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Antón Castro

ALBALATE, DESDE EL CASTILLO

ALBALATE, DESDE EL CASTILLO

Estuve ayer en Albalate del Arzobispo, en el castillo imponente, que ofrece unas increíbles vistas sobre el pueblo y sus alrededores poblados de historia, de leyendas y de pinturas rupestres. Desde la amplia terraza, con la cámara de Florencio de Pedro, disparé hacia Urrea de Gaén, donde vivimos casi cuatro años.

 

Ayer se fallaba el premio de Escultura de Alabastro. Una iniciativa espléndida que lleva ya seis años con espléndidos logros.

PEPE MELERO, ORO PARA LAS PEÑAS ZARAGOCISTAS

PEPE MELERO, ORO PARA LAS PEÑAS ZARAGOCISTAS

PEPE MELERO RECIBE LA MEDALLA DE ORO DE LAS PEÑAS DEL REAL ZARAGOZA

 

José Luis Melero Rivas, Pepe Melero para los amigos, es consejero del Real Zaragoza desde hace dos años. Y en ese tiempo se ha destacado por difundir aquí y allá, incluso en los malos momentos, el orgullo que siente por su club, el amor hacia los colores, una forma de juego, una trayectoria de momentos inolvidables y de nueve títulos. Ha estado en un sinfín de peñas, ha hablado con inmenso cariño, casi como un profeta que se no se resigna ni al desierto ni al silencio y se enerva en la arenga. Muy pronto se convirtió en el consejero de peñas: se inauguraba una peña, se celebraba un  acto, se reclamaba presencia institucional y allí, con el presidente Eduardo Bandrés y con los jugadores (Zapater casi siempre, Zapater como buque insignia indesmayable), allí estaba él con su verbo inflamado y sus fogonazos de humor. El último fue decir, o más bien repetir, que el día más importante de su vida fue el 10 de mayo de 1995 en París, lo cual le había costado el reproche de su mujer, Yolanda Polo, y varios amagos de divorcio. Ese día es más importante que el día de su boda, del nacimiento de sus hijos... Lo dijo tan teatralmente que la gente se tronchaba.

 

Por todo eso, la Federación de Peñas del Real Zaragoza le ha concedido la medalla de oro, y le será entregada mañana en Caminreal, en un acto que tendrá el sabor de la emoción, de los cánticos zaragocistas y de la esperanza del retorno inmediato a Primera División. Pepe, sabio de letras y un centón de anécdotas, bibliófilo infinito e ilustrado de jotas, ha querido corresponder: ha llamado a su amigo Vicente Olivares, el gran jotero, para que cante, para que ronde, para que hinche en el viento la voz de la pasión por el Real Zaragoza. Y quizá, al unísono, tras alguna jota de picadillo, se atrevan a gritar aquello de lo que tan precisado está el equipo de Marcelino García Torcal: “…a ganar, a ganar, a ganar”.

 

Pepe Melero, incluso cuando el equipo se tambalea instantáneamente como ahora, siempre gana: recoge vientos de cariño y recoge tempestades de afecto, de respeto y de ilusión.

*En la foto, en el estadio de La Romareda, Pepe Melero posa con el joven forofo y jinete Guillermo Juan. La foto está tomada por el escritor y pedagogo Víctor Juan Borroy.

 

JOAQUÍN GRASA RETRATADO POR SU HIJO

JOAQUÍN GRASA RETRATADO POR SU HIJO

Aurelio Grasa. Negativo 1,6 x 2,2 cm.


D. Joaquín Grasa, padre de Aurelio Grasa,
con sombrero canotier, paseando por el Coso,
junto al Palacio de los Condes de Sástago.
Se distinguen en la penumbra, los grandes balcones
de la planta noble del edificio, varios coches de caballos,
viandantes y los letreros de comercios como
Navarro Hijos y Espinosa. Es de advertir la dificultad
de ejecución de la fotografía debido al fuerte
el contraste existente entre la luminosidad del pavimento,
el personaje y los edificios del fondo.

 

El texto es de Carlos Barboza.

EL CARNÉ DE LA EXPO DE 1908 DE AURELIO GRASA

EL CARNÉ DE LA EXPO DE 1908 DE AURELIO GRASA

[Carlos Barboza, fotógrafo, grabador y restaurador, envía una serie de materiales muy sustanciosos y evocadores de su suegro Aurelio Grasa, uno de los más grandes fotógrafos aragoneses del siglo XXI, padre de su mujer Teresa Grasa, pintora, fotógrafa y restauradora. Carlos y Teresa y sus hijos ya llevan años trabajando en ese impresionante archivo, en su digitalización, y sería el momento de que una institución realizase un libro en condiciones y recuperase parte de ese legado imprescindible. Éste es el pie de foto que le ha colocado a este simpático carné del maestro Grasa en la Exposición Hispano Francesa de 1908.]

 

 

 

01.- Abono de niño nº 141, de Aurelio Grasa
que le permitió visitar todas las instalaciones
de la exposición Hispano Francesa.
Esta firmado por el Comisario General
D. José Pellejero. En la foto carnet se advierte
la temprana edad del joven fotógrafo y reportero
.

 

 

 

EDICIÓN DIGITAL DE REVISTA DE LIBROS

Presentación del nuevo proyecto de edición digital de Revista de Libros: www.revistadelibros.com


16 de septiembre, martes, 18.00h

I Encuentro de Revistas Digitales Culturales
Casa de América, Madrid - Sala Borges

Revista de Libros participará en el I Encuentro de Revistas Digitales Culturales presentando su proyecto de edición digital, cuyo lanzamiento se realizará este octubre. En la presentación, se adelantarán todas las novedades que se han incorporado a la edición digital de la revista siguiendo los criterios de edición de la publicación.

La presentación del proyecto de edición digital de Revista de Libros, www.revistadelibros.com, se realizará durante el I Encuentro de Revistas Digitales Culturales, celebrado en Casa de América de Madrid los días 15 y 16 de septiembre. Este acto congregará a revistas culturales digitales, tanto españolas como latinoamericanas, en un foro de debate que celebra su primera edición este año.

En el marco de este Encuentro, Amalia Iglesias, jefa de redacción de Revista de Libros, e Iría Álvarez, coordinadora de la edición digital de la revista, mostrarán a los asistentes el proyecto de edición digital de Revista de Libros, en funcionamiento a partir del próximo octubre y gratis para los suscriptores a la edición impresa.

Con este nuevo formato, la revista busca acercar sus contenidos a más lectores en más puntos del mundo. Además, la digitalización permitirá a la revista dinamizar sus fondos editoriales, que comprenden ya más de 4.000 artículos de indudable valor enciclopédico.

La presentación del próximo martes 16 de septiembre consistirá en un recorrido por las nuevas aplicaciones de la edición digital www.revistadelibros.com, entre las que destaca el buscador de Revista de Libros, que permite recuperar artículos de los fondos completos de doce años de actividad editorial mediante criterios de búsqueda avanzada. Además de nuevas secciones que retomarán debates generados en las páginas de la revista, la versión digital de la revista incorporará herramientas de la Web 2.0 para generar un entorno de comunicación entre nuestros lectores.

Una de las herramientas más novedosas por las que Revista de Libros ha apostado es el Facsímil Digital RDL, una réplica exacta de los últimos números de la edición impresa que poder descargar para su consulta offline. Este formato, que se regala con la suscripción por 2 años a la revista, facilita el acceso a los últimos artículos de Revista de Libros imitando el modo de lectura de la edición impresa.

Más información:

Blanca Navarro / Mariana Suijkerbuijk

Dto. Comunicación
promocion@revistadelibros.com
www.revistadelibros.com
Tfno: 91 319 4833 - Fax: 91 319 5264

*La nota es de prensa de Revista de Libros y la foto es de la jefa de redacción y poeta y crítica literaria Amalia Iglesias. 

 

INMA DE SANTIS: NIÑA DE OJOS DE MAR. UNA ELEGÍA

INMA DE SANTIS: NIÑA DE OJOS DE MAR. UNA ELEGÍA

[La actriz Inma de Santis ha aparecido en varias ocasiones en este blog. Nació en 1959 y falleció de accidente en 1989, poco después de estrenar su primer corto: Eulalia. Hace algún tiempo se creó una página dedicada a su memoria: inmadesantis.blogspot.com, alimentada a diario con pulcritud, elegancia y mitomanía. En ese blog aparece este poema que le dedicó António Marqués-López, un Ferroviario portugués, en la versión original y en la traducción.]

 

À memória de Inma de Santis
A MENINA DE OLHOS DE MAR
António Marqués-López

Foste a beleza duma rosa,
tal qual breve e primorosa,
que à noite está à findar;
foste a luz do firmamento,
cabelos loiros ao vento,
menina de olhos de mar.

Foste rainha dum lindo sonho,
teu olhar foi um céu risonho,
tu vida, um filme à principiar;
foste misto de mel e de alegría,
de perfume e de simpatía,
menina de olhos de mar

Em quanto a sorte invejosa
levou-te a vida corajosa,
já não é possivel chorar.
És pomba de liberdade,
que voa sempre à vontade,
menina de olhos de mar.

(viola e guitarra)
Onde está a felicidade?
só nos deixas-te a saudade,
menina de olhos de mar.

Madrid, 27 de agosto de 2008

Um forte abraço
El Ferroviario Portugués

 

 

A LA MEMORIA DE INMA DE SANTIS
NIÑA DE OJOS DE MAR

Fuiste la belleza de una rosa,
como ella, breve y primorosa,
que en la noche se acaba,
fuiste luz de firmamento,
cabellos rubios al viento,
niña de ojos de mar.

Fuiste reina de un lindo sueño,
tu mirada un cielo risueño,
tu vida, una película empezando,
fuiste mezcla de miel y de alegría,
de perfume y de simpatía,
niña de ojos de mar.

Y mientras la suerte envidiosa
te quitó la vida valiente
ya no puedo llorar.
Eres paloma de libertad,
que vuela a donde quiere,
niña de ojos de mar.

(guitarra)
¿Dónde está la felicidad?
sólo nos dejaste nostalgias,
niña de ojos de mar.

Ferroviario Portugués

 

TRIBUNA DEL AGUA: GERVASIO SÁNCHEZ Y SUS FOTOS

TRIBUNA DEL AGUA: GERVASIO SÁNCHEZ Y SUS FOTOS

GERVASIO SÁNCHEZ PONE VOZ A SUS FOTOGRAFÍAS DE GUERRA EN LA TRIBUNA DEL AGUA

 

El fotógrafo aragonés ha expuesto su colección Vidas minadas durante este verano en Zaragoza y ahora lo hace en San Sebastián

 

El Ágora de la Tribuna del Agua acogerá mañana jueves, 11 de septiembre a las 20.00, una presentación inédita de fotografías del más famoso de los corresponsales de guerra españoles: Gervasio Sánchez (Córdoba, 1959), galardonado con una docena de premios y medallas por su trabajo entre las víctimas de los conflictos bélicos en África, Asia, Latinoamérica y los Balcanes.

 

El famoso reportero aragonés, cuyo trabajo Vidas minadas. Diez años se ha expuesto este verano en Zaragoza en la Casa de los Morlanes, nos presenta una selección de sus mejores fotografías realizadas en el campo de batalla y nos relata las historias de los protagonistas y víctimas de esos conflictos, marcados por la lucha por controlar los recursos hídricos. En esta sesión de Ágora descubriremos las vidas y los sentimientos de los que sufren los horrores de las guerras, en las que el control del agua se convierte en instrumento de venganza y arma de destrucción. Gervasio ha estado en todos los lugares donde hay conflictos: Latinoamérica, Sierra Leona, Iraq, Chile, Sarajevo, y a casi todo esos conflictos les ha dedicado libros inolvidables, cuyos derechos de autor han ido a parar casi siempre a los sectores más desfavorecidos de la sociedad. Premio Ortega y Gasset de 2007, en el acto de entrega criticó la doble moral del Gobierno español que sigue vendiendo armas a países en conflicto que no respetan los derechos humanos. Gervasio Sánchez es corresponsal de guerra de Heraldo de Aragón, algo que lleva a gala y con gratitud, y suele colaborar con La Vanguardia y La Cadena Ser.

 

La sesión estará moderada por Carlos Enrique Bayo, periodista y ex corresponsal internacional que ha permanecido varios años en Estados Unidos.

 

 

Día: 11 de septiembre de 2008

Hora: 20.00

Lugar: Pabellón de la Tribuna del Agua

 

*La nota es del gabinete de prensa de la Tribuna del Agua con algunos añadidos míos. La foto corresponde a la serie Vidas minadas, un proyecto en marcha que se ha dilatado en el tiempo durante una década al menos.

 

EL ALASKA Y EL CHICO DEL BIGOTE. Por RODOLFO NOTIVOL

EL ALASKA Y EL CHICO DEL BIGOTE. Por RODOLFO NOTIVOL

[Rodolfo Notivol, autor de un personalísimo libro de relatos, Autos de choque (Xordica), acababa de escribir este texto sobre la historia de amor de sus padres cuando yo colgué el bar Alaska, tras recibir la bella foto de Rafael Castillejo, el desván de curiosidades de la ciudad. Rodolfo me ha enviado el texto completo y lo cuelgo aquí gustoso. Es una historia de amor y de amistad.]

 

"Tenía una amiga. Se llamaba Palmira. Vivía a pocos metros de mi casa, en un corralón de Ramón y Cajal, frente al hospital militar. En la esquina había una fábrica de helados que se llamaba “Lechefri”, al lado, de otra de cuerda y liza. No recuerdo bien dónde ni cómo la conocí, pero éramos unas crías. Palmira venía a casa y jugábamos en el jardín. Algunas tardes, mi madre le preparaba algo para merendar. Comía con ganas, en su casa no andaban sobradas de comida. A mi madre le caía bien. Sabía que su padre había estado en la cárcel por política como sus hermanos y no le importaba que fuera amiga suya. Pero me tenía prohibido ir a su casa.

“Es buena chica”, decía. “Son buena familia. Pero que no me entere de que vas a su casa. No sabemos si todavía puede estar allí “la infección” ”, decía.

“La infección” era la tuberculosis. El padre de Palmira la había llevado de la cárcel a casa y había muerto a los pocos meses de salir. Luego, le tocó a la hermana mayor de Palmira.

Pasaron los años, mi madre se olvidó de “la infección” y yo subía a buscar a Palmira a su casa para dar nuestros paseos las tardes de los sábados y los domingos. Me gustaba hacerlo porque así podía ver a su madre.

Su madre era lo contrario de la mía.  Rubia, delgada y pálida, con unos bonitos ojos azules y, sobre todo, con una voz suave, muy dulce, que nunca levantaba más de lo necesario. Todavía era joven y guapa, pero parecía cansada y triste. Se llamaba Carmen, como su hija mayor.

El piso era pequeño y más pobre que nuestra casa. Dos dormitorios y una cocina que estaba siempre ordenada. En la cocina sólo había una mesa camilla y una alacena vieja. Sobre el último estante había una fotografía del padre de Palmira y otra de su hermana. Carmen, la hermana muerta de Palmira, se parecía a su padre; Palmira a su madre. Nos sentábamos alrededor de la mesa camilla y tomábamos media taza de leche caliente, a veces con un poco de achicoria, y unas galletas. Casi no hablábamos, pero a mí no me importaba. Disfrutaba de aquel silencio imposible en mi casa. La señora Carmen se sentaba siempre en el mismo sitio, frente a la alacena, de espaldas a la cocina de carbón. Algunas tardes, hablaba con su hija de su marido. A mí me gustaba creer que con intención de que yo también escuchara, como si que lo hiciera fuera importante para ella. Hablaba de él con respeto y cariño y, aunque no podía evitar mientras lo hacía lanzar miradas lánguidas a las fotografías de la alacena, siempre contaba cosas alegres que habían hecho juntos. Yo entonces era sólo una “pollita” y me gustaba imaginar que aquella mujer había escogido ese sitio en la mesa para poder ver siempre aquellas fotografías y que, cuando nos íbamos, se quedaba allí sentada y pasaba horas mirando las imágenes de su hija muerta y de aquel hombre al que había querido tanto. Y suponía que a mí me pasaría lo mismo, que encontraría un hombre al que poder querer de aquella forma 

¡Qué tonta era!

Cuando salíamos de aquella casa, me sentía tan bien que me parecía querer a Palmira más que a mis propias hermanas. La cogía del brazo y nos íbamos a pasear hechas unos pimpollos. No teníamos dinero para otra cosa, ni siquiera para ir al cine. Subíamos por Requeté Aragonés hasta Independencia y recorríamos el Paseo de punta a punta, una y otra vez. Cuchicheábamos, estirábamos el cuello y nos hacíamos las interesantes. Podíamos ver pasar las mismas cara siete u ocho veces en una tarde, como en un carrusel de caballitos.

En la esquina de Independencia con Requete estaba el “Alaska”, un café con música. En la puerta, bajo los porches, se ponían grupos de chicos y te decían cosas al pasar. Uno de esos chicos parecía estar allí todo el día, siempre dispuesto a meterse con mis calcetines. Decía que si no era mayorcita ya para llevar calcetines.

Eran unos calcetines de lana cortos y blancos. Lo único realmente mío que llevaba puesto. Los compraba mi padre a plazos en una tienda de la calle Azoque. El resto era ropa usada. Nos la daban las monjas del hospital de la que recogían para la caridad o las mujeres de los médicos cuando se cansaban de llevarlas. Además, yo tenía sólo quince años y aunque hubiera podido comprar medias en casa no me hubieran dejado ponérmelas.

Aquel chico que se metía con mis calcetines era delgado, de labios finos y pelo negro y brillante y, aunque sólo tenía dos años más que yo, se había dejado un bigotito para aparentar mayor. Así que Palmira y yo empezamos a llamarle “el chico del bigote”.

Cada vez que pasábamos por el “Alaska”, Palmira se reía y me decía que el “chico del bigote” me haría cosquillas cuando me besara, porque yo le gustaba y le parecía que él a mí también. Yo lo negaba y le decía que si era tonta. Pero la verdad es que aquel “chico del bigote” me parecía muy guapo.

Una tarde, salimos a dar nuestro paseo con un poco retraso, habíamos tenido que esperar porque poco antes había caído el diluvio universal. Al pasar junto al “Alaska”, el “chico del bigote” asomó la cabeza y volvió a recordarme lo de mis calcetines. Yo estaba harta. Le di la espalda y bajé la acera para alejarme de él. En el suelo, junto al bordillo, había un agujero lleno de agua, y allí fue a parar mi pie. El pie entero, hasta el tobillo, con zapato y calcetín. Las carcajadas de aquel chico desde se oyeron por todo el Paseo. Saqué el pie del charco y, aunque estaba furiosa, me marché como si no hubiera pasado nada. Fui toda la tarde chapoteando dentro del zapato, llena de vergüenza, con un calcetín blanco y el otro negro.

Durante más de un mes no volví a cruzar por delante del “Alaska”. Llegábamos a Independencia por la calle Cádiz y nos cambiábamos de acera. Una tarde, cuando ya nos íbamos a casa y yo casi le había olvidado, “el chico del bigote” dio un salto desde detrás de una de las columnas del porche y se plantó delante de nosotras.

“Ya era hora”, dijo. “Toma, esto es para ti. Llevo un mes cargando con ellas.”

Sacó un paquete plano, como un sobre grande, del bolsillo de la chaqueta y me lo puso a un palmo de la cara. Yo seguía enfadada y me dieron ganas de darle un manotazo y tirárselo al suelo. Pero no me dio tiempo. Mientras me lo pensaba, asomó sus ojos por encima del paquete y dijo:

“Bueno, lo coges o no”.

Y lo cogí.

No pude ponerme aquellas medias hasta un par de años más tarde, cuando ya estaba harta de llamar Juan a aquel “chico del bigote”, que  ya era mi novio formal y había subido a casa. Por entonces ya no veía a Palmira. A Juan no le gustaba que saliéramos los tres juntos ni siquiera de vez en cuando y supongo que esos días mi mirada se parecía demasiado a la de madre de Palmira cuando miraba aquella fotografía de la alacena."