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Antón Castro

SOLEDAD PUÉRTOLAS: UN DIÁLOGO

SOLEDAD PUÉRTOLAS: UN DIÁLOGO

“Un escritor nunca está sosegado”

“En literatura nadie, nunca, te regala nada”

“Los enfermos morales, por lo general, son los otros”

“Tengo una sensación de extranjería con el mundo”

“Los relatos familiares son de misterio y a menudo escalofriantes. Y están envueltos en silencio”

“Escribir no es solo escribir: es dejar la mente un poco en el vacío”

“La memoria parece que es más detallada, más ajustada, y el recuerdo lo escoges tú, de ahí que muchos de mis libros sean como ráfagas”

 

Antón CASTRO

Es jueves en la Real Academia Española de la Lengua y todas las salas están ocupadas. Nos reservan para charlar la deslumbrante biblioteca de Antonio Rodríguez Moñino y María Rey. Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947), académica desde 2010, aparece con un tomo menudo sobre Baroja, Lúcida melancolía (Ipso, 2017), un título que también se ajusta bien a la fragilidad de esta mujer que ganó el Premio Planeta en 1989 con Queda la noche y el Premio Anagrama de ensayo con La vida oculta (1993), un libro que la define. Ella es enferma crónica, misteriosa y solitaria. Huye de la escritura torrencial, le gusta envolverse de silencio y tiene un vínculo secreto con el azar.

-Dejemos hablar al azar. Empecemos por Pío Baroja. He leído que le marcó la niñez.

-La niñez, no sé. Más bien la adolescencia. Fue un descubrimiento. Nunca lo tomé como un autor clásico, sino como una continuación de mis lecturas, no me enfrenté a él con la sensación de que era de otro tiempo.

-¿Era un autor de su época madrileña ya?

-No, no. Es de mi época en Pamplona. Lo leí en ese entorno, en aquellos felices y largos tres meses de verano que solía pasar con mi familia en Pamplona. Era alguien que vivía cerca de la casa de mi madre en Vera de Bidasoa, como un personaje de mi familia, se hablaba de él en mi casa. Creo que empecé por Zalacaín, el aventurero y El mayorazgo de Labraz. Me gustó tanto que empecé a comprarme con mis ahorros, que no sé donde salían, los libros de Biblioteca Nueva, encuadernados en rojo, y a veces mi tía Sole, mi madrina y tan decisiva en mi vida, me regaló varios. Hacia los 20 años tenía toda la colección.

-¿Qué le atrajo de él?

-Entré en él a continuación de los libros iniciales, de los cuentos, de la novela policial de Agatha Christie, etc., hacia el filo de los 16 años. Me encontré con un lenguaje que era muy cercano, entendía esa voz barojiana.

-¿Por qué se titula el libro Lúcida melancolía?

-Porque eso es un poco Baroja, no. Yo quería buscar un título que expresara lo que para mí significa Baroja, y vi una lucidez en él y una melancolía, y a la vez también hay muchas otras cosas, pero creo que predominan esos asuntos. Es una mirada melancólica de quien no está contento, del que busca otra cosa. La melancolía es algo que se añora y no sabes qué es, es una enfermedad dura. La melancolía es la añoranza de lo imposible. Pero luego lucidez es lo que te permite, a partir de esa melancolía, percibir que tampoco es para tanto, que hay otras cosas, que no conviene desesperarse. Hay humor, hay poesía, hay mucha poesía en Baroja, mucha, interés por la vida; los tipos que desfilan por sus libros son descritos con enorme vivacidad.  Baroja está más interesado en la vida de lo que él cree. O de lo que él dice creer.

-La vida, dicho sea de paso, es la materia de Soledad Puértolas. Lo repite siempre.

-A Rosa Chacel le preguntaron de qué tratan las novelas, y dijo: “Las novelas no tratan de nada”. Está muy bien la contestación, pero quiere decir que las novelas tratan de todo. ¿Una novela es una historia, es un desenlace? Es una especie de mirada a la vida. Y de eso va mi narrativa.

-¿En qué momento se dio cuenta de que quería ser novelista propiamente? De niña ya escribía historias terribles de incendios, catástrofes, de terror…

-Quizá a la vuelta de Estados Unidos, de California, ya con un hijo, Diego, poco antes de morir Franco, fue cuando vi que la narración, la narración novelística, era el terreno que me interesaba mucho. De repente, me encuentro escribiendo una novela y percibo que eso me alivia, que me abre un camino para dirigir todas las inquietudes literarias que tenía. Hasta entonces había escrito poesía, cuentos, fragmentos de no sé sabía qué.  La novela era un cauce.

-¿Cómo fue la época americana en cuanto a formación, a experiencia, a percepción del mundo? ¿Qué aprendiste en Estados Unidos?

-Fueron tres años y son difíciles de resumir. Entre 1971 y 1974. Aunque se han quedado como en un paréntesis en mi existencia, tengo la impresión de que la vida se amplificó en todos los sentidos. Aquello no era mi familia, no era mi ciudad, no era mi pequeño mundo con mis dificultades, pero era muchísimo más que todo eso. Y se impuso una alegría de vivir mucho más palpable en todos los que me rodeaban. O así lo percibí yo.

-¿Percibía más alegría de vivir en California que en España?

-Muchísima más, sí. ¿Se puede imaginar la tristeza del contexto español? Nosotros llegamos a California, aún existía el movimiento hippie y entonces veías la música, los bailes, la naturaleza. Sí, sí. El mundo era distinto, no se parecía nada al laberinto de conspiración que vivíamos aquí. Aquí era Franco y contra Franco, y punto. Eso era todo. Aquí era aquello de “cómo se hace la revolución, cómo nos oprimen”, etc. Todo era verdad, pero era tremendo. Llegué allá y te encontrabas con más cosas: poder cantar, poder andar en bicicleta, disfrutar de la naturaleza. Disfrutar de la naturaleza creo que es de las cosas que más me dio California. Yo vivía en Isla Vista en Santa Bárbara, un barrio de estudiantes… Está arriba de un acantilado, en un barrio de casas bajas, sofás en la calle, música a todas horas, aquello era alegre, implicaba querer disfrutar de la vida. Íbamos a conciertos importantes: los Grateful Dead, Pink Floyd … Había muchos conciertos en el campus, nos sentábamos en el césped, con el niño recién nacido y, claro, era como desembarcar en un mundo inusitado…

-¿Qué leyó en esa época?

-Literatura española, ja, ja, ja. Como me metí en el Departamento de español, por fortuna, eso me permitió subsistir. Me dieron un trabajo y una beca para estudiar. Estuve con José Luis Aranguren y con Arturo Serrano Plaja. Fue cuando leí yo toda la literatura clásica española, de la que solo había leído fragmentos. Ahí me metí en El Quijote, en Don Juan, en San Juan de la Cruz, en Quevedo, en todos los clásicos.

-No deja de ser paradójico que se fuese al extranjero a descubrir la literatura española.

-¡A quién se le ocurre! Pero me vino bien, gracias al entusiasmo que te contagiaban aquellos profesores. Tuve una relación muy especial con los dos. Ellos estaban deseosos de tener alumnos interesados en la literatura española, alumnos que no fueron solo los americanos y, además, yo ya tenía la pulsión literaria. Fue estupendo. Ambos se tenían mucha simpatía pero no participaban del mismo mundo. Serrano Plaja era muy estricto, vivía en la propia ciudad de Santa Bárbara, mientras que Aranguren vivía en el barrio de estudiantes y era mucho más poroso con los estudiantes. Eran dos mundos en los que me sentí muy aceptada y muy estimulada. Tuve mucha suerte.

-¿Cómo fue el regreso a España?

-Fue poco antes de la muerte de Franco, y ya atisbé la España que iba hacia la Transición y no me dediqué, durante un año, más que añorar California, a maldecir el momento en que decidí volver. No se puede imaginar qué decepción volver a este país tan triste, en el que todo costaba tanto. Mi marido Leopoldo Pita pensaba lo mismo. Estábamos perplejos los dos. Fue horrible, pero fue una decisión que tomamos.

-¿Tuvo mucha participación en la Transición? La llamó el ministro Javier Solana.

-Eso fue mucho más adelante. Yo me sentía lejos de todo lo que estaba pasando en España, tenía esa nostalgia californiana que me duró mucho tiempo.  Lo que usted dice fue en 1982 y ya tenía otro hijo. Yo andaba en busca de trabajo, siempre haciendo remiendos, artículos, entrevistas, reseñas, comentarios, asomaba la cabeza por donde podía, para ayudar a subsistir. Y entonces ganaron los socialistas, y me dijeron que llamara yo al ministerio, que estaba Javier Solana preguntando por mí, y entonces efectivamente me dieron una cita. Me recibió y me dijo que iba a ser la encargada de hacerle los discursos, con otras personas. Me dejó atónita…

-¿Se conocían mucho?

-No, qué va. Nos conocíamos un poco por la familia. Tenía mucha amistad con un hermano suyo. Estuve con él creo que unos tres años. No llegué a completar la legislatura. Publiqué Burdeos (Anagrama, 1986) y creo que ya me fui porque, verdaderamente, yo no tengo ninguna vocación para estar cerca del  poder. No es lo mío. Empecé ayudando a hacer los discursos y poco a poco fui abriendo un campo nuevo que era el español en el mundo, me responsabilicé de esa área… Estaba contenta y aislada de la política, pero con todo veía que me quitaba mucho tiempo, y decidí que no valía la pena y que prefería centrarme en los libros.

-En 1980, si me permite decirlo así, casi como fogonazo apareció El bandido doblemente armado, que había ganado el premio Sésamo en 1979.

-Bueno, un fogonazo para los demás, para mí no. Bueno, estaba dentro de lo que yo estaba buscando. Menos mal que ocurrió. Yo estaba ahí, escribiendo y escribiendo como una posesa. Desde que llegué de Estados Unidos no paré de escribir. Tenía que darme a conocerme a conocer. El bandido doblemente armado fue la gran sorpresa y lo que yo andaba buscando. Tenía que salir, por narices. Y salió. El premio Sésamo era muy importante entonces.

-¿Le marcó caminos, le abrió muchas puertas, no?

-Esas cosas no se saben. Las puertas se volvieron a cerrar inmediatamente. En la literatura nunca he tenido la sensación de que los caminos estén allanados, ni que haya puertas abiertas. La puerta se abre y se cierra inmediatamente.

- Yo he tenido la sensación de que ha sido muy importante lo mucho que la ha mimado, la ha querido y la ha admirado Jorge Herralde, el editor de Anagrama.

-Ya, claro, sí, pero eso más tarde de El bandido doblemente armado. Tener un editor que te motiva, te estimula, y que le gusta lo que haces es impagable. Nunca me ha metido ninguna prisa, no es ese editor que te dice: “¿Qué estás haciendo ahora?”. No, jamás. Conmigo no lo ha sido. Solo que cada vez que le ha presentado un libro le ha gustado y eso me ha permitido seguir publicando y quizá algo más segura. Es un alivio inmenso.

-¿Y no se está como más sosegado?

-No crea. Yo no estoy sosegada nunca. Un escritor nunca está sosegado. Nadie te regala nada y nunca están las puertas abiertas. Lo creo y lo he vivido así, y además me parece lógico. La literatura nadie te la pide. No escribes una novela, pues no pasa nada. Saldrá otra. ¿Sabe usted cuántos novelistas hay en España? Vivimos rodeados de escritores. En España casi todos somos escritores. ¿Entonces? Sí, me ha dado mucha alegría que cada vez que he entregado un manuscrito lo ha aceptado y lo ha publicado. Y siempre he recibido esa aceptación con sorpresa. No he perdido mi capacidad de sorprenderme por eso. Escribir y que me publiquen aún me asombra. Tengo muchas decepciones, y quién no las tiene, es cierto, pero también tengo la alegría de gustar siempre o casi siempre. A Jorge Herralde, claro. Con todo, en este oficio nunca hay que dar nada por sentado.

-Ha dicho que todas las claves, todas las obsesiones, los temas, que ha tenido a lo largo de los años ya estaban en esa primera novela.

-Sí, claro, es normal. Es un compendio de todo lo que llevaba en mi cabeza. Estuve escribiendo desde que llegué desde Estados Unidos, que no acababa de cuajar. Es una novela sintética, breve, está todo muy comprimido, y de cada capítulo ves que hay un germen de muchísimo más. De mi mundo, de mi contención, de lo que me interesa: las relaciones, las admiraciones no correspondidas, los misterios de las personas que viven a nuestro lado, y por qué se suicidan o se enamoran o esperan, o qué se llevan con ellos cuando se mueren. La contención era una reacción contra un tipo de literatura que aún estoy en contra, que es la del torrente.

-De repente la infancia, la juventud, la adolescencia, empiezan a aparecer con mucha fuerza. Sobre todo en los cuentos: Recuerdos de otra persona, Gente que vino a mi boda, La corriente del golfo.

-Ya en El bandido doblemente armado están mis historias, retazos enmascarados de mi vida. Lo que sucede es que el cuento es un espacio mucho más manejable y puedo centrar el interés en un corto espacio de tiempo y en un lugar concreto, suelo escribir de cosas más pegadas a mi realidad, menos simbólicas. El cuento, al menos para mí, es menos simbólico. Tiene ese punto más realista. La novela, al ser una construcción, una casa, una arquitectura, siempre adquiere unas características más simbólicas. Podía ser al revés… Podía ser un cuento simbólico, que los hay.

-En 1982 publicó La enfermedad moral (1982), su primer volumen de relatos. Es un título que la define muy bien.

-Sí. No es mío: me lo dio mi marido Polo Pita. A veces es él quien me da los títulos. Un día, hablando de un pintor, Andrea del Sarto, en una biografía suya, se decía que su mujer tenía una potente enfermedad moral. Le impresionó tanto que me lo contó, y yo me pregunté qué misterio era aquel. ¿Qué sería? No lo explicaba más. Y me quedó eso como algo que definía mi propia relación con el mundo. Yo tengo que decir que los enfermos morales, por lo general, son los otros. Yo soy muy moralista, en el fondo. Tengo una moral muy fuerte.

-¿Qué quiere decir, qué implica eso?

-En que juzgo. Y una persona me parece que hace bien o hace mal. Y soy severa. Juzgo mucho, internamente; otra cosa es que me obligue a ser comprensiva a partir de ahí. Pero yo juzgo, y tengo más intolerancia interna de la que luego trato de manifestar.

-Usted, que recuerde, no ha tenido polémicas con nadie, ni disputas…

-Pero por eso. Como soy intolerante, en el fondo tengo que esforzarme por no ser así. Sí, sí, soy tremenda. Y para mí el enfermo moral es el que no sabe discernir entre el bien y el mal. Yo, desgraciadamente, lo sé, lo que pasa es que luego relativizo y tengo una potencia mental, o lo que sea, para convencerme de que todo esto es producto mío, de que es algo emocional. Tengo que luchar contra eso porque no sé por qué me arrogo la capacidad de juzgar.

-Pienso en su último libro, Chicos y chicas (Anagrama, 2016), y veo que hay muchos seres que tienen enfermedades morales.

-Sí, casi todos. Claro, y por eso me interesan esos personajes. Porque no los entiendo. Los enfermos morales son los que yo no entiendo… La enfermedad moral es no saber lo que es el bien y el mal. Y eso es una cosa difícil de saber. El bien y el mal es una convención. Los personajes pues se van haciendo con sus pequeñas enfermedades morales. Los más enfermos son aquellos que no entienden nada, que son fríos como témpanos, y que o hacen ningún esfuerzo por comprender a los demás. Yo no me considero una enferma moral porque me esfuerzo mucho por entender. Primero juzgo, tengo una opinión, y luego me esfuerzo para no juzgar, tengo que limar mucho mis juicios. La vida te marca mucho, y mis circunstancias también.

-Su segunda novela fue Burdeos (Anagrama, 1988).

-Burdeos es el extranjero. Es la ciudad extranjera. La idea del extranjero está en todo lo que escribo. Yo tengo una sensación de extranjería con el mundo. Burdeos es la ciudad que no conozco y que quiero desentrañar a través de mis personajes. Eso ya aparecía en El bandido doblemente armado, con nombres californianos y con cosas de Zaragoza, que es una combinación rara. Fuimos una vez con mi padre a Burdeos. Íbamos de camping pero rara vez de hotel, y en Burdeos estuvimos en un hotel. Recuerdo la imagen de asomarme al balcón y decir: “Estoy durmiendo en una ciudad francesa”. Era una sensación curiosa y casi la increíble.

-Otro de sus asuntos es la familia.

Siempre aparecen las familias. Es muy difícil prescindir de ellas.

-Sí, claro, pero en su caso es casi más importante lo que no cuenta que lo que cuenta.

-Desde luego. En las familias hay más misterio del que se dice. El misterio está en el seno de la familia, no solo en el exterior. Para mí el misterio empieza por la familia. Y yo soy una escritora del misterio. Los relatos familiares son de misterio y a menudo escalofriantes. Y a menudo están envueltos en el silencio.

-Para entonces ya había asimilado una determinada literatura, europea y norteamericana, Tabucchi, Stendhal, Salinger, el mundo del cine la había calado…

-El lenguaje del cine más que el mundo del cine. La manera con que el cine cuenta las historias sí. Nos da retazos, fragmentos. Yo no escribo como Tólstoi, contándolo absolutamente todo, que es maravilloso, por cierto, ya quisiéramos, hoy ya contamos con muchas imágenes, no solo el mundo del cine. Estamos rodeados de imágenes, no nos podemos regodear en las imágenes cuando las vemos ya. Hay un tipo de cosas que escribo que funcionan más con imágenes que con palabras.

-¿Nunca ha escrito guiones de cine?

No. En principio no me interesa nada. Hay tanta gente metida en el tinglado que yo no me veo capaz de lidiar ahí. Soy muy solitaria. Por eso a lo mejor me dedico a escribir. Me pierdo, no sé, me disuelvo. Necesito estar a solas. No me siento recluida para toda la vida, soy comunicativa, pero ese mundo me supera.

-Abordemos la aventura Planeta, ganó el premio en 1989 y publicó otra novela, Días del arenal, ¿qué significó para usted?

-Me dio más dinero del que yo nunca me imaginé que podría ganar con un libro. Y lo agradezco. Fue importante. La sensación de no ganar dinero es una de las sensaciones que tenemos todos los escritores. Para mí aquello fue una satisfacción personal. Me sentí gratificada. Y luego tuve la sensación de ser leída. Por otra parte, es verdad, me expuso en primera línea en la línea de la publicidad y la promoción, entrevistas, y eso es muy insatisfactorio porque nunca te encuentras reflejado del todo. Ni por lo que dices tú ni por lo que escriben o interpretan los otros. También ahí te sientes extranjera.

¿Tuvo la sensación de que perdía prestigio?

No. Esas son cosas que no me planteaba entonces ni ahora. No le dedico ni un segundo.  

-En 1993, ganó el premio Anagrama de ensayo con La vida oculta.  Ese libro es de mis preferidos con Una vida inesperada (Anagrama, 1997) y La señora Berg. (Anagrama, 1999). Fue como regreso a casa, ¿no?

-Se ajustaba al premio y volví.  Nada traumático. Jorge Herralde lo entendió. La vida oculta es un libro meditativo, de confesiones. Es un libro que surge del silencio. Creo que lo necesito para escribir y para vivir. Las reflexiones me centraron mucho y fueron capitales para mi escritura. Y Una vida inesperada y La señora Berg, novelas de ficción, también surgieron del silencio. En el fondo, yo no soy del todo yo, soy una persona que escribo. No voy a mostrarme a los demás. Me guardo lo que escribo. ¿Soy yo lo escribo? Sí y no. Hay una especie de mundos paralelos, lo que escribo y lo que vivo, y ambos son como una extraña doble vida. El azar es muy importante, me pesa. Me cuesta una barbaridad salir de mi mundo. Espero más. Me esfuerzo mucho. Yo soy una enferma.

¿Por qué aceptó ser académica en 2010?

Si te lo ofrecen, no vas a decir que no. Es bonito, me gustan muchos las palabras, escribo reflexiones, algún día publicaré mis cosas sobre el lenguaje. Pero venir aquí todos los jueves es muy duro para mí. Soy una enferma crónica desde niña. Tuve tifus a los tres años. No tengo defensas, lo cojo todo. Estoy siempre enferma. Rara vez me encuentro bien. En plenitud. Entonces, viajar, ir a los sitios, salir de mi casa me cuesta mucho. Hay enfermedades peores que la mía, por supuesto, pero eso no me quejo de nada.

La enfermedad, a secas, sin adjetivo, está en casi todos sus libros.

Una vida inesperada gira alrededor de la enfermedad. Y muchos relatos míos giran en torno a la enfermedad. Sin embargo, no me lo suelen recalcar. Creo que la enfermedad no se acepta. A mí me dicen que tengo cuento. No me acaban de creer. Me duele todo. Y tengo mis diagnósticos.

-Hablemos de la La señora Berg…

Es una novela sobre la admiración, el deseo, lo estimulante… Lo que de verdad no estimula son las personas. Eso es así. La Señora Berg es uno de mis personajes a los que les tengo mucho cariño. Sí, yo, como el joven, también siendo admiración por ella. Te causa como un alivio. Ese personaje me acompaña y es un motivo de vida también.

-Muchos de sus libros son autobiografías enmascaradas.

-Este de Baroja mismo, Lúcida melancolía. Bueno, en realidad, a veces hago libros de recuerdos. Yo no les llamaría ni libros de la memoria o diarios, son de recuerdos. El recuerdo es la invención, es lo que escoges. La memoria parece que es más detallada, más ajustada, y el recuerdo lo escoges tú, de ahí que muchos de mis libros sean como ráfagas. Confío mucho en la mente en reposo. Escribir no es solo escribir: es dejar la mente un poco en el vacío. Necesita silencio y apartamiento, y ahí, en ese territorio, cuajan las cosas. Sigo escribiendo. Acabo de entregar una novela, esencialmente de mujeres, que transcurre entre 1934 y 1969; creo que saldrá en otoño. Tengo 70 años y sigo en la brecha, con la sensación de que ya soy una señora a la que debe mimarse un poco. Soy mayor, con mis dolores y una nueva sensación de libertad.

 

*Esta entrevista se publicó en la revista 'Eñe', en 2018, cuando la dirigía Luisgé Martín.

 

DIÁLOGO CON EL CUARTETO QUIROGA

https://www.heraldo.es/noticias/ocio-cultura/2019/02/14/conservatorio-superior-musica-aragon-referente-toda-espana-1292584-1361024.html

JESÚS RUBIO HABLA DE 'LA HERENCIA DE ANTONIO MACHADO'

JESÚS RUBIO HABLA DE 'LA HERENCIA DE ANTONIO MACHADO'

https://www.heraldo.es/noticias/ocio-cultura/2019/02/12/jesus-rubio-jimenez-antonio-machado-antitesis-del-poeta-engreido-1292083-1361024.html

"La herencia de un poeta son sus versos". ¿Por qué llegan tanto los de Antonio Machado?

Seguramente porque inciden en las grandes preocupaciones humanas y lo hacen con una cercanía que solo los grandes poetas tienen. Pero también porque se convirtió para unos y otros en modelo –de eso trata el libro– con lecturas interesadas por unas u otras razones. Es indudable, además, que para los ciudadanos medios tuvo enorme importancia la labor de los cantautores.

Aunque el libro abarca de 1939 a 1970. ¿Qué significaron en su vida Leonor y Guiomar?

Machado llega a Soria después de una juventud complicada. Encuentra más que una pensión, una familia acogedora. Y allí, una adolescente que lo conmovió: Leonor. Se le abrió un proyecto de vida fascinante, que se truncó y que le afectó profundamente de por vida. El caso de Guiomar es distinto. Era una mujer con experiencia, pero indecisa, y una interlocutora interesada en la literatura. Y él, un Machado maduro a quien le debió de tentar aquello.

¿Cómo y por qué se produjo la santificación del poeta?

Una parte del libro trata sobre la creación de la imagen modélica de Machado en distintos aspectos. Construida sobre lo más cotidiano, a diferencia de otros casos en que se construye sobre lo excepcional. Cercano, inteligible (al menos en apariencia), no desligado de los problemas más cotidianos. Tuvo sensibilidad para los desfavorecidos y fue crítico con instituciones anquilosadas.

Antonio Machado influyó en muchos artistas... ¿Por qué?

Es la antítesis del poeta engreído; era "cercano, silencioso y misterioso a la vez" (Rubén Darío ‘dixit’); a su alrededor se desarrolló una imagen de hombre bueno, algo que, además, sus circunstancias acentuaron y en especial su destino último.

Reproduce el retrato de Pablo Serrano. ¿Le parece una de las mejores obras que le dedicaron?

Sin duda, por su propia potencia estética y por las circunstancias que rodearon su creación y, sobre todo, su difusión con el fallido homenaje de 1966. La prohibición hizo que internacionalmente se interesaran mucho por la obra desde Rusia o Estados Unidos y que se hicieran diferentes copias.

Trabaja sobre José María Palacio, al que cita Machado. ¿Qué le llevó hasta él y qué ha descubierto?

Preparando un comentario sobre el célebre poema-carta que le envió, empezaron a llamarme la atención su parentesco por parte de sus esposas; su coincidencia en algunas ideas y, sobre todo, que fueron "hermanos en el dolor". Así se refiere José María Palacio a Machado más de una vez: a él se le murieron dos niñas pequeñas, Carmen y Rosario, una antes y otra después que Leonor; tuvo cerca a Marco al igual que él lo estuvo al morir Leonor; había unos lazos fortísimos entre ellos.

¿Qué ocurrió luego?

De ahí pasé a intentar saber más de Palacio. Era aragonés (nacido en Rasal, Huesca), llegó en 1901 a Soria como funcionario de Montes y vivió allí hasta 1922 en que se trasladó a Valladolid. Murió en noviembre de 1936, de muerte natural. Su obra como periodista es enorme; he censado ya unos 1.200 artículos de temática amplia, desde el intimismo más estricto, a la crónica social o a una preocupación constante por asuntos regeneracionistas y agrarios.

¿Cómo ve esa confrontación que algunos han querido hacer entre Manuel y Antonio Machado?

Forma parte de la discutida herencia con bandos enfrentados, familia escindida (unos hermanos en el exilio, otros en España). Son dos buenos poetas, aunque Manuel, más interesante al principio, después perdió impulso.

Importan a las nuevas generaciones poetas como Machado?

Quiero pensar que sí, pero sin duda menos que a generaciones anteriores como la mía, la nuestra.

¿En qué le invita a pensar su muerte en 1939 en el exilio?

En lo difícil que es la convivencia en nuestro país, donde la tolerancia no acaba de enraizar. Hay quienes se reservan el derecho a decir qué es ser español y qué no. E invita a pensar en la facilidad con que están dispuestos a cambiar las palabras por pistolas.

 

*La foto es de Guillermo Mestre.

 

DIÁLOGO CON SANTIAGO LORENZO

DIÁLOGO CON SANTIAGO LORENZO

Santiago Lorenzo: "Uno tiene que aspirar a
pasárselo bien en el cielo y en el infierno"

El escritor (Portugalete, Vizcaya, 1964) autor de una de las novelas del año, ‘Los asquerosos’, recibió el viernes, en el Teatro Principal, uno de los premijos Cálamo.

 

 

Dice usted que no sufre, que es un escritor del placer y la diversión…

¿Eso ha leído de mí? En ocasiones, en mi vida personal, me han pasado muchas cosas… Cada vez menos dramáticas. Y cada vez que las recuerdo se me hace gracioso ese tío que está sufriendo ahí. Por eso me salen las novelas así. Yo me lo paso fenomenal escribiendo, en efecto, me cuesta trabajo no hacerlo. Pero sí, en mi vida pasada me han pasado cosas muy chungas y se me hace divertido recordarlas.

¿Se le hace divertido, se ríe de usted mismo?

Sí, me pasa que me acuerdo de cafradas que me han pasado, que me hecho yo o que me han hecho y que, cuando ya han pasado, me provocan grandes carcajadas. 

¿Usted tiene referencias, escritores que le ayuden?

A mí me gusta mucho leer a Benito Pérez Galdós y a Ramón Pérez de Ayala. Mucho. No sé por qué. Me parecen muy graciosos, grandísimos cómicos los dos, con esa cara tan seria que tenían…

¿Le divierten sus textos, de verdad?

Me parece que hay textos de ambos que son mucho más graciosos que el programa de Alfonso Arús, que no tiene ninguna gracia.

Ahora que dice eso, ¿cuando se está en un pueblo importa la televisión?

Yo no tengo tele. Veo un poco la tele en el ordenador pero de forma muy restringida. Todo te parece como si no consiguieras darle visos de realidad. Como si fuera una gran mentira.

¿Por qué se fue al pueblo? ¿Para encontrarse a sí mismo, por tranquilidad?

Por todo un poco. Me fui el 1 de agosto de 2012. Llevo seis años.

¿En qué se parece usted a Manuel, el protagonista de ‘Los asquerosos’?

En el afecto por la austeridad y en poco más. Él es un valiente y yo no lo soy. Él es mucho más joven que yo, le doblo la edad, y él está empeñando en investigar cómo es la soledad. A mí la soledad no me preocupa y me parece una gozada. Cuando voy a una ciudad, Valladolid, Bilbao o Zaragoza, llamo a mis amigos y me lo paso muy bien, claro, pero en realidad paso más tiempo solo que acompañado. Y soy feliz. Uno tiene que aspirar a pasárselo bien en el cielo y en el infierno.

Su libro, al margen de sus elementos satíricos y de esa propuesta de una vida extrema, también  parece que tenga algo de vuelta a la Arcadia…

En el libro se dice que no hace falta vegetación ni vida animal para construir la Arcadia de la que se habla en el libro. Se llega incluso a decir que el páramo de Chernobil, donde ya no hay nadie, también valdría. Hay un bucolismo de la soledad, pero creo que no hay un bucolismo de la naturaleza. Para disfrutar del placer de la naturaleza, mucho mejor que leerlo en un libro, es meterse en ella de cabeza. No hay una reivindicación sobre la naturaleza. No hay que ser bobos leyendo sobre ella, cuando la tienes ahí al lado y te está esperando. Es fabuloso ir a no mancharla y a disfrutarla.

Vamos a ver, usted en el libro cuenta la historia de un hombre, Manuel, que se despoja de cosas y cosas, y que hace un canto a la sobriedad, y a la vez surge algo y tampoco es tan feliz.

A la mitad exacta de la novela todo esto se quiebra por varias razones. ‘Los asquerosos’ no es un manual de supervivencia, es una novela de ficción donde, a un sujeto que está muy a gusto, le rompen el escaparate, le cagan los pájaros en la cabeza, todo se le tuerce. A mí me gustan las novelas en las que pasan cosas, en las que hay cambiazos y giros, y en efecto, en la mitad exacta de la novela, todos los logros del protagonista se van a ir por el sumidero. Pero va a tener suficiente corazón para responder a ello y hacer frente a la situación nueva.

Su libro, que es muy divertido y desternillante, es difícil de leer, hasta que se le coge el tranquillo. Hace usted creación de lenguaje, recupera palabras, fuerza la sintaxis… ¿Por qué hace todo eso?

Creo que tiene algo de razón, sí. Y la respuesta es que uno acepta su repipismo (de repipi) de la mejor manera posible.

Pero un repipi es como un afectado sin sustancia, ¿no?

Ese soy yo. Yo soy de lenguaje barroco y me tengo que dejar llevar. Intenté leer a Mújica Láinez y lo tuve que dejar. No podía con él. Yo he sido muy feliz leyendo ‘El Buscón’ de Quevedo, por ejemplo. El lenguaje me sale así de manera espontánea, lo fundamental para mí es no forzar absolutamente nada. No busco palabras en desuso, están en mi cabeza y salen. Si mi lenguaje distancia al lector, qué le voy a hacer. Las novelas están ahí para quien las quiera coger. Siempre vendo más de lo que pensaba.

¡Hombre!

A veces tengo la sensación de que el editor me paga más de lo que me debe.

Explíquenos que quiere decir ‘mochufa’, esa palabra que acuña.

La ‘mochufa’ sería como una celebración, sería como la sacramentalización de la horterada. Es la gente que grita y la gente que se cuela. Los caseros cabrones que están ahí intentando chuparte la sangre. La ‘mochufa’ es esa especie de dominguero al cubo.

Veo en su libro observación sobre la sociedad en la que se percibe la mirada de alguien que desconfía…

Eso está muy bien. Más que crítica de la sociedad, yo tengo desconfianza de la sociedad. Con la dosis de miedo que significa la desconfianza. Sí, ese es Manuel, alguien que desconfía de la sociedad.

 

https://www.heraldo.es/noticias/ocio-cultura/2018/12/30/santiago-lorenzo-uno-tiene-que-aspirar-pasarselo-bien-cielo-infierno-1285034-1361024.html

*La foto es de Guillermo Mestre.

EL CUARTETO QUIROGA ESTRENA 'JOYCE'

EL CUARTETO QUIROGA ESTRENA 'JOYCE'

El Cuarteto Quiroga se une a Jörg Widmann

para el estreno mundial de ‘Joyce’, lo último de Peter Eötvös

 

El Cuarto Quiroga, Premio Nacional de Música de 2018, estrena el próximo 9 de febrero Joyce, última obra del profesor, compositor y director de orquesta húngaro Peter Eötvös. Es un encargo del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) y la Sociedad Filarmónica de Badajoz que contará con la participación del prestigioso clarinetista Jörg Widmann, uno de los artistas más solicitados de la escena musical contemporánea.

Joyce sonará por primera vez en el Auditorio Nacional de Música de Madrid (9 de febrero) y, un día más tarde, en Badajoz, dentro del X Ciclo de Música Actual que se celebra en la capital pacense. Además del esperado estreno de Joyce, el programa se completará con el Cuarteto de cuerda nº 2 de Bartók – obra incluida en Terra, último disco del Cuarteto Quiroga – y el Quinteto, op. 34 de Carl Maria von Weber.

La agrupación integrada por Aitor Hevia (violín), Cibrán Sierra (violín), Josep Puchades (viola) y Helena Poggio (violonchelo) acaba de iniciar una gira junto a la artista argentina Martha Argerich, que continuarán en abril por varias ciudades de Italia. En estos primeros meses del año, su agenda incluye actuaciones en numerosas ciudades españolas y europeas, una gira por Estados Unidos y la publicación de su sexto álbum, una antología de música de su género creada en el entorno del Madrid de Goya. El disco, que incluye primeras grabaciones de obras inéditas de artistas como Boccherini o Brunetti, fue grabado a mediados del mes de diciembre en Flandes y saldrá a la venta en el sello Cobra Records.

 

ÁNGEL AZPEITIA: UNA ENTREVISTA

ÁNGEL AZPEITIA: UNA ENTREVISTA

[El pasado sábado por la mañana fallecía el crítico e historiador de arte Ángel Azpeitia Burgos (Zaragoza, 1933-2019), que trabajó durante 50 años ininterrumpidamente en 'Heraldo'. Hace algunos años, le hice esta entrevista, se publicó en la sección 'Clásicos y modernos' del dominical de Heraldo. La recuperó aquí; el funeral por el profesor de la Escuela de Artes y de la Universidad de Zaragoza tendrá lugar mañana a las 11 de la mañana.]

Ángel Azpeitia Burgos vive en museo particular de pinturas, esculturas, recuerdos, y muchos libros: habitaciones enteras repletas de catálogos, monografías de arte, volúmenes de narrativa y ensayo. Esos objetos que conforman una pasión, una forma de vivir y de estar en el mundo con curiosidad. En todas las paredes hay cuadros de pintores con los que ha conformado una sinfonía de amistad: Juanjo Vera, Daniel Sahún, Pascual Blanco, Martín Ruizanglada, Torcal, Manuel Viola, Julia Dorado, Eugenio Estrada, Virgilio Albiac o, entre otros, su amado Vicente Paricio, tan determinante en su vida. Él, antes de que apareciese en su vida HERALDO o la galería Libros de Víctor Bailo, fue uno de sus primeros estímulos. “Soy el quinto hijo de un médico de pueblo que no tenía ningún sentido práctico. Era un pequeño desastre con el dinero, yo creo que no cobraba a nadie. Había estado en Tauste y también en Calatayud”, dice el crítico e historiador del arte, que se recupera poco a poco de un infarto: en un rincón de su estudio reposa la silla de ruedas y de un lugar del techo penden unas anillas para sus ejercicios de rehabilitación. Dirá: “Cuando se ha sido tan activo, la dependencia es algo terrible. Es una experiencia dolorosa, de esas que te ponen a prueba en todos los terrenos”.

-Imagino que habrá tenido una infancia cómoda y culta...

-Cómoda no, pero culta sí. Mi padre se murió demasiado pronto y tuve que ayudar en casa. Mi madre era una mujer muy especial: había leído mucho, poseía un alto nivel de lenguaje y poseíamos una buena biblioteca. Aún conservo títulos de aquel fondo familiar. Estudié en Jesuitas y el arte empezó a interesarme un poco en el colegio. Con todo, mi primera escuela de arte fue el Casino Mercantil.

¿Por qué?

Allí veía las exposiciones de Vicente Paricio y nos hicimos muy amigos. Era un pintor social: hacía retratos elegantes y serios. A las damas las pintaba en traje de noche. También hacía paisaje y bodegón. Era una pintura fácil de entender.

-He visto que los pintó a usted y a su mujer María Luisa en torno a 1972.

-A María Luisa un poco antes. Decía que él solo pintaba lo que veía. Tuvimos que posar varios días para sus retratos al pastel. Fue muy curioso: él se preparaba varias conversaciones y temas para todos los días, y te daba conversación. Hablaba sin cesar de política, de arte, y tenía mucho sentido del humor y de la ironía. Veía un caballo que había un pintor famoso y decía: “Yo pinto mucho mejor los caballos”, y se reía. Recuerdo que me decía que cuando se hace un retrato el cliente se queda convencido del todo cuando sale guapo. Y él embellecía a las mujeres pintándoles los ojos más grandes y el cuello más largo. “A los hombres no se les pinta guapos: se les pinta importantes”, me decía.

-Por cierto, en el Casino Mercantil se presentó ‘Pórtico’ a finales de los 50.

No voy a mentir. No estuve en las primeras exposiciones de Pórtico, de Lagunas, Aguayo y Laguardia, aunque sí asistí a otra posterior donde solo estaban dos artistas, ahora no recuerdo con precisión: creo recordar un cuadro abstracto que me evocó una semana santa, vista desde arriba, con sus desfiles y sus capirotes.

¿Cómo se divertía en aquella Zaragoza amarilla?

Como podíamos. No teníamos casi dinero, y ahorrábamos varios días para poder salir de copas y de tascas de cuando en cuando. Pese a todo, salíamos: a mí me interesaba mucho la poesía y ofrecía recitales con amigos y en algunos salones. Teníamos entonces como pequeños mecenas que nos cedían un salón con piano. Yo escribía: gané un par concursos de poesía en Maristas y en la Facultad de Filosofía y Letras. No recuerdo las fechas, he perdido mucha memoria: soy un hombre de documentos y todo, todo lo tengo registrado en carpetas, fichas y ficheros y archivos. Era muy lector: de novela contemporánea o de ‘El paraíso perdido’ de John Milton. Antes de los veinte me había leído prácticamente toda la literatura clásica.

¿Quiénes eran sus amigos?

Alejandro García Anadón, José María Valdivia, que era pianista y hermano del escritor Eduardo Valdivia, venía de vez en cuando a nuestras reuniones. Recuerdo que íbamos a bares baratos como Casa Félix: allí tomábamos bocatas, vino y cacahuetes, muchos cacahuetes, y se permitía cantar.

¿Ya había entrado en la Universidad?

Yo soy un universitario muy tardío. Trabajé algunos años de comerciante de Ultramarinos y coloniales, pero al final entré en la Universidad. Me matriculé en Filosofía y Derecho, y dejé esta carrera en tercero. Antes de inclinarme definitivamente por Historia del Arte dudé mucho: quiso estudiar arqueología, entre otras cosas porque Antonio Beltrán Martínez era un profesor muy estimulante y activo y me había conseguido una beca para Francia y también estuve a punto de realizar una excavación en Nubia. También quiso ser geógrafo, pero finalmente opté por el mundo de la cultura. La universidad solo tenía un catedrático de historia del arte: Francisco Abad, era un clasicista que nunca se atrevió a pasar de Francisco de Goya. Hasta ahí podíamos llegar. Para entonces ya teníamos otra tertulia en el café Baviera.

¿Qué ocurría allí?

Hicimos una tertulia en el café Baviera. Yo no he sido de la Peña Niké, aunque estuve alguna vez. Nosotros también teníamos un grupo muy activo, tanto que fundamos un teatro de cámara, La Cigarra. Por allí andaban el cineasta Antonio Artero, el poeta Daniel Almárcegui, Alberto Castilla. Hacíamos piezas al aire libre: entremeses cortos y humorísticos. Recuerdo que en el Baviera había una escultura preciosa de Honorio García Condoy.

-Una de sus pasiones es el fútbol, en concreto el Real Zaragoza.

Me ocurrió una cosa muy curiosa. Cuando era representante de comercio visitaba muchos mercados, entre ellos el Mercado Central. Recuerdo que un día llegué por allí y dos vendedores discutían sobre el Real Madrid y el Barcelona. Y yo hice una observación sobre un jugador con un fatídico error: dije que jugaba en el Real Madrid  cuando lo hacía en el Barcelona. Hubo protestas a mi jefe, o por lo menos llegó a sus oídos mi metedura de pata, y él me sacó mi primer abono de socio del Real Zaragoza. Y estuve yendo, primero a Torrero y luego a La Romareda, muchos, muchos años.

-Cómo dio el salto a la crítica de arte.

Es casi un misterio. Fue en 1962 y yo era alumno todavía. El crítico de arte era Joaquín Aranda, se fue a Madrid a realizar unos cursos, y tenían que buscar un sustituto. Y un día me llamó Antonio Bruned y le dije que sí. Yo creo que le sugirió mi nombre una hermana de Andrés Galdeano, que era compañera mía de curso. Más tarde, regresó Aranda, pero no quiso hacer arte: se dedicó al teatro, al cine y a la literatura. Y aquí sigo: entonces la crítica de arte era diaria. O casi diaria.

Ha dicho usted que Francisco Abad no era un profesor avanzado. ¿Quién era su referencia?

Federico Torralba. No se puede decir que fuese mi maestro exactamente, entonces estaba en la Escuela de Artes, pero sí fue el gran defensor del arte contemporáneo en Zaragoza. Ese es uno de sus méritos. Esta ciudad le debe muchísimo. Lo difundía a través de su presencia en la Institución Fernando el Católico y de la Diputación de Zaragoza, estuvo muy cerca de muchos grupos y artistas, y más tarde fundaría galería. Yo empecé mi tesis sobre Marcelino de Unceta con Francisco Abad y la acabé con él.

¿Qué significó el periodismo para usted?

Yo he sabido mucho más cuál es la realidad artística a través de la crítica que de mis años como profesor.  El periodismo me conectó con la vida, con la calle, con el quehacer cotidiano de los artistas. Empecé a ver arte contemporáneo cuando empecé a ser crítico, no antes. El crítico de arte tiene una realidad inmediata con el arte. Y, en ese sentido, también fue más importante la Escuela de Artes que la Facultad: el hecho de que no hayamos tenido una Facultad de Bellas Artes ha sido un fallo terrible, esa ha sido una ausencia terrorífica sobre todo en un tiempo donde habría sido una lugar decisivo de formación. Pienso por un momento en la Escuela de Artes...

¿Por qué lo dice?

Hay varias generaciones de artistas que han sido, o son, profesores ahí o que se han formado entre sus paredes: Cano, Natalio Bayo, Pedro Giralt, Rubén Enciso, Vicente Villarocha o Pascual Blanco, que me ayudó en el tiempo en que yo estuve de profesor.

¿Qué crítico ha querido ser?

He cambiado mucho. Al principio, analizabas la obra en función de sus valores de ruptura o de novedad, qué elementos de modernidad y de vanguardia significa un proyecto. Más tarde, he intentado reflexionar sobre el binomio: lo que quiere hacer y lo que consigue el artista. A veces, hay artistas que te quieren hacer reír, y te hacen llorar. Y viceversa. Y poco a poco he acabado por desvincularme de problemas teóricos: mis críticas acompañan, sugieren, ayudan a ver. Y solo soy auténticamente crítico con las instituciones y con las políticas culturales. Me he vuelto más condescendiente.

¿Para que sirve el arte?

Es una manera de vivir. El arte es como el oxígeno: es imprescindible, al menos para mí. Imprescindible. Está en todo. Es compañía, es consuelo, es un latigazo de lucidez, es emoción. Y para mí también está ligado a la amistad y a un montón de amigos. A veces pienso que soy dadaísta. Los objetos de mi vida son mi arte y son un hilo de comunicación con un montón de artistas a los que  quiero y a los he seguido durante medio siglo.

 

JESÚS PEDRO LORENTE RETRATA A ÁNGEL AZPEITIA BURGOS

JESÚS PEDRO LORENTE RETRATA A ÁNGEL AZPEITIA BURGOS

ÁNGEL AZPEITIA: UNA VIDA EN EL ARTE

 

JESÚS PEDRO LORENTE. *CATEDRÁTICO DE HISTORIA DEL ARTE

Para mí, Ángel Azpeitia Burgos (Zaragoza, 1933-2019) ha sido mi maestro y mentor tanto en el Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Zaragoza como en la Asociación de Críticos de Arte. De su labor como profesor e investigador yo destacaría su monografía sobre Marcelino de Unceta, publicada por Ibercaja en 1989 y su ‘Diccionario de Arte Contemporáneo y Terminología de la Crítica Actual’, publicado en Madrid por la Compañía General de Bellas Artes en 2002.

De su intensa labor como crítico de arte, tanto a través de reseñas de exposiciones en HERALDO DE ARAGÓN o revistas especializadas, como a través del comisariado de exposiciones, yo mismo seleccioné (con su ayuda) unas cuantas críticas para el volumen que PUZ publicó en 2013 (con financiación de la AACA, AECA, el grupo OAAEP, IEA e IFC) bajo el título ‘Exposiciones de arte actual en Zaragoza: reseñas escogidas, 1962-2012’. Tuve el honor de compartir con él el comisariado de una de sus exposiciones con más éxito: ‘Libertad e Independencia: Aragón en la pintura de Historia’, organizada por la DPZ en el Palacio de Sástago entre el 6 de octubre y el 12 de noviembre de 1989, que recibió más de 132.000 visitantes marcando un record de público en esa sala.

Pero él se sentía especialmente orgulloso de las muestras dedicadas a artistas contemporáneos en la sala Luzán de la CAI y otros centros expositivos, especialmente las monográficas sobre artistas aragoneses, pues entre ellos contaba algunos de sus mejores amigos y admiradores. Muchos de ellos, y también de sus compañeros universitarios y críticos, colaboramos en un libro en su homenaje coordinado por Manuel Pérez-Lizano Forns, ‘Ángel Azpeitia: Historiador y Crítico de Arte. Intensidad radial, 1933-2012’ ( Zaragoza, Aladrada ediciones, 2012).

 

*La foto como se ve es de Carlos Barboza y Teresa Grasa.

MUERE EL CRÍTICO DE ARTE ÁNGEL AZPEITIA

MUERE EL CRÍTICO DE ARTE ÁNGEL AZPEITIA

 

HA FALLECIDO EL CRÍTICO DE ARTE ÁNGEL AZPEITIA
[Esta mañana ha fallecido en Zaragoza, la ciudad donde había nacido, Ángel Azpeitia Burgos (1933), que fue crítico de arte de Heraldo de Aragón durante medio siglo, desde 1962 a 2012. Dedicó su tesis doctoral a la obra de Marcelino de Unceta, comisarió muchas exposiciones, coordinó varios libros y redactó cientos de catálogos de arte, fue amigo de diversas generaciones de artistas en Zaragoza y Aragón. y el catedrático Jesús Pedro Lorente recogió una selección de sus críticas en ’Exposiciones de arte actual en Zaragoza. Reseñas escogidas, 1962-2012’ (PUZ). El crítico e historiador de arte, Manuel Pérez-Lizano le dedicó el libro: ’Ángel Azpeitia: historiador y crítico de arte’, que coordinó para Aladrada Paco Rallo. Fue fundador de la Asaciación Aragonesa de Críticos de Arte y era presidente honorario de la Asociación Española de Críticos de Arte.
Desirée Orús, presidenta de la AACA, señala: "Ángel Azpeitia, fue uno de los fundadores de la Asociación Aragonesa de Críticos de Arte, un espejo en el que se han mirado generaciones posteriores. Riguroso en sus textos, siempre estuvo al lado de las tendencia más vanguardistas, en tiempos en los que no siempre eran entendidas. Ángel Azpeitía abrió las puertas a la plástica contemporánea y dio visibilidad a la crítica de arte, a través de las páginas de 'Heraldo de Aragón'. En sus textos siempre encontraba una perspectiva positiva y animaba a cada lector a juzgar de manera personal la exposición, visitándola. En 2013 la Asociación Aragonesa de Críticos de Arte, el rindió un homenaje y se publico el libro 'Exposiciones de arte actual en Zaragoza, reseñas escogidas (1962-2012)', que recogía su labor de 50 años como crítico en Heraldo de Aragón".
El velatorio será mañana domingo en la sala 22 del cementerio municipal de Torrero a partir de las 11h, y el funeral el lunes 21 a las 11h en la capilla 1 del mismo complejo funerario zaragozano.

En este periódico ’Heraldo de Aragón’, para la sección dominical ’Clásicos y modernos’, explicaba su trayectoria. 
-¿Cómo dio el salto a la crítica de arte?
Es casi un misterio. Fue en 1962 y yo era alumno todavía. El crítico de arte era Joaquín Aranda, se fue a Madrid a realizar unos cursos, y tenían que buscar un sustituto. Y un día me llamó Antonio Bruned y le dije que sí. Yo creo que le sugirió mi nombre una hermana de Andrés Galdeano, que era compañera mía de curso. Más tarde, regresó Aranda, pero no quiso hacer arte: se dedicó al teatro, al cine y a la literatura. Y aquí sigo: entonces la crítica de arte era diaria. O casi diaria.
-¿Quién era su referencia?
Federico Torralba. No se puede decir que fuese mi maestro exactamente, entonces estaba en la Escuela de Artes, pero sí fue el gran defensor del arte contemporáneo en Zaragoza. Ese es uno de sus méritos. Esta ciudad le debe muchísimo. Lo difundía a través de su presencia en la Institución Fernando el Católico y de la Diputación de Zaragoza, estuvo muy cerca de muchos grupos y artistas, y más tarde fundaría galería. Yo empecé mi tesis sobre Marcelino de Unceta con Francisco Abad y la acabé con él.
-¿Qué significó el periodismo para usted?
Yo he sabido mucho más cuál es la realidad artística a través de la crítica que de mis años como profesor. El periodismo me conectó con la vida, con la calle, con el quehacer cotidiano de los artistas. Empecé a ver arte contemporáneo cuando empecé a ser crítico, no antes. El crítico de arte tiene una realidad inmediata con el arte. Y, en ese sentido, también fue más importante la Escuela de Artes que la Facultad: el hecho de que no hayamos tenido una Facultad de Bellas Artes ha sido un fallo terrible, esa ha sido una ausencia terrorífica sobre todo en un tiempo donde habría sido una lugar decisivo de formación.

ALGUNAS REFERENCIAS:
-Autorretrato: «Por encima de tiempos o edades los artistas con los que he convivido me han aportado mucho. Casi me sorprende pensar que, con cincuenta años en el difícil ejercicio de la crítica, tantos me demuestran su aprecio».


-«Ángel Azpeitia comienza a plantearse conscientemente la articulación de los escritos en tres niveles que se entretejen: informativo, analítico y reflexivo o conclusivo, este último con alguna nota –como hemos dicho, muy abierta– que refleja una valoración. Esta retícula invisible se completaría con algunos pilares relevantes en su oficio de escritor, tales como la construcción en períodos largos (con párrafos interconectados), la variedad sintáctica, la precisión terminológica y, desde luego, la corrección extrema».
Pedro Pablo Azpeitia.


-«En el caso de Ángel Azpeitia vemos evidente su periplo vital con diferentes etapas, que demuestran una excepcional fuerza de voluntad, rasgada vía inteligencia sensible, hasta captar su auténtica vocación. Hombre abierto a la vida, con empuje, destruyendo inútiles barreras».
Manuel Pérez-Lizano Forns.

*Notas aparecidas que coinciden con la publicación del libro ’Ángel Azpeitia: historiador y crítico de arte’ de Manuel Pérez-Lizano Forns, que coordinó para Aladrada Paco Rallo.
*Las fotos de Angel Azpeitia pertenecen a la Real Academia de Bellas Artes de San Luis y al archivo de Carlos Barboza y Teresa Grasa.