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Antón Castro

JUAN MARQUÉS Y SU POESÍA

JUAN MARQUÉS Y SU POESÍA

Juan Marqués (Zaragoza, 1980), poeta y ensayista, estudioso y editor de Luys Santa Marina, ganaba hace pocas semanas el premio Gerardo Diego de poesía con ‘Abierto’, volumen que publicará en breve Pre-Textos. Antes había publicado ‘Un tiempo libre’ en La Veleta. Estas son sus respuestas a algunas preguntas. Una parte de la entrevista aparecía ayer en ‘Heraldo’.

 

“La poesía no se escribe: el poeta

obedece y encuentra poemas”

 

 

¿Quién es el poeta, el sujeto poético, quién es Juan Marqués?

 

Ésta es una pregunta muy difícil porque apenas me la hago. Yo no me intereso demasiado a mí mismo: todavía no sé quién soy pero por lo menos ya he llegado a comprender que eso no importa. Y, como poeta, también busco mucho más fuera que dentro. La poesía es un camino de ida y vuelta: al poeta le llegan cosas, que él ha de digerir y después entregar ordenadas, sintetizadas, con toda la precisión que sea posible. En una de sus cartas, Rilke, hablando de no sé quién, decía que “aquél sí que era un poeta: odiaba todo lo que fuera inexactitud”. Es difícil pero en eso estamos. La verdadera poesía exige muchísimo trabajo, pero no se debe notar cuando se lee: es bueno que parezca fácil, limpia, inmediata, natural...

 

¿Desde qué estética, desde qué punto de vista lo has escrito?

 

Una de mis pocas convicciones es la de la sencillez. Todo lo que sea grandilocuencia, palabrería, retórica, solemnidad, afectación, “posturitas”... es enemigo de la poesía. A todo presunto poeta se le debería preguntar: “Usted, ¿tiene algo que decir? Bueno, pues entonces dígalo aquí y ahora, y rápidamente, con brevedad”. Si un poeta no puede decir aquello que tenga que decir en cinco o seis versos tampoco va a conseguir decirlo en cincuenta. Al contrario: todo se enfangará más si se infla. Yo defiendo el “poema pequeño”, más que el breve. Pequeño quiere decir sencillo, modesto, en voz baja, aunque después pueda o deba ser, si hay suerte, profundo, rico, inagotable... Y, naturalmente, lo normal es que el poema pequeño sea también breve, aunque yo he leído poemas pequeños de varias páginas (pienso, por ejemplo, en Juan Ramón Jiménez). Y, por otra parte, los poemas de “usar y tirar” no suelen ser buenos poemas, y éste fue uno de los principales problemas de la poesía española de los 80 y vuelve a serlo ahora entre los circuitos de esa “poesía hiperrealista, sucia, directa, cruda...” que practican y predican muchos poetas de mi edad. Un poema tiene que ir ganando y creciendo cada vez que se vuelve a él, tiene que decir cada vez más cosas. Esos poemas que lees y entiendes totalmente a la primera y ya los has leído para siempre... no sirven para mucho, aunque puedan contener mucho talento o una buena porción de verdad.

            Me gustaría continuar o incorporarme al trabajo necesariamente solitario de algunos poetas españoles que creo que son especialmente conscientes de lo que hacen, que tienen muy clara cuál es su voz y su aportación, y que en buena medida están depurando toda la tradición (y no sólo española, ni mucho menos), desbrozando y reciclando todo lo heredado para brindarlo al presente y, tal vez, al futuro. Mis modelos inmediatos y, por así decirlo, “vivos”, están en Luis Muñoz, Álvaro García, Isabel Bono, Lorenzo Oliván, el libro ‘Así procede el pájaro’ de Juan Antonio Bernier, o, por nombrar a dos poetas zaragozanos jóvenes cuya poesía no sólo me interesa sino que me importa, el admirable libro de David Mayor (el mejor poemario que ha dado nuestra tierra en lo que llevamos de siglo XXI) y el precioso y robustamente delicado ‘Libro de los ibones’ de Ángel Gracia. Todo éstos son buenos ejemplos de lo que se puede llegar a conseguir, aunque yo necesitaría vivir y esforzarme durante cuatrocientos años para alcanzar la sensibilidad o el temblor de alguno de ellos.

 

¿Dónde transcurre, en qué marco, físico, mental o simbólico?

 

Si en ‘Un tiempo libre’ había sólo un “poema zaragozano”, y el resto eran ya posteriores al 1 de septiembre de 2oo5, cuando me fui a Madrid, todos los poemas de ‘Abierto’ son ya, claro, posteriores a aquello. El poema más antiguo, un boceto de poética que se titula “Casa roja en la nieve” (y que lleva una cita de Simic que me parece una definición impresionante de lo que desde cierto punto de vista es la poesía), lo escribí en una escapada a Reykjavik hace ahora exactamente dos años, en noviembre de 2oo7, y el más reciente de los que se van a publicar en ese libro es de este pasado septiembre (aunque todavía no he enviado la versión definitiva a Pre-Textos y tengo tiempo para pensarlo todo mejor). Es decir, que el libro se ha escrito a lo largo de veintidós meses. ‘Un tiempo libre’ se publicó en diciembre de 2oo8, pero yo lo había entregado en febrero, así que mis dos primeros libros no van a ser realmente tan próximos como le pueda parecer a quien sólo lea los colofones.

 

¿Por qué has escrito este libro, qué quieres decir?

 

No se puede no escribir, es inevitable. Yo podría dejar sin ningún problema la crítica literaria, mis timidísimos intentos narrativos, los ensayitos... pero la poesía no se escribe. Jamás (o al menos desde que cumplí veinte años) me he sentado a escribir un poema. Todos nacen en otros momentos, generalmente cuando camino. No quiero ponerme demasiado “espiritual” ni “gamonedista” porque no me caen bien esas magias ni esas homilías, pero es verdad, hasta cierto punto, que el poeta obedece. No es, por supuesto, un antipático “demiurgo” entre la fuente de la poesía y el papel, sino un autor consciente y soberano, pero la inspiración existe, las “epifanías”, lo recibido... Yo, más que de escribir, tengo la sensación de encontrar poemas. E incluso intuyo que los poemas que escriba dentro de siete, diecisiete o treinta años ya existen de algún modo, ya están ahí, pero yo todavía no soy capaz o no estoy preparado para detectarlos, reconocerlos, descifrarlos, aislarlos, hacerlos míos..., escribirlos.

 

¿En qué momento, con qué estado de ánimo has escrito ‘Abierto’?

 

No quiero ni presumir de cosas que no he recibido por méritos propios ni fingirme parte de un ambiente que me sobrepasa por todos lados, pero, siendo estrictamente sincero y haciendo repaso cabal de lo que me ha convertido en el que poeta que al parecer empiezo a ser, mi formación no se explica sin la Residencia de Estudiantes. Yo leo vorazmente desde que tengo uso de razón, y escribía tímidamente y mal desde que empecé Filología Hispánica en 1998, pero nunca pensé en publicar (aunque Ana María Navales quiso para ‘Turia’ un poema que ahora ya no me representa y mi querido amigo Nacho Escuín incluyó en ‘Noreste’ cinco o seis textos de los que tampoco puedo estar ahora satisfecho). Pero desde que llegué a la Residencia, gracias a un informe incontestable de José-Carlos Mainer, a quien se lo debo casi todo, el tiempo y el espacio se dilató: los días duraban unas cuarenta horas y, por primera vez en mi vida, tenía una pequeña habitación para mí. El contacto con el resto de compañeros becarios hizo mucho, e ir consiguiendo después otros amigos, encontrar otras lecturas, aprender a mirar de otro modo... me llevó a que un día Andrés Trapiello me preguntase si yo escribía poemas, y un año después conseguí ordenar un primer libro que le gustó lo suficiente como para quererlo en la colección que dirige en Granada (una ciudad en la que, por cierto –y me avergüenza tener que confesarlo, a mis veintinueve años...–, todavía no he estado).

 

¿Cómo se vive en la Residencia de Estudiantes, que es lo más emocionante, lo más bello?

Es vivir en uno de los corazones de Madrid, con todos los beneficios que eso implica pero sin ninguno de los inconvenientes. Nadie se podría creer el silencio que puede llegar a existir entre los delirios paralelos del Paseo de la Castellana y la calle Serrano, y es impagable. Pero lo mejor son los compañeros y muchos de los visitantes, y todo lo que enseñan. Han sido cuatro años de crecimiento constante, que continúan en buena medida porque sigo viniendo todos los días. Y me alegra poder devolver con este libro algo de lo que aquí he recibido, incrementando humildemente la literatura escrita en este lugar.

¿Qué se siente cuando a uno le toca el bote en poesía y gana 12.000 euros en tiempos de crisis?

Uno de los poemas premiados dice, precisamente, que “no hemos sido creados para hablar de dinero”, pero te puedo decir que, desde luego, ese cheque tranquiliza bastante. El dinero es lo más detestable y sucio que existe, pero también es tiempo, y libros, y algún viaje... Me presenté al premio antes de verano, cuando se terminaba la beca y todavía no era seguro lo del contrato que ahora disfruto. Ahora todo ha ido saliendo bien y estoy plenamente contento, aunque mucho más por el libro que por el premio. No sé por qué, pero la verdad es que siempre he tenido buena suerte.

 

*He tomado esta foto de una información elaborado por Beatriz Pablos, de la Residencia de Estudiantes.

PARA OÍR A FRANCO BATTIATO

PARA OÍR A FRANCO BATTIATO

Esta noche he recibido en mi blog esta sugerencia para oír a Franco Battiato:

 

Hola, invito a todos los admiradores de Franco Battiato a escuchar esta radio específica que gestiono desde agosto, Radio Battiatohispano:

http://www.radionomy.com/battiatohispano.aspx   http://listen.radionomy.com/battiatohispano.m3u
Es un proyecto que merece tener éxito. Apoyad esta radio dedicada a Franco Battiato y su amplio mundo. Escuchad Radio Battiatohispano. Gracias. Pilar Mulas

CALVOMOÑACO /13. AL MODO DE CHAGALL

CALVOMOÑACO /13. AL MODO DE CHAGALL

El gran amor de la vida de Marc Chagall, el artista luminoso de la felicidad y del color, fue Bella. Le dedicó muchas pinturas, representó una y otra vez la dicha que vivieron juntos en una obra vívida, de intenso colorido, optimista y de una sensualidad constante.

Entre 1933 y 1934, Chagall vivió en Tossa de Mar. Manuel Martín Mormeneo leyó una vez una reseña donde se hablaba de una misteriosa muchacha cordobesa, llamada Fermina, que enamoró al pintor. En un viaje relámpago que el pintor realizó a Córdoba, Chagall la conoció en una sala de ensayos. Se quedó perplejo: era como la mujer morena de Julio Romero de Torres. Y de una exuberante languidez. Chagall empezó a quebrarse de amor y deseo en el instante mismo en que Fermina, solo se llamaba así en la vida real y en los carteles de sus conciertos, en que la joven acarició las cuerdas del violín. Mostró unos brazos poderosos y desnudos, y una suerte de intensidad apasionada que no excluía la capacidad de ensoñación.

Días después, se escribió en un diario cordobés, se les vio pasar por las afueras en un precioso coche descapotable de alquiler. De vez en cuando, se paraban y se besaban apasionadamente debajo de un almendro o de un oloroso naranjo.

 

No sé qué pensará Alberto Calvo de esta historia. Demasiado literaria para ser falsa…

ANTONIO ÁLVAREZ EXPONE

ANTONIO ÁLVAREZ EXPONE

LUGAR: Espacio de Arte del Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Zaragoza (calle Jesús Comín, 3-5)

INAUGURACION: Jueves 10 de diciembre a las 7,30h.

DURACION: Del 10 de-12-2009 al 11-1-2010

HORARIO: De lunes a viernes, de 10 a 13 y de 17 a 21 horas.

TITULO: MONEGROS

OBRA: Dibujos y obras de pequeño a gran formato realizados en acuarela, óleo, tinta china, carbón y pigmentos en polvo, en diferentes combinaciones.

Es posible que algunos días, durante el tiempo de  la exposición, realice algunas obras en directo, empleando  técnicas  presentes en los trabajos expuestos. Si es así iré indicando aquí y también en el podrán dar información en el centro (976482621).

 

AUTORRETRATO DE ANTONIO ÁLVAREZ

A pesar de confesar sin complejos que soy hombre de fe, no creo en casi nada de lo que se suele creer.

Por ejemplo en el curriculum vitae.

Pero sí creo en aquello que sale pronto, profundo y sentido del corazón.

Tengo 47 años, dos hijas encantadoras y una casa grande con porche y olivo centenario. Trabajo en lo que me gusta, soy profesor, también soy psicólogo.

Personal y profesionalmente he conseguido todo lo que me ha interesado de verdad. Todo, menos una cosa. No conseguí convencer a Dios. Se llevó a Ana y al bebé.

Aprendí que con Dios no se negocia, que es inútil intentar comprenderle y que es imposible conocer la Realidad. Descubrí que no se consigue nada sino que se intenta y a veces llega lo deseado, que lo que llamamos control es una tremenda y peligrosa imprecisión. Descubrí que en el desierto pueden surgir las flores más bellas. Aprendí que solo el Amor nos conecta con la Verdad.

Aunque no pretendo comprenderle sigo intentando hablar con Dios.

La parte de mí en Ana y la parte de Ana en mí a veces se ponen de acuerdo, se encuentran, y entonces puedo hacer lo que más nos unió siempre: Hablar con trazos, formas y colores.

En todo lo que haga estará siempre, porque ella es mi brazo derecho y la mitad de mi corazón.

También aprendí que lo que tenga que suceder, sucederá.

Así las cosas, intento ir donde el corazón me lleva, parando cuando puedo a pintar lo que siento.

 

LOS PINTORES DE UN PINTOR

Antón CASTRO*

Fue el músico Carlos Satué quien me puso tras la pista del pintor e ilustrador Antonio Álvarez. Cuando vi su obra le dije, de forma idéntica al galerista y fotógrafo Pepe Rebollo: “¡Cuántos pintores hay en ti!”. Es cierto. En Antonio Álvarez hay varios artistas. O mejor: hay, ante todo, un pintor que va y viene por campos abiertos y encrucijadas, un pintor que no se afana en tener un estilo sino en hallar estilos, sesgos, manchas, emociones. Antonio es un pintor que enreda, que inventa, que disfruta con los materiales, con los secretos del oficio. De entrada, es un amanuense: alguien que se embadurna los ojos, el corazón y las manos con el paisaje, con lo que se ofrece, suntuoso o untuoso, ante esa mirada hambrienta de formas, de destellos, de instantáneas y de texturas. Y es también un trabajador que desprecia el cansancio o la tiranía del tiempo: crea, investiga, busca, con la paciencia del orfebre, con la voracidad de quien desea someter, temblor a temblor, ondulación a ondulación, todas las luces de las estaciones.

Donde mejor se ve a Antonio es en su estudio. Tiene dos, en realidad. Uno, en los bajos de su casa, en su bodega, repleta de marinas, de horizontes, de flores, de figuras insinuadas, de juegos con la madera, de mosaicos que copian a la vertiginosa acuarela segmentos de la naturaleza. Ahí, con esa pulsión incontenible que en él es pasión por la vida, connivencia con el misterio, opera con frenesí, a golpe de intuición, con gestos, con huellas de sombra y de luz sobre el papel, el lienzo o la madera. Ahí nos encontramos al pintor intimista y variado, que no se conforma con nada, que no se conforma con hacer siempre variaciones sobre un único tema. En la muestra se percibe claramente esta línea de investigación de Antonio Álvarez: asómense a sus plantas, a sus terrenos, a sus vaguadas, asómense a los campos desmayados y ocres donde el fuego alinea los trigales, alza muros o sigue las líneas de fuga de lontananza. Asómense a sus mares y a sus noches. Ahí se percibe qué es un pintor y el enigma de la pintura en formatos pequeños: aguadas, tintas chinas, carbones, óleo, acrílicos… Antonio Álvarez se sitúa en el centro del mundo con toda la ebullición de las imágenes.

Hay otra parte fundamental de Antonio: su condición de pintor hiperrealista que explora la huella de la decadencia en el paisaje urbano, el olvido que se instala en las casas decrépitas como un lamparón. Estas obras son tan minuciosas que Antonio invierte muchos meses en cada una de ellas. Las realiza en su taller exterior, más luminoso y despejado, a la técnica de la acuarela, de gran formato. La claridad del jardín germina y se instala en las piezas, con lentitud, con la costra de un oro viejo o el aroma de un ponche de siglos. Ahí, con calma y concentración, pincelada a pincelada. Antonio Álvarez alza sus paisajes, sus ruinas, sus bellezas demolidas o heridas por el inexorable paso de las horas y la fecundación del pasado.

En esta muestra está Antonio Álvarez al completo. El soñador, el místico, el artesano incansable del color. Aquí está un hombre de acción que encierra el mundo en el gesto de la mano y descompone, para todos, su hermosura y sus desgarros. 

 

*Hace ya algún tiempo que no veo a Antonio Álvarez. No llegué a ver este texto editado, pero lo redacté para su exposición del Museo Juan Cabré. Recuerdo que hicimos un viaje inolvidable a San Juan de la Peña para ver la exposición de Santiago Gimeno, que comisarió Dolores Durán: un viaje de tertulia, de confidencias, de pasión por la vida y por la pintura. Y ese día comprendí mucho mejor el autorretrato de Antonio y su infinita pasión por Ana: ella reaparece un día y otro día, una noche tras noche, en sus mejores sueños.

EL EROTISMO, SEGÚN J. A. DUCE

EL EROTISMO, SEGÚN J. A. DUCE

Recibo esta carta del fotógrafo, historiador de la fotografía y cineasta, y excelente amigo, José Antonio Duce:

 

“Te envío esta foto inspirada  en el tema 'Susana y los viejos' que han tratado múltiples pintores y esta es mi fotográfica versión con mi estilo particular”.

 

Aquí está. Gracias, José Antonio.

69 IMÁGENES DE UN MUSEO ERÓTICO

69 IMÁGENES DE UN MUSEO ERÓTICO

Libros. Jean-Manuel Traimond, especialista en guías eróticas, publica ‘69 historias de deseo. Un museo del imaginario erótico’ (Electa. Barcelona, 2009), donde recoge y analiza cuadros y esculturas sobre los temas fundamentales de la sexualidad y la pasión

 

El placer del sexo:

arte y lascivia de

un museo ideal

 

El sexo mueve el mundo. Podría escribirse una formidable historia de la humanidad desde la perspectiva del deseo. No es eso exactamente lo que ha hecho Jean-Manuel Traimond, sino concebir ‘un museo del imaginario erótico’ en el espléndido libro ‘69 historias del deseo’ (Electa), que propone una viaje por el desarrollo de la sexualidad. La odisea se prolonga desde el siglo VI a. de C., cuando una vasija representaba pasajes explícitos de sexo oral y anal entre hombres, hasta nuestros días en que la escultora Louise Bourgeois –insólita Premio Aragón-Goya- paseaba, en 1982, un enorme falo de metal con sus testículos ante la cámara de Robert Mapplethorpe.

Traimond, autor de una ‘Guía erótica del Louvre y del Museo de Orsay’, dice: “La Antigüedad representaba el placer sin mala conciencia, pero también estableció la separación entre cuerpo y espíritu, materia e idea. Exacerbada por el cristianismo, dicha separación hizo que todo el peso de la vergüenza recayera sobre el deseo”. Y agrega que “atacado, ahogado, asediado por el pudor, el deseo occidental resurge una y otra vez oculto tras tantos y tan variados disfraces”.

Quizá por ello, los pintores, los artistas en general, han visto estimulada su imaginación y han emprendido una suerte de “guerra de guerrillas contra el triste pudor”. Una constatación clara del libro es que “al eterno retorno de las obsesiones masculinas se corresponde la escasez de las muestras de afecto femenino” y, por extensión, de ausencia de mujeres pintoras. Se recuerda el paradójico caso de Georgia O’Keefe, una voluptuosa artista que pintó flores como vulvas abiertas, como explícitas metáforas o alegorías del sexo femenino, y siempre dijo que ella no hacía pintura erótica.

Dentro de esas 69 piezas están todos los asuntos del amor y del deseo. Desde ese inicial canto griego a la homosexualidad y al destape de Afrodita, cuyos senos se alzan más allá del velo, también existen imágenes de las hetairas (las prostitutas de lujo) o una escena, en Pompeya, de otro mito: el de Príapo, al que le habían dedicado varias capillas, frecuentadas por hombres que tenían alguna enfermedad en el pene. Traimond escribe: “En cuanto a las mujeres, ya fueran profesionales o simples ‘amateurs’ (…), colgaban del gran falo tantas guirnaldas como amantes habían tenido en el transcurso de la noche”. El libro aborda algunos casos de zoofilia, como la cópula entre Pan y una cabra, la sutil relación de ‘Leda y el cisne’ (1598) recreada con absoluta maestría por Rubens o un ‘cunnilingus’ de ‘La bruja y el dragón’ (1515) de Hans Baldung Grien. El Bosco mostró en ‘El Jardín de las Delicias’ (1510) la homosexualidad, la masturbación e incluso una imagen más extraña: la de mujer que anda a gatas, semidesnuda, y por atrás avanza una pértiga que lleva una esponja en la punta.

“Cuanto más nos resistimos a la carne, más se esfuerza en reaparecer” escribe Traimond a propósito de la pieza de Tiziano ‘La Magdalena penitente’ (1530), que mezcla la vergüenza del pecado carnal y la exuberancia del ardor en forma de un envolvente cabello de fuego. El cuadro ‘La piel’ (1638) de Rubens insiste en el elogio de la beldad y del hedonismo, igual que dos piezas de Fragonard: ‘Las curiosas’ (1767-1771), una elipsis de la figura del mirón (exaltado en ‘Una ojeada a través de la cerradura’ de Anton Felser, de 1895, que sería casi el positivo o el reverso de la anterior) y ‘Los afortunados azares del columpio’ (1767), que es un canto al pie como apéndice sexual. Dice Traimond: “Hay mujeres que llegan al orgasmo pasándose el aspirador por las plantas de los pies”.

No podía faltar el lienzo que sublima y normaliza como ningún otro la vagina: ‘El origen del mundo’ (1866) de Courbet. No podían faltar una flor de O’Keefe, ni las mujeres pelirrojas de Klimt ni esa sucesión de damas que tientan a Ulises o a distintos dioses y hombres, como el caso de las sabinas, raptadas y violadas por los romanos y pintadas por David. Rembrandt realizó un elocuente grabado de la felicidad conyugal en el tálamo en ‘La cama a la francesa’ (1646). “¿Hay que decir algo que la sonrisa de la esposa penetrada no diga ya?”, se pregunta Traimond. Leonor Fini se acercó a la homosexualidad femenina. El perverso y agudo Franz von Stuck es autor de ‘El balancín’ (1898), sobre la masturbación de mujeres con un tronco, y de ‘El pecado’ (1895).  Felicien Rops es el autor de ‘Pornokrates’ (1878), acerca “del poder de la puta” que pasea a un cerdo.  Aubrey Beardsley aborda la fuerza de la erección en ‘Los embajadores lacedemonios’ (1896).

Una de las piezas más impresionantes, que figura en la exposición ‘Las lágrimas de Eros’ del Museo Thyssen, de idéntico argumento, es ‘La muerte de Jacinto’ (1804), un cuadro de Jean Broc, que fue el primero en cantar el amor homosexual a través de la figura de Apolo y del joven Jacinto, que se desploma sobre su hombro. Ese pintor y fotógrafo y contorsionista que era Pierre Molinier aborda la tragedia y la rebelión del travestido. El tema del beso aparece en ‘Hércules y Onfalia’ de Boucher, 1750, en Rodin y en Magritte, en esa obra tan famosa de los dos rostros cubiertos. El autor incorpora a Caravaggio, a Velázquez y su ‘La Venus del espejo’ (1651) -el sevillano retrató a una de sus amantes y reveló un secreto-, a Ingres, a Manet, a Balthus, a Marcel Duchamp y a Picasso con una obra estupenda: ‘Dora y el minotauro’. En el comentario a esta pieza el autor realiza un recorrido por los grandes amores del pintor, quien, en el fondo, encarnaría a un minotauro humano y falaz.

En esta propuesta de Traimond hay pintura histórica, mitológica y de retrato, escultura y cómic y fotografía. Aborda una compleja casuística del sexo: la traición, el adulterio, los celos, la exaltación de la carne, la melancolía, la relación entre el amor y la muerte, la alegría del coito, las diversas formas de homosexualidad, el pecado, la picardía, el morbo, la sorpresa, el humor. Y se percibe, una y otra vez, la irreductible fascinación del erotismo, de la lascivia y de la sensualidad transformadas en obras de artes. El sexo excita el mundo y ha sido un estímulo permanente de creación.

 

 

OTROS LIBROS

Lejos del tabú

 

Estos días han aparecido varios libros sobre arte, literatura y sexo. Uno de ellos es ‘Surrealismo, eros y política, 1938-1968’ (Alianza Forma) de Alyce Mahon, donde se analiza como “los surrealistas recurrieron a Eros como la búsqueda del principio del placer”. Thierry Savatier publica en Trea un libro totalizador: ‘El origen del mundo. Historia de un cuadro de Gustave Courbet’. Ese cuadro de un explícito sexo femenino (“el coño en el tapiz”, se dijo), pintado en 1866, se basó en una foto de Auguste Belloc de 1860 y ha hecho correr escandalosos ríos de tinta y de admiración. En otro contexto, la joven Clara Santafé publica un curioso poemario sobre una actriz de cine pornográfico: ‘Ángel París’ (Resurrección). [En la foto, la obra 'Pornokrates' de Felicien Rops, de 1878.]

CALVOMOÑACO / 12. AL MODO DE DUBUFFET

CALVOMOÑACO / 12. AL MODO DE DUBUFFET

Mormeneo es un tipo obsesivo. Cuando descubre una música la pone una y otra vez, cinco o diez veces seguidas, es como si una interpretación, una melodía o una determinada voz le pautasen la vida y su estado de ánimo. Le ocurre con ‘El soplo en el recuerdo’, el nuevo álbum de Adela Martín, le ocurre con el primer álbum de Gary Geld and The Dead Monegros, esa mezcla de rock y folk country que desarrollan Yann Leto, Cecilia de Val y su banda. Antes oyó hasta el aburrimiento a Quique González, La Bien Querida, Russian Red o Javier Ruibal. Y antes o después oyó a Igor Stravinski y a Carlos Núñez, y los fados tranquilos de Carlos do Carmo. Escucha a todas horas a Enya, que es una banda sonora de lo céltico, de la delicadeza y casi un subrayado inadvertido de sus horas ante el ordenador o mientras trabaja con el photoshop con algunas de sus fotos. Lo último que ha descubierto es Zenet, que le recomendó Esteban Villarrocha, anoche mismo antes de acostarse. Y le gusta mucho Alondra B. Bentley. El último envío de Alberto Calvo, a la manera de Dubuffet, le ha hecho pensar en ella. Por más vueltas que le da, no acierta a decir por qué. Ha escrito en unos de sus cuadernos de campo: “Siempre me han gustado las alondras. Casi tanto como los ruiseñores en la noche de los amantes imposibles. Creo que se lo debo a un poeta cántabro, Gerardo Diego, o a Shakespeare. ¡Qué sabe nadie!”.

EL SILBO VULNERADO Y SU POETA

EL SILBO VULNERADO Y SU POETA

Miguel Hernández (1910-1942) fue un poeta del pueblo. La poesía nació en su cabeza mientras apacentaba sus rebaños y miraba el cielo, el poniente y esos paisajes de olivos, naranjos y almendros. Luego, con la ‘ayuda’ de San Juan de la Cruz, Paul Verlaine y Gabriel Miró ensanchó su mirada y encontró un lenguaje, ahormó su sensibilidad. Pasó por diversas etapas en su corta vida: la de poeta cristiano, intenso y torturado; la de poeta gongorino y aún guilleniano en ‘Perito en lunas’ (1933); la de poeta del exacerbado y doliente amor en ‘El rayo que no cesa’ (1936), dedicado a tres mujeres; la de poeta combativo y comunista cuando se enfundó el mono de soldado-miliciano y tomó entre sus manos la metralleta. Fue en algún instante poeta surrealista, y acabó siendo un poeta desesperado que se arrastraba, con su hondura y su visceralidad, por las cárceles de mundo, mientras se le moría un hijo, mientras la enfermedad devoraba su joven cuerpo, mientras sentía el furioso lanzón del amor, de la vida y de la muerte en la sangre y en el cuerpo. Miguel Hernández publicó poco y escribió mucho, pero dejó una huella especial de poeta auténtico, metafísico y existencialista, poeta de la tierra y de la belleza, poeta del temblor casi sobrehumano y del desgarro.

Luis Felipe Alegre tomó hace ya más de 35 años de uno de sus versos, ‘el silbo vulnerado’, el nombre de su compañía. La poesía de Miguel Hernández le ha acompañado de siempre: en espectáculos, en recitales, en funciones para los estudiantes. Ahora, en vísperas del inicio de los actos del primer centenario de su nacimiento, El Silbo Vulnerado ha creado un nuevo espectáculo sobre Miguel Hernández. ‘Rayo, viento y ausencia’, que se representó ayer y se representa hoy, a las 20.30, en el Teatro Arbolé, esa maravillosa caja negra. Es un espectáculo minimalista y bellamente elaborado, un espectáculo suspenso en la emoción y en la intensidad, organizado en torno a la voz y la música con algunos elementos simbólicos: la silla, el chaleco, el pañuelo rojo, las cartas, etc. Solo dos actores: el rapsoda Luis Felipe Alegre y la cantante Carmen Orte. Ambos, componen una función muy medida que dura algo más de una hora y comprende los poemas, la peripecia vital y los temas fundamentales de Miguel Hernández. Arranca con un soneto en homenaje a Ramón Sijé, en vez de su célebre ‘Elegía’, mezcla sonetos de ‘El Silbo Vulnerado’ con los de ‘El rayo que no cesa’; el montaje alcanza un clímax especial con ‘Viento del pueblo’, y desde entonces ya no desciende: se oyen ‘Nanas de la cebolla’, ‘El niño yuntero’, ‘Boca que arrastra mi boca’, oímos los poemas de amor desde la cárcel, algunas soflamas políticas, que siguen sonando a pura verdad.

El espectáculo, sencillo y complejo a la vez, muy teatralizado en expresión y gesto, contenido y a la par grave, casi una pieza de cámara, es una experiencia especial. Luis Felipe Alegre ha apostado por mostrar la complejidad del poeta, la riqueza de sus metáforas, la calidad de su lírica y su lenguaje de reminiscencias campesinas y pastoriles, su fulgor metafísico, su oceánico desgarro.

Está y no está todo Miguel Hernández en ‘Rayo, viento y ausencia’. Alguien puede echar en falta algún poema. Tal vez: Miguel Hernández ha sido un poeta celebrado, vindicado, cantado por Paco Ibáñez, Víctor Jara o Joan Manuel Serrat, entre otros muchos, y pertenece a la memoria del pueblo. Todos tenemos nuestro Miguel Hernández. El Silbo Vulnerado ha apostado por el rigor, por la relectura inteligente y sensible, por el redescubrimiento de un poeta que murió a los 31 años y que maduró de celda en celda, abrazado a la miseria, a los piojos, a la bronquitis, al tifus y a la tuberculosis, y a la ruindad terrible de todas las guerras y sus torrenteras de odio.

 

Rayo, viento y ausencia. El Silbo Vulnerado. Actores: Luis Felipe Alegre y Carmen Orte. Teatro Arbolé. Segunda función, hoy día 8 a las 20.30. En la foto, Luis Felipe Alegre y Carmen Orte.