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Antón Castro

VIDA Y FICCIONES DE ÁNGEL FUENTES

VIDA Y FICCIONES DE ÁNGEL FUENTES

A PLENO SOL. Licenciado en Filología Hispánica y uno de los grandes maestros europeos de la restauración y de la conservación de patrimonio fotográfico, fallecía el pasado mes de junio. Ahora se publican los textos de uno de sus blogs más creativos: ‘Las pupilas del espejo’.

 

Ángel Fuentes, vida y ficciones

del protector de la foto antigua

 

 

Antón CASTRO

Ángel Fuentes de Cía (Pamplona, 1955-Zaragoza, 2014) ha sido un personaje un tanto inabarcable. Tenía alma de enciclopedista y en él se mezclaban a la perfección las palabras conocimiento, cultura, pasión y entrega. Fallecía el pasado ocho de junio en Zaragoza, la ciudad que lo había acogido desde 1973, cuando vino a estudiar Filología Hispánica. No tardaría en descubrir la fotografía, que ha sido una de las razones de su vida, con Gonzalo Bullón de maestro e incitador y con Ángel Carrera, entre otros, como compañero de viaje, al que se sumarían de diversos modos otros profesionales de Aragón como Julio Álvarez, Enrique Carbó o su esposa Cuca Pueyo.

Con ellos trabajó en la recuperación y exhibición de fotógrafos aragoneses como Ricardo Compairé, Ramón y Cajal, Jalón Ángel, Juan Mora Insa, los hermanos Faci, etc. Algunos de ellos fueron los primeros nombres de un aprendizaje que lo convertirían en una figura indiscutible de la restauración y conservación de fotos antiguas. El fotógrafo Ángel Carrera recordaba hace poco: “Los grandes maestros relacionados con la conservación y restauración fotográfica los tuvo en Rochester, Nueva York, cuando fue becado por la Diputación de Zaragoza para ampliar estudios, especialmente Grant Romer, conservador de la Eastman House, que fue también quien le introdujo en la masonería. Ángel Fuentes ha sido el mejor restaurador fotográfico en España y me atrevería a decir que uno de los mejores de Europa. Ha formado prácticamente a todos los conservadores y restauradores que actualmente hay en activo en España e Hispanoamérica”.

Al cabo de unos cuantos años, tras su estancia en Nueva York y Canadá, Ángel Fuentes se convertiría en un profesional reconocido, admirado y elogiado por doquier. Ha coordinado seminarios, ha dirigidos múltiples proyectos públicos y privados y ha impartido 300 cursillos. Era divertido, sabio, ingenioso, iconoclasta, de verbo fácil y envolvente; en cada una de sus charlas o talleres se acumulaban las anécdotas, las historias de fotógrafos y de fotografía, o los instantes de una existencia apasionada y tumultuosa. Ángel, entusiasta del rocanrol y de la poesía, recordaba que se pasó varias horas con su ídolo Leonard Cohen hablando de todo y de nada y fumando cigarrillos sin parar. Admiraba a Bob Dylan, a Lou Reed, a Janis Joplin, a King Crimson, uno de los grandes del rock sinfónico (llega a sugerir un cambio de letra en su canción ‘Epitafio’), a Van Morrison o al poeta Arthur Rimbaud, que era uno de sus dioses particulares.

Hace unos días, uno de sus mejores amigos, el médico, fotógrafo y masón Ricardo Falcón anunciaba otra faceta de Fuentes: su pasión por la literatura y, muy especialmente, por la escritura de ficción. Fuentes mantenía varios blogs, y de uno de ellos, ‘Las pupilas del espejo’, ha salido un libro del mismo título, que publica R. L. Santiago Ramón y Cajal nª 35 de Zaragoza, la logia masónica a la que pertenecía desde principios de los 90. Ese blog es un diario que comenzó en 2008 y que continuó hasta 2014. La selección de textos, que ha llevado a cabo Antonio Lacueva, se cierra con un artículo que publicó en HERALDO el pasado febrero, centrado en ‘El origen de la fotografía y la masonería’.

En el libro hay un poco de todo: diálogos nocturnos con el silencio y las estrellas, cuentos más o menos alegóricos, pensamientos, aforismos, confesiones, declaraciones de amor a la amada y poemas, a los que a menudo titula ‘haikus’, aunque no lo sean en un sentido estricto: “Pieles que se encuentran, / el roce nos comprime / y nos dilata”, escribe. O “Cambio de año; / por el amor al árbol, /podo sus ramas”. Todo ello ilustrado con arte oriental, fotos antiguas, dibujos y objetos simbólicos. Glosa un poema de Paul Éluard, el primer marido de Gala, y anota: “No imagino un cielo con una sola estrella; aprendí de los desiertos del norte de África que el viento une y separa los granos de arena, que por ello el desierto no cambia en su esencia, ni se duele. Todas las vidas están en mí”. El cielo también le subyuga en una noche íntima de Valparaíso.

Quizá uno de los momentos más emotivos sea esta texto autobiográfico: “Mi adolescencia, tenía 13 en el 68, fue mecida por Hesse y por Vian, por Whitman y Felipe, por Ucello y Van Gogh, por Hölderlin, De Quincey, Borges y Welles, por la mano izquierda de Hendrix, las hortensias de Casadios, los 113 gramos de las latas de Twinnings y por la rotunda imposibilidad de habitar las certezas. Así ha sido desde entonces; vivir para esquejar la duda y cultivarla. Saber que no podré saberte, excede a mi nihilismo”, anota.

El propio autor, que firma como Bartolomeo Malahora, se define a sí mismo como “conservador-restaurador de patrimonio, epicúreo, hedonista y perseguidor de la ataraxia”. Es decir, buscaba la serenidad del alma, de la razón y las emociones. Ricardo Falcón dice: “Ángel Fuentes practicaba el lado salvaje de la vida en relación con el pensamiento. Era transgresor, auténtico, de ideas claras. Y a la vez tímido. Creía en los valores de la fraternidad universal y era un hombre que esencialmente te acogía. Al pensar en su muerte, tan inesperada, tengo una doble sensación de pérdida: le echo de menos, desde luego, y me arrepiento de no haber hablado más con él”.

El ANECDOTARIO

 

Verano del 71. Lector incansable, incluso de clásicos como Dante Alighieri, Ángel Fuentes de Cía recuerda su intenso ‘Verano del 71’. Dice así: “Hay algo en los internados que recuerda a la cárcel; no poder decidir a dónde vas, es estar preso. En junio del 71 alcancé las cotas más altas de la excelencia académica, bacarrá, me suspendieron todas, nótese el hecho de que no fui yo quien suspendiera, sino que mis dudosos profesores del Redín de Pamplona decidieron que un prudente escarmiento podría corregir mi decidido apetito de ir por libre. Mis padres, preocupados por el rumbo de mi eclíptica, me internaron en Izarra, colegio especializado en casos que prometían ser perdidos...”

 

 

ALFONSINA ABRAZÓ EL MAR

ALFONSINA ABRAZÓ EL MAR

A PLENO SOL. Alfonsina Storni (1892-1938) forma parte de esa constelación de poetas suicidas, con Anne Sexton, Sylvia Plath, Alejandra Pizarnik o Virginia Woolf. Visitó España en los años 30 y se carteó con el aragonés Julio Cejador y Frauca. Nórdica publica una antología suya: ‘Las grandes mujeres’. Una canción la ha hecho inmortal.

 

PIES DE FOTOs / NÓRDICA

Ilustración de Antonia Santolaya para el poema ‘Vida’: “Mis nervios están locos”.

 

ARCHIVO HERALDO

Uno de los retratos más conocidos de esta mujer inmortalizada por una canción.

 

Alfonsina, la poeta que abrazó el mar

 

 

Antón CASTRO

Durante muchos años la crítica literaria solía considerar a Gabriela Mistral, a Juana de Ibarbourou y a Alfonsina Storni como las tres grandes poetas de Sudamérica. Ahora la lista es mucho es amplia; sin duda, incluiría a Delmira Agustini, Sor Juana Inés de la Cruz, Ida Vitale, Alejandra Pizarnik, Blanca Varela o Gioconda Belli, entre otras. Quizá ninguna de ellas arrastre esa leyenda de energía y vulnerabilidad, de misterio y locura, de fatalidad y pasión que enriquece a Alfonsina Storni (1892-1938). Fue una rebelde, una mujer de armas tomar, capaz de desafiar a quien fuese y fue, también, una criatura frágil, cristalina, que lo daba todo por la amistad, por la tertulia y por el sueño. Hay en ella una cierta bipolaridad: amaba el amor, lo buscaba, se entregaba, exaltaba su condición de mujer que anhela el placer, y a la vez es una mujer herida por el desamor y por esos hombres que no parecían entenderla ni, quizá, saciarla: “Hombre pequeñito, te amé media hora, / no me pidas más”, dijo.

Su muerte resulta tan cruel como literaria. Enferma de cáncer, abatida y acosada por los fantasmas que le dictaba su neurosis, en 1938 se trasladó a Mar de Plata. Al cabo de unos días, escribió un poema: ‘Me voy a dormir’, y lo envió a la redacción de ‘La Nación’, donde había publicado a menudo; tomó la dirección del espigón o escollera de la playa de la Perla y se arrojó al mar. Era el 25 de octubre; su cuerpo aparecería al día siguiente en la playa. “Yo tengo el corazón como la espuma (...) Mar, yo soñaba ser como tú eres”, había escrito. Existe otra versión como más poética para una mujer que cantó una y otra vez el embrujo del mar, su lubricidad, sus destellos y su incesante llamada: Alfonsina Storni habría entrado suavemente en las aguas y se había dejado ir sin ofrecer resistencia hasta que perdió pie. Así lo cuenta también la canción que escribieron Ariel Ramírez y Félix Luna y que han cantado, entre otras, Mercedes Sosa, Chabuca Granda, Soledad Bravo... El sello Nórdica publica una antología suya, ‘Las grandes mujeres’, ilustrada por Antonia Santolaya, con prólogo de Clara Sánchez.

Su existencia está entretejida de leyendas. Aunque nació accidentalmente en Sala Capriasca en Suiza, donde vivió hasta los cuatro años, dicen podría haber nacido en un barco. Instalada en Rosario (Argentina), donde sus padres tenían un bar (antes habían tenido una exitosa fábrica de cervezas), lavó los platos, sirvió las mesas y empezó a escribir a los doce años. Tras concluir sus faenas, redactó un poema que hablaba de los cementerios y se lo dejó a su madre, Paulina. Ella se alarmó y a la mañana siguiente le dijo que en el mundo había cosas bellas que invitaban a la alegría. Paradojas de la vida: pronto se separaría de su marido, un hombre extraño y alcohólico que desaparecía de cuando en cuando y que murió pronto.

Paulina rehízo su vida, tenía tres hijos más, dio clases en su domicilio y vio cómo maduraba su hija Alfonsina. Seguía con su antigua obstinación: escribía versos. Además, se matriculó en la Escuela Normal Mixta de Coronda. Ya había dado muestras de su vocación teatral, trabajó en varias compañías y se atrevía a cantar romanzas de ópera; en la ceremonia de entrega de títulos leyó un poema, ‘Un viaje a la luna’, cantó el brindis de ‘La Traviata’ (su biógrafa Josefina Delgado, en ‘Alfonsina Storni. Una biografía esencial’, De Bolsillo, 2010, dice que fue “ovacionada por su pura vocalización”) y le dedicó una composición a la directora de la Escuela, donde decía: “Maestro que del lodo hasta la cumbre / levantas a la plebe embrutecida”.

Su carrera había empezado a andar. Y su talento estaba a punto de destaparse, igual que su osadía: se enamoró de un hombre casado, tuvo un hijo, Alejandro, y asumió en solitario su condición de madre soltera. En busca de discreción, de empleo y de nuevas amistades literarias, se trasladó a Buenos Aires. Escribió en revistas y periódicos, firmó piezas de teatro y libros de poemas (‘La inquietud del rosal’, 1916; ‘Irremediablemente’, 1919; ‘Ocre’, 1925; ‘Mascarilla y trébol’, 1938...) y logró hacerse con un nombre. Y con un núcleo de amigos.

Habría que citar a muchos: los escritores Amado Nervo, Rubén Darío, que fue generoso y halagador con ella, José Ingenieros, Manuel Gálvez... Y a dos más: Leopoldo Lugones, fotógrafo y escritor que jamás le dedicó ni una línea a sus poemarios que recibía dedicados, y Horacio Quiroga, el autor de ‘Anaconda’ o ‘Cuentos de amor, de locura y de muerte’. Tuvieron una relación amistosa y amorosa entre 1919 y 1922, paseaban, iban al cine, escuchaban a Wagner. Se querían. Poco antes de su suicidio en 1937, por envenenamiento, Quiroga la invitó a que fuese a vivir con él a Misiones. Alfonsina no lo hizo. En 1931 estuvo en España: en Madrid, en Barcelona, en Murcia, en Toledo, en distintos lugares de Andalucía. Habló de poesía y de la citada Delmira Agustini. Poco después, Lorca también fue por Buenos Aires y se conocieron; ella no debió interesarle en exceso, aunque lo recibía en el café Tortoni: en una de sus cartas imitaba su lírica de exaltación femenina.

Quizá para entonces ya se había revelado con toda su crudeza el cáncer de pecho de la poeta. Tuvo más decepciones que triunfos, pero también le faltó autocrítica, a pesar de que podía ser simpática, sarcástica, lúcida, divertida e ingeniosa. Su poesía canta al deseo, a la condición de mujer y a la libertad: luchó por sobrevivir y soñar, por amar y ser amada. En los últimos tiempos, se prendaba de los esbeltos muchachos, entre ellos el titiritero Javier Villafañe, que residió en Zaragoza. Desde muy pronto, Alfonsina tuvo la premonición de que moriría joven. Así ocurrió en un océano de agua esmeralda al que tantas veces había cantado.

 

EL ANECDOTARIO

La Casa Rosada. En el imponente palacio de la Casa Rosada de Buenos Aires, el viajero entra, reconoce las estancias y en una de ellas se encuentra con próceres, intelectuales y artistas y creadores argentinos, entre ellos está Alfonsina. Tal como era: menuda, vivaz, chatilla. Cuando la conoció en persona, Gabriela Mistral, a quien se la habían definido como feúcha, se quedó admiraba de su encanto y de su fuerza.

Julio Cejador. En sus inicios prácticamente, cuando era actriz de teatro en gira por su país, a partir de 1908, Alfonsina Storni tuvo correspondencia con el filólogo y escritor aragonés, editor de Baltasar Gracián, Julio Cejador (Zaragoza, 1864-Madrid, 1927. José Luis Melero lo retrata en el libro ‘Oscura turba’), al que le contaba: “A los trece años estaba en el teatro. Este salto brusco, hijo de una serie de casualidades, tuvo una gran influencia sobre mi actividad sensorial, pues me puso en contacto con las mejores obras del teatro clásico y contemporáneo”.

MATARRAÑA: LA PERLA DE ARAGÓN

MATARRAÑA: LA PERLA DE ARAGÓN

Cuentos de domingo / Antón Castro

 

La perla

de Aragón

 

Califican en Alemania al Matarraña como “la perla de Aragón”. Es una feliz nomenclatura, pero quizá no sea inexacta. Aragón tiene muchas perlas, sin duda, pero estas tierras de oliveras y almendros, de viñas y cascadas, de fábula y arquitectura, admiten bien la metáfora. Acabo de estar en Calaceite con Juanjo Blasco Panamá, profesor de inglés y melómano que escribió la biografía de Peter Hammill. Vivió entre los dos y los siete años en Valderrobres –donde reside, en contacto con el mundo, el ilustrador Luis Grañena- porque su padre era supervisor de una entidad bancaria. Como si quisiera apaciguar las furiosas nostalgias, suele veranear con su madre en La Alquería de Ráfales y contrata a un taxista de Monroyo, porque no conduce. Desde allí, Juanjo, su madre y el taxista, como si fueran personajes de novela, van y vienen por las tierras del Matarraña contando ríos, peñascos, monumentos, descubriendo el paisanaje. Juanjo se ha encontrado en Calaceite con un sinfín de moradores que buscan solaz y que se labran el porvenir: los artistas de arte corporal Laia Vaquer y Hugo Roglan; los músicos Sofía Asunción y Lars; la poeta y traductora Pilar Gómez Bedate, viuda de Ángel Crespo, que abre de cuando en cuando su palomar y escritorio a todos los vientos; el pintor de suavidades oníricas Romás Vallès; las dos almas del Museo Juan Cabré, Carmen Portolés y Lola Pintado, que hacen inventario de los 5.000 libros del arqueólogo, historiador y fotógrafo y tienen los volúmenes protegidos con un forro blanco. Juanjo conoció a Fernando Navarro, escultor y maestro del collage, que concibió hace años una máquina de hacer sonetos perfectos. Y también se asomó, aunque esta vez no llevaba taxi, a la nueva galería de Calaceite: Arts & Mes, que exhibe una selección de ‘Disparates’ de Fuendetodos. Ese espacio forma parte de un proyecto mayor en el que se integra la Fundación Noesis, que ha adquirido el empresario Antonio David Sabaté con el afán de devolverle a Calaceite, y a todo el Matarraña, el esplendor de antaño cuando fue un faro de cultura y el lugar donde se conspiraba para que el mundo fuera mejor, más excitante y más hermoso.

 

*Texto de la serie dominical 'Cuentos de domingo'. En la foto, Pilar Gómez Bedate y Ángel Crespo.

 

BARBASÁN: LUZ, PAISAJE Y EMOCIÓN

BARBASÁN: LUZ, PAISAJE Y EMOCIÓN

A PLENO SOL. Mariano Barbasán Lagueruela (Zaragoza, 1864-1924) es uno de los grandes pintores aragoneses. En 2014 se cumplen 150 años de su nacimiento. Residió más de tres décadas en Italia y siempre tuvo nostalgia de Aragón y sus tradiciones.

 

El pintor de la luz de los Apeninos

 

Antón Castro

Mariano Barbasán (Zaragoza, 1864-1924) vivió poco en Aragón pero nunca se olvidó de sus paisajes, de sus pintores, de sus tradiciones. Decían de él que era un hombre irónico y juguetón, al que le gustaba tocar la guitarra y alegrar la vida de los demás: lo hacía con la música, cantando jotas, hablando con las gentes o enviando cartas simpáticas a sus amigos, llenas de dibujos, de guiños, de ingenio y de poesía. Era un sentimental y un romántico: se reía de su sombra y tal vez de su melancolía. Y era un buen narrador de viajes como se percibe en las cartas que les envió a sus dos mejores amigos: Gaudencio Zoppetti, dueño del hotel Europa (sito en el actual edificio del Banco de España), y a su esposa Jesús (no Jesusa o María Jesús) Balaguer, que tal vez fuera una de sus fantasías amorosas o amatorias de su juventud.

Barbasán fue uno de los grandes pintores aragoneses del siglo XIX y buena parte del XX que se movió en dos campos: la pintura de historia, y a veces bíblica, narrativa, y la pintura de paisaje, en la que aspiró a recrear una aldea ideal, al pie de los Apeninos. Era la Arcadia de la realidad y los sueños, intemporal y luminosa, en la que casi siempre se le colaba el matiz aragonés en el traje, en el candor, en los instrumentos musicales o en el parentesco con los Pirineos. Esa Arcadia tenía nombres específicos: Anticoli  Corrado, Subiano y Saracinesco, donde sedujo y se dejó enamorar por “una bellísima romana”, Rosa Luciferri. Bromista como era, dijo que él se había convertido un perfecto “marido cazado”. Esos lugares serían, con Cervara di Roma, los escenarios de sus cuadros, la armonía del mundo, la naturaleza idílica y estremecida. Mariano Barbasán era –como otros artistas anteriores: Mariano Fortuny, que le influyó, los aragoneses Pablo Gonzalvo, Bernardino Montañés...- un pintor del natural: salía al campo con su caballete y su pequeño cuadro o con sus cuadernos, y allí captaba lo que veía: hombres y mujeres, sobre todo mujeres, animales, edificios, montañas y vegas, bajo un cielo romántico, tocado de una luz mágica y envolvente. Ese solía ser su proceder como se ve en una pieza entrañable y sutil, de inefable belleza, casi un microlienzo: ‘El pintor’ (1895).

Aquellos cuadros, de diferentes formatos, tenían muchos adeptos y seguidores: Barbasán contó con marchantes en Berlín, Múnich o Londres, pero también tenía seguidores y representantes en Montevideo, por ejemplo. Expuso en la ciudad en 1912 y permaneció tres meses; aprovechó para pintar los suelos pantanosos.

En cierto modo, Mariano Barbasán fue un pintor de vida errante. Nació en Zaragoza en 1864 pero vivió poco tiempo. Su padre debía ser amigo de Marcelino de Unceta, que bautizó al niño como “pintamonas” por su pasión por el dibujo y el color. En 1877, la familia se trasladó a Segovia y allí se murió su progenitor, que tenía empleo como secretario del Gobierno Civil. Mariano era el menor de cuadro hermanos: Eduardo, Adelaida Petra y Casto; este será militar y se preocupará de él. Mariano lo seguirá a todas partes. En el curso 1879-1880 se matriculará en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos, en Valencia, y permanecerá seis cursos. Realizará una pintura historicista, neorromántica y orientalista, en la estela de Fortuny y de Madrazo, y conocerá a los artistas Manuel Abril y Joaquín Sorolla, con quien coincidirá pronto en Roma. En 1887 se instaló con su hermano Casto en Madrid. No se conocen muchos detalles precisos de su aprendizaje ni de los lugares que frecuentaba (es inevitable no pensar en El Prado, dadas algunas tentativas neogoyistas; también hizo copias de Meissonier, viajó a Toledo), pero por entonces se anunciaron las becas del pensionado en Roma de la Diputación de Zaragoza. Y decidió presentarse, tras haber fracasado con un primer proyecto en los premios de Bellas Artes con ‘Noche de Walpurgis de Fausto’, inspirado en Goethe, un cuadro de 2 x 4 metros. Las cinco pruebas empezaron en marzo y concluyeron a principios de julio de 1887.  Barbasán ganó con ‘José, hijo de Jacob, en la cárcel’, basada en una fotografía que les hizo a sus hermanos. La pensión suponía tres años en Roma con una renta de 2.500 pesetas anuales. Entre otros cuadros, pintó un boceto de ‘La ejecución de Juan de Lanuza’ y el lienzo histórico ‘Pedro III el Grande en el collado de Panizas’.

En Roma coincidió con muchos pintores españoles: con paisanos como Francisco Pradilla –a quien sustituiría en 1921 en la Real Academia de Bellas Artes de San Luis- y Agustín Salinas o con Sorolla. En 1892 estuvo en Zaragoza, pero regresó de inmediato con el afán de poner estudio en Roma, de salir al campo y de dejarse mecer o engatusar por ese “enjambre de mujeres hermosas” de la ciudad y de los pueblos donde pintaba, como dice su biógrafo Bernardino de Pantorba.

Residió en Italia hasta 1921. Pintó lo que le vino en gana: despacioso, perfeccionista, casi atisbando el impresionismo. Decía: “El mejor maestro es la Naturaleza”. Formalizó una técnica, una percepción de la beldad. Y acusó la crisis de ventas provocada por la I Guerra Mundial. Fijó su residencia definitivamente en Zaragoza en 1922, algo enfermo. Al año siguiente, en el Pilar, presentó una exposición de una cincuentena de obras en el Casino Mercantil. Fue una auténtica conmoción. Y dos años después, en 1925, muerto ya, fue objeto de una doble antológica en el Museo de Arte Moderno y de nuevo en el Casino. Poco antes, Hermenegildo Estevan le había escrito una carta abierta (puede rastrearse en los trabajos para Cajalón que le han dedicado García Guatas, Hernández Latas y Wifredo Rincón, entre otros) en HERALDO: “En Zaragoza eres y serás siempre un hijo legítimo de padre y madre, y en ella, si no fueres honrado como te mereces, serás siempre reconocido y respetado”.

 

el anecdotario

 

Método de un paisajista. Bernardino Pantorba, seudónimo del pintor José López Jiménez, sevillano, firmó en 1939 la primera biografía del pintor, que reeditó García Guatas para Ibercaja en 1984. Allí se explica el método de Barbasán: “Va hablando con todos, interesándose por los achaques y los recuerdos de los viejos, y los amores y las faenas de los mozos; compartiendo goces y pesares cotidianos; dando cariñosos coscorrones a los arrapiezos que se encaraman por sus piernas en solicitud de golosinas. Uno por uno, va escudriñando todos los rincones del pueblo, subiendo y bajando calles, trasponiendo puertas, contemplando árboles y piedras, y tejados y nubes, y tierras verdifloridas y azuladas lejanías”. El Gobierno de Aragón adquirió un importante legado del artista que ha depositado en el Museo de Zaragoza.

 

CARMEN DE LIRIO: PICARDÍA Y FUEGO

CARMEN DE LIRIO: PICARDÍA Y FUEGO

 

 

[A PLENO SOL. El pasado martes, en Barcelona y los 90 años, fallecía Carmen Forns Aznar, más conocida como Carmen de Lirio: una exuberante mujer de revista, de cine y de teatro que enamoró con su anatomía perfecta a varias generaciones de españoles en los 50 y 60.

 

 

Carmen de Lirio:

Picardía y fuego de unos ojos verdes

 

 

Antón CASTRO

Enrique Vázquez tenía doce años cuando vio por primera vez a Carmen de Lirio (Zaragoza, 1923-Barcelona, 2014): entró en el despacho de su tío Celestino Moreno, dueño del Oasis, y él se quedó estupefacto. « La palabra exacta es acojonado –dice-. Era el sábado de Gloria de 1948. Nunca había visto una belleza tan impresionante: empezaba por sus ojos verdes y se extendía por todo el cuerpo. Era espectacular». Enrique, que aún sigue siendo a su modo el guardián del santuario del Oasis, no pudo ver la función, aunque de cuando en cuando se iba al tejado, a hurtadillas, pero se quedó perturbado. La vio, más tarde, en el Paralelo y en algunas funciones en el Argensola donde hacía de vedette en la compañía de Joaquín Gasca, con los cómicos Alany y Mari Santpere, y los cantantes Antonio Amaya y Lorenzo González. Recuerda Vázquez: «Apenas hablé con ella». No era necesario. Carmen no debía ser la reina de la elocuencia, como se percibe en una entrevista de casi media hora con su paisano Manuel del Arco para la Cadena Ser: le dice, por ejemplo, que tiene la sensación de que quedará «como una cantante bastante airosa, nada más», y le explica que una vedette «debe ser elegante, fina, saber hablar, cantar un mínimo, bailar un poquito, sin descomponerse, y ser graciosa, sin pasarse a lo cómico, y saber vestirse bien». Carmen de Lirio tampoco necesitaba un verbo brillante: tenía poderes infalibles que no pasaban inadvertidos. Poseía una anatomía perfecta y prodigiosa, manejaba como nadie la picardía y sus tres pecas visibles (tenía  cuatro más invisibles) y se sabía un mito erótico de ojos verdes. Fue designada «la mujer más guapa de España»

 y era un constante objeto de deseo de la burguesía catalana y de los chavales y padres de media España. No pasaba inadvertida y lo sabía. Era tan bella que dolía mirarla, exuberante, de una carnalidad que producía incendios o volcanes en un país «donde todo era gris, incluso la policía» y donde cualquier atisbo de libertad era una conquista inadvertida. Ella lo resumió con agudeza e ingenio: «Los censores eran todos unos obsesos». Estaban enfermos de hipocresía: prohibían exactamente lo que les estimulaba y lo que querían ver con pura pasión. A los censores y los representantes de la curia, que se quitaban los alzacuellos en sus espectáculos para disfrutar sin ataduras en una oscuridad ideal, Carmen los intentaba burlar de formas distintas: con sus gotas de lujuria y sensualidad, y con pequeños favores domésticos. Les ayudada en algún obstáculo social o les compraba enciclopedias o fascículos si era esa el modo en que ingresaban un segundo sueldo. Y, además, era consciente de su posición: decían que era la enamorada secreta (o no tan secreta) del gobernador civil Eduardo Baeza Alegría, extremo que negó en el libro de recuerdos: ‘Memorias de la mítica vedette que burló la censura’ (ACV, 2009). En cualquier caso, verdad o mentira, a Carmen le cantaron diversas canciones que la vinculaban con el político, como ha recordado Arcadi Espada: «Es belleza con delirio / es guapa con lozanía / se alimenta de Alegría / y es tan pura como el Lirio»; esa fue una de las canciones alusivas que le cantaron cuando un lío entre el gobernador y la Falange fue aprovechado para tirar del hilo, generar una huelga de tranvías y de paso impulsar la dimisión del aragonés.

A Carmen Amaya nunca le faltaron ni aventuras ni pretendientes. Empezó como modistilla en Zaragoza («donde pasamos todo el hambre del mundo», diría) y luego en Barcelona, a donde llegó tras la Guerra Civil. Pronto fue modelo de artistas, de publicidad y quizá de moda; años después luciría muy bien alguna que otra túnica de Manuel Pertegaz. Alternó estos empleos con imitaciones musicales y con los primeros escarceos teatrales: después de las sesiones de cine, animaba un rato más al público con diversos números. Trabajó en el circo con Gaby, Fofó y Milito, y formaría un dúo circense y cómico con Miguel Gila. Tras una actuación musical, en la que había imitado a Concha Piquer, la coplera valenciana la recibió en su camerino y la conminó a cambiarse el apellido Forns (demasiadas consonantes” fue, al parecer, su veredicto) por el artístico ‘De Lirio’. Poco a poco, con su imponente físico y sus cualidades artísticas, marcadas por la versatilidad, se fue convirtiendo en una emperatriz de la revista. En la reina del Paralelo en los 50 y 60. Hizo teatro, music-hall y cine, y actuó en casi sesenta películas: ahí están títulos como ‘La ronda del dinero’ (1955) de Edgar Neville, ‘La pecadora’ (1954) de Ignacio F. Iquino, ‘La vida alrededor’ (1959) de Fernando Fernán Gómez; entre otros directores, trabajaría con José Luis Cuerda, Vicente Aranda, Claudio Guerín, Javier Aguirre o Isabel Coixet. No se sentía especialmente orgullosa de sus películas, «ni salvaría cuatro de las 60 que hice», dijo. Se batió contra la censura con astucia y jamás reveló con quien había engendrado a su hija Carmen Forns Aznar, que se llamaba como ella. Ava Gardner le arrojó un zapato para recordarle que le estaba birlando admiradores: un peculiar modo de elogiar su hermosura animal. Fue amiga, y no se sabe bien qué más, de Walter Chiari, de Jack Palance, de Lex Parker, de Ángel Peralta o de Juan Antonio Samaranch. El que fue ‘el soltero de oro’ de Barcelona la pretendió, como se recuerda en el documental ‘La Casita Blanca’ (La ciudad oculta)’ de Carlos Balaguer y en sus memorias, pero no hubo romance. Era «soso, bajito y cabezón» para una mujer ardiente como ella que era «una pura escultura de fuego», como escribió el periodista teatral y taurino Javier Villán, con motivo de su muerte el pasado martes.

 

 

El amor de su vida. Carmen de Lirio fue una mujer deseada. Rafael Castillejo, dueño de una asombrosa colección de fotos y carteles de revista y teatro, dice: «Era un bellezón de joven y lo siguió siendo muchos años después». En sus memorias, en  el breve capítulo que titula ‘Mi gran amor’ cuenta la historia de su gran pasión: el cónsul de Islandia en España y marqués de Croce Giacomo Croce, quien, además, tenía conserveras en Santoña. Se conocieron en una gira por Italia; ella se cruzó en el ascensor con este hombre, «brillante y respetado», y surgió el amor. Carmen de Lirio, hermana del jotero Mariano Forns y asidua a la sala Pigalle de Zaragoza de Antonio Amaya, resume: «a lo largo de los años mantuvimos un profundo amor, tan intenso, que puedo llamarlo, sin duda, mi gran amor». Ni convivieron juntos ni se casaron. Al parecer, según Carmen, las artistas no eran el mejor partido para casarse, aunque ella había tenido mucho éxito con una canción: ‘La noche de bodas’. Toda una promesa de felicidad.

 

*La foto es por cortesía de Rafael Castillejo. Este artículo se publica hoy en Heraldo.es y en papel. La foto es de Amaralico Román Martínez.

PLENAS PINTA LOS OFICIOS DE AYER

PLENAS PINTA LOS OFICIOS DE AYER

 

[A PLENO SOL. La localidad zaragozana del campo de Belchite rinde homenaje a las faenas agrícolas y a un músico como Benito Luño mediante una decena de murales.]

 

Plenas pinta los oficios del pasado

 

Plenas es una localidad llana que pertenece al campo de Belchite. Allí nació la heroína de los Sitios Manuela Sancho (Plenas, 1784- Zaragoza, 1863), y aún se conservan restos de un aeródromo de la guerra civil española. Es un pueblo minúsculo, que apenas supera el centenar de habitantes, pero que este verano ha cobrado una vida especial a través de unos murales que recuerdan los oficios del pasado y a algunos personajes del pueblo, como al gaitero y tamborilero Benito Luño y a su hermano Marcelino; ambos vivían de las faenas del campo, en particular del pastoreo, aunque su pasión era la música.

Explica el gaitero y diseñador Ignacio Navarro, coordinador de la revista ‘Gaiteros de Aragón’: «Hace un par de años con el profesor de dibujo y artista Ángel Tomás, cuya madre es de Plenas, decidimos hacer un primer mural en una de las paredes de mi cochera. Esperábamos críticas o reticencias, pero fue exactamente al revés. Por nostalgia o lo que sea, la gente del pueblo visitaba el mural asiduamente y observaba con detenimiento los dibujos que le recordaban oficios desaparecidos». Uno de los oficios extinguidos en Plenas es el de pastor. Recuerda Ignacio que un día se encontraron ante el mural a la viuda del último pastor, fallecido hace algunos años. «Emocionada, nos dio las gracias por recordar a su marido y a este oficio totalmente desaparecido del lugar»

, revela.  

Benito Luño fue el último gaitero y tamborilero del pueblo. Cuenta Ignacio que, por sus convicciones de izquierda, fue detenido y llevado a la cárcel al acabarse la contienda del 36. «Su mujer y sus hijos sufrieron mucho, tanto que tuvieron que abandonar el pueblo. Es una de esas terribles historias de la guerra. Antes de su partida tuvieron que oír una de las coplas que solían cantar ante su puerta, mientras su esposo estaba en el calabozo: “Gaiteros y gaitericos, /qué mal lo vais a pasar, /la ‘magra’ que habéis comido /la ‘tendráis’ que ‘gomitar’”». Una copla cruel que ya ha pasado a los libros.

La historia de Benito Luño, alias ‘El Manco’, es conmovedora: tiene algo de ese antiguo relato del candor abatido de golpe, casi antes de que el agredido y humillado se dé cuenta de nada. «A Benito Luño lo apodaban así porque tenía parte de una mano paralizada. Cuando salió en libertad, en la década de los 40, estaba muy deteriorado y murió pronto. Se decía que tocaba muy bien. Nos lo dijo al músico e investigador musical Luis Miguel Bajén y a mí, hace unos 25 años, un gaitero de El Villar de los Navarros llamado Benito Pujala, al que fuimos a visitar a una residencia de ancianos. Se acordaba perfectamente de sus cualidades». 

 Una de las melodías de Plenas que Benito Luño tocaba era ‘El reinao’, un baile carnavalesco que tuvo muchos problemas durante siglos, «ya que hacía mofa a los reyes o poderes establecidos de la época. La letra, de carácter popular, no era generosa con la monarquía», señala Ignacio Navarro. Benito Luño tocó con su hermano Marcelino en las fiestas del zaragozano barrio de la Magdalena, tal como señalaba ‘La Voz de Aragón’ del 14 y 15 de agosto de 1929; decía que «los dulzaineros de Plenas habían tocado con gran brillantez». Ignacio Navarro rescata otro detalle: «Ese viaje a Zaragoza tuvo algo de excepcional, sin duda. Plenas está a 80 kilómetros de Zaragoza. Al gaitero y tamborilero hizo referencia Luis Miguel Bajén en su libro ‘Músicas de la tierra’, (DPZ. Zaragoza 2010), que maqueté yo mismo».

El efecto del primer mural, en la casa de Ignacio, cuajó en Plenas y desde entonces han varios vecinos («pleneros», los llama Ignacio Navarro) los que han cedido paredes de sus casas, muros o parideras. «Hace unos días regresó a Plenas Ángel Tomás con sus hijas Claudia y Fátima, que también son artistas. En pocos días, con mucho trabajo y entusiasmo, han hecho más de diez murales. Los demás les echamos una mano en lo que podíamos. Esperamos hacer más en cuanto tengamos tiempo libre», dice Navarro, y recuerda que se ha elegido el color negro porque «impacta más. La elección está haciendo efecto». Agrega: «Creemos que esta forma de arte popular es una manera de recordar viejos oficios y darle vistosidad a un pueblo que cuenta con pocos habitantes. También es una bonita forma de que los más pequeños sepan qué es lo que había en tiempos pasados».

¿De qué labores está hablando exactamente? Agrega Ignacio Navarro que «en los diez murales hay representaciones de gaitero y tamborilero, pastor, herradores de caballerías, diversas faenas del campo como segar, acarrear la mies, trillar, aventar, ‘porgar y exporgar’; hay, además, un acordeonista y un cantador de jotas en una bodega, perros, gatos, pájaros, una vaca (porque había vacas en la casa), animales de la zona… Nuestro deseo es seguir haciendo cosas». Por ahora lo están logrando: no hay más que mirar aquí y allá. Plenas cuenta, en forma de pintas, los trabajos y los días de sus antepasados.

 

EL ANECDOTARIO

 

El novillero y el pasodoble. Ignacio Navarro ha dado con otro personaje particular de Plenas. Explica: «Un descendiente de aquí fue un afamado novillero en Valencia: Francisco Villanueva. Contó con peña taurina y se retiró de los toros por un accidente en la pierna. Hace 50 años, un maestro musical valenciano le compuso un bonito pasodoble. El pasado año, recibí las partituras de parte del novillero. Estuve en la SGAE e intenté que se recuperase la música. Se la cedí a la Banda de Alagón y, desinteresadamente, pasaron  a un sistema informático la extensa partitura que estaba hecha a mano. En noviembre de 2013, la Banda de Alagón interpretó el pasodoble como primicia en la Sala Alaún de Alagón. ¡Una pasada! Grabaron el pasodoble en vídeo y lo metimos al blog de Plenas». Este Francisco Villanueva, que ronda los 80 años, fue hijo de un tal tío Servando que se dedicaba «a comprar azafrán por este territorio».

 

 

HOY, CON 'SEDUCCIÓN', EN CALACEITE

DOS POEMAS DE 'SEDUCCIÓN' DEDICADOS AL MATARRAÑA

 
Esta tarde, viernes 8, a las 20.00, en el Museo Juan Cabré se presenta mi libro ‘Seducción’ (Olifante, 2014), un poemario de amor, dividido en cuatro tiempos. Me acompañará el profesor de inglés, melómano y amigo desde hace 27 años Juan José Blasco Adé, más conocido como Juanjo Panamá, que es un gran enamorado desde hace años del Matarraña. Suele ir con su madre siempre a pasar unos días de vacaciones y suele pernoctar entre buenos amigos en La Alquería de Ráfales, que se distingue por el buen trato, una atmósfera ideal de tertulia y una estupenda gastronomía. Juanjo es así de sentimental.

Leeré algunos poemas del libro, entre ellos estos dos: uno dedicado a Ángel Crespo y a Pilar Gómez Bedate ( en las dos úlitmas fotos), a los que vi en su casa de Calaceite casi como se cuenta aquí, y otro dedicado a la pintora, decoradora y galerista Gema Noguera (en las dos primeras fotos).Agradezco desde aquí la amable invitación de Carmen Portolés y de Lola Pintado que dan vida al Museo y al Bajo Aragón con su entusiasmo y su pasión por la cultura.

 

UNA BRISA NOCTURNA

[A Ángel Crespo y Pilar Gómez Bedate]

Vivían con las palabras precisas.
Con las suyas y con las de los otros:
con las de Fernando Pessoa y Rilke,
con las de Juan Ramón Jiménez,
con las de Stéphane Mallarmé.
Y esas palabras, en forma de versos,
andaban por la casa como pájaros 
inquietos, como las notas huidizas 
de una ópera o de un río de sílabas.
Vivían entre las piedras y el cielo, 
entre los búcaros y el aleteo
de las telas. Siempre había un olor
a madera y a intimidad cercada.
Los libros estaban cerca. Los discos,
los cuadernos y una cesta de frutas.
Al llegar la noche, él se retiraba 
a un palomar que era su obrador,
su estudio y el oratorio de la poesía.
Hablaba con Ofelia, con Zenobia,
con Beatriz, el delirio de Dante.
Congregaba a los espectros del verbo.
Había un instante en que ella subía
a sentarse a su lado: temblaba la luna
y encendía la fronda de los olivos.
Una brisa retornaba del campo
y entraba por la ventana para ellos.



GEMA NOGUERA

[A Lola Pintado y Carmen Portolés]

Nada era como me lo había imaginado
y a la vez era idéntico a como quería que fuese.
Primero, el río: avanzaba ante tu taller y tu casa
con sus cascadas y sus espejos de agua verde, 
se colaba afanoso bajo el gran puente
que parece temblar en el aire del tiempo.
Luego, la fábrica: antigua, llena de escorchones,
cosida por las cicatrices de la memoria.
Miré un instante la fronda voraginosa,
oí el violín adormecido de las hojas
y pensé que aquel era un paraíso en desorden,
el refugio ideal para los días de lluvia.
Entré. Me encontré con tu bicicleta.
Dime, ¿era más bien morada, granate,
podías pasear en su frágil armazón, 
llevar las primeras frutas del verano? 
Acudí a tu taller, casi sin querer. Y vi 
tus cuadros, esos océanos de rojiza luz,
ese oleaje dormido de la noche en tierra. 
Percibí tu mano en todo: en las paredes,
en los diseños, en la atmósfera de creación.
En la salobre humedad de las galerías.
Más tarde, impregnado de ti y de tus fuegos,
vi las demás salas: la cerámica, la obra en papel,
el círculo de amigos, el solanar de la invención.
Poco después conocí a tu madre. Y la biblioteca
donde solías refugiarte. Hojeé tus dibujos, 
repasé algunas fotos de familia.
Habría llorado. Por ti y por los otros,
por el río que vierte sus lágrimas, 
por la bicicleta ya abandonada.
Tu madre me llevó ante la noguera 
donde yaces para siempre con tu padre, 
hechos ceniza y limo fecundado.
Cerré los ojos y escuché tu silencio.
El olor de la lavanda se mezcló con tu sonrisa: 
va y viene como un ave del jardín.

EL CANTO DE ANTONIO ARAMBURO

EL CANTO DE ANTONIO ARAMBURO

 

 

[Este tenor lírico o tenor de fuerza de Erla (Zaragoza) ha sido uno de los grandes cantantes de Aragón del siglo XIX. Dijeron de él que tenía una voz excepcional, la más perfecta de su tiempo, pero a la vez solía tener comportamientos excéntricos: parece que sufrió esquizofrenia.]

 

El canto arrebatado de Antonio Aramburo

 

Antón CASTRO

James Joyce es uno de los grandes escritores del siglo XX. Quizá su libro más famoso sea ‘Ulises’, aunque el más sutil, el más irlandés y el más legible es una colección de relatos: ‘Dublineses’; en ‘Los muertos’, que John Huston llevó al cine poco antes de morir, entre una enumeración de cantantes líricos figura un aragonés: Aramburo. El tenor Antonio Aramburu, un intérprete tan excepcional en el canto como informal y extravagante en la vida real; de hecho, como se dice a menudo y como recuerda Javier Barreiro en su libro ‘Voces de Aragón’ (Ibercaja, 2004) fue famoso por sus espantadas. Aramburo quizá padeciese esquizofrenia: podía ser suave y profesional, manso y aplicado, y todo lo contrario: terco, abrupto, inesperado, y dejar de cantar solo porque el público silbaba a su compañera.

Antonio Aramburo nació el 16 de enero de 1840 (a veces se dice también que en 1839), en Erla, en las Cinco Villas zaragozanas. Su familia era acaudalada, pero no se saben demasiadas cosas de su infancia y adolescencia. Estudió ingeniería; cuando había empezado la carrera pensó que se había equivocado: empezó a asistir a clases de canto con el maestro Antonio Cordero y debutó, rebasada la treintena, en 1871 con ‘Sapho’ de Giovanni Pacini en el Teatro Carcano de Milán. Hay otra teoría, que recoge el estudioso Hernán Luis Vigo Suárez, en la que se sostiene que Antonio Aramburo habría debutado ese mismo año, antes, en el Teatro de la Zarzuela de Madrid con la soprano Pilar Bernal.

La carrera de Antonio Aramburo no fue fácil por sus veleidades de genio y por su temperamento cambiante. Al siguiente año de su debut cantó ‘Norma’ de Vincenzo Bellini en Florencia; en 1874 realizó una gira por Buenos Aires y actuó ante el presidente de la República. En la temporada siguiente debutó en el Teatro Liceo de Barcelona y repetiría en 1882. Con ‘La fuerza del destino’ y ‘Rigoletto’, ambas de Verdi, se presentó en La Scala de Milán, en 1879, donde fue silbado en la romanza ‘Celeste Aída’ y aplaudido luego, tan aplaudido que «en la segunda representación cantó con una también celeste voz, de modo que hubo de dar hasta 23 representaciones», según Barreiro. Sin embargo, al año siguiente con ‘Lucía de Lamermoor’, de Donizetti, se produjo una anécdota que define su excentricidad y su perturbación. Y quizá su sentido del compañerismo. La soprano Emma Albani fue reemplazada por Harris Zagurry, a la que el público boicoteó en el tercer acto. Entonces, Aramburo abandonó el teatro y se fue al palacio donde residía. Allí recibió a los empresarios que fueron a pedirle que regresase. Cocinó unas migas, invitó a los recién llegados a comer en la sartén sobre la alfombra, se puso un pañuelo en la cabeza y empezó a cantar jotas. Ante la perplejidad general, anunció que renunciaba a su contrato. Javier Barreiro resume: «Así, en su mejor momento desperdició la oportunidad de volver a ser llamado por el teatro más importante del mundo».

No menos extraña fue su actuación en el Teatro Real con ‘El Trovador’ de Giuseppe Verdi: habían anunciado su asistencia el Rey Alfonso XII y la reina María Cristina; no aparecieron y él, en el tercer acto, se esfumó por la puerta de bomberos, «ataviado de guerrero medieval”, y entonó algunas piezas en la plaza de Oriente. Así podía ser Aramburo. Algo semejante lo repetiría en el Teatro Solís de Montevideo en 1886. Iba a actuar ante el presidente de Gobierno: el empresario quiso comprobar que estaba a punto y que saldría a cantar. Lo encontraron dormido, posiblemente ebrio, entre los decorados y la tramoya.

A pesar de todo, los elogios se multiplicaban. Y se multiplican en manuales, diccionarios e historias de la ópera. Decían que era superior a Julián Gayarre (cuya vida redactaba poco antes de morir el aragonés Mariano Faci, biógrafo de Cavia y Eusebio Blasco) y a Tamberlick, que estaba en su apogeo; él mismo, tras oírlo en París, lo nombró su sucesor. Barreiro apostilla: «Su voz tenía la misma fuerza arrebatadora y la potencia de sus agudos impresionaba profundamente». El antes citado Vigo Suárez dice que tenía «una voz de considerable extensión (más de dos octavas, del do central al do sostenido agudo», y ensalza su condición de «tenor de fuerza». Enrique O’Neill, en su libro ‘La voz humana’ (1923), no deja lugar a dudas: «Fue la voz más perfecta del siglo XIX; en calidad, extensión, timbre y color no llegó ninguna otra a parecerse siquiera”. Y Florentino Hernández Girbal, en ‘Cien cantantes españoles de ópera y zarzuela (siglos XIX y XX)’ (1994), le otorga halagos del tipo: «hermosura increíble», «expresión arrebatadora», «agudos limpios y brillantes como el sol».

Sus mejores años fueron los de la década de los 70 y de los 80. Fue muy querido en Cuba, donde cantó en varias ocasiones, e inició su despedida con ‘Carmen’ de Bizet en Odessa (Rusia; ahora Ucrania), en 1896. De repente se descubrió casi arruinado a pesar de que había ganado mucho dinero, dicen que más de tres millones de pesetas de entonces (18.000 euros); al parecer había sido objeto de varios robos y había dilapidado su fortuna con la prodigalidad de los nuevos ricos. Tras pasar por un hospital de Milán, en estado de indigencia, logró que le dieran un puesto de portero en el Teatro Solís de Montevideo. De ahí pasó a dirigir una escuela de canto con su nombre, y allí murió en noviembre de 1912. Más tarde, se descubrieron algunas de sus grabaciones, con el sello de Compañía de Impresiones Fonográficas Antonio Aramburo, que fundó alrededor de 1900. Algunos dicen que son apócrifas; otros aseguran que confirman su talento, su energía, su honda sensibilidad, su agudo lirismo. El enigma, como el misterio de su comportamiento, continúa.

 

 

EL ANECDOTARIO

Aragón. Antonio Aramburo ha tenido escasa relación con su tierra. Aquí no llegó a actuar como cantante, aunque los periódicos aragoneses daban noticia de sus éxitos. La Gran Enciclopedia Aragonesa recoge, de un periódico zaragozano, la siguiente nota: «Nuestro compatriota el célebre tenor Aramburo, hijo de Erla, ha conseguido últimamente entusiastas ovaciones en el Teatro de la Paz, de La Habana, sobre todo con las óperas ‘La forza del destino’, ’Il Guarany’ e ‘Il Trovatore’. En esta última había sido llamado a la escena dieciséis veces». En los cilindros que se han recuperado de él se le oye cantar un fragmento de la zarzuela ‘La Dolores’. Erla, donde cuenta con estudiosos como Vicente García de la Puerta, le ha hecho varios homenajes: desde 2003 tiene un busto de Miguel Cabré en su pueblo. 

 

El amor. Aramburo no debió ser el hombre más feliz del mundo. Se casó con la soprano norteamericana Ada Adini, quince años menor que él. Tuvieron una niña pero no tardaron en separarse. No se le conocen otras relaciones.

 

*En la edición del papel, en un pie de foto, se alude a ’El Africano’ y es la ópera ’La Africana’ de Mayerbeer, la última que compuso en cinco actos. Y también se habla de ’Guazany’: es ’El guarany’ de Antonio Carlos Gomes.

 

Ahí puede seguir el cuerpo central del texto. 

 

http://www.heraldo.es/noticias/ocio_cultura/cultura/2014/08/06/el_canto_arrebatado_antonio_arambur_303464_308.html#com

 

MIGUEL ÁNGEL SANTOLARIA me escribe, muy amablemente, la siguiente nota: 

"El 18 de Mayo de 2002 se fue a ERLA (Zaragoza), donde nació el 17 de enero de 1840, Antonio Aramburo; considerado por críticos y musícologos de su época como un tenor "di forza" de una voz prodigiosa y dicen que en aquellos años no hubo otro igual, asegurando que fue superior a Julián Gayarre, Angelo Massini, Enrico Tamberlick y el propio Francisco Tamagno (que estrenó Otello de Verdi). Se descubrió en su casa natal una placa en azulejo de Muel y en la Iglesia de Santa María La Mayor de la villa los cantantes líricos de A.M.B.A. ofrecieron un inolvidable concierto. El 17 de enero de 2003 y conmemorando el ciento sesenta y tres aniversario del nacimiento de Antonio Aramburo, en colaboración con A.M.B.A., el Ayuntamiento de Erla, en un acto de exaltación al gran cantante, le erigió, en la Plaza donde está la Casa Consistorial, un busto a su memoria por el prestigioso aragonés Miguel Cabré, escultor seleccionado por Miguel Ángel Santolaria, amigo personal del mismo, que le cedió varias fotogtrafías de su archivo histórico musical para la realización del busto. A su vez el prestigioso escultor realizó una exposición de varias de sus obras en el Ayuntamiento. También,  la citada plaza, pasó a llamarse a partir de ese momento, Plaza del tenor Antonio Aramburó, descubriéndose, por gestión personal de A.M.B.A., una placa, en cerámicade Azulejo de Muel, con la mencionada leyenda. Posteriormente, Miguel Ángel Santolaria (Presidente de A.M.B.A.), en el Salón de Actos de la Casa Cultural de Erla. ofreció una conferencia audiovisual con el lema: "Grandes tenores de todos los tiempos", donde se escuchó el aria "Niun mu tema" de la ópera Otello de Verdi, interpretada por Antonio Aramburo, en una grabación del año 1904 reporducida de un disco compacto, importado de Italia y que no se vende en España. Se visualizó, además, en auténtica primicia, un vídeo con escenas e interpetaciones de los tenores: Enrico Caruso, Franco Corelli, Pedro Lavirgen, Jaime Aragall, Alfredo Kraus  Miguel Fleta".