Blogia

Antón Castro

HOMENAJE A ÁNGEL LÓPEZ GARCÍA / 2

HOMENAJE A ÁNGEL LÓPEZ GARCÍA / 2

JAVIER QUIÑONES APOSTILLA:

 

Me sumo, desde aquí, al homenaje al profesor López García. Dejo este comentario para subsanar un olvido. Además de su encomiable labor intelectual como Catedrático de Lingüística General de la Universidad de Valencia, Ángel López García es también un estupendo narrador de narrativa infantil y juvenil. Nos ha dejado, que yo tanga memoria, dos estupendos títulos que recomiendo a manos llenas ‘Atrapados por las palabras’ y ‘Los poderes de Meme’, ambos publicados en Albajoven, de la Editorial Alba.

Ambos son estupendos, divertidos, pedagógicos, interesantes...


Un abrazo para ti, querido Antón y otro para López García, animándole a que la saga de Meme no se quede cortada, muchos se lo agradecerán.

 

*Mi admirado y querido Javier Quiñones –narrador en largo y en corto, estudioso de Max Aub y de José Ramón Arana, ensayista y estupendo blogger- ha hecho esta hermosa matización sobre el trabajo de Ángel López García. La foto es de Bruce Weber.

 

 

ÓSCAR BRIBIÁN: DOS CUENTOS

ÓSCAR BRIBIÁN: DOS CUENTOS

El boxeador

 

El boxeador permanecía en el sofá de su casa, horas después de la tunda de golpes que había recibido durante el combate. Ahora estaba más nervioso que antes de subir al ring. Aquel último golpe, ese martillazo directo en su sien que había noqueado sus esperanzas de conseguir el cinturón dorado, había variado seriamente su percepción de la realidad. Frente a él descansaba el par de guantes que no le había ayudado a vencer. La televisión estaba apagada y un periódico deportivo yacía en el suelo. Pese al silencio, el boxeador seguía nervioso, y sabía por qué; tenía miedo. La corrompida realidad lo mantenía helado de frío. No temía volver a pedir una revancha y enfrentarse a su rival. No temía la oscuridad de su salón sin ventanas. Ni siquiera se acobardaría si una panda de macarras se plantara ante él pidiéndole dinero con sus navajas.

En su realidad alterada, el boxeador sólo temía a esos guantes rojos que habían decidido matarle.

 

La hoja (un relato sobre la hipocresía y la perversión humana)

Un golpe de viento facilitó la caída de la hoja seca y ésta se precipitó al suelo asfaltado de la avenida. Consciente del peligro que corría tras haber visto durante meses el paso continuo de los vehículos, intentó rodar con la ayuda del mismo viento que la había arrebatado de su familia, allá en la copa del árbol. Buscó la manera de alcanzar la acera para sentirse segura. Rodó y rodó, esquivando con fortuna la rapidez de una motocicleta y los gruesos neumáticos de un camión. Al final, un súbito remolino la elevó en el aire y ella se desplegó como un pájaro pese a su rigidez otoñal. Consiguió llegar a la acera y se sintió feliz de su proeza. Las demás hojas de la avenida, conmocionadas por aquella heroicidad, temblaron al unísono en un imposible intento por aplaudir. Al momento llegaron unos niños que se divirtieron en pisotearla y partirla en varios pedazos. Y la hoja, triste ya, esperó a que el barrendero acabara con su sufrimiento y la distanciara de allí, lejos de las risas de sus hermanas, que todavía colgaban de los árboles.

 

*Dos textos de Óscar Bribián, autor de ‘Mentes perversas’, libro de relatos que ha publicado en el sello Mira.

HOMENAJE A ÁNGEL LÓPEZ GARCÍA

HOMENAJE A ÁNGEL LÓPEZ GARCÍA

La Universitat rinde homenaje a Ángel López García,

catedrático de Lingüística General

· Definió la teoría de la “gramática liminar”, que revolucionó los estudios sobre el lenguaje en los años 80

La Universitat de València rendirá homenaje el próximo 16 de diciembre a Ángel López García, catedrático de Lingüística General, con motivo de su 60 cumpleaños. López García lleva más de 30 años dedicado a la docencia en la Universitat y, desde Valencia, ha desarrollado una intensa labor intelectual que le han convertido en uno de los referentes europeos en los estudios sobre el lenguaje. Su formulación de la teoría de la Gramática Liminar, en la que establece las relaciones entre la lengua y la conciencia lingüística a partir de un desarrollo matemático, revolucionó los estudios sobre lingüística en los años 80 y abrió diversas líneas de investigación en numerosas universidades internacionales.

Desde la publicación de Para una gramática liminar (1980), López García ha profundizado en su estudio del lenguaje, creando un importante colectivo en la Universitat (conocido como la Escuela de Valencia), e impartiendo clases y seminarios en las universidades de Virginia y Minnesota (EE.UU.), Mainz (Alemania) y Aarhus (Dinamarca), entre otras. Sus investigaciones recientes se han orientado hacia el estudio del lenguaje desde una perspectiva bioquímica: en su obra Fundamentos genéticos del lenguaje (2002), establece un paralelismo entre las leyes del código genético y las del código lingüístico.

López García también se ha destacado, a lo largo de los años, como un intelectual preocupado por los conflictos lingüísticos en España y la cultura hispánica. A este asunto ha dedicado dos de sus libros más conocidos, El rumor de los desarraigados (1985, XIII Premio Anagrama de Ensayo) y El sueño hispano ante la encrucijada del racismo contemporáneo (1991, VIII Premio Constitución). En sus obras, López García apuesta por la tolerancia lingüística y el respeto entre las culturas como paso ineludible en la modernización de España.

El acto de homenaje se llevará a cabo el 16 de diciembre a las 12 h. en el Salón de Grados de la Facultat de Filologia y está organizado por quienes han sido discípulos de López García a lo largo de los años, entre los que se incluyen catedráticos, profesores y antiguos alumnos. En el acto de homenaje se presentarán dos volúmenes con contribuciones científicas en las que han colaborado un centenar de prestigiosos lingüistas de todo el mundo.

 

Más información:

Ricardo Morant

ricardo.morant@uv.es

*Gracias a algunos amigos comunes, como Ramón Acín o Rosendo Tello o Sergio Gaspar, he conocido en los últimos tiempos a Ángel López García. Hemos coincidido en Benasque en un par de ocasiones y, recientemente con Teresa Garbí y Carmen Gascón, Vicente Almazán y Rosa, estuvimos en Rubielos de Mora. Vicente Almazán, uno de mis fotógrafos favoritos, el hombre insomne que todo lo ve, le tomó este retrato en el pueblo turolense que vio nacer a Salvador Victoria y afirmar su trabajo a José Gonzalvo. Este texto me lo ha remitido Ricardo Morant y su hijo Guillermo López.

CANITO: UN DIÁLOGO, UNA VIDA

CANITO: UN DIÁLOGO, UNA VIDA

"HE AMADO MUCHO. LA GIMNASIA MEJOR ES LA DE LA CAMA"

El reportero, de 96 años, repasa su vida de púgil, químico y fotógrafo taurino

"Gonzalo Guerra me acogió y ocultó en Madrid, me salvó la vida y me enseñó fotografía"

"Las mejores fotos siempre son las que se escapan. Huyen para que las sueñes luego"

"Toreé en Alicante ante los comunistas y en Orihuela para los anarquistas de la FAI"

 

Francisco Cano, 'Canito', (Alicante, 1912) es el testigo más antiguo de los toros. Es como el oráculo de la fiesta: lo ha visto casi todo y ha estado en todas partes. La fama se la debe a un hecho inolvidable, coronado por la leyenda y el drama: la muerte de Manolete en Linares el 28 de agosto de 1947, Cano captó casi 200 fotos de la cogida mortal del hombre que todos idolatraban y que vivía una intensa historia de amor con Lupe Sino, estorbada por la terquedad de doña Angustias, la madre del matador. El respeto que genera se lo debe a que lleva desde 1943, es decir, 66 años ininterrumpidos, tomando fotos, de plaza en plaza, buscando el escorzo ideal, el volatín airoso, el movimiento con el que se dibuja una verónica armoniosa. Puesto a acumular cifras, Cano podría decir: "He hecho más de 60 veces los sanfermines, he cazado con Gary Cooper, Ernest Hemingway y con Orson Welles. Me he emborrachado varias veces con Ava Gardner, la mujer más hermosa que he visto nunca. He vendido una foto de Manolete por 300 euros y José Tomás me dijo que era la mejor foto que había visto nunca de los toros".

Su vida parece una novela…

Algo de ello habrá, sí.

Por ejemplo, usted empezó de boxeador, ¿no?

No exactamente, pero estuve a punto de debutar. Todo empezó por una pelea. Un día iba con un amigo mío, muy alto, y de repente me vi metido en una gresca con un tipo muy grande. Estábamos en el interior de un portal. Mi amigo me dejó solo y el otro me dio una buena paliza; si yo le daba una leche, él me daba veintiuna.

¿Qué pasó luego?

Un día iba por la calle de mi ciudad, Alicante, con un amigo y vi al joven que me había dado una paliza. Le pregunté a mi compañero si lo conocía. Me dijo: "¿No me digas que no lo conoces? Es un famoso campeón de boxeo". Me quedé de piedra. Y decidí irme al boxing, al gimnasio, donde él se entrenaba. Entré, vi al encargado y le dije que quería cruzarme guantes con él. El hombre me preguntó si había boxeado alguna vez. Le contestó que no, y me dijo si me había vuelto loco. Le dije que quería hacer boxeo. Al cabo de quince días o así, empecé a entrenarme con él. Peleaba muy bien y era hasta amable conmigo. Cuando se confiaba, yo le soltaba un buen golpe, un duro golpe que le hacía daño. Mucho daño. Recuerdo que me miraba con sorpresa y me advertía. Casi siempre se contenía. Un día le dije: "¿No sabes quién soy?"

O sea, que se estaba vengando, así como quien no quiere la cosa, de aquella paliza en el portal.

Sí. Le di más de doscientos golpes poco a poco, a lo largo de los días. Doscientos golpes contundentes. Yo creo que serían doscientos. Él me dijo que no me había visto antes, y yo le pregunté si recordaba él día que le había dado una paliza a un chaval menudo en el portal. "Ah, cabrón, cabrón, eras tú". Se enfadó mucho, quizá me soltase algún mamporro. Al poco tiempo nos hicimos grandes amigos y me enseñó a pelear. ¿Sabe una cosa?

Diga, Cano…

Yo creo que todo el mundo debería saber boxear y defenderse. Yo tengo ahora un nieto y quiero que aprenda. Solo me he peleado de veras dos veces en la vida, y gracias a lo que había aprendido en el gimnasio me deshice de dos tipos que me sacaban una cabeza.

Sospecho, por lo que dice, que no se dedicó al pugilismo…

Espere, espere. Yo tenía el sueño de convertirme en boxeador. Le dije a mi padre, que era el responsable de un balneario, que me marchaba a Barcelona. Un poco cabreado, me dijo: "Si te vas a Barcelona no vuelvas aquí si no es con el título de campeón nacional de boxeo". Hablaba en serio.

¿Y usted se rajó?

Me dio miedo. Yo era poquita cosa. No llegué a debutar.

Dejó el boxeo. ¿Cuándo aparecieron los toros en su vida?

De inmediato. A mí padre le gustaba mucho el toreo y había lidiado un poco. Ya le dije que era el encargado de un balneario que lindaba con el mar. Un día, un novillo se escapó y se metió en el mar. Literalmente. Como se lo digo. Y yo me metí en el agua y logré sacar al animal. Lo saqué y lo toreé en una especie de explanada con un mantel que había en el balneario. Vinieron cinco o seis mozos para llevárselo en un camión, y en cuanto me vieron empezaron a animarme: "Sigue, torero, sigue", hasta que lo cogieron, lo subieron al camión, y supongo que lo matarían. Pero ahí empezó algo especial…

¿Descubrió el toreo, no?

Exactamente. Luego hubo otros muchos lances. Como novillero llegué a participar en 39 corridas. Y fue Marcial Lalanda quien me dio mi carné profesional de torero.

¿Torero o novillero?

Un momento: un novillero es un torero. Solo cambia la edad y el peso del animal, pero hay que lidiarlo. A mí cualquier persona que se pone delante de un toro me merece mucho respeto. Se juega la vida. Cuando llegó la Guerra Civil, yo ya tenía algo de fama y hube de torear en Alicante por los soldados del Frente Popular, en concreto para los comunistas, y para los anarquistas de la FAI en Orihuela, pero no llegué a tomar la alternativa. Me perjudicó el parón del conflicto.

¿Qué sucedió luego?

Algo que fue muy determinante. Los comunistas me metieron en un convoy para Madrid, estaba malherido, el toro me había partido el escroto, y logré escaparme para no ir al frente. Después de eso me refugié tres años en la calle Ventura de la Vega, 21, en Madrid. Me acogió y ocultó en su casa el químico Gonzalo Guerra Banderas. Fue muy generoso conmigo. Me salvó la vida porque ya le digo que yo llegué herido a Madrid. Me enseñó de todo: aprendí a hacer perfumes y jabones. Fueron tres años maravillosos. Decidí que no iba a ser torero.

¿Cómo se hizo fotógrafo?

Por puro azar y gracias a él. Le gustaban mucho las fotos y ya realizaba instantáneas en color. Yo no sabía nada de fotografía. Sin embargo, llegamos a construir una máquina entre los dos con algunos materiales que encontramos en el rastro. La rediseñamos, la soldamos, le pusimos un objetivo y, ¡hala!, vamos a hacer fotos. Fue él también quien me enseñó a trabajar en el laboratorio. El primer reportaje que hice fue a un torero peruano, Alejandro Montani, 'el Sol del Perú'. Le hice unas veinticinco docenas de tomas.

¿Qué tal la experiencia?

Estupenda. Eso debió ser en 1943, más o menos. Me pasaba algo muy curioso: en primer lugar había sido torero de 39 corridas y mucha gente me conocía. Además, y eso me benefició mucho, conocía el secreto de los lances, sabía cómo iba a ponerse el torero, cómo iba a entrar a matar. Sabía cuándo era el momento más importante de una corrida para disparar y eso me benefició mucho. No es por chulearme, pero pronto me hice el amo. Después de esa primera cámara, compré una Kodak Brownie por 21 pesetas, luego tuve mi primera Leica, una cámara maravillosa, y a partir de ahí todo fue coser y cantar.

¿Ha sido tan mujeriego y seductor como dicen?

Bueno, no tanto. Me casé varias veces: mi primera mujer se murió joven y me dejó cuatro hijos; luego una valenciana me dio dos hijos más. No todo fue fácil.

¿Por qué lo dice?

Porque hubo un momento que la Falange quiso quitarme el carné. Uno al que yo había ayudado mucho me denunció diciendo que yo no era profesional. Y durante una corrida vino alguien, falangista, sin duda, a quitarme la máquina. Les dije: "Me tienen que matar antes". Tuve que ir al sindicato y allí estaba, al frente, Camilo José Cela, que se portó muy mal conmigo. Fue realmente maleducado. ¡Que Dios lo tenga allá lejos! Al final todo se arregló.

¿Cómo vivía la fiesta?

Bien. Me sentía a mi aire. Feliz. Frecuentaba la casa de los Bienvenida, de los Dominguín, de los Ordóñez. Si digo que crecí y que aprendí mucho con ellos no miento. Estuve muchas horas en su compañía. En realidad, por eso fui a Linares.

¿Por qué fue?

Porque iba mucho con los Dominguín, boxeé alguna vez con Domingo Dominguín. Y pasé por su casa para cobrarle unas fotos a Luis Miguel Dominguín. Me dio largas y largas, y de repente me dijo que lo acompañase a una corrida importante a Linares. Que le hiciera un reportaje, allí me lo pagaría todo. Y eso hice. Luego pasó lo que pasó: murió Manolete, y yo estaba allí con mi cámara y muy cerca de él.

Usted habla de otros amigos: Gary Cooper, Ernest Hemingway, Orson Welles, Ava Gardner...

Los conocí a todos, y fui de caza con ellos varias veces. Eran simpáticos, muy simpáticos. Orson Welles, además, era un tipo genial, se veía que era muy inteligente y que tenía una gran personalidad. ¡Qué le voy a decir de Ava Gardner! Era maravillosa, la mujer más bella del mundo. Como una diosa. Nunca he visto nada igual. Nos emborrachamos a menudo y también venía de cacería. Como era así, desprendida, también me besaba, pero nada más.

¿Cuáles son sus mejores fotos?

Las que se escapan siempre son las mejores. No tengo duda. Es como si huyesen para que las soñaras luego.

¿Cuál es el secreto de su longevidad? ¿Lo sabe, lo sospecha?

No lo sé. Hay un médico, que es muy amigo mío, que siempre me dice lo mismo: "El secreto de Cano es que ha follado mucho y que ha comido poco". Y es cierto, sí. He amado mucho, he hecho mucho el amor, he gozado mucho, muchísimo. La mejor gimnasia que existe es la de la cama.

LA GOTA DE SANGRE DEL TORERO DE MÁS AIRE

La esposa de Francisco Cano, 'Canito', lo reclama una y otra vez. Están a punto de sortearse los toros para la corrida del pasado viernes en la Misericordia. Y ella, probablemente, habrá oído y leído una y mil veces la historia de la cogida de Manolete. Ese reportaje que guardó celosamente y que empezó a mostrar a principios de los años 70. Se exhibió en Zaragoza, en una muestra organizada por la Diputación de Zaragoza, y durante muchos años fue uno de los tesoros del Museo Taurino de Enrique Asín -su gran amigo y su gran anfitrión en muchas tardes de fiesta-, en Blas y Ubide 12+1.

Como si fuera un showman, Cano coge la grabadora y le habla: le cuenta que en Linares, en agosto de 1947, toreaban Manolete, Gitanillo de Triana y Dominguín. Dice: "Manolete andaba preocupado, parecía tener la cabeza en otro sitio. Su madre no aceptaba a su amante Lupe Sino y eso le desconcertaba. No era un buen día para él. Entró a matar a la suerte contraria y el toro le empitonó el muslo con rabia. Al abrir las piernas empezó a sangrar en abundancia. Era impresionante".

Cano tiró muchas fotos, intuyó lo que ni siquiera se atrevía a pensar, intuyó la tragedia, y colaboró en la enfermería. Cuando lo dejaron sobre la cama, se cayó al suelo porque no estaba bien puesta. Le hicieron dos transfusiones, pero no sirvió de nada. "Poco después se moría el torero que más me ha gustado nunca. Aún le hice más fotos, tumbado, con y sin pañuelo. Comprobé que la sangre había traspasado el colchón y caía gota a gota. Era mi ídolo y creo que nunca he visto un diestro que lo superase". Poco después, Lupe Sino lo llamó y le dijo que quería comprarle las fotos. No se las vendió. En Madrid todo el mundo lo esperaba. Aquel reportaje iba a ser el estandarte de su fama y un recuerdo imborrable. Cano suele decir que lloró como un niño la muerte de Manolete.

 

*Esta entrevista se hizo durante las fiestas del Pilar se publicó el pasado mes de octubre. Ahora Francisco Cano acaba de publicar una selección de sus mejores fotos y una suerte de memorias. La vuelvo a colgar porque no se podía leer.

CANITO: UNA ENTREVISTA, UNA VIDA

CANITO: UNA ENTREVISTA, UNA VIDA

"HE AMADO MUCHO. LA GIMNASIA MEJOR ES LA DE LA CAMA"

El reportero, de 96 años, repasa su vida de púgil, químico y fotógrafo taurino

"Gonzalo Guerra me acogió y ocultó en Madrid, me salvó la vida y me enseñó fotografía"

"Las mejores fotos siempre son las que se escapan. Huyen para que las sueñes luego"

"Toreé en Alicante ante los comunistas y en Orihuela para los anarquistas de la FAI"

 

Francisco Cano, 'Canito', (Alicante, 1912) es el testigo más antiguo de los toros. Es como el oráculo de la fiesta: lo ha visto casi todo y ha estado en todas partes. La fama se la debe a un hecho inolvidable, coronado por la leyenda y el drama: la muerte de Manolete en Linares el 28 de agosto de 1947, Cano captó casi 200 fotos de la cogida mortal del hombre que todos idolatraban y que vivía una intensa historia de amor con Lupe Sino, estorbada por la terquedad de doña Angustias, la madre del matador. El respeto que genera se lo debe a que lleva desde 1943, es decir, 66 años ininterrumpidos, tomando fotos, de plaza en plaza, buscando el escorzo ideal, el volatín airoso, el movimiento con el que se dibuja una verónica armoniosa. Puesto a acumular cifras, Cano podría decir: "He hecho más de 60 veces los sanfermines, he cazado con Gary Cooper, Ernest Hemingway y con Orson Welles. Me he emborrachado varias veces con Ava Gardner, la mujer más hermosa que he visto nunca. He vendido una foto de Manolete por 300 euros y José Tomás me dijo que era la mejor foto que había visto nunca de los toros".

Su vida parece una novela…

Algo de ello habrá, sí.

Por ejemplo, usted empezó de boxeador, ¿no?

No exactamente, pero estuve a punto de debutar. Todo empezó por una pelea. Un día iba con un amigo mío, muy alto, y de repente me vi metido en una gresca con un tipo muy grande. Estábamos en el interior de un portal. Mi amigo me dejó solo y el otro me dio una buena paliza; si yo le daba una leche, él me daba veintiuna.

¿Qué pasó luego?

Un día iba por la calle de mi ciudad, Alicante, con un amigo y vi al joven que me había dado una paliza. Le pregunté a mi compañero si lo conocía. Me dijo: "¿No me digas que no lo conoces? Es un famoso campeón de boxeo". Me quedé de piedra. Y decidí irme al boxing, al gimnasio, donde él se entrenaba. Entré, vi al encargado y le dije que quería cruzarme guantes con él. El hombre me preguntó si había boxeado alguna vez. Le contestó que no, y me dijo si me había vuelto loco. Le dije que quería hacer boxeo. Al cabo de quince días o así, empecé a entrenarme con él. Peleaba muy bien y era hasta amable conmigo. Cuando se confiaba, yo le soltaba un buen golpe, un duro golpe que le hacía daño. Mucho daño. Recuerdo que me miraba con sorpresa y me advertía. Casi siempre se contenía. Un día le dije: "¿No sabes quién soy?"

O sea, que se estaba vengando, así como quien no quiere la cosa, de aquella paliza en el portal.

Sí. Le di más de doscientos golpes poco a poco, a lo largo de los días. Doscientos golpes contundentes. Yo creo que serían doscientos. Él me dijo que no me había visto antes, y yo le pregunté si recordaba él día que le había dado una paliza a un chaval menudo en el portal. "Ah, cabrón, cabrón, eras tú". Se enfadó mucho, quizá me soltase algún mamporro. Al poco tiempo nos hicimos grandes amigos y me enseñó a pelear. ¿Sabe una cosa?

Diga, Cano…

Yo creo que todo el mundo debería saber boxear y defenderse. Yo tengo ahora un nieto y quiero que aprenda. Solo me he peleado de veras dos veces en la vida, y gracias a lo que había aprendido en el gimnasio me deshice de dos tipos que me sacaban una cabeza.

Sospecho, por lo que dice, que no se dedicó al pugilismo…

Espere, espere. Yo tenía el sueño de convertirme en boxeador. Le dije a mi padre, que era el responsable de un balneario, que me marchaba a Barcelona. Un poco cabreado, me dijo: "Si te vas a Barcelona no vuelvas aquí si no es con el título de campeón nacional de boxeo". Hablaba en serio.

¿Y usted se rajó?

Me dio miedo. Yo era poquita cosa. No llegué a debutar.

Dejó el boxeo. ¿Cuándo aparecieron los toros en su vida?

De inmediato. A mí padre le gustaba mucho el toreo y había lidiado un poco. Ya le dije que era el encargado de un balneario que lindaba con el mar. Un día, un novillo se escapó y se metió en el mar. Literalmente. Como se lo digo. Y yo me metí en el agua y logré sacar al animal. Lo saqué y lo toreé en una especie de explanada con un mantel que había en el balneario. Vinieron cinco o seis mozos para llevárselo en un camión, y en cuanto me vieron empezaron a animarme: "Sigue, torero, sigue", hasta que lo cogieron, lo subieron al camión, y supongo que lo matarían. Pero ahí empezó algo especial…

¿Descubrió el toreo, no?

Exactamente. Luego hubo otros muchos lances. Como novillero llegué a participar en 39 corridas. Y fue Marcial Lalanda quien me dio mi carné profesional de torero.

¿Torero o novillero?

Un momento: un novillero es un torero. Solo cambia la edad y el peso del animal, pero hay que lidiarlo. A mí cualquier persona que se pone delante de un toro me merece mucho respeto. Se juega la vida. Cuando llegó la Guerra Civil, yo ya tenía algo de fama y hube de torear en Alicante por los soldados del Frente Popular, en concreto para los comunistas, y para los anarquistas de la FAI en Orihuela, pero no llegué a tomar la alternativa. Me perjudicó el parón del conflicto.

¿Qué sucedió luego?

Algo que fue muy determinante. Los comunistas me metieron en un convoy para Madrid, estaba malherido, el toro me había partido el escroto, y logré escaparme para no ir al frente. Después de eso me refugié tres años en la calle Ventura de la Vega, 21, en Madrid. Me acogió y ocultó en su casa el químico Gonzalo Guerra Banderas. Fue muy generoso conmigo. Me salvó la vida porque ya le digo que yo llegué herido a Madrid. Me enseñó de todo: aprendí a hacer perfumes y jabones. Fueron tres años maravillosos. Decidí que no iba a ser torero.

¿Cómo se hizo fotógrafo?

Por puro azar y gracias a él. Le gustaban mucho las fotos y ya realizaba instantáneas en color. Yo no sabía nada de fotografía. Sin embargo, llegamos a construir una máquina entre los dos con algunos materiales que encontramos en el rastro. La rediseñamos, la soldamos, le pusimos un objetivo y, ¡hala!, vamos a hacer fotos. Fue él también quien me enseñó a trabajar en el laboratorio. El primer reportaje que hice fue a un torero peruano, Alejandro Montani, 'el Sol del Perú'. Le hice unas veinticinco docenas de tomas.

¿Qué tal la experiencia?

Estupenda. Eso debió ser en 1943, más o menos. Me pasaba algo muy curioso: en primer lugar había sido torero de 39 corridas y mucha gente me conocía. Además, y eso me benefició mucho, conocía el secreto de los lances, sabía cómo iba a ponerse el torero, cómo iba a entrar a matar. Sabía cuándo era el momento más importante de una corrida para disparar y eso me benefició mucho. No es por chulearme, pero pronto me hice el amo. Después de esa primera cámara, compré una Kodak Brownie por 21 pesetas, luego tuve mi primera Leica, una cámara maravillosa, y a partir de ahí todo fue coser y cantar.

¿Ha sido tan mujeriego y seductor como dicen?

Bueno, no tanto. Me casé varias veces: mi primera mujer se murió joven y me dejó cuatro hijos; luego una valenciana me dio dos hijos más. No todo fue fácil.

¿Por qué lo dice?

Porque hubo un momento que la Falange quiso quitarme el carné. Uno al que yo había ayudado mucho me denunció diciendo que yo no era profesional. Y durante una corrida vino alguien, falangista, sin duda, a quitarme la máquina. Les dije: "Me tienen que matar antes". Tuve que ir al sindicato y allí estaba, al frente, Camilo José Cela, que se portó muy mal conmigo. Fue realmente maleducado. ¡Que Dios lo tenga allá lejos! Al final todo se arregló.

¿Cómo vivía la fiesta?

Bien. Me sentía a mi aire. Feliz. Frecuentaba la casa de los Bienvenida, de los Dominguín, de los Ordóñez. Si digo que crecí y que aprendí mucho con ellos no miento. Estuve muchas horas en su compañía. En realidad, por eso fui a Linares.

¿Por qué fue?

Porque iba mucho con los Dominguín, boxeé alguna vez con Domingo Dominguín. Y pasé por su casa para cobrarle unas fotos a Luis Miguel Dominguín. Me dio largas y largas, y de repente me dijo que lo acompañase a una corrida importante a Linares. Que le hiciera un reportaje, allí me lo pagaría todo. Y eso hice. Luego pasó lo que pasó: murió Manolete, y yo estaba allí con mi cámara y muy cerca de él.

Usted habla de otros amigos: Gary Cooper, Ernest Hemingway, Orson Welles, Ava Gardner...

Los conocí a todos, y fui de caza con ellos varias veces. Eran simpáticos, muy simpáticos. Orson Welles, además, era un tipo genial, se veía que era muy inteligente y que tenía una gran personalidad. ¡Qué le voy a decir de Ava Gardner! Era maravillosa, la mujer más bella del mundo. Como una diosa. Nunca he visto nada igual. Nos emborrachamos a menudo y también venía de cacería. Como era así, desprendida, también me besaba, pero nada más.

¿Cuáles son sus mejores fotos?

Las que se escapan siempre son las mejores. No tengo duda. Es como si huyesen para que las soñaras luego.

¿Cuál es el secreto de su longevidad? ¿Lo sabe, lo sospecha?

No lo sé. Hay un médico, que es muy amigo mío, que siempre me dice lo mismo: "El secreto de Cano es que ha follado mucho y que ha comido poco". Y es cierto, sí. He amado mucho, he hecho mucho el amor, he gozado mucho, muchísimo. La mejor gimnasia que existe es la de la cama.

LA GOTA DE SANGRE DEL TORERO DE MÁS AIRE

La esposa de Francisco Cano, 'Canito', lo reclama una y otra vez. Están a punto de sortearse los toros para la corrida del pasado viernes en la Misericordia. Y ella, probablemente, habrá oído y leído una y mil veces la historia de la cogida de Manolete. Ese reportaje que guardó celosamente y que empezó a mostrar a principios de los años 70. Se exhibió en Zaragoza, en una muestra organizada por la Diputación de Zaragoza, y durante muchos años fue uno de los tesoros del Museo Taurino de Enrique Asín -su gran amigo y su gran anfitrión en muchas tardes de fiesta-, en Blas y Ubide 12+1.

Como si fuera un showman, Cano coge la grabadora y le habla: le cuenta que en Linares, en agosto de 1947, toreaban Manolete, Gitanillo de Triana y Dominguín. Dice: "Manolete andaba preocupado, parecía tener la cabeza en otro sitio. Su madre no aceptaba a su amante Lupe Sino y eso le desconcertaba. No era un buen día para él. Entró a matar a la suerte contraria y el toro le empitonó el muslo con rabia. Al abrir las piernas empezó a sangrar en abundancia. Era impresionante".

Cano tiró muchas fotos, intuyó lo que ni siquiera se atrevía a pensar, intuyó la tragedia, y colaboró en la enfermería. Cuando lo dejaron sobre la cama, se cayó al suelo porque no estaba bien puesta. Le hicieron dos transfusiones, pero no sirvió de nada. "Poco después se moría el torero que más me ha gustado nunca. Aún le hice más fotos, tumbado, con y sin pañuelo. Comprobé que la sangre había traspasado el colchón y caía gota a gota. Era mi ídolo y creo que nunca he visto un diestro que lo superase". Poco después, Lupe Sino lo llamó y le dijo que quería comprarle las fotos. No se las vendió. En Madrid todo el mundo lo esperaba. Aquel reportaje iba a ser el estandarte de su fama y un recuerdo imborrable. Cano suele decir que lloró como un niño la muerte de Manolete.

 

*Esta entrevista se hizo durante las fiestas del Pilar se publicó el pasado mes de octubre. Ahora Francisco Cano acaba de publicar una selección de sus mejores fotos y una suerte de memorias.

 

TERESA GARBÍ: LEONARDO Y CREACIÓN

TERESA GARBÍ: LEONARDO Y CREACIÓN

Teresa Garbi, profesora zaragozana afincada en Valencia, es ensayista, narradora en breve y en largo. Y una apasionada del teatro. Hace algunos meses publicaba en el sello DVD, que dirige el poeta Sergio Gaspar, su novela ‘Leonardo Da Vinci: Obstinado rigor’. Así me ha explicado Teresa su trayectoria y las claves de su libro. La foto es de mi admirado Vicente Almazán, gran amigo de Teresa y de su marido Ángel López García, a quien están a punto de rendirle un homenaje por el conjunto de su trayectoria.

 

-¿Cómo y cuándo nació la fascinación por Leonardo da Vinci?

Siempre me había impresionado la figura de Leonardo --¿a quién no?--, pero desde que trabajé en Arte Dramático y empecé a manejar más bibliografía para mis clases comprobé que, a pesar de que se conservan tantos escritos suyos, y a pesar de lo que se había escrito sobre él, seguía siendo un personaje enigmático. Poco sabemos sobre su personalidad o sus emociones porque Leonardo parece tener vocación de sombra. Ni siquiera tenemos un retrato suyo fiable. Por todo esto y por algunas frases que aparecen en sus escritos, que yo utilizo para encabezar los capítulos de mi libro, me sentí interesada en una búsqueda profunda en torno a su personalidad.

 
-¿Cuándo se te impuso el personaje como tema?

 Después de indagar durante varios años, manejar bibliografía, visitar los lugares que él visitó, pasear los museos en donde están sus obras, me encontré con una especie de borrón del que había que entresacar las líneas esenciales que dieran forma a una sombra de Leonardo. A él le gustaba partir de ahí: de un magma de líneas de las que entresacaba un boceto. Era esto, el boceto, lo que más le interesaba, porque concebía la pintura como un poema, algo inacabado.


-¿Qué tipo de libro quisiste escribir?

No tenía una idea preconcebida. Quería acercarme a la sombra de Leonardo con respeto, con rigor. Me interesaba cómo pudo ser en medio de tanto trabajo, en medio de una vida complicada y solitaria, en la que parece imposible hacer tantas cosas como él hizo. Me interesaba, también, cómo podía ser esa persona que escribía: “Por qué sufres tanto Leonardo”, “Dime si algo se ha cumplido”, “Creía estar aprendiendo a vivir y lo que realmente hacía era aprender a morir”, “El tiempo es el ser de la nada”, “Cuanto mayor es la sensibilidad, mayor es el tormento, un tormento terrible”, que delatan a una persona compleja, llena de contradicciones, generosa y buena, solitaria, distante, hipersensible…

Por todo esto no tenía una idea de lo que iba a escribir, sabía lo que intentaba buscar: la personalidad profunda de Leonardo y lo que le llevó a afrontar sus obras tal y como él lo hizo, con una originalidad tan radical. Elegí su faceta de pintor, consciente de que trabajó en ámbitos muy diversos: arquitectura, escultura, anatomía, ingeniería militar, hidráulica, matemático, organizador de espectáculos teatrales, inventor, además de otros intereses: jinete, alpinista, músico…

 

-El libro es de un género fronterizo: es una novela, sin duda, pero también tiene algo de biografía novelada, de libro de estética artística y de viaje.

Estoy totalmente de acuerdo. Sigo un hilo argumental que pretende ahondar en los momentos que considero decisivos en la vida de Leonardo: infancia, formación con Verrocchio, estancia en Milán, con César Borgia, encuentro con Mona Lisa, estancia en Roma y enfermedad, viaje a Francia. Pero en cada momento insisto en sus ideas estéticas, en su trabajo como pintor, en sus fracasos. En cuanto a los viajes, es cierto, tienen importancia, pero es que la vida de Leonardo, por necesidad, fue itinerante, aunque afronto esa itinerancia desde un punto de vista interior.

 
-¿Cómo se concreta ese viaje interior?

Me interesa responder a una serie de preguntas: ¿Por qué se fue de Florencia?; ¿qué pensaba Leonardo cuando tuvo que abandonar Milán?; ¿por qué abandona a César Borgia?; ¿qué sintió en Roma?; ¿cómo se sentía al viajar a Francia, sabiendo que sería su último viaje? Para responder a esas preguntas me baso en sus obras, en sus ideas sobre lo que debía ser un artista y en sus reflexiones personales.

 

-¿Cuáles serían para ti esos dos o tres momentos, vivenciaS o anécdotas, que definen al personaje? El aprendizaje con Verrocchio, la elaboración de Mona Lisa…

El aprendizaje con Verrocchio me parece fundamental. Leonardo tuvo la suerte de tener un maestro como Andrea Verrocchio, que lo alentó a la dispersión, que le infundió su gran humanidad y también su capacidad de trabajo, su espíritu libre. En el encuentro con Mona Lisa intento expresar algo que se observa en la obra de Leonardo: la fusión de lo masculino y lo femenino en un ideal andrógino.

 
 -¿En qué consiste la modernidad de Da Vinci?

Sólo hay que ver el refectorio de Santa Mª delle Grazie para comprobar cómo tuvieron que sorprender sus obras. Enfrente hay un mural de Giovanni Donato, pintado al mismo tiempo que la Cena y parece mucho más antiguo. Cada obra de Leonardo es sorprendente, pensemos en el boceto de la Adoración, por ejemplo. Pero creo que lo que le hace ser moderno actualmente es su concepción del artista como alguien independiente, que no tiene que terminar sus obras siquiera, porque lo importante para él debe ser la investigación, el proceso. “La pintura es la poesía que se ve”, “Mira la luz y considera su belleza”, dice. Si a eso añadimos que cuando afrontaba una obra nueva hacía una labor de investigación que lo conducía a elaborar verdaderos tratados y que además intentaba desarrollar sus obras pictóricas o escultóricas con procedimientos nuevos para cada ocasión, nos quedamos verdaderamente anonadados ante su respeto --obstinado rigor--, por la labor artística.

 
-Hablemos de estilo, de relación con la lengua, de textura poética. ¿Cómo te planteas la escritura, la caligrafía del texto?

 Leonardo era un poeta, entre muchas otras cosas. No hay más que leer sus ideas sobre el aire azul o sus descripciones de tormentas. Por eso mi aproximación debía ser en un estilo semejante. Digamos que he caminado excavando, a veces, en el agua, en la naturaleza o buscando su sombra en los muros vacíos, en las ruinas, o en el curso de las nubes que es, al fin y al cabo, adonde él iba extraer sus dibujos 


-¿Cómo ves, cómo sientes Aragón desde lejos?

No estoy lejos. La siento cerca, porque vamos a Benasque o a Montanejos, al lado de Rubielos. Pero comprendo que la visión que tengo ahora es privilegiada porque puedo distanciarme, sentirme también mediterránea que es, al fin y al cabo lo que sentirían los que vivieron el esplendor de la Corona de Aragón en otros tiempos. En Valencia hay mucho afecto por todo lo aragonés y eso es muy agradable.

 

-¿Cuál es tu mejor o tu más obsesivo recuerdo de Zaragoza?

Me gustaba pasear de adolescente, ver iglesias, recorrer la ciudad, pisar las hojas secas en otoño en el parque. Me gustaba saborear el colorido de los días mirando desde las ventanas del colegio Politécnico o del Instituto Miguel Servet, en donde estudié. Pero recuerdo, sobre todo, el campo en la torre de mis abuelos, en Miralbueno y el Moncayo, en Tarazona, en donde pasé tantos veranos.

MARÍN BOSQUED Y OTROS...

MARÍN BOSQUED Y OTROS...

Queridos amigos:


El martes 15 a las 20h. se inaugura en el Cuarto Espacio de DPZ (la  salita del antiguo Gambrinus en Plaza de España) la exposición itinerante (previamente ha estado en Aguarón y luego irá a Alagón) "Dos pintores aragoneses del exilio: Los legados artísticos y 
museísticos de Marín Bosqued y Marín de l'Hotellerie". A diferencia de lo que ocurre cuando se trata de artistas vivos locales, que traen a tantos familiares y amigos que el espacio se queda pequeño, temo quesla sala esté más bien desierta, así que yo os quedaría muy agradecido a quienes pudierais hacer el favor de venir al acto, donde será un placer saludarnos en persona con una copa o un canapé en la mano.

Aprovecho para enviaros un abrazo con los mejores deseos para estas fiestas y el año nuevo.


Jesús Pedro Lorente

*Este retrato de mujer pertenece a Luis Marín Bosqued.

 

 

 

UNA CITA EN 'BORRADORES'

UNA CITA EN 'BORRADORES'

MANUEL RIVAS, ANTONIO RESINES, LOQUILLO,

FERNANDO MALO Y JUAN DOMÍNGUEZ LASIERRA,

GARY GELD AND THE DEA MONEGROS,

 INVITADOS DE 'BORRADORES'

 

Borradores recibe este domingo al grupo Gary Geld and The Dead Monegros, una banda de rock y folk country, que acaba de publicar su primer disco. Sus dos líderes, Yann Leto (Gary Geld) y Cecilia de Val (Mary Brown) explican los orígenes y la estética del grupo, que hunde sus raíces en Arizona y en músicos como Johnny Cash.

 

El otro invitado al plató es el periodista y escritor Juan Domínguez Lasierra, que acaba de publicar ‘Aragón legendario’ (Delsán), un libro, ilustrado por Natalio Bayo, en el que ha trabajado 25 años y que resume, a lo de casi 500 páginas, los mitos, leyendas y sueños más o menos fantásticos de Aragón. Juan Domínguez ha permanecido más de 35 años en ‘Heraldo’, donde ha sido jefe de cultura y redactor jefe de opinión, y recuerda sus años en el diario, tras su reciente jubilación y evoca a su compañera, durante muchos años, la escritora Ana María Navales.

 

Borradores ofrece entrevistas-reportajes con Manuel Rivas, Antonio Resines, Fernando Malo y Loquillo.

El escritor gallego Manuel Rivas, desde la Aljafería, explica sus raíces literarias y aborda el grueso de su producción poética y narrativa. Habla de “la boca de la literatura”, y la vincula a un tío que se dedicaba al comercio de las especias, a su madre lechera, al misterio de una escalera desde la que oía, a hurtadillas, cuentos terribles, y glosa luego sus libros sobre la Guerra Civil, tanto ‘El lápiz del carpintero’ como ‘Los libros arden mal’, y recita un poema en gallego.

Antonio Resines viaja por su trayectoria y analiza su trabajo en la película ‘Celda 211’ de Daniel Monzón, donde encarna al violento policía Utrera. Resines habla del espíritu de esta película carcelaria, de la interpretación, de la reflexión sobre la amistad y el poder que propone, etc. Y se confiesa “satisfecho con mi carrera de actor”. El ceramista Fernando Malo expone en el Centro de Artesanía, del Matadero, una sugerente propuesta que gira en torno a la idea de ‘El alfar mudéjar del siglo XXI’. Malo es, además de un prestigioso ceramista creativo, un especialista en trabajos de restauración de patrimonio y ha trabajado en espacios tan significativos y simbólicos como La Seo, La Aljafería o La Magdalena.

 

Loquillo acaba de publicar una ‘caja’ con 100 canciones que resumen sus treinta años de rock and roll y de canción de autor. Loquillo habla del influjo de su padre, de la memoria del barrio, de su línea de trabajo, de la importancia que ha tenido en su trayectoria el compositor aragonés Gabriel Sopeña y de la complicidad que mantiene con Enrique Bunbury, entre otros asuntos.

 

Borradores se completa con un reportaje sobre la colección de plaquettes poéticas ‘Resurrección’, que coordina Octavio Gómez Milián para el sello Comuniter, que dirige Manuel Baile. El joven poeta y animador cultural explica las cuatro primeras obras de Clara Santafé, David Liquen, Antonio Romeo y Luis Antonio Puente. Los tres primeros explican a Ana Catalá Roca las claves su trabajo y leen poemas.

*Una escena de 'Celda 211'.