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Antón Castro

UNA MUSA EN LA GUERRA

UNA MUSA EN LA GUERRA

[A PLENO SOL. Lee Miller fue una de las mujeres más bellas, sofisticadas y enigmáticas de su tiempo. Parecía una escultura griega. Amó a Man Ray y a Picasso. Un día decidió documental el horror del nazismo. Estaba, con su cámara al hombro, en la liberación de París hace 70 años.]

 

Lee Miller,

modelo, musa y reportera

 

 

El poeta Rainer Maria Rilke, un gran amante del amor y de las mujeres, escribió en las ‘Elegías de Duino’ que «la belleza es el principio de lo terrible», y añadía que «todo ángel es terrible». Esos versos se adaptarían bien a Elizabeth Lee Miller (1907-1977), una de esas mujeres que parecen haber vivido varias vidas en un cuerpo ideal que hacía volver la vista a quien pasaba a su lado. Era alta, juncal, de cabello dorado, ojos claros y de una elegancia intemporal, clásica y moderna a un tiempo.

En su infancia, durante una visita a la casa de su mejor amiga, sufrió una agresión sexual con apenas siete u ocho años que le dejó un rastro psicológico profundo y una gonorrea. Cuando reveló la violación de un adulto (quizá fuese un marino), los médicos le aconsejaron a su padre, el ingeniero mecánico Theodore Miller, que le hiciera fotos desnuda para asumir con naturalidad su cuerpo humillado. Extraña terapia parece, para así consta en varias biografías.

Poco más tarde, la familia visitó París y la joven, de apenas 17 años, se quedó encantada. París era como soñaba y como le habían contado. Un desafío para los ojos y para la imaginación. Quiso quedarse e intentó hacer arte dramático: un profesor, ya maduro, se enamoró de ella. Vivieron un tiempo como amantes, como Pigmalión y su musa. Sus padres se enteraron y la reclamaron. Regresó a Estados Unidos. El azar, como le iba a ocurrir casi siempre, corrió a su lado: un día, en Manhattan, Condé Nast, editor de revistas como ‘Vogue’ o ‘Vanity Fair’, la vio pasear por la calle. Era como un cisne entre la multitud. Se acercó y le ofreció posar para la revista. La retratarían algunos de los grandes maestros de la fotografía como Edward Steichen –con él hizo un escandaloso anuncio de compresas y fueron fugaces amantes-, Nickolas Muray o George Hoyningen-Huene, entre otros. Era radiante, sutil, de una hermosura incomparable. Fatigada, se marchó a París y decidió visitar el estudio de Man Ray, un norteamericano talentoso y surrealista. Sabía que él, huraño en apariencia, no aceptaba ayudantes ni aprendices. Ella, segura de sí misma, de su atracción y de su personalidad, le dijo: «A partir de hoy seré su alumna». Su alumna, su compañera de estudio (por un error, sería Lee Miller quien descubriese la solarización) y su amante. El surrealismo estaba en boga, y con él diversas corrientes de vanguardia. Lee Miller, bellísima como una diosa enigmática de pequeños pechos (que sirvieron de modelo para una copa de champán), amó a Ray. Fueron tres años intensos de erotismo, de colaboración, de tensión y de muchos amigos, entre ellos Jean Cocteau, que le dio un papel en ‘La sangre de un poeta’. Man Ray la retrató en multitud de ocasiones, casi centímetro a centímetro. Esos tres años, entre 1929 y 1932, encarnan la impulsiva relación del artista y la modelo. Para entonces, Lee ya se consideraba fotógrafa. Hacía muy bien su trabajo: el retrato sobre todo.

Abrió un estudio en París y luego en Nueva York, aunque la capital del Sena siempre le atraería. Era la ciudad de la creación, de la bohemia y de la búsqueda de respuestas a su dolor. La promiscuidad fue uno de sus rasgos, o quizá una necesidad, y puso distancia por medio porque Man Ray era muy celoso. Con la ayuda de Lawrence Durrell, el autor del ‘Cuarteto de Alejandría’, se marchó a El Cairo y allí conoció al millonario Aziz Eloui Bey, que se convertiría en su primer marido. En apariencia lo tenía todo: el lujo, las fiestas nocturnas, expediciones por el desierto, cacerías de serpientes, pero no era feliz. Algún tiempo después volvió a París.

Por entonces, conoció al artista e historiador Roland Penrose (que sería biógrafo de Picasso), que se convertirá en su segundo marido, tras la II Guerra Mundial. Será ahí, en ese lapso tan importante para la historia, cuando ella adquiera gran protagonismo. Registró el eco de la contienda desde Londres, tras los bombardeos de los nazis, para revistas como ‘Vogue’. Y, cuando el ejército norteamericano entró en guerra con los aliados, logró incorporarse como corresponsal, en compañía de un nuevo amante, el fotógrafo David E. Scherman, y recorrió distintos lugares del frente: acudió a los hospitales de campaña, estuvo en la casa de Eva Braum y la de Hitler (se acostó en la cama de la pareja y se da un baño en su bañera; fotos que parecieron frívolas), visitó algunos campos de concentración como el de Dachau y contempló numerosas instantáneas del horror. Era consciente de que lo que documentaba su objetivo era cruel e insoportable. Por eso ponía, casi a modo de pie de foto general, una palabra: «Créanlo». Se integró en la 45 División de Infantería del Séptimo Ejército de los Estados Unidos y asistió, con su traje de militar, a la liberación de París el 25 de agosto de 1944, hace ahora 70 años. Nunca sería la misma.

Penrose y Miller se casaron y compraron una granja en East Sussex  en 1949 y la relación transcurrió entre soledades y naufragios (ahora el veleidoso era él, según se dice), a pesar de la llegada de su hijo Antony. En el desván de la casa, Lee guardó sus cámaras y sus negativos en cajas de cartón. Fue víctima del alcohol y de algún que otro desorden mental. Encontró algo de alivio en la gastronomía: dicen que se convirtió en una estupenda cocinera. Murió de cáncer en 1977. Marc Lambron la llamó ‘El ojo del silencio’ (Circe, 1996. Traducción de Juan Abeleira) en una biografía novelada. En ese momento, ya era un emblema del siglo XX y un icono de la belleza. 

 

EL ANECDOTARIO

Con Picasso. Antony Penrose, hijo de Lee Miller, dijo en una de sus visitas a España: «Yo no conocí realmente a Lee Miller hasta después de muerta, cuando encontré en un altillo una caja con  su colección de fotos cartas y diarios». Al parecer dejó 400 obras seleccionadas y algunos miles de negativos. Lee Miller y el artista español se cruzaron en Mougins en 1937, cuando él pintaba el ‘Guernica’ y vivía con Dora Maar. Añadía el hijo de Miller: «Picasso quedó muy impactado, pintó su retrato seis veces; uno de ellos, de memoria, tres días después de que Roland y Lee se hubieran ido». Recordaba que habían sido amantes. Lee Miller retrató a su vez a Picasso, solo o con varias compañeras, durante más de 30 años con sus cámaras Rolleiflex y Leica. Le hizo más de mil fotos. Su marido Roland Penrose fue biógrafo del artista malagueño. En 2007, en el Museo Picasso de Barcelona, se expuso la muestra ‘Lee Miller. Picasso en privado’.

DALÍ Y LORCA: UNA PASIÓN TRÁGICA

DALÍ Y LORCA: UNA PASIÓN TRÁGICA

A PLENO SOL. ‘Querido Salvador, Querido Lorquito’ (Elba) es el volumen de la correspondencia entre el pintor y el poeta, su historia de amor imposible en algo menos de medio centenar de cartas. Tuvo su gran momento en Cadaqués, en el verano de 1927.

 

 

La pasión erótica y trágica de Lorca y Dalí

 

 

 

Salvador Dalí y Federico García Lorca en Cadaqués en el intenso verano de 1927. 

 

Antón Castro

Salvador Dalí (1904-1989) y Federico García Lorca (1898-1936) vivieron una apasionada historia de amor, de amistad y de complicidad artística e intelectual que sigue generando debates y dando lugar a libros como ‘Querido Salvador, Querido Lorquito. Epistolario, 1925-1936’ (Elba. Barcelona, 2013. 268 páginas), la crónica de lo que “fue un amor erótico y trágico por el hecho de no poderlo compartir”, tal como explicó el propio Dalí en una carta a ‘El País’ en 1986. La edición, tan minuciosa como apasionante, es de Víctor Fernández y de Rafael Santos Torroella.

Dalí y Lorca, de buena familia, se conocieron en la Residencia de Estudiantes en 1923. La amistad surgió de inmediato por “total antagonismo” de ideas, de concepción artística, de personalidad. La fascinación fue recíproca y eso se percibe en una correspondencia que explica también la intrahistoria de la generación del 27, el surrealismo, los putrefactos (término acuñado por Pepín Bello) y los caminos tan distintos que seguirían cada uno. En el volumen se cita varias veces a Agustín Sánchez Vidal, quien recuerda “el poder de zapa” del cineasta aragonés, que logró arrancar a Dalí del lado de Lorca, “iniciando inmediatamente una colaboración conjunta que desemboca en las dos obras maestras del cine surrealista: ‘Un perro andaluz’ y ‘La edad de oro’”.

El epistolario recoge cartas y postales de Lorca, de Dalí, de Anna Maria Dalí (con Lorca tuvo una gran amistad; el poeta sí vivió una experiencia sexual con Margarita Manso), del padre de ambos y de Lidia Noguer, una amiga de la familia y de Eugenio d’Ors, que le felicita por el éxito de ‘Mariana Pineda’, la obra teatral que se estrenó en 1927 en el Teatro Goya del Centro Aragonés de Barcelona con decorados del propio Dalí y con Margarita Xirgu de primera actriz.

El epistolario presenta dos caracteres muy distintos: el de un malabarista verbal, afectuoso, que se siente cómodo en las relaciones familiares (“Nuestra casa tiene ya algo de la calidad de tu amistad”, le dice Dalí a Lorca desde Cadaqués en 1925), y el de un pintor, un auténtico Dalí esponja capaz de teorizar sobre arte e iconografía –Miró, Vermeer, San Sebastián, las nuevas tendencias, Fortuny…- y de elaborar juegos de palabras y de componer versos. En medio quedan los sobreentendidos, la tensión del amor y el sexo, las colaboraciones y el deseo de verse. Dalí empieza tratando a Lorca de “hermano”; luego le pide “escríbeme mucho cada día, o cada dos días. Yo a veces ya casi lo hago”. Y en ese mismo noviembre de 1925, le manda un dibujo y esta dedicatoria: “Para Federico García Lorca, con toda la ternura de su hijito”. En septiembre de 1926, Dalí le dice desde Cadaqués: “Adiós, te quiero mucho, algún día volveremos a vernos, ¡qué bien lo pasaremos! Escribe. Adiós, adiós. Me voy a mis cuadros de mi corazón”.

El epistolario es mucho más intenso y apasionante en 1927. En julio Lorca responde una carta de Dalí, que empieza a impugnar cada vez más la obra poética del granadino, y le dice: “Me he portado como un burro indecente contigo que eres lo mejor que hay para mí. A medida que pasan los minutos lo veo claro y tengo verdadero sentimiento. Pero esto solo aumenta mi cariño por ti y mi adhesión por tu pensamiento y calidad humana”. Quizá fue entonces cuando Lorca expresó su deseo carnal a Dalí. Otro experto lorquiano, como Mario Hernández, observa a propósito de esta carta: “En el último momento había sucedido algo en Cadaqués, durante el mes de julio, que había enturbiado o puesto una nube en la íntima relación con el amigo”. Quizá lo que había pasado se lo contaría algunos años después Salvador Dalí al escritor Max Aub, que trabajaba en una novela sobre Buñuel. “… Federico, como todo el mundo sabe, estaba muy enamorado de mí, y probó a darme por el culo dos veces, pero como yo no soy maricón y me hacía un daño terrible, pues lo cancelé en seguida y se quedó en una cosa puramente platónica y en admiración”.

Esta admiración pareció resentirse de manera abrupta cuando en septiembre de 1928 le remitió su lectura crítica del ‘Romancero gitano’, que no le gustaba como tampoco le gustó a Buñuel: “Tu poesía está ligada de pies y manos a la poesía vieja. Tú quizá creerás atrevidas ciertas imágenes, o encontrarás una dosis crecida de irracionalidad en tus cosas, pero yo puedo decirte que tu poesía se mueve dentro de la ‘ilustración’ de los lugares comunes más estereotipados y más conformistas. (…) Federiquito, en el libro tuyo que me lo he llevado por esos sitios minerales de por aquí a leer, te he visto a ti, la bestiecita que eres, bestiecita erótica, con tu sexo y tus ‘pequeños’ ojos de ‘tu cuerpo’ (…) Te quiero por lo que tu libro revela que eres, que es todo al revés de la realidad que los putrefactos han formado de ti… (…) Adiós. Creo en tu inspiración, en tu sudor, en tu fatalidad astronómica”.

La carta siguiente de Lorca es del verano de 1930. Le pide que se vaya con él a la ciudad que le inspiraría ‘Poeta en Nueva York’.  Le dice que le gustó muchísimo “el timo que ibas a dar a mi familia y es lástima que no te enviaran el dinero”. Añade: “Una vez rota mi cadena de estupidez, cuando me meto en la cama me siento más fuerte que nunca y más poeta que nadie”. Apenas volverían a verse; en una carta de 1934, Dalí le dice: “Gala tiene una curiosidad terrible de conocerte”. Ni Lorca ni Buñuel sentían simpatía hacia ella.

Iconoclasta y excéntrico, cuando le comunicaron el asesinato de Lorca, Dalí dijo: “¡Olé!”. La expresión es una espiral abierta a todas las conjeturas. Víctor Fernández dice: “El fantasma de Lorca siguió acosando a Dalí a lo largo de su vida”.

EL ANECDOTARIO

 

Platero y yo. Al menos en dos cartas dirigidas a Lorca, Salvador Dalí arremete contra Juan Ramón Jiménez (1881-1958) y contra su libro ‘Platero y yo’. Agustín Sánchez Vidal publicó en ‘Luis Buñuel: obra literaria’ (Heraldo de Aragón, 1982) la carta que le dirigieron al poeta que se reproduce en las exhaustivas notas del libro. Dice así: “Nuestro distinguido amigo: Nos creemos en el deber de decir –sí, desinterasadamente- que su obra nos repugna profundamente por inmoral, por histérica, por arbitraria. Especialmente, ¡MERDE! Para su ‘Platero y yo’, el burro menos burro, el burro más odioso con que nos hemos tropezado. ¡MIERDA! Sinceramente. Luis Buñuel. Salvador Dalí”. De ese libro –que levantó ronchas en Moguer por su defensa de los humildes- se cumple ahora un siglo. Alfredo Castellón Molina le dedicó una película.

 

VALLCORBA: EL EDITOR INFINITO

VALLCORBA: EL EDITOR INFINITO

El pasado sábado fallecía el gran editor catalán, un profesional de impronta europea, que ha creado sellos tan importantes como Quaderns Crema, Sirmio y Acantilado. Confeccionó un vasto catálogo que refleja un espíritu inquieto, una gran pasión por la cultura y sus oficios.

 

 

Jaume Vallcorba, el editor infinito

 

Antón CASTRO

Algunos han dicho de Jaume Vallcorba (Tarragona, 1949-Barcelona, 2014) que era el editor más elegante de España. Y eso es mucho decir en un país donde hay grandes profesionales como Manuel Borrás (Pre-Textos), Jorge Herralde (Anagrama), Beatriz de Moura (Tusquets), Jacobo Siruela (Siruela primero y ahora Atalanta) o, entre otros, Chusé Raúl Usón, el editor del sello zaragozano Xordica, que cumple ahora veinte años.

Poseía Vallcorba, en Quaderns Crema y en Acantilado, dos de los catálogos más impresionantes y variados, de las letras catalanas en el primer sello, y de las letras universales en el segundo. Vallcorba, profesor en diversas universidades (Lérida, Barcelona, Burdeos), experto en los trovadores y la ‘Chanson de Roland’ entre otros asuntos, llegó a la edición en 1979 cuando fundó Quaderns Crema; ahí publicó a Quim Monzó, Sergi Pàmies o al aragonés Francesc Serès, y a clásicos como Ausias March y a Josep V. Foix. En 1987 creó un sello en español, Sirmio, donde publicó a un joven autor como Javier Cercas, que resumía su tesis doctoral en el libro ‘La obra literaria de Gonzalo Suárez’. La editorial, pulcra, bellamente concebida, trabajada hasta el último detalle, pasó un tanto inadvertida. En 1999, ese aventurero de la lectura que siempre fue Jaume Vallcorba, decidió crear una nueva editorial, en cuyo exterior dominan dos colores, el rojo y el negro: Acantilado. El éxito no se haría esperar. Los libros eran, y son, preciosos, sugerentes, con personalidad. Acantilado nació con la vocación de perdurar: tanto como objeto físico cuanto por la calidad de sus contenidos. El editor no era muy partidario de entrar en la batalla libro digital versus libro de papel, pero tenía claro su afán: deseaba que sus volúmenes, impresos en un papel con ph neutro, durasen cinco o seis siglos.

Jaume Vallcorba era elitista y a la vez era honesto. Nunca quiso ser popular, pero sí juicioso, refinado, de amplio paladar intelectual. Sabía arriesgar (y se arriesgaba: solía decir que una de las claves de su oficio era perseverar) y tenía olfato. Más que importarle el éxito inmediato, le interesaban la labor de fondo, el rescate, el catálogo, la compañía en la que viaja cada escritor. Cultivaba la curiosidad y la intuición. Creía en los arrebatos del azar desde una premisa elemental: “editar es amar. La felicidad me visita cada vez que me llega, de las prensas, un nuevo libro en el que he trabajado”. Acantilado es un sello impresionante que está marcando una época. Vallcorba siempre fue un perfeccionista y esta editorial –de tantos frentes abiertos: estéticos, geográficos, temáticos…- es un buen ejemplo. Él fue de los primeros e introducir a todos los técnicos que intervenían en la realización de un libro, especialmente al departamento de ortotipografía, a los diseñadores. De Acantilado conmovieron muchas cosas: el diseño exterior, esa combinación perfecta de colores sobrios y elegantes, la caja y la puesta en página, y atrajo y atrae muy especialmente la nómina de autores y de libros. Vallcorba es un buscador de tesoros y de miradas.

En sus colecciones pueden verse distintas direcciones de trabajo: hay clásicos como Michel Montaigne con sus ‘Ensayos’, James Boswell y Eckermann, Chateaubriand y sus ‘Memorias de ultratumba’, presentados en dos volúmenes y en estuche, o los ‘Diarios’ de Leon Tósltoi, pongamos por caso. Está un enciclopedista de hoy como Marc Fumaroli. Aunque quizá uno de los autores de mayor éxito sea Stefan Zweig: sus memorias ‘El mundo de ayer’ es un libro conmovedor que explica el drama judío, el amargo destino de un hombre talentoso, el miedo y el impacto del exilio, y ha tenido impacto y ventas. Vallcorba recuperó, y aún recupera, muchos de sus libros, entre ellos ‘Castellio contra Calvino’, una hermosa defensa de Servet y la libertad de expresión, y también ha apostado por Kafka, Hermann Hesse, Apollinaire, Seferis y por Joseph Roth, el autor de ‘Leyenda del santo bebedor’.

Acantilado se ha preocupado de mirar hacia las literaturas de la Europa del Este, y se ha encontrado con figuras de la talla de Danilo Kis, Ivan Klíma, Adam Zagajewski o el húngaro Imre Kertész, al que le concedieron en Premio Nobel. También recuperó la obra del escritor y guionista norteamericano Budd Schulberg, ahí están sus memorias ‘De cine’ o novelas como ‘El desencantado’ y ‘La ley del silendio’; ha publicado dos volúmenes de relatos de Dino Buzatti y de Natalia Ginzburg, o un libro como ‘Para leer a Cervantes’ de uno de sus maestros: Martín Riquer. Otro de sus referentes fue el oscense José Manuel Blecua, editor de Francisco de Quevedo.

Lector de Italo Calvino y de Jorge Luis Borges, Jaume Vallcorba, poeta y crítico, se declaró en una ocasión un pesimista moderado. Apostó por jóvenes creadores como David Monteagudo, Berta Vias Mahou, Pablo Martín Sánchez, Andrés Neuman, Javier Vela y, entre los extranjeros, Peter Stamm, el escritor suizo que recibió el premio Cálamo. El fondo de Acantilado es tan deslumbrante que para algunos es la editorial ideal: siempre ofrece joyas, libros que habían pasado inadvertidos o que son casi trabajos de una vida, como sucede con algunas obras de Ramón Andrés, un sabio de la música, o de Rafael Argullol, como ‘Visión desde el fondo del mar’. Nunca le asustó publicar libros de mil páginas o más.  Su penúltimo sueño ha sido editar a Georges Simenon al completo.

A modo de balance de su oficio, dijo una vez: “Mi vida es entusiasmo, gusto y pasión”. Jaume Vallcorba moría el pasado sábado a consecuencia de un tumor cerebral. Perdió la partida de la vida, pero ganó la de la inmortalidad de las letras.

 

EL ANECDOTARIO

 

Aragón. Jaume Vallcorba, Premio a la Mejor Labor Editorial de 2002, ha estado muchas veces en Aragón. Vino con Javier Cercas a presentar a la librería Cálamo ‘Relatos reales’ y ‘El inquilino’; estuvo con Jorge Herralde cuando le editó ‘Opiniones mohicanas’, acudió algunas veces a la cena de los premios Cálamo y participó en los VI Encuentros Literarios de Albarracín, donde expuso las claves de su trabajo. En Acantilado, en los últimos tiempos, han aparecido varios autores aragoneses: Sandra Santana publicó ‘El laberinto de la palabra. Karl Kraus en la Viena de fin de siglo’ y la académica Aurora Egido acaba de ofrecerles a sus lectores ‘Bodas de Arte y de Ingenio. Estudios sobre Baltasar Gracián’, toda una suma de trabajos, de puntos de vista, de conocimiento, sensibilidad y de lucidez crítica en torno al autor de ‘El Criticón’. Si el catálogo de un editor es su mejor autorretrato, el de Jaume Vallcorba es poliédrico, fascinante, casi enigmático. Fue un sembrador de prodigios y de sensibilidades. 

 

*Este texto aparece hoy en Heraldo de Aragón. La foto es de Moliner, de EFE.

MORATHA Y MAJARENA EN LA MINA

MORATHA Y MAJARENA EN LA MINA

A PLENO SOL. El ilustrador Moratha y el guionista e historiador Luis Majarena, ambos darocenses, publican un curioso tebeo: ‘Mina romana. Cueva del Hierro’, que constituye un viaje en el tiempo y un elogio de ese personaje tan veraniego como el guía turístico

 

Viaje al corazón de la mina

 

Antón CASTRO

El cómic vive un buen momento. Casi todo se asimila mejor con dibujos, dinámicos y divertidos, y textos breves en un tebeo. Eso parecen pensar Luis Majarena, guionista y documentalista, y Moratha, dibujante, ambos darocenses. Majarena ha pasado de escribir artículos sesudos de divulgación histórica a realizar guiones de novela gráfica. Moratha, que ha creado personajes como el Porrero medieval, que ha hecho trabajos sobre Goya o Van Gogh o el tebeo ‘El Compromiso de Caspe’, «lleva más de veinte años dibujado mañana, tarde y noche», como le gusta decir. Ahora se han vuelto a reunir, no solo en las tertulias de su villa medieval, sino alrededor de un proyecto: ‘Mina romana. Cueva del Hierro’, que propone un viaje al corazón de esa gruta que está ubicada en el pequeño pueblo conquense de apenas 50 habitantes.

El cómic tiene algo de viaje en el tiempo y es un homenaje, lleno de guiños de humor y picardía, a los guías turísticos. El de aquí, Martín, posee un don: sabe fabular, enriquece sus historias con una atmósfera de cuento y cierra sus ficciones con un desenlace inesperado o sencillamente con una pregunta. Así, los turistas o viajeros, que pueden llevar un perro llamado Tigretón o estar inmersos en una relación de noviazgo o coqueteo amoroso, se quedan un tanto perplejos. Ese es el ardid que usa el guía turístico de este cómic, que les presenta a los espeleólogos, les muestra las estalactitas, mientras desgrana múltiples historias en el interior de una gruta de más de 200 metros, por la que han pasado 200.000 personas en los últimos años.

El dibujante y humorista Moratha señala: «La idea salió del alcalde del pueblo que también es uno de los promotores que hicieron de esa mina un lugar turístico. Estuvo en Soria y compró un cómic anterior nuestro: el de ‘Thurrakos’. Le gustó, le pareció que este método era una buena manera de promover la mina y nos encargó nuestro tebeo». ‘Thurrakos’  (Cornoque, 2012) era una historia de celtíberos que firmaron Morata y Majarena tras visitar Mara y Numancia y trabajar a lo largo de seis meses. El investigador Alex Hernaiz dice, a modo de prólogo, que la idea les rondaba por la cabeza desde que en el año 2000 «visitamos el Museo de la Minería de la Unión y allí nos hicimos como un ejemplar de un pequeño tebeo de cuatro páginas que resumía por orden cronológico la historia del pueblo y sus minas». Moratha ha hecho muchas más páginas que cuatro con su chispeante sentido del humor y su buen gusto por el color. Una pareja de turistas, más seria, exclama poco antes de entrar en la cueva: «Ahí tengo apuntadas más de mil preguntas para hacerle al guía».

El historiador y guionista Luis Majarena señala: «El guion lo hicimos después de visitar la Cueva del Hierro, en la que el guía explica las características generales. Esa explotación tiene una continuidad en el tiempo y nos planteamos imaginar los personajes que a lo largo de las distintas épocas pasaron por allí». Cuenta Majarena que los niños y los adultos del tebeo son inventados, pero los personajes y los sucesos históricos son reales. Agrega: «En todas las épocas hemos intentado reflejar la sociedad en la que se vivía, así que históricamente todos los sucesos están documentados –dice-. Pongo algunos ejemplos: el yerno del novelista Miguel de Cervantes tuvo una ferrería, el marqués de Urquijo obtuvo la explotación de los Altos Hornos de Beteta... Dicho eso, evidentemente las aventuras que pasan son noveladas y todo ello con un hilo conductor: ese pico que pasa generación tras generación». Y que aparece y reaparece en las distintas historias del tebeo.

Los autores, en páginas muy narrativas y con muchas viñetas, abordan la vida de los celtíberos y romanos, en términos de esclavitud y producción; la Edad Media, donde se cruza una historia de amor con el arte de fabricar espadas y con una batalla a punto de comenzar; la caída de la nobleza en la edad moderna, donde se incorpora una visita a la ferrería de Santa Cristina; hay alusiones al fuero de Cuenca, a los vagones, a la electrificación... «Todo eso está documentado y reflejado en el cómic. Tuvimos cuidado de los más pequeños detalles. He aquí un caso. Unos niños se van a bañar a la balsa de la ferrería porque tienen fiesta. No se podrían ir a bañar si las fiestas fueran en invierno, evidentemente», dice Majarena.

El libro ofrece muchos datos útiles: «Los mineros dejaban las rocas de cuarzo y caliza como pilastras naturales», apuntan los autores. Concluye Mejarana: «Por lo que respecta a los visitantes y los guías, cogimos arquetipos y los hemos ido actualizando. Durante años enseñé Daroca a bastantes grupos y gentes y me he inspirado en mi propia experiencia».

Cuando acaba la visita, una joven atractiva y moderna resume: «¡Qué hermosa ha sido la visita!».

el anecdotario

La ferrería. Era una antigua instalación siderúrgica o un pequeño horno donde se transformaba el mineral de hierro en metal. Su existencia se remonta a la prehistoria, como se dice en el cómic; la ferrería muere con los altos hornos a principios del siglo XX. En Aragón hubo siderurgias de monte e hidráulicas en Sierra Menera y Ojos Negros, en el Moncayo, en Albarracín, en Bielsa, por citar algunas localidades. Los autores explican, en cada secuencia histórica, el vínculo de la mina con la vida: «Este es el otro que chupa del hierro», dice un personaje en los tiempos de los romanos, poco antes de que se produzca un crimen. «Fui a por agua como cada mañana y me encontré al encargado muerto. Tenía clavado este pico», revela otro.

 

 

LAUREN BACALL: HEROÍNA DE CINE NEGRO

[A PLENO SOL. Esta semana, tras el suicidio de Robin Williams, fallecía a los 89 años la intérprete de ‘Tener y no tener’ y ‘El sueño eterno’. Vivió doce años con Humphrey Bogart y ocho con Jason Robards. Encarnó la clase, la elegancia y el fulgor de Hollywood. Recibió el Oscar honorífico en 2009.]

 

 

Lauren Bacall

Una heroína de cine negro

 

Un retrato veraniega de una actriz que destacó en el cine de intriga, pero también en la comedia y el melodrama.

 

Antón CASTRO

Lauren Bacall (Nueva York, 1924-2014) era bella, diferente, distinguida, tenía unos ojos verdes y un rostro anguloso. Era fotogénica y todo un desafío para los fotógrafos. Sintió la llamada del cine y fue acomodadora de una pequeña sala y luego modelo. Estudió arte dramático y allí coincidió con un joven Kirk Douglas, de quien estuvo locamente enamorada, según ella; él, muy elegante, diría 60 años después: “intenté seducirla sin conseguirlo”. Diana Vreeland, la directora de arte de ‘Harper’s Bazaar’, vio algo especial en su rostro y en su cuerpo interminable, dibujado con leves curvas, airoso y plano de pecho. La eligió para la portada de la revista y allí iba a verla otra mujer audaz: Nancy ‘Slim’ Keith, la segunda esposa del director Howard Hawks; al parecer advirtió a su marido de que esa joven podía ser lo que andaba buscando. La llamó, la vio y la oyó: le disgustó su voz atiplada, nasal e imperfecta y se lo dijo.

Lauren, que había dejado de ver a su padre a los diez años, le pidió consejo a Hawks. Al cabo de dos semanas, tras muchos ensayos y una tenacidad que define su carácter y el tamaño de su ambición, acudió a verlo de nuevo. Parecía otra: usaba una voz ronca y sensual, penetrante, que no tardaría en convertirse en una de las más cautivadoras del cine negro. Hizo ‘Tener y no tener’ (1944) con Hawks, donde tendrá otro de los encuentros decisivos de su vida: su compañero de reparto era Humphrey Bogart, un cuarto de siglo más viejo que ella, infelizmente casado con su tercera esposa, Mayo Methot, víctima de la bebida, y uno de los mitos de Hollywood. Había química en el plató y fuera de él. Química, atracción irresistible, electricidad, fascinación recíproca. Y allí, tras una de esas miradas de abajo arriba que ya son leyenda, se hicieron amantes. Se casaron en mayo de 1945.

Durante doce años fueron una de las grandes parejas de Hollywood: realizaron otras tres películas inolvidables de atmósfera criminal: ‘El sueño eterno’ (1946), de Hawks, tan perturbadora y compleja que hasta los guionistas (entre ellos, el futuro Nobel William Faulkner) desconocían quién había matado a un personaje, ‘La senda tenebrosa’ (1947), de Dalmer Daves, y ‘Cayo Largo’ (1948), de John Huston. En ellas, la Flaca era un emblema femenino del cine negro: era distinguida, exhibía una perfecta caída de ojos y sabía caminar con un contoneo de caderas tan personal como sugerente. Solía encarnar personajes un tanto ambiguos, envueltos en pura intriga, desafiantes e independientes. Quizá pocas veces haya sido tan sofisticada una actriz con el cigarrillo en la mano o en la boca, y ella poseía un grandioso labio inferior.

Trabajó en otras películas: ‘Cómo casarse con un millonario’ (1953), una comedia de Jean Negulesco, ‘Mi desconfiada esposa’ (1957), de Vincent Minnelli, y ‘Escrito sobre el viento’ (1956), de Douglas Sirk, entre otros títulos. Ahí ensayó otros personajes en clave cómica o melodramática. Ensanchó su registro y afirmó su elegancia. Se ha dicho hasta la saciedad que renunció en parte a su carrera para vivir una gran pasión con Bogart, con quien tuvo dos hijos. Él enfermó de cáncer de pulmón y falleció en 1957. Luego tuvo una relación amorosa con Frank Sinatra, casado con Ava Gardner, que estuvo a punto de concluir en matrimonio. Al principio, la vivieron en secreto y con culpabilidad, pero luego el crooner y actor rechazó el compromiso secreto, cuando lo vio publicado en ‘The Examiner’. Pensó que la Flaca, a la que había invitado a firmar Betty Sinatra en un restaurante, se había ido de la lengua. Ella lo cuenta así en sus memorias: “Sinatra me salvó del completo desastre que habría sido nuestro matrimonio. Probablemente era más listo que yo: sabía que no funcionaría. Pero la verdad es que se comportó como un auténtico mierda. Era demasiado cobarde para contar la verdad: que había descubierto que era demasiado para él, que no podía manejarlo. Yo lo habría entendido (espero). (...) De todas formas, fue una especie de tragedia con final feliz. Después de un mal principio, ahora nos tratamos de forma amistosa. (...) siempre sentiré algo especial por él. Los buenos momentos que pasamos fueron tremendamente buenos”.

Lauren Bacall nunca volvió a ser la misma. Su carrera bajó algunos peldaños: siguió haciendo cine, se pasó al teatro a Broadway, donde triunfó plenamente, pero nunca se alejó de Hollywood. Se casó en 1961 con Jason Robards, que también sufría dependencia del alcohol, y alumbró a su tercer hijo. Se separaron al cabo de ocho años y poco a poco, sin volver a ocupar un puesto destacado, fue rehaciendo su vida y su trayectoria. En 1992 recibió el Premio Donostia, en 2009 el Oscar Honorífico, y colaboró con cineastas como Barbra Streisand, con ella hizo ‘La mujer de las dos caras’ (1996), por la que fue nominada al Oscar, con Robert Altman o el difícil Lars von Trier, en dos ocasiones.

“Ser viuda no es una profesión”, dijo una vez esta mujer con clase, gran sentido del humor y alguna que otra extravagancia: quiso llevarse un jamón entero para el Edificio Dakota con portes al Festival de Cine de San Sebastián y pidió, bien entrada la madrugada, una batidora para preparar sus medicamentos. Era demócrata, se posicionó frente a McCarthy y ‘la caza de brujas’ y era prima de Shimon Peres, presidente de Israel. Eso sí, encarnó el glamur, la sofisticación, la belleza asombrosa de una época, la delgadez más deseada. Era la penúltima diosa mortal de Hollywood.

 

EL ANECDOTARIO

Amor en Madrid. A Lauren Bacall le gustaba mucho España. Después de la muerte de Bogart y de la ruptura con Sinatra, tal como cuenta en su libro inédito aquí ‘Now’ (1994), vino a España con su amiga Nancy ‘Slim’ Keith. Se hospedaron en una suite del hotel Castellana Hilton, “con un dormitorio a cada lado”, y salieron a divertirse “a un gran local de flamenco de Madrid donde había algunos españoles desatados”. Uno de ellos –“joven y guapo, aunque no demasiado, muy agradable”, dice-, se encaprichó de ella e inició el acoso, que continuó en otro lugar. Cansada, Nancy se fue al hotel. Al cabo de un rato, el español “insistió en subir al ascensor conmigo, y en mi puerta insistió en entrar para tomar una copa más. Y entró. (...) Slim estaba sentada en la cama, leyendo, con la puerta entreabierta. Él me besó y tras un poco de roce amistoso pensé que era hora de que se fuera”. Pero no quiso irse. Lauren pidió ayuda a su amiga y le dijo: “¿Y ahora, qué hago?”. Su amiga contestó: “Hazlo”. Agrega Lauren: “Así que lo hice. (...) No creo que hubiera podido hacer algo así con nadie más”. No se sabe quién fue el afortunado.

 

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MARY PAZ: ARTE, LEYENDA Y DRAMA

MARY PAZ: ARTE, LEYENDA Y DRAMA

 

[A PLENO SOL. La increíble y breve historia de una bailarina, actriz y cantante que fue una de las estrellas de posguerra. Bailó con Raquel Meller y Concha Piquer, cantó con Lola Flores, actuó con Juan de Orduña. Murió a los 22 años y fue despedida por una multitud en Madrid.]

 

Mary Paz

La estrella interrumpida

 

ARCHIVO HERALDO & R. GÓMEZ GASCÓN

 

 

En la historia del espectáculo en Aragón hay figuras enigmáticas, de vida breve o escurridiza. Ejemplos de ello, muy distintos, serían la actriz de cine mudo Ino Alcubierre, la actriz, guionista y productora Natividad Zaro o la actriz, cantante y bailarina María Paz Gascón (Zaragoza, 1923-Madrid, 1946), que fue conocida como Mary Paz y que fue elogiada por figuras de su época como Rafael de León, que sentía debilidad por su modo de cantar, por Tomás Borrás, que le dedicó una intensa necrológica, casi de enamorado, en ‘ABC’ a los tres días de su muerte, el 15 de marzo («Bailó sin ruido y sin mover el aire (...) Bailarina en fuga de la vida que ejecutaba su simulacro de ascender», decía) o Melchor Fernández Almagro, gran amigo de Lorca, entre otros. Falleció, a consecuencia de una septicemia, tras una urticaria que cogió en Granada por comer marisco en mal estado, cuando tenía poco más de 22 años. Las gentes la encumbraron y la colocaron al lado de bailarinas como Marienma, Encarnación López ‘la Argentinita’ o Antonia Mercé ‘la Argentina’, entre otras.

Fue una niña prodigio. A los cinco años se presentó en el Teatro Parisiana, cantó ‘Ramona’ y bailó un charlestón. Allí volvería a actuar con uno de los espectáculos que Concha Piquer paseó por España en la inmediata posguerra. El crítico de HERALDO, tal como contaba Pedro Zapater en un artículo evocador publicado en 2012, decía: «Mari Paz, casi una niña, no es una promesa. Es realidad de una danzarina excepcional».  En 1933, según señala uno de sus mejores estudiosos, Javier Barreiro, ya estaba con su familia en Barcelona y tomó clases de danza con Pauleta Pamies. La guerra civil española cogió a los Gascón en Madrid. Actuó en el Teatro de la Zarzuela en vísperas de la contienda y luego participó en un festival organizado por la CNT, con grandes figuras del momento como Estrellita Castro, Pastora Imperio y Miguel de Molina. En retaguardia, melancólica y sacrificada, trabajó sus cualidades tanto en danza española como clásica. Igual bailaba piezas de León, Quiroga y Quintero que escenificaba obras de compositores como Beethoven, Chopin o Granados.

Sería su paisana turiasonense Raquel Meller quien la incorporase a su elenco. Y de ahí dio el salto al cine cuando la vio Carlos Fernández Cuenca, que se prendó de su encanto personal. Terciopelo, fotogenia y dulzura. Era bella y garbosa, y la hizo debutar en una película un tanto atípica: ‘Leyenda rota’ (1939). Trabajó con Juan de Orduña, que luego se convertiría en uno de los directores más famosos y versátiles del régimen; hacía de joven francesa a la que gustaba la canción española. El propio Orduña la reclamó para ‘Suite granadina’ (1940), donde mostraba su ligereza y su elegancia de bailarina en un trabajo sobre las fuentes de Granada, basado en los versos de Villaespesa. Más tarde, el violinista y director de orquesta, y cineasta ocasional, Rafael Martínez del Castillo, hermano del director Florián Rey y de Guadalupe Martínez, arreglista de jotas y canciones para el cine, contó con ella para otro cortometraje musical: ‘No te mires en el río’ (1941), donde bailaba sobre un fondo de bulerías. Aún haría otra película más, ‘El triunfo del amor’ (1943) de Manuel Blay; lució su hermosa y bien timbrada voz. Encarnaba a una cantante de éxito casada con un boxeador.

Al parecer era una mujer (de «penumbroso gesto elegante», según Borrás) con muchas cualidades artísticas, capaz de realizar escenografías e inventar números musicales. Iría labrando su fama en espectáculos mixtos en las compañías de Raquel Meller, de Concha Piquer y más tarde en varios espectáculos dirigidos por Quintero, León y Quiroga: en 1942, lideró ‘Cabalgata’, donde Lola Flores cantó ‘El lerele’; al año siguiente, fue la principal figura de ‘Arte español’, y el año de su adiós estrenó ‘Cancionero’ en el Teatro Reina Victoria, en el que bailaba ‘Gloria a la petenera’. En ese número premonitorio moría y el pueblo, representado por cantantes y bailarines, la llevaba en hombros a la tumba. Barreiro, en su libro ‘Voces de Aragón’ (Ibercaja, 2004), dice: «La gente lloraba y aplaudía de pie. Como al poco se produjo su prematura muerte, muchas artistas corroboran la fama del mal fario de la petenera y se enconaron en su negativa a interpretarla». En la red hay páginas dedicadas a este mito y a esa superstición tan de la época. Cantó ante Franco en la Granja de San Ildefonso de Segovia y en el palacio de Oriente de Madrid.

María Paz Gascón Cornago, una de las mujeres más talentosas del espectáculo en España, moría en su casa de la calle Santa Isabel y sería trasladada al cementerio de la Almudena a hombros, en medio de una multitud. Se le hizo un mausoleo por suscripción popular, que contó con la generosidad añadida de Celia Gámez: organizó una función para recaudar fondos a los tres meses de su óbito. Mary Paz estaba llena de proyectos: preparaba una gira por Latinoamérica e iba a ser la protagonista de ‘Lola se va a los puertos’ (1947) del propio Orduña, donde la reemplazaría Juanita Reina. Tomás Borrás cerraba así su poético e intenso artículo de página tres de ABC: «No pisó, resbalaba».

 

el anecdotario

 

Las cosas del querer. Fue de las primeras intérpretes de la canción ‘Las cosas del querer’, que muchos años después inspiraría a Jaime Chávarri dos películas, en 1989 y 1995, con Ángela Molina y Manuel Bandera. Debía ser pura melodía. Dice Borrás: «María Paz (sic) era, como la melodía del oboe, miel y dulzura de melodía de sentimientos».

Amor. No se le conocieron amores, salvo un joven y fugaz militar. Barreiro recoge una leyenda: se dijo que había muerto por un aborto clandestino que se le había practicado; al parecer se habría quedado embarazada de un obispo con el que mantenía relaciones. Él mismo lo desmiente así: «aunque tal tipo de episodio no era insólito en la vida de los artistas, en este caso no responde a la verdad».

 

EL NIÑO QUE QUISO VOLAR

EL NIÑO QUE QUISO VOLAR

[A PLENO SOL. ‘El Principito’ es uno de los libros más singulares de la literatura. Su autor lo redactó en Nueva York en 1943; apenas un año después, en Marsella, era derribado por la aviación alemana. Han pasado 70 años. Peter Sís le dedica un libro ilustrado magistral al piloto y escritor.]

 

 

Saint-Exupéry

El niño que quiso volar

 

Antón CASTRO

Érase una vez un niño que nació en 1900, en Lyon, Francia, en un tiempo en que el hombre soñaba con volar y empezaba a hacer sus primeros aviones. Se llamaba Antoine, tenía tres hermanos y se quedó huérfano de padre a los cuatro años. Era tan soñador como aventurero. Le gustaba leer, viajar con la imaginación, escuchar historias y adentrarse en los castillos. Quería ser piloto. Tenía el pelo rubio y su familia –que pertenecía a la nobleza: sus padres eran condes- lo llamaba el Rey del Sol. Adquirió un hábito infrecuente: despertaba a los suyos para leerles sus últimos poemas.

Muy pronto quiso fabricar su propia nave; como había hecho Clement Ader, que había construido un avión a vapor en 1890, se alzó del suelo pero no voló; como harían Orville y Wilbur Wright en Carolina del Norte en 1903. O Louis Blérito en 1909, que «fue el primero en volar de Francia a Inglaterra». Le gustaba mucho la bicicleta; con doce años, le añadió unas sábanas sujetas con varas de mimbre para que se elevase, sin fortuna. No le importó: tarde o temprano sería piloto. Casi todos los días iba pedaleando hasta el aeródromo donde se probaban los aparatos. Un día un joven piloto lo dejó ir en su aeroplano. Se dio cuenta de que le encantaba el cielo, sería un coleccionista de estrellas, y que le gustaba mucho mirar abajo. Dicen que Antoine no pensaba más que en volar.

Se matriculó en Arquitectura, pidió que lo mandasen a aviación en el servicio militar, pero no lo logró. Su madre acabó pagándole clases particulares con instructores de vuelo para aprender a pilotar (surcará el aire en un Farman F-40 y en un Soptwith), y antes de conseguir su primer trabajo de mecánico en una empresa de correo aéreo, viviría diversas peripecias: se estrellaría en mayo de 1923 con un compañero, y saldría ileso, y llevaría pasajeros que querían gozar de una vista panorámica e inolvidable de París. Era feliz. Y lo sería más cuando un editor oyó sus aventuras y le pidió que las escribiera: así nacería su primer libro, ‘El aviador’ (1925), al que seguirían otros como ‘Correo del Sur’, ‘Vuelo nocturno’, ‘Piloto de guerra’, ‘Ciudadela’, etc., por los que recibió importantes galardones.

Después de trabajar de mecánico asumiría un hermoso cometido: transportar, en solitario, el correo de Francia a España. Luego también lo haría por casi toda Europa y por parte de África Occidental. Sus sueños empezaban a cumplirse con un sinfín de anécdotas, de accidentes, de viajes temerarios y de aterrizajes forzosos, como el que sufrió en el Sáhara, con un compañero: anduvieron por el desierto unos días, víctimas de las alucinaciones, hasta que los encontraron los beduinos. En realidad, ya entonces vivía de milagro. Uno de los episodios más fascinantes de su biografía lo vivió en el aeródromo de Cabo Juby (al sur de Marruecos, en el Sáhara occidental), del que era responsable: habitaba una choza de madera, se rodeó de animales salvajes que domesticaba y convertía en sus mascotas. Tenía una jarra, una palangana, bastantes libros y un gramófono. Una vez al mes recibía provisiones de Canarias y rescataba a aviadores que habían sido derribados. Por su sentido de la conciliación, lo llamaban Capitán de los pájaros.

Así, en forma de cuento, el escritor, cineasta y dibujante Peter Sís (Brno, Checoslovaquia, 1949) aborda ‘El piloto y el Principito. La vida de Antoine de Saint-Exupéry’ (Sexto Piso. Traducción de Raquel Vicedo), que tiene diversos niveles de lectura: uno, sencillo, para los más pequeños, y otro, lleno de matices y de curiosidades, para todos los públicos. Lo que impresiona es la parte gráfica o visual: la puesta en escena, los cielos estrellados, los desiertos, los mapas del mundo, los objetos, la soledad de los accidentes, la superficie esmeralda del mar o el modo de explicar cómo su avión planea por un cielo de fuego mientras abajo avanzan los bombarderos nazis. Exúpery también estuvo en la guerra civil española.

Peter Sís, que recibió el premio Hans Christian Andersen de 2012 y firmó en Sexto Piso el ‘El coloquio de los pájaros’ (2012), nos recuerda en pequeños dibujos de contexto la trayectoria de Saint-Exupéry, la letra menuda de una vida apasionante, sus amigos (especialmente Guillaumet y Leon Werth, a quien le dedicará ‘El Principito’), las dificultades que tenía para acomodarse en la cabina, donde escribía y leía, porque medía 1.88, y nos dice que se casó con la escritora y pintora Consuelo Gómez Carrillo (1901-1979), en 1931; sería ella quien le inspiraría la rosa de ‘El Principito’.

Ese libro se publicó en abril de 1943, en francés e inglés. Lo redactó en un tiempo de crisis (en su país habían sido cuestionados su amor a Francia y su valentía por el propio De Gaulle) y ha vendido más de 145 millones de ejemplares. Peter Sís dice: «Compró una pequeña caja de acuarelas y empezó a trabajar en un libro ilustrado sobre un niño de pelo dorado». Desapareció un 31 de julio de 1944, tras despegar de Borgo (Córcega) en un Lockheed P-38 Lightning, con el fin de controlar las posiciones de los nazis, que habían invadido su país en 1940. Peter Sís concluye: «Era un hermoso día (...) Puede que Antoine encontrara su propio planeta reluciente cerca de las estrellas». Han pasado 70 años y era, como ahora, verano.

 

el anecdotario

Olé tus libros. La vida de Saint-Exúpery sigue envuelta en la leyenda. Varias personas, desde 1998 hasta ahora, hallaron pertenencias del escritor y del avión que pilotaba en Marsella. Incluso ha habido varios militares (como Robert Heichele y Horst Ripper) que han dicho que lo habían derribado. En cualquier caso, ‘El Principito’ es uno de esos libros especiales que busca respuestas, que habla del sueño y de la imaginación, del amor y de la amistad y que sigue conquistando lectores. En Zaragoza existe una librería, Olé tus libros, cuyos dueños, María Jesús y Víctor, sienten auténtica veneración por el volumen. Tienen ejemplares en todos los idiomas. Han hecho una nueva edición en formato cuadrado y le han encargado las ilustraciones a Juan Bauty, que ha hecho interpretación muy personal, con mucho color.

 

 

*Ilustración de Peter Sís. El texto se publica hoy en Heraldo de Aragón.

 

DONOSO, WACQUEZ, AYÉN Y EL BOOM

[A PLENO SOL. Xavi Ayén (Barcelona, 1969) ha publicado uno de los libros del verano: ‘Aquellos años del boom’ (RBA. Pemio Gaziel, 2013), donde narra las conexiones de autores como García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa con Barcelona, pero también con la localidad turolense, donde vivió y creó José Donoso.]

 

 

Donoso en la ONU de Calaceite

 

Sergio Vila-Sanjuán, escritor y crítico especializado en novela negra y best-seller, asegura que ‘Aquellos años del boom. García Márquez, Vargas Llosa y el grupo de amigos que lo cambiaron todo’ (RBA, 2014) de Xavi Ayén (Barcelona, 1969) es “el mejor libro de periodismo cultural que se ha escrito en España”. Sabe bien de lo que habla el premio Nadal-2012 y director de ‘Culturas’ de ‘La Vanguardia’: entre otras cosas fue alumno de aquellos talleres literarios, muy creativos y de mucho debate, que impartía José Donoso en Sitges en los años 70, poco después de haber vivido en Calaceite. A los años de Calaceite dedica Xavi Ayén un intenso capítulo sobre las ramificaciones del Boom –eso que se conoce como la explosión universal de las letras latinoamericanas y del realismo mágico a través de figuras como Borges, Rulfo, Cortázar, Sábato, García Márquez, Vargas Llosa...- en la localidad del Matarraña: allí vivió y escribió casi cuatro años, entre 1971y 1975, el autor de ‘Tres novelitas burguesas’, ‘Casa de campo’ y ‘El obsceno pájaro de la noche’ con su mujer María Pilar Serrano y allí viviría años después, y moriría de sida, el escritor y traductor Mauricio Wacquez, todo un personaje, como se ve en el capítulo ‘José Donoso y el jardín de la neurosis’.

De Vargas Llosa, “su gran amigo barcelonés”, es una frase antológica: “Donoso cultivaba su neurosis como otros cultivaban su jardín. Diría, asimismo, que su mujer también se dedicaba a abonar las neurosis de su marido”. Ayén, entre otros datos, dice que el novelista es “ciclotímico abrupto” y los Donoso son “enfermos pero también hipocondríacos (...) El punto débil de José era el estómago y el de María Pilar era el útero (...) La úlcera del escritor ha venido martirizándolo desde finales de los años cincuenta”. Ella intentará apoyarse en Mercedes Barcha, la esposa de García Márquez, para acudir a los médicos; él se alía con la agente literaria Carmen Balcells, de la que siempre recelaba. Quizá aquí conviene recordar una frase de Rosa Regàs: “Donoso era torturado, como sus novelas”.

Si algo queda claro en este libro minucioso, lleno de detalles, de personajes, de títulos y de incidencias humanas y literarias, es que José Donoso (1924-1996), que había dado clases en Estados Unidos, es uno de sus personajes más complejos: complejo, atormentado, acaso postergado, invadido de demonios, y uno de ellos era, sin duda, su homosexualidad. De esa pulsión, que se había revelado en varias ocasiones, derivada una sensación de dolor, de desgarro y de clandestinidad; en sus diarios habla de ello y Ayén dice que le contó a su esposa sus inclinaciones antes de casarse.

Escribe el periodista y crítico: “Un día de 1971 Donoso se desplazó por primera vez al ignoto pueblo de Calaceite, en la comarca aragonesa del Matarraña, fronteriza entre Teruel y Tarragona. Iba a visitar a su traductor al francés, el elegante y acaudalado Didier Coste, quien trabajaba para Gallimard”. Donoso quería comentarle algunas dudas de su novela ‘El obsceno pájaro de la noche’ (1970); el novelista iría varias veces a la localidad, “entre viñas y olivares, “de casas de piedra, congelado en el siglo XVII”. Y, junto a Didier Coste, que lleva una cuidada barba de pocos días y luce pajarita, acabará enamorándose del pueblo”.

Donoso y su mujer compraron tres casas por 100.000 pesetas (600 euros), “ruinosas y contiguas”, y se instalaron allí, donde vivirían entre 1972 y 1976 porque reducían sus gastos a “una décima parte”. Dice Ayén: “El jefe de obras es el alemán afincado en el pueblo Klaus Wagner, que también reconstruirá más tarde las casas de la periodista Elsa Arana y del escritor Mauricio Wacquez”. Ayén cuenta otros detalles como algunos recelos “entre carpetovetónicos y xenófobos” que padeció Donoso. Lo eligieron un año pregonero de las fieras de Santa Espina y fue insultado por algunos paisanos: tuvo que oír “comunista”, “rojo” y “lárgate”, entre otras lindezas, y se hablaba de que era enemigo de Pinochet. Entre sus amigos se hizo famosa su casa, y especialmente su jardín. Donoso atrajo a los medios de comunicación al lugar que se convertiría muy pronto en “el Cadaqués de secano” y otros intelectuales y artistas empezaron a comprar casas allí. En sus diversas hornadas, Ayén recuerda al grafista suizo Yves Zimmermann y su esposa Vigna Kuoni, a Luis Buñuel, que iba mucho e intentó adaptar la novela de Donoso ‘El lugar sin límites’, al poeta y editor Antoni Marí, a los pintores Ràfols-Casamada y María Girona, a la historiadora del arte Natacha Seseña, al editor Gustavo Gili y por supuesto a los poetas y profesores Ángel Crespo y Pilar Gómez Bedate. El “bullicio cosmopolita” acentuaba los rumores: Calaceite parecía la ONU, como dijo un vecino. “Se recuerda –dice Xavi Ayén- el paso por el pueblo del actor Pablo Rabal y de Carlos Fuentes, Juan Benet, Luis Goytisolo, Carlos Barral (su prima, la pianista Isabel Rocha Barral, también cuenta con casa allí), Gabriel García Márquez, Jorge Edwards, Luis Rosales, Ana María Moix, Colita...” No figura en esta enumeración Vargas Llosa, pero sus hijos también iban y María Pilar Donoso jugaban con ellos y “hasta bromeaba con casarse, de mayor, con algunos de ellos”.

En la pareja Donoso-Serrano y Pilarcita había demasiadas sombras, como contó la joven en su novela ‘Correr el tupido velo’ (Alfaguara, 2010), donde desveló muchos secretos de familia y la tensión entre sus padres. El libro le costó el divorcio y finalmente el suicidio. Al parecer, José Donoso regresó a Calaceite en 1996 a casa de Mauricio Wacquez, de quien había estado enamorado al menos platónicamente. Ayén dice que “le recuerdan andando despacito, arrastrando los pies, con la cara blanca como la cera y su figura de extrema delgadez”. Poco después moriría “el personaje más trágico del boom”.

 

EL ANECDOTARIO

 

Memoria de Wacquez. Para Xavi Ayén, el escritor y traductor Mauricio Wacquez (1939-2000) fue la otra gran figura de Calaceite. Un hombre histriónico, vitalista, arrollador, que vivía con su compañero Francesc, químico, que murió mientras enterraban al autor chileno. Ambos fallecieron de sida, como recuerda Ayén en su excepcional trabajo de 876 páginas. Natacha Seseña dice que gesticulaba como Dalí, que era muy aparatoso. Y el Premio Cervantes Jorge Edwards, que frecuentó la localidad, dice: “Frente a la austeridad donosiana, a su mueca de duda, a su sentido de los límites, Wacquez representaba el sentido de la alegría, la euforia contagiosa, una risa que estallaba y que parecía que se desgranaba escaleras abajo por gradas de piedra redondeadas en inviernos interminables”.

-La foto 1: https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-95ab58d72ada665254b9bdaedcc40ffa.jpg

-La foto 2: https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-5f7293356bcdddf906d0a6bb6c911433.jpg

-La foto 3: https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-4d7e49fd913b386cc11319e4bd6ef60f.jpg