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Antón Castro

JAVIER EGEA, UN POEMA DE AMOR

JAVIER EGEA, UN POEMA DE AMOR

JAVIER EGEA, CASI ENAMORADO DE UNA JOVEN

Javier Egea nació en Granada en 1952 y murió en 1999. La poesía fue la tarea de su vida: la tarea, la emoción, la vocación, el afán, la quimera, la práctica cotidiana. Escribió como vivió, escribió contra la sombra de la muerte y del dolor. Ayer me llegó el segundo volumen de su ‘Poesía completa’, que edita Bartleby, con prólogo de Jairo García Jaramillo, y edición de José Luis Alcántara y Juan Antonio Hernández García. Me gustan muchos poemas, pero especialmente este, que no sé si es revolucionario o adecuado para un día como hoy, como ayer. Aquí la joven es Jean Seberg y la foto es de Henry Dauman.

 

 A UNA JOVEN DORMIDA, CASI ENAMORÁNDOME

 

Ojos distintos, turbia, inesperada,

con veinte años ya de tempestad.

Sueña donde concluye la ciudad

y se espigan deseo y madrugada.

 

Y parece feliz. O desplegada

en el mapa de ajena soledad

por donde habrá que navegar. Mirad:

ella pone sentido a mi jornada.

 

Ella es un cuerpo largo que se inquieta,

que lleva sombra y luz en su camisa,

anticipando libertad y meta.

 

Ella es rumbo que siempre se improvisa,

mueve esa carne vasta de planeta

y se despierta aún con la sonrisa.

RAFAEL MONEO: UN DIÁLOGO

RAFAEL MONEO: UN DIÁLOGO

«La arquitectura de calidad no se hace sentir mucho»

«Procuro que mis obras se disfruten con una construcción ajustada y pulcra»

«Querría mantener el espíritu inquieto y atento con el que hice la Fábrica Diestre»

«La vida y la evolución de un arquitecto están ligadas al viaje»

 

Rafael Moneo fue el Premio Príncipe de Asturias de las Artes de 2012, que ha sido definido como «un arquitecto español de dimensión universal». Aquí hace un viaje por su trayectoria y explica su labor en Fábrica Diestre, su primer proyecto, o en el complejo Aragonia. Dio, ante varios centenares de alumnos, la conferencia de inauguración del curso en la Escuela de Ingeniería y Arquitectura. Javier Monclús y Carmen Díez hicieron de anfitriones.

[Retrato fotográfico: El maestro. Rafael Moneo es un pensador: intenta conjugar la limpidez con el pragmatismo, la belleza de las líneas netas, casi austeras, con la funcionalidad. Lo hace, conmueve y no se da importancia.]

ANTÓN CASTRO / Zaragoza

Rafael Moneo (Tudela, 1937) es un ’Nobel’ (fue Pritzker en 1996) de la arquitectura: un Nobel y un noble, humilde y reflexivo. Ha inaugurado el Curso de la Escuela de Arquitectura y de Ingeniería, y ha reflexionado sobre tres edificios: Aragonia, la Universidad de Columbia y la iglesia de San Sebastián.

¿En qué consiste ser arquitecto?

Yo creo que casi todo el mundo se siente próximo al trabajo que hace un arquitecto, seguramente porque hay algo que lleva pensar en tiempos muy, muy remotos en los que construir era también sobrevivir. Después de eso, el proceso de especialización que se ha producido en la especie humana ha dado lugar a que el arquitecto haya estado ligado a la construcción. Y a medida que ha ido avanzando y abonando esta especialización, el arquitecto ha ido siendo, cada vez más, el responsable de dar las directrices de aquello que se construía. Luego el término arquitecto ha servido, qué sé yo, para definir metafóricamente a un entrenador que conduce a un equipo a la victoria; el término ha adquirido más hondura y ha convertido al arquitecto en estratega. Pero a mí me gustaría verlo ligado sobre todo a este papel del arquitecto como constructor.

¿Solo constructor?

Creo, también, que desde el Renacimiento el término de arquitecto ha pasado a diluirse y desdibujarse a medida que la diversidad de trabajos que se dan cita en un edificio ha hecho que esos saberes no estén todos en manos de una sola persona, y ha quedado ese aspecto más ligado a definir y establecer los componentes lingüísticos. Por eso la apariencia del edificio es lo que parece pertenecer más al arquitecto, pero, insisto, a mí me gustaría que siguiese vigente esa condición primera ligada a un trabajo, el del arquitecto que se afirma en la construcción.

Javier Monclús le presentó diciendo que usted era un arquitecto de ideas. ¿Qué cree que quiere decir?

La profesión de arquitecto se produce no lejos del terreno de la enseñanza donde lo que se discute es cuál es el posible sentido de lo que construimos hoy. Esa proximidad con el mundo de la enseñanza hace que la discusión teórica acerca de los problemas que preocupan al constructor y a la arquitectura hayan estado presentes en mi trabajo... Creo que Javier Monclús se refiere a eso. Espero que no me haga escribir un manual...

No se preocupe. Me gusta que cierre los ojos tan intensamente y que busque las respuestas como si las pensara por primera vez. ¿Tiene o no tiene estilo un arquitecto?

Yo creo que sí. El estilo seguramente -hablamos de estilo o de lenguaje- es como una categoría difusa de la cual participan todos quienes vivimos y trabajamos en determinado momento. En realidad, si uno mira en la Zaragoza de los años 30 vería que esa arquitectura que se desprendía del ornamento y que está presente en muchas obras primeras de los Borobio era un estilo, que luego adquiere otros matices más personales o locales... Hoy el estilo es menos claro. Por el modo en que se construye se han introducido tantos aspectos diversos que, seguramente, quienes hagan la historia de estos años también verán las cosas mucho más próximas de lo que las vemos nosotros ahora. En el caso de mi trabajo no hay tanto un recrearse en el lenguaje como en entender las condiciones muy precisas y peculiares de un proyecto. Lo que caracteriza mis proyectos es la lógica con que se afrontan.

¿La lógica? Cuando le concedieron el Premio Príncipe de Asturias, que recibía el viernes, le adjudicaron dos términos: serenidad y pulcritud. ¿Considera que esos dos sustantivos definen su quehacer?

Me gustaría que fuese verdad lo que ha dicho el jurado. Los años 80, 90 y después de ese periodo que se llamó posmodernidad han venido marcados por una exageración y exuberancia a las que yo siempre me he resistido. En ese aspecto, he buscado más la calma o entiendo que alguien pueda ver mi trabajo como más sereno, si serenidad significa no recrearse en la exageración o la desmesura. Podría ser una característica, sí.

¿Y la pulcritud?

Respeto a pulcritud, intento tener toda aquella que me permite una práctica de la construcción hoy que, poco a poco, va perdiendo los valores que le daba el artesonado y se ha dado entrada a la industria. Y en uno y en otro, el lado artesano y el industrial, cabe la pulcritud. En la medida de lo posible procuro que mis obras se disfruten con una construcción ajustada y, en último término, exageradamente pulcra. O entendida como pulcritud por el jurado.

¿Qué queda en usted de aquel joven arquitecto que concibió la Fábrica Diestre, en Zaragoza?

Seguro que he cambiado, pero a mí me gustaría que aquel arquitecto inquieto y atento -que intentaba ver si era capaz de replicar la arquitectura de aquellos profesionales que admiraba-, mantuviese el mismo espíritu en el de hoy. Quizá no miro ya tan claramente al trabajo de otros colegas, pero sí me gustaría que esa inquietud trasladada o reflejada en términos de exigencia se mantuviera hoy.

¿Cuál sería la clave de ese proyecto que parece casi una pequeña ciudad en Zaragoza o, como también, dijo un barco inmenso con su sala de máquinas: Aragonia?

Es una obra, de entrada, importante por el tamaño. Hay veces que el tamaño cuenta y entender que aquello que se pone en tus manos puede cambiar la faz, no me atrevería a decir de un barrio, pero sí de un área de la ciudad suficientemente amplia como englobar esos dos parques, hace que yo valore el Aragonia en lo que tiene de importancia en el medio en que se inscribe. Es más difícil para un arquitecto la obra de dimensiones amplias que la obra más menuda. La obra más menuda puede controlarse más, pero en la más grande los aspectos estructurales tratan de apropiarse del edificio. En el Aragonia nos hemos movido en el filo de la navaja: sin perder lo que pueda haber de personal en mi trabajo, hay que reconocer y asimilar también la obligación instrumental que un edificio como ese tiene. Ha sido difícil por esa superposición de usos y funciones, pero en ningún caso considero este proyecto una obra menor en absoluto dentro de mi trayectoria. Aragonia es un trabajo importante, muy valioso para mí.

Para la gente que quizá no domine en exceso la arquitectura... ¿cuáles serían o deberían ser los baremos de percepción? ¿Qué les diría usted qué y cómo es ese edificio?

La buena arquitectura, de calidad, no se hace sentir mucho. Si Aragonia está absorbida por las gentes que lo usan sin que les reclame continuamente pensar que hay un arquitecto que ha volcado en ella intenciones de alcance intelectual, que a ellos quizá no les interesen, me parece muy bien; a mí me gustaría que estas gentes se moviesen con naturalidad por sus espacios. Si las gentes se mueven con naturalidad en ese espacio y con esa nueva visión de un edificio que concilia los dos parques, yo creo que eso determinará el acierto en lo que ha sido mi trabajo. Cuando voy al Aragonia ahora me gusta ver a la gente moviéndose por esos corredores que se han convertido en colectores de movimiento que antes, de algún modo, ya existían.

¿Cabe hablar de armonía, de diálogo entre los edificios?

Sí, claro. También es importante ver cómo en un barrio con una construcción un poco indiscriminada, o desordenada, prevalece una construcción en la que lo que significan los metros cuadrados cuenta y acepta incorporar una arquitectura un poco más esbelta, afilada, más permeable. Frente a los dos grandes bloques que se producen o que ahí había, hemos introducido una arquitectura un poco más vibrante y alegre, por el color, con materiales de aquí, con sus texturas. El edificio Aragonia incorpora un nuevo orden y una nueva estructura que, en cierto modo, se transparenta.

En estos tiempos de crisis, ¿qué arquitectura se tiene que hacer?

Volviendo a la pulcritud y serenidad de la que hablábamos antes, yo creo que la buena arquitectura que hay que hacer ahora es la buena arquitectura que se hacía antes. Los nuevos tiempos seguramente introducirán una vuelta a una racionalidad que parecía haber desaparecido en los tiempos de esa exuberancia de la que hablaban los economistas y que se traducía, si se quiere, a una arquitectura más próxima a los excesos desde el Barroco, aunque en medio también había todo ese minimalismo. Volveremos a una arquitectura que recupere escalas más manejables y que permita a los arquitectos, jóvenes y no jóvenes, el cultivo de la intensidad.

¿Qué es lo que da valor a una obra?

El tamaño puede ser la medida del riesgo, pero considero que la adecuación no es un mal término para definir a aquello que puede dar valor a una obra. Adecuación.

¿De qué se alimenta un arquitecto como Rafael Moneo?

Si algo no he perdido es la curiosidad. Realmente yo creo que la vida y la evolución de un arquitecto -creo que lo ha dicho en alguna ocasión Siza- están ligadas al viaje. Y el viaje está ligado a esa sensación de apertura, de dejarse invadir por toda una serie de realidades que pueden parecer ajenas pero que están en todos los campos. Pienso que lo que ayuda a la inspiración o la soporta, lo que alimenta al arquitecto pueden ser disciplinas ajenas a la arquitectura: la música, la literatura, el arte... A mí no me gusta limitar mi trabajo a la disciplina en la que profeso.

 

PERFIL DEL ARQUITECTO

El maestro. Rafael Moneo es un pensador: intenta conjugar la limpidez con el pragmatismo, la belleza de las líneas netas, casi austeras, con la funcionalidad. Lo hace, conmueve y no se da importancia.

Retrato de un profesional cercano, detallista y libre

Parece que todos los años son buenos para Rafael Moneo: es un hombre cálido, cercano, detallista. Como quien no pierde pie en ningún instante; recuerda sus clases y sus alumnos, le gusta escribir de lo que hace y aún le gusta más hablarle a los alumnos. Dice que el territorio de la máxima libertad para el arquitecto es el de exigencia: ahí, con condiciones, con demandas de uso y de funcionalidad, el profesional despliega su imaginación, sus conocimientos y la necesidad de construir una arquitectura a la medida del hombre. Hace unos días, arropado por profesionales -Basilio Tobías, Carmen Díez, Javier Monclús, Ricardo Marco, crítico de HERALDO, Iñaki Bergera, Luis Franco y Carlos Labarta, entre otros-, impartió una clase magistral a los alumnos: en el salón de actos atiborrado se oía su voz tenue, había que aguzar los oídos y mitigar todos los carraspeos para entender la dimensión de Aragonia o la pasión que tiene por las catedrales e iglesias, porque allí se dilucidan asuntos como el cosmos y el hombre, la divinidad y el rezo. Los alumnos oyen de sus labios nombres de escultores como Oteyza y Chillida, de músicos como Stravinski y de numerosos arquitectos: Le Corbusier, Mies van der Rohe, Koolhass, Sáenz de Oiza, que fue su maestro y su amigo. Su obra es vastísima, y ha sido ratificada con muchos premios: el Nacional de Arquitectura, en 1961; la Medalla de Oro de las Bellas Artes, 1992; el Pritzker, en 1996; o el Mies van der Rohe, 2001. Su última distinción ha sido el Premio Príncipe de Asturias de las Artes de este mismo 2012 y que recogía el viernes en Oviedo. En Aragón ha hecho la Fábrica Diestre, su primer proyecto; el Aragonia, la Fundación Beulas o ha trabajado, entre otros lugares, en Panticosa.

 

JUAN ROYO Y LOS TEBEOS

JUAN ROYO Y LOS TEBEOS

‘UN MUNDO EN VIÑETAS’: UN NUEVO LIBRO DE JUAN ROYO

Juan Royo (Zaragoza, 1970) es un loco de los cómics. En 2010 publicaba ‘Un  tratado de cómic’ y ayer presentó en la FNAC, con Paula Ortiz y José Vicente, un nuevo libro, más personal, más autobiográfico también: ‘Un mundo en viñetas’ (1001 ediciones), donde mezcla sus dos pasiones: la responsabilidad social corporativa, o lo que él llama la “economía con alma y con personas, la economía próxima al ciudadano”, y los tebeos. En el libro, a lo largo de diversos capítulos y epígrafes, habla de todo: del cómic social, del cómic gafapasta (vinculado a la novela gráfica), del cómic y el cine, de la fantasía, de denuncia, de muchos autores específicos (Miguel Fuster, López Espí, Kalito, Carlos Ezquerra...) y también de algunos de sus fetiches: David Guirao, José Antonio Ávila, Eduardo Laborda, Manuel Bayo Marín. El libro lleva muchas ilustraciones, adquiridas o regalos al escritor por parte de los dibujantes, y por eso resulta aún más entrañable: un libro íntimo, de coleccionista, descriptivo, y a la vez contiene muchos elementos sociológicos. Aparece, además, en vísperas del Salón del Cómic Aragonés. Esta foto en color es de Vicente Almazán, ese amigo imprescindible que pasa por todas partes.

LEV TOLSTOI Y EL CINE: EN FÓRCOLA

[Javier Fórcola es un editor entusiasta y apasionado. Publica libros estupendos de muchos autores. Uno de los últimos es ‘Conversaciones y entrevistas. Encuentros en Yasnia Poliana’ de Lev Tolstoi. Javier me envía esta entrevista sobre el cine. Un detalle de generosidad con este blog y con sus lectores.]

 

 

Lev Tolstói

Conversaciones y entrevistas. Encuentros en Yásnaia Poliana

Edición de Jorge Bustamante

Fórcola, 2012

 

Tolstói y el cine[1]

 

A principios de septiembre de este año nos dirigimos a casa del conde Lev Nikoláievich Tolstói con la misión de recibir del eminente escritor su autorización para la producción de un documental cinematográfico con él y, de ser posible, realizar de inmediato algunas tomas.

No sin agitación mi camarada y yo saltamos del carruaje, cerca de las dos columnas macizas que guardan la entrada a la hacienda de Yásnaia Poliana.

¡He aquí aquel rincón silencioso, donde inmerso en sus pensamientos y su actividad creadora, vive casi enclaustrado el «gran escritor de la tierra rusa»!

Una amplia alameda nos conduce a una pequeña casa de piedra de color blanco níveo, hundida en fondo verde del follaje... Todo está en silencio... y avanzamos bajo la bóveda de los tilos seculares que han cercado la plazoleta frente a la casa, de la que sobresale el porche.

No hay nadie, nadie sale a nuestro encuentro, y pareciera que nosotros mismos temiéramos perturbar esa majestuosa tranquilidad con la que los allegados a Lev Nikoláievich, y tal vez incluso la misma naturaleza, han rodeado su vida...

Pasamos nuestras tarjetas de presentación a la condesa por medio de un criado, con la petición de que se nos permita exponerle el asunto, por no molestar a Lev Nikoláievich. En efecto, como nos informó la condesa Sofia Andréievna, el escritor se encontraba muy ocupado en los preparativos para viajar al día siguiente a casa de V. G. Chertkov, poniendo en orden sus papeles, los trabajos comenzados y otras cosas.

Debemos destacar la absoluta simpatía con que acogió la condesa nuestra petición. A ella misma le parecían atrayentes las tomas que tuvieran por objetivo inmortalizar para los familiares de Lev Nikoláievich los momentos de su vida, y, tanto en este viaje nuestro a Yásnaia Poliana como en los ulteriores, Sofia Andréievna nos brindó siempre todo tipo de ayuda en los pormenores de la producción de las tomas, negociando con Lev Nikoláievich su consentimiento de posar ante la cámara, asunto que hubiera sido imposible de no haber sido por ella.

Ay, sólo podemos decir que las convicciones del conde, las grandes ideas del profeta de los preceptos del amor universal y la felicidad, eran incompatibles con posar para el cinematógrafo... Era algo que nos había transmitido el propio escritor en nuestras breves conversaciones, en los encuentros con él durante los acostumbrados paseos matutinos...

Con todo nos fue permitido realizar las tomas, grabar los momentos de la vida cotidiana del escritor.

El primero de los trabajos emprendido por nosotros fue el de las tomas del viaje de Tolstói a la estación de Shchekino, de donde salió vía Moscú para visitar a V. G. Chertkov.

No sobra decir que estuvimos a tiempo en el lugar. Corrían los últimos minutos de la espera... De pronto, aparecieron... A paso muy ligero, salió por la puerta de la hacienda un cochecito de dos caballos que llevaba a Lev Nikoláievich y a su esposa, que lo acompañaba. Tras ellos iba una troika con Alexandra Lvovna, la hija menor del escritor, y otros acompañantes... Un ligero bufido se escuchó en la cámara, cuando corrió la cinta, absorbiendo todo lo que veía la mirilla perspicaz del objetivo, para después mostrar las escenas captadas a todo el mundo en la pantalla...

Pero teníamos que apresurarnos. Tan pronto como los coches pasaron frente a la cámara, debimos adelantarnos apresuradamente en nuestros caballos para tener la posibilidad de filmar la llegada a la estación.

Allí, en la plataforma de Shchekina, trabajamos con no menos acierto. Las tomas de la llegada, la entrada a la estación, el paseo de Lev Nikoláievich por el andén en espera de la salida, la escena del encuentro con los parientes, que habían llegado en ese mismo tren, y, al fin, los últimos momentos de la salida en la vía, todo quedó registrado en la cinta [...].

En este momento, mientras se escriben estas líneas, las escenas tomadas por nosotros de la vida de Tolstói ya se han convertido en una cinta, que en unos días verá Moscú, Rusia, y otros países.

Al obtener una primera copia de la cinta, y contando de nuevo con el consentimiento previo de la condesa, nos apresuramos a Yásnaia Poliana para mostrar al escritor el trabajo realizado.[2]

Al mismo tiempo, llevamos con nosotros una selección de otras cintas para proyectarlas. Los preparativos para la función comenzaron desde la mañana. En la plazoleta, frente a la casa (se decidió hacer la sesión al aire libre), desplegamos la pantalla, instalamos el equipo, los bancos y las sillas para los espectadores...

Todo quedó preparado. Hacia las seis de la tarde comenzaron a llegar los primeros espectadores: los niños de la aldea cercana a la hacienda. Tan pronto empezó a oscurecer, justo después de la comida, Lev Nikoláievich, Sofia Andréievna, Alexandra Lvovna y demás habitantes de la casa e invitados ocuparon sus lugares... Había también algunos vecinos. La mayor parte de los espectadores estaba constituida por campesinos, en total, se habían reunido unas doscientas personas.

El proyector se encendió, y una columna de luz reflejó en la pantalla un cuadrado de blancura deslumbrante en medio de la oscuridad de la noche.

La función comenzó.

No vale la pena hablar sobre el éxito técnico de la función. A ese respecto estábamos lo suficientemente preparados como para no preocuparnos. Pero, además, cuando se acabó la representación y el reflector se dirigió hacia la muchedumbre animada que por el jardín caminaba a casa, alcanzamos a ver los ojos brillantes de los niños, los rostros alegres de los adultos.

Escuchamos comentarios sumamente halagüeños, exclamaciones entusiastas.

Pero para nosotros era importante la opinión de Lev Nikoláievich, quien, al sentirse un tanto fatigado, se había ido un poco antes del fin de la función.

El gran escritor quedó contento con lo que vio. Nos comunicó que consideraba aquellas escenas panorámicas y científicas que habíamos mostrado en Yásnaia Poliana (el camino militar georgiano, la ciudad de Delhi en India, las plantaciones de tabaco, etc.) un espectáculo razonable e instructivo. Las tomas hechas a Lev Nikoláievich se mostraron dos veces...

Al día siguiente salimos de regreso, teniendo el gusto de regalar a la condesa Sofia Andréievna la única copia que habíamos traído con las tomas de Lev Nikoláievich. Esa copia está destinada al museo de Tolstói.

¿Qué podemos decir en conclusión?

Todavía, hasta la fecha, Lev Nikoláievich no es un total partidario del cinematógrafo, no lo ve como un fenómeno de excepcional utilidad desde cierto punto de vista.

Al ser la cinematografía en sí misma un asunto demasiado joven, que se desarrolla con una rapidez endemoniada, sin duda no puede encauzarse exclusivamente por un camino recto, sino que crece su significado en la vida de la humanidad, a la que va conquistando cada día.

Ha habido, sin duda, desviaciones del verdadero camino.

Pero ahora el cinematógrafo ha logrado ya sus primeros pasos en el trayecto del gran futuro que le espera.

Se ha convertido en teatro de la vida pasajera.

Un poco más y el cinematógrafo se volverá escuela.

Para nuestros hijos será el principal soporte científico, las universidades le abrirán ampliamente sus puertas.

Y aún más: el cine se convertirá en un medio para difundir grandes ideas.

Por ello estamos seguros de que está cerca el tiempo en que Lev Nikoláievich se acerque más al cinematógrafo [...].



[1] Texto aparecido en la revista Cinefono n.º 1, en octubre de 1909, firmado por Vladímir Konenko.

[2] Sofia Tolstaia escribió en su diario el 24 de septiembre de 1909: «En la noche mostraron la película, y se reunió toda la aldea». (Diarios, tomo 2, página 294.)

 

*Portada del libro y, abajo, Tolstoi con Gorki.

JOSÉ LUIS MELERO: UN DIÁLOGO SOBRE 'ESCRITORES Y ESCRITURAS'

Pepe Melero, retratado por Vicente Almazán.

 

José Luis Melero Rivas (Zaragoza, 1956) publica ’Escritores y escrituras’ (Xordica, 2012) y lo presenta esta tarde, lunes 12, a las 19.30, en el Teatro Principal en un acto que organiza la librería Los Portadores de Sueños. En esta entrevista (en Heraldo se ofrece hoy una amplia síntesis) habla de las claves de un libro que avanza por "las carreteras secundarias de la literatura". Acompañarán a José Luis Melero dos de sus mejores amigos: Luis Alegre e Ignacio Martínez de Pisón.

"Soy un escritor de esos a los que les gustan

los márgenes, los arrabales, los caminos no trillados"

Pepe Melero, por Pepe Cerdá.

 

-¿Sería ‘Escritores y escrituras’ la segunda parte de ‘La vida de los libros’ (Xordica, 200) o es un libro distinto?

Es verdad que nace del mismo tronco que ‘La vida de los libros’ (las columnas que publico semanalmente en Artes y & Letras de ‘Heraldo de Aragón’), pero mis libros son todos diferentes, porque hablo de cosas diferentes, de autores diferentes, de personajes diferentes. En ‘La vida de los libros’ contaba anécdotas de Juan Ramón, Enrique Líster o Juan Benet y ahora aparecen Villalón, Cajal o Jarnés. Me interesan tantas cosas y tan dispares que nunca uno de mis libros se parece a otro.

-¿Cuál es la razón de este libro? ¿Cómo lo definiría?

Es el libro de un enamorado de la vida, que igual disfruta con los libros viejos que con los nuevos, que no se avergüenza de que le guste el fútbol (bueno, en realidad solo el Zaragoza) o la jota aragonesa, que no cree que recordar el diccionario aragonés de Mariano Peralta sea provinciano y hablar de la chilena Teresa Wilms cosmopolita, sino que ambas cosas sirven si nos ayudan a ser felices. Es el libro de un lector sin prejuicios, abierto al mundo.

- ¿Qué porción hay aquí de de erudición, de búsqueda, de divertimento, de literatura del ‘corazón’?

Mis libros son el resultado de muchos años de lector. Y como nunca he leído por obligación (cosa que sí les sucede a los críticos y a muchos profesores universitarios) sino por placer, en ellos creo que se percibe siempre que me he divertido, que he disfrutado con los libros, que he leído en cada momento lo que me ha venido en gana sin importarme las modas, los intereses editoriales o la necesidad de prestar atención a los saberes codificados. Los manuales nos dicen que hay que leer a Lezama Lima, pero si a mí me aburría -que me aburre-, pues leía los cuentos de Macedonio Fernández, que me apetecían más, y tan amigos.

- En un determinado momento se confiesa fetichista. ¿De qué en realidad?

Siempre he sido fetichista. Me gustan las primeras ediciones y los libros que llevan dedicatorias autógrafas, y también me gusta guardar la correspondencia, los originales o los objetos personales de mis amigos y de mis escritores y personajes admirados. Pero esto es tan viejo como el mundo: Zuloaga guardaba en su casa de Zumaya -lo acaba de contar García Guatas- fragmentos de la capa con que se amortajó a Goya y unas cuentas del rosario que pusieron en las manos del artista, Azorín robó un botón de la levita de Larra, Truman Capote presumía de poseer un pisapapeles de Colette y Javier Marías compró en una subasta una pitillera de Conan Doyle. Yo también tengo mis pequeños tesoros. Solo hablaré de uno, aun a riesgo de parecer presuntuoso: conservo las botas y una camiseta de mi admirado José Luis Violeta, “El León de Torrero”. Ese tótem protege mi inflamado zaragocismo en los momentos más difíciles.

-También dice que es un pésimo bibliófilo... ¡Nadie lo diría!

Los bibliófilos ortodoxos suelen tener un perfil coleccionista, no acostumbran a leer los libros que compran y sienten predilección por una tipología de libros que a mí no me interesa nada. Yo me siento muy alejado de los intereses de los bibliófilos tradicionales. Me gustan mucho los libros humildes, me interesan más las ediciones del siglo XIX que casi cualquier libro del siglo XV y nunca compro un libro que no piense que voy a leer. Aunque, desgraciadamente, nunca alcanzo a leer desde luego todos los libros que compro.

En este terreno de las memorias revela algo de lo que sabíamos poco: las memorias del arquitecto Fernando García Mercadal, al que Agustín de Foxá llamaba “enano”. ¿Cómo son en realidad? Hablas de quimeras de amor... También da a entender que te vuelven locos los ‘Diarios’. ¿Qué hay ahí de especial para usted?

Fernando García Mercadal escribía unos pequeños folletos que editaba en Navidad y con los que felicitaba las fiestas a sus amigos. Hacía ediciones no venales de 100 ejemplares numerados, que naturalmente él costeaba, y los firmaba solo con sus iniciales: F.G.M. El primero de ellos, Vía Estrecha (De mis memorias), de 1947, es un compendio de textos memorialísticos llenos de gracia, inteligencia y una pizca de desvergüenza. Es verdad que siempre me han interesado mucho las memorias y los diarios, en general lo que se conoce por la ‘literatura del yo’, los ‘egodocumentos’. Muchos autores le han dedicado al género algunos de sus mejores libros: Baroja, Ruano, Cansinos, Trapiello, García Martín, Sánchez-Ostiz, Sanmartín, Ordovás...

Cita, en sus manías como lector, que tiene cuadernos de lector desde 1981. De ahí derivan dos artículos: ‘Apuntes’ / I y /II. ¿Cómo son de verdad esos cuadernos, qué hay en ellos? ¿Están escritos a lápiz, con tinta, hay dibujos, pega algo...? ¿Es maníaco, obsesivo, pulcro, buscas la perfección, la claridad?

Lo que escribo en mis cuadernos no se me olvida nunca. Por eso suelo tomar notas de algunas de mis lecturas. Tengo cuadernos en los que escribo a lápiz (los que utilizo como borradores) y otros, ya los definitivos, en los que escribo a tinta con mi letra de amanuense. Pero no tengo tiempo de apuntar todo lo que quisiera. Ya hago bastante con conseguir sacar unas horas para la lectura.

Cita a Miguel  D’Ors, quien decía que “la felicidad consiste en no ser feliz y que no te importe”. ¿Cómo se hace feliz a un bibliófilo como usted, aunque uno no sea Naomi Watts, a quien le declaras tu amor?

No sé si Naomi Watts me consentiría todo lo que me consiente mi mujer, así que, por si acaso, prefiero quedarme como estoy. Y, siguiendo con el humor, si quieres hacerme feliz como bibliófilo no tienes sino robarle a Vargas Llosa la primera edición de ‘Madame Bovary’, que sé que la tiene, y regalármela a mí… para celebrar un gran triunfo del Zaragoza. Te lo pongo difícil para no violentarte demasiado.

Hablando de mujeres. Hay muchas. Por ejemplo: Eva Duarte, a quien le escribieron unas horribles memorias y acuña la expresión ‘Palabra de honor’ aplicada al escote.

La autobiografía que le escribieron a Eva Duarte es solo una apología del peronismo, pura propaganda del populismo justicialista. El tono grandilocuente la hace insoportable: “Creo que nací para la Revolución. He vivido siempre en libertad. Como los pájaros siempre me gustó el aire libre del bosque”. Y todos sabemos que cuando se oye a la mujer de un general hablar de revolución, lo mejor es salir corriendo. Cuando visitó a Franco en 1947 salió a hablar a la multitud congregada en la Plaza de Oriente embutida en un abrigazo de pieles que tenía de revolucionario lo que Carmen Martínez-Bordiú de marxista-leninista. A Eva Duarte se le debe la expresión “escote palabra de honor”. Un día que llevaba un modelo con un escote que prescindía de tirantes, el presidente Perón le preguntó preocupado si aquello no se caería. “Palabra de honor”, fue la respuesta de Evita, y así se llama desde entonces ese tipo de escote. Tal vez su mejor legado.

Otra mujer, Ava Gardner. En casa tiene su retrato de 1955 y habla de dos anécdotas memorables...

Sí, tengo la fotografía que le hizo Luis Mompel en la plaza de toros de Zaragoza. Parecía una diosa. Mi amiga Genoveva Crespo se la pidió a Mompel para mí y éste me la regaló dedicada. Esas anécdotas que cuento se refieren al famoso cólico nefrítico que la actriz sufrió en Madrid, en su suite del Hilton, una noche de abril de 1954. Se dice que Hemingway llevó colgada del cuello durante años una de las piedras que la Gardner expulsó del riñón, y cuando le afeitaron el pubis tuvieron que hacer un sorteo en el hospital porque todos querían quedarse con un mechoncito.

 ¿Quién fue Teresa Wilms?

Teresa Wilms fue una escritora chilena, tan bella como estrafalaria, a la que Gómez de la Serna inmortalizó en La sagrada cripta de Pombo y a la que recordaba bebiendo ajenjo en su tertulia. Escribieron también sobre ella Vicente Huidobro, Juan Ramón Jiménez, Cansinos, Valle Inclán… y la pintó Romero de Torres. Se suicidó con solo 28 años y dejó un breve diario, escrito entre Londres, Liverpool y Madrid, que se publicó al año siguiente de su muerte, en 1922: Lo que no se ha dicho.

Este es el libro donde rinde homenaje, entre otros, a Jesús Moncada, Ildefonso-Manuel Gil, José Antonio Labordeta y Félix Romeo. Explíquenos en dos líneas por qué y qué significó cada uno para usted.

Labordeta y Félix fueron dos de mis grandes amigos, dos auténticos fueras de serie, de los que todos aprendimos mucho. No hay día que no los recuerde. Ildefonso estuvo también siempre muy cerca de mi corazón y sé que él también me llevaba en el suyo. Con Moncada tuve una relación más epidérmica pero no menos intensa. Lo conocí a través de Ramón Acín  y me empeñé en que se sintiera uno de los nuestros. Si no lo logré estuve muy cerca de hacerlo. También hay homenajes a otros escritores y amigos muertos: Luciano Gracia, Miguel Luesma… Escribir sobre los amigos desaparecidos no solo es una necesidad personal: es un deber de justicia.

En el libro hay algo de literatura del corazón: por ejemplo todo lo que te contó Ildefonso Manuel gil sobre aquella Germaine y aquella Rosa Arciniega que amaba Benjamín Jarnés...

Hay amables confidencias, la confesión de algún secreto, información menuda y de primera mano…, pero nada de cotilleos literarios ni cosas por el estilo.

¿El patetismo y la desmesura son rasgos de los escritores ratos, bohemios o de casi todos en general?

El patetismo y la desmesura son propios de los escritores patéticos y desmesurados. Y esos los ha habido en todos los ámbitos, entre bohemios y entre quienes no lo han sido. En el libro ironizo sobre Luis Goytisolo, que no es precisamente un bohemio pero sí me parece alguien desmesurado.

¿Cuál es la presencia de Aragón en estos artículos?

La presencia de Aragón es muy importante en mis libros. No puede ser de otra manera en alguien que se siente aragonesista desde siempre. Aproximadamente la mitad de los textos del libro están relacionados de una u otra forma con Aragón. Escribir sobre José Oto o Carmen de Lirio y hacerlo también sobre Pere Gimferrer o Manuel Machado me parece una forma de estar en el mundo muy saludable.

¿Qué lugar ocupa el humor en sus textos? Y añado [a la manera de Javier Marías:] ¿qué tipo de escritor vendrías a ser usted?

Los escritores solemnes, esos que se toman tan en serio que el humor les parece una frivolidad, son muy aburridos. Ya que hablas de Marías, por ejemplo, en ‘Los enamoramientos’ los mejores momentos van unidos al tono humorístico con el que se presenta el cameo de Francisco Rico. Por lo demás, soy un escritor de esos a los que les gustan los márgenes, los arrabales, los caminos no trillados. En general, todo lo que no está en el canon.

Tiene más de 30.000 libros y llega velozmente el orbe digital, el libro electrónico, etc. ¿Cuál será el destino de los libros en papel y cómo se plantea el nuevo estado de cosas?

El libro electrónico es como las muñecas de los sex-shops, como aquella muñeca de Berlanga en ‘Tamaño natural’: útil y práctico para sus fines, sin duda; pero falto de alma y de encanto. El sexo, de verdad; y los libros, de papel.

 

MORRISON REGRESA CON 'VOLVER'

MORRISON REGRESA CON 'VOLVER'

TONI MORRISON POR TIMOTHY GREENFIELD-SANDERS

Toni Morrison, la premio Nobel de Literatura, publica ‘Volver’ (traducción de Diego Rodríguez Amado, 160 páginas) en Lumen. Hace algunos meses había guardado este espléndido retrato suyo. Ha dicho la autora de ‘Beloved’: “A mis ochenta y un años, me siento atenta, vital, yo diría que espléndida...cuando escribo”.

He aquí la nota del nuevo libro: [El cuerpo de un amigo destrozado por la metralla, la voz de un hombre que pide clemencia, la mano de una niña que asoma escarbando entre la basura para encontrar algo de comer... Hay imágenes que vuelven una y otra vez a la mente de Frank Money, un veterano de la guerra de Corea que ahora vuelve a Estados Unidos en busca de olvido y afecto. Corren los años cincuenta del siglo pasado y las heridas de Frank no son solo físicas: su patria es racista, su familia ha acumulado mucho odio, y el regreso parece más un camino hacia el infierno que una vuelta al hogar. Su destino es Georgia porque Frank quiere rescatar y devolver a casa a su hermana Cee, casada con un chulo que la abandonó a los pocos días de la boda, y empleada en casa de un médico sin escrúpulos. Es la determinación por salvar a esa mujer frágil lo que llevará a Frank a asumir sus culpas y saldar cuentas con lo que fue su vida. Ahí, en ese ir y venir de emociones hondas, brilla el talento de Toni Morrison, una mujer que lleva el dolor en la punta de los dedos y lo gobierna con pocas y buenas palabras].

MANUEL RICO: SUS DIARIOS

Hace unos días, el escritor y profesor Manuel Rico envió a sus amigos esta carta.

 

[Queridos amigos y amigas:


Acabo de publicar, en digital versión Kindle (se puede descargar en otras versiones) mis diarios de los años ochenta. El libro lleva por título Días de los ochenta (1985-1991). En ellos se puede realizar hoy, un cuarto de siglo después de que fueron escritos, un viaje, en tiempo real, por un tiempo de transformaciones, incertidumbres e ilusiones. La movida madrileña y otras movidas de la época, mi experiencia durante la escritura de mis primeros libros de poesía y de mis primeras novelas, la nueva narrativa y la "otra sentimentalidad" poética, la evolución política del país en los pequeños espacios del mundo literario, de sus barrios, las lecturas de la época y las lecturas de siempre.... Un caleidoscopio de varias generaciones visto a través de la lente con que, en aquellos años, yo contemplaba la realidad Es la crónica de un escritor en los márgenes del mundo literario, comprometido con la naciente España democrática. ]

 

Le pedí dos fragmentos y aquí están.

 

 

DOS FRAGMENTOS

 

Por Manuel RICO



 

8  de marzo DE 1985

 

            San Blas, como tantos otros barrios del Madrid periférico, es cine neorrealista en vivo. Aunque los críticos nos cuenten que el neorrealismo murió con la década de los cincuenta, la realidad nos dice que hoy, en los años ochenta,  perduran, con algunos cambios no siempre perceptibles, las condiciones que le dieron origen. En las últimas semanas hemos podido seguir en televisión el ciclo dedicado a Rosellini: ¿acaso ha perdido actualidad la problemática que aborda en sus películas? ¿Es posible afirmar, con un mínimo de sentido común, que se trata de cine trasnochado, sin ningún interés para los tiempos que corren?

 

            Colegio Academia San Blas. Máquina. Taquigrafía. Contabilidad. Oh refugios donde perder el tiempo, cuevas de la juventud sin futuro de tantos barrios, lugares para matar el tedio, almacén de parados, nidos de amor de envejecidos adolescentes, aulas de aprendizajes inservibles, desván de los rotos bachilleres, de las broncas familiares. Cuánta memoria resucitan estas academias, o colegios de piso que se nutren de alumnos del suburbio que aspiran, tras fracasar en el Bachiller y para responder a las exigencias familiares —el padre que si no está parado se mata a trabajar, la madre cansada de limpiar las suciedades del prójimo—, aspira a tener, al menos, los conocimientos básicos —mecanografía, taquigrafía, contabilidad—  para acceder a la condición de probo funcionario o de chupatintas de una empresa privada, preferentemente de un banco. Sueño de raíz decimonónica que forma parte del imaginario popular. Recuerdo que en mi infancia, o en mi adolescencia, la máxima aspiración de las familias obreras que me rodeaban (de mi familia) era que el hijo obtuviera un puesto seguro en la administración, aunque fuera de cartero o de ordenanza. Era un modesto signo de prestigio, de acceso a cierta estabilidad económica a través de una mediana formación y de un duro trabajo de preparación de oposiciones. 

 

Estas academias son, además, piezas imprescindibles en la construcción de la cotidianidad de los barrios en que están situadas. Cómo no emocionarse ante su presencia, cómo sustraerse a la meditación sobre su condición de reverso de la realidad que los microordenadores  y las nuevas tecnologías empiezan a dibujar en el horizonte, cómo no pensar que sus enseñanzas no tardarán en convertirse en fósiles de un mundo desaparecido.  Y cómo no recordar las Academias de Corte y Confección que florecían en los barrios de la infancia, el espacio en el que las familias complementaban la educación que en la escuela recibían aquellas muchachas sin historia, obligadas a portar en el espacio del DNI en que se reflejaba la profesión el emblemático “sus labores” con una resignación franciscana.

 

 

25 de marzo DE 1985 .

 

Añado nuevo libro a la biblioteca: El oráculo invocado, de Marcos Ricardo Barnatán. Un novísimo tardío. Recuerdo haber leído uno de sus poemarios iniciales, Los pasos perdidos, hace diez años. Me gustó. Discretamente, sin entusiasmos ni excesos. Me parece un poeta con un gran dominio del lenguaje pero con un mundo menos consistente que el de otros compañeros de generación como Gimferrer o Antonio Colinas. Son sus poesías completas y se publican en Visor como parte del esfuerzo editorial que Jesús García Sánchez está realizando para poner a disposición del lector la obra de conjunto de poetas, todavía relativamente jóvenes (llamo juventud a tener menos de cuarenta y cinco años), que cuentan con  una larga nómina de libros publicados. Tal es el caso de Luis Antonio de Villena, de Francisco Brines (menos joven, por supuesto), de César Simón, el valenciano casi anónimo, y de algunos otros. Encomiable esfuerzo que debería complementarse con una mayor proyección publicitaria y con la recuperación de otros valores no tan conocidos.

 

El domingo, 17 de marzo, según cuentas las crónicas, se celebró en Barcelona un concierto de Lluis Llach. Seis mil estudiantes. Seguro que entre ellos había muchos que ya no lo eran, que habían superado con creces la treintena e intentaban, con su presencia, recobrar un tiempo perdido, una época de recitales semiclandestinos, de entusiasmos prerrevolucionarios, de lecturas de Marx, de cine fórums apresurados, de juventud soñada —y sentida— interminable.

 

El pasado lunes se publicó en El País un suplemento dedicado a La Regenta en su centenario. Magna novela del XIX que al día de hoy mantiene, plenamente, los valores literarios y la frescura originarios, como si el tiempo no hubiera pasado por ella. La leí hace escasamente dos años y me entusiasmó. Es una obra cumbre de la literatura española que me comprometo a releer cuando el tiempo disponible así lo permita.

 

Tras dejar a Malva en la guardería, he cruzado en coche el polígono industrial —fronterizo al barrio de San Blas— de Julián Camarillo. Mítica zona, con Méndez Álvaro y Villaverde, de las primeras huelgas del Madrid de posguerra y del Madrid predemocrático marcada, hoy, por la crisis económica. Fábricas abandonadas, en algunos casos semiderruidas, calles vacías, bares decrépitos y sucios. ¿Cómo no recordar ante semejantes imágenes aquellos primeros años setenta, las octavillas con la tinta aún fresca, el miedo en la garganta, en que nos creímos dioses, sucesores de la Comuna, de Octubre 17, del movimiento obrero de la República y de la pre-República, cuando tan sólo éramos imberbes estudiantes que nos probábamos ante el peligro, ante la indiferencia de muchos de aquellos obreros de las seis de la mañana a quienes pretendíamos redimir? Ha pasado mucho tiempo y hoy las cosas no son como entonces. Todo está más confuso. En el partido hay una frase que se utiliza en algunas ocasiones: “contra Franco luchábamos mejor”. Y todo estaba más claro. Sin embargo, ahora asistimos al desmantelamiento paulatino de estos polígonos, a la lenta agonía de un mundo querido con intensidad, al avance de una crisis que parece no acabar nunca. Claves para la reflexión política y sociológica. Claves para afrontar la crisis que en el partido se agudiza y que tiene en su centro, aunque no se diga con claridad, distintas valoraciones sobre el papel del movimiento obrero.

 

A aquella hora, la radio emitía una suerte de culebrón que escuché atentamente durante el viaje al despacho. Tiempo del 68 era el título. “Bien empezamos el día. Parece que todo se hubiera conjurado para retrotraerme a aquellos tiempos”, me dije. ¿Por qué aludo a la radionovela? Quizá por un motivo: me llamó la atención una frase puesta en boca de uno de los protagonistas: “He quedado tan frustrado que sólo me queda la literatura”. Una frase que da en el clavo, que sintetiza la actitud de buena parte de los intelectuales agotados (y desencantados, y arrepentidos de las veleidades revolucionarios del tiempo universitario). La gastronomía, la pasión rural y viajera, la apuesta por el éxito profesional, la literatura, la posmodernidad, la “movida”, son salidas personales, refugios donde se embarcan (donde estamos tentados de embarcarnos) quienes se han visto defraudados por el proceso que se abrió en 1977. Yo, como nunca viví la transición en estado de encanto, no estoy desencantado. Mis dudas y mis vacilaciones son consecuencia de una situación de cansancio personal, de agotamiento físico y psicológico tras años de actividad política ininterrumpida, tentado siempre por la llamada vocacional de la literatura.

 

*Todas las fotos, salvo la de Manuel Rico, son de Juan Manuel Díaz Burgos, un fotógrafo que admiro mucho desde hace años.

JOSÉ MARÍA PEMÁN DA PASO...

[Recibo esta carta de los amigos de las Jornadas de Cine de la Almunia. Tras 17 años al frente, José María Pemán, el joven maestro republicano anuncia su despedida. Raquel Viejo y Carmen Pemán escriben:]

 

[Hola amigos,

Os escribimos porque ayer renovamos la Junta Directiva de la Asociación Florián Rey, que organiza las Jornadas de Cine Villa de La Almunia y ha habido cambios importantes. José María Pemán, que llevaba 17 años como presidente, ha dado un paso atrás con el objetivo de que las nuevas generaciones lo diésemos hacia delante, y así ha sido.

Os adjuntamos la nota de prensa con la información y una carta al director que os agradeceríamos mucho que difundieseis.

Seguiremos en contacto y en unos meses os convocaremos para presentaros la nueva imagen de marca y denominación del festival en la que llevamos trabajando un tiempo de cara a tenerla lista en la edición número 18, la de nuestra "mayoría de edad".

Un fuerte abrazo,

Carmen Pemán y Raquel Viejo

Presidenta y Vicepresidenta de la Asociación Florián Rey]

 

 

GRACIAS JOSÉ MARI

 

En estos días en que se despide como presidente de la Asociación Florián Rey, y como sucesoras en el cargo, queremos rendir un pequeño homenaje a la dedicación y esfuerzo de José María Pemán, a su empeño por conseguir que las Jornadas de Cine Villa de La Almunia se hayan convertido en un referente aragonés cuando se habla del séptimo arte.

Después de dieciocho años al frente de esta asociación, José Mari ha decidido retirarse a una segunda fila para dejar paso a una nueva generación de personas que, como él, aman el cine y están dispuestas a asumir la responsabilidad que este trabajo conlleva. Como representantes de esta nueva generación, no tenemos palabras para agradecerle todo lo que desinteresadamente y, casi sin darse cuenta, nos ha enseñado.

Las Jornadas de Cine nacieron como un pequeño proyecto local que pretendía acercar a los vecinos de La Almunia a la figura de Florián Rey en el centenario del nacimiento del cine español. Poco podían imaginarse los artífices de esta primera edición, la exitosa trayectoria del festival, que no hubiera sido posible sin el trabajo y el esfuerzo de muchas personas. Siempre a la cabeza de todos ellos ha estado José Mari.

En sus años como presidente, ha sabido dirigir a un grupo numeroso y muy diverso, y enseñar a trabajar en equipo, a asumir funciones y responsabilidades e incluso a aceptar los fallos para seguir aprendiendo y mejorando año tras año. Su pasión por el cine es contagiosa, como han podido comprobar todos (muchos, muchísimos) los amigos que han pasado por La Almunia en todas las ediciones. También nosotros, los miembros de la asociación, hemos aprendido a amar el cine a través del corazón de José Mari. Porque no es posible estar a su lado y no sentirse atrapado por la magia del séptimo arte.

Gracias, José Mari. No estaríamos aquí sin ti. Las Jornadas de Cine no estarían aquí sin ti. Aquella pequeña mecha que tú encendiste se ha convertido en un gran fuego que sigue creciendo, más fuerte cada día, y que seguiremos avivando, siempre contigo a nuestro lado. GRACIAS.

 

 

Carmen Pemán Canela y Raquel Viejo Orna

Presidenta y Vicepresidenta de la Asociación Florián Rey

 

Renovación en la junta directiva de las

Jornadas de Cine “Villa de La Almunia”

 

 

Después de 17 años al frente de la Asociación Florián Rey, que organiza el festival almuniense, José María Pemán decidió no presentarse a la reelección “para asegurar el futuro de las jornadas”. La nueva junta, elegida por unanimidad en la asamblea general anual de ayer sábado, está encabezada por Camen Pemán como presidenta y Raquel Viejo como vicepresidenta.

 

“Mi intención al no presentarme es asegurar el futuro de las Jornadas de Cine y la Asociación, y ahora contamos con un equipo joven y preparado que puede asumir la responsabilidad de dirigir el festival, y todos los cambios que se van a acometer en este año de la mayoría de edad”, explicó José María Pemán, ya expresidente de la Asociación Florián Rey, y ex-director de las Jornadas de Cine “Villa de La Almunia”, que él mismo creó hace 17 años con motivo del centenario del nacimiento del cine español.

Desde esas primeras Jornadas de 1996, Pemán ha dirigido el festival y presidido la asociación hasta que ayer la candidatura encabezada por Carmen Pemán y Raquel Viejo fue elegida por unanimidad de todos los asistentes a las Asamblea General Anual. La nueva presidenta, hija del presidente saliente, aseguró que la intención es “continuar con la esencia de lo que han sido las Jornadas de Cine Villa de La Almunia durante estas 17 ediciones pasadas”.

Carmen Pemán es Licenciada en Historia y Raquel Viejo es periodista. Ambas llevan años formando parte del comité de dirección de las Jornadas de cine. La junta se completa con armando Roy como secretario, Concha Canela y Elena Tamargo en Tesorería y Amado Martínez, Ana Alonso, Ana Pemán, Arturo Fuertes, Mari Carmen Potoc, Paula Gracia y Toño Soria como vocales.

En la Asamblea general también se ratificó el tema monográfico de la 18ª edición de la Jornadas, que será “El malo de la película”.