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Antón Castro

EPÍLOGO A 'EL TESTAMENTO DE AMOR DE PATRICIO JULVE'

 

Una foto de Joan Vilatobà: podría ser la bella
Raquel del cuento que da título al conjunto.

 

 

[Mi libro ’El testamento de amor de Patricio Julve’ lleva un epílogo que es una de las novedades de la nueva edición que publica Xordica y que se presenta esta tarde en el Paraninfo. Lo cuelgo aquí por si a algún lector le interesa conocer alguna circunstancia de esta colección de cuentos:]

 

HISTORIA DEL PAISAJE DE UN LIBRO

 

El testamento de amor de Patricio Julve lo empecé a escribir en Cantavieja en el verano de 1991 y lo cerré en diciembre de 1994, en el restaurante Casa Amada de La Iglesuela del Cid, donde había vivido Manuel Vicent unos meses en su primera juventud. Acababa de rodarse en las proximidades de Mirambel la película Tierra y libertad de Ken Loach, y quedaba en el ambiente un recuerdo especial. Muchos creían haber vivido una aventura inolvidable: el sueño del cine. Y parecían seguir flotando en la irrealidad.

Consorte de médico rural como soy, nos trasladamos a “la bienamada de Cabrera” y vivimos en una casa solariega, llena de flores, que estaba muy cerca de la plaza y de la Casa del Bayle, donde había morado el general Ramón Cabrera. Próxima también estaba su plaza solitaria, a la que yo iba a pasear todas las tardes; a veces, tenía la sensación de que el viento ardiente me traía su fantasma cuando caía la noche. Ramón Cabrera fue el primer estímulo para el libro, al que se sumaron otros de inmediato: los paisanos me contaban historias del Maestrazgo, leyendas, relatos de brujería y de bandidos, historias de los vecinos que tenían un aire de conseja o de invención romántica, como la narración de la hermosa Raquel, que protagoniza el relato que da título al conjunto. E incluso hice un trabajo de campo, a pie y en coche, con cuaderno y cámara de fotos, con dos amigos que sin saberlo me transmitieron el aroma de una mitología propia.

Poco a poco se fue armando el libro, que contó con otras aportaciones: siempre me había gustado mucho la fotografía y alguien me habló de un fotógrafo que había venido a Cantavieja, en los años 50, a realizar fotografías que habrían de colocarse en las lápidas del cementerio, “en un tiempo en que había demasiados suicidios”. Bajo ese estímulo nació Patricio Julve, un personaje un tanto intemporal que me ha acompañado a partir de entonces en todos mis libros. Y me hablaron de los húngaros que traían el cine, y de un sinfín de episodios de la Guerra Civil. El testamento de amor de Patricio Julve apareció en Destino en septiembre de 1995, gracias A Miquel Ángel Riera, que fue su primer defensor y con quien tanto quise mientras vivió y a quien recuerdo con inmenso cariño, y a Andreu Teixidor y Eduardo Gonzalo. No saben cuánto les agradezco su interés en este proyecto. Tuvo tres ediciones: dos en ese año y una más, en nuevo formato, en 2000.

Este libro de relatos que abarca más de 150 años de historia llevaba más de una década agotado. Chusé Raúl Usón, que es uno de mis editores decisivos por múltiples razones, tiene la amabilidad de rescatarlo y se lo agradezco infinitamente. Considero que este es uno de los libros de mi vida, tanto como lo es Golpes de mar (Destino, 2006): el libro de un mundo, de un paisaje (el Maestrazgo turolense que cantaron Baroja, Valle-Inclán, Perucho, Ciro Bayo o Labordeta: Cantavieja, La Iglesuela del Cid, donde viví casi cinco años, Fortanete, Mirambel, La Cañada de Benatanduz, Ejulve o Mosqueruela: qué belleza de topónimos), el libro de un círculo de afectos, de una forma de ver la literatura y a los hombres. Durante esos años, era un enfermo de la literatura de Álvaro Cunqueiro, de Miguel Torga y José Saramago, de Mercè Rodoreda, de Joan Perucho, de Rafael Dieste, de Ramón José Sender, de Isak Dinesen, autores que se sumaban a devociones anteriores como Méndez Ferrín, Otero Pedrayo, García Márquez, García Lorca, Jorge Luis Borges, Poe, Horacio Quiroga y Gustavo Adolfo Bécquer. Le agradezco a Aloma Rodríguez todas las molestias que se ha tomado en la revisión del original. Y no puedo dejar al margen a Luis Grañena, que ha concebido la portada: Grañena es uno de los grandes ilustradores y caricaturistas españoles de los últimos tiempos; trabaja para Estados Unidos, para Francia, para Portugal, para Rolling Stone, para La Vanguardia y para Heraldo de Aragón: todas las semanas realiza una caricatura en la página ocho del suplemento ‘Artes & Letras’.

Garrapinillos, Zaragoza, 21 de junio de 2011

Una foto del húngaro Jozsef Pezsi.

HOY, EN EL PARANINFO, A LAS 20 HORAS, 'EL TESTAMENTO DE AMOR...'

HOY, EN EL PARANINFO, A LAS 20 HORAS, 'EL TESTAMENTO DE AMOR...'

Esta tarde, a las 20 horas, en la sala Pilar Sinués del Paraninfo, se presentará ‘El testamento de amor de Patricio Julve’, en Xordica, con portada de Luis Grañena. Intervendrán Concha Lomba, vicerrectora, Chusé Raúl Usón, editor, y la poeta Almudena Vidorreta y el escritor y periodista José Javier Rueda. Se servirá un vino por cortesía de la Denominación de Origen de Cariñena y la librería Los Portadores de Sueños venderá ejemplares si a alguien le  pudiera interesar adquirir este volumen que llevaba diez años agotado.

Estáis invitados, si podéis, si queréis y si no tenéis otros compromisos. Creo que a la misma hora José Giménez Corbatón presenta en la IFC una edición crítica de un gran libro sobre el Maestrazgo: ‘El fragor del agua’. [Traigo aquí la foto de Joan Vilatoba, de ‘todocoleccion’, que me inspiró el libro y el personaje, y por supuesto el cuento que da título al conjunto.]

 

'RETRATO' LLEGA AL MERCADO

 

La función ‘Retrato’ llega hoy al Teatro del Mercado. Se trata de un montaje poético y musical, con Mariano Anós y José Luis Romeo, que efectúa un viaje alrededor de la poesía española.

 

 

SINOPSIS RETRATO:

 

No es un recital de poesía con música.

Es un espectáculo que nos ofrece un retrato

de una persona a través de un viaje por la mejor poesía

española. Poemas que ilustran el recorrido de una vida. En el

escenario, Mariano Anós, que habla por las voces de los

principales poetas españoles para contarnos la historia de su

existencia que es también la nuestra. La de una vida. Jose Luis Romeo

enmarca este retrato en una atmósfera musical que crea

paisajes sonoros por los que transcurre este viaje vital. No es un

recital de poesía con música. Es un retrato pintado con las voces y

sonidos de una vida.

 

 

¿De qué se trata? Del tiempo, de la muerte, del amor, de la

libertad: de la vida, en fin, cuando ocurre que se nos revela, de

pronto, en un fulgor apenas, en su afán interminable de

encontrar algún sentido a la existencia. Poesía. Actualísima

siempre, por sustraerse justamente al tiempo impostor de los

relojes y de los calendarios. Frágil, al borde siempre del silencio,

fugaz, menesterosa, necesaria. Mariano Anós

 

Más información:

 

http://retratoespectaculo.blogspot.com/

 

El espectáculo cuenta con poemas de: Jaime Gil de Biedma. Antonio Machado. Jorge Guillén. Juan Ramón Jiménez. Ángel González. Miguel Labordeta. César Vallejo. Sor Juana Inés de la Cruz. León Felipe. Federico García Lorca. Gustavo Adolfo Bécquer. Lope de Vega. Francisco de Quevedo. Pablo Neruda. Vicente Aleixandre. José Agustín Goytisolo. Pedro Salinas. José de Espronceda. Luis Cernuda. Ángel González. Jorge Luis Borges. [Mariano Anós]

 

*La foto es de Saúl Esclarín.

 

VALÉRIE MRÉJEN: UN DIÁLOGO

VALÉRIE MRÉJEN: UN DIÁLOGO

 

 

ENTREVISTA CON VALÉRIE MRÉJEN

La autora de ’El Agrio’ o ’Mi abuelo’ publica, de nuevo en Periférica (el sello que dirigen Paca Flores y Julián Rodríguez), ’Eau Sauvage’. Mréjen es, además, realizadora y videocreadora. La escritora y fotógrafa Aloma Rodríguez estuvo con ella en Madrid y le hizo esta entrevista.

 

Por Aloma RODRÍGUEZ*

 

Valérie Mréjen (París, 1969) es novelista y cineasta. ‘Eau sauvage’ (Periférica, 2011), la tercera novela que se edita en español, vuelve a las relaciones familiares y presenta a un padre torpe y tierno a la vez que le habla a su hija. Mréjen estuvo hace unos días en Madrid, para presentar algunas de sus piezas audiovisuales y ‘Eau sauvage’.

¿Cómo surgen sus novelas?

Las ganas de escribir siempre nacen de una obsesión, de algo que vuelve. Es lo que me pasó con ‘El agrio’, o con las relaciones familiares en ‘Mi abuelo’ y ‘Eau Sauvage’, que habla de la propia obsesión de la repetición en las relaciones familiares. Para mí tienen algo opresivo, algo bastante agresivo por la violencia verbal, pero al mismo tiempo tienen una gran fuerza cómica.

El humor descarnado es una de las características de su estilo desenfadado y fresco, ¿de dónde viene?

Las situaciones familiares pueden resultar agresivas, pero si vieras a toda esa gente hablando a la vez en la mesa, gritándose, como en una película italiana de una familia muy numerosa, te parecería gracioso, podría ser una parodia. Trato de mezclar las dos cosas porque no me apetece que sea triste, no va para nada con mi carácter y, además, la parodia es una manera de abordar buena parte de las cosas que quiero que estén en mis libros. Lo que me hacía soportar determinadas situaciones, escenas, comidas familiares era que siempre había un momento en el que se podía respirar porque había algo de parodia, un momento en el que nos reíamos de nosotros, nos lanzábamos bromas. He querido mostrar eso en mis libros. Me cuesta mucho trabajo conseguirlo, no es para nada algo adquirido o natural; siempre tengo que buscar la manera de hacer las cosas más ligeras.

Sus novelas son fragmentarias, con capítulos muy cortos…

La estructura viene de la voluntad de alternar situaciones de agobio, incómodas, con momentos de parodia. De hecho, en los tres libros hay una alternancia entre los capítulos. En ‘Eau Sauvage’ me impuse alternar los momentos en los que el personaje es bastante duro y torpe con otros en los que es mucho más tierno y paternal, como si todo eso fuera cambiante sin cesar, como si oscilara todo el tiempo y no tuviera nunca uno de los aspectos del todo ni el otro. Y eso hace que la estructura sea bastante fragmentaria.

Y esa fragmentariedad deja huecos, a veces da la sensación de que en sus novelas es casi tan importante lo que no se dice como lo que se dice.

Me di cuenta de que tenía la necesidad de dejar espacios entre los capítulos y no sabía por qué lo hacía, pero era mi manera de escribir, me salía de manera natural. Y me di cuenta de que dejar esos espacios en blanco, o vacíos, era una manera de dejar un espacio en el que el lector puede proyectarse y, tal vez, imaginar cosas que no se dicen de manera explícita. Hay lazos entre los párrafos que establezco de manera un poco inconsciente; hablo de una cosa y eso me hace pensar en otra, y así se despliega la escalera. Otras veces los lectores me descubren lazos que yo no había puesto de manera intencionada. En lo que escribo hay cosas cuyo sentido a veces se me escapa, pero también en los vacíos.

¿A qué responde esa estructura?

No quería que la materia fuera demasiado densa, quería que las cosas quedaran evocadas, sugeridas a veces, aunque por supuesto hay cosas que se dicen de manera explícita. Pero me gusta detenerme en un determinado punto porque a veces también a mí la memoria me falla, no tengo un conocimiento preciso de lo que cuento y soy consciente de que deformo mis recuerdos. Es una deformación necesaria, pero me siento obligada a detenerme en un determinado momento porque son fragmentos, impresiones, frases que vienen pero que a veces no sé bien de dónde vienen; es también una manera de preservar una cierta incertidumbre.

Su estilo debe mucho a la memoria y su escritura sigue el patrón de la memoria.

Sí, es cierto. Siempre que he empezado uno de mis libros sabía que lo que contaba era en realidad mi interpretación. Y, sobre todo, en las historias familiares tenía claro que lo que contaba era la manera en que yo me acordaba de algo determinado y que quizá era completamente falso en relación a la verdad -en realidad, no existe una verdad en las relaciones familiares, cada uno tiene su interpretación. Pero es muy importante, sobre todo en la escritura de ficción no solo aceptar esa idea sino desarrollarla: transformamos las cosas, nos las apropiamos, está completamente filtrado a través del prisma de nuestra mirada. Al mismo tiempo es delicado porque al tratarse de historias de familia, tenía la sensación de que no tenía derecho a interpretar esos recuerdos.

En sus novelas habla de otros, pero de una manera velada también se cuenta a usted.

Creo que no hubiera podido contar mi propia historia directamente. Lo hago a través de una falsa neutralidad: enumero hechos, recuerdos que son mis recuerdos, pero que no tienen ningún valor en sí mismos. Me di cuenta de que había algo que me pertenecía de una manera muy particular y muy precisa. Escribirlos de una manera neutra era una manera de hacer que estuvieran fuera de mí. De hecho, también hablo de cosas un poco periféricas, exteriores. Me sitúo en el lugar de una observadora, como si no estuviera implicada, pero soy yo, evidentemente. Eso me permitía ponerme en el papel de una narradora exterior y no quería poner por delante una psicología, quería evitar la psicología.

¿Cómo pasa de las personas a los personajes de las novelas?

Es una frontera difícil porque hay personas de las que hablo en mis libros que existen y a las que transformo en personajes de novela y sé que van a leer el libro y, aunque no lo haya escrito para rendir cuentas, no puedo evitar pensar que lo van a leer. Es un poco extraño transformar las cosas porque te preguntas cómo se lo van a tomar. Por ejemplo, con ‘El agrio’, le di el manuscrito a la persona en la que se basa Bruno.

¿Se siente representante de una nueva corriente literaria cuyas características son la fragmentación, la autoficción?

Sinceramente, no lo sé, pero no creo. La autoficción es algo de lo que se ha hablado mucho últimamente, pero creo que ha existido siempre. Hay conversaciones entre las obras, los escritores nos robamos cosas. Por otro lado, nunca he tenido miedo de que me influyeran los autores que me han marcado, ni de perder algo, ni de caer en la imitación y, al mismo tiempo, olvido los libros que me marcan profundamente para conseguir escribir mi propio libro mejor. Sé que están ahí, pero no me acerco demasiado.

Además de Perec, ¿qué otros escritores son sus referentes?

Es cierto que Perec ha sido una lectura importante y lo sigue siendo y, extrañamente, Marguerite Duras. La descubrí cuando era adolescente y me marcó mucho. Duras cuenta su historia familiar, personal, toda su vida, y me siento bastante cercana a esa manera de mezclar las historias personales, de volver sobre ellas, de dar vueltas a las cosas. Y consigue hacer algo que está más allá de la ficción, algo un poco enigmático. Siempre pienso en Philip Roth y Bret Easton Ellis. Natalia Ginzburg también me gusta. Hay muchos escritores contemporáneos que me gustan: Olivier Cadiot es divertido y manipula mucho las frases hechas. Hace lecturas en público y es muy bueno en el escenario. Me gusta mucho la idea de pasar del mundo de la literatura al escenario, transformarse.

Compagina su trabajo de escritora con el de cineasta, ¿qué diferencias entre los dos lenguajes hay y qué es lo que le atrae de ambos?

Hay muchas diferencias y precisamente eso es lo interesante: poder reflexionar sobre esas diferencias cuando pasas de uno a otro. Por ejemplo, ‘Eau Sauvage’ es un monólogo de un padre que le habla a su hija, y hay muchas cosas que vuelven como cantinelas familiares; para hacer ese retrato en un película habría tenido que seguir otro procedimiento completamente distinto, habría hecho falta definir la situación, que evolucionara, habría hecho falta definir los momentos de apogeo, de crisis y otros de calma. Cuando escribes una película estás obligado a contar una historia.

¿Se siente más libre escribiendo novelas?

No es necesariamente una cuestión de libertad, sino una cuestión de relación con el presente. En un libro puedes describir una habitación durante diez páginas y en una película, aunque se puede hacer, es necesario que haya un progreso porque estás ahí durante un tiempo determinado. La libertad formal puede encontrarse en el cine de manera muy poderosa. Son formas de escritura que tienen sus límites y que no son los mismos; tienes sus ventajas y sus limitaciones y eso me parece muy interesante, así como trabajar con esas formas y reflexionar sobre eso.

¿Para qué sirve la literatura?

Es una buena pregunta. Me sirve para entender muchas cosas, para vivir. Me sirve para reflexionar, para avanzar, me sirve para evolucionar. Creo que es muy importante analizar las cosas, releer, inscribirse en una historia aunque a veces sepamos que estamos influidos por un escritor que nos ha marcado.

 

*Esta entrevista, con ligeros cambios, se publicó en ’Artes & Letras’ de Heraldo de Aragón. La foto de Valérie Mréjen es de David Barreiros. 

HOY, A LAS 0.05, BORRADORES

HOY, A LAS 0.05, BORRADORES

CINE, TERROR, TEATRO Y DANZA EN ‘BORRADORES’

‘Borradores’ recibe esta noche a las 0.05, en el plató, al realizador Juan Carlos Fresnadillo y al dramaturgo Jesús Arbués. Juan Carlos Fresnadillo, que estuvo en Zaragoza en el ciclo ‘La Buena Estrella’, habla de su última película ‘Intruders’, donde narra dos historias paralelas que transcurren en París y en Londres y que exploran los lugares del miedo, la fantasía y las poderosas imágenes del inconsciente. La película está protagonizada por Clive Owen y Pilar López de Ayala. Jesús Arbués, director de la Feria Internacional de Teatro y Danza de Huesca, explica las claves de la programación, del estado actual del teatro en Aragón y analiza la conmemoración de un cuarto de siglo de un certamen que se ha hecho importante en todo el país.  Para ilustrar el contexto, Borradores ofrece dos reportajes: uno con compañías, distribuidores y programadores, y otro con Esencia de Huesca, Clac & Roll de Barcelona y la cooperativa gallega de danza Danega.

El programa cuenta con la actuación del grupo Voyeur, que estrena el tema ‘Cierzo’. Felipe Altamira, percusionista, y Yago Alonso, voz y guitarra, repasan la trayectoria de la banda, que cuenta con un pintor en sus conciertos: Lalo Cruces, que realiza un retrato de José Antonio Labordeta durante el programa.

 

*He tomado la foto de La MOV de Heraldo de Aragón, en Internet. La foto de la compañía es de Alberto Rodrigálvarez, un magnífico fotógrafo de danza.

PEPE CÁCCAMO FALA COA LÚA

PEPE CÁCCAMO FALA COA LÚA

PEPE CÁCCAMO COMPÓN O SEU ‘ALFABETO DA LÚA’

Pepe Cáccamo é un dos meus grandes amigos de Galiza. Foi atleta na súa mocidade. Un grande poeta, memorialista, escritor de textos infantis, pero ademais fai, á maneira de Joan Brossa ou Chema Madoz ou os surrealistas, poesía cos obxetos. Vive frente á illa de San Simón, no mar de Vigo, onde Cunqueiro, o noso mestre, ouvía cantar a serea. Vive nunha casa de arquitectura de vangarda con Beatriz, Pedro e Antón, case no medio dos boscos, nun deses lugares onde a lúa se senta de noite a ler. Ás veces le ó grande poeta pontevedrés Lois Amado Carballo, autor de dous únicos poemarios: ‘O Galo’ e ‘Proel’. Amado Carballo, salvadas as distancias, é o Lorca galego. Escribía poesía panteísta, animista, de vangarda, con forma clásica, de romance e cantiga. Pepe Cáccamo fixo este ‘Alfabeto da Lúa’ sobre o seu poema dedicado a esa criatura nocturna que ás veces se fai chamar Margarita ou Margarida.

FÉLIX ESCRIBIÓ DE CHRISTINA STEAD

FÉLIX ESCRIBIÓ DE CHRISTINA STEAD

 

El domingo, en 'El País Semanal', Javier Cercas contaba que le había regalado su ejemplar de 'El hombre que amaba a los niños' a Félix Romeo, y que acababa de enterarse por ABC que se había publicado en español. Lo que quizá no supiese Javier es que Félix ya había firmado en la página ocho de 'Artes & Letras', que era la suya, esta reseña de la novela.

 

CASA DE LOCOS

 

Pre-Textos publica 'El hombre que amaba a los niños' de Christina Stead

 

Por Félix Romeo

 

 

 

 

[Christina Stead. El hombre que amaba a los niños”.  Traducción de Silvia Barbero.  Prólogo de Felipe Benítez Reyes.  Pre Textos. Valencia, 2011. 720 páginas. 36 euros.]

 

 

Casa de locos” es la expresión que utiliza para describir su propia casa Henrietta Collyer, Henny, casada con Samuel Pollit, Sam. También la describe en ocasiones como “matadero”, y lo cierto es que para ella, que vive allí gracias a la caridad de su padre millonario, es peor que si viviera en el infierno.

    Henny se casó con Sam pese a que no esperaba mucho de su relación, pero todo ha ido mucho peor de lo que pensaba: se ha cargado de hijos, el dinero no alcanza y detesta las ideas maravillosas y totalitarias de su marido. Así habla Henny a Sam sobre Sam: “Todo el día babeando a mi alrededor y llamando amor a eso, llenándome de niños mes tras mes y año tras año, mientras yo te odiaba y te detestaba y te gritaba al oído que te apartaras de mí, pero no me soltabas. En lo más recóndito de tu corazón estabas seguro de saber de dónde provenía tu maravilloso éxito, forzándome a quedarme aquí, en esta muela podrida de casa para hacer lo que a ti te convenía, obligándome a ponerme a cuatro patas para fregar los suelos, a lavar tu sucia ropa interior, tus viejas y desgarradas sábanas, tus mantas, incluso tus trajes. He rellenado colchones para ti y tus hijos. He cocinado para toda esa pandilla de asquerosos, malvados, ignorantes y jadeantes Pollit que tanto odio. He tenido que aguantar ese olor a perros muertos en toda la casa por culpa de ese formol del que estás tan orgulloso. He tenido que aguantar tus repugnantes animales y tus colecciones idiotas y tu fertilizante orgánico apilado en el jardín y tus charlas interminables. ¡Tus charlas y charlas y más charlas, que tanto me aburrían y que me saturaban los oídos! Soltando un rollo tras otro, hasta que pensé en matarme para escapar de ti, de tu mundo de grandes fantasmadas y de tu mano dura, siempre queriendo salvar a este mundo corrompido con tus chácharas...”.

   Christina Stead (Sidney, 1902-1983) publicó “El hombre que amaba a los niños” en 1940, en Estados Unidos, y pese a su fuerza y a su originalidad la novela pasó sin pena ni gloria (algo que habrían podido evitar los estudios de Hollywood, que renunciaron a la adaptación cinematográfica que les propuso Ring Lardner Jr). En los años 60 la rescató el poeta Randal Jarrell y fue entonces cuando la quiso traducir por primera vez al español la editorial Seix Barral, aunque finalmente algunos problemas lo impidieron: Juan Ferraté le habló apasionadamente de la novela a Javier Cercas, a quien le regaló la edición americana de bolsillo que habían leído los miembros del consejo editorial. Y ha vuelto a las librerías en este siglo XXI gracias a Jonathan Franzen, conocido por “Las correcciones” y ya estrella mundial de la literatura por su nueva novela, “Libertad” (Salamandra), quien ha afirmado que “El hombre que amaba a los niños” no es sólo una de las mejores novelas del siglo XX, sino también la mejor novela jamás escrita sobre la familia y el ataque más feroz contra el patriarcado de toda la literatura”.

    Y es cierto que Christina Stead hace en la novela un magnífico y brutal retrato del patriarca Samuel Pollit, un tipo que, como escribe Felipe Benítez Reyes en el prólogo, es tan indulgente consigo mismo como exigente e inflexible con los demás. Sam se sueña como uno de esos hombres del “Renacimiento” americano, como Thoreau, reconciliado con la naturaleza, y desea moldear a todos los seres humanos (y en especial a sus seis hijos, a quienes trata como si formaran parte de uno de sus experimentos científicos) a su imagen y semejanza, que para él, orgulloso de su ciega bondad, es lo máximo. Sam es un psicópata. Como psicópatas eran otros tiranos de la época, mucho más peligrosos, como Stalin, Hitler y Franco, todos preocupados por sus hijos descarriados y todos dispuestos a convertirse en Saturno.

    Henny es menos original como personaje que Sam, y recuerda mucho a dos grandes heroínas trágicas de la novela del XIX, a Ana Karenina y, sobre todo, a Emma Bovary, igual de acosada por las deudas, igual de insatisfecha con su marido y con su maternidad e igual de defraudada por sus amantes, mucho más imaginarios que reales.

    A los problemas de relación entre Henny, Sam y su familia, se añaden los problemas económicos: tienen que abandonar su casa en la ciudad, Sam pierde su empleo, la herencia soñada se ha convertido en humo... En ese regreso idílico a la naturaleza que sueña Sam, uno tras otro se van convirtiendo en animales: el pensamiento se va adelgazando porque tienen que mantenerse despiertos para alimentar el fuego que cuece una olla enorme de pescado apestoso.

    Ha habido que esperar muchos años hasta que “El hombre que amaba a los niños” se tradujera al castellano, pero la espera ha merecido la pena. La novela de Christina Stead sigue manteniendo su fuerza y su originalidad y su clima de pesadilla.

 

    FÉLIX ROMEO

 

*He aquí la impresionante caricatura de Luis Grañena. Ella es Christina Stead.

 

 

 

 

VUELVE PATRICIO JULVE

VUELVE PATRICIO JULVE

‘EL TESTAMENTO DE AMOR DE PATRICIO JULVE’:

ESTE VIERNES EN EL PARANINFO

Este viernes día cuatro de noviembre, a las 20 horas, en la sala Pilar Sinués del Paraninfo se presentará mi libro ‘El testamento de amor de Patricio Julve’, que acaba de publicar Xordica con portada de Luis Grañena. La presentación correrá a cargo de la poeta e investigadora Almudena Vidorreta, del periodista y escritor José Javier Rueda, del editor Chusé Raúl Usón. El libro, que se publicó por primera vez en Destino en 1995 y ha conocido tres ediciones, comienza en 1833 con una historia de amor del general Ramón Cabrera, ‘El tigre del Maestrazgo’, con la joven Margarita Urbino, hija del impresor del ‘Boletín’ carlista. Y se cierra con el cuento ‘El hombre invisible’ donde Ken Loach investiga quién es el fotógrafo enigmático Patricio Julve. Patricio, a partir de entonces, aparecerá en todos mis libros: 'Los seres imposibles', 'El álbum del solitario', 'Golpes de mar' o 'Fotografías veladas'. E incluso en 'El Maestrazgo', que publicó Juventud e Ibercaja en dos ediciones distintas.

 

 Estáis todos invitados.