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Antón Castro

ALBERT CAMUS, POR JORDI NADAL

ALBERT CAMUS, POR JORDI NADAL

[El editor comparte este nota emotiva con dos buenos amigos suyos: Sergio Vila-anjuán y yo. La traigo aquí porque los tres compartimos esta pasión por Albert Camus, al que ha editado Jordi en Plataforma. Es un texto íntimo y especial.]

 

RECUERDO DE ALBERT CAMUS

 

Por Jordi NADAL

 

Hace unos días estuve en Lourmarin, el pequeño pueblo en el Luberon, en la provenza,  en la que Albert Camus se compró una casa tras ganar el Nobel, en 1957.

Su hija y su secretario me mostraron la casa, el balcón de la terraza, el cielo, inmenso, y los árboles en el horizonte.

Y, sobretodo, su secretario, Alex, me mostró el atril de madera en el que Camus escribió EL PRIMER HOMBRE, una de las novelas más impresionantes que he leído en mi vida,

Puse el pañuelo de mecánico de mi padre en el atril, y estuvieron, juntos, el lugar donde estaban las manos de Camus y las de mi padre. 

Del mismo modo que toqué su tumba, y puse el pañuelo de mi padre, porque lo llevo siempre en el bolsillo, y lo es todo para mí, en cierto modo.

Al tocar el atril, me puse a llorar.

La hija me invitó a estar más rato, a pasar otro día, pero le dije que no podía, que tenía una sobrecarga emocional

Alex me mostró una carta manuscrita del gran poeta y miembro de la resistencia, y amigo de Camus, René Char, que decía animando a los guerrilleros resistentes a los alemanes durante la ocupación alemana, algo así como "El enemigo os teme, no debéis decepcionarles…"  Y dos líneas más que eran pura maravilla y energía

Me fui, arropado de emoción

 Y fui, por un momento, un hombre libre, feliz, solo y acompañado en la tierra.

 

*La foto de Albert Camus es de Loomis Dean.

 

PAUL VALÉRY: EL AMOR Y EL MAR

PAUL VALÉRY: EL AMOR Y EL MAR

A PLENO SOL. Ha pasado a la historia por libros como ‘El cementerio marino’, poema inspirado en el impresionante camposanto de Sète, por ‘La joven para’ o los pensamientos de Monsieur Teste. Además, este maestro de la poesía pura vivió algunas inolvidables historias de amor.

 

Paul Valéry: el amor y el mar

 

Paul Valéry (Sète, 1871-París, 1945) es uno de los grandes hombres de letras del siglo XX. Poeta, ensayista, pensador y crítico literario, Valéry es, ante todo, el autor de ‘El cementerio marino’ (1920), un breve poema de 144 versos y 24 estrofas en el que glosa, en clave simbólica, su propia vida, su percepción del mar y las claves de su lírica. Describe un escenario impresionante: un camposanto de piedra, cipreses y gaviotas que mira el mar en Sète, Francia. Antes ese espacio se llamaba ‘Mare Nostrum’; en cuanto apareció el libro, el recinto pasó a ser denominado ‘El cementerio marino’ y se convirtió en una atracción de la ciudad: entre otros, en él reposan el citado Paul Valery, en una modesta y abandonada tumba, el dramaturgo Jean Vilar, autor de ‘Memento’, y el cineasta Henri Colpi (1921-2006), que se definía amigo de Georges Brassens (que nació en Sète y descansa en el otro cementerio, como se advierte aquí) y admirador incondicional de Valéry; recuerda su lápida que ganó la Palma de Oro del Cannes de 1961 y que siempre hizo películas de amor.

El amor fue decisivo en la vida de Paul Valery: perdió la cabeza por varias mujeres, más o menos en secreto, a la vez que mantenía una relación estable con su esposa Jeannie Gobillard. De niño quiso ser marino y se imaginaba capitán de navíos y aventurero. Y así lo reflejaba en sus primeros versos. Sin embargo, no llegó a ingresar en la Escuela Naval como era su deseo, ni en la de Sète ni en la de Montpellier, adonde iría a vivir a partir de 1884. La pintura y el dibujo y, sobre todo, la literatura se imponían a cualquier otro objetivo. Mostró interés por las altas matemáticas e intentó sacar adelante sus cursos de Derecho. Hacia 1890 conoció a Pierre Louys y más tarde a André Gide, y se convertirían en sus grandes amigos. Louys le envió el libro ‘Herodías’ de Stephane Mallarmé, que sería toda una revelación. Lo iría a visitar en varias ocasiones; la última poco antes de su muerte. A Paul Valéry siempre se le consideró el discípulo del poeta simbolista, lo editó y lo estudió, y el maestro de la poesía pura; con él compartía la pasión por Edgar Allan Poe y quizá otro rasgo: ambos buscaban la obra perfecta pero no tenían prisa ni ansiedad en encontrarla.

Uno de los hechos claves en la vida de Valéry fue la que se denomina ‘Noche de Génova’ en 1892. Vio caminar a una joven hermosa y esbelta, catalana, y quedó hipnotizado. O subyugado. Experimentó algo más intenso y extraño que el amor a primera vista. Quedó conmocionado: nunca había visto una criatura tan espectacular. De golpe, su vida anterior perdía su sentido. El poeta diría que vivió su “noche mística bajo el signo de la nada”; fue, dicho sea de paso, una noche de relámpagos. Quizá no se recuperase del todo de la impresión; algunos años después, desesperado de nuevo, preparó una soga para suicidarse, pero al final logró huir de la muerte. Con muchos amigos en las artes y las letras, gracias a Edgar Degas conoció a su futura esposa: Jeannie Gobillard. Se casarían en 1890 y tendrían dos hijas y un hijo. En ese instante, Valéry, que había sido periodista y oficinista entre otros empeños, alcanzó la estabilidad laboral.

Prácticamente entonces iniciaría la redacción de su sólida obra: en 1906 publicó ‘La velada de Monsieur Teste’ (en Zaragoza la ha editado Manuel Forega), ‘La joven parca’ (1917) o el ya citado ‘El cementerio marino’. Se convirtió en el poeta mejor valorado de Francia. En 1921 conoció a la escritora Catherine Pozzi –amiga de Rainer Maria Rilke o Marcel Schwob- y vivieron un intenso amor que iba a durar hasta 1928. Ella lo consideraba el amante, el maestro, “hasta el mismísimo Dios”. Se intercambiaron muchas cartas –el cursó alrededor de 950, ella más de 300- que serían quemadas ante notario, pero gracias a los ‘Diarios’ de ella y a los ‘Cahiers’ de él se han recuperado unas 300 que integran el libro ‘La Flamme et la Cendre’ (La llama y la ceniza. Gallimard, 2011). Cartas de amor, de dolor, de odio y de acusación de plagio: Catherine Pozzi publicaría la novela breve ‘Agnes’ (acaba de traducirla en España el sello Periférica), pero antes le dijo a Valéry que se la había copiado en uno de sus textos. Él le contestó: “Usted era la salvación, así como ahora es la perdición”.

La fama de Valery no hizo más que crecer. En 1925 entró en la Academia Francesa y firmó nuevos libros como ‘Melange’ (1924 y 1928), ‘Mi Fausto’ (1928) o sus impresionantes ‘Cahiers’ (Cuadernos): redactó más de 200, varios miles de páginas, llenos de dibujos, de fotos, de poemas. A Valéry aún le quedaba por vivir una nueva historia de pasión clandestina con la escritora Jeanne Loviton, cuya correspondencia acaba de aparecer en el sello Gallimard.  Jeanne Loviton era escritora y se hacía llamar Jean Voilier. El poeta la llamaba “querido” (para disimular), “pichoncito mío” o “querida amiga”. La aventura duró desde 1938 hasta dos meses antes de la muerte de Valéry en julio de 1945: ella le anunció que iba a casarse con otro escritor, Robert Denöel, y él no pudo soportarlo. Le había dedicado muchos poemas de amor. “Un hombre solo siempre está en mala compañía”, había escrito una vez. Murió en París pero lo enterraron en su ciudad. En el cementerio marino de Sète no siempre está solo: una mano caritativa, de tarde en tarde, le deja una piedra sobre la tumba. Alguien ha oído, en la canción de la brisa, una frase el poeta: “He nacido, y descanso para siempre, en uno de los lugares donde me habría gustado nacer”. Sète: la poesía del oleaje.

 

 

EL ANECDOTARIO

 

Barcos de España. Al lado del cementerio marino de Sète está el Museo Paul Valéry. Estos días hay una gran exposición de Joan Miró y el espacio se llena. Los niños se sientan en el suelo e intentan esclarecer que hay detrás de un cuadro que se llama ‘Personaje y pájaro’. En la primera planta está el espacio dedicado al poeta: se muestran sus manuscritos, sus cartas, sus dibujos y acuarelas y óleos, las esculturas que les hizo a amigos como Edgar Degas o André Gide. En el interior de una vitrina se ve una carta que Valéry dirigió a un amigo español, el periodista José María Junoy, que le hizo una reseña de su libro ‘La joven parca’ en Barcelona en 1918. Le agradecía la lectura y los elogios, y le decía que “leía un poco en español”. Añade: “Mi infancia transcurrió viendo llegar los barcos que procedían de España con su carga”.

 

MUSEO DEL ROMANTICISMO

MUSEO DEL ROMANTICISMO

Museo del Romanticismo

 

Fue el finado Enrique Asín, el hombre que creó aquí un Museo Taurino y escribió de los tristes destinos del diestro Florentino Ballesteros, quien me habló por primera vez de las joyas del Museo del Romanticismo. Decía que él, durante una estancia juvenil en Madrid, iba a menudo. Le encantaban el palacio y su universo: la escalera, los salones y cámaras, el oratorio, las alcobas; le gustaban la espléndida pinoteca, la exaltación de una historia cultural y el aroma de nostalgia. Le debía una visita: ahora se expone allí en PhotoEspaña la obra de un fotógrafo pictorialista de Sabadell, Joan Vilatobà (1878-1954), vinculado con Aragón: maestro del paisaje, del retrato y de la composición, en 1908 recibió la Medalla de Oro en la Exposición Hispano-Francesa. Por fetichismo, me conmovió ver en una copia trabajada por el artista de una de sus fotos más conocidas y estremecedoras, ‘En qué lugar del cielo te encontraré’ (1903-1904), que expresa el dolor del anciano artista que pierde a su joven musa o enamorada. La obra de Vilatobà explora las regiones del sueño, de la sensualidad y del erotismo. Cuando entras en el palacio, que concibió el arquitecto restaurador Vega-Inclán y que se inauguró en 1924, es como si se realizase una inmersión en otro tiempo a través del mobiliario, la pintura, las estampas, las miniaturas, la fotografía, las artes decorativas y un sinfín de elementos de escribanía, juguetes, armas, etc. Es muy aleccionador hallarse con el famoso retrato de Mariano José de Larra, realizado por José Gutiérrez de la Vega en 1835; a su lado, como en un acto de justicia poética que burla a la muerte, está el retrato de su amada Dolores Armijo. Hay varios cuadros de Valeriano Domínguez Bécquer, que se sintió un habitante más del Moncayo, un busto de Ponciano Ponzano, piezas del coleccionista, viajero y pintor oscense Valentín Carderera y algo inesperado: el retrato que Federico de Madrazo le hizo en 1873 a Pablo Gonzalvo, pintor aragonés de perspectivas y de paisaje urbano. En la sala XX, la del soberbio autorretrato de Antonio Esquivel, el amigo de José Martí, desde lo alto, parece un perfecto héroe romántico. 

*El cuadro de Pablo Gonzalvo de Federico de Madrazo.

PACO BRINES: DOS POEMAS

PACO BRINES: DOS POEMAS

En el año 1971, el poeta valenciano Francisco  Brines publicaba ‘Aún no’, dedicado al poeta y estudioso Carlos Bousoño. Años después, entre otras publicaciones, Tusquets publicaba ‘Ensayo de una despedida. Poesía completa (1960-1997), han pasado casi veinte años. Ahí encuentro este poema de aquel poemario.

 

CUANDO AÚN SOY LA VIDA

 

[A Jorge Justo Padrón]

 

La vida me rodea, como en aquellos años

ya perdidos, con el mismo esplendor

de un mundo eterno. La rosa cuchillada

de la mar, las derribadas luces

de los huertos, el fragor de las palomas

en el aire, la vida en torno a mí,

cuando yo aún soy la vida.

Con el mismo esplendor, y envejecidos ojos,

y un amor fatigado.

 

¿Cuál será la esperanza? Vivir aún;

y amar, mientras se agota el corazón,

un mundo fiel, aunque perecedero.

Amar el sueño roto de la vida

y, aunque no pudo ser, no maldecir

aquel antiguo engaño de lo eterno.

Y el pecho se consuela, porque sabe

que el mundo pudo ser una bella verdad.

 

DE ‘EL OTOÑO DE LAS ROSAS’, quizá su poemario más conocido, es este texto.

 

HUERTO EN MARRAKECH

 

¿Te acuerdas de aquel sur en el rojo verano?

Entré en la breve noche para gozar de tu huerto:

rincón de madreselva, dos pequeños naranjos,

y aquel jazmín tan negro, de tanto olor, rodando

la falda del ciprés que sube al cielo.

Bañó el árbol la luna, y se mojó mi boca.

Y qué cansados luego las aguas y las rosas,

el ciprés, los naranjos, el ladrón de aquel huerto.

Y todo fue furtivo: el alba, luego el sueño.

 

 

*En la foto una obra de Georges Dambier tomada en Mallorca en 1958.

VILA-MATAS, PREMIO FORMENTOR

VILA-MATAS, PREMIO FORMENTOR

Enrique Vila-Matas ha recibido el Premio Formentor de las Letras 2014

El acto de entrega se celebra ayer sábado en el Hotel Barceló Formentor con la presencia de cerca de 300 invitados

 

El escritor Enrique Vila-Matas recibe ayer el Premio Formentor de las Letras 2014 en reconocimiento al conjunto literario de su obra. Simón Pedro Barceló y Marta Buadas, representantes de las familias patrocinadoras del premio, entregarán el galardón, dotado con 50.000€, en un acto con la presencia de cerca de 300 invitados.El Premio Formentor de las Letras se convoca para reconocer el conjunto de la obra narrativa de aquellos escritores cuya trayectoria prolonga la gran tradición literaria europea, siendo su principal objetivo contribuir a consolidar y reconocer la posición de los autores que han sabido mantener su esencia literaria. El Premio se recuperó en 2011 con motivo de su cincuenta aniversario y en sus tres últimas ediciones lo han recibido Javier Marías (2013), Juan Goytisolo (2012) y Carlos Fuentes (2011). El galardón está patrocinado por la familia Barceló, propietaria del Hotel Barceló Formentor, y la familia Buadas.Un premio a toda la carreraEl jurado de los Premios Formentor, presidido por Basilio Baltasar y formado por Cristina Fernández Cubas, Eduardo Lago, Aurelio Major e Ignacio Vidal-Folch, ha reconocido por unanimidad los méritos de la obra Enrique Vila-Matas subrayando “la elegancia literaria con que Vila-Matas ha renovado los horizontes de la novela, dándole un ímpetu creativo que la ha situado de nuevo como gran crisol de las influencias, las voces e inspiraciones de nuestra cultura”.

Según el acta redactada por el jurado, “Vila-Matas ha desmentido con su prolífica obra narrativa la supuesta decadencia de un género que sigue mostrándose como el más eficaz relato de la conciencia contemporánea. Los procedimientos narrativos inventados por el autor catalán han supuesto una enérgica contribución al vigor de la literatura escrita en español y ha sido reconocida en Europa y Estados Unidos como una de las más significadas creaciones literarias de nuestro país”.“El autor de obras tan destacadas en la reciente historia de nuestra literatura, como La asesina ilustrada, Historia abreviada de la literatura portátil, Hijos sin hijos, Bartleby y compañía, El mal de Montano, Doctor Pasavento, Dublinesca, Aire de Dylan o Kassel no invita a la lógica, ha sostenido un empeño coherente que adquirió desde sus primeras creaciones en la década de los setenta una voz propia e inconfundible. Un estilo personal que ha seducido a lectores europeos y americanos, entusiasmados por una imaginación que difumina las fronteras entre realidad y ficción, autor y personaje, lectura y vida”, según continúa el acta del premio.

Uno de los méritos del autor que los miembros del jurado quieren destacar es “el modo en que ha sabido abordar asuntos conflictivos y angustiosos de nuestro tiempo con una destreza literaria que ha hecho del ingenio, el humor y el espíritu lúdico un reconfortante punto de vista. Un estilo narrativo pero también una certeza filosófica que restaura la soberanía del individuo como eje moral de una existencia destinada a la plenitud, la inteligencia y el desenfado”.

Según recoge el acta del jurado, “Enrique Vila-Matas es además uno de los pocos autores españoles adoptados por el público joven latinoamericano, que ha reconocido en su obra cosmopolita la negación de unas fronteras que parecían insuperables. La complicidad y simpatía con que ha sido recibida confirma el territorio estético y lingüístico inaugurado por su narrativa: un relato abierto a la imaginación libre de restricciones costumbristas y fertilizado por el incesante acontecimiento artístico contemporáneo y por las tradiciones literarias que le han precedido”.

“La absorción de autores y obras desapercibidas en nuestra memoria cultural, la perspicaz integración de olvidadas contribuciones literarias, han hecho de la obra de Vila-Matas una polifonía que da a la figura del autor un nuevo significado: creador de formas narrativas inesperadas pero también heraldo de lo que había sido olvidado por la perezosa amnesia de nuestro tiempo”, añaden los miembros del jurado.El acta concluye que “la lectura de la originalísima obra de Vila Matas es también la lectura de una tradición felizmente entregada a la innovación que sólo pueden llevar a cabo los grandes creadores”.

 

Sobre Enrique Vila-Matas

Nació en Barcelona en 1948. De su obra narrativa destacan Historia abreviada de la literatura portátil, Suicidios ejemplares, Hijos sin hijos, Bartleby y compañía, El mal de Montano (Seix Barral, 2012), Doctor Pasavento, Exploradores del abismo, Dietario voluble, Dublinesca (Seix Barral, 2010), Chet Baker piensa en su arte y Aire de Dylan (Seix Barral, 2012). Entre sus libros de ensayos literarios encontramos Para acabar con los números redondos, Desde la ciudad nerviosa, Aunque no entendamos nada, El viento ligero en Parma, Perder teorías (Seix Barral, 2010) y El viajero más lento. El arte de no terminar nada (Seix Barral, 2011). Traducido a 32 idiomas, ha obtenido un amplio reconocimiento internacional y ha recibido, entre otros, el Premio Nacional de la Crítica, el de la Real Academia Española, el Ciutat de Barcelona, el Herralde de Novela, el Fundación Lara, el Leteo, el Argital, el del Círculo de Críticos de Chile, el Meilleur Livre Étranger, el Fernando Aguirre-Libralire, el Médicis- Roman Étranger, el Jean Carrière, el Ennio Flaiano, el Elsa Morante, el Mondello, el Bottari Lattes Grinzaine y el Gregor von Rezzori. Es chevalier de la Legión de Honor francesa, pertenece a la Orden de Caballeros del Finnegans, y es rector (desconocido) de la Universidad Desconocida de Nueva York (McNally Jackson).

www.enriquevilamatas.com

 

El Premio Formentor

El Premio Formentor de las Letras reconoce el conjunto de la obra narrativa de aquellos escritores cuya trayectoria prolonga la gran tradición literaria europea. En su primera etapa (1961/1967), el Premio Formentor fue impulsado por diferentes editores europeos (Carlos Barral, Antoine Gallimard, Einaudi…). Desde 2011, con motivo de su cincuenta aniversario, se vuelve a conceder este prestigioso premio que en las tres recientes ediciones ha recaído en Carlos Fuentes (2011), Juan Goytisolo (2012) y Javier Marías (2013). El premio Formentor está dotado con cincuenta mil euros, y cuenta con el patrocinio de los propietarios del hotel, la familia Barceló, y la familia Buadas.Durante los años 60, Formentor fue una referencia para la vanguardia de la edición europea y uno de los foros literarios más importantes y famosos. Durante varios años, se reunieron a los máximos exponentes de la literatura de la época en tertulias, encuentros y debates recreando una atmósfera singular que atrajo la mirada y la atención de algunos de los nombres propios sin los que hoy no se podría entender la historia de la cultura. Entre los anteriores galardonados se encuentran, entre otros, Samuel Beckett, Jorge Luis Borges, Juan García Hortelano, Jorge Semprún, Saul Bellow y Witold Gombrovicz.

 

*Por cortesía de Basilio Baltasar y su equipo de comunicación con Elisa Álvarez Víctor. La ilustración es de Luis Grañena.

LUIS BELLÓ, EL MAGNÍFICO

[A PLENO SOL. Los Magníficos inauguraron, en junio de 1964, el palmarés de títulos del Real Zaragoza. El equipo empezaba en Yarza y concluía en Lapetra: jugaba de maravilla. Y tuvo un entrenador cercano y sabio que había sido futbolista del club. Formó, con Samu, “la media de seda”.] El texto sale hoy en papel y en Heraldo.es. Y es el último de esta sección que se inauguró el pasado 20 de julio.

 

El magnífico Luis Belló

Luis Belló (Cieza, Murcia, 1929) es un caso excepcional en la historia del Real Zaragoza. Desde muy joven sintió la llamada del fútbol. Empezó a destacar ya en infantiles, confirmó su clase y elegancia en los juveniles de su localidad, y recibió la llamada del Albacete para jugar en Tercera División. Estuvo dos temporadas y reclamó la atención del Barcelona y del Sevilla. Su hermano Francisco –que pertenece a esa larga nómina de ciezanos que también han  jugado en Primera División- le recomendó que se viniese con él a Zaragoza, donde llevaba dos campañas. Coincidió que esa temporada, tras la victoria inesperada de Uruguay en el Mundial de Brasil-1950, el club presidido por el doctor Abril incorporó a dos internacionales como Rosendo Hernández y Pepe Gonzalvo (Gonzalvo II) y les firmó un contrato de un millón de pesetas (6.000 euros), y seguía contando con su primer extranjero, el excéntrico jugador argentino Valdivielso. Con muchos apuros, el equipo de los Millonarios quedó subcampeón de Segunda División; se jugó el ascenso y logró su objetivo. ‘El catedrático’ Luis Belló fue decisivo: era un futbolista refinado e inteligente, técnico y con buen remate. Aquel año marcó diez tantos, dos de ellos al Huesca.

El Real Zaragoza iba a vivir dos intensas temporadas en la máxima categoría. La primera, 1951-1952, la solventó bajo la dirección de Juanito Ruiz, reemplazado luego por el húngaro Berkessy; Belló y el delantero Savi fueron convocados para jugar con la selección nacional B. El futbolista ciezano formaría “la media de seda” con el húngaro José Samu. Este le decía a Ángel Aznar en ‘El largo camino hasta la Recopa’ (1995): “éramos dos jugadores distintos totalmente pero que nos complementábamos muy bien. Bello era fino, muy cerebral, muy técnico y yo era duro, muy rápido, combativo y con una gran resistencia”. En la campaña siguiente pasó de todo: llegó un nuevo preparador como Domingo Balmanyá y el club quedó último. Luis Belló tenía ofertas del Real Madrid y del Atlético, y acabó yéndose con los colchoneros. Como había sufrido una lesión, la misma que le alejó Di Stéfano y compañía, fue cedido al Hércules, donde permaneció tres años. Y completó otro más en el Alicante, antes de retirarse joven.

Se sacó el carné de entrenador nacional con el número uno. No tardaría en vincularse al Zaragoza de nuevo. El equipo había regresado a la  máxima categoría, estrenara en septiembre de 1957 La Romareda, había ido incorporando a grandes futbolistas –Murillo, Seminario, Torres, Yarza, el malogrado Benítez, Marcelino, Lapetra, Reija, Violeta, Canario, Villa...- y había contado con importantes entrenadores como César o Antonio Ramallets. A este no acababan de irle bien las cosas en la campaña 1963-1964, y fue despedido en mayo. Con todo, el Real Zaragoza estaba vivo en dos frentes: en la Copa del Generalísimo y en la de Ferias. El sustituto fue Luis o Luisito Belló, un profesional de apenas 35 años que se distinguía por sus buenos modales, el conocimiento del fútbol y su mano izquierda. Conocía muy bien la atmósfera del club e intuyó que, por primera vez en la historia, aquellos futbolistas de terciopelo y de sacrificio aspiraban a la gloria. Cercano y paternal, le sugirió a Carlos Lapetra, la estrella del conjunto, un leve cambio: que retrasase su posición a la zona del interior izquierdo, y que dirigiese desde allí el ataque. Se convertiría en “el arquitecto de la zona ancha”. Aquel Zaragoza era equilibrado en todas sus líneas: tenía un plan de juego, ambición, entrega; poseía, una concepción brillante de la táctica y del despliegue que abrazaba, casi por igual, intensidad, armonía y deslumbramiento.

Se plantó en dos finales: en la Copa de Ferias, en el Nou Camp, un 24 de junio, ante el Valencia. Los blanquillos vistieron ese día de rojo y azul y ganaron 2-1 a la escuadra de Paquito, Roberto, Guillot y Waldo. El Zaragoza formó con uno de esos equipos que los niños sabían de memoria con su peculiar ritmo: Yarza; Cortizo, Santamaría, Reija; Isasi, Pepín; Canario, Duca, Marcelino, Villa y Lapetra. Luis Belló contaba una anécdota muy curiosa, vinculada con Marcelino: España había vencido en la Eurocopa a Rusia tres días antes y él había marcado el 2-1 a Yashin de un cabezazo increíble a centro de Pereda. Se había convertido en el héroe nacional y todos querían estar con él, incluido el Marqués de Villaverde que lo llevó a su hospital. Los zaragocistas estaban concentrados en su hotel y él no llegaba; de pronto lo vieron por televisión. El Zaragoza ganó 2-1, con tantos de Villa y del ariete. Así se arregló el mosqueo general con el cabeceador de Ares.

El cinco de julio, con el relevo de Santos por Duca, jugó la final de la Copa del Generalísimo en el Bernabéu ante el Atlético de Madrid de Ramiro, Adelardo y Collar. Los aragoneses, con goles de Lapetra y Villa, repitieron victoria, 2-1. Cuando regresaron a casa, los aficionados los fueron a esperar a Ateca. Fue el mejor de todos los años del club. Y, además de un equipo de ensueño, tuvo un entrenador ideal: afectuoso, sabio, diplomático y educado. Luis Belló. Él concibió el milagro zaragocista de hace medio siglo. “Aquel fue el mes más vibrante de mi vida”, diría. Por eso, ‘Pitico’ Reija lo paseó varias veces sobre sus hombros con una sonrisa de satisfacción.

1952-1953. Alonso, Martín y Belló II.

 

EL ANECDOTARIO

Tal como eran. Luis Belló, suegro del escritor Ignacio Martínez de Pisón, tuvo que dejar el banquillo porque el club había firmado un contrato con Roque Olsen. Fue director deportivo y probó en otras latitudes: entrenó al Alcañiz y al Cartagena en categorías inferiores, y al Betis, Castellón, Murcia y Pontevedra en Primera. A mediados de los años 90 me contó así las claves del juego de su equipo. Las recoge Rafael Rojas en ‘Magníficos. La Edad de Oro del Real Zaragoza’ (Doce Robles, 2014): «Lo pasábamos genial jugando al fútbol, disfrutábamos un montó (...) Carlos Lapetra era muy cerebral, ponía orden; cogía la pelota, la paraba, miraba a sus compañeros y decía: “Quietos, ahora vamos a organizarnos nosotros”.  Villa era estupendo; destacaba por su zancada, su finta, su dribling y su oportunismo ante el gol. Canario era tremendo: era rápido y poseía olfato de gol. Santos era técnico y cerebral, pero a la vez muy sacrificado. Marcelino representaba el remate y era un delantero centro clásico e impresionante. Pero la clave era saber aprovechar las cualidades de todos ellos, conjuntarlas y hacer un equipo».

El equipo que batió al Atlético de Madrid. Yarza; Cortizo, Santamaría, Reija; Isasi, Pepín; Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra. 

 

*Las fotos están tomadas de Aupazaragoza.com, de Diego Pisón las dos siguientes y de internet...

 

MANUEL PERTEGAZ HA MUERTO

MANUEL PERTEGAZ HA MUERTO

[Anoche, de madrugada, fallecía el modisto y diseñador Manuel Pertegaz, el hombre que creó a "la mujer cisne". Hace algún tiempo escribí este artículo sobre este turolense universal de Olba.]

Es bien sabido que Teruel, lejana y sola, es tierra de iconoclastas: ahí están Miguel de Molinos de Muniesa; Francisco Loscos, botánico de Samper de Calanda y farmacéutico de Castelserás; Luis Buñuel de Calanda, por no recordar a Miguel Juan Pellicer, célebre por la resurrección de su pierna, muerta y enterrada, y luego abandonado por todos; Segundo de Chomón de Teruel. Y entre ellos también podría figurar Manuel Pertegaz, creador de moda, natural de Olba. Allí nació en 1919; dicen que jamás se ha olvidado de esa localidad que ya lo ha nombrado Hijo Predilecto.        

Si la infancia es ese tiempo mágico, casi siempre paradisiaco, al que retornamos desde cualquier punto del universo, es lógico que el menudo y tímido Pertegaz tuviese en su memoria la villa turolense. Residió en Olba hasta los diez años, en que se marchó a Barcelona. A los doce ya trabajaba en una sastrería y pronto haría su primer diseño, que estrenó una amiga en una fiesta principal. Su carrera, al menos contemplada ahora, fue vertiginosa: en 1942 inauguró su primera casa de moda en Barcelona. Su ídolo entonces era Balenciaga y su esplendor inicial, porque no ha cesado hasta ahora mismo su prestigio, coincidió con el de Pedro Rodríguez. A Pertegaz le gusta decir, medio en broma, medio en serio, que mientras Rodríguez inventó la mujer pantera, él creó la mujer cisne. ¿En qué consistía exactamente? Uno de los logros más importantes de Pertegaz ha sido el de aristocratizar la confección, conferirle glamour, buscar la belleza visual, la suavidad de las formas como si de una foto de Cecil Beaton se tratase. Y con la mujer cisne lo consiguió: mujeres de cuello esbelto, cintura y tobillos finos, de escaso busto y trasero hermoso pero no exuberante --Pertegaz le confesó a la periodista Ima Sanchís que les rogaba a sus propios modelos: "No saquéis pecho ni pompis"--, que acababan tranformándose en cisnes.

Una de sus criaturas preferidas debió ser Audrey Hepburn, cisne, garza, ninfa o encarnación de todas las aves ideales, el arcángel femenino del cine y del siglo de asombroso esqueleto y miembros airosos, candorosa y refinada, a la que casi todo le sentaba bien. Reveló Pertegaz una anécdota curiosa de la intérprete de Sabrina, Dos en la carretera y Desayuno en Tiffany’s: era profundamente coqueta e insegura, una vez que se había puesto el traje, de inmediato se miraba al espejo para alisar el flequillo.        

El éxito de Pertegaz fue apabullante, tanto en España, donde contaba con dos talleres, en Madrid y Barcelona, con más de 700 empleados, como en el extranjero. Tras fundar en 1948 unos desfiles de moda en Madrid, salió a Estados Unidos en 1954, donde recibió el Óscar de la Moda en Harvard. Realizaba hasta cuatro colecciones al año y exportaba sus tejidos y diseños a medio mundo: Inglaterra, Suiza o toda América del norte. En el fondo, intuía el carácter fugaz de la moda y seguramente suscribiría estas palabras de Coco Chanel: "Un vestido no es ni una tragedia ni un cuadro; es una encantadora y efímera creación, no una obra de arte eterna. La vida tiene que morir, y deprisa, para que el comercio pueda vivir".         

Su casa era de las más visitadas, por actrices, aristócratas y mujeres del espectáculo. Y entre ellas Ava Gardner, a quien vistió en los últimos tiempos. Pertegaz ha dicho que carecía de complejos, que era la mujer soñada por cualquier modisto. Y esta visión también coincide con la que tenía el dramaturgo y cineasta Edgar Neville. Ava Gardner, a mediados de los 50 en España, era capaz de beber todo el whisky posible e imposible, y al final, inesperadamente, solicitaba una botella de Anís del mono. Eso sí, como cuando fuese a la habitación de su hotel no estuviese el bar lleno, montaba en cólera. Sin embargo, si recibía una llamada para una película, tres o cuatro semanas antes se marchaba a Estados Unidos y comenzaba a someterse a una dieta estricta y practicaba tenis y natación hasta que recuperaba el peso y su esplendente beldad. Edgar Neville le confesaba al oscense Pepín Bello: "Era increíble. Poseía una máquina perfecta".   

       Manuel Pertegaz también sucumbió ante la clase y la sencillez de Jacqueline Kennedy. Al parecer en Francia, en el humilde establecimiento Chez Ninot, dos jóvenes diseñadoras copiaban sus modelos con la autorización del aragonés, hasta que por fin Jacqueline prefirió al sastre original, que le seguía haciendo prendas simples que a ella le sentaban impecablemente. Una de las frases más polémicas, o más famosas, de Pertegaz fue: "Para ser elegante hay que ser rico". Le costó disgustos y críticas, pero insiste en ello, sin rechazar la apostura natural de sus modelos: "Lo bueno suele costar". La sentencia no está demasiado lejos de las ideas de Coco Chanel acerca del dinero y la moda. En El aire de Chanel, le confesaba al poeta y narrador Paul Morand: "Quiero decir esto a las mujeres: no os caséis nunca con un hombre tacaño". La declaración es del invierno de 1941 en Saint--Moritz y muy distinta la época a la de ahora. Por cierto que Coco Chanel no le causó buena impresión a Pertegaz: iba embadurnada de colorete hasta las orejas y se teñía el pelo de negro azabache. Tampoco le deslumbró el vanidoso Christian Dior, aunque tal vez coincida con él en que ambos son los forjadores de un lujo discreto y apostaron por la revitalización sutil de la feminidad.        

  Pertegaz se ha confesado tímido, indeciso con las mujeres, volcado en el taller, y amante del orden y la estética. Vive rodeado de dos pastores alemanes y cree que su oficio está emparentado con el alma de la poesía, que es --como la moda: el tejido, su textura, el color y sus melodías, la línea o corte-- uno de los alimentos esenciales del gusto y la sensibilidad. Cuando se casó Letizia Ortiz pensó en él para que le diseñase su vestido de boda: Manuel Pertegaz ahí sigue, vivo, soñando la belleza, buscando nuevos cuerpos que le evoquen la perfección del cisne.

 

*[Pertegaz nació en la localidad turolense de Olba y a lo largo de su dilatada trayectoria fue distinguido, entre otros reconocimientos, con la Aguja de Oro, la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes y con el Premio Nacional de Diseño de Moda (2009). ]

 

PILAR LORENGAR: LA BELLA VOZ

PILAR LORENGAR: LA BELLA VOZ

[A PLENO SOL. Lorenza Pilar García Seta se hizo famosa, como soprano lírico, con el nombre de Pilar Lorengar. Realizó su carrera en el Teatro de la Ópera de Berlín. Aquí nos acercamos a su trayectoria y a su humanidad, un rasgo elogiado por doquier, casi tanto como su talento y su versatilidad y la complejidad de su repertorio.]

 

Pilar Lorengar

Del Gancho al cielo de Berlín

 

 

El barrio del Gancho no deja indiferente a quien nació o vivió en él. Le pasó a Manuel Alvar, que se hizo mozalbete a la sombra de la torre mudéjar de San Pablo, y le pasó a Lorenza Pilar García Seta (Zaragoza, 1928-Berlín, 1996); solía declarar tras más de treinta años viviendo fuera de España que era «española, aragonesa y del Gancho», tal recuerda uno de sus estudiosos, Miguel Ángel Santolaria. En realidad, nació en el Hospital Provincial pero pronto se instaló en la calle Las Armas. Su padre, Federico García, desapareció y su madre, Francisca Seta, que tenía dos chicos más, creyó en los poderes de su canto más que nadie. Una monja, sor Presentación, se dio cuenta de que tenía una voz especial y la hizo solista del coro escolar; casi por entonces el profesor Asensio Pueyo, padre de dos compañeras, le dio lecciones de canto y solfeo.

Muy joven aún decidió participar en el programa ‘Ondas infantiles’ de Radio Zaragoza, que conducían Pilar Ibáñez y Ángel López Soba. Antes fue a comprar un vestido a la tienda Créditos Remacha, en la que trabajaba Berta Martínez. Hablaron, la muchacha le cantó un tema, quizá fuese ‘Ojos verdes’, que interpretaría en las ondas, y la dependienta le dijo que su hermana Margarita tenía una academia de canto en el Coso. Acudió a sus clases para perfeccionar su voz; durante algún tiempo actuaría, en distintas salas de Zaragoza como Alaska, Ambos Mundos, Avenida, El Oasis y el Teatro Argensola. La artista de variedades Loren Garcy, ese era su nombre, destacaba por su belleza («la valquiria de la parroquia del Gancho», la llama Javier Barreiro en su libro ‘Voces de Aragón’, Ibercaja, 2004), por su encanto, por su sencillez y expresividad, y por algunos rasgos que la iban definir hasta el final de sus días: la humildad, la capacidad de trabajo y la gratitud hacia sus primeras maestras, a las que les escribiría cartas emotivas en los años 50.

Hacia 1940, Pilar Lorengar –que acabaría adoptando ese nombre artístico- se trasladó a Madrid con su madre y estudió con Angelia Ottein; luego cursaría dos años en el Conservatorio del Liceo de Barcelona. Regresaría a Madrid y ahí, peldaño a peldaño, empezaría a desarrollar su talento: una donosura vocal en la que destacaba la limpidez de su ‘vibrato’. El musicólogo Arturo Reverter, en el colectivo ‘Diccionario de la música española e hispanoamericana’ (SGAE), dice que poseía «el timbre de una lírica pura dotado de una no despreciable anchura de un vigor y una potencia muy estimables; también de una extensión de más de dos octavas, con una zona sobreaguda fácil y coloreada, y de una igualdad muy notable gracias a una emisión nítida, recta, sin fisuras»; también elogia su «depuradísima técnica» y la elección de «un amplísimo repertorio inteligentemente escogido». Pilar Lorengar se sintió identificada con la literatura mozartiana, con la lírica alemana romántica y con los recitales de ‘lieder’.

En Madrid pronto cosecharía sus primeros premios, como el ‘Ofelia Nieto’. Y allí entró en contacto con los críticos Antonio Fernández Cid y Enrique Franco, que le presentaron a uno de los grandes maestros del momento: Ataúlfo Argenta. Bajo su batuta, debutó en 1950 en ‘Maruxa’ de Amadeo Vives en la Ópera de Orán y llegaría a grabar alrededor de una veintena de piezas; su colaboración fue especialmente fértil y actuó en diversos teatros de Madrid, en París y en Aix-en Provence, donde encarnó a Cherubbino de ‘Las bodas de Fígaro’ de Mozart. Por esa época, especialmente intensa, también participó en dos películas: ‘Último día’ (1952) de Antonio Román, donde fue elogiada por «sus excepcionales méritos» vocales, y ‘Las últimas banderas’ (1954) de Luis Marquina, cinta que transcurría en Perú y en la que compartió cartel con Fernando Rey, Eduardo Fajardo y Elisa Montes, entre otros.

En 1955, empezaría a fraguarse su condición de figura: actuó en ‘La Traviata’ de Verdi en el Covent Garden, grabó para televisión británica ‘Madame Butterfly’ de Puccini. Apenas dos años después, conocer al maestro alemán Carl Ebert que la dirigió en ‘La flauta mágica’ de Mozart. Este contacto sería determinante en su vida: él la arrastró al Teatro de la Ópera de Berlín. Se trasladó a Alemania, pidió tiempo para mejorar la lengua, para estudiar los papeles y en 1960 se casó con el odontólogo Jürgen Schaff. Cantó en los más grandes teatros del mundo con un éxito indiscutible. En 1967, por ejemplo, tras un sonado triunfo en el Metropolitan con ‘La flauta mágica’, con decorados de Marc Chagall, vino a Zaragoza para cantar en el Teatro Principal ‘Madame Butterfly’. Lola Campos, en su libro ‘Mujeres aragonesas’ (Ibercaja, 2001), cuenta la siguiente anécdota: «En muchos de sus viajes le acompañaba su madre, a quien Alfredo Kraus, gran amigo de Pilar, recordaba ya mayor recorriendo las tiendas de Broadway en busca de pescado frito». Recibió distinciones en Berlín (el Teatro de la Ópera la nombró miembro de honor vitalicio), pero también en España y en Zaragoza de la que fue Medalla de Oro; una calle recibió su nombre. En 1991 –con grandes amigos suyos como el citado Kraus, José Carreras, Plácido Domingo, Teresa Berganza, Victoria de los Ángeles y Monteserrat Caballé- recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Artes y fue pregonera de las fiestas del Pilar. Antes del adiós, realizaría un antiguo sueño: cantó el ‘Ave María’ de Gounod en la Basílica.

Fue un anticipo de su retirada. Murió en 1996 de un cáncer de huesos que llevó en secreto. Pidió a su marido que arrojase sus cenizas al mar del Norte. Este, tal como cuenta Santolaria, accedió con inmenso dolor. Dijo: «La soledad es difícil de llevar cuando no hay una tumba donde visitar al ser querido».

 

EL ANECDOTARIO

Un busto de diva. La ópera tiene muchos defensores en Aragón. Uno de los colectivos más activos y más antiguos es la Asociación de Amigos de la Música de la Biblioteca de Aragón (AMBA); otro, más reciente, es la Asociación Aragonesa de la Ópera Miguel Fleta. Miguel Ángel Santolaria, presidente de AMBA, alterna su pasión por el canto con la difusión y defensa de los cantantes aragoneses. En junio de 2011, cuando se cumplían tres lustros de la muerte de Pilar Lorengar, se organizó un homenaje en el que Santolaria elogió su figura y su pasión por Aragón, por el barrio y por sus maestros, y hubo un recital con diversas voces y con Emilio Belaval al piano.

Además se trasladó desde el Auditorio de Zaragoza el busto que le hizo a Pilar el escultor Manuel Arcón en 2006 en piedra de La Puebla de Albortón y se reubicó, definitivamente, sobre un pedestal de dos metros, en la plaza de Las Armas.

 

*La ilustración es de Víctor Meneses.