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Antón Castro

PREMIOS DE JOTA: IRENE E INÉS

IRENE ALCOCEBA E INÉS MARTÍNEZ FABRE

En el artículo de la sección ‘Hermaño’ que publico hoy en Heraldo de Aragón en el suplemento de fiestas cometo un error en el artículo ‘Estrellas y jotas’: hablo de una joven jotera de Alcolea de Cinca, la gran promesa de la jota en Aragón, según los expertos, y digo que se llama Inés Martínez Fabre y que ganó el Premio Extraordinario. Su verdadero nombre es Irene Alcoceba Martínez y ganó el primer premio en la categoría juvenil de Jota del Pilar 2012; había ganado también el de 2010. La anécdota que refiere José Luis Melero, a quien deslumbró hace cinco años en Alcolea, se refiere a ella, a Irene. Sostiene que Ánchel Pablo es la gran promesa de la jota para el futuro.

La ganadora del Premio Extraordinario, que conmovió al público y al jurado, fue Inés Martínez Fabre, de 40 años, “bisnieta, nieta e hija de cantadores”. Le decía al periodista de ‘Heraldo’ Mariano García, un gran conocedor de la jota como Pepe Melero, “la gente cree que cantar jota es bravura y grito, pero pienso que hay mucho más. (...) En la jota no todo es bravura, cabe la sensibilidad.  A mí me van los estilos en los que se les saca mucho partido a las letras: me gusta la jota sentimental”. Mis disculpas a ambas, lamento la confusión, y mis felicitaciones.

 

*[En la foto de José Luis Barrao, para ‘Diario del Altoaragón’, Irene Alcoceba Martínez de Alcolea de Cinca, Huesca. No tengo foto de Inés Martínez Fabre.]

LARA LÓPEZ EVOCA A FÉLIX ROMEO

LARA LÓPEZ EVOCA A FÉLIX ROMEO

[Esta foto de Félix me la mandó un día, desde París, Daniel Mordzinski, con quien tanto quiero. Cuelgo aquí este texto de Lara López, una gran amiga de Félix y nuestra, que siempre estuvo muy cerca de él.]

 

 

CARTA A FÉLIX ROMEO

 

Por Lara LÓPEZ

 

Félix, intento superar el pudor de escribirte unas líneas que leerán muchas personas que ni tú ni yo conoceremos nunca. Este último año he aprendido muchas cosas y una de ellas es que el pudor no nos lleva a casi ningún sitio interesante.

He decidido hacerlo así, para que mi recuerdo se una al de tantos y tantos oyentes, muchos anónimos, que – superando el suyo- me han mandado su cariño sabiendo como saben lo mucho y bien que aquí se te quiere.

El gusto por la lectura

Y de esos muchos, casi todos me han asegurado que sin tus recomendaciones ya no le cogen el gusto a leer. Tan vehementes y rigurosas, tan prolíficas que daba miedo pensar qué habrías dejado de hacer para discernir por nosotros con tanta precisión qué merecía la pena de cuanto se publicaba, fuera el formato que fuera.

Pero no sólo eso… Contigo se han ido muchas ganas. Por ejemplo, las de recorrer ciudades buscando lugares en los que besarse. Porque para eso eran las calles de las ciudades que recorrías, también a través de la literatura, para besarse.

"Para eso es el amor", me dirías ahora, "para hacerlo"
Aquí seguimos nosotros, sin embargo, abriendo informativos con guerras que nos duelen menos cuando están más lejos. Iniciando revoluciones. Ensayando maneras de encontrar otros caminos. De vivir, como dice Rosendo. Algunos, haciendo programas de radio. Yendo a algunos conciertos. Llamándonos a ver cómo seguimos.

Y cuando lo hacemos, nos ponemos tristes y serios porque nos acordamos de que seguimos sin ti. Lloramos, nos morimos de risa, brindamos (muchas veces por ti). Vemos pelis que te habrían gustado. Discutimos. Algunos escriben todavía en tu muro. Otros, no han conseguido borrar tu número de teléfono. 

El regreso por escrito de Félix
Eva Puyó y Chusé Raúl Usón han venido a Músicas Posibles a hablarnos de Todos los besos del mundo, un libro con tus cuentos.

Dice Eva que te habría gustado. Y Usón, que quisiera no haberlo tenido que editar nunca.

Los demás, estamos deseando leerlo.

PASCUAL BERNIZ EXPONE EN NAVARRA

PASCUAL BERNIZ EXPONE EN NAVARRA

PASCUAL BERNIZ Y SUS ACUARELAS

Pascual Berniz expone en la Universidad de Navarra sus acuarelas y me envía esta nota y esta obra: “Te envío una acuarela de la serie ‘Albaycín’  (70 x 100cm), de mi exposición en la Universidad de Navarra. En estas acuarelas he intentado trenzar orden y caos. En la actividad cultural en directo (está programado pintar una acuarela en directo como una actividad cultural de la universidad durante del período de la muestra), intentaré ilustrar  un poema de José Mateos de su libro ‘ Canciones’”. Para los interesados en la obra de Pascual Berniz, un artista afincado en Teruel y un buen amigo desde hace años, cuelgo aquí el interesante texto del escritor y profesor Antonio Losantos.

  

PASCUAL BERNIZ: UNA DÉCADA DE ACUARELAS

 

Por Antonio LOSANTOS SALVADOR

 

Impulsado por su inquieta creatividad, Pascual Berniz ha alcanzado a lo largo de esta década una complicidad absoluta con la acuarela, de la que la presente antológica ofrece una sucinta muestra.

Color e idea, fundidos en la instantaneidad, permiten al pintor que rostros, objetos y aisajes cobren vida ante nosotros. Lo humano se concibe como continuidad de la viva atmósfera que lo rodea, y viceversa. El caleidoscopio de cuerpos de la serie ‘Piel de arena’ o la inmersión sutil de las ‘Alagadas’, nos sorprenden si los comparamos con la contundencia de los numerosos retratos, en los que la silueta se difumina hacia la abstracción.

Prueba de este engarce entre realidad precisa y fuga de espejos y significados es el homenaje al Quijote, ofrenda a la libertad interpretativa. También son hijas de la literatura las acuarelas dedicadas a la tragedia de los Amantes de Teruel. La vida, como deshilachándose, escapa de los enamorados y se adormece entre la pérdida y el consuelo.

Los paisajes de Pascual Berniz exploran también la expresividad y la sugerencia, tanto en los luminosos horizontes de sus Monegros nativos como en las esquirlas de espuma de la serie ‘Atlántica’. La abstracción vuelve a asomarse a estas piezas, donde el color es a veces regalo de la naturaleza y otras el fogonazo del deslumbramiento. La inesperada geometría de la serie ‘Pétalos’ o el proteico enladrillado urbano ‘Calles y sueños’ muestran el estado de ánimo del paisaje, que el artista deconstruye y reconstruye.

Perseverante, el pincel viajero de Pascual Berniz ha recreado el pulso de ciudades como Granada, a la que pertenece la serie ‘Albaycín’.

Nuestra fascinación no procede ni de la exquisita fidelidad al modelo ni de la medida y provechosa desfiguración, sino de la suma de ambas. Rindiéndose a la realidad que las alimenta, las acuarelas de Pascual Berniz la trascienden. Eso hace el arte verdadero: trascender la realidad.

 

'VERSIÓN ORIGINAL': A LINA Y FÉLIX

'VERSIÓN ORIGINAL': A LINA Y FÉLIX

[Félix Romeo tenía muchos sueños. Muchos anhelos. Su cabeza era una fábrica incesante de ideas y de sensaciones. Durante mucho tiempo quiso alquilar un local y crear un cine en versión original; quizá tuviera también una sala de exposiciones. Recuerdo que en Barcelona le dije a Miguel Marcos si podríamos disponer de ese espacio. No se adaptaba del todo a lo que soñaba Félix. En las comidas de los martes y miércoles en el restaurante Bílbilis, con mis hijos Aloma y Daniel (Félix falleció hace hoy exactamente un año en Madrid, en casa de Aloma), hablaba mucho de una sala de cine en versión original. Preguntaba: “¿Qué habrá sido de los Buñuel? Podríamos hacer ahí muchas cosas: cine, exposiciones, conciertos, tertulias”. Un día, pensando en él y en Lina Vila, su compañera, escribí este texto que Félix leyó y conoció; lo publicó por vez primera, en ABCD de las Artes y las Letras Amalia Iglesias. Y así se tituló una antología de mi obra poética: ’Versión original’, un libro que publicó con el cariño y la profesionalidad de siempre, en Isla de Siltolá, ese tipo generoso que es Javier Sánchez Meléndez, poeta, además, y memorialista.]

 

 

VERSIÓN ORIGINAL

 

A Lina Vila y Félix Romeo

 

Tengo un sueño:

quiero montar un cine de versión original.

Un cine donde se escuchen todos

los idiomas del planeta.

Un cine para soñar

con todos los soñadores de la tierra.

Así lo veo: tapizado de rojo,

íntimo como la oscuridad,

con una indeleble mancha de luz al fondo.

 

Quiero montar un cine en versión original.

Me imagino los carteles, las películas,

los programas de mano

con su vocabulario de letras y espectros.

Imagino el público que llega

a las tres o cuatro sesiones.

La pantalla será como un oratorio pagano,

o un río de vida,

o un torbellino incesante de besos y de imágenes.

Lo estoy viendo:

cómo se besa en chino, en polaco, en francés,

cómo se cuentan los cuentos y las pesadillas.

¿Quién huye por el bosque

tras un crimen inesperado

y sale a la playa de los últimos naufragios?

Estoy oyendo las voces,

las palabras con su extraña música universal,

todas las melodías del alma.

Cuando llegue el fin de la noche,

allí estaremos tú y yo, a solas en la sala.

Tendidos sobre las butacas,

sobre el rojo oscuro de la satisfacción

y la soledad más deseada,

volveremos a poner la película.

En ese momento, vueltos desenfreno y ternura,

entretejidos en un plenilunio de sombras,

seremos los protagonistas principales.

Antes de volverme loco de amor

o de irme de esta ciudad para siempre,

quiero regalarte un cine de versión original.

Será la mejor forma de decirte “te quiero”

todos los días en cualquier lengua de la tierra.

 

VÍCTOR MENESES: UN DIÁLOGO

ENTREVISTA. VÍCTOR MENESES. DIBUJANTE E ILUSTRADOR

Premio cartel del Pilar 2012

 

 

“Mi cartel es color, mofletes y un trazo muy dulce”

 

Cuando era niño, Víctor Meneses (Zaragoza, 1985), dibujante e infógrafo de HERALDO, iba a comprar con su madre. Ella le solía decir que anotase la lista de la compra: leche, gallegas, pan, y él, en vez de escribir, hacía dibujos. Poco más tarde, su madre decidió llevarlo a clases de arte a un bajo del paseo de la Constitución; y más tarde fue a Atrium. Con once o doce años, estuvo unas semanas con los más pequeños, pero pronto lo subieron con los mayores. Un día pintó un busto y un profesor no solo se burló de él sino que le pintó coletas al personaje y dijo, para todos, que se parecía a Antonio Banderas. Víctor Meneses se marchó llorando y tardó más de dos años en regresar a clases de dibujo y pintura.

-¿Qué hizo luego?

-Me apunté a teatro en Corazonistas. Durante dos cursos tuve de profesora a Marisol Aznar; hice teatro siete años. Escribíamos las obras al principio y llegamos representar 'Sueño de una noche de verano' de Shakespeare.

-¿Cómo vivía las fiestas del Pilar?

-Como un fogonazo. Me encantaban la Comparsa de Gigantes y Cabezudos, y el pregón: tenía la sensación de que allí pasaba algo grande. Y me encantaba el parque Bruil: se recreaba un castillo medieval que me parecía como un parque temático.

-¿Pensó alguna vez en hacer un cartel?

-No se lo va a creer, pero sí. Uno de los primeros carteles que se instalan en Zaragoza es en un ‘mupi’ de la plaza de San Miguel, muy cerca de mi casa. Siempre he soñado con algo así: con ganar este premio y con exponer mi obra en toda Zaragoza. No existe una campaña de publicidad tan eficaz y rápida como la del cartel del Pilar.

-Antes de que llegase su gran momento, usted estudió periodismo.

-Yo quería hacer periodismo de calle, contar lo que pasaba. No sabía, en modo alguno, que también se puede hacer periodismo de actualidad con el dibujo o la caricatura. Y he sido periodista pilarista en tres ocasiones, en este mismo suplemento, en los últimos tres años.

¿Qué pasó?

El primer año salí con cien euros y contaba lo que me pasaba. Utilicé el procedimiento de 'Sin noticias de Gurb' de Eduardo Mendoza: contaba en primera persona lo que pasaba a cada hora, con un poco de humor. El segundo año me vestí de baturro y llevé cien euros pero en adoquines. Me pasaron cosas simpáticas: a cambio de tres kilos de adoquines me invitaron a comer en el Carpanta.

¿Qué sucedió el tercer año?

Seguía vestido de baturro e iba de aquí para allá sin límite de dinero. Hablaba de camareras que me gustaban, de conciertos, de lo que me ocurría y de lo que fabulaba. Abrí un blog y la gente me paraba por la calle. Un día, una vecina me paró y me dijo: “Víctor, ¿te vas a disfrazar para Todos los Santos?”. Le dije que no, claro, y me confesó: “A mí no me gusta el Pilar. Mi padre murió por esas fechas y no he salido a la calle en fiestas desde entonces. Gracias a ti y a tus crónicas he vuelto a vivir el Pilar como cuando estaba él”. Aquello me emocionó.

-No es para menos. Vayamos con el cartel. ¿Cuál es su historia secreta?

-Me he presentado en tres ocasiones. En cuanto fallaban el premio, y no ganaba, ya me ponía a pensar. Había barajado varias soluciones que no me convencían. Yo duermo con libreta y lápiz al lado, y un día soñé con una especie de mantón bordado con todos los elementos de la fiesta. Y ahí entra mi chica Beatriz Melús, que fue jotera en Baluarte Aragonés. Cogí la figura de la baturra porque Zaragoza para mí es femenina y bella, fuerte y natural, es auténtica y peculiar. Y sobre su perfil hice un cartel que tiene color, mofletes y un trazo muy dulce. Esa es la clave del éxito.

-¿Quiénes son sus maestros?

-He aprendido mucho de mis compañeros de diseño y maquetación. Son muy creativos y me apoyan siempre. Y, desde luego, admiro mucho a Javier Mariscal, Eva Armisén y a Marc Chagall. A mí me gusta el arte naïf con esa ternura: soy ingenuo y sentimental. El mío es un humor de niño perplejo. Quiero hacer un arte optimista que te alegre el día en cuanto lo ves.

-Este año vuelve a diseñar este suplemento de fiestas. ¿Cómo se lo ha planteado?

-Me siento más responsable que nunca. Quiero hacerlo muy bien. Si en años anteriores he rendido homenaje al circo o he colaborado con Beatriz Entralgo, ahora son mis personajes los que recorren el suplemento: César Augusto, los Cabezudos o mis criaturas favoritas, claro, la jotera y la Virgen.

-También va a hacer una viñeta. ¿Cómo será?

Un dibujo que cuente una historia, donde se mezcle la reflexión y el humor. Hacer reír siempre es lo más difícil. A mí me gusta mucho el Pilar de día: me encanta salir de paseo, mezclarme con la gente y disfrutar de ese colorido de la Ofrenda, que es el más amable y fascinante de todo el año. No se lo va a creer: tengo 26 años y no he faltado ni una sola vez.

 

FÉLIX ROMEO POR RODOLFO NOTIVOL

FÉLIX ROMEO POR RODOLFO NOTIVOL

‘TODOS LOS BESOS DEL MUNDO’

 

Por Rodolfo NOTIVOL GASCÓN

 

 

Es muy raro para mí estar hoy aquí presentado un libro de Félix. Es algo así como si el alumno pretendiera evaluar al maestro y no al revés. Porque Félix fue un maestro para mí en muchas cosas. Por supuesto, lo fue si hablamos de literatura. Hace algunos años, incluso asistí a uno de sus talleres de escritura. Esos talleres que él llenaba de juegos, de diversión y de pasión por las palabras. Y él fue también quién, más tarde, me empujaría a seguir escribiendo.

 Pero las mejores lecciones que Félix me dio no las recibí en aquel taller, ni tuvieron por objeto los libros. Las mejores lecciones que Félix me dio, sus auténticas clases magistrales, fueron sus lecciones de amistad.

Digo esto, porque “Todos los besos del mundo” es, precisamente, un libro nacido de la amistad. La que Eva y Chusé Raúl sentían por Félix. Pero es, además y sobre todo, un libro que resultaba necesario, un libro que hacía falta.

Y lo es porque Félix Romeo es un autor imprescindible si se quiere conocer lo ocurrido en las letras aragonesas y españolas durante los últimos veinticinco años.

Sin su figura nada hubiera sido igual.

Por eso la aparición de este libro me parece una gran noticia.

En él se recoge, como ya han dicho Eva y Chusé Raúl, una selección de sus cuentos en el orden cronológico en que los escribió. Esto nos permite leer el libro como una especie de biografía literaria y, por lo tanto, personal de Félix, pues él nunca supo escribir de otra manera que no fuera metido en la vida hasta las cejas.

Las narraciones que incluye el libro podrían dividirse perfectamente en cuatro etapas, que coinciden con los intervalos entre cada uno de los libros de Félix publicados con anterioridad, y en las que van apareciendo pistas sobre el camino que llevó al escritor hasta esos libros.

El primer cuento “Buscando cielo”, escrito antes de la aparición de “Dibujos animados”, funciona como un prólogo, un prefacio, en el que se nos anuncia una parte importante de lo que vendrá después.

Encontramos ya en él, por ejemplo, la figura del padre, una de las constantes a lo largo de todo el libro. Así, la primera frase del libro nos dice: “Habíamos ido a ver a las grullas, y yo solo pensaba en mi padre”.

Encontramos también a su amigo Bizén, y a su amigo Chusé Izuel a cuya muerte dedicó luego el magnífico “Amarillo”.

Encontramos las referencias literarias y culturales que salpicarán muchos de los textos posteriores de Félix. Referencias que nunca pretenden ser un alarde, sino que Félix suma a sus narraciones de forma natural, como parte importante de su vida que eran.

Y encontramos también, finalmente, en estas tres pequeñas historias que componen “Buscando cielo”, su pasión por los viajes.

Fue en un viaje a Santander, precisamente, cuando Félix me recomendó la lectura de “A cualquier otro lugar”, la estupenda novela de Mona Simpson. Pues bien, estos días no he podido dejar de pensar que este libro se podría haber titulado también de esa manera: “A cualquier otro lugar”. Porque en “Todos los besos del mundo” todos o casi todos los cuentos están protagonizados por personajes que están viajando en ese momento o tienen un pasado lleno de viajes. En “La novia del viento”, otro de los cuentos que lo integran, el narrador llega a decirnos: “Ella preferiría estar siempre en el mismo sitio. Yo preferiría estar siempre en otro lugar.”

Estos viajes, que también formaban parte esencial de la vida de Félix, nos remiten a su amor por las ciudades, a su afán por estar en el mundo y, también, a la idea de búsqueda. Algo que enlazaría con otros libros de Félix en los que hay una constante indagación como “Noche de los enamorados”.

Y, claro, donde hay un viaje hay un paisaje. Y es curioso que alguien al que le gustaba decir que no sentía el menor interés por los paisajes, utilizara estos como recurso para transmitirnos una sensación que cruza también todos los cuentos del libro: la sensación de extrañamiento.

En “Buscando cielo” el narrador nos dice: “Los olivos seguían allí. La carretera seguía allí. Nosotros parecíamos estar en otro sitio”.

Félix hace que sus personajes miren el paisaje como ven sus vidas, desde una cierta distancia, como si solo fueran una película proyectada sobre el parabrisas del coche en el que viajan y ellos mismos no formaran parte de él.

Como digo, “Buscando cielo” anticipaba ya algunas de las cosas que importaban a Félix, pero, cuando lo escribió, Félix no había pasado todavía por la cárcel y ese es el hecho que marca los cuentos siguientes del libro, un grupo de cuentos que entroncan directamente con su novela Discothéque.

En ellos queda reflejado el mundo carcelario y otros próximos a él, como el del boxeo, el de la lucha libre o el de los casinos. Son cuentos en los que se vuelve a indagar en la relación padre-hijo dejando ahora entrever casi siempre en ella un latido de culpa. Y son cuentos, por otra parte, trepidantes, que al leerlos me han hecho pensar en lo bien que se lo hubiera pasado con ellos Quentin Tarantino.

Son historias llenas de personajes estrambóticos, al borde del precipicio, muchas veces violentos, y que, como los del cineasta norteamericano, hablan sin parar, de forma nerviosa, casi como una metralleta, con repeticiones y frases cortas y rápidas, que silban como balas. De hecho, son cuentos llenos de pistolas. Y llenos también de elementos y personajes de lo que podría llamarse la “cultura popular”. Por ellos desfilan: Perico Fernández, Nino Arrua, el Real Zaragoza, los hermanos Lambán, Camilo Sexto, Homer Simpson o Cantinflas.

También son cuentos barrocos, abigarrados, en los que cabe casi todo. En los que parece estar todo el tiempo a punto de estallar la tragedia, pero en la mayoría de los cuales toda acaba en una comedia triste. Y en los que de repente se cuenta un chiste y a uno le parece oír a continuación una de aquellas estruendosas carcajadas de Félix que nunca olvidaremos.

Con “La novia del viento”, cuento ya posterior a “Discothéque”, Félix parece querer quitarse la máscara de luchador de lucha libre y exponerse ante los ojos del lector de una forma más desnuda, sin protección. Así en los cuentos siguientes encontramos a un Félix más íntimo; en el que lo cotidiano, que sigue transcurriendo en mitad de los viajes, se hace más presente, y en el que dos de sus obsesiones principales: el amor y la búsqueda de la felicidad, toman mayor protagonismo.

Todos los cuentos de esta parte del libro giran en torno a las relaciones de pareja.

Son siempre parejas a punto de romperse, como en “CINCO CAMAS Y CASI SETECIENTOS VINOS”, un cuento divertidísimo, aunque de final amargo, donde una pareja hace recuento de las camas que han roto por efecto de su furor amoroso, hasta que descubren que lo que se ha roto de verdad no son las camas sino su amor.

Son parejas a punto de estallar, pero que parecen decidir darse una prórroga y hasta que llegue ese momento de la ruptura, celebrar la vida cada día como si fuera el último en que están juntas. Por eso son cuentos llenos de restaurantes, de comida, de vino y de sexo. Y también, otra vez, de aquella extrañeza a la que antes aludía. Ese desconcierto, casi humorístico, que sientes cuando, por ejemplo, consciente de que tu vida amorosa se va al carajo, te descubres incapaz de pensar en otra cosa que no sea algo, por otra parte tan común, como escribir un cuento sobre la visita de un grupo de poetas zaragozanos de los años cincuenta a la casa de Vicente Aleixandre.

Un cuento que destaca en esta parte del libro es “EN UNA ISLA FLOTANTE”, donde además de esas relaciones de pareja, hacen acto de presencia otras de las preocupaciones más intimas de Félix como la ciudad de Zaragoza y sus ideas para mejorarla, la especial relación que mantenía con el agua, representada aquí en el río Ebro o ese desasosiego que creaban en él los crímenes no resueltos.

Los tres últimos cuentos del libro son tres de mis cuentos favoritos. Fueron escritos los tres en 2011 y forman un epílogo que nunca debió de haberse producido y que auguraba una madurez espléndida del escritor.

Así, en “EL HOMBRE INVISIBLE Y EL ZOO DE LOS BOWLES”, a través de un mecanismo tan sencillo como indagar en la relación que mantuvieron con sus mascotas, Félix construye una breve biografía, muy poco al uso, de William S. Burroughs, Paul Bowles y Jane Bowles en la que confronta vida y literatura y, sin subrayarlas en ningún momento, reivindica dos de sus ideas más recurrentes: que la vida debe estar siempre antes que la literatura y que esta no sirve sin un cierto compromiso moral.

En “TEMBLOR”, el segundo de estos cuentos, Félix consigue un cuento delicioso, un cuento que se lee con una media sonrisa en la cara, esa media sonrisa tontorrona que nos dibuja en ella al descubrir un momento de felicidad entre dos personas que se quieren, un momento seguramente efímero, pero que ni siquiera un supuesto terremoto es capaz de destruir. Un momento que al ver la portada del libro no he podido dejar de relacionar con ella.

Y, finalmente, en “VERANO DEL 75”, el último de los cuentos del libro, Félix vuelve a la infancia. A unas vacaciones con sus padres en la ciudad de Castellón durante el último verano de Franco en las que asiste a un espectáculo del bombero torero y visita a una pariente encerrada en un manicomio. Pero ahora la mirada hacia esa infancia ya no es la mirada nerviosa de aquel adolescente de “Dibujos animados”. Ahora se trata de la mirada de un adulto, igual de perpleja, pero más reflexiva y llena de preguntas que el paso del tiempo ha dejado sin respuesta.

Quiero deciros para acabar que, como le ocurría a Félix, me gustan los libros que retratan la vida de sus autores. Y, desde luego, en “Todos los besos del mundo” Félix sale de cuerpo entero, casi a tamaño natural.

Para quienes tuvimos la suerte de conocerle este libro es un reencuentro con nuestro amigo, con su voz, con su mirada siempre diferente del mundo y con su risa. Quienes no le conocieron podrán contemplar en sus páginas el retrato de un hombre alegre, apasionado, desbordante y, a veces, desbordado. Pero también generoso, frágil y tierno. Un hombre al que desconcertaba el mal y, en ocasiones, también la propia vida; pero que la amó y la celebró cada minuto. Un hombre al que nunca importó estar solo en defensa de aquello que creía la verdad, aunque eso le causara no pocas dificultades; pero al que aterraba la idea de vivir solo, sin amor o sin amigos. En definitiva, un hombre, como era Félix, esencialmente, libre y bueno.

 

 

 

 

 

ALOMA RODRÍGUEZ: UN AÑO SIN FÉLIX

[El suplemento ‘Heraldo Domingo’, que dirige Picos Laguna, cumple hoy 500 números. En él, en la doble página de artículos de fondo, la escritora y periodista Aloma Rodríguez publica este artículo de recuerdo a Félix Romeo Pescador (Zaragoza, 1968-Madrid, 2011). Félix falleció en su casa y la de David Barreiros, entre las diez y las once.]

 

 

UN AÑO SIN FÉLIX

Por Aloma RODRÍGUEZ

Ha pasado un año desde que empecé a escribir esta columna. Desde aquí he hablado de películas, de cantantes, de escritores, de cosas que me gustan y de cosas que no me gustan. Sé que hace un año porque escribo aquí desde que Félix Romeo murió: heredé su columna.

Repaso todas las cosas de las que he hablado aquí y que él no ha visto: la mayoría absoluta del PP, películas maravillosas como ‘Declaración de guerra’, de Valérie Donzelli y ‘El artista y la modelo’, de Fernando Trueba. Sé que no hablaremos del nuevo disco de Franco Battiato, ‘Apriti Sesamo’, ni del de Rafael Berrio, ‘Diarios’. Nunca sabré qué le parece la nueva novela de Javier Cercas, ‘Las leyes de la frontera’. Echo de menos sus análisis, las discusiones en el bar Dumbo de Zaragoza, los partidos de algo que se parecía a waterpolo en las piscinas, las cenas en el Estudios, que me obligara a beber vino de Oporto aunque no me gustase. Echo de menos que me hable por el chat de Facebook, echo de menos sus correos, siempre despidiéndose con “todos los besos del mundo”, frase que da título a la selección de cuentos que acaba de publicar Xordica.

Mi primera columna estaba dedicada a él y en algunas le citaba porque Félix Romeo está en todas partes. Y aunque ha pasado un año, todavía me cuesta creer que no volveré a oír su risa, alguna bronca, alguna recomendación, que no pasearemos más desde Independencia a la Librería Antígona y nos tomaremos un helado de camino, y que no cantaremos más “el que tenga un amor que lo cuide, que lo cuide, la salud y la platita que no la tire, que no la tire” dando golpes en las mesas de Casa Emilio. Echo de menos su visión sobre las cosas, pero echo de menos no poder compartir con él las alegrías, los nuevos libros, los amigos.

En mi primera columna citaba a Salman Rushdie, que esta semana estuvo en Madrid para presentar sus memorias de la fetua, ‘Joseph Anton’. Daniel Gascón lo entrevistó y yo le hice fotos. Habló de Jomeini, de la fetua, de literatura, de John LeCarré y de la libertad de expresión. Félix, que mandó por correo una cita contra el fundamentalismo de Salman Rushdie después del 11M, habría reseñado ‘Joseph Anton’.

Félix no leerá esa entrevista ni verá esas fotos, y aun así, cuando disparaba pensaba en él, hacía las fotos pensando en que le gustaran. Como casi todo lo que he hecho este último año. Félix no está, pero yo siempre me acuerdo de él.

Me gustaría pensar que esta columna y los libros que dejó en mi casa al morir no fueron lo único que heredé, me gustaría pensar que me dejó casi un millón de amigos y que fui capaz de aprender de él una manera de estar en el mundo y de vivir.

 

 

MARIBEL VERDÚ EN EL PRINCIPAL

Maribel y su extraño granjero

 

CRÍTICA DE TEATRO

 

El tipo de al lado. Texto: Katerina Mazetti. Adaptación de Alain Ganas. Reparto: Maribel Verdú y Antonio Molero. Dirección: José María Pou.

 

Maribel Verdú es una de las actrices españolas más requeridas por el cine. Hay años que rueda hasta cuatro películas; están frescas, entre otras, ‘De tu ventana a la mía’ de Paula Ortiz y ‘Blancanieves’ de Pablo Berger, donde encarna a un malvado personaje. De cuando en cuando, a la actriz le encanta asumir riesgos, esforzarse aún más, buscar el vínculo de cercanía con el público a través del teatro. Ahora, junto a Antonio Molero, un actor de clara vis cómica, actúa en ‘El tipo de al lado’, que es la adaptación, en clave de comedia ligera, de una exitosa novela de la sueca Katarina Mazetti.

Se trata de una narración más o menos amable sobre los misterios y las paradojas del amor: cuenta la historia de un hombre y una mujer que se encuentran todos los días, o casi todos, ante dos tumbas contiguas del cementerio: ella, de 37 años, va a hablar con su marido, un biólogo que falleció a pesar de su modélica existencia en casi todo salvo en el sexo. Ella soñaba con un hijo que él nunca quiso ofrecerle y con algo más de fogosidad. Y al lado, con su brutalidad rural de granjero que exhala un olor “raro”, va y viene un joven soltero que habla con su madre muerta: le cuenta cuánto la echa de menos, el desorden de su casa y los secretos de la granja.

Ambos son como la noche y el día: él es rústico, primitivo y tiene 24 vacas; ella es bibliotecaria, refinada, puede hablar de Schopenhauer y de Lacan a la vez, aunque tiene un fuego aplazado en el cuerpo. La adaptación de Alain Ganas no deja lugar a dudas: entre antagónicos el amor se exalta y brilla como un diamante. Y dispara sus flechas inexorables.

Ocurre lo que tiene que ocurrir. Mediante diálogos chispeantes, ingeniosos, que enfatizan la diferencia de origen de ambos y su inicial indiferencia, la comedia avanza con rapidez y gracia. Y con un inequívoco sentido de la parodia: dirigida por José María Pou, un apasionado de la música norteamericana, del jazz y de las bandas sonoras, la obra es claramente una parodia de las comedias de carácter romántico y es una parodia también del cine musical americano, por más que la pieza se cierre con la grave y profunda voz de Tom Waits. ‘El tipo de al lado’ está desarrollada con eficacia y sin apenas caídas: al principio, los dos actores se mueven en el terreno del monólogo, pero se interrumpen y cada fragmento está muy bien cosido al conjunto y a una escenografía versátil, dominada por una suerte de ciclorama. Poco a poco viajamos por los terrenos pantanosos del amor y del sexo, con una escena magnífica, la mejor y la más graciosa de la obra: la primera vez que se acuestan. Una maravilla que a todos hace reír.

Maribel Verdú es una actriz estupenda. Cada vez mejor. Más sólida, con mayor sentido del humor, dueña de sus gestos y de sus emociones. Y ‘El tipo de al lado’ es lo que es: lo que se ve y todo lo que luego nos viene a la cabeza, juega con el equívoco, el doble sentido, la ironía y las ambigüedades tan atractivas del erotismo y de las relaciones de pareja. Maribel, que rodó hace 25 años en Calatayud y su comarca ‘El aire de un crimen’ de Antonio Isasi, eleva la obra –medida en su ritmo, elegante, casi circular-, cuando quiere, emociona, es capaz de reírse de sí misma. Y halla una réplica adecuada en el siempre divertido y solvente Antonio Molero. La urgencia de amar empieza con el despertar del deseo: a veces conduce al abismo, a veces lleva hasta el éxtasis. Y aquí siempre desemboca en una sonrisa amable.