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Antón Castro

ALOMA YA ES MADRE, EN MADRID

ALOMA YA ES MADRE, EN MADRID

HA NACIDO GRETA, LA HIJA DE ALOMA Y DAVID
Hace unos minutos, mi hija Aloma Rodríguez ha sido mamá. Es el primer hijo de Aloma y David Barreiros y nuestro primer nieto/a. Entró en el hospital en Madrid hacia las seis de la mañana y ha dado a luz a las 20.30. Catorce horas después. Todo ha ido bien. Sus abuelas Carmen y Emilia, y David, claro, han estado con ella. Los demás, desde hace unas cuantas horas, andábamos en vilo. La foto de Aloma para EÑE es de Samuel Sánchez. Abrazos para todos. La niña ha pesado 3.800 gramos...

ELOGIO DE JOAQUÍN CARBONELL, POR ALFONSO HERNÁNDEZ

[En su sección 'El Rompeolas' de 'El Periódico de Aragón', Alfonso Hernández, periodista de deportes durante años y ahora un espléndido periodista de todos los géneros, despide a Joaquín Carbonell, que acaba de dejar las páginas del diario después de 24 años de servicio, de pasión, de búsqueda, de humor. Joaquín llegó a 'El Periódico' procedente de 'El Día' e integró la primera sección de cultura con Nacho Iraburu, Jaime Armengol, Antón Castro, Míchel Royo se incorporaría luego, igual que Juan Carlos Garza, etc. Se dedicó a la televisión, firmó secciónes como 'La Antena Paranoica' y las entrevistas de 'Palabra de Honor'. A la vez, al margen de la prensa, firmó poemarios, novelas infantiles y para adultos, biografías de Joaquín Sabina y José Antonio Labordeta, hizo documentales sobre el Pastor de Andorra y Labordeta, entre otros, y grabó varios discos.]

JOAQUÍN CARBONELL, A SU AIRE

 

ALFONSO HERNÁNDEZ 30/04/2014. El Periódico de Aragón. "El Rompeolas".


Joaquín Carbonell se ha ido del Periódico sin hacer ruido. Y dice adiós con una discreta despedida, como quitándose importancia. Uno, que le conoce un poco, sospecha que con esta silenciosa marcha pretende que la tormenta de elogios que se merece la descarguen otros sobre su figura. Siempre fue un gran estratega de la modestia aparte, pero es lo que tienen los tipos especiales en todos los sentidos. Después de 24 años en esta casa nadie sabe aún a ciencia cierta si le hubiera gustado más estar por encima de Brassens o de Mourinho, porque así como la música de sangre, sudor, lágrimas y mucha ironía alimenta su alma, el deporte enciende en llamas su corazón de discutidor nato, de polemista deportivo de media mañana, de entrenador full time.

Para entender lo que Joaquín ha significado para el periodismo aragonés en general, basta con haber estado a su lado cuando entrevistaba a todo tipo de personajes bajo el techo de la secciónPalabra de Honor. Las conversaciones que se plasmaban en el papel eran todo un espectáculo, tecleadas en vivo y en directo en el ordenador. El espacio le obligaba a sintentizar y el protagonista aceptaba sin rechistar las preguntas y la confección de las respuestas. Alguno ha salido por la puerta sin saber exactamente si había entrado, pero seguro de que le habían sacado todo el jugo, desde el titular hasta la última sílaba.

En su faceta de crítico televisivo, en la Antena Paranoica que han sufrido todas las cadenas, ha sido implacable historiador cotidiano de un medio pobre, multiplicado por una modernidad primitiva y regresivo pese a la riqueza de medios y tecnologías. Su señal ácida, de simpatía a balazos, le ha llegado nítida al lector, que en esas opiniones ha hallado el referente de alguien para quien las cámaras y sus bustos parlantes tienen pocos secretos codificados.

Y así ha jugado con maestría y su peculiar personalidad con la escasa cordura que exige esta profesión de chalados románticos. Quizá haya sido esa su gran virtud: tomarse muy en serio para explicar que nada ni nadie son imprescindibles. Ni el honor, ni la paranoia ni él mismo. Esto último, la supuesta intrascendencia de su ego bien ganado, mejor dejarlo en cuarentena. Porque, a fin de cuentas, se le escuchará explicándole a Mourinho cómo se debe trabajar el lanzamiento de un libre directo. A su aire, fue eso, viento libre en la prensa, en la prosa y en la opinión.

ISABEL GONZÁLEZ: UN DIÁLOGO

ISABEL GONZÁLEZ: UN DIÁLOGO

[Esta tarde, en el Teatro Municipal de la Villa de Ejea de los Caballeros, se presenta el nuevo número de la revista ‘Ágora’. Será a las 19.00. Aún no he podido ver la publicación. De Ejea es Isabel González, una autora magnífica. Recupero para aquí esta entrevista personalísima de una mujer que trabaja en el diseño y que prepara su primera novela.]

 

AVENTURAS DE VERANO / 40

 

 

Isabel González. Escritora y diseñadora.

 

“El ser humano es el campo

de batalla del caos y el orden”

 

“Soy una chabacana musical”

 

 

 

ANTÓN CASTRO

Isabel González (Ejea de los Caballeros, Zaragoza, 1972) es autora del libro de cuentos ‘Casi tan salvaje’ (Páginas de Espuma), marcado por las relaciones humanas, la inquietud, el amor y el desamor y los paisajes de las afueras de Ejea, en buena parte. Trabaja en la sección de diseño y maquetación del diario ‘El Mundo’ y reside en Madrid. 

-¿Qué te sientes más una escritora que diseña o una diseñadora que escribe?

-En mi casa suelen contar una anécdota. Mi bisabuelo era un hombre humilde, un pastor al que preguntaban: “¿Ambrosio, tú que eres pastor o persona?”. Mi bisabuelo respondía: “Pastor, ¿no lo ves o qué?”. Supongo que intentaban mofarse de él. Pero yo digo lo mismo. Depende de quien me vea.

 

-¿Cómo se ve el planeta desde la sección de maquetación y diseño e infografía de un periódico como ‘El Mundo’, donde trabaja?

-Como un zoo con especies de toda calaña. Lo curioso, ahora que caigo en la cuenta, es que yo también estoy dentro. Así que a lo mejor no soy más que otro bicho, un hipopótamo o un pingüino con pretensiones.

 

-¿Qué suele hacer en verano? ¿Es de playa, ciudad, montaña o pueblo?

-Lo que diferencia al verano del resto del año es que veo más a mis hijos, hago más deporte, leo menos, escribo menos y llevo menos ropa. Me encanta vestirme en un segundo. En verano soy de Menorca.

 

-¿Cuáles han sido el viaje y la ciudad de verano de su vida?

-De niña, mi familia solía veranear en Laredo. El Cantábrico es precioso, pero el tiempo resultaba frustrante. Recuerdo cómo disfrutaba mi padre cuando el parte metereológico anunciaba cuarenta grados en toda España… salvo en Laredo. Mientras, mi madre, mi hermana y yo, perfectamente equipadas para ir a la playa, mirábamos desesperadas la lluvia fina que volvía a caer en el exterior.

 

-El verano está asociado a la infancia y a la adolescencia, al amor, a los ritos de paso ¿Le persigue algún recuerdo especial?

-Me persiguen unas fiestas que pasé en Orés con mis amigas. Tuvimos que volver en la furgoneta del correo. Hasta ahí puedo contar.

 

-¿Qué le debe su imaginario de escritora a Ejea y sus afueras?

-Todo. Ahora está de moda llamar ‘no lugares’ a las afueras de los pueblos y de las ciudades. Eso es una tontería. Es como si los libros inclasificables los colocaran en una estantería de ‘no libros’. No conozco lugares más auténticos, lugares con más fuerza que esos extrarradios donde se mezcla civilización y naturaleza. Los pueblos también son algo así. Este pasado mes de julio sin ir más lejos, estaba en un parque de Ejea cuando el aire se levantó formando remolinos de basura y de polvo. Se acercaba una tormenta. Olía a humedad, y entonces, zas, apareció un corzo ante nuestros ojos. Sus zancadas resultaban extraordinarias fuera del bosque. Superaba sin esfuerzo bancos, columpios y arriates. Cualquier escollo. Parecía aterrorizado. Cruzó el río en un par de brincos y desapareció en el barrio alto. ¿De dónde salió, qué fue de él? Ni idea.

 

-¿Qué es lo que tiene la vida de salvaje? ¿Y el amor?

-Los colmillos y las cadenas; los corzos. Los colmillos y las cadenas; los corzos.

 

-¿Cuáles son sus canciones y sus conciertos del verano? ¿Y los libros que más le han marcado?

-Los corridos mexicanos del coche familiar de la niñez y los conciertos de la Orquesta Mondragón de la adolescencia. Soy una chabacana musical. Aunque para no quedar tan mal voy a decir que este verano estoy escuchando mucho a Mano Solo, un cantautor francés. En cuanto a los libros, me hace gracia esta pregunta. Yo siempre creí que era ‘Trópico de Cáncer’ de Henry Miller, pero el otro día encontré mi viejo y manoseado libro y resulta que era ‘Trópico de Capricornio’. No me extraña. Solo me leía las escenas interesantes.

 

-¿De qué se alimenta una escritora como usted? ¿De dónde surge esa escritura suya, tan próxima a la inquietud, a un misterio que tiene algo de terrible,  casi insoportable a veces? Aludo claro a su libro de cuentos ‘Casi tan salvaje’ (Páginas de Espuma).

-La poca —pero sabia por supuesto— gente que ha leído mi libro suele hablarme de eso, del terror, pero yo nunca he tenido conciencia de hablar de algo terrorífico sino de las cosas de la vida sin más pretensiones. Pienso que el ser humano es el campo de batalla del caos y el orden. Es una lucha fratricida, una guerra civil del alma. En ningún otro ser se da esta lucha.

 

-¿Cuál sería el menú de un día perfecto?

-Un día perfecto de verano es Menorca. He dormido en silencio absoluto, me he levantado muy temprano y me he ido a nadar a la playa desierta. Aún no hay nadie. El agua está en completa calma. Nado a crol. Veo algunas pastinacas en el fondo. El sol que comienza a salir me deslumbra cuando saco la cabeza para respirar. Acabo. Me seco tumbada en la arena, sin toalla. A partir de ahí, cualquier cosa es perfecta.

 

-¿Cuál ha sido el gran personaje, real o de ficción, de sus vacaciones?

-De pequeña mi gran personaje era yo conmigo misma y mi aburrimiento soberano. Me aburría muchísimo, pasaba horas columpiándome o lanzando la pelota contra una pared.

 

-¿Cómo fue su primera vez?

-La primera vez siempre es estupenda. El truco es llamarlo primera vez solo cuando sale bien. Lo demás, como en el fútbol o en el baloncesto. Encuentros preparatorios.

 

-¿Cuál es su vinculación con Aragón, con Zaragoza?

-Soy la primera aragonesa de una familia de origen riojano, una cosmopolita, así que me veo en la obligación de ser constantemente la más terca para demostrarlo. En cuanto a Zaragoza, recuerdo con muchísimo cariño los veranos que pasé haciendo prácticas de maquetación aquí, en HERALDO. Nos quisimos mucho. Creo. Ahora no paso mucho por Zaragoza, la verdad.

 

-¿Cuál es la mejor o la más extraña anécdota veraniega vinculada a su profesión?

-Si admitimos septiembre como verano —y yo lo hago porque aún llevaba manga corta—, el diez de septiembre de 1998 fue uno de los días más absurdos de mi profesión. Yo era una pipiola. Acababa de entrar a trabajar en ‘El Mundo’ cuando me enviaron a cubrir el ingreso de Vera y Barrionuevo en la cárcel de Guadalajara. Mi surrealista misión consistía en dibujar el centro penitenciario para hacer un gráfico. Que el color del ladrillo, la disposición arquitectónica y el recorrido de los susodichos hasta la puerta quedara lo más bello y preciso posible. Yo iba concentrada en eso, pero la gente que se arremolinaba frente a la cárcel estaba furibunda como es lógico. Empujaba, gritaba, me rompieron la camiseta de un tirón. Por eso me acuerdo de que llevaba manga corta. Además saqué fotos y las pegué en mi álbum de modo que ahora, cuando lo abro, aparecen mis padres, mis tíos, mis hermanos y Vera y Barrionuevo. 

 

LOS DIARIOS, SEGÚN PEPE MELERO

LOS DIARIOS, SEGÚN PEPE MELERO

José Luis Melero (Zaragoza, 1956), que es sabio en muchas materias, es autor de 'Manual de uso del lector de diarios' (Olifante). Me encuentro por casualidad con esta entrevista que le hice con motivo de la edición del libro y la vuelvo a colgar en vísperas de la Feria del Libro.

 

Dices: “He sido siempre un apasionado lector de diarios”. ¿Por qué? ¿Qué encuentras en ellos? 

 

Encuentro en ellos la misma pasión que uno siente por los libros y la vida. Antes que los diarios muy íntimos y personales, esos en los que el escritor habla mucho de sí mismo, de sus sentimientos y estados de ánimo, pero muy poco de la vida, yo prefiero los diarios que miran más al exterior y, por encima de todos, los literarios, aquellos en los que la literatura está presente en cada página, esos que nos hablan de otros libros (para recomendarlos o denostarlos), de otros escritores, de las relaciones del diarista con estos otros escritores, de sus gustos literarios…

 

¿Qué diferencia hay entre diario y dietario?

 

Se llamaban “dietarios” -y así los define aún el Diccionario de la Academia- a los libros en los que los cronistas de Aragón escribían los sucesos más notables. Tal vez lo que diferencia al diario del dietario es que en este último hay una mayor exigencia literaria y el autor tiene una mayor conciencia de género. Además, en él no están tan marcadas como en el diario las secuencias temporales. En el diario uno escribe más para sí mismo, lo que supone que cuando el escritor decide entregar ese diario al editor suele suprimir aquello que le parece irrelevante para los demás, mientras que el dietario se escribe ya con vocación de publicación y pensando ya en unos futuros lectores. El dietario es, para simplificar, menos íntimo que el diario. Pero en realidad ambos términos suelen utilizarse como sinónimos.

 

¿Y entre diario, memorias y autobiografía? Ponnos algunos ejemplos claros de ello, y de ese concepto del que hablas del contexto, del paisaje...

 

El memorialista, el autobiógrafo o el diarista trabajan con la misma materia: la intimidad, la experiencia personal, el deseo de escribir o reflexionar sobre uno mismo, pero mientras en las memorias y en las autobiografías se nos habla de tiempos pasados con la mirada y la perspectiva que nos da el paso del tiempo, y no en cambio de las vivencias o experiencias más recientes, en los diarios se habla de lo inmediato, de lo próximo y carecen por tanto de una visión reposada de los acontecimientos. De ahí, por ejemplo, que la presencia del paisaje, del entorno físico, sea frecuente en los diarios y apenas aparezca en memorias y autobiografías.

 

Las entradas son muy arbitrarias. ¿De qué depende que te extiendas, que seas lacónico, que busques detalles y anécdotas jugosas? ¿Hay un criterio específico?

 

Hubiera sido imposible que me extendiera comentando todos los libros inventariados. Necesitaría diez volúmenes como éste. Lo importante era hacer una selección, arbitraria y caprichosa sin duda, pero fundamentada en muchos años de lectura. En el libro están presentes la mayor parte de los diarios que me han interesado.

 

También hablas de dos conceptos: confesionalidad y crítica. ¿Qué  quieres decir? ¿En quién estás pensando?

 

Jordi Gracia hablaba de la fragilidad de las fronteras entre los dietarios y los libros de artículos y llamaba la atención sobre el hecho de que un autor como José Carlos Llop, uno de nuestros grandes dietaristas, consiga un mayor grado de “confesionalidad y vigor crítico” en libros de artículos como Consulados fantasmas que en aquellos otros en los que practica “la más desfalleciente escritura privada”.

 

Vayamos con las curiosidades. Hablas de un diario de Alberti en verso y recuerda un recital en el Principal...

 

A Rafael Alberti lo conocí tras un recital de versos en el Teatro Principal. No debió de quedarse muy contento con la respuesta del público durante aquella lectura, pues en Versos sueltos de cada día, una especie de diario en verso que publicó en 1982, escribió: “Llovizna y frío en Zaragoza. / Como el clima, la gente / que siento en el teatro el primer día. / Incluso con llovizna en el aplauso”.

 

 

Otro bien curioso: el de Chacón y Calvo... Por ejemplo, se entretiene en describir las calles de Zaragoza...

 

Sí, describe muy bien Zaragoza. Y también lo hace José Antonio Muñoz Rojas en un diario suyo de 1995, en el que llama a Zaragoza “tosca” y “desarreglada” y dice del Ebro que es un “río fangoso”. Ángel Crespo también recogió en su diario ‘Los trabajos del espíritu’ un viaje a Huesca y Zaragoza en 1979.

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Otra curiosidad. Dices: “A Mansfield no le gustaban nada los médicos: el 22 de enero escribe ‘he visto al médico: un imbécil’, y al día siguiente anota: ‘He visto a dos doctores, un asno y otro asno?” ¿Es es humor, mala baba, certeza de que nadie le va a leer a uno?

 

Hay algunos diarios muy descarnados, en los que el autor escribe todo lo que piensa sin pasarlo por tamiz alguno. Son, en realidad, los mejores diarios. El de Katherine Mansfield es uno de ellos. Pero también el de Sylvia Plath o el de Géza Csáth, siquiatra, escritor y morfinómano, que se suicidó en 1919, a los 32 años, tras asesinar a su esposa disparándole tres tiros con una pistola, en presencia de su hija. Csáth escribía en su diario cosas como ésta: “Soy tan detestable, débil y patético que hasta me extraña que Olga siga queriéndome y no me engañe. Que no se haya hartado definitivamente de mi voz débil, apagada…, de mi pene cínico y arrugado, de mi cara demacrada…”.

 

Por cierto, ¿para quiénes se escriben los diarios?

 

Hay diarios de todos los tipos. Hay quienes los escribieron para sí, sin imaginar que alguna vez serían publicados, y quienes los escriben ya para sus lectores sabiendo que van a ser editados. Estos son hoy los habituales, pero durante muchos años buena parte de los diarios se escribieron sin intención de darlos a conocer y de ahí que se puedan leer en ellos las confesiones más íntimas y desgarradoras. Pensemos, por ejemplo, en el diario de Víctor Botas que dio a conocer José Luis García Martín. Botas escribía en él en febrero de 1987: “todos mis apuros económicos de los últimos años se deben únicamente a aquel inicial error que cometí cuando, en 1975, renuncié a seguir en el Banco. De no haber sido esto, ahora sería al menos director de una oficina y no tendría apreturas ni me estaría considerando -como a menudo me autoconsidero- un inútil que vive casi por completo del trabajo de su mujer”.

 

Uno de los personajes más impresionantes es John Cheever. ¿No?

 

Sí, su diario nos descubre su tormentosa vida interior. Ignacio Martínez de Pisón, que lo estudió muy bien, ya contaba que tras el marido y padre ejemplar, el vecino amable, el ciudadano de orden, se escondía el alcohólico compulsivo y un homosexual secreto que al final de su vida, libre ya de prejuicios, mantuvo relaciones con hombres más jóvenes. Contó Antonio Muñoz Molina que Cheever escribía a máquina su diario en hojas sueltas que luego encuadernaba y que escribía tan borracho que ni siquiera acertaba a golpear las teclas ni a formar frases coherentes.

 

¿Cuál es su diario favorito, el que se llevaría a una isla si solo pudiera llevarse un libro?

 

Me llevaría varios: Julio Ramón Ribeyro, Pavese, Kafka, Miguel Torga, el ‘Borges’ de Bioy Casares… Y no me llevaría nunca los de Robert Musil o Saramago. Aunque lo que habría que llevarse no son diarios, sino una barca hinchable para salir de allí rápidamente.

 

¿Cuál es la presencia de aragoneses en la compilación?

 

Importante, pues en Aragón ha habido y hay muchos y buenos diaristas: Ramón Acín, Antonio Ansón, Pepe Cerdá, Mariano Esquillor, Antonio Fernández Molina, Ismael Grasa, Benjamín Jarnés, Raúl Carlos Maícas, Víctor Mira, Julio José Ordovás, María Sánchez Arbós, Santiago Sancho Vallestín, Fernando Sanmartín, Gabriel Sopeña, Chusé Raúl Usón y Edmon Vallès. Por no hablar de Faustino Casamayor, de los diarios que Juan Carlos Ara acaba de recuperar de Joaquín Costa, del diario en imágenes de Isidro Ferrer ‘La galería legítima’ o de un curioso diario de la guerra de Antonio Blasco del Cacho.

 

¿Para quién es este libro?

 

Para todos los aficionados al género y para aquellos que, sin serlo, quieren acercarse sin prejuicios a él y conocerlo mejor. La “literatura del yo”, lo que algunos llaman los “egodocumentos”, está de moda. Cada día se publican más diarios, los blogs son ya una nueva forma de dietarios y son muchos los que quieren contarnos sus vidas, sus impresiones, su forma de estar en el mundo. Internet ha revolucionado y popularizado esta especie de literatura de la intimidad.

 

*La foto grande la tomo de aquí:

http://2.bp.blogspot.com/-EgAFNfVTSyg/UM5gQJ8-fBI/AAAAAAAAGBM/T9BhsC7QjOk/s1600/Pepe+Melero.jpg

HA MUERTO MARIANO ESQUILLOR

HA MUERTO MARIANO ESQUILLOR

[Ha muerto Mariano Esquillor, poeta, 1919-2014. Recupero dos artículos distintos que le deqiqué. Uno es un perfil del hombre y del poeta; el otro es un poema en prosa, tras una cita en la Casa de Amparo y en uno de los bares que frecuentaba.]

 

Mariano Esquillor (Zaragoza, 1919) era un modesto albañil hasta que descubrió la obra de Victor Hugo y la poesía. Sin abandonar el andamio ni la paleta, se convirtió en poeta: abrió su corazón a las metáforas, a la intuición y al sentimiento, y se puso a escribir una lírica próxima a la visión, al hallazgo deslumbrante, a la intuición que arrastra imágenes brillantes, casi imprevisibles. Así ha ido alimentando una producción vasta que le coloca en la onda de los simbolistas y de William Blake. Esquillor es un raro entre nosotros. Su obra ofrece mil recovecos: miradas, lenguaje, viajes al infierno y a la luz que emana de su interior una particular cosmovisión.

Con una importante obra a sus espaldas, entre cuyos títulos podría destacar “Playa de tormentas mudas” o “Arco lírico”, frecuenta el verso libre y la prosa, como sucede de nuevo en este volumen “Opio”, una colección de poemas en prosa sobre la destrucción y el amor, sobre el éxtasis, el desamparo y la locura, sobre la vida y sus destierros. “Siento el amor que de la vida se nos escapa. Nuestro planeta es un cisne con espadas en los ojos”. Casi empieza así Esquillor, que se ha revelado hace apenas dos años pintor y dibujante, un libro inquietante, donde las fuerzas opuestas se conjuran. Pasión y dolor, desesperación y esperanza, cántico o madrigal y elegía, incluso la persona amada es fuente de sombra y de claridad, es un narcótico y un bálsamo, una aspiración a la totalidad desde la cercanía de la muerte.

El éxtasis deriva de los paraísos artificiales, como hubiera dicho Baudelaire, y de la imaginación, pero también aquí vemos la huella casi sangrienta y demoledora de Lautréamont. El libro es un canto a la existencia y acaso una despedida: un compendio de motivos poéticos y de desgarro. La amada, la musa, la modelo del artista que dibuja, encarna la redención y un descanso en el edén de la belleza en medio de un montón de demonios que le visitan de noche. La lírica de Esquillor tiene momentos de gran expresividad: explosiones de genio y de admirable intuición. Y aquí las hay en todas las páginas.

 

VIDA DE POETA

 

Del libro 'Seducción' (Olifante, 2014). Antón Castro.

 

A Mariano Esquillor

A veces me digo: Cuando llegue la muerte qué descansado se quedará uno. Pero por ahora ni la deseo ni la espero. Ni me aburro. Soy insomne prácticamente y nonagenario. Lo máximo que puedo dormir son cuatro o cinco horas; me levanto antes de que el cielo abra sus ojos enrojecidos, sus pestañas de oro antiguo. Me entretengo en pequeños menesteres, y a veces leo algo: William Blake, Paul Eluard, Alejandra Pizarnik, cuánto me gusta esa suicida de pelo corto y temblor de miedo en la voz, o un poemario dedicado de Manuel Pinillos: fue mi maestro y un acicate cuando yo era, sin saberlo, el albañil poeta. Casi siempre releo los dos o tres poemas que he escrito el día anterior. Los releo, los corrijo, cambio alguna palabra y enfrío mi intuición desordenada, el destello de la visión, esas imágenes que me ha dictado un ciego impulso: la premonición de un ángel que llega. Más tarde, desayuno. Y no tardo en salir a la calle. Para alguien como yo la mañana es infinita y a la vez se me agota en un suspiro. Entro en el bar Mateo o en el bar La ribera y pido un café solo y bien cargado. Me despeja la cabeza. La mañana está tranquila ahí dentro: busco una mesa, repaso los diarios y me centro en lo mío. En mi cuaderno de poemas. Y de dibujos. Uso tinta china y lápices de colores desde hace años. Pinto sueños terribles, ojos de espanto, rostros que ni sé de donde salen y que se perfilan, trazo a trazo, como monstruos, como los restos de una pesadilla. Y lo primero que hago es un pequeño dibujo, que es como el umbral de los poemas que voy a escribir, la puerta que se abre a la musa. A veces lo pinto un poco más, e incluso lo firmo. A medida que lo voy haciendo, escucho las voces, las discusiones, esas conversaciones confiadas entre dos amigos, las confidencias entre dos o tres mujeres. Las miro desde mis gafas oscuras, las contemplo con delectación. Ellas no lo saben, pero siempre hay una frase suya que me inspira o que traslado literalmente a los poemas: “Lo quería furiosamente, pero él no quiso enterarse. Era ajeno al mundo de los vivos: desapareció en el mar durante un vuelo a París”, oí decir una vez. Escribí un poema, o una historia, inventé una vida. Lo que más me ha gustado en este mundo han sido las mujeres. Su calor, su proximidad, su imaginación, su belleza irresponsable con un viejo poeta como yo. Tengo una imaginación demasiado frágil al más leve estímulo femenino. El café es mi paraíso: nunca me aburro. A veces son ellas quienes se acercan y me preguntan. Quieren saber qué hago, quieren saber para qué y para quién escribo. Si me hacen esa pregunta, ese es el mejor momento del día. De la semana. Del mes. Les digo. “Escribo poesía para una mujer, a la que nunca le gustó que escribiera poemas. Y me resulta muy fácil percibir su emoción, oír el llanto feliz de sus lágrimas. Ahora sé cuánto le gustan mis versos: regresa cada tarde a nuestro cuarto desde la región de las sombras solo para oírme”.

 

JULIO JOSÉ ORDOVÁS HABLA DE SU NOVELA 'EL ANTICUERPO'

LITERATURA. JULIO JOSÉ ORDOVÁS. Escritor. Acaba de dar un gran paso en su carrera: publica ‘El Anticuerpo’, el relato iniciático de una amistad en el sello Anagrama.

 

“España es una granja de monstruos”

 

“La ficción no puede ser pura. No hay

nada puro, ni en la literatura ni en la vida.

 

“Tocan a muerto. Mi madre apaga el fuego de la cocina y se asoma por la ventana”. Así arranca la primera novela de Julio José Ordovás (Zaragoza 1976), que acaba de publicar en Anagrama. Autor de diarios, de libros de poesía, de viajes y de ensayos artísticos, cuenta la vida de un joven, aprendiz de Jim Hawkins, en un pueblo, en el seno de una familia un tanto inquietante.

¿Qué le debe ‘El Anticuerpo’ a la infancia y adolescencia en un pueblo?

La mirada sobre el mundo, una mirada a veces asustada y siempre asombrada. 

¿De qué imágenes y recuerdos, o intuiciones, arranca la novela?

Esta novela empezó siendo un poema que consistía en una enumeración de recuerdos. Y el más persistente de esos recuerdos era el sonido de las campanas. 

¿Quién es ‘El Anticuerpo’, ese personaje punk que aparece, Josu, o el propio protagonista?

El Anticuerpo es Josu, una rata punk que va a morir a un pueblo perdido en el desierto aragonés. Quería contar la historia de una amistad y enfrentar dos miradas, la de un ratón de campo y la de una rata urbana.

Se diría que es un libro cruel, primario, un tanto amoral, descarnado... ¿Es eso lo que pretendía?

 Mi novela no es cruel. Es la vida la que es cruel, y con unos se ensaña más que con otros. 

A veces, el nihilismo, la displicencia, la falta en apariencia de sentimientos, hacen pensar al lector en Holden Caulfield, el personaje de ‘El guardián entre el centeno’... ¿Lo tenía en la cabeza?

Además de los homenajes explícitos e implícitos que hay en la novela, me siento en deuda con varios escritores argentinos como Guillermo Saccomanno, César Aira, Fabián Casas y el angloargentino Guillermo Enrique Hudson y su fantástico ‘Allá lejos y hace tiempo’

Ese mundo de pueblo a veces parece suburbial, desolador, donde cobran mucha importancia desde las ratas hasta las lechuzas...

Los animales juegan un papel importante y hay una clara animalización de los personajes, pero tampoco quería convertir mi novela en un zoológico. 

Escribe que el protagonista, tras meterse en el río, “me metía en el nicho, en calzoncillos”... ¿Quiere decir también que la niñez es ese período donde uno se atreve con todo, incluso con su propio miedo?

Estamos hechos de miedos. Nuestros miedos nos definen.

En el libro hay una atmósfera especial, turbadora y enigmática. Y a la vez hay una conexión con la tierra, con la memoria. Pienso por ejemplo en un viaje a Belchite.

Belchite es un cadáver pudriéndose al sol en una cuneta de la Historia.

¿Qué podía suceder en el bar Groenlandia?

En el Groenlandia, como en cualquier otro bar, siempre sucede lo mismo: te emborrachas, te peleas con el camarero y la chica a la que le preguntas qué hace en un sitio como ése te manda a hacer gárgaras.

“Un petirrojo me mostró la entrada de la cueva, cegada por la maleza”. Ese tipo de cosas, casi panteístas, de naturaleza animada, suceden muchas veces en el libro. ¿Cómo se ha planteado la relación con el paisaje?

Somos memoria de un paisaje y yo me reconozco en ese cielo amarillo y en ese paisaje severo y a la vez burlón.

¿Por qué has elegido la primera persona?

Para escribir una historia necesitas creértela y yo no hubiera sido capaz de contar esta historia y de creérmela empleando la tercera persona.

¿Cómo es la familia del narrador?

Humilde, trabajadora, honesta, gritona y con unos cuantos fantasmas.

¿Existen curas como José Luis?

No todos los curas son como Rouco Varela, gracias a Dios. También ha habido y hay curas, sobre todo en la orilla izquierda de la Iglesia, que han hecho un extraordinario trabajo, muy poco reconocido, por la justicia social. 

¿Ha querido que el personaje más entrañable fuera ese tío, al que le llamaban ‘Cabeza de Pepino’ y que le regalara al protagonista la máquina de escribir?

Yo no diría que Cabeza de Pepino es un personaje entrañable. A mí me parece más bien un personaje beckettiano.

¿Desde cuándo ha querido ser escritor?

Alguien dice en la novela: “Yo escribo para no poner bombas”.

Parece que ahora hay un debate, animado incluso por Martínez de Pisón, sobre la ficción pura y la autobiografía. ¿Dónde estás tú, con quien te alías?

La autobiografía, cuando no es más que un ejercicio de melancolía y de ombliguismo, no tiene ningún interés. Y en cuanto a la ficción, nunca puede ser totalmente pura. No hay nada puro, ni en la literatura ni en la vida.

¿Publicar en Anagrama es la culminación de un sueño?

Digamos que es como conseguir liarte con esa tía buena del instituto a la que llevas toda la vida deseando y que creías inaccesible para alguien como tú. 

Aquí hay una reflexión constante sobre España. ¿Qué te molesta, qué quieres denunciar?

La negrura de España, que antes me exasperaba, ahora me fascina. España es una granja de monstruos.

 

*Esta entrevista apareció ayer en Heraldo de Aragón.

La foto la tomo de aquí: https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-667417fa17c8f21c42c1e0946a36cdd5.jpg

FOTO LITERARIA DE ELÍAS MORO

FOTO LITERARIA DE ELÍAS MORO

[Este próximo jueves, 15 de marzo, en Antígona y en compañía de Víctor Juan Borroy, Elías Moro Cuéllar presentará su libro ’Manga por hombro’ (Isla de Siltolá), con muchos amigos de Zaragoza. Este texto es el pórtico del libro. Entre otras reseñas, puede leerse esta de Eduardo Moga: 

http://eduardomoga.blogspot.com.es/2013/11/manga-por-hombro.html]

 

FOTOGRAFÍA DE UN ESCRITOR EN LIBERTAD

 

 

Elías Moro es uno de esos escritores que tiene parentescos por doquier: es hijo y nieto de Pla y Cunqueiro, ahijado de Georges Perec y Ramón Gómez de la Serna, bebe los vientos por Kafka y Monterroso, se estremece con Cortázar y con Arreola, se ha educado con las historias de Juan Rulfo, Miguel Torga y Jean Giono, y con los artículos de Julio Camba, y se reconoce en un sinfín de autores contemporáneos suyos: desde Cristina Grande a Fernando Aramburu o Fernando Sanmartín. Y no solo eso: se ha formado con la poesía de todas las latitudes; con Pessoa, con la generación del 27 y con los japoneses, es tan versátil y curioso que lo mismo redacta un poema en verso blanco y un diccionario sobre el mundo del pastoreo que se atreve con un haiku. Es un escritor desconcertante porque le interesa el mundo ancho y ajeno.

No es fácil clasificarlo ni reducirlo a un corsé de estéticas: Elías Moro es un escritor en libertad, un paseante que se alimenta de curiosidad, un soñador y a la vez alguien que medita. Pasa un insecto, cruza el aire un pájaro, ve una mujer sentada en un café o contempla el espejo de los charcos, y él escribe una pieza magistral. El texto de un diletante, de un ingeniero de nubes, de un mago de las causas felices. Tiene una rara virtud: ama tanto la vida y sus secretos, ama tanto la vida y sus afluentes que se cita con ella a través de las cosas menudas, de lo superfluo, de lo invisible, de lo que aletea en un suspiro con fulgor de ave celeste.

Elías Moro Cuéllar es una de esas criaturas que se alimentan de afecto y que engrandecen su entorno con la amistad. Se engrandece él y engrandece a los demás. Y esparce el talento como se esparce la nieve en copos: con pasmosa naturalidad. Todos sus libros, y sus proyectos, nacen como si nada: tal como vienen, con la caricia de la lluvia, con el viento que golpea y no daña. Como quien no quiere la cosa. Eso sucede con sus poemas, con sus relatos, con libros como ‘El juego de la taba’, que es un cajón de sastre donde cabe de todo, un cajón de sastre que tiene un elixir imprescindible: la imaginación y sus usos.

‘Manga por hombro’ es un poco lo mismo. Es y no es lo mismo. Elías Moro ha seleccionado aquí un conjunto de entradas de su blog y las ha organizado de manera que el libro funciona como una continua caja de sorpresas y hallazgos, y como el puzle de un autorretrato. Elías Moro se acuerda –y este es uno de sus verbos favoritos: a él le gusta acordarse de casi todo, como a su amado Georges Perec- de la salamanquesa llamada Pepita, de aquella matrícula de honor que logró en Ciencias Naturales, de las bibliotecas que ha visitado, de las librerías de viejo que conforman su existencia con su pozo sin fondo de tesoros constantes, le gusta referir en clave humorística las visitas al ginecólogo con su mujer o recrear la maquinilla de Benito, el de la barbería. Sin darse cuenta casi, a través de las nueces o de los citados charcos, se disfraza de Marcel Proust y describe sensaciones inefables. Sensaciones, pálpitos, la onda expansiva de la memoria a partir de objetos, de olores, de estados de ánimo. Cinéfilo empedernido como es, evoca a Jacques Tati y a su Monsieur Hulot o todo lo que le ha dado cine a través de los besos y las imágenes de ‘Cinema paradiso’.

A Elías Moro, conocida su devoción por Ramón Gómez de la Serna, le fascinan las greguerías, los juegos de palabras, las listas de vocablos e incluso esas piezas que parecen metaficción en torno a la identidad, como verán en ‘Mi otro yo. También le fascinan los bestiarios, y el punto de vista a contrapelo, como sucede con ‘Elogio del rinoceronte’ e incluso con ese texto inicial que te deja un raro sabor de boca: ese cuento del padre-gallo al que otro gallo mayor e igualmente insolente lo deja seco.

Elías Moro ha metido muchas cosas en ‘Manga por hombro’. Es casi imposible hallar un texto que nos deje indiferente: todos tienen aliento, humor, sentido de la evocación, latido, todos han sido escritos con el ingenio y el corazón, con la gracia y la hondura. El autor también habla del acto de escribir, de sus poéticas (“Antes del poema lo sé, al terminarlo lo dudo”, dice) y del paso del tiempo; me ha conmovido especialmente la pieza ‘El tiempo pasa’, donde se dice: “Ya guardo fotografías donde soy más viejo que las que tengo de mis padres”.

He aquí un libro libre. Libre en la forma, libre en el contenido: el autor divaga, redacta poemas y soleares, declara su veneración por las mujeres y su desnudo, usa el microcuento, la crítica literaria, el retrato y la elegía (por ejemplo, la que le dedica a José Antonio Labordeta), cuenta relatos y leyendas, y juega con el campo semántico de muchos términos: por ejemplo el vocablo ‘decentes’ o las posibilidades y ramificaciones de las sombras. Es tan imaginativo y observador que redacta un texto como ‘Hablando en plata’: existen seres, o podrían existir, que escriben y hablan únicamente con frases hechas. Se retrata magistralmente a la manera impresionista así, en 49 palabras: “La teta materna. Mis hermanos. Escarcha y bochorno. Arroz y sandía. Operación pulmonar. Baloncesto. Amor y amistad. Literatura. Viajes. Mérida. Lali, Sara y Alba. Los Marx, Woody Allen, El Padrino. Lisboa. Vidal. Copla, fado y tango. Música y poesía. La muerte. Un beso inolvidable. Y su mirada marrón. Stop”.

Eso sí, y me gustaría dejarlo claro: este señor no es perfecto. No le gustan ni Popeye ni las espinacas. Es tan raro, tan original, tan atrabiliario que es capaz de escribir de la tristeza de los trenes. Si Elías Moro Cuéllar no es un poeta...

 

*Foto de Jorge Armestar.

TRES POEMAS DE FERNANDO SARRÍA

[Fernando Sarría publica un nuevo poemario, ‘Silencio (Por favor) en el sello Lastura. Es un poemario sobre sus temas habituales: el amor y sus obstáculos, el embrujo de la noche, la glosa de la memoria, el silencio, la intuición: los temas entran y salen como las imágenes en los poemas y en la vida. He aquí tres poemas del escritor.]

 

SILENCIO ( POR FAVOR)

 

Tres poemas del nuevo poemario de Fernando Sarría

 

*

A veces pronuncias la palabra agua y eres tú,
otras veces dices hielo y también eres tú.
Sostener una mirada 
cuesta más que besar unos labios. 
Encender el amanecer desde las sombras 
solo se consigue

con el silencio habitado    

por el canto de un pájaro.
Tener la vida sin respuestas es lo cotidiano,

también lo es estar solo,

en medio de una mirada y su respiración.
Nunca la vida nos reserva un tiempo de espera,

aunque es cierto que cuando el mundo se silencia,

un corazón, a veces, no puede soportar la soledad.

 

*

 

Me detengo en medio de una calle

y es solo un poco de eternidad que se me escapa,

la sombra de un instante que tiene huella y silencio.

Contemplo las cosas sin reconocerlas,

aunque sé que son tan sencillas

como las preguntas que guardan dentro.

Hay noches que hurgan en mis palabras

y dejan marcas de cantero en ellas,

otras se diluyen en mis labios sin apenas pronunciarlas,

entonces cuesta acabar un verso

que no tenga el valor de la lluvia.

Me recorre la sangre unos gramos de muerte,

y afloran en mis manos

como hojas secas con su tiempo tasado.

Es cierto que todo me conmueve,

pero en medio de esas noches

apenas soy un poco de vida

esperando el amanecer.  

 

*

 

 

He cruzado un corazón como si fuera el Pacífico,

tanta inmensidad, tanto silencio,

sin nombres y sin palabras.

 

FICHA BIBLIOGRÁFICA DE FERNANDO SARRÍA

Fernando Sarría (Ejea de los Caballeros, Zaragoza) es licenciado en Filosofía y Letras, en la especialidad de Historia del Arte, por la Universidad de Zaragoza. Ha dedicado varios años a la investigación en Historia del Arte, en concreto a la escultura del siglo XVI aragonés. Ha publicado los libros de poemas ‘El error de las hormigas’,  ‘Alhaquín’, ‘Todas las mentiras que te debo’, ‘Babel en las manos’, ‘Las Horas’, ‘Calafell’, ‘Bare’  y ‘El buril y la piedra’. 

 

*Las dos fotos son de Christian Coigny, un magnífico retratista del mundo femenino.

 

-La primera la tomo de aquí: 

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-d8ce989dc2f1a56ae7a311c8062cc4d8.png

 

-La segunda la he tomado de aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-bd4d37a8409b029fdf043af79dc8e069.jpg