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Antón Castro

HOY FIRMO 'LOS DOMADORES DEL BALÓN'

Esta mañana, a partir de las once y media o doce, voy a estar en la caseta del sello Eclipsados, frente a Correos pero al otro lado, en la Feria del Libro de Zaragoza. Ignacio Escuín Borao me dio ayer los tres primeros ejemplares de mi nuevo libro: ‘Los domadores del balón. Un Diario del Mundial de Fútbol de 2006’, que publica en una nueva colección titulada ‘Zona Cesarini’, término que alude a la parte final del partido, y alude especialmente al jugador italo-argentino Renato Cesarini, que formó en la Juventus, y que tenía la habilidad de marcar goles determinantes en los últimos partidos en los años 30.

El libro recoge una colección de artículos que fueron apareciendo en Heraldo entre junio y julio de 2006. Se trata de un volumen de un centenar de páginas que efectúa un recorrido por ese campeonato, que ganó Italia, tras el famoso cabezazo de Zidane a Materazzi, y por la historia de los campeonatos y de algunos de sus jugadores más destacados.

Selecciono aquí un par de textos:

9 de junio

Imagen primera de la eternidad

En Galicia, un día, la orquesta Bellas Farto atacaba un tema melódico. Yo tenía diez años, era verano, había palmeras en el jardín contiguo a la pista hexagonal de baile y los niños soñábamos con un primer amor y poníamos adjetivos a tal o cual muchacha que iba vestida de novia. Pero casi todos teníamos en la cabeza otra cosa que estaba a punto de comenzar: en una hora, Brasil e Italia saltarían al campo para jugar la Final de la Copa del Mundo en México. Antes de haber visto ese torneo, yo ya tenía mis recuerdos inventados: un tal Manín, algo mayor que nosotros y que iba para figura del Deportivo, sobrino de Arsenio Iglesias, nos reunía a todos en una esquina del campo de fútbol y nos contaba historias de futbolistas de leyenda: Del Sol y Luis Suárez, “que jugó en este campo”, pero también Reija, Marcelino y Lapetra, que habían participado en los Mundiales de 1966. Manín nos llenaba la cabeza de sueños, de cabezas sangrientas anudadas con un trapo, de balones durísimos como pedernales y de partidos y jugadores: quizá fuera él, antes que nadie, quien me hizo reparar en Franz Beckenbauer, un volante de ataque, ligero y delicado, capaz de frenar a Bobby Charlton y de dirigir el ataque de Haller, Uwe Seeler y Emmerich hacia el arco de Gordon Banks.

Pues bien, en aquel domingo en que el mundo esperaba el gran choque, yo aún tenía el corazón herido: iba con Alemania a muerte y había deseado que ganase en la épica semifinal contra Italia: Beckenbauer, aún de volante de dirección, había jugado con un brazo en cabestrillo si perder un ápice de elegancia y de vértigo. Sin embargo, la tosca Italia, que se permitía dejar en el banquillo al formidable y fino Gianni Rivera medio tiempo, había ganado 4-3. Sospechaba que dentro de unos minutos iba a recibir su merecido. Aún no teníamos televisor en casa, y vi el encuentro como tantos otros en Cafetería Sanchís. Brasil, que había deslumbrado en todos sus choques y sufrido ante Inglaterra, ganó con facilidad en una sesión inolvidable. Pelé realizó un partido primoroso y lo coronó con un pase final a Carlos Alberto -el lateral que prefiguró a Nelinho, Jorginho, Leandro y Cafú-, que remató con fuerza y precisión lejos de las manos de Albertossi. Aquel cuarto gol quizá sea uno de los tantos más hermosos de la historia de los Mundiales: participó todo el equipo brasileño y Pelé, que había inaugurado los goles de la tarde con un limpio testarazo, aguantó la eternidad máxima que puede conceder el fútbol, y cedió bellamente al lateral. Aquel partido para mí tenía el sabor de una venganza y me parecía el desenlace justo que venía a reparar una injusticia. Alemania se había resarcido, también en la prórroga, de la derrota ante Inglaterra en la final de 1966, y había jugado con otra belleza y potencia que Italia en la semifinal. Al menos así lo percibía un fanático niño de 10 inclinado hacia los teutones.

Pero aquel partido era también la consumación de un rito iniciático: ahora ante Manín, en la esquina del Campo de los Bosques, podría opinar y apostillar. ¿Cómo le iba a discutir hasta entonces cómo había jugado Reija o si Carlos Lapetra, como solía decir, apoyándose en su tío Pepe “Lañas”, conductor de autobuses y entrenador de fútbol modesto, era mucho mejor que Gento y Collar juntos? Tras la final, cometió un error al recitar la alineación de la Alemania que venció al Uruguay de Ildo Maneiro, y se lo advertí. “Beckenbauer, lesionado, no jugó”, dije. Ojalá no le hubiera dicho nada: “Y a ti, mocoso de mierda, quién te ha dado vela en este entierro”. Dejé de acudir a sus reuniones en la banda y me acostumbré a leer el “Dicen” y el “As color”. Un forofo no soporta que le mientan respecto a sus ídolos.

 Los domadores del balón. Diario del Mundial de Fútbol de 2006. Eclipsados: Colección Zona Cesarini. Zaragoza, 2010. 110 páginas. Firma esta mañana de 11.30 a 2 en la caseta de Eclipsados.

 

CARTA DE VALENTÍN ESCUDERO

CARTA DE VALENTÍN ESCUDERO

Hace unos días, gracias a la conexión Universidad Laboral 1973-1978, encontré una foto de Valentín Escudero, un compañero de BUP. Esta noche, gracias a su hija y a los hermosos misterios de Internet, Valentín entró en el blog y dejó esta nota. Un abrazo para Valentín y para los amigos de entonces:

 

Escribe Valentín Escudero:

Hermosa foto, al verla incluso a mí me ha despertado ternura y cariño. Digo que incluso a mí porque soy yo Valentín Escudero. Hace un rato mi hija (que tiene ahora la edad que yo tenía en esa foto) me ha llamado para decirme que había encontrado una foto mía alucinante en internet con un texto precioso sobre mí. Gracias por ese recuerdo, Antón. No soy filósofo, pero me dedico a dar clases de psicología en la universidad y soy psicoterapeuta (algo que me apasiona). Un saludo afectuoso.

PISÓN: PREGÓN DE LA FERIA DEL LIBRO

PREGÓN DE LA FERIA DEL LIBRO

 

 

Por Ignacio Martínez de Pisón

 

 

 Ciudadanos de Zaragoza:

  Estamos en primavera, la estación de las ferias del libro. En estos días en que unas ferias se clausuran y otras, como la de Zaragoza, se inauguran, no está de más recordar que las ferias nacieron en la España de la Segunda República como un medio para acercar la cultura a los ciudadanos. Algunos de los editores que fundaron entonces la Feria de Madrid crearon también un sistema de librerías itinerantes para que los habitantes de los lugares más remotos no se vieran privados del derecho al saber. Eran los años de las Misiones Pedagógicas y la compañía de teatro La Barraca y, a semejanza de éstas, aquellos hombres montaban en sus camiones-librería y recorrían la geografía peninsular con su cargamento de poemas, novelas, ensayos. Palabras, en definitiva: palabras que buscaban hacer a los seres humanos más sabios, más dignos, más libres.

  De esa época, concretamente de 1935, es un libro del aragonés Benjamín Jarnés titulado precisamente Feria del libro. En él, refiriéndose a una de esas primeras ferias madrileñas, escribe Jarnés: “Nunca en España se vio el libro tan mimado, tan exaltado. En todos los ojos y edades; el viejo, la muchacha y el niño recorrieron despacio las instalaciones, leyeron ávidamente catálogos, folletos; adquirieron no pocos volúmenes; escucharon atentamente las charlas del libro, esparcidas por los altavoces; leyeron las respetables sentencias colgadas de los árboles, como frutos de aquel otro árbol famoso de la ciencia. ¿Qué más puede pedirse?”

  Casi ochenta años después, esta descripción sigue reflejando con bastante fidelidad la atmósfera de una feria del libro: señal de que las cosas no han cambiado tanto. También bastantes de las reflexiones de Jarnés siguen siendo válidas. Con respecto a los “apresuramientos” y las “dispersiones” de la vida moderna, escribió Jarnés lo siguiente: “Hoy un buen libro ha de escribirse con igual lentitud y amor que en la Edad Media. Hoy un buen libro ha de leerse con igual lentitud y amor que en el Renacimiento.”

  Leemos para no olvidar. Leemos para saber más de nosotros mismos y de nuestros semejantes. Leemos asimismo para saber más de los que no son como nosotros y para tratar de comprenderlos: desde Cervantes, toda buena novela aspira a plantar en nuestras conciencias la semilla del relativismo y la tolerancia. Leemos en definitiva para ser mejores y poder seguir soñando con un mundo mejor.

  Pero también leemos por el simple, honesto y antiguo placer de leer, de disfrutar de las historias que otros nos cuentan. Quienes no tienen el hábito de la lectura no saben lo que se pierden. La literatura es, de verdad, un tesoro inagotable, acaso el único del que dispone el ser humano. Cientos, miles, decenas de miles de magníficos libros de épocas, países, lenguas y culturas diferentes aguardan el momento en que nos decidamos a abrirlos y sumergirnos en su lectura y, aunque fuéramos inmortales y llegara un día en que los hubiéramos leído todos, esa promesa de placer se mantendría intacta gracias a la posibilidad de la relectura. Nada más fácil que obtener la llave que abre el cofre de ese tesoro: basta con decidirse, porque un libro lleva a otro libro y este nuevo libro a otro y a otro... Es el libro el mejor amigo imaginable. Aceptad su compañía y nunca os arrepentiréis.

 

 

 

                                                          

 

LAS MANOS DE MARGUERITE, LOS OJOS DE JULIO MARCHAMALO

 

En el post anterior, esas manos son de Marguerite Yourcenar. Y la foto de Jesús Marchamalo está tomada por su hijo Julio Marchamalo. Jesús es todo un padrazo.

MARCHAMALO: 'TOCAR LOS LIBROS'

MARCHAMALO: 'TOCAR LOS LIBROS'

Jesús Marchamalo (Madrid, 1960) es un enfermo de los libros. Los mima, los cuida, los llena de notas y exlibris, de pequeños recuerdos, de vida, los lee con un placer infinito. Tiene un sinfín de seguidores, empezando por su editora Ofelia Grande, en Siruela: cosecha cariño, complicidad y admiración por doquier. Acaba de publicar uno de sus libros tan particulares: ‘Tocar los libros’ (Fórcola), con prólogo y elogio incondicional de Luis Mateo Díez. Así comienza.

 

TOCAR LOS LIBROS

 

Por Jesús MARCHAMALO

 

Nunca hasta hace poco he sabido los libros que tengo, y de hecho jamás hasta hace poco había tenido la tentación de contarlos. Pero justo hace poco, en un ataque de insomnio recalcitrante, pensé que a efectos de adentrarse en el sopor, el hecho de contar ovejas o libros debiera ser en principio equivalente. Más aún para un tipo urbano, como yo, para quien contar ovejas es algo tan ajeno como para un ruso contar chicas de Wisconsin en un baile.

Así que me planté ante la estantería, casi de madrugada, e hice una primera prospección a tanto alzado.

 

Pongamos que un libro (medio) mida de ancho unos dos centímetros y medio. Comprueben en casa y verán cómo los libros (medios) andan siempre cerca de esa cifra media. Cabe preguntarse después respecto a la equivalencia del centímetro Georges Perec, tan cuidadoso siempre con la medida de las cosas, con el centímetro Boris Vian; o el centímetro del pulcro Azorín comparado con el centímetro del impulsivo Baroja, pero ese es otro tema y merece ser tratado en otra ocasión.

 

Las estanterías de mi casa miden un metro treinta de largo y tengo trece, es decir, casi diecisiete metros lineales, más otras seis baldas de obra de un metro de ancho capaces de contener entre cuarenta y cincuenta libros  cada una de ellas.

 

Un sencillo cálculo matemático permite afirmar que sólo en el estudio de mi casa, el sitio donde trabajo, conviven ahora mismo alrededor de mil volúmenes. Y obsérvese que digo volúmenes y no libros porque la palabra volumen entraña un cierto empaque cultural. A partir de cierta edad uno deja de tener libros, y empieza a tener volúmenes. O ejemplares.

 

El caso es que si hubiera leído todos estos volúmenes, y haciendo un cálculo razonable de una semana de lectura para cada uno de ellos, en mi cuarto tengo, redondeando, todo lo que he leído en los últimos diecinueve años de mi vida; desde Montalbán, Galíndez, hasta La ciudad de los prodigios, de Mendoza, Catedral, de Carver, La música del azar, de Auster, o Ficciones, de Borges, pasando también por ese territorio singular de los libros absurdos; entre otros, la Guía del apicultor moderno, otro sobre el supuesto envenenamiento de Napoleón, con arsénico, en la isla de Santa Helena, una Guía de plantas de interior, e incluso algún libro que negaré haber mencionado, como uno que tengo sobre Jack el Destripador, Los últimos secretos desvelados; una biografía de Pétain, y otro de recetas de Arguiñano.

 

Tampoco crean que me preocupa  excesivamente, porque en todas las bibliotecas, incluso en las de gente fuera de toda sospecha, existe siempre una parcela de libros de difícil justificación. Walter Benjamin, por ejemplo, tenía una selección especial de cuentos de hadas, Pedro Salinas coleccionaba tratados de urbanidad, Aleixandre guardaba en su biblioteca un apartado de novelas policiacas, y también hablaron mucho los contemporáneos del generoso paladar lector de Laurence Sterne, cuya biblioteca reunía desde tratados de fortificación hasta libros de obstetricia, que ustedes me dirán.

 

Hay quien dice que las bibliotecas definen a sus dueños, y estoy seguro de que es cierto. Marguerite Yourcenar dijo en una ocasión que reconstruir la biblioteca de una persona es una de las formas más idóneas de informarnos de cómo es. Por supuesto que los libros hablan de nosotros. De nuestras pasiones e intereses. Los libros delimitan nuestro mundo, señalan las fronteras difusas, intangibles, del territorio que habitamos.

Hablan no sólo de los lectores que somos y de los que fuimos en su momento, sino que hablan de los lectores que quisimos ser, y en los que finalmente no nos convertimos.

Se compran libros de manera caprichosa, contradictoria, dispar. Hay temas que provocan vivo interés en determinadas épocas de nuestra vida, y que se abandonan después, igual que se abandonan las certezas. Como en los estratos geológicos de un yacimiento arqueológico, los libros permiten ir desenterrando los restos de todos los naufragios.

 

UN RETRATO DE DAVID FRANCISCO

UN RETRATO DE DAVID FRANCISCO

Ángel Guinda vive una jubilación creativa y reciente. Está trabajando en un nuevo libro de poemas y en sus memorias de poeta. Hace unos días, en Madrid, David Francisco-Panda de Tolos (ese trabajador constante de la poesía en vídeo y foto y de viva voz, como librero accidental) le tomó este retrato ‘autoespecular’. Aquí lo dejo.

Cuelgo uno de los grandes poemas de Ángel Guinda, 'Autobiografía'

Autobiografía

Si mi vida no es esto
¿Qué será la vida?
Martín Adán


Me preguntas por mi vida a bocajarro.
¿Qué puedo responder? ¿Con qué
y de qué modo? Lo que sé de mi vida
lo borra cuanto no sé de ella.
Las palabras no alcanzan,
los recuerdos confunden. Mi vida
es lo que he hecho, he deshecho,
he dejado de hacer. Para
saber de mi vida piensa en la muerte,
piensa en ti que estás viva
y has de sobrevivirme. No sé
si tendré tiempo para vivir
lo no vivido, para matar lo que viví,
para vivir la muerte antes de que me muera.
Mi vida recibe instrucciones de otras vidas
anteriores a mí, a las que sirvo
como fiel sucesor, y en mí reviven
–no tengo ojos sino para lo que no veo.
Mi vida es una noche que a la luz
no se adapta, un astro fugitivo
extraviado en la tierra; es también
la palabra que aún no me encontró,
el mensaje misterioso
que no descifraré. Aunque
mi verdadera vida tal vez se inventará.


(de La llegada del mal tiempo)

 

 

UNA FOTO PARA MITÓMANOS

 

Anna Karina interpretó ‘Una mujer es una mujer’ y se casó con Jean-Luc Godard. Además de estupenda y fotogénica actriz, es cantante y ha escrito tres novelas.

Me ha encantado esta foto de Anna y Godard. Se divorciaron en 1967. No sé de quién es esta foto.

 

 

HANS MAULI: LOS OJOS DEL ENIGMA

Me han gustado mucho estas dos fotos de Hans Mauli. Otra, de amor y fotografía y lectura, a orillas del Sena. Y la segunda, que tiene algo inquietante. Hans Mauli era un estupendo retratista.