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Antón Castro

DIARIO DEL MUNDIAL / 24. LA VICTORIA

DIARIO DEL MUNDIAL / 24. LA VICTORIA

Andrés Iniesta, entre la épica y el éxtasis

 

España tuvo que pelear lo indecible para superar a una Holanda bien posicionada, correosa y experta en el contragolpe

España se corona en Sudáfrica con una generación deslumbrante que ama la belleza total del mejor fútbol

 

 

Andrés Iniesta, el futbolista del aire, el elegido de los dioses del fútbol, le dio el triunfo a España. Un triunfo agónico, peleado hasta casi el final de la prórroga, una victoria por la mínima, que confirma la calidad y la ambición de una generación deslumbrante que ha llegado más lejos de lo que nadie se podía imaginar: al Olimpo del balompié, primero en Europa y ahora en todo el planeta. Esta selección será recordada por su juego exquisito, por su querencia de balón, por una triangulación precisa y por esa imaginación inagotable que distinguió a la Hungría de Puskas y Bozsik, al Brasil de Pelé, a la Holanda de Cruyff, y a la Francia de Platini y Giresse. Y será recordaba, sobre todo, porque también a la hora de la verdad tuvo sentido épico. España ganó con la grandeza antigua del fútbol.

El partido fue tosco y trabado. España empezó muy bien: generó ocasiones de inmediato y dio la impresión inicial de que este era su partido. Iba a apabullar. Los holandeses, que buscaban la recompensa a tantos años del buen fútbol que trasvasaron al Milan o al Barcelona, y acaso a la propia España, estaban un tanto perplejos. Como desubicados. Como si la salida del rival y su abanico de pases en cortos, hilvanados con una regla de sastre, les metiera el miedo en el cuerpo. Era el momento de enmarañar el partido, y empezaron a hacerlo, especialmente con  ese peón táctico, incansable y duro, que es Van Bommel. Así, a trompicones, con faltas y un juego sucio tan eficaz como taimado, Holanda paró a España e incluso obtuvo una pequeña conquista: una tarjeta a Carles Puyol. España pasó de dominadora absoluta a dominada, o cuando menos perdió la inspiración, se encontró ahíta, falta de ritmo, proclive además al encontronazo. Holanda salía al contragolpe y en el centro del campo proponía un entramado de marrullerías y de marcajes pegajosos. Lo mejor fue el descanso. España se desorientó en los minutos finales de la primera parte: quedó huérfana de brújula y de plan de ataque.

En la segunda parte, el partido siguió la misma lección. España se buscaba a sí misma, buscaba el control del balón, el arrebato de fantasía, y se encontraba con una Holanda bien situada y cada vez más segura. Arriba, Robben abría huecos y practicaba su regate favorito y esa carrera de amagos que se remansaba al borde del área, cerca de la media luna. Desde ahí engatillaba, pero Iker estaba concentrado. Sabía que el título empezaba en él: las lágrimas finales serían la prueba. España siguió a la suya: buscaba la luz y encontraba la oscuridad. El choque era tempestuoso, con desconcertantes alternativas. El gol podía caer de cualquier lado. De repente, Del Bosque hizo dos cambios: uno, quizá sorprendente, Jesús Navas por Pedro (el canario se extravió desde el principio y nunca volvió al camino) y otro más sensato: Cesc por Xabi Alonso, que había buscado el gol desde lejos, como lo buscó Xavi a través de varias faltas o en saques de córner. En una ocasión, Sergio Ramos falló la ocasión más clara: le pareció excesivo copiar el testarazo de Puyol ante Alemania.

La prórroga adquirió los tintes dramáticos de un resultado incierto. El respeto al rival y el miedo a perder se adueñó de los dos equipos. España sería superior en la prórroga: Xavi volvía a mandar, Iniesta se estiraba por todos los sitios con esa clase admirable que sólo él posee. Se convirtió en la pesadilla de los ‘tulipanes’ y en el foco del público. El espectáculo dentro del espectáculo de la final era él. Y en esas discurría el partido, con un pie ya en los penaltis, cuando recibió un pase de Cesc. Un pase inteligente. Ese balón que enciende el volcán de la emoción y del éxtasis. E Iniesta no falló: selló el triunfo de un bloque, de una apuesta, de unos maravillosos años con un gol antológico e inolvidable. El gol del título. El gol del título más grande. El gol inefable del mago, del virtuoso dulce.

 *Este artículo lo he publicado hoy en Heraldo de Aragón, en contraportada.

DIARIO DEL MUNDIAL / 23. LA FINAL

DIARIO DEL MUNDIAL // Óscar Tusquets dice que “todo es comparable”. También los futbolistas de España y Holanda: por eso aquí ofrecemos un retrato minucioso de los veintidós héroes de la final.

 

 

 

Once contra once:

quiénes son

y cómo juegan

 

Casillas-Sketelenburg. Iker Casillas es, en este momento, el mejor arquero del mundo. Sus dos rivales para ese título, Buffon y Julio César, cayeron pronto. Es un portero con grandes reflejos, elástico, concentrado. Empezó un tanto flojo, pero ha ido a más. Paró un penalti decisivo y ha tenido intervenciones espléndidas. Ha recuperado su carisma. Enfrente estará Sketelenburg, que no era el titular: su torneo, pese al gol de Forlán, es solvente. Va bien por arriba y se entiende con sus defensas.

Sergio Ramos-Van der Wiel. Son dos jugadores semejantes. El español posee una condición física admirable y algún que otro pájaro en la cabeza. Contra Alemania se portó como un auténtico extremo, capaz de arriesgar un regate, de disparar a gol y de acompañar el juego de los medios. Van der Wiel forma con Robben una banda muy peligrosa. Será el encargado de parar a Iniesta. Guardiola le ha echado el ojo para dar descanso a Dani Alves.

Piqué-Heitinga. Son los lanzadores de sus equipos desde atrás. Piqué ha sido comparado con Beckenbauer: es rápido, ágil, seguro y saca muy bien el balón. Posee un buen desplazamiento en largo. Heitinga no tiene su nivel, pero es la referencia defensiva de Holanda. Está irreconocible, si lo comparamos con su campaña en el Atlético de Madrid: toca bien el balón y busca a Van Bommel y a Sneijder.

Puyol-Matijsen. El español es un jugador vibrante, contundente, un ejemplo de entrega y de entusiasmo. Recuerda a Paco Gallego. Es el toro del equipo, un hurón de furia. Su gol ante Alemania lo define: Puyol todo corazón. Matijsen es correcto, va bien por alto, tiene experiencia y lleva años consolidado en esa posición. No es fino con la pelota, pero tampoco comete errores. Como Puyol, es expeditivo.

Capdevila-Van Bronckhorst. Experimentados, zurdos natos, con buen disparo, dispuestos a avanzar por el carril. Capdevila es un jugador sobrio, atento, capaz de centrar bien. Gio marcó uno de los goles más hermosos del Mundial. Es el capitán apacible y conciliador que está viviendo una segunda juventud.

Busquets-De Jong. Sergio Busquets ha dado constantes lecciones de veteranía y de colocación. Es el eje defensivo de España en la media. Protege, asiste, posee un estupendo juego en corto y en largo, y ejecuta como nadie la falta táctica. De Jong es un jugador oscuro y sacrificado, limitado de talento y poderoso en el despliegue.

Xabi Alonso-Van Bommel. Son dos jugadores muy distintos. Van Bommel es una referencia permanente: protestón, duro y bregador. Tiene llegada, sobre todo de cabeza. En su paso por España no sedujo a nadie; en Holanda es el recuperador, el jugador que está en todas las grescas. Los árbitros han sido condescendientes con él. Xabi Alonso está haciendo un gran campeonato. Combina bien, trabaja sin descanso y posee un buen toque en corto y en largo, magnífico en sus cambios de juego, y un excelente disparo. Ante Alemania olisqueó el gol varias veces.

Xavi-Sneijder. Los dos mandan. Xavi es el arquitecto de España, el hombre que dicta el ritmo del partido, el artista incesante. Es preciso, elegante y tiene una visión prodigiosa. Es el mejor organizador del juego del planeta: el balón en sus pies siempre está de paseo. El mejor fútbol sale de sus botas. El menudo Sneijder está viviendo el mejor año de su vida: deslumbró en el Inter y asombra en Sudáfrica. Se siente seguro de sí mismo y de su disparo. Es un cerebro muy completo y vertical. Genera constantes ocasiones de gol. Es uno de los grandes peligros de Holanda: su jugador más en forma, el más imprevisible. Es un tigre de peligro e inteligencia.

Pedro-Robben. Robben es imprescindible, es un extremo de los de antes que juega a contrapié. Descoyunta cualquier táctica ajena y tiene mucho gol. Es un puñal de velocidad y gambeteo. Pedro es un jugador con ángel: es trabajador y descarado, posee desmarque y una picardía de barrio. Se ofrece hasta el fin del partido. Ante Alemania jugó muy bien entre líneas. Puro talento con las dos piernas. La pelota está enamorada de él.

Iniesta-Kuyt. Iniesta encarna el malabarismo puro, la inteligencia, el control de balón. Para él nada es imposible. Es nuestro futbolista del aire: el brasileño de Albacete. Kuyt no había demostrado nada, pero se aferró al puesto y ahora es el jugador necesario arriba porque regatea, apoya a sus medios y presiona constantemente a la defensa rival.

Villa-Van Persie. El delantero del Arsenal es un jugador de carácter complejo y rebelde. Sabe a lo que juega: hurga y hoza en la defensa rival, y su cambio de posición resulta desequilibrante. Es técnico y fantasista. Villa es la reencarnación de Quini, el hombre del gol. Es rápido, ambicioso, sale regateando hacia los dos lados, y posee un disparo demoledor. Además, es vivaz y atrevido. Con él en el campo, el resultado nunca es inamovible.

 

*Este artículo aparecía esta mañana en Heraldo de Aragón. Tras los 90 minutos, donde Holanda ha hecho su partido, empate. Se está jugando la prórroga. 

 

FEDERICO MUNTADAS, POR JÚDEZ

FEDERICO MUNTADAS, POR JÚDEZ

Mariano Júdez es uno de los pioneros de la fotografía en Zaragoza, como ha demostrado muy bien ese gran estudioso e investigador que es José Antonio Hernández Latas. Una de las fotos sugerentes de Júdez es esta de Federico Muntadas (puede verse en la exposición de Cajalón: realmente sugerente), al que algunos llamaban el ‘loco’ Muntadas: era poeta y fue él quien dio nombre a las grutas, los remansos y los lugares del río Piedra en el monasterio de Piedra.

POEMA DE PAU LLANES

POEMA DE PAU LLANES

 

 

POEMA

 

De Pau LLANES

 

Si preguntas qué palabra
me gusta decir primero
al despertar por la mañana
te diré que es “mar”…

Si preguntas qué frase
me hizo dudar de la eternidad por primera vez
te confieso que fue este epitafio:
“Lo desconocido está al final de la vida
y al comienzo de la muerte”…

Si preguntas qué fue
lo que me hizo recordarte hoy
fueron estas palabras: “El olvido fecunda”.

 

*Acaba de entrar en mi blog el enigmático viajero, ‘curator’ y tuareg sentimental Pau Llanes. El retrato es de Evelyn Castro. Me recuerda un viejo amigo de Zaragoza. Entro en su viejo blog de antaño y encuentro este poema suyo que me hace pensar en Robert Louis Stevenson.

El blog es: http://arterapiasentimental.blogspot.com/

OTRA VISIÓN DEL MUNDIAL

El escritor y traductor Daniel Gascón publicaba ayer en su blog esta mirada distinta sobre el Mundial de Sudáfrica.

Puede verse aquí: danielgascon.blogia.com

 

Por Daniel GASCÓN

A media mañana del viernes 9 de julio todos los medios españoles y muchos medios internacionales anunciaban en primera página que un pulpo se había movido en un acuario.
La explosión que ha producido el Mundial habría resultado divertida, si no hubiera sido un poco desoladora. En los medios digitales, una franja enorme nos recuerda lo verdaderamente importante: la selección, los triunfos de Nadal, análisis y anécdotas deportivas que multiplican las oportunidades para la aparición de la irracionalidad. Como la selección española perdió el primer partido, se echó la culpa a la novia del portero. Cuando la clasificación de España parecía dudosa, Cuatro nos tranquilizó explicando que "los dioses de África están con la Roja". Un día antes de la final, ABC se muestra más grecorromano aunque a mi juicio poco católico: “Los dioses, con España”, dice, bajo una foto de Neptuno y Cibeles con la bandera española. Subtítulo: “La bandera nacional engalana las ciudades españolas a la espera de la final de mañana” (espero que el mundo rural no se sienta ofendido). Cruzcampo, que solo hace los anuncios peor que la cerveza, nos recuerda que "no somos una selección, somos un país". Los comentaristas ruegan a Dios y aplauden que los jugadores españoles cometan una falta no sancionada. Otros discuten que David Villa haga un gesto taurino al celebrar el gol. El pulpo no es la única superstición; como Marchena lleva un montón de partidos sin perder también nos dicen que es un talismán. El juego decepcionante de la selección durante los primeros días forzó el énfasis en una estadística generalmente irrelevante: el índice de posesión del balón, como si el fútbol fuera como el boxeo y pudiera ganarse a los puntos.

El Mundial se ha convertido en la primera noticia y el único tema de conversación. Los deportistas son el único modelo respetable. A mí me resulta incomprensible, aunque haya algunos jugadores que me caigan bien, o aunque esta selección juegue mejor y sea más simpática que otras. ¿Cómo puede ser un modelo de algo una persona que termina su carrera a los treinta años, cuando parece que tendremos que jubilarnos a los setenta? (Luego algunos encuentran trabajo en la corrupta Federación Española de Fútbol. Es el caso de Fernando Hierro, el hombre que, cuando le preguntaron por el último libro que había leído, respondió: “Ninguno”.) Pero esto, que parece una caricatura de las caricaturas que se hacían de algunos forofos argentinos, con la iglesia de Maradona y cosas así, no solo sucede en España: Francia, que había interpretado las victorias de su selección como el símbolo de un país multicultural e integrado, ha visto la derrota y la indisciplina de sus jugadores como las consecuencias de la falta de sacrificio, sentido del deber y respeto a la autoridad. Sarkozy convocó a Henry al Elíseo y pidió una reflexión nacional.

Ha habido algunas excepciones, pero el consenso es asombroso. Los suplementos culturales han hablado de libros sobre el fútbol. Los intelectuales hablan de fútbol. De hecho, yo no sabía que había tantos intelectuales en España hasta que llegó el Mundial. “Nuestro modo de jugar es también nuestra forma de vivir”, dice un cartel del Instituto Cervantes en Roma, una institución que yo creía que se dedicaba a la difusión de la cultura. Un lírico, Manuel Rivas, escribe sobre los jugadores de España:

No son depredadores. No son carnívoros. Disfrutan de la hierba. El balón se siente un compañero. Es un factor que no contemplan los críticos del llamado tiqui taca, nostálgicos del fútbol cabreado y taciturno. Campa la imaginación y el humor. Y las ideas tejen. Por fin las neuronas llegan a los pies. Por eso esta selección no se presta a una estridencia patriótica posesiva y excluyente. Pertenece a la gente de cualquier parte a la que le gusta el fútbol.

Si la profusión de banderas y exhibiciones de orgullo nacional puede inquietar un poco –como le ha pasado a Carod Rovira, y eso que Laporta dijo que en realidad el Mundial lo está ganando el Barça, mientras que La Razón titulaba meteorológicamente: “El tifón español arrolla al independentismo catalán”-, Rivas tranquiliza. Se puede apoyar a la selección española con la conciencia tranquila, aunque uno sea de izquierdas, nacionalista gallego o internacionalista céltico. Porque en el fondo, arguye Rivas, es una selección que nos redime de nuestra historia y desagravia a las víctimas de tantos siglos de destrozos contra la libertad, etcétera: “La que goza en la cancha es una España liberada de su losa: ‘Entusiasmo del odio, ojos del mal querer’ (Miguel Hernández). El contrapunto al ‘mal querer’ es la mirada de Del Bosque’”, continúa Rivas, entregado. Si hubiéramos sabido que íbamos a llegar a la final del Mundial, no habría hecho falta que se aprobase una Ley de Memoria Histórica.

La selección húngara de 1954 que perdió la final ante la Alemania de Rahn y los hermanos Walter formó así: Grosics; Busanky, Lantos; Lorant, Bozsik, Zakarias; Czibor, Hidegkuti, Kocsis, Puskas y Toth.

Otras interpretaciones nos aportan nuevas redenciones. Sebastián Fest escribía un artículo sobre los éxitos deportivos españoles, y lo titulaba, con modestos interrogantes, “¿El país perfecto?”. Arrancaba así:

España está a un paso de enviar la peor versión de su historia deportiva al baúl de la abuela, al rincón más polvoriento, oscuro y alejado que exista en la península.

Por eso el grito que inundó sus calles hasta bien entrada la madrugada; por eso el cántico de cientos de jóvenes borrachos de alcohol y de éxito en los húmedos bares de Durban: "¡Yo soy español, español, español...!".

Para que ese grito sea un rugido de éxtasis, España "solo" tiene que imponerse el domingo a Holanda en la final del Mundial de fútbol. Entonces será la envidia de medio mundo, algo muy parecido a "la nación deportiva perfecta". [Las cursivas son mías.]

Los políticos han usado el fútbol sin parar. Zapatero –ministro de deportes- dijo que el diferencial con Alemania se reduciría el pasado miércoles, y luego en el Parlamento Europeo le reprocharon que su presidencia fuera como el juego de Fernando Torres: prometedor al principio, pero luego decepcionante. En la reunión del G-20, los líderes se dedicaban a ver el fútbol. Al margen de ser una forma desconcertante de incentivar la productividad, la sensación que daban los medios cuando mostraban a Obama, Cameron o Merkel pendientes de la televisión, después de que durante días nos anunciaran esas reuniones y las protestas y la supuesta tasa a los bancos, es que todo era una gran chorrada. En todo caso, menos importante que un partido de la fase previa. En parte, creo que se debe a la necesidad de humanización e identificación de los políticos. Es una tendencia que retrató bastante bien la película The Queen, de Stephen Frears, donde la reina de Inglaterra se quedaba algo perpleja ante las demandas del pueblo, que le exigían que diera más pompa a los ceremoniales tras la muerte de la princesa Diana y Tony Blair le explicaba que para salvar la monarquía debía complacer la histeria de la masa. En Inglaterra hemos vuelto a verlo en la campaña electoral. Gordon Brown habló con una votante laborista que hizo una pregunta racista sobre los europeos del este. Tras hablar con ella, Brown dijo que era "bigoted" (intolerante). Sus palabras se oyeron y tuvo que pedir perdón ante la presión de los medios. Pero en realidad era evidente que era una mujer intolerante. Y no sé si los políticos deben complacer todo el tiempo los impulsos más primarios, aunque los triunfos deportivos les beneficien y sirvan como cortina de humo.

Disfruto leyendo a algunos periodistas y viendo algunos partidos. En mi familia se habla mucho de fútbol, y creo que, con un poco de ayuda, hasta mi hermana de 11 años podría recitar la delantera de la selección de Hungría en 1954. Aunque en general, con el fútbol me pasa como con el sexo: verlo es entretenido, pero practicarlo me pone de mejor humor. No sé qué pasará mañana y, como diría Reth Butler, francamente, me importa un bledo. Supongo que si gana España, me alegraré por los amigos que se alegren, y lamentaré que los alrededores del partido –imágenes de los comentaristas celebrando los goles o periodistas describiendo el ambiente indescriptible, por ejemplo- sean la única noticia durante unos días. Tampoco entiendo por qué me tiene que gustar más un deportista español que otro de fuera. Me gusta Contador, pero no quería que ganase Fermín Cacho, que miraba todo el tiempo hacia atrás, asustado. Si es una cuestión de patriotismo, me parece un patriotismo mal dirigido, mucho más cercano al vocerío nacionalista e histérico que otra cosa. Preferiría que hubiera alguna universidad española entre las cien mejores del mundo, por ejemplo. Prefiero la legislación pionera sobre el matrimonio homosexual. Preferiría que no liderásemos, con mucha más ventaja que cualquier deporte, la tasa de paro total y juvenil en Europa.

 

Dicen que el deporte es una forma civilizada de sustitución de la guerra. Produce menos víctimas. Que un juego atraiga la atención de millones de personas es una impresionante construcción humana; quizá necesitamos mitos, y el mito de la épica deportiva es mil veces preferible a los que postulan la maldad o la inferioridad de otras razas, por ejemplo; pero la gracia también está en que el juego siga siendo solo un juego. Pese a que siempre haya estúpidos como los que insultaron a mi novia -que es neozelandesa- pensando que era alemana, supongo que el nacionalismo deportivo es una forma de nacionalismo relativamente inocua, y que el éxito puede contagiar cierto optimismo. He visto el mismo espectáculo de pitidos, banderas y gritos en otros países, y aunque a veces envidie la relación de otros ciudadanos con sus símbolos nacionales y sé que la alegría es mejor que la tristeza, no logro compartir el placer que provoca ver a mucha gente vestida con la misma ropa. Nunca me han gustado las fiestas obligatorias. El otro día, cuando hablábamos del asunto, un amigo recordó una frase de Brassens: “La musique qui marche au pas/ Cela ne me regarde pas”. Quizá sea más clara la versión de Paco Ibáñez: “la música militar/ nunca me supo levantar”.

DIARIO DEL MUNDIAL / 22

DIARIO DEL MUNDIAL // La historia de los mundiales siempre muestra extravagancias y protagonistas insólitos. Sudáfrica cuenta con un pulpo adivino, con una ‘streaper’ y con dos musas

 

El profeta del mar,

las musas del torneo

y un poco de amor

 

Todos los mundiales tienen historias secretas. Hace no demasiado tiempo se revelaba que las andanzas de Mané Garrincha entre las suecas habían dejado descendencia. En eso el formidable extremo, ‘el pájaro solitario’, no fue un caso excepcional: unos años antes un señor tan serio como el Premio Nobel de Literatura, William Faulkner, guionista de cine, jinete y granjero, vivió allí una pasión convulsa en Suecia de la que nunca pudo olvidarse. El Mundial de Sudáfrica tiene muchos elementos exóticos. Por tener tiene hasta un pulpo llamado Paul que es el oráculo del torneo: hemos llegado a tanto -o vamos camino de nada, como decía Labordeta- que hasta un sinfín de medios de comunicación han retransmitido su elección del mejillón español. El fútbol es un escenario de supersticiones, y este fenómeno es tan pintoresco como simpático. Necesitamos la profecía para seguir viviendo o compitiendo, y este pulpo, que no tendría precio para hacerlo en caldeirada o a la feria, cumple perfectamente ese papel: como los dioses antiguos, rara vez se equivoca. Un pulpo infalible en sus veredictos, y más en el fútbol, es como una invención profética de Julio Verne.

Este mundial ha tenido sus musas. La primera fue la guaraní Larissa Riquelme, esa mujer que atrajo la atención del mundo porque ocultó el móvil entre sus pechos y luego dijo que se desnudaría en función del éxito de la selección paraguaya: ya no se sabe con certeza si afirmó que lo haría si el equipo se clasificaba para semifinales o si ganaba el título. En cualquier caso lo ha hecho, ha logrado más de 300.000 seguidores en facebook y ha seducido a los cazatalentos de ‘Playboy’. Las otras musas, enfrentadas a su pesar, han sido dos Saras: Sara Carbonero, la periodista de Telecinco que entrevistó en directo a su novio, Iker Casillas, algo inseguro en los choques iniciales, como todo el equipo, por otra parte. Algunos  atribuían la inestabilidad del arquero a la joven que se paseaba por detrás de la red con un micrófono en la mano. Y Sarah Brandner, la novia de Bastian Schaweinsteiger, el pulmón bávaro. Una morena y una rubia. Al final, ganó la morena: Sara Carbonero desencadenó casi un debate nacional, cuando las cosas iban un poco regular, ocupó algunas páginas de primera plana en medio mundo, recibió denuestos, descalificaciones y elogios, y ahora se le ve más feliz que a un ocho: el capitán de la selección ha recuperado la forma y su condición de salvador, y la Roja está ante el gran momento de su historia. Ya casi nadie se acuerda de la bella modelo y presentadora muniquesa.

En otro orden de extravagancias, hasta parece que ha habido una especie de tácita aceptación de ese caprichoso y aleve balón, el ‘jabulani’, que en zulú quiere decir celebración. El fútbol, cuando se suceden las victorias, es una celebración incesante y un alivio contra la crisis, una cortina de humo, y un balón de oxígeno para Rodríguez Zapatero, que puede decir en público y en privado que los pupilos de Del Bosque siguen la poética preciosista del Barcelona, su equipo favorito, en el que, como en la selección, “Xavi es un reloj”, tal como ha dicho Van Nistelrooy.

El amor siempre ha estado presente en los mundiales. El amor y el desamor. En el Mundial de Alemania de 1974, el equipo anfitrión vivía en un auténtico polvorín, hasta el punto de que Helmut Schöen anunció que se archaba. Lo convencieron para que se quedara, aunque sería el capitán Franz Beckenbauer quien asumiría el mando (y asumir el mando significaba menospreciar al inolvidable Gunter Netzer, que apenas llegó a jugar) y quien vivió un apasionado romance con una periodista. El desamor llegó en el Mundial de España: el capitán Platini boicoteó al guapo y elegante Larios, que jugaría luego en el Atlético de Madrid, porque sospechaba que se entendía con su mujer.

 

 

Los holandeses -que eran como ‘los Beatles’ del fútbol: los modernos y la reencarnación de la Hungría de 1954- prepararon la final de 1974 en medio de una orgía con un poco de sexo y piscina, cigarrillos, ‘hierba’ y alcohol, y luego tuvieron que dar alguna que otra explicación a sus mujeres. Aquella ‘Naranja mecánica’ de Rinus Michels y los cuñados Johan Cruyff y Johan Neeskens era un equipo dinámico, de continuo intercambio de posiciones, que jugaba de memoria y aunaba la clase, la imaginación y la condición física. Si recordamos por un instante la Francia de 1982, formada en la medular con Tigana, Genghini, Platini y Giresse, y caracterizada por su magia inefable, la hermosa conducción de balón, la armonía de la puesta en escena… Si recordamos aquella Holanda de 1974 y aquella Francia de 1982, y las mezclamos, quizá podríamos encontrar el embrión de la actual España, que juega casi tan bien como las dos, con idéntica estrategia de seducción.  

 

 

En las fotos vemos a Mané Garrincha, Larissa Riquelme, el pulpo Paul, Michel Platini en su esplendos y al jugador Larios. En la red, se comenta mucho la historia de ambos e incluso hay libelos contra Platini.

MARK TUCKER: PADRES E HIJOS

 

 

 

Me han gustado mucho estas tres fotos del gran fotógrafo norteamericano Mark Tucker, asentado en Nashville, Tennessee.

ELENE USDIN: ATMÓSFERAS ONÍRICAS

 

Una selección de fotos de la artista francesa Elena Usdin, ilustradora también, que se dedica a la fotografía desde 2002. Posee un mundo muy personal, onírico y poético, donde le gusta jugar con las luces, con el color y con las atmósferas.