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Antón Castro

PAULINO BIOTA: PASIÓN POR EL CINE

PAULINO VIOTA: “EL ARTE ES REVELACIÓN”

El cineasta cántabro imparte en A Coruña un curso sobre Jean-Luc Godard

 

Por Xoán ABELEIRA

No es frecuente que un cineasta –y ya no digamos un crítico– sienta una exaltación pareja contemplando Una mujer de París y El hombre de la cámara; Río Bravo y El eclipse; Vértigo y Pickpocket. Es decir: que ame con pálpito semejante el llamado cine clásico y/o comercial, y el llamado cine moderno y/o de autor. Pero es que Paulino Viota (Santander, 1948) no es un cineasta cualquiera sino un cinéfilo, en el sentido etimológico de la palabra, de los de antes. Un “analista” –como le gusta definirse a él– de cultura integral e integradora. Miembro de una generación que vivía por, para y en el cine, y para la que la vida era una suerte de extra. Gente que, en un mismo día, podía acudir, por la mañana, a una exposición de George de La Tour; por la tarde, asistir a una sesión doble tipo La edad de oro, de Luis Buñuel, y Amanecer, de F. W. Murnau; y, por la noche, meterse entre pecho y espalda, un tomo de las obras completas de Mijail Bakunin, Noam Chomsky o Carl Jung. Casi nada.

            La extraña pero consecuente deriva de este outsider nato es bien conocida dentro de su mundillo. Tras iniciarse de manera autodidacta con Las ferias (“un documental –que rodé, monté y sonoricé yo solo”, afirma), Viota, ligado al grupo de la revista Contracampo, realiza sus cuatro únicas películas hasta el momento: Duración (1970); Contactos (1970, un mediometraje que, en su día, llegaron a alabar dos figuras tan influyentes como Noël Burch y Henri Langlois, y que actualmente está en las buenas manos del Servicio de Restauración del Museo Reina Sofía); Con uñas y dientes (1978) y Cuerpo a cuerpo (1982). A partir de entonces, y pese a la insistencia de quienes admiraron entonces o descubrieron después aquellas prospecciones cada vez más revaloradas, Viota retomó su “orientación primera”: la de desentrañar las películas que ama y revelar a los demás sus maravillosos secretos. Pues para él, “el cine, el arte, en general, es ante todo producto de una revelación”.

            No es ésta la primera vez que Viota impresiona en A Coruña. Lleva varios lustros haciendo eso: impresionar a sus oyentes, aquí y allá por donde pasa, hasta el punto de que quizás pueda hablarse ya de una cierta “escuela de alumnos” suyos. Alumnos que alaban de él tanto sus amplísimos conocimientos como la humildad, la sencillez y la generosidad con que los transmite. Y, por encima de todo, su pasión. Eso que, precisamente, sólo saben contagiar los grandes maestros como él.

Hace apenas un año dio en el CGAI un curso inclasificable sobre los “Momentos estelares de los inicios de la historia del cine”. Esta semana, invitado por David Castro, coordinador del Aula de Cine e Imagen de la Universidad de A Coruña, estuvo en el Centro Cultural Riazor, hablando de su obsesión favorita: la obra de Jean-Luc Godard, a la que ya ha dedicado veinte años de su vida. “En realidad –nos comenta–, el curso está centrado en las dos primeras etapas de Godard: la inicial, digamos, cuando ejerció de crítico en los Cahiers du Cinéma, y la segunda, que abarca tantos sus cortometrajes y sketchs como los quince largometrajes que rodó en apenas siete años.” Desde la mítica À bout de soufflé (1960) hasta Week-End (1967), justo antes de comenzar su etapa maoísta. “Aunque –nos aclara– atendiendo más a las formas que a los contenidos, a los aspectos puramente visuales, estéticos.” Esos por los que Paulino Viota considera a Godard un artista “extremadamente inteligente, terriblemente audaz, inconcebiblemente creativo”. Un autor “verdaderamente irrepetible, pues no creo que haya ningún otro director cuya obra haya tenido un desarrollo formal tan variado y extenso como la suya”.

“No me extraña –concluye Viota con ese humor suyo también muy gordardiano– que Bernardo Bertolucci comentase una vez que habría matado por llegar a concebir algunos de los travellings de Godard, o que éste se saltase los créditos en sus primeras películas, porque, según él, aquellas obras suyas eran tan, tan personales que al firmarlas habría pecado de redundante”.

 

(Publicado en la Edición de Galicia de El País el 20/11/2009). Esta foto es del poeta y traductor Xoán Abeleira. Repito aquí el texto –el sistema no me deja corregir ni cambiar nada: lleva algunos meses estropeado y no puedo repararlo; mil disculpas- porque algunos lectores me han escrito y me han dicho que no se puede leer.

MANUEL ARRIBAS: UNA FOTO DE BARRIO

MANUEL ARRIBAS: UNA FOTO DE BARRIO

JESÚS

Texto y foto de Manuel ARRIBAS

Jesús, Iesus, yĕhošūa, en esta fotografía, simplemente Jesús, un hombre de barrio, del barrio Jesús. Acomodado en el banco recién estrenado y contemplando el devenir y el trasiego de sus parientes opuestos (en el sentido de activo/pasivo), los que aún tienen el trajín de vida laboral, Jesús se presta hierático a que le haga este retrato. Buen Jesús, gracias por tu simpatía.

 

*Esta foto y este texto corresponden al fotógrafo y diseñador Manuel Arriba. No tengo el gusto de conocerlo todavía, no nos hemos visto nunca, pero sigo con atención su trabajo y su estupendo blog http://manuelarribas.blogspot.com/.

PAISAJE DE MUJER DE LUIS RABANAQUE

PAISAJE DE MUJER DE LUIS RABANAQUE

Me ha encantado el éxito que han tenido las fotos de Luis Rabanaque en el blog. Como anunciaba ayer me envió varias instantáneas. Estas corresponden a un título muy sugerente: ‘Paisajes de mujer’

 

 

Luis me advierte que se pueden consultar sus fotos en este dominio:

 

 

(http://www.flickr.com/photos/antiloco/)

PAULINO VITO EN A CORUÑA

PAULINO VITO EN A CORUÑA

PAULINO VIOTA: “EL ARTE ES REVELACIÓN”

El cineasta cántabro imparte en A Coruña un curso sobre Jean-Luc Godard

 

Por Xoán ABELEIRA

No es frecuente que un cineasta –y ya no digamos un crítico– sienta una exaltación pareja contemplando Una mujer de París y El hombre de la cámara; Río Bravo y El eclipse; Vértigo y Pickpocket. Es decir: que ame con pálpito semejante el llamado cine clásico y/o comercial, y el llamado cine moderno y/o de autor. Pero es que Paulino Viota (Santander, 1948) no es un cineasta cualquiera sino un cinéfilo, en el sentido etimológico de la palabra, de los de antes. Un “analista” –como le gusta definirse a él– de cultura integral e integradora. Miembro de una generación que vivía por, para y en el cine, y para la que la vida era una suerte de extra. Gente que, en un mismo día, podía acudir, por la mañana, a una exposición de George de La Tour; por la tarde, asistir a una sesión doble tipo La edad de oro, de Luis Buñuel, y Amanecer, de F. W. Murnau; y, por la noche, meterse entre pecho y espalda, un tomo de las obras completas de Mijail Bakunin, Noam Chomsky o Carl Jung. Casi nada.

            La extraña pero consecuente deriva de este outsider nato es bien conocida dentro de su mundillo. Tras iniciarse de manera autodidacta con Las ferias (“un documental –que rodé, monté y sonoricé yo solo”, afirma), Viota, ligado al grupo de la revista Contracampo, realiza sus cuatro únicas películas hasta el momento: Duración (1970); Contactos (1970, un mediometraje que, en su día, llegaron a alabar dos figuras tan influyentes como Noël Burch y Henri Langlois, y que actualmente está en las buenas manos del Servicio de Restauración del Museo Reina Sofía); Con uñas y dientes (1978) y Cuerpo a cuerpo (1982). A partir de entonces, y pese a la insistencia de quienes admiraron entonces o descubrieron después aquellas prospecciones cada vez más revaloradas, Viota retomó su “orientación primera”: la de desentrañar las películas que ama y revelar a los demás sus maravillosos secretos. Pues para él, “el cine, el arte, en general, es ante todo producto de una revelación”.

            No es ésta la primera vez que Viota impresiona en A Coruña. Lleva varios lustros haciendo eso: impresionar a sus oyentes, aquí y allá por donde pasa, hasta el punto de que quizás pueda hablarse ya de una cierta “escuela de alumnos” suyos. Alumnos que alaban de él tanto sus amplísimos conocimientos como la humildad, la sencillez y la generosidad con que los transmite. Y, por encima de todo, su pasión. Eso que, precisamente, sólo saben contagiar los grandes maestros como él.

Hace apenas un año dio en el CGAI un curso inclasificable sobre los “Momentos estelares de los inicios de la historia del cine”. Esta semana, invitado por David Castro, coordinador del Aula de Cine e Imagen de la Universidad de A Coruña, estuvo en el Centro Cultural Riazor, hablando de su obsesión favorita: la obra de Jean-Luc Godard, a la que ya ha dedicado veinte años de su vida. “En realidad –nos comenta–, el curso está centrado en las dos primeras etapas de Godard: la inicial, digamos, cuando ejerció de crítico en los Cahiers du Cinéma, y la segunda, que abarca tantos sus cortometrajes y sketchs como los quince largometrajes que rodó en apenas siete años.” Desde la mítica À bout de soufflé (1960) hasta Week-End (1967), justo antes de comenzar su etapa maoísta. “Aunque –nos aclara– atendiendo más a las formas que a los contenidos, a los aspectos puramente visuales, estéticos.” Esos por los que Paulino Viota considera a Godard un artista “extremadamente inteligente, terriblemente audaz, inconcebiblemente creativo”. Un autor “verdaderamente irrepetible, pues no creo que haya ningún otro director cuya obra haya tenido un desarrollo formal tan variado y extenso como la suya”.

“No me extraña –concluye Viota con ese humor suyo también muy gordardiano– que Bernardo Bertolucci comentase una vez que habría matado por llegar a concebir algunos de los travellings de Godard, o que éste se saltase los créditos en sus primeras películas, porque, según él, aquellas obras suyas eran tan, tan personales que al firmarlas habría pecado de redundante”.

 

(Publicado en la Edición de Galicia de El País el 20/11/2009). Esta foto es del poeta y traductor Xoán Abeleira.

LUIS RABANAQUE: UNA FOTO

LUIS RABANAQUE: UNA FOTO

Alguna vez ya ha asomado al blog el fotógrafo –y actor, y dinamizador cultural y muchas cosas más- Luis Rabanaque. Me encontré el otro día con él en Urrea de Gaén, donde compartimos jurado. Le pedí que me mandase algunas fotos y me ha mandado un buen puñado, de calidad y con una mirada personal. Antes de ir a dormir quiero colgar esta: se titula ‘El intruso’. Tiene misterio, encanto, aroma de película de cine negro.

MIGUEL LABORDETA POR RADA PANCHOVSKA

MIGUEL LABORDETA POR RADA PANCHOVSKA

Cada cierto tiempo aparece por Tarazona una mujer espigada, de cabello más bien ensortijado, que ha hecho del Moncayo el paisaje ideal de su vida, su último refugio. Rada Panchovska es búlgara, poeta y traductora, posee una pequeña editorial y se siente cautivada por Aragón y por sus escritores. Fuma cigarrillos finos y alargados, y siempre lleva un proyecto entre ceja y ceja. Es tan obsesiva como dulce: por ahora, por citar solo a algunos, ya ha traducido a Ana María Navales, Ángel Guinda, Ángel Petisme, Rosendo Tello, etc. Su penúltimo proyecto se presenta mañana: es la versión al búlgaro de Miguel Labordeta (1921-1969) de una cuidada antología. Miguel Labordeta le gustó mucho: lo leyó en el volumen ‘Donde perece un dios estremecido’ (Mira editores), que prepararon Antonio Pérez Lasheras y Alfredo Saldaña, y ella ha disfrutado con su poesía personalísima, surreal, metafísica y a la vez expresionista. Suele publicar sus traducciones en edición bilingüe. El volumen se presenta esta tarde, a las 20.00 horas, con Antonio y Alfredo, y Matilde Cantín.

En este nuevo retorno a Aragón, Rada Panchovska también trae otro libro bajo el brazo: la traducción de ‘Si me quieres escribir’ (Debate, 2005) de Pedro Corral, que transcurre en la batalla de Teruel y narra la peripecia del 84ª Brigada Mixta del Ejército Popular, que participó en la conquista de la ciudad mudéjar, fue cantada por Hemingway y Herbert L. Matthews, y fotografiada por Robert Capa. Doce días más tarde recibió un castigo incomprensible de su propio mando y fue disuelta. La suya fue la travesía de la gloria y del triunfo a la nada, del heroísmo a la traición.

Rada Panchovska siempre deslumbra su afición al territorio y a la Casa del Traductor. Ahí se siente en casa, protegida contra las diversas formas de la tormenta. Ahora prepara una extensa antología de relatos narradores aragoneses. ¡Qué lección tan bella y sigilosa de amor a la literatura y a la creación!

 

*La presentación de la traducción de ‘Si me quieres escribir’ de Pedro Corral, realizada por Rada Panchovska, será el jueves 26, a las 19.00 en la Biblioteca de Aragón. La foto es de Patricia Savarese.

CUENTO DE JUAN JACINTO MUÑOZ RENGEL

CUENTO DE JUAN JACINTO MUÑOZ RENGEL

El pescador de esponjas

Juan Jacinto Muñoz Rengel

 

 

Entró en la cantina, buscó con la mirada, evitando los cuerpos de los feligreses que se desparramaban sobre las mesas, se acercó al capitán y le dijo:

—Soy un pescador de esponjas.

El capitán rio de buena gana.

—¡Todo el mundo en Kalymnos es pescador de esponjas! —Al reír descubrió la doble hilera de dientes podridos, y las encías ulceradas, enmarcadas en una barba gris. Luego la sonrisa volvió a sumirse en las comisuras de una boca torcida, y se bebió el vaso de un trago, como para cauterizar las llagas que lo mortificaban—. A ver, muchacho, ¿de cuántas expediciones has vuelto ya con vida?

—De ninguna todavía, señor. Pero puedo contener la respiración durante mucho tiempo, soy fuerte, no me importa el riesgo y aprendo rápido. Y si he venido hasta estas islas es porque quiero ser un pescador de esponjas de Kalymnos. —El pecho desnudo del joven precipitaba su ritmo conforme avanzaba en su discurso, y sus grandes pulmones parecía querer escapar a algún otro sitio.

—Comprendo —dijo el hombre, volviendo a encajar la mirada entre las botellas que se alineaban tras la barra—, eres todo voluntad.

Esa noche el capitán llevó al joven a su casa, y le ofreció hospedaje y alimento a cambio de unas pocas monedas, hasta que partieran para la siguiente expedición. Mientras tanto, esos días practicarían la pesca de esponjas en la orilla, a tres o seis metros de profundidad, le dijo, algo que necesita tanto de técnica como de astucia, y de mucho tesón. Aquella misma noche comieron sardinas con pan y aceitunas, sobre una mesa de madera ennegrecida por el hollín y la grasa. Antes de que el joven se retirara a su alcoba, la esposa del capitán le pidió que le diera la mitad de las monedas como señal. El muchacho así lo hizo, y la mujer contó una a una cada pieza de cobre, y las envolvió en un pañuelo manido que fue a parar a su seno. Cuando subía las escaleras, el joven miró hacia el calor del hogar, y vio al hombre y a la mujer allí de pie, siguiendo sus pasos fijamente, con ojos redondos y chispeantes, como dos gatos que cazan en la noche.

 

 

Principiaba el otoño, la estación en la que comienzan las partidas de pesca a lo ancho del Egeo, para luego alcanzar las costas de Túnez, Libia y Egipto. El joven tendría que aprender pronto el oficio de buzo, si quería hacerse rico recolectando las esponjas que todos conocían como el oro de Kalymnos. En su primera jornada, nadando con un cilindro de metal entre los brazos, cuya base de vidrio le permitía ver el fondo marino, aprendió a distinguir la acaracolada y porosa psilo de la esponja lagophyto, que era más bien como un gran trozo de seta, o de la tsimoucha, que parecía alargar sus dedos anaranjados hacia los cuerpos de los pescadores.

—Es cierto que estos animales valen su peso en oro —le dijo el capitán, sentado junto a las capturas—. Pero no te engañes, ningún buzo de las islas del Dodecaneso se hace rico pescando esponjas. Con mayor probabilidad se dejará aquí la vida, prendida de cualquier arrecife. O quedará paralítico. Ni siquiera yo, con un pequeño barco de no más de seis tripulantes, llegaré nunca a escapar de la miseria. En estos fondos no hay ninguna piedra filosofal.

—Pero mucha gente se ha hecho rica con las esponjas... —decía el muchacho, siguiendo al capitán por las rocas, tratando de distinguir dónde pisaba el marinero para apoyar él su pie en el mismo sitio.

—Unas cuantas familias, sí. Pero ellos no pescan, ellos tienen sus empresas en Londres, en Kiev y en Moscú. ¿Has visto la casa de los Vouvalis, aquí en Pothia?

—Sí —asintió el joven, con un suspiro preñado de sueños.

—Pues tú nunca tendrás una casa así. —El capitán se volvió para mirarle—. Tú morirás aquí —sentenció con la línea negra de su boca, y al torso bronceado del muchacho lo recorrió un escalofrío disfrazado de húmeda brisa del crepúsculo.

 

 

—Me están saliendo unas extrañas durezas en las manos y en los pies— dijo el muchacho, sentado en la mesa de la oscura cocina, anegada por el humo de las sardinas asadas.

—Es normal —le contestó el capitán—, habrás cogido hongos.

—Pero son más bien como verrugas, enormes y llenas de escamas.

—¿Te duelen? —preguntó la mujer.

La esposa del capitán era achaparrada y obesa, tenía la nariz torcida y pegada al labio superior, y llevaba el pelo grasiento recogido en un moño.

—No. Pero no dejan de crecer, y se me empiezan a extender por todo el cuerpo —continuó el joven, señalando con el dedo algunas erupciones que le rodeaban el codo.

—Tonterías, eso son tonterías para un mozo sano y fuerte como tú. Se te curarán solas —zanjó la mujer, frotando con ambas manos los hombros desnudos del apuesto muchacho.

Más tarde en la cama, el joven pescador de esponjas soñó que estaba en el fondo del mar, y que no podía librarse de la piedra que los buceadores usan como lastre para mantenerse pegados al lecho marino. Arriba, en el sueño, de pie sobre la cubierta de un barco, deformados por las ondulaciones de una masa de agua verde, estaban el capitán y su esposa, observando cómo se ahogaba sin que ninguna onda conmoviera la expresión de sus semblantes, con ojos grandes como platos.

 

 

Cuando las esponjas son sacadas del agua, son de color negro y tienen un aspecto poco atractivo. Apenas el muchacho arrojaba sobre las rocas las esponjas que había amontonado en su cilindro de metal, el capitán las pisoteaba con fuerza, hasta romper los tejidos internos. Luego, entre ambos, las sumergían en el mar en una red, y las dejaban allí durante horas, para que se les desprendiera la membrana exterior y todos los tejidos, y se quedaran en la mera fibra del esqueleto. El muchacho era tenaz e incansable, sonreía por cualquier motivo, y cada jornada sus proporciones clásicas de efebo se sumergían en el mar dos veces más que el resto de los aprendices de buzo que practicaban en la orilla. A pesar de que la enfermedad que le atacaba las manos y los pies lo estaba deformando por completo.

Cada atardecer, al final de la jornada, los dos hombres golpeaban las esponjas capturadas con las ramas de una palma, para eliminar cualquier cuerpo extraño trabado entre las fibras, una vez desechados los tejidos. Pero aquel día lo hubo de hacer el capitán sin ayuda, porque los dedos del muchacho se habían convertido en un manojo de bultos chatos, como una ristra de mórbidos berberechos, que no le permitía coger nada punzante. Más tarde, al regresar a casa, el joven se tuvo que apoyar en los viejos hombros del capitán, porque sus pies regastados no le permitían ya desplazarse por la tierra firme.

—Las tenderemos en el patio, y cuando estén secas las prensaremos —le decía el capitán, para hacerle pensar en algo distinto que su dolor—. Luego el comerciante al que se las vendamos las recortará en su taller, y les dará formas de fantasía, y las bañará en agua y ácido hasta que se tornen doradas.

En la casa, la mujer ayudó a su marido a subir al joven a su alcoba, y sumando las fuerzas de ambos lo consiguieron introducir en la cama; los peldaños quedaron manchados por un rastro blanquecino, como la baba de un molusco gigante. Una vez bien arropado en su jergón, los ancianos permanecieron un rato mirándolo, complacidos. El lecho del joven era blando y confortable, tenía el poder de sumirlo en el sueño apenas lo tocaba, meciéndolo con el vaivén de las algas acunadas por la marea; y sin embargo, luego, el joven acababa siempre arrastrado hasta pesadillas angustiosas, pesadas, con la forma de un remolino que se hunde y se hunde en las profundidades. A la mañana siguiente, las piernas del muchacho terminaban donde empezaban sus rodillas.

 

 

—¡No tengo piernas! —lloró el muchacho venido del norte en busca de fortuna.

—No te preocupes —le tranquilizó el viejo marino—, para bucear no son estrictamente necesarias las piernas. Podrás seguir haciéndolo en cuanto te recuperes.

—¡Pero no podré andar! ¡Ya no puedo andar, ya no hay nada ahí abajo, mis pies no están! ¡Y puede que pierda mis manos! Entonces no podré pescar, ni coger nada, no volveré a ser una persona normal nunca más...

—Vamos, tienes que ser fuerte —dijo la vieja, acompañándolo de nuevo a la cama—. Acuéstate y pronto estarás bien.

—¿Han llamado a un médico? —preguntó el muchacho.

—Sí —respondió ella—. Pronto estará aquí. Ahora está en otra isla, pero es muy buen médico y pronto llegará. Duérmete.

La mujer lo ayudó a meterse en la cama, estiró la sábana sobre el colchón deforme, que cada día se mostraba más y más grande, y revistió los extremos de membrana que habían quedado al descubierto. Allí, arropado, el perfil del joven pescador de esponjas parecía una cordillera de arena deshaciéndose bajo el agua, un hatillo de sangre, carne y esperanzas filtrándose sobre un tamiz de millares de poros. Los viejos, sin perder detalle, se abrazaron.

 

*Este cuento pertenece al escritor Juan Jacinto Muñoz Rengel: ‘De mecánica y alquímica’, que ha publicado hace poco Salto de Página. Juan Jacinto se ha especializado en el cuento, como divulgador y como narrador. A propósito de este volumen, transido de hallazgos y de talento, leo esta nota del Sr. Molina en solodelibros: “De mecánica y alquimia es un libro maravilloso, que juega tanto con la imaginación como con la inteligencia del lector, algo bastante insólito en la narrativa breve de los últimos años (…) Los textos se engarzan con una gracia única, una suerte de chispa literaria que hace de cada pieza una majestuosa muestra de talento, imaginación y sabiduría”. La foto, tan misteriosa como sus cuentos, me la ha mandado Juan Jacinto Muñoz.

'SIGNOS', UN CUENTO DE ISABEL NÚÑEZ

'SIGNOS', UN CUENTO DE ISABEL NÚÑEZ

SIGNOS

 

Por Isabel NÚÑEZ

Dos años antes de que empezase todo, cuando yo aún vivía con Anx, fuimos a pasar las Navidades a casa de su hermano, que vivía con la hermana de Hos en una urbanización entonces llena de progres y hippiosos no muy lejos de Madrid, con chopos rodeando la piscina, casas de ladrillo visto a la inglesa y jardín detrás. Hubo una fiesta de Nochevieja en su sótano enmoquetado, la misma habitación donde dormíamos Anx y yo, bajo un antiguo paracaídas de seda desplegado protectoramente. Y estaban tocando las campanadas de las 12 cuando Hos entró en la fiesta con su hermano Sen, que llevaba los ojos pintados e iba bastante colocado, y yo, al ver a Hos, que era guapo como una star de la época buena de Hollywood, aproveché que todos nos estábamos felicitando el año y le besé. Y él, aunque se fue enseguida con su hermano a otra fiesta, no olvidó ese gesto. Y es que ya decía mi amiga Mer que habría que pensarlo mucho antes de besar a un Tauro, porque los que nacen bajo ese signo suelen ser, además de sensuales, extraordinariamente tenaces: les cuesta mucho fijarse en alguien, pero cuando lo hacen, ya no se les quita de la cabeza y para librarse de ellos casi habría que matarlos.

            El caso fue que él consiguió en casa del hermano de Anx los negativos de unas fotos mías que a mí ni siquiera ahora me gustan, donde yo parecía una niña, con raya en medio y cara de luna, sentada en uno de los sillones de los Encantes que había retapizado yo misma (en un extraño arrebato de habilidad que aún ahora me maravilla), las reveló y se prometió a sí mismo que un día se casaría conmigo.

            Pasaron dos años, y cuando Hos supo que Anx y yo nos habíamos separado, se presentó en Barcelona y se hospedó en casa de Anx, se las arregló para enterarse de mis costumbres y me esperó con él en el Zig Zag, el bar donde íbamos entonces. Cuando yo aparecí, Anx me lo presentó diciéndome: “¿Te acuerdas de Hos, verdad?” Y yo, que no nací bajo un signo de tierra sino de fuego y soy olvidadiza e inconstante en mis caprichos, dije que no, porque al fin y al cabo nuestro encuentro había durado cinco minutos, pero al ver su expresión decepcionada, añadí: “Un chico tan guapo… Me acordaría…”

            Dos noches después, Anx celebraba su cumpleaños con otros dos de la misma fecha en una mansión de Pedralbes que entonces era una clínica psicoanalítica de día, lo cual generó toda clase de bromas sobre la fiesta y los que ingresábamos en ella. Yo había decidido no ir y dejé que mis compañeros de piso se fueran sin mí, pero cuando estaba ya tirada en la cama leyendo, me entró una oleada de melancolía y desesperación repentina y tuve que cambiar de planes, llamé a un amigo no tan lejano y le convencí de que me recogieran para ir con ellos.

            Al llegar a la casa, Hos salió radiante como Lancelot du Lac de detrás de la cortina de terciopelo del umbral y al saludarme, dijo: “¡Mi hada madrina! No me dejes solo, por favor, no conozco a nadie…”

            Y no le dejé. Estuvimos sentados en un rígido sofá novecentista, y dando vueltas por ahí, y al fin subimos las escaleras y entramos en una pequeña biblioteca donde una pareja se besaba en la penumbra. Salimos a un balconcillo redondo y se levantó una ráfaga de viento y salió la luna de entre las nubes y empezamos a besarnos. Creo que luego entramos e intentamos desnudarnos y acariciarnos en un sofá, pero yo llevaba un maillot y leotardos debajo del vestido y era bastante inaccesible.

            Así que huimos de la fiesta y volvimos andando hasta mi casa, hablando y soñando y besándonos, y Hos dijo que nos casaríamos y que yo escribiría y él sería mi mánager. Con él, lo físico funcionaba bien, incluso mejor que con mi vecino de entonces, aunque en vez de ser libre, aquello llevaba camino de convertirse en la jaula de oro del bolero.

            Hos se instaló en mi casa sin pensárselo dos veces. Y un día estábamos sentados en el antiguo Balmoral y Hos le pidió al camarero un periódico para mirar la lotería, porque él y su madre eran completamente creyentes en eso, incluso se regalaban boletos como si fueran algo valioso y aunque no ganaran, cada semana renovaban su esperanza como si nada. Y el camarero nos miró y le dijo a Hos que a él ya le había tocado la lotería conmigo y que no esperase más.

            Pero yo andaba entonces liada con el artista conceptual, que estaba casado y era una relación imposible, es decir, que era exactamente lo que yo necesitaba en aquel momento, un simulacro de relación, alguien que no fuese realmente un testigo ni un espejo que reflejara mi enajenamiento. Eso sí, para rematar, lo mío con el artista era un desastre físicamente, pero a mí ni siquiera me importaba porque lo había idealizado por completo.

            Antes de que llegara Hos, para consolarme de la falta física del artista, me enrollaba a veces con mi vecino de arriba, que tenía los ojos azules y era alto y suave como un oso de peluche. Él venía a casa a buscar un abridor de vino y follábamos alegremente y se iba corriendo porque su novia lo sabía, y aunque no era celosa, se quejaba sólo si tardaba, por desconsideración, y él me pedía disculpas porque era un chico educado y encantador que intentaba complacer a todo el mundo, y para compensar me regalaba flores y un disco con las arias de las 4 estaciones de Strauss cantadas por Kiri Te Kanawa.

            Pero Hos había aterrizado en mi caos libre y aunque lo había interrumpido casi todo, se moría de celos y no soportaba a mis amigos, ni que saliéramos, y siempre tiraba de mí para que volviéramos a casa, y cada dos por tres nos enfadábamos y él me decía que yo no tenía criterio y estaba vacía por dentro y habitada por los otros, que no sabía nada y todo lo había aprendido de él. Luego cogía su maleta y se iba a la estación, desde allí me llamaba e intentaba que yo le convenciera, y al fin volvía y así seguíamos.

            Cogimos un piso demasiado caro en la calle Pujol a medias con Bruna, y ella se llevó a su foxterrier que se llamaba Kline, por Franz Kline, y Hos, aunque tenía alergia a los gatos, me regaló un siamés diminuto al que llamé Jasper, por Jasper Johns, que entonces era el pintor vivo que más se cotizaba con aquellos cuadros de dianas, y luego me di cuenta de que sólo era la versión inglesa del nombre de mi padre. Y aunque sólo tenía dos semanas y era pequeñísimo, cuando el foxterrier se le acercaba a olisquearle, Jasper se arqueaba en un ángulo agudo y le soltaba bufidos terribles al desconcertado perro.

            Pero se hicieron amigos y Jasper siempre andaba mojado de los lametones del perro y compartían el cojín y sólo a la hora de comer el perro no quería saber nada y había que cerrar la puerta de la cocina para que no matara al gato.

            Luego la alergia de Hos empeoró y cuando nos preguntábamos dónde podíamos llevar a Jasper, un día, vimos un hombre que andaba por la calle Vallmajor como el flautista de Hamelín, seguido por la acera de siete u ocho gatos preciosos a los que iba llamando: Vamos, Blanquita, Perla, Alfonso, Reina… Resultó ser el mayordomo de una casa regia venida a menos, con la señora viuda y arruinada, y él tenía a sus gatos entre el jardín y el garaje de la casa. Enseguida aceptó quedarse a Jasper, y que yo le visitase cuando quisiera, y estaba cerca de casa, aunque el hombre ya nos advirtió que cerca vivía un alemán indeseable con un doberman que perseguía a sus gatos y un día iban a acabar mal.

            Fui a visitar al gato unas cuantas veces y era curioso aquel jardín abandonado y el orgullo aristocrático que consolaba a aquel mayordomo derechista y sin paga, que había trabajado para el empresario Bultó, muerto en un oscuro atentado, y siempre estaba con insinuaciones y frases enigmáticas. Jasper aún me reconocía y parecía contento en su jardín, pero tiempo después, cuando yo ya había cambiado de casa y habían pasado muchas otras cosas importantes y me había ido a la India y vuelto y Hos se había marchado para reaparecer con más fuerza, volví un día a visitar a Jasper, y el mayordomo, que tenía un tono de voz completamente femenino y amanerado, me contó que el doberman le había mordido en el cuello y que el pobre gato había estado un día entero junto al estanque, muy discreto, muriéndose, y que él lo había cuidado y le había llevado agua y no sé qué más. A mí me pareció tan irreal que no acabé de creerlo y durante un tiempo buscaba a Jasper en todos los siameses que veía, sobre todo el de una portería de la plaza Adriano que se parecía muchísimo, y yo no sabía si era más grande la tristeza o la culpa que sentía por haberme separado de él. Lo cierto es que aquella casa la tiraron hace tiempo, con el jardín y el garaje, no volví a ver al mayordomo ni a los gatos, y en su lugar construyeron uno de esos edificios mediocres que han llenado esta ciudad hasta hacerle perder toda identidad.

            Hubo un momento en que yo me fui con el artista conceptual, del que no sé por qué siempre me hablaban las pitonisas, y es que había una extraña conexión mental y obsesiva entre nosotros, aunque mí me gustaban más sus ideas y su personaje de autoficción paródico-melancólico que ninguna otra cosa, y cuando me llamaba yo adivinaba que era él con el timbre del teléfono y cuando reaparecía al cabo del tiempo yo lo soñaba la noche antes de que ocurriera.

            Esa vez Hos no me lo perdonó y cuando volví a casa nos enfadamos mucho y él me dijo aquellas frases extrañas sobre mí que yo no comprendía y me parecía que se refiriese a otra persona. Y en plena discusión, Hos me desgarró mi camiseta favorita, que era de punto de seda de un tono fucsia violáceo y también me rompió mi batín de seda verde de lunares pequeños y yo le arañé en la cara, y Kline, el foxterrier de Bruna me mordió en la pierna porque ese perro era más partidario de los hombres y aunque me conociera más a mí, se puso de su parte.

            Hos se fue, aunque naturalmente, su fuga no sería definitiva sino todo lo contrario, pero entonces no lo sabíamos y él se marchó a Madrid con su tío nuevo-rico y crónicamente infiel, y su tía, y antes de viajar le llevaron a jugar al casino de Perelada y Hos llevaba la cara arañada y tuvo que contarles que nos habíamos peleado y a mí me quedó aquella vergüenza.

            Dos días después, el artista conceptual aceptó sin avisarme la propuesta de su mujer y me abandonó en el apartamento que tenía en Sants lleno de música de coleccionista, melancolía de objetos y mantas de seda y pieles, y al fin, cansada de leer y de mirar el teléfono que no sonaba, comprendí que no volvería, cogí las llaves y se las llevé a la madre del artista, que me hizo sentarme con ella en su saloncito y me dijo que el artista era un niño mimado sin solución, y yo me fui desconcertada, pero entonces apareció Joana y nos fuimos por ahí, aunque no recuerdo lo que hicimos ni quién fue el hombre que me ayudó a borrar a los dos de la memoria.

 

 

Isabel Núñez

Algunos hombres… y otras mujeres (Menoscuarto)

 

*La escritora Isabel Núñez publica estos días en Menoscuarto, el sello de José Ángel Zapatero, un nuevo libro de relatos en la colección Reloj de Arena que dirige Fernando Valls. El texto se publica aquí por cortesía de los tres y de la editorial Menoscuarto, que está haciendo una estupenda labor en la difusión y vindicación de la literatura breve. 

*La foto es de Emmanuel Sougez.