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Antón Castro

HOMENAJE A ELOY FERNÁNDEZ

ESTA TARDE, HOMENAJE A ELOY FERNÁNDEZ CLEMENTE

 

Eloy Fernández Clemente en Andorra con su amigo Ángel Alcalá.

Presentación de los libros

 

Eloy Fernández Clemente. El tiempo y la Historia

Coord. Pedro Rújula. Edita Ayuntamiento de Andorra y Centro de Estudios Locales

de Andorra.

 

De la Ilustración a la Batalla de Teruel

Recopilación de textos de Eloy Fernández Clemente, seleccionados por Josefina Lerma.

Edita Instituto de Estudios Turolenses y Centro de Estudios Locales de Andorra.

 

Hoy jueves, 25 de noviembre de 2010

19,30 h. en la Facultad de económicas y empresariales (Gran Vía nº 2)

Zaragoza

 

INTERVENDRÁN

Eloy Fernández Clemente

Luis Ángel Romero

Pedro Rújula

Luis Alegre

LAS FOTOS DE JOSÉ MIGUEL DE MIGUEL

LAS FOTOS DE JOSÉ MIGUEL DE MIGUEL

El próximo día 26 de noviembre, será inaugurada en Valladolid la exposición “LA ALEGRIA DE VIVIR FOTOGRAFÍAS DE JOSÉ MIGUEL DE MIGUEL” en la Sala Municipal de Exposiciones San Benito de Valladolid formada por más de medio centenar de uno de los grandes maestros desconocidos de la fotografía española del siglo XX, como es JOSÉ MIGUEL DE MIGUEL, autor imprescindible a la hora de entender la fotografía española de la segunda mitad del siglo XX.

 José Miguel de Miguel es el prototipo de fotógrafo aficionado de posguerra: buen conocedor de la técnica. Con esta trayectoria se podría esperar de él una obra plagada de tópicos o una obsesión por realizar aquellas fotos preciosistas que ganaban los concursos. Y aunque es innegable que se volcó en este ámbito y obtuvo los mejores reconocimientos de la época, tuvo una virtud personal y creativa que imprime un carácter extraordinario a toda su obra: un innato sentido del humor.

Un humor ingenuo y vitalista que recorre toda su obra: es el caso de sus magistrales puestas en escenas casi cinematográficas (Iniciación, 1959), que está a menudo en el filo de lo exagerado sin atreverse a sobrepasarlo (Retrato de una boda, 1967). Sus tomas desprenden una perfección exagerada fruto de la construcción de las composiciones: su hijo, mujer y amigos colaboraron para recrear unas tomas redondas que añaden un punto de modernidad y distancia a una obra que, de otro modo, rozaría el cliché. Convive con ese humor cándido una mirada socarrona que se resume magistralmente en los títulos de fotografías como Últimos refugios 1968, Perrerías 1954 o Tribuna preferente 1958, en los que da cuenta de una elocuencia que va mucho más allá de meros pies de foto.

 

Otro de sus grandes focos de atención fue el reportaje a la manera del instante decisivo que practicó con una mirada bienintencionada, pero a la vez crítica, hacia la realidad de su época. Curiosamente, el posicionamiento desde su mentalidad burguesa nos transmite una mirada a los cincuenta y sesenta complementaria a la de sus fotógrafos contemporáneos, mucho más críticos y conscientes de los movimientos de renovación fotográfica. En esta línea tiene imágenes contundentes como La alegría de vivir, 1966, que da título a esta exposición, junto a infinidad de fotografías de niños (a los que dedicó siempre una atención especial) o los recurrentes contrastes entre los pequeños y los adultos (Imitación, 1970).

 

 

JOSÉ MIGUEL DE MIGUEl

José Miguel de Miguel (1916, Cartagena – Valencia 1988) trabajó como escribiente en la notaría de su padre. En el año 1958 se trasladó a Valencia donde ingresó en el Foto Club de la ciudad, allí formó en 1962 el grupo El Forat junto a José Segura Gavilá, Francisco Sanchís y Francisco Soler Montalar. También se integró en la Agrupación Fotográfica, mientras profesionalmente trabajó como representante de Nikon en Valencia. Participó en numerosos concursos, en los que consiguió infinidad de premios nacionales e internacionales. En 1967 fue nombrado arista FIAP, galardón otorgado por la Federación Internacional de Arte Fotográfico. En la década de los setenta expuso en diversas salas de Valencia, Tarragona y Lérida, pero fue en los ochenta cuando fue más reconocido, exponiendo en fotogalerías y en 1986 el IVAM, Centre d’Art Julio Gonzalez, una colección de 169 fotografías originales. Murió en Valencia en 1988.

De Miguel podría considerarse el clásico representante de fotógrafo amateur que, en los años 60, buscó en las agrupaciones un lugar de encuentro, difusión y debate para sus fotografías. Tratando los temas habituales de aquella época, sin embargo De Miguel destaca por una puesta en escena personal y por el sentido del humor que se transmite en toda su obra. Fotografías como Iniciación, además de un sarcasmo sin límites en los pies de foto, pueden condensar, con tres personajes situados en escena, la iniciación al tabaco de una generación.

 

Todas las obras de esta exposición pertenecen  a la colección de la Fundación Foto Colectania, una entidad que cuenta con un fondo de más de 2500 obras de fotógrafos españoles y portugueses, desde 1950 a la actualidad.  La totalidad de las copias fueron realizadas por el propio fotógrafo, un virtuoso del positivado, con exquisitos papeles de la época. 

*Esta nota es la de la promoción de la exposición en Valladolid.

MARÍN BAGÜÉS, VISTO Y CONTADO Y RECREADO POR MANUEL GARCÍA GUATAS

Manuel García Guatas, retratado por Vicente Almazán.

 

El catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Zaragoza Manuel García Guatas es el comisario de la exposición 'Marín Bagüés en las colecciones privadas', que se exhibe en Cajalón. En esta larga entrevista, el también biógrafo del gran pintor aragonés -nacido en Leciñena en 1879 y fallecido en 1961 en Zaragoza-, analiza su vida y su obra. El texto puede completarse con su biografía para la CAI y con el catálogo de la muestra.

-¿Qué sabemos de la infancia de Francisco Marín Bagüés en Leciñena?

         Se sabe poco de los primeros quince años que vivió Marín Bagüés en Leciñena. Era el menor de siete hermanos y lo más relevante para la vida de un niño en un pueblo es que llamó la atención su predisposición y buena mano para dibujar, como descubrieron el maestro de la escuela y el cura. El primero le encargó algunos dibujos para uso escolar, como el de un alambique, que recordaba el pintor ya mayor. Hizo algunas pinturas a la acuarela con lo que encontró a mano, como una pareja romántica que decoraba el tape de una caja de bombones, o una pintura pequeña de la Virgen de Magallón, en la ermita a donde ibn de romería. Pero su padre, que ejercía de veterinario, se opuso a que fuera pintor y quiso que empezara a estudiar bachillerato.

 

-La familia se trasladó al Arrabal y pronto se hizo notar…

        Al morir el padre, la madre vino con él y alguna hermana a vivir a Zaragoza. Pero como han hecho muchos monegrinos y montañeses que se trasladaban a vivir a la ciudad, no entraban en ella, sino que se instalaban en la orilla izquierda del Ebro, principalmente en el Arrabal. Además, el hermano de Marín Bagüés era coadjutor de la parroquia de Altabás y debió buscarles una casa en la plaza del Rosario. El pintor adolescente lo primero que hizo fue colgar los libros del bachillerato.

            El barrio del Arrabal de hoy día no se parece en nada al de finales del siglo XIX. Allí convivían el progreso con el mundo rural de hortelanos, labradores y vaquerías con la principal estación del ferrocarril o la primera fábrica de motores y acumuladores eléctricos de Aragón, que se abrió en la  calle Sobrarbe.

            Aquí empezó a pintar el joven Marín Bagúés y tuvo los primeros coleccionistas. Los más importantes para él, el farmacéutico don Blas Sánchez de Rojas y el hacendado Antonio Puerta, concejal del ayuntamiento, que tuvo calle con su nombre en el barrio. Lo presentaron al pintor Mariano Oliver, que tenía el estudio en la calle Manifestación, donde empezará a practicar con los colores este aprendiz de pintor.

 

¿Cuál el influjo real de Mariano Oliver?

            Mariano Oliver era pintor de retratos, de paisajes y pequeñas escenas costumbristas con tipos rurales aragoneses, pero de su manera de pintor muy poco se nota en los primeros cuadros de Marín Bagüés. Era una pintura correcta, pero decimonónica.

 

Tras la mili en Lérida, entra en contacto con artistas tan diferentes como el casi olvidado Rafael Aguado, el hombre que se hizo famoso como arqueólogo como Juan Cabré o Ángel Díaz Domínguez, a quien hemos visto mucho en el Casino…

      Fue en la Escuela de Artes e Industrias de Zaragoza donde Marín conoció a los primeros condiscípulos con los que conservará amistad a lo largo de su vida. Con los que más trato tuvo fueron José Valenzuela La Rosa, que compaginaba los estudios de Derecho con los artísticos, persona muy influyente en la vida cultural de Zaragoza, pues fue el secretario de la Comisión organizadora de la Exposición Hispanofrancesa, crítico de arte bien informado y director un tiempo de Heraldo de Aragón, para el que le encargó a su amigo pintor el primer cartel publicitario que tuvo este periódico, ahora presente el único ejemplar impreso que se conoce en esta exposición. También Juan Cabré, de Calaceite, que había dejado el Seminario de Tortosa, con el que viajará a Madrid y copiarán en el Prado, codo con codo, a Velázquez. Luego abandonará la pintura y será uno de los pioneros del descubrimiento y estudio de la arqueología y del arte ibérico.

            Pero los que serán pintores destacados de su promoción fueron el zaragozano Rafael Aguado y el logroñés Angel Díaz Domínguez, que como todos, se marcharon pronto a Madrid. Fueron con Marín los tres pintores protegidos y reconocidos por Zuloaga. A Marín le encomendará años después mover el tema de la compra de la casa de Goya en Fuendetodos. Con Julio García Condoy no hizo Marín buenas migas, sí con Juan José Gárate, unos años mayor, y también con el escultor José Bueno, algo más joven, y luego con Félix Burriel. Pero además de los jóvenes condiscípulos, en la escuela de Zaragoza conoció a los profesores escultores Dionisio Lasuén y Carlos Palao, que le apoyaron.

 

Manuel García Guatas ante un cuadro de Marín Bagüés. La foto es de 'El Periódico de Aragón'.

-Qué sucedió en Madrid? ¿Qué le aportó el Museo del Prado y especialmente Velázquez?

   Los meses que pasó en Madrid entre 1903 y 1906 fueron trascendentales para asentar la pintura del joven Marín porque descubrió a Velázquez, el único pintor del Prado del que solicitó hacer copias y pasan de la veintena las que hizo de figuras de sus cuadros. Años después descubrirá El Greco, que le emocionó, pero Velázquez le fascinará toda su vida. A Goya creo que lo descubrió desde Zaragoza, por reproducciones de los Caprichos, por los pocos cuadros que había en el Museo, de los que admiraba sobre todos el retrato del duque de San Carlos, y por las pintura murales del Pilar.

 

Siempre se ha dicho que fue uno de los artistas aragoneses que más impactó en la Exposición Hispanofrancesa de 1908. ¿Qué hay de real? ¿Qué aportaba, por qué llamó la atención?

            Fue del único pintor aragonés que, con veintinueve años, se expusieron seis cuadros, también los únicos que se reprodujeron en una de las tarjetas postales oficiales, diríamos, y el que más unánimes y elogiosas críticas, de Zaragoza y de fuera, recibió. Se le trató como la gran promesa de la nueva pintura aragonesa porque pintaba figuras de verdad. Empezaba a estar en auge la pintura de las regiones de España como moda nacional, impulsada por los éxitos de Sorolla, Zuloaga, Manuel Benedito o, desde París y con otra orientación, de Anglada Camarasa.

 

--De 1909 a 1912, recibió una beca de la Diputación de Zaragoza y se trasladó a Roma y a Florencia. ¿Cómo fueron esos años, qué sabemos de su trabajo, de su vida personal?

  Obtuvo en disputada oposición con siete candidatos la beca de la Diputación de Zaragoza con la que se formó dos años en Roma y los dos últimos  en Florencia. Fueron decisivos para su pintura y para el patrimonio artístico de esta institución. Correspondió Marín Bagüés con los dos mejores cuadro y de gran tamaño, presentados por becario alguno: Santa Isabel de Portugal (o El Milagro de las rosas) y Los Compromisarios de Caspe. El primero muy influido por las tendencias simbolistas-.modernistas de moda entre pintores becarios en Roma de todas las naciones de Europa, y el segundo, por la pintura florentina del siglo XV. Florencia fue la ciudad soñada por Marín Bagués, que como reconoció muchos años después, había conocido por la literatura, por una novela (que no dijo el título), pero que le fascinó. Es la ciudad en la que fue más feliz, resumía en sus últimos años desde Zaragoza.

            Para un joven pintor aragonés que viniera a Roma, era visita obligada Mariano Barbasán, que pasaba casi todo el año en Anticoli Corrado, a donde fue Marín a pasar unas semanas con él, también visitaban al secretario de la Academia Española, Hermenegildo Estevan.

            En Florencia fue donde creo hizo sus mejores amigos como el pintor suizo Alexandre Girod, con el que se escribió con frecuencia, el escultor Julio Antonio, durante los pocos meses que pasó por allí, el pintor malagueño Enrique Marín, el norteamericano Willy, Probst, otro suizo escultor.

            Descubrió la pintura de los Uffizi y especialmente, a Botticelli y Ghirlandaio, pero también la de los pintores muralistas del siglo XV en las iglesias florentinas, si no, no se comprenden bien las figuras del cuadro de Los Compromisarios.

           

-Por cierto, ¿qué le aporto von Stuck, en qué medida quiso imitarlo en ese autorretrato de juventud?

   Este pintor alemán, Franz von Stuck (1863-1928), uno de los fundadores de la Sezesión muniquesa, cogió cierta fama entonces por su pintura, continuadora de la de Arnold Böcklin, y por su forma de vida en Munich, donde se hizo construir una pequeña villa-estudio (hoy visitable como museo monográfico), para vivir en un mundo estético de belleza impregnada de clasicismo griego, que casó con una rica norteamericana. Para Marín  fue un descubrimiento, pues no dudó en viajar a Venecia para ver en las Exposiciones Internacionales de 1911 y 1912 las obras de de Böcklin y las de Stuck, de un raro expresionismo clásico, impregnado de simbolismos sexuales, y llenar de anotaciones entusiastas los catálogos.

            Marín Bagüés conoció el autorretrato de Stuck (1906) que había donado a los Uffizi  y le servirá de modelo compositivo para el suyo de cuatro años después, presente en la exposición y reproducidos ambos en el catálogo.

            Von Stuck y Böcklin fueron las primeras influencias de pintores extranjeros que asimiló Marín. Quiso ir a ver sus pinturas a Munich, preparó el viaje su amigo Girod desde Suiza para finales del año 1914, pero el estallido de la Gran Guerra desbarató los planes. Girod había sido movilizado y Marín no pudo viajar siquiera a Basilea para ver  las pinturas de Böcklin.

 

Marín Bagüés vivió dos años en Florencia. ¿Qué le aportó esta ciudad? También estuvo en París. Y en otros lugares de Europa. ¿Cuál sería el impacto de esos viajes en su obra?

 Viajó a París durante el último verano de becario en Florencia. Le desbordó, como le contaba en una de las tarjetas postales a su madre, casi le atropelló un coche al cruzar una avenida, acostumbrado como estaba a las calles de Zaragoza y Florencia. Pasó muchas horas en el museo del Louvre, que le agotó, y en el de Luxemburgo. Pero, lo más trascendente para la evolución posterior de su pintura es que conoció la de los Futuristas, que acababan de exponer en la galería Bernheim. Marín tenía el catálogo y lo llenó de comentarios a lápiz en los márgenes. Pienso que ya debía conocer algo de la pintura futurista en Florencia, tal vez desde el ámbito de la revista literaria Lacerba, impulsora de la pintura moderna.

 

¿Qué sabemos del proceso de realización de ‘El Compromiso de Caspe’, pintado hacia 1912? ¿Sería su primera gran obra?

 

             Estaba muy satisfecho del cuadro de Los Compromisarios, pero se disgustó mucho con la segunda medalla que le dieron en la Nacional de 1915. Esperaba la primera medalla. Pero estaba también muy satisfecho del cuadro de El Pan Bendito, que pintará un año antes en Zaragoza a la misma escala, pero en clave de pintura regional. Poco después se lo comprará la Junta del Mercantil y en ese edificio estuvo colgado durante más de setenta años. Ahora ha vuelto a él con esta exposición. Es la pintura en la que mejor se percibe la influencia de Zuloaga por la composición de las figuras, por los colores y la pincelada larga y rebosante de pasta.

 

Dice María Buil que “Marín Bagüés pinta con un sinceridad brutal, casi descarnada”. ¿Cómo dirías tú que pinta Marín Bagüés?

 

            Muchas veces los comentarios e impresiones de un pintor -en este caso de María Buil- son muy sagaces. Marín Bagüés pintó cualquier género, incluidos los retratos de sus últimos años, con una sinceridad y franqueza casi descarnadas y con mucho color. Pero es que así parece que iba directo a la  naturaleza de las cosas, fueran un paisaje o unas frutas, o al alma de sus retratados.

En 1919, pinta otro de sus grandes cuadros: ‘Las tres edades’. ¿Qué significa esta obra, una de las más conocidas de las suyas?

             El cuadro de Las Tres Edades es uno de los más dolorosamente sinceros, a pesar de esa impresión de la sólida construcción pictórica del grupo de tres mujeres y de la energía en la expresión de la mujer sentada. En aquel año de 1919 tenía cuarenta años y pintó un cuadro de gran hondura con el que se despedía de dos referencias muy vitales para su estética y para su sensibilidad: de la pintura regional y de sus aspiraciones de contraer matrimonio.

 

Tanto en tu libro como en una pequeña nota del catálogo, hablas de un desequilibrio mental pasajero cuando menos. ¿Qué sabemos de las enfermedades de Marín Bagüés?

 

Creo que la solución de ese desequilibrio mental que padeció está en el origen de este cuadro de Las Tres Edades. En la primavera de 1916, por causas complejas de explicar y no suficientemente contrastadas todavía, sufrió una enfermedad mental que le llevó a estar ingresado unos meses en el siquiátrico “Pedro Mata” de Reus. Se recuperó en una larga convalecencia pasando unos meses con sus familiares en Madrid, asistiendo a los conciertos de música, de la que era un emotivo aficionado. (Conservaba los programas de los conciertos a los que había asistido en Roma y ahora en Madrid e incluso de los novedosos ballets rusos cuando actuaron en la capital española en junio de 1917, así como algunos de la Filarmónica de Zaragoza).

Como Goya después de la crisis de salud que le dejó sordo, Marín Bagüés dejará de lado la pintura y se dedicará casi por completo, hasta pasados los primeros años veinte, a aprender la técnica del grabado al aguafuerte y a abrir e imprimir unas cuantas planchas de contenido dramático expresionista, en los que expresó el debate entre anhelos y frustraciones, la vida y la muerte del artista.

 

Desde hace algunos años pasa todos los veranos en Castelserás. ¿Cómo le influyó ese paisaje, ese encuentro con la soledad?

 

            El pueblo de Castelserás fue la segunda terapia que fue asentando su temperamento y tranquilizando su mente. En casa de su hermana Juana y de su marido Erundino Anglés, que le dispuso una habitación para pintar con alcoba para dormir, pasará los meses de junio a octubre durante muchos años. De allí proceden las frutas –los prescos o melocotones- de sus cuadros y los numerosos dibujos que tomaba en sus paseos en solitario por los alrededores.

 

Alguna gente, y tú también, define a Marín Bagués como un solitario, como un paseante melancólico que va de su casa al Canal y a la vez es un pintor muy zaragozano, que apenas se movió de aquí… ¿Cómo eran su vida y sus soledades? ¿No se le conocen amoríos?

 

            En Zaragoza los paseos más habituales, cuando llegaba el buen tiempo, los hacía por las tardes desde su casa en la calle Pedro Joaquín Soler, por el paseo de la Independencia y la Gran Vía hasta el parque, para subir al Cabezo de Buena Vista, recorrer la orilla del canal hasta el cuartel de caballería de Castillejos para ver entrar o salir los caballos y tomar apuntes de sus movimientos, que fue una de las fijaciones de su pintura para representar la sensación de movimiento. Luego bajaba por el ahora llamado paseo de Sagasti hasta su casa.

            Era un pintor de hábitos muy metódicos: las mañanas las pasaba en su estudio en el último piso del Museo, del que era pintor-conservador, y las tardes que no emprendía estos paseos, iba a visitar a alguno de sus amigos o ver exposiciones, bien las del Mercantil, o las de la salita Libros. Víctor Bailo, su propietario, era también de Leciñena.

            Algunas veces, en los veranos de los años treinta, paseaba por la orilla del Ebro para tomar apuntes de los bañistas desde el pretil, frente al Centro Naturista Helios. Con ellos compondrá el cuadro que titulará Los placeres del Ebro, que terminó en 1938, en el año de la cruenta batalla que se libraba aguas abajo.

            Era muy reservado y mantuvo su intimidad inaccesible. Por alguno de sus amigos supe que había estado enamorado de una zaragozana de clase alta, pero no era posible que ambos se correspondieran

 

            ¿Qué ecos podemos encontrar de otros pintores y de otros movimientos en su obra? Citas a Sorolla, a Romero de Torres, a Van Gogh…

Marín Bagüés vivió su pintura y su arte (pues hizo también grabados y modeló medallas y alguna pequeña escultura, como una para un monumento en Calatayud al poeta Marco Valerio Marcial) en un estado de renovación permanente. Huía de adocenarse, me decía su amigo y albacea, el escultor Bayod. Para ello recurrió a ese estudio de las obras de otros artistas, desde Velázquez, El Greco y Goya a los contemporáneos como los citados expresionistas germano-suizos, Zuloaga, Sorolla tras el éxito de sus grandes lienzos para la biblioteca de la Hispanic Society de Nueva York, los futuristas, la pintura de Delaunay, que conoció desde mediados de los años veinte a través de ilustraciones de revistas que guardaba recortadas. En la posguerra española descubrió la pintura de Benjamín Palencia que expuso en la sala Libros en la primavera de 1947 y a través de sus cuadros y de algunos otros pintores que pasaron por Libros, como Eduardo Vicente, Francisco San José o Menchu Gal, Marín Bagüés se sumergió de lleno en aquella renovación de la pintura de la posguerra que fue calificada como el neofauvismo español, con destellos de Van Gogh.

 

Dices que fue el retratista de la sociedad zaragozana… ¿Quiénes fueron sus cómplices, quiénes cuidaban a esta solitario un poco paranoico?

 

            A pesar de su carácter retraído y refractario a las tertulias –tan habituales en cualquier ciudad de antes y después de la guerra- Marín Bagüés fue un retratista muy considerados, no sólo por las instituciones que le encargaron retratos, como la Económica de Amigos del País, el Ayuntamiento, la Universidad sobre todo para rectores (fallecidos o en activo), decanos de Derecho, directores de la Escuela de Ingeniería Técnica y de la Escuela de Trabajo, o el Colegio de Médicos, fueron muchos los particulares, amigos o presentados para la ocasión los que le encargaron retratos a lo largo de su vida. Algunos de ellos, muy influyentes que lo protegieron en momentos delicados de su vida, como el deán Florencio Jardiel, José Sinués, director de la Caja de Ahorros, Miguel Allué, Antonio Mompeón, director de Heraldo de Aragón, etc. etc. Resolvía también con solvencia los retratos de personas fallecidas a partir de diminutas fotografías, como eran entonces.

 

Si hubiera que definir sus retratos, ¿cuáles serían sus características?

 

            Bastantes retratos de sus primeros años de juventud son del montón, o sea, al estilo de los claroscuros decimonónicos y algunos, poco logrados. Aunque tiene algunos excepcionales, como el de su sobrina de Leciñena Mariana Bolea. En los años veinte y treinta se dedicó menos  a este género, pero será en las décadas de 1940 y 1950 cuando realizó retratos magistrales, por el acierto en captar, no sólo el parecido físico, sino su personalidad y viveza, y por el modo de pintarlos, con una libertad nada habitual en la elección de los colores y por la manera de aplicarlos sobre el lienzo.

 

Barboza y Grasa han dicho que estuvo a punto de pintar en el Pilar y Antonio Beltrán Martínez decía que le habían encargado a él el mural de la Diputación. ¿Qué sabemos a ciencia cierta de eso?

 

            Sí, es cierto que recibió propuestas para pintar en el Pilar, pero no una cúpula, sino varias. Se las hicieron a mediados de los años treinta el arquitecto Teodoro Ríos que estaba restaurando el interior del templo y hasta de la Academia de San Luis, que trató el asunto y nombró una comisión. Pero estalló la guerra civil y en la posguerra el cabildo se olvidó totalmente de Marín Bagüés. Se hizo ilusiones y bastantes dibujos y bocetos en color, pero ya no vivía su amigo el deán Florencio Jardiel y Marín Bagüés, que ya pasaba de los sesenta, se sintió muy dolido con los canónigos.

 

  ‘La Jota’ y ‘Los placeres del Ebro’ son dos cuadros excepcionales, que no están en la muestra. No quiero preguntarte por qué no están, sino cómo se gestaron, uno de ellos en plena Guerra Civil.

 La Jota (1932) y Los placeres del Ebro (1934-38) son dos de los mejores cuadros de los años de madurez de Marín Bagüés. El primero es el resultado final y feliz de un largo proceso para captar no una escena típica de la pintura regional, sino la impresión de movimiento de las figuras, descomponiendo las figuras de las dos pareja de joteros en planos y líneas al modo de los pintores futuristas y distorsionando la perspectiva de la vista de Zaragoza desde el Cabezo de Buena Vista al modo de las soluciones neocubistas de Robert Delaunay.

Los placeres del Ebro es un cuadro con una vista panorámica extraña, o sea con intención de abarcar con una mirada panóptica desde el pretil del río los grupos de numerosos bañistas, las casetas del otro lado del club Helios y el paisaje de las orillas y arboledas del Ebro,  encajados como en una fotografía tomada con gran angular.

Tampoco ha venido a la exposición, por ejemplo, otro cuadro muy interesante y literario, como es La nave de Petrarca (inspirado en un poema de su Cancionero, que nuestro pintor había leído y releído en los años de más honda crisis). Poco conocido, pero clave en su biografía de pintor atormentado.

Los tres cuadros están en el Museo de Zaragoza. Pero es que esta exposición que planteó Cajalón debía de ser de obras de Marín Bagüés en colecciones privadas, o sea pocas veces vistas y algunas, ahora por primera vez.

Otro cuadro de madurez, neocubista y neovanguardista, es ‘Las carreras de pollos’, con un colorido muy especial.

 

            Carrera de pollos es uno de sus últimos cuadros que pintó en 1953, pero la idea de representar el movimiento de las patas de los caballos la tenía guardada en un boceto en color de 1913. La escena de esta costumbre popular, que el pintor había leído en un libro de cuento del oscense López Allué, publicado precisamente ese año de 1913 y habría visto tal vez en Leciñena, desborda el costumbrismo regional para elevarla a una fusión de efectos de la pintura futurista para plasmar el movimiento y de la renovación a partir de vibrantes colores y empastes en amarillos y ocres.

 

¿Cuál es el lugar que ocupa Francisco Marín Bagüés en el arte aragonés y español? ¿Es solo un pintor de pintores?

       Marín Bagüés fue un pintor muy reconocido entre las instituciones aragonesas desde sus años de juventud, muy considerado por los pintores de su generación, como Gil Bergasa, Aguado, Berdejo, etc., que en entrevistas se refiere a él como el pintor de más talla en Aragón, y es emocionante que pintores y pintoras zaragozanos, mayores que alcanzaron a conocerlo, y de generaciones más jóvenes, coincidan ahora en reconocer que es un gran pintor, un pintorazo de los pies a la cabeza. Lúcido y valiente con los pinceles o los lápices para abordar cualquier género.

            En el panorama de las publicaciones sobre pintura española del siglo XX tiene un hueco, pequeño, pero que en los últimos años se ha ido ensanchando. A ello han contribuido que empiezan a salir en subastas, de Sevilla o Madrid, pinturas suyas de colecciones privadas que se han ido dispersando, y que en exposiciones nacionales alguna de sus pinturas han sido presencia obligada. Esta exposición de Cajalón ha venido a cubrir precisamente un hueco de más de treinta años en que no se había visto su obra en Zaragoza. 

 

CUATRO POEMAS DE 'LAMIA'

Isabel González, Lamia, expone una colección de ocho poemas en ‘El Atrapamundos’ con otras tantas fotos de Miguel Ángel Latorre. He aquí una pequeña selección de sus poemas. Todas las fotos que aparecen aquí son de Richard Avedon.

 

 

ELLA

He borrado tu nombre del teléfono.

He destruido tus cartas.

He tirado las flores que arrancaste a la ribera.

He bebido con otros,

he sentido el deseo,

he llorado tu ausencia.

Y,

ahora,

la odio a ella.

 

LA TUMBA

Estoy muerta.

Y lo estoy desde hace tiempo.

Mis ojos: dos cuencas secas.

Sé que estoy muerta por mis ausencias:

ya no te llamo y casi no escribo.

He dejado de pensarte.

Aunque

a veces,

a mi pesar,

aún te sueño,

estoy muerta hace tanto tiempo

que las hojas se amontonan sobre la tumba en que se ha convertido tu recuerdo.

 

CORAZÓN DE CRISTAL

De cristales opacos has preñado tus sueños,

tan leves, tan etéreos,

que, incapaz de atraparlos cuando cabalgan al viento

(ése que seca y herrumbra las rocas de tu páramo yermo),

fueron para siempre fósiles.

Fueron piedras calizas que al contacto de mis dedos se derriten,

y devienen ceniza que el cierzo esparce en el hayedo.

Pero en la cima de la carbonera que incinera tus sueños

descubrí, corazón de cristal,

que tu dolor quema como brasa al fuego.

 

6235

¿Alumbrará el tiempo la pasión o el silencio?

Perenne tristeza que enjuga el olvido.

El cierzo sopla constante acariciando el helecho.

Esa sombra oscura,

compañera que vive en tu esencia,

en tu nombre, en tu ser,

hace que el tiempo sea sólo quimera que mido en silencio.

Sin olvidar nunca que hieres con la intensidad del fuego.

'BORRADORES': UN MONOGRÁFICO DE FOTOGRAFÍA: GARCÍA RODERO, CASTRO PRIETO, E. MORENATTI, S. BALSELLS, M. SENTÍS...

BORRADORES OFRECE UN MONOGRÁFICO DE FOTOGRAFÍA CON ALGUNOS DE LOS MEJORES FOTÓGRAFOS ESPAÑOLES: CRISTINA GARCÍA RODERO, EMILIO MORENATTI, JUAN MANUEL CASTRO PRIETO, MIREIA SENTÍS Y SANDRA BALSELLS. LA VIDA Y LA OBRA DEL PIONERO MIGUEL PARÍS (1921-2004). LA ACTUACIÓN MUSICAL ES DE DANI FLACO

 

 

El programa Borradores dedica esta medianoche, a las 0.45, en Aragón Televisión, un monográfico a la fotografía, aragonesa y española, con motivo de la reciente celebración del X Seminario de Fotografía y Periodismo en Albarracín, que dirige Gervasio Sánchez.

 

Acude al plató el operador de cámara y reportero Miguel Ángel París para hablar de la figura de su padre Miguel París (1921-1004), fotógrafo y operador de cámara que se incorporó a TVE en 1958 y permaneció hasta su jubilación en 1986. Estos días es el protagonista de una muestra en la CAI y objeto de la recuperación de muchas de sus imágenes históricas a través de Aragón Televisión.

 

Borradores, desde Albarracín, ofrece reportajes y entrevistas con grandes cinco fotógrafos: Cristina García Rodero, Premio Nacional de Fotografía y fotógrafa de Magnum, explica su trayectoria, desde series como ‘La España oculta’ hasta sus reportajes de Haití, Georgia o ‘María Lionça’, esa deidad pagana del agua. Emilio Morenatti, fotorreportero nacido en Zaragoza y afincado en Andalucía (Premio World Press 2009 y mejor Fotoperiodista de 2010), recorre su carrera y explica sus impresionantes fotos sobre catástrofes y violencia de género, realizadas en Afganistán o Pakistán, entre otros lugares. Conmueve especialmente esa serie que hizo sobre mujeres a las que les han arrojado ácidos a la cara. Sandra Balsells, que es la coordinadora del Seminario, habla de sus viajes a los Balcanes, de una película sobre ese conflicto y sobre un proyecto como ‘Latidos de un mundo convulso’, que agrupó a diez periodistas. Y, como casi todos, aborda el embrujo de Albarracín.

Juan Manuel Castro Prieto ha realizado un libro y una exposición sobre Albarracín. Castro Prieto, fascinado con la obra del artista peruano Martín Chambi, ha seguido sus pasos en ‘Viaje al sol’ y ahora ha vuelto a hacerlo en una nueva serie. Pero además ha preparado el trabajo ‘Extraños’, y ha culminado un trabajo sobre la memoria en Albarracín, que se expone en el museo de la localidad. Y Mireia Sentís, que estaría en el campo de la fotografía conceptual o menos realista, analiza sus fotos, sus temas, sus exposiciones, sus publicaciones y su condición de periodista y presentadora de televisión. Dice, con gran sentido del humor: “En la tele, he ido de fracaso en fracaso”.

 

La actuación musical corre a cargo de Dani Flaco, cantautor catalán que interviene este próximo viernes en el Festival A Cántaros de Zaragoza, que tocará dos temas de su último álbum: ‘Secretos de sumario’, entre ellas la canción que da título al conjunto, y ‘No seamos enemigos’.

 

Por este orden, las fotos son de Cristina García Rodero, Juan Manuel Castro Prieto, Emilio Morenatti, Sandra Balsells y Mireia Sentís, un autorretrato.

 

SOLEDAD PUÉRTOLAS, EN LA ACADEMIA

SOLEDAD PUÉRTOLAS, EN LA ACADEMIA

UNA ESCRITURA DE SOMBRA Y SEDA

Soledad Puértolas es un caso indiscutible de vocación literaria. Desde muy joven componía poemas y relatos de catástrofes, y se asomaba a los lugares oscuros de los famosos Almacenes Puértolas con vistas hacia la polvorienta plaza de los Sitios. Fue una niña de lecturas, de paseos y de cine de barrios, donde veía películas de aventuras y del oeste. En el colegio destacaba por sus redacciones y por su amor a la poesía y a la obra de Pío Baroja, que le mostraría los caminos de la narrativa: el dibujo de ámbitos de acción, la creación de personajes y la abundancia de situaciones. Sería en Madrid, tras una estancia en Noruega y un agitado período universitario donde se reveló “como una novia difícil”, cuando publicó su primera novela: ‘El bandido doblemente armado’ (1979), una novela deslumbrante de título feliz e inolvidable. Desde entonces, con tersura y sin voluntad de énfasis, con un estilo casi invisible, Soledad Puértolas afinó su método y el lugar de sus ficciones: contaría los claroscuros de la vida familiar, analizaría con sutileza el laberinto de los afectos y las amistades, indagaría la presencia de lo fantástico en lo cotidiano, y lo haría a través del arte de la sugerencia, de la musicalidad y de un lirismo contenido, hecho de detalles, de suavidades y de inquietudes. Así ha ido madurando libros espléndidos como ‘Todos mienten’, ‘La vida inesperada’, ‘La señora Berg’ o ‘Con mi madre’, un homenaje a su primera lectora: su madre Ana María Villanueva. Soledad ha reconocido la huella en su escritura del cine y la novela negra, el eco de Katherine Mansfield, Anton Chejov, J. D. Salinger, Italo Calvino o Tabucchi, pero ella ha ido a su aire, con levedad y energía, con belleza y un cuidado trazo de atmósferas, donde habitan las heridas y las insinuaciones. Esta travesía y aquella vocación invencible y sedimentada la han conducido al panteón de las palabras, en el corazón de los lectores, y del castellano, en la Real Academia.

 

*Esta foto es de 'El País' y la firma Uly Martín.

'TODAS LAS CANCIONES HABLAN DE MÍ' O EL ARTE DE LAS EMOCIONES

 

EL SEDUCTOR MELANCÓLICO

 

Oriol Vila, Ramiro Lastra en la ficción, escribe cartas de amor.

 

El pasado sábado se presentaba en Gijón, en el Festival de Cine, la primera película de Jonás Trueba: ‘Todas las canciones hablan de mí’, que ha producido Gerardo Herrero, y que cuenta con un joven reparto: Oriol Vila, Bárbara Lennie, Ángela Cremonte, Valeria Alonso, Miriam Giovannelli, Bruno Bergonzini, a los que suman Ramón Fontseré y David Trueba, en un divertido cameo, entre otros. Se presentaba a las ocho de la tarde en el Teatro Jovellanos, antiguo y acogedor, que estaba repleto: Jonás y el equipo (y muchos amigos que habían ido desde Madrid, Valencia, Zaragoza o el País Vasco), oyeron hasta tres tandas de aplausos en una noche pasada por la lluvia. Fue una noche de muchas emociones y complicidades en torno a un joven realizador que rezuma pasión por el cine y la literatura, por la sensualidad y la belleza. Daniel Gascón es coguionista con Jonás: ambos han trabajado, mano a mano, en distintos lugares: Mallorca, Madrid y Zaragoza para redondear un texto que intenta ser diáfano: un texto sobre el amor y la ruptura, sobre el modo en que se viven las crisis y las incertidumbres del corazón, un texto sobre la necesidad de recuperar a un amor perdido que no se te va de la cabeza y que te lleva a vivir una obsesiva forma de melancolía. Eso sí, todo está planteado con naturalidad, sin renunciar a la presencia de la cultura. Jonás demuestra algo importante: las novelas y los libros de poesía (Kundera, Pizarnik, Pío Baroja…), la literatura y las cartas de amor forman parte de nuestra existencia como forman parte las canciones o algunas cafeterías, sin que en esa exposición de asuntos o de adherencias exista ni afectación ni petulancia.

Jonás Trueba, Oriol Vila y Bárbara Lennie.

 

Llaman muchas cosas la atención de esta ópera prima. En primer lugar, la mirada sutil: es una película muy pensada que bebe en el mundo de François Truffaut, Rohmer, Woody Allen e incluso el cine japonés, pero que revela una sensibilidad especial, riesgo, atrevimiento con la cámara, una voz en off que no desentona jamás y un sorprendente sentido del equilibrio y del ritmo. Jonás intenta darle sentido a todo: a las zozobras del amor, a la importancia de la literatura en nuestra vida –la película, dividida en siete o epígrafes, dialoga con Milan Kundera-, la necesidad de las cartas de amor. Le da la vuelta a Pessoa y dicen que solo son ridículos los que no escriben cartas de amor. Y podríamos decir que se articula en torno a la palabra ’follar’: follar es una necesidad imperiosa, un deseo, un destino y a la vez un desatino; curiosamente, a pesar de que el protagonista, no demasiado expansivo, se acuesta con varias mujeres nunca vemos un coito ni un desnudo exactamente. También ahí ha preferido la sutileza del antes y del después, la sugerencia, la calidez de los climas. Esta es una películas de climas, sinuosa como la vida, incesante como un torbellino de confusiones. La película se desarrolla en medio de las tensiones del protagonista, que no puede olvidar a la mujer con la que acaba de cortar. Trabaja de librero, va y viene de las calles a los bares, de casa al parque y a las casas de viejas amigas, e intenta consolarse como puede, varado en distintas variaciones del dolor y la nostalgia. La película está llena de humor, de ingenio, de pequeños detalles (rinde homenaje a la población turolense de Molinos), y posee una banda sonora muy especial –con Aroah, con Nacho Vegas, que estuvo presente en el estreno, con Bill Evans, con Franco Battiato…-.

Hay un momento que define el espíritu de la cinta: Oriol, el joven protagonista (Ramiro en la cinta; Ramiro Lastra), está de espaldas al espectador y mira en sus estantes algunos lomos de los libros o los discos. Mientras, como única acción decisiva, suena ‘La estación de los amores’ de Battiato: esa poética del silencio con música, esa lentitud tan elaborada y jamás aburrida también hablan del modo en que ha sido concebida esta película. Cine de emociones en estado puro.

También hay una ráfaga de costumbrismo madrileño, galdosiano,  barojiano, y a la vez muy actual. Reciente, vinculado a las librerías de viejo, a los bares, a personajes impresionantes como ese joven –el actor es Bruno Bergonzini, maravilloso…- que está enamorado de la camarera argentina y dice que se va a casar con ella para que pueda quedarse a vivir en España. Ese personaje es como el envés de Oriol / Ramiro: de alguna manera también se niega a sí mismo, enmascara su dolor, y lo que observa en su amigo, doliente de amor, no lo ve en sí mismo. Jonás Trueba también ha sabido otorgarle mucha fuerza a sus secundarios, en cierto modo los secundarios pasan a un primer plano y enriquecen la película, la llenan de humanidad, de ternura, de ironía, de gracia. La interpretación está muy bien, equilibrada en las cuatro actrices, Bárbara Lennie hace su mejor papel en el cine para mi gusto (aunque es muy fácil enamorarse de Ángela, Valeria y Miriam), y Oriol Vila va ganando poco a poco, a menudo es un tanto hermético, y acaba por establecer un hilo de complicidad con el espectador.

 

Oriol y Bárbara. En busca del tiempo perdido...

Por afecto, por vinculación familiar, por muchas razones no soy ajeno del todo a esta película, pero me ha parecido fresca y hermosa, llena de ideas y de matices, de sensibilidad y de poesía, de homenajes y de juegos, una de esas película que te atañe y en la que querrías quedarte a vivir o a pasear como Oriol Vila / Ramiro Lastra, que a veces me ha recordado a un Jack Lemon joven callejeando, doblando esquinas, con su extraña y casi humorística manera de andar. Con su extraña aureola de seductor melancólico.

 

Todas las canciones hablan de mí. Guión: Jonás Trueba y Daniel Gascón. Reparto: Oriol Vila, Bárbara Lennie, Valeria Alonso, Ángela Cremonte, Miriam Giovanelli, Ramon Fontsere, Bruno Bergonzini... Dirección: Jonás Trueba. 

Jonás Trueba y Daniel Gascón en San Lorenzo del Escorial.

LÓPEZ SERRANO: UNA ENTREVISTA

LÓPEZ SERRANO: UNA ENTREVISTA

Francisco Miguel López Serrano (Épila, Zaragoza, 1960) es poeta, narrador en breve y en largo, y traductor del inglés. Ha publicado alrededor de una veintena de libros. Acaba de ganar el premio Setenil, al mejor libro de relatos, con 'Los hábitos del azar' (Setenil), dotado con 12.000 euros.

 

LA HUMANIDAD ESTÁ ENTREGADA A LA LITURGIA

SECRETA DE LA PORNOGRAFÍA"

 

¿Qué supone para usted recibir el Setenil, un premio específico y cada vez más consolidado y prestigioso al mejor libro de cuentos del año anterior?

Una gran satisfacción por el prestigio del premio y el reconocimiento a una larga, ardua y subterránea tarea. Es una suerte que existan premios como el Setenil que, al concederse a libros ya publicados, no tienen necesidad de atender al producto editorial (en este caso ya hecho o fabricado) sino tan solo a la calidad literaria.


¿Cómo nace 'Los hábitos del azar' (Renacimiento, 2009)? ¿En qué medida es un libro por acumulación de relatos o un libro unitario?

El mismo título define de algún modo mi propia poética con respecto al relato. Supongo que hay quien se propone escribir deliberadamente un libro de cuentos. Yo me propongo escribir un cuento. Así que para mí, que los escribo a ratos perdidos entre una novela o un libro de poemas, el cuento es de algún modo un producto del azar. Pero con el tiempo uno se encuentra con un libro de cuentos, y he aquí que el azar se ha convertido en hábito.

Son diez cuentos. ¿Cuáles serían los temas claves?

Simplificando mucho, considero que en literatura existen dos únicas corrientes, por un lado lo que yo llamo "traducción" (o clasicismo), que es la expresión de la realidad con las consabidas variantes y la visión y el estilo personal de cada autor, y por otro la "parodia" (o vanguardismo), que implica el acercamiento expresionista a esa misma realidad. Ilustre ejemplo de la primera sería Tosltoi, y de la segunda Cervantes y, a su modo, Kafka. A mí me interesa mucho la segunda y mis temas claves por tanto son los elementos que le son anejos: la ironía, el humor, el expresionismo, lo iconoclasta, etc.


¿Cuál es su idea del cuento?

El cuento solía definirse siempre con relación a la novela y por tanto a criterios cuantitativos de extensión, contención, etc. Ahora, con su reducción minimalista y su intención de suscitar una emoción inmediata o de crear un apunte impresionista, parece definirse más con relación al poema, al chiste o al chascarrillo. Mi idea del cuento seguiría, supongo, fiel a las dos grandes tendencias del género definidas por Poe y Chéjov. Pero ¿con cuál quedarse?


Estamos en tiempos del microrrelato. Sin embargo, la suya es una apuesta por el relato más bien largo, con tensión y sarcasmo, con personajes?

Pero esto del microrrelato no es nada nuevo. Las 'Greguerías' de Ramón Gómez de la Serna, cierta poesía oriental y el chiste han explotado ya esas formas de expresión. Por lo demás, yo también he practicado el microrrelato y he llegado a quedar finalista del premio Twinning-qué-leer, por lo que me regalaron un espléndido juego de té de La Cartuja. "Las baxillas tan fabridas" como decía el gran Manrique.


Ironía y humor y lirismo son tres condimentos frecuentes en los textos. ¿En qué proporción serían el núcleo de su escritura?

Esa es sin duda la gran trinidad de mi obra. Y todos esos elementos confluyen en dos: el estilo y la parodia.


Uno de los cuentos más impresionantes del libro es 'Sabor de Malta', donde el mismo Dios habla por boca de un bebedor.

Dentro de mi concepción iconoclasta y paródica de la literatura me interesa mucho en los relatos el ensayo de voces narrativas peculiares. En el caso del cuento 'Sabor de Malta', me planteaba parodiar la figura del narrador omnisciente que es uno de los grandes lugares comunes de la narrativa. Y en este caso ¿qué mejor parodia de esa voz omnisciente que un relato cuyo narrador es el mismo Dios y que, para más inri, resulta un narrador tan despiadado y cruel que llega de algún modo a "crucificar" a su personaje, es decir, a su propio hijo?


También hace, en otro relato, un viaje a Cuba, con resultados decepcionantes. ¿Podemos leer ese texto en clave crítica?

Si se refiere a una clave crítica de carácter político, no. Pero en lo que a Cuba se refiere todos los sucesos con substancia narrativa, todo lo peculiar susceptible de ser narrado, está sin duda mediatizado por la situación del país. No hay más que leer a algunos autores que, si bien manteniendo reservas críticas hacia el régimen, residen voluntariamente en Cuba, como Pedro Luis Gutiérrez, Ena Lucía Portela, etc., pera advertir que su obra está directamente condicionada por la situación que se vive en la isla.


Otro componente fundamental de su libro es el amor y el erotismo. ¿Por qué?
Son componentes esenciales en todo lo humano y sus manifestaciones, y lo son por tanto en mi vida y en mi obra. Hay un fenómeno que me interesa especialmente como tema literario: la pornografía.


Pero, ¡hombre! No exagere.

La pornografía se ha convertido en una suerte de liturgia secreta a la que prácticamente está entregada toda la humanidad. Me atrevería a decir que es ya la religión con más fieles y adeptos.

Acaba de publicar el poemario 'El último hombre sobre la tierra' (Devenir), galardonado con el Premio Blas de Otero de 2009. ¿No hay una marcada obsesión con la muerte?

Más que la muerte en sí, resulta una constante en mi obra el sentimiento de lo perdido, es decir, el sentimiento elegiaco. Y la gran pérdida que la humanidad afronta en el siglo es la de la existencia de una verdad absoluta a la que la Ciencia y en particular los nuevos subjetivismos radicales de la física teórica nos enfrentan. Esa barrera infranqueable que la Ciencia ha interpuesto al conocimiento humano constituye la idea clave de la postmodernidad. Como tema literario, la muerte es inagotable. La muerte es el gran misterio y es a la vez el precio que uno debe pagar por desvelarlo. Esta paradoja, esta especie de conceptismo cruel, es uno de los grandes temas literarios.

Tiene una relación especial con los premios. ¿Qué le aportan, para qué le han servido?
Me han dado sobre todo ilusión, algún dinero y la posibilidad de publicar. Si exceptuamos los premios de editoriales (que como nadie ignora son simples operaciones de marquetin) los premios literarios honestos, que los hay, son la gran esperanza de muchos autores que sin ellos no tendrían la menor posibilidad de ver su obra impresa.


¿Cómo lleva eso de ser escritor de poesía, de relato, traductor?

En cierto sentido, como decía aquel Bartolomé de Alcázar, todo es uno, Inés, jamón y berenjenas con queso.