dejó el liceo, de ahí que casi desde entonces haya tenido fama de díscola, indisciplinada y con arrebatos de genio. Se apuntó a un curso de teatro con Raymond Girard para verificar si aquella era su auténtica vocación y al año siguiente, en 1957, se matriculó en el Conservatorio de Arte Dramático, donde tuvo como profesor a Manuel Rochel. A este le gustó tanto aquella joven decidida, con energía y belleza, dispuesta a comerse el mundo, que le dio el papel de ‘Gigi’, la pieza que había escrito Colette, para un montaje escénico de 1960 en el Teatro Antoine. Apenas tenía 18 años y ahí empezaba su carrera. Casi a la vez dio el salto al cine, en concreto a través de ‘Les loups dans la bergerie’ de Hervé Bromberger (1959). En los años siguientes actuaría en ‘Todo el oro del mundo’ (1960) de René Clair y en ‘Les portes claquent’ (‘El golpe de las puertas’) de Michel Fermaud. Dicen sus biógrafos y amigos que cuando hizo esta película animó a su hermana Catherine para que trabajase en el cine. También actuó en ‘Arsenio Lupin contra Arsenio Lupin’ (1962) de Eduard Molinaro y a la vez se convirtió en modelo de Christian Dior.

Estaba naciendo una estrella. En los 60 Francia daría una generación magnífica de actrices como Bernadette Laffont, Anna Karina y Anne Wiazemsky (ambas serían musas de Godard), la propia Jane Birkin, Marie Laforet y por supuesto las hermanas Dorléac-Deneuve. El año 1964 sería capital para Françoise: hizo dos películas muy conocidas, ‘El hombre de Río’ de Philippe de Broca, donde compartió protagonismo con el galán Jean-Paul Belmondo, y ‘La piel suave’, su colaboración con François Truffaut, donde encarnaba a la azafata Nicole que vivía una historia de amor con un casado hombre de negocios. Para muchos es su mejor trabajo. Truffaut, el realizador que siempre amaba a sus actrices, sacó el mejor partido de ella: era hermosa, soñadora, inquietante, vivaz, dulce y arisca a la vez, de una intensa sensualidad. Vivieron un romance durante una filmación tensa, en la que ni ella ni el cineasta se entendieron con el actor Jean Desailly. Les quedó una gran amistad, se cartearon a menudo y Truffaut le dijo que contaría con ella cada seis años. La retrató así: «Para todos los que la conocimos, Françoise Dorléac era una persona como se encuentran pocas: una joven mujer incomparable a la que su encanto, su feminidad, su inteligencia, su gracia y su increíble fuerza moral le hacían inolvidable para quien hubiera hablado una hora con ella».

Al año siguiente hizo ‘Callejón sin salida’ (1965) de Roman Polanski y dos años después cumplió un sueño: protagonizó con su hermana Catherine (con la que la habían querido enfrentar) una deliciosa película: ‘Las señoritas Rochefort’ (1967), un musical de Jacques Demy, donde ambas estaban inspiradísimas. La pieza, de una puesta en escena un tanto relamida, de tonos pastel, era un homenaje y a la vez una parodia de los musicales norteamericanos, de hecho intervino Gene Kelly. Las dos estaban muy bien: quizá Catherine fuese algo más sofisticada, distante y fría. Hicieron una película sugerente, elegante, llena de complicidad y de ternura sobre la búsqueda del verdadero amor. Parecían gemelas, casi como Pili y Mili. Demy había dirigido a Catherine en ‘Los paraguas de Cherburgo’.

Françoise siguió actuando hasta que produjo el fatal accidente. Realizó veinte películas en apenas siete años. Catherine, célebre y famosa, pareja durante un tiempo de François Truffaut, confiesa en el libro: «No lograba decir adiós a una hermana que era lo que más quería en el mundo». Quizá tampoco lo haya logrado todavía.

el anecdotario

 

Retrato íntimo. Catherine Deneuve, con Patrick Modiano, la definió así: «No verla nunca más, no poder tocarla, era lo único que me preocupaba. Para mí, Françoise es su cara, su pequeña nariz, sus pecas, su risa, su voz. Sobre todo su voz. Cuando oigo su voz, aparece ante mí inmediatamente. Escuchar la voz de Françoise es como un bálsamo pero, al mismo tiempo, es algo realmente de muy duro, ya que supone la apertura de una herida de nuevo que no se volverá a cerrar nunca completamente».

La joven moralista. Truffaut escribió sobre ella en 1968 en ‘Cahiers du cinéma’, texto que integraría su libro ‘El placer de la mirada’: «Françoise es inflexible, a veces hasta el límite de la tolerancia: una moralista cuyas conversaciones son ricas en aforismos sobre la vida y el amor. Y posee un bello e inteligente rostro y un cuerpo como recién desarrollado, como para durar eternamente».



 

VIDA Y PINTURA DE PABLO GONZALVO

VIDA Y PINTURA DE PABLO GONZALVO

 

A PLENO SOL. La historia de un artista aragonés del siglo XIX, que se especializó en la pintura de perspectivas y paisaje urbano. Se formó en Zaragoza y se instaló en Madrid. Pintó Toledo, la Alhambra o, entre nosotros, El Pilar, la Torre Nueva y La Seo. Su gran amigo fue el cubano José Martí.

 

 

Vida y pintura de Pablo Gonzalvo

 

 

El siglo XIX cuenta con dos de los más grandes pintores aragoneses de la historia: Francisco de Goya, que moriría en Burdeos y revolucionó el arte en sus últimos años, especialmente con las ‘pinturas negras’, sus cuadros de guerra y sus grabados, y Francisco Pradilla, a quien llamaron alguna vez «el segundo Goya de Aragón», por su paleta variada y plena de color que le permitía realizar retratos, pintura de historia, cuadros simbolistas, alegóricos y costumbristas. Pero en ese período hubo otras figuras importantes, elogiadas por doquier: un buen ejemplo sería Pablo Gonzalvo Pérez (Zaragoza, 1829-Madrid, 1896), el gran amigo aragonés de José Martí y un artista finísimo, perfeccionista, especializado en lo que se denomina pintura de perspectivas, paisajes arquitectónicos y urbanos, y vistas interiores de catedrales y edificios nobles.

No se saben demasiadas cosas de su vida: nació en Zaragoza en 1828 (a veces se dice que en 1827 o incluso en 1830) y era hijo de hijo de Pedro Gonzalvo y Engracia Pérez. A orillas del Ebro realizó sus primeros estudios; pronto descubrió la pasión por el arte y no tardaría en trasladarse a Madrid. Ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, al menos durante el curso 1845-1846, y fue alumno y discípulo de Federico de Madrazo (1815-1894), del que se escribió «que era el más sólido retratista del momento», autor de alrededor de 600 obras del género. Gonzalvo asistió a su taller, se especializó en paisaje y parece evidente que el maestro le realizó un cuidadoso retrato ovalado; a veces se dice que no es Gonzalvo, sino otro alumno pintor: José Gonzálvez Martínez.

No es fácil saber cómo evolucionó la carrera del pintor aragonés. Sí se sabe, por ejemplo, que debía ser amigo de Martín Rico, artista que reivindicó hace muy poco el Museo del Prado y del que podemos ver algunos cuadros en el Palacio de Sástago, porque en el verano de 1856 ambos visitaron el santuario de Covadonga y tomaron numerosos apuntes del natural al dibujo y a la acuarela. ¿En qué momento decide Pablo Gonzalvo especializarse en pintura de perspectiva arquitectónica o paisaje urbano? No se sabe con exactitud, pero se convertirá en el gran maestro de un género al que algunos consideraban menor. Era muy exigente, exigía precisión y paciencia, sentido de la composición y dominio del contraluz. Esa disciplina tenía a la arquitectura como protagonista. Gonzalvo alterna el trabajo de creación, las horas en su obrador (lo tuvo en la cuesta de Santo Domingo, 3, muy cerca del Palacio Real, al menos durante años) con la enseñanza. Primero fue profesor de Perspectiva en las Escuelas de Bellas Artes de Cádiz y de Valencia, tal como cuenta Manuel García Guatas en su libro ‘La España de José Martí’ (PUZ, 2014); a partir de 1868 obtuvo un puesto en la de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid, donde se jubilará.

Como era frecuente en la época concurrió a las exposiciones nacionales y logró tres primeras medallas en las de 1860, 1862 y 1864, pero también fue galardonado en Bayona, París y Viena. Fue un pintor viajero y al parecer estuvo en ciudades como Roma, Venecia (hace algunos años Cajalón exhibió una vista veneciana suya), Viena y Constantinopla (no parece probable que estuviera en Filadelfia, donde también concursó), experiencia que le permitió ampliar su perspectiva artística. También remitió piezas a certámenes en Londres  y Múnich.

Además de estos lugares, quizá por su residencia temporal en Cádiz y su interés por el rico patrimonio andaluz, Pablo Gonzalvo pintó espacios como la Alhambra o la Mezquita de Córdoba, aunque su debilidad siempre se ha dicho que ha sido Toledo, donde solía veranear. Pintó la catedral de Toledo, pero también las catedrales de Burgos y de Ávila, la Lonja de Valencia o la Universidad de Salamanca, entre otros lugares. Por sus numerosos premios fue nombrado comendador de la Orden de Carlos III y de Isabel la Católica y era protegido del Duque de Fernán Núñez y la infanta Isabel de Borbón.

¿Y Zaragoza? A veces no es fácil saber cuándo retorna a la ciudad, pero mantiene el vínculo y se siente atraído por su arquitectura. Especialmente por la Torre Nueva, que sería derribada tres años antes de su muerte, por la Basílica del Pilar y por la catedral de La Seo y, en particular, por la capilla sombría e inquietante del inquisidor Pedro Arbués, que fue asesinado en su interior.

Al parecer, Pablo Gonzalvo era un enamorado de la Torre Nueva y la pintó en varias ocasiones. Le apasionaban, como a su amigo José Martí, los días de bullicio y de feria. De hecho, intentó trasladar a sus lienzos esa actividad. A Pablo Gonzalvo lo han estudiado diversos historiadores del arte: Ana García Loranca y Jesús Ramón García-Rama, Manuel Ossorio, María Luisa García Moreno, Yanelis Abreu, etc. Y entre ellos, el citado García Guatas, que recuerda que «debía ser persona de carácter afable, comunicativo y de convicciones progresistas», que pertenecía a la Sociedad Progreso Espiritista de Zaragoza, cuya lista de socios publicó en dos volúmenes Calixto Ariño, el director del ‘Diario de Avisos de Zaragoza’. Sin embargo, el auténtico divulgador y defensor de la obra de Pablo Gonzalvo Pérez fue José Martí, que lo visitó en Madrid, que lo vio pintar en Zaragoza (en concreto el ‘Interior de la Seo de Zaragoza’, de 1876, que El Prado tiene en depósito en el Museo de Zaragoza) y que le dedicó bellas y cariñosas páginas a ese «buen amigo», el «laborioso, modesto y laureado Gonzalvo: que más que por lo laureado, vale por lo modesto». Y, sobre todo, por su talento plástico indiscutible.

 

el anecdotario

 

Belleza y distancia. Tras su estancia en Madrid -donde debió de conocerlo, según Guatas- y sus casi veinte meses en Zaragoza, donde coincidieron de nuevo, José Martí le dedicó páginas muy cariñosas y entusiastas a Pablo Gonzalvo, igual que a Goya, Fortuny o Madrazo. Dijo: «Nadie como Gonzalvo puede medir las distancias con tanta exactitud, ni sabe reproducir la severidad y dureza de una línea recta, o recrear, casi viva, la antigua belleza ornamental. El Museo del Prado tiene un exquisito cuadro de Gonzalvo, ‘El patio de las infantas’». En realidad, la obra se titula: Celebrada casa de la Infanta en Zaragoza, la salida del combate’, y está fechada en 1868. 

 

*Este retrato es de Federico de Madrazo.

HEDY LAMARR, ACTRIZ Y CIENTÍFICA

HEDY LAMARR, ACTRIZ Y CIENTÍFICA

Hoy, en la sección ’A pleno sol’, publico un texto sobre la actriz y mujer de ciencia Hedy Lamarr (1914-2000]

http://www.heraldo.es/noticias/ocio_cultura/2014/08/02/
hedy_lamarr_actriz_mas_bella_ciencia_302894_1361024.html]

 

[A PLENO SOL. La intérprete vienesa, que alcanzó la fama con ‘Éxtasis’, donde realizó el primer desnudo integral de la historia del cine, y con ‘Sansón y Dalila’, fue una una gran científica e ingeniera militar. Con el músico George Antheil descubrió un sistema de comunicación que anticipó el GPS, la telefonía móvil o el wi.fi.]

 

Hedy Lamarr, la actriz

más bella de la ciencia

 

Si Ava Gardner fue “el animal más bello del mundo”, Hedwig Eva Marie Kessel, que se haría célebre como Hedy Lamarr (Viena, 1914- Orlando, EE. UU., 2000) sería “la mujer más hermosa de la historia del cine”. Y a la vez fue mucho más: uno de esos casos increíbles, extraños y fascinantes, que daría para una asombrosa película. Fue actriz, ingeniera, científica y una precursora de invenciones que nos han cambiado la vida. Su padre, Emil, era un banquero fascinado por el progreso y los avances tecnológicos y su madre era pianista. Los dos eran judíos. Ella estudiaría danza, música e idiomas, y no solo eso: en el colegio pronto demostraría que era muy brillante, superdotada, y que todos la perseguían y la pretendían. En sus memorias denunciaba varias tentativas de violación.

Se matriculó en Ingeniería a los 16 años y antes de que nadie se diese cuenta lo dejó y decidió apostar por el teatro. Fue así como empezó a estudiar con Max Reinhardt; poco después, antes de llegar a la mayoría de edad, fue contratada para una película checa, ‘Éxtasis’ de 1932, de Gustav Machatý, que le exigió un hermoso sacrificio: se desnudaba durante diez minutos, a lo largo de un bosque que desembocaba en un lago, y fingía un orgasmo. La película fue un auténtico escándalo: dicen que es el primer desnudo integral en una película comercial. La obra la vio el empresario Friz Mandl, que se quedó embrujado y espantado a la vez. Aquella mujer, jovencísima y radiante, lo perturbó de tal suerte que pidió su mano y arregló con sus padres, en agosto de 1937, un matrimonio de conveniencia.

Mandl, que se dedicaba a la industria de armas y pertenecía al partido nazi, hizo todo lo posible para conseguir las copias de la película. No lo logró. Fritz obligó a su mujer a dejar el cine y la mantuvo en un régimen de cautividad durante dos años. Heddy aprovechó esa reclusión infame –solo podía desnudarse o ducharse si él estaba delante- para volver a la ingeniería. Siguió estudiando e investigando. Mujer de recursos, al cabo de un tiempo estableció una relación sentimental con su asistenta, y ella le ayudaría a escapar a París. De ahí partió a Londres, a pesar de que los guardaespaldas de su marido le pisaban los talones. En la capital inglesa embarcó en el trasatlántico Normandie para Estados Unidos, con tal fortuna de que en él viajaba Louis B. Mayer. Lo sedujo, y él le sugerirá que se cambie de nombre: pasará a ser Hedy Lamarr, en honor a una ex amante yonqui del productor y director, Barbara La Marr (1896-1926).

Aquella mujer morena, de una belleza inefable, había hecho cinco películas. Hasta su retiro en 1958, participará en alrededor de una treintena, la más famosa será ‘Sanson y Dalila’ (1949), dirigida por Cecil B. DeMille, pero para entonces ya habría dado mucho que decir. En el cine, salvo ese filme, no tuvo suerte: eligió mal los papeles y rechazó películas que fueron un gran éxito como ‘Casablanca’ o ‘Luz de gas’, que haría Ingrid Bergman, con quien tiene otro rasgo en común: las dos enamoraron y amaron al fotoperiodista Robert Capa. También estuvo a punto de ser elegida para ‘Lo que el viento se llevó’.

Hedy Lamarr odiaba al nazismo y a Hitler (que le había besado los dedos de las manos de niña), odiaba al fascismo y a Mussolini, con quien comió alguna en la casa familiar, pero mientras estuvo encerrada –ella habló en sus memorias eróticas ‘Éxtasis y yo’ de “secuestro” y “esclavitud”- intentó aprender todo lo que se podía aprender de los amigos, empresarios y contactos políticos de su marido. Libre ya y lejos de Mandl, tendría una obsesión: combatir a esos dos movimientos que venían a aniquilar el mundo. Por ello, no resulta raro que además de hacer su carrera en la pantalla y en la moda trabajase en sus inventos.

El más importante lo desarrolló con George Antheil (1900-1959), un músico bohemio que componía bandas sonoras para películas y escribía en ‘Esquire’. Juntos concibieron la técnica del salto de frecuencia, “el espectro expandido”, que consistía “en un sistema secreto de comunicaciones entre barcos y aviones que servía para dirigir un torpedo con señales de radio que cambiaban de frecuencia arbitrariamente para evitar ser interceptadas”. Este sistema, ampliado y perfeccionado, dará lugar a inventos modernos como el GPS, el Bluetooh, la telefonía móvil o el wi-fi. Lo patentaron el agosto de 1941, pero no les hicieron mucho caso al principio, a pesar de que estaba pensado para la II Guerra Mundial. Su invento empezaría a usarse en la guerra de Vietnam y en Cuba a partir de 1957.

Heddy Lamarr fue una mujer excepcional. Algunos reclamarían para ella el Premio Nobel de Física cuando se supo su importancia científica. Era de una hermosura impresionante, tenía carisma, personalidad y un gran ‘sex appeal’. Aunque no hizo una carretera deslumbrante en el séptimo arte, trabajó con grandes realizadores como King Vidor o Jacques Tourner. No bebía, no le gustaban las fiestas y amó a hombres y mujeres. Se casó seis veces y siempre se declaró partidaria del placer. Se confesó hipersexual. Tuvo al menos tres hijos. No concedía entrevistas. Eso sí, tenía un vicio no demasiado secreto: se volvió cleptómana y se arriesgaba incluso por un cepillo de dientes.

 

EL ANECDOTARIO 

El arte y el glamur. Quizá no le habría gustado mucho a Hedy Lamarr una consideración de Terenci Moix sobre ella en sus libros de ‘Mis inmortales de cine’. Dice: “Aunque había estudiado arte dramático en la Escuela de Max Reinhard, y aseguran que en Austria pasó por el teatro, esto no se notaba ni llegó a notarse nunca. La máscara de ‘Lamarvelous’ fue la perfección de la inexpresividad”. La frase, cruel, encontró en ella casi una respuesta: “Cualquier chica puede ser glamurosa. Lo único que tienes que hacer es quedarte quieta y parecer estúpida”.

 

Besos de guerra. Este mismo año, con motivo del centenario de su nacimiento, que se cumple el 9 de noviembre, Telefónica le dedicó una gran exposición a su condición de mujer de ciencia: ‘Hedy Lamarr y el Sistema Secreto de Comunicaciones”. Como Marilyn Monroe o Marlene Dietrich, también se implicó en el apoyo a los soldados de la Segunda Guerra Mundial. Quien comprase boletos por el valor de 25.000 dólares, recibiría un beso de la actriz. Hedy Lamarr vendió siete millones en una sola noche. Es decir, dio 280 besos, lo que no está nada mal.

 

*La foto, de 1940, es de Goerge Hurrell.

*En el original en Heraldo hay un error: la película 'Sanson y Dalila' es de Cecil B. DeMille, no de Louis B. Mayer. Mil disculpas. Nunca se corrige lo suficiente...