Blogia

Antón Castro

J. GAVASA, F. LALANA, A. PRADA: HOY EN BORRADORES

J. GAVASA, F. LALANA, A. PRADA: HOY EN BORRADORES

Hoy, Borradores recibe en el estudio al grupo Eraje, una banda  de folk-fussion, que interpretará dos temas de su último disco: “Extravagante”, grabado en 2007.

 

Acuden al plató el periodista y editor Juan Gavasa, responsable del sello Pirineum que acaba de editar “Los años convulsos. El fotógrafo Alfonso y la Sublevación de Jaca (1923-1936)”, que ha preparado el historiador Juan José Oña. El libro es realmente espectacular y recupera un espléndido material gráfico de este gran reportero madrileño, vinculado a la dictadura de Primo de Rivera, las ejecuciones de Galán y García Hernández y la proclamación de la II República. Y también visitará Borradores el escritor Fernando Lalana, Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, que acaba de publicar el libro “1808. Los cañones de Zaragoza” (Alfaguara), escrito al alimón con José María Almárcegui.

 

Borradores ofrece una extensa entrevista con Amancio Prada, que acaba  de publicar dos discos: uno sobre San Juan de la Cruz, grabado en la iglesia de los Jerónimos, y “Vida de Artista”, su homenaje particular al cantautor y compositor francés Leo Ferré; emite un reportaje sobre “Cosas del Surrealismo”, la gran exposición de diseño, moda, publicidad y arte surrealista que se expone en el Museo Guggenheim de Bilbao patrocinada por el BBV. Y, entre otras cosas, conversa con la actriz Lola Dueñas, acerca de su trayectoria y de sus colaboraciones con Nacho García Velilla, Pedro Almodóvar y Alejandro Amenábar.

ALESSANDRO BARICCO, EL BÁRBARO

ALESSANDRO BARICCO, EL BÁRBARO

Reconozco que le tenía un inmenso cariño al escritor italiano Alessandro Baricco (1958). Me gustaban sus novelas, sus textos posmodernos, sus relatos llenos de historias más o menos inquietantes como “Seda”, un relato que tiene algo de largo poema en prosa, “Océano mar”. Me gustaba su pasión por los boxeadores. Veía las películas basadas en sus libros. Siempre me ha parecido un tipo muy listo. El otro día oí, casi embobado, su pregón en Barcelona. Hace algún tiempo, le escribí para invitarle a aquel ciclo de conferencias que organizó Heraldo de Aragón con motivo de su 110 aniversario. Le expliqué todo, le conté quienes venían: Cees Nooteboom, su paisano Ferdinando Scianna, el narrador Javier Sierra, que había dado un auténtico pelotazo en Italia. Baricco, que imparte unos estupendos talleres literarios (igual que hace Félix Romeo alrededor de España y del mundo: ahora está en Bogotá), jamás me contestó, aunque escribió a su editor en España, Jorge Herralde, y le preguntó por el periódico y por el tipo español que le ofrecía casi 2.000 euros por trasladarse a Zaragoza. Hace algunos meses, Félix Romeo, que es traductor de italiano, me habló de su libro “Los  bárbaros”: acababa de leer en lengua original en uno de sus viajes a Italia, a Milán tal vez, ese lugar donde nunca he estado y donde tengo un doble de Muxía. Mi hijo Daniel, que hoy redactaba en Madrid una pequeña historia del Dos de mayo para el programa de Pepa Bueno, se quedó fascinado de inmediato con algunos de los textos de Los bárbaros. Y en su blog ha copiado la nota sobre fútbol que pongo aquí y que, por cierto, también cita el autor de Amarillo en su prólogo al libro colectivo Cuentos a patadas. Historias del Real Zaragoza (Fundación Real Zaragoza, 2008).

 

He sido entrenador de fútbol con trece años en Arteixo; era tan petulante o inconsciente que le explicaba al compañero portero cómo paraba el gran Amadeo Carrizo de River: acababa de aprenderme de memoria una entrevista suya aparecida en As Color. Fui más tarde entrenador en Urrea de Gaén, durante casi cuatro años; llegué a entrenar hasta tres conjuntos. Lo volví a ser en La Iglesuela del Cid, y luego en Garrapinillos, donde es posible que vuelva a entrenar al equipo de juveniles en la campaña que viene. Así que este texto no podía dejarme indiferente.

 

[Alessandro Baricco escribe en Los bárbaros (Anagrama, 2008):

“Cuando empecé a jugar con la pelota eran los años sesenta y todavía no existían Moggi ni Sky. Era el único que no tenía botas de fútbol (no éramos pobres, pero éramos católicos de izquierdas), por lo que jugaba con las botas de montaña atadas en el tobillo: por eso, y según una lógica imperiosa, los mayores decidieron que tenía que jugar en la defensa. En esa época tenía yo la idea de que la vida era un deber que tenía que cumplirse, no una fiesta que había que inventar, y por eso durante años me ceñí a esa indicación categórica, creciendo con la mentalidad de un defensor y ascendiendo en las categorías futbolísticas llevando en la espalda el número 3. Era, en esa época, un número carente de poesía, si bien aludía a una disciplina enérgica e imperturbable. Se correspondía más o menos con la idea, imperfecta, que me había hecho de mí mismo.

En ese fútbol, el defensor defendía. Era un tipo de juego en el que si uno llevaba en la espalda el número 3, podía jugar decenas de partidos sin traspasar nunca la línea del centro del campo. No era necesario. Si el balón estaba allí, tú esperabas aquí, y te tomabas un respiro. El asunto te proporcionaba una extraña percepción del partido. Yo, durante años, he visto a mi equipo marcando goles lejanos y vagamente misteriosos: era algo que ocurría allí al fondo, en una parte del campo que no conocía y que, a mis ojos de defensa lateral, reproducía el aura legendaria de una localidad balnearia, más allá de las montañas: montañas y gambas. Cuando marcaban un gol, allá en el fondo se abrazaban, esto lo recuerdo bien. Durante años vi cómo se abrazaban, desde lejos. De vez en cuando incluso me dio por recorrer todo el campo para unirme a ellos, y abrazarme yo también, pero la cosa no salía muy bien: uno siempre llegaba un poco tarde, cuando la parte más desinhibida del asunto ya había terminado: y era como emborracharse cuando los demás están volviendo a casa”.]

*P.D. Iba con el Barcelona en su eliminatoria con el Manchester (quería que Rïjkaard se despidiese por la puerta grande) y cayó el Barça. Iba con el Liverpool ante el Chelsea, y cayó también. Voy con Manchester en la final de Moscú, así que ya se puede deducir el resultado. Ganará el Chelsea, un equipo que yo amaba de niño cuando se enfrentaba al Real Madrid de los 60 / 70 y tenía en sus filas a Charlie Cooke y Peter Osgood.

 

MAYO: ESCRITORES DANESES EN MADRID

MAYO: ESCRITORES DANESES EN MADRID

ENCUENTROS DE LITERATURA DANESA


CREACIONES DANESAS: UN UNIVERSO LITERARIO


Con motivo del hecho extraordinario de la publicación en un año de casi 20 obras danesas en español, la literatura danesa se acerca aún más a España y a los lectores españoles. El Centro de Literatura Danesa, en colaboración con la Embajada de Dinamarca en España y el Círculo de Bellas Artes de Madrid, organizará un serie de Encuentros con la Literatura Danesa que tendrán lugar los días 7, 8 y 9 de mayo y 4, 5 y 6 de noviembre en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.

Rueda de prensa para presentar le proyecto:
martes 6 de mayo, a las 11:00 horas, en la sede de la Embajada de Dinamarca
(C/ Serrano, 26, 7º).

Intervendrán:
el Excmo. Sr. Niels Pultz, Embajador de Dinamarca en España,
los escritores Janne Teller y Morten Ramsland,
y Lars Sidenius, asesor del Centro de Literatura Danesa.

Para estos encuentros contaremos con la presencia de escritores daneses cuyos libros se hayan publicado en España en 2007 y 2008, además de editores, críticos y escritores españoles, y los traductores. Los Encuentros servirán para establecer diálogos e intercambios entre los escritores daneses y personas del mundo de las letras en España y, por supuesto, estimular el interés por la literatura danesa entre los lectores españoles. Se trata principalmente de literatura contemporánea, aunque también verán la luz algunos clásicos daneses de autores ya fallecidos.

Las editoriales que han confirmado su participación son: Ediciones de la Torre, Minúscula, Ediciones Maeva, Bassarai, Salamandra, Lengua de Trapo, Funambulista,  Nórdica Libros, Libros del Innombrable y Sexto Piso.

Programa de los encuentros de mayo:

Miércoles 7, 19:30 h: Sala Ramón Gómez de la Serna del Círculo de Bellas Artes de Madrid (C/ Marqués de Casa Riera, 4)                 
Morten Ramsland, Cabeza de perro (Salamandra)    
Acompañará al autor el traductor Juan Mari Mendizábal y el escritor Ramón Buenaventura actuará como moderador.  
Introduce Juan Milá, editor de Salamandra    
         
Jueves 8, Sala Ramón Gómez de la Serna del Círculo de Bellas Artes de Madrid (C/ Marqués de Casa Riera, 4) 
Janne Teller, La isla de Odín (Maeva)     
Acompañará a la autora la traductora Carmen Freixanet y la periodista Eva Orúe actuará como moderadora.  
Introduce: Maite Cuadros, editora de Maeva     
         
Viernes 9, 19:30 h: Sala María Zambrano del Círculo de Bellas Artes de Madrid (C/ Marqués de Casa Riera, 4)                
Knud Romer, Quien pestañea teme a la muerte (Minúscula)   
Acompañará al autor la traductora Ana Sofía Pascual y  la crítica literaria Mercedes Monmany actuará como moderadora.  
Introduce: Valeria Bergalli, editora de Minúscula  

*Retrato del escritor Morten Ramsland, conocido en España por su novela Corazón de perro, que ha publicado Salamandra. Esta es la información que he recibido esta mañana de Marina Díaz.

 

EL ARAGÓN DE SAURA, EN LA EXPO 2008

EL ARAGÓN DE SAURA, EN LA EXPO 2008

Carlos Saura redescubre Aragón

 

El director apuesta en su documental o sinfonía audiovisual para el Pabellón de la Expo por los paisajes más exuberantes, la jota y los tambores de Calanda.

 

 

 

Carlos Saura (Huesca, 1932) es un creador que no cesa. Siempre maneja dos, tres o cuatro proyectos simultáneamente, y los realiza con facilidad, con entusiasmo, con una pasión que tiene algo de hiperactividad apacible. Desde hace algunos meses ha estado trabajando en un ambicioso documental de paisajes y tradiciones etnográficas para el Pabellón de Aragón. “Ese audiovisual, que me resulta muy difícil de explicar, ya está prácticamente montado”, dice Saura, y se proyectará en ocho grandes pantallas de doce metros de largo por siete metros de alto que taparán toda la primera planta. Esas imágenes, “entre las que dominan los paisajes”, se reflejaran las grandes columnas o “prismas” que sostienen el edificio y que estarán recubiertas con láminas reflectantes, con la idea más o menos metafórica de que el visitante se sienta envuelto y acunado por el Aragón “tan cambiante y hermoso” que ha captado Carlos Saura.

         El realizador explica: “Conocía bien Aragón, claro, pero a veces lo había visto desde el punto de vista del turista y ahora, en cierto modo, he redescubierto mi propia tierra. Hemos grabado muchas, muchísimas horas. Lo verdaderamente difícil ha sido el montaje, la elección de imágenes. Yo habría querido hacer una obra más personal, con mayor experimentación, pero hubo un momento en que me pregunté: ‘Pero, ¿qué quiere ver la gente?’. Y realmente no me he atrevido a hacer algo más mío, más rupturista”. Carlos Saura asegura que ha contado con un equipo excepcional, que ha estado muy bien asesorado en todo momento. La naturaleza es la gran protagonista de la pieza de quince minutos. El equipo ha visitado, entre otros lugares, Bujaruelo, Ordesa, Loarre, Huesca, Calanda, Bielsa, los Mallos de Siglos, San Juan de la Peña, el monasterio de Piedra y distintas ubicaciones de los Monegros.

         “No se verán muchos edificios ni tampoco pueblos. He querido huir de eso, aunque sin renunciar a una carga etnográfica en ocasiones. Por supuesto que salen lugares emblemáticos como San Juan de la Peña o Loarre. Me ha resultado especialmente emocionante recorrer Loarre o los Pirineos en helicóptero. A mí me apasiona la fotografía, tomas unas cuantas instantáneas de esos lugares, las ves y dices: ‘qué bonitas’. Pero la percepción que se tiene desde el aire es increíble. Hemos capturado imágenes muy hermosas de Loarre desde todos los puntos de vista. Tienes las sensación de que el castillo crece o se mueve ante tus ojos”. Carlos Saura dice que han rodado con cámaras digitales, a veces llevaban dos, tres o cuatro, pero también rodaron con una sola, como ocurrió con la jota de Miguel Ángel Berna. “Hemos seguido el Ebro y hemos rodado en Mequinenza, Caspe y Fayón; nos hemos detenido especialmente en los Monegros y en la Hoya de Huesca. El documental puede definirse como un ‘sinfín’ de quince minutos. En Teruel hemos rodado un poco menos, hemos escogido pocas cosas –agrega el director de “Iberia” o “Elisa, vida mía”-. Lo que más me ha sorprendido del trabajo es ver cómo cambia el terreno. Es evidente. Del sur al norte hay cambios vertiginosos de luz, de paisaje. Aragón posee una naturaleza variada y cambiante”.

        

Una jota zen

En el documental no hay actores o puesta en escena, salvo en dos incorporaciones muy queridas por el director, y vinculadas con la música: la jota y los tambores de Calanda. “En el documental, la música es muy importante. Importantísima, como en todas mis películas. Por eso hemos querido incorporar una jota, no una jota mística como dije el otro día un poco exageradamente, pero sí una jota escueta, un poco zen, sí, con la que pretendo resaltar la calidad del baile y de la interpretación. La baila Miguel Ángel Berna”. Miguel Ángel Berna ya había colaborado con el realizador en “Iberia”, donde nació una complicidad especial.

Insiste Saura: “Yo quería que grabásemos una jota limpia, de una gran pureza, inmersa en la tradición. Y escogí para ello a un músico de un talento extraordinario como Roque Baños, con el que he colaborado en ‘Goya en Burdeos’ o en ‘Iberia’, entre otras películas. Es el músico perfecto para lo que yo quería hacer. Y él ha escrito una jota no tradicional exactamente, contemporánea, en la línea de lo ha hecho Shostakovich con el tango, pero la pieza tiene nuestro ritmo”. Carlos Saura quiso ser bailaor y se presentó en las clases de la Quica. Ésta lo aceptó, “eres delgado y tienes buena planta. Vamos a ver qué es lo que sabes hacer”, le dijo, pero tras la prueba, su consejo fue bien distinto, demoledor: “Miro, hijo, es mejor que te dediques a otra cosa”.

 

Calanda, Buñuel y el desvelo

Carlos Saura había visitado varias veces Calanda, antes de rodar “Peppermint Frappé” (1967). Ha contado que en su primera visita se quedó a dormir en su coche, alejado del pueblo, pero aquellos “tambores de duelo, tambores de guerra” no le dejaron dormir. “Estuve en distintas ocasiones en Calanda, varias veces con Luis Buñuel. Lo he recordado estos días atrás al repasar mis fotografías, las fotografías que tomé entonces: muchas de ellas ya eran en color. Lo que no recuerdo es haber visto la rompida de la hora; no sé si antes no se hacía, al menos de modo tan espectacular, o si llegué tarde”.

Carlos Saura confiesa que una de las cosas que más le sorprendió fue ver a una sobrina de Luis Buñuel tocando el tambor, algo muy inusual en los años 60. “Hasta entonces no había visto a ninguna mujer hacerlo, o por lo menos había muy pocas, y fue esa imagen insólita la que sirvió de base para la película donde Geraldine Chaplin tocaba el tambor en ‘Peppermint Frappée’. Este año la impresión ha sido muy distinta: la mujer ya está incorporada y a veces tienes la sensación de que toca casi tanto o más que el hombre”. Carlos Saura recuerda que aquella estampa femenina le había resultado “misteriosa y erótica”, a la que acompañaba el sonido único de los tambores de Calanda. Esa escena y otras fueron su homenaje a Buñuel,  a quien dedicó la película. “Por eso he vuelto. ¡Cuánto ha cambiado todo!, pero persiste el encanto, la fuerza y el misterio”.

El documental se ha montado en una nave de Sevilla. Falta por grabar, con orquesta sinfónica, la música que ha escrito Roque Baños, y la edición definitiva. Carlos Saura revela un deseo, un sueño, tal vez un proyecto en marcha: “Tenemos tanto material, de una calidad estupenda, que nos gustaría montar un documental más extenso cuando pasase la Expo”.

 

 

Primer viaje a Calanda

En el prólogo del volumen “Calanda. Un sueño de tambores”, Carlos Saura recuerda esta anécdota: “Cuando fui a Calanda por vez primera, recibí un fuerte impacto sonoro y emocional. Conocí entonces a los familiares de Luis Buñuel que conservaban el caserón familiar en la plaza del pueblo y que siempre fueron muy afectuosos conmigo, y tuve la oportunidad de tocar uno de los grandes tambores. Con gran sorpresa y ante mi ineptitud me encontré envuelto en el aturdidor sonido de cientos de tambores y comprendí  hasta qué punto ese ritmo continuado, rítmico y persistente podía ser hipnótico hasta envolverte en un ambiente sonoro, único e inolvidable. Era como si estuvieras enganchado a una droga que te aturdía y excitaba, hasta el punto de que no te dabas cuenta de que tenías los nudillos de  los dedos ensangrentados de su roce con el cuero del tambor”.

*Pabellón de Aragón de Daniel Olano y Alberto Mendo, donde se va proyectar el trabajo de Carlos Saura.

 

 

 

 

MANUEL FOREGA: ADEMENOS, NUEVO POEMARIO

MANUEL FOREGA: ADEMENOS, NUEVO POEMARIO

Manuel Forega publica en Olifante un nuevo libro: Ademenos, uno de esos libros tan personales del autor, donde mezcla su inclinación al juego de palabras, la tradición y la renovación expresiva, el poema breve y largo, dentro de un conjunto de extraordinaria tensión y de creciente libertad. El libro, tan delicado como todos los de Olifante, al cuidado ahora del pintor y poeta Vicente Pascual, lleva una solapa del poeta y artista plástico Miguel Ángel Ortiz Albero y un epílogo de Xulio López Valcárcel. Poeta del amor y del mar, poeta de las imágenes, poeta del sexo cuando se le antoja, poeta culturalista, Forega incluso redacta una advertencia para aquellos vates que piensan que este oficio es como una carrera de Fórmula 1: Manolo recuerda que aquí, en el fondo, gana quien llega al final, cargado de experiencias, con un saco de imágenes, con el rigor y la pasión por la belleza destilada.

 

Éste también es un libro destinado a muchos de sus mejores amigos: Ángel Guinda, Petisme, Xulio L. Valcárcel, Joaquín Sánchez Vallés, Alfredo Saldaña, Rosendo Tello, Mariano Castro, nombres y poetas que han estado siempre muy cerca del quehacer lírico de Manolo Forega.

 

Tengo un virus en el ordenador y apenas me deja hacer nada aquí: copio algunos versos muy breves, pero realmente estupendos:

 

1

 

ESTRELLA POLAR

 

Páramo, la noche, de estrellas y en el centro,

tú, estilazada figura, acabando,

cavando en el viento solar la enlazada

codicia de mis años.

 

2

 

AMOUR DOUX, AMOUR MER

 

Derrama sobre mí el rumor de aquel cuerpo ido

y de nuevo seré un dios al alba;

no su graznido agorero, pues perecerá

en la mano metálica del águila.

 

SECOND LOST PARADISE

 

Regresar, regresar siempre…

Al primer beso,

aunque sea cierto que sus labios

signan la primera evidencia

de la muerte.

 

EMPATÍA

 

Cuando una daga rompe el corazón

del niño sin las ubres de su madre,

qué me importa el tamaño de tu herida.

*La foto es de Horst P. Horst.

LICANTROPÍA, NUEVA NOVELA DE JOSÉ GIMÉNEZ CORBATÓN

LICANTROPÍA, NUEVA NOVELA DE JOSÉ GIMÉNEZ CORBATÓN

José Giménez Corbatón presenta mañana martes, en la FNAC, su nueva novela: Licantropía. Itinerario de una novela, que acaba de publicar el sello Huerga & Fierro en su colección graffiti. La novela tiene algo de falsa biografía del escritor Petrus Borel (1809-1959), al cual le dedicó el escritor zaragozano, con raíces en Teruel, su tesina doctoral allá por 1980. A José Giménez Corbatón -autor de libros como “El fragor del agua”, “Tampoco esta vez dirían nada” o “La máquina de huesos”, entre otros títulos- lo acompañará el catedrático de Literatura Leonaro Romero Tobar y su editor Antonio Huerga.

 

 

RETRATO DE PETRUS BOREL (1809-1859)

 

Javier MEMBA*

Máximo representante de aquella lírica que Charles Nodier fue a calificar de «frenética», Joseph-Pétrus Borel (1809-1859), "El licántropo" que se hacía llamar, llegó a la literatura por el periodismo y al tenebrismo que caracteriza su obra por su exacerbado sentimiento antiburgués. Nacido en Lion, el 30 de junio de 1809, el futuro escritor marchó a París con el propósito de estudiar arquitectura. Tan fracasado en esta disciplina como en sus inquietudes pictóricas, sus colaboraciones en la prensa parisina le llevaron a los cenáculos románticos, donde trabó amistad Gerard Nerval y Théophile Gautier.

 

Publica ’El licántropo’ sus primeros versos bajo el título de Rapsodias (1832) y en opinión de muchos, dichos poemas y los reunidos en Campavert, dado a la estampa en 1833, le llevan a inaugurar la nómina de los poetas malditos. Lo que le inspira en ellos es la camaradería de quienes le han ayudado a superar la miseria, las ondinas de ojos azules, los compañeros republicanos y, por encima de todo, la venganza de las miserias que el Antiguo Régimen ha hecho sufrir a la humanidad.



La gloria de aquellas publicaciones sería tan efímera como limitada. Así, tal apunta Mauro Armiño en el prólogo a esta primera edición española de Madame Putifar, lo definitivo en Borel fue la adversidad: «el infortunio lo acompañó hasta dar con sus huesos en el hoyo a los 50 años de edad».



Los rigores de la cárcel



En 1833, mucho antes de probar en sus propias carnes los rigores de la cárcel argelina en la que se le recluyó, El licántropo dio cuenta de los de la Bastilla de Luis XVI en esta Madame Putifar. Entre sus muros, junto a tantas y tantas víctimas que languidecen allí de por vida obedeciendo a arbitrariedades del rey, se encuentra un conde irlandés Whyte de Malleville. Pero es la experiencia carcelaria del marqués de Sade la que se ha supuesto aludida en estas páginas desde su publicación.



Tal vez por ello, la crítica del momento condenó a Borel a un ostracismo del que sólo le salvarían los surrealistas, quienes le reivindicaron a la vez que al marqués. Así, cuando Aragon, Eluard y Breton se refieren a su romanticismo frenético, no hacen más que corroborar la simpatía que ya demostrara por El licántropo el mismísimo Baudelaire. Joseph-Pétrus Borel murió en las proximidades de Mostaganen el 14 de julio de 1849.

 

*Javier Memba es escritor y periodista. 

** Este retrato de José Giménez Corbatón es del fotógrafo Pedro Pérez Esteban, con el cual José ha realizado varios libros como Cambriles, Masada Signos o un viaje por la sierra de Gúdar.

ELEFTHERIA ARVANITAKI: EL CANTO GRIEGO

ELEFTHERIA ARVANITAKI: EL CANTO GRIEGO

Esta noche, a las 21 horas, actúa en el Teatro Principal la cantante griega, nacida en El Pireo, Eleftheria Arvanitaki. Empezó cantando en el coro, aunque en realidad deseaba con ser arqueóloga y realizar sus estudios en Itaia. De repente, se sumó a un grupo de jóvenes que hacían música griega popular, rebétika, como se llama allí. Más tarde, evolucionó hacia terrenos del mestizaje: abrazó la música de raíz de su país y la mezcló con la música occidental. Ha colaborado con numerosos músicos, y habla siempre de la influencia de Maria Callas, de Aretha Franklin, de Barbara Streisand o Ella Fitzgerald, pero también le interesan Dulce Pontes, Amalia Rodríguez, Cesaria Evora o Amaral.

En su nuevo disco, “To the egdes of your eyes” (En el borde de tus ojos), canta una versión de “El universo sobre mí”. Eleftheria Arvanitaki se caracteriza por su cuidada voz, por su sentido del ritmo, por la fusión de ritmos en sus canciones, por un aroma de sensualidad y de alegría, y por la impregnación de ese misterio vitalista que es el Mediterráneo. Por cierto, en su último disco de recopilaciones canta un tema de Nick Cave: “Mi abrazo vacío”.

DYNATA 1986-2007
Me oculto en el adiós


Quiero escribirte tantas cosas
pero, ¿cómo empezar y qué borrar?
tantas cosas que no te he dicho

Escribo palabras, borro pensamientos,
tal vez no lo soportes
aunque te lo hayas imaginado

Ahora que te he dicho que me voy
tienes miedo de estar solo
y hablarle a las paredes vacías

Me dirás "todo se arreglará, quédate"
y no que me amas

Dame voz
para que te lo diga
dame alma
que no me de vuelta para verte
contigo dejo lo que amo
y me oculto en el adiós

Cuando me miro al espejo
parezco medio retrato
falta ahora mi otra mitad

Cómo dejar la costumbre
cuando no puedo verme, de verdad,
a mí mismo solo
no estás aquí...

Dame voz...

Pongo la llave en la puerta
y aunque enciendo todas las luces
la casa está oscura

Palabras sueltas no cuentan ahora
responden a años vacíos
que llenábamos los dos

Me voy aunque me digas "todo se arreglará"
me alejo de todo lo que quiero

Dame voz...

Me alejo ahora de la costumbre
me voy y, para mí, vivo de verdad
me alejo de todo lo que quiero

 

ITINERARIOS: EL DISCURSO DE JOSÉ MARÍA CONGET*

ITINERARIOS: EL DISCURSO DE JOSÉ MARÍA CONGET*

ITINERARIOS

 

            Una de las metáforas más antiguas de la vida es la del camino. Otros prefieren el río o el viaje y hay quien matizaría que la más exacta, en realidad, es el sueño de un camino. A mí me gusta pensar que ese extraño sueño, con sus curvas imprevisibles y desvíos súbitos, se compone además de una suma de itinerarios cotidianos. Durante el desvelo de los insomnios suelo forzar la memoria para trazar los itinerarios más repetidos de mi biografía. ¿Cómo se llamaba la carretera larga y fea que partía de Sauchihall Street hacia el sur, en Glasgow, cuando yo era un nefasto profesor de español en un nefasto colegio católico de Pollockshields? ¿Qué microbús nocturno me devolvía desde Miraflores al jirón Huancavelica y a la sonrisa de Maribel entre la garúa limeña de hace más de treinta y dos años? La cuadrícula de Manhattan permitía que las combinaciones de recorrido entre la calle 53 con la Octava avenida y la calle 42 con Lexington se multiplicaran hasta un número que nunca llegué a calcular pero sí me obsesionó: ¿las habría agotado todas?

         Pero el más iterado de todos los itinerarios de mi vida fue uno breve, zaragozano, que me llevaba desde el número 9 del Paseo María Agustín, donde vivía con mi abuela y mi tía, hasta el colegio El Salvador en la Plaza Paraíso. Lo emprendí a los seis años, cuando ingresé en el curso de párvulos (o de los babilonios como se nos llamaba en la jerga escolar porque nuestro profesor único era el hermano Babil, un fraile navarro, ex requeté como supe luego, y muy paciente con la chiquillería), y lo abandoné a los 17, al terminar el preuniversitario para iniciar la que pensaba entonces que sería una carrera entregada al conocimiento humanístico. Yo partía de la esquina del paseo con Capitán Esponera, justo donde la estación de autobuses Ágreda descargaba a los del pueblo –otra raza—que venían al fútbol o a la seguridad social y se compraban en la confitería, al lado de casa, aquellas conchas de ensaimada bostezando de merengue que me llenaban de envidia porque mi abuela me las tenía prohibidas (no era fino zamparse aquella ostentación de laminería) o adquirían por la tarde, en el puesto de caramelos de la Jorja, frente a nuestro portal, algún chupón de fresa o un cubilete de chufas o de pipas que entretendrían el regreso, yo partía, pues, de allí hacia otro establecimiento menos plebeyo que se encontraba una vez pasado Hernán Cortés, al principio del Paseo Pamplona, la pastelería Nuñel en la que adquiría una chocolatina Nestlé, mediana, con dos cromos de Las maravillas del universo entre el envoltorio rojo y el papel de plata. Del Paseo Pamplona me encantaba la distribución del hielo, por las mañanas, cuando lo cortaban los repartidores al borde de la acera y arrojaban los bloques cúbicos que se deslizaban como mínimos icebergs urbanos hacia las porterías de las viviendas; y la facultad de medicina, tan misteriosa, con sus estatuas sedentes de próceres científicos a los que los chavales atribuíamos un diálogo soez en torno al pedo pestífero que había dejado escapar uno de ellos; y al final, antes de los semáforos de la Gran Vía, el kiosco del Polo Norte, el penúltimo baluarte de la gula (el último nos aguardaba en las dos puertas del colegio con sus sendas abuelicas, la amable, la gruñona, y sus cestas de chucherías, más los ideales y los celtas para los más mayores), regentado por una chica joven a la que mi compañero Constantino Azara y yo –debíamos andar por ingreso de bachillerato—fastidiábamos con una gamberrada ingenua y machacona: cada mediodía nos acercábamos a preguntarle en francés “avez-vous du pain?”, tontería que enfurecía a la muchacha y a nosotros nos producía un frenesí de carcajadas, hasta que un día el novio o el hermano de la dependienta nos persiguió para soltarle un bofetón doble al pobre Constantino, que era gordito y corría poco, y  con eso se terminaron nuestros impertinentes coqueteos con el Polo Norte. Al otro lado, atravesado Calvo Sotelo y la promesa de los tranvías que subían al Cabezo, nos tocaba el cruce vasto y peligroso hacia el mamotreto escolar; pero antes una visita a los carteles del cine Elíseos, donde casi todos los de mi clase, que ya en sexto parecían mayores de 18 años, vieron La escapada y yo me tuve que conformar con  el cuadro, que se me antojaba la cumbre del morbo, en el que una joven bailaba el twist en bikini y con una pierna escayolada. En ningún otro enclave de la ventosa Zaragoza sopla el cierzo –o soplaba, el cierzo ya no es el que era, sospecho—con tanta violencia como en ese cruce, tanta que en una ocasión derribó parte de la tapia del colegio, y yo recuerdo el placer  de sentirme respaldado o enfrentado por su soplo furibundo, una experiencia estimulante que confería a la llegada a clase el estremecimiento de la aventura. Como aventura sugería la niebla matutina, esa niebla cerrada y casi algodonosa que nada tenía que envidiar a la que inventó Hollywood en sus ensueños londinenses, y que me inspiraba la fantasía de que a lo mejor detrás de su gasa el edificio de la Caja de Ahorros, la fuente de la plaza y El Salvador mismo habrían desaparecido y entonces qué. Celebraba las tormentas porque, igual que a la mayoría de los niños, no me importaba mojarme, al revés, y no se me ha borrado la tarde en la que, a poco de obtener el permiso para volver del colegio sin un adulto de carabina, me sorprendió un aguacero torrencial a la altura de la calle Doctor Cerrada; observé cómo buscaban refugio los transeúntes mientras yo avanzaba impertérrito bajo la lluvia, es más, posiblemente me desabotoné el abrigo para dejar que el agua me empapara y con la cabeza erguida a modo de mascarón de proa avancé primero despacio y luego a toda carrera, tal vez gritando de la alegría de sentirme libre, hasta el escándalo de mi abuela, en casa, que me obligaría a cambiarme de ropa entre suspiros y pronósticos de pulmonía que no alteraban mi tácita felicidad. Durante los últimos años solía trazar un itinerario alternativo a la salida vespertina: primero acompañaba a mi amigo Manuel Aguirre hasta Méndez Núñez, en el Tubo, a que dejara la cartera y a su hermano pequeño (al que no hacíamos maldito caso durante el trayecto), y me acompañaba él a su vez en sentido inverso, aunque a menudo, al llegar a la Puerta del Carmen, se había hecho tarde y Aguirre tenía que desandar las mismas calles otra vez conmigo a su lado si todavía me quedaba el margen de quince o veinte minutos, y ya en la Plaza España me volvía porches arriba dándole vueltas al cuento de terror y de venganzas que habíamos ido discurriendo durante el rigodón del te acompaño me acompañas. Tendría que hablar de mis paradas en la calle Almagro, después de comer,  para recoger a José Luis Andolz que los lunes me escenificaba los partidos del Zaragoza; y el humo de las tertulias tras la puerta del café Levante; y las miradas no correspondidas a la muchacha morena  que llevaba en junio vestidos  estampados y por encima de la rodilla y sacaba a pasear a su perro desde la única casa del Paseo Pamplona con cancela; y las discusiones con Felipe Moreno a quien ofrecí, a los siete u ocho años, mil pruebas irrebatibles de que los Reyes Magos no eran los padres, sin convencerlo porque su padre le había asegurado contundentemente lo contrario.

         No me considero un desterrado del país de la infancia, como Baudelaire, ni me entrego a nostalgias invencibles de aquella época. Mucho de lo que me ha ocurrido luego ha dejado en mí huellas más intensas que me acompañarán hasta la última hora: la mano de Maribel bajo un sauce, gestos de Rebeca y de Miguel suspendidos en el tiempo, un paseo por la playa de Cádiz en diciembre, algunas mañanas de Roma, los domingos en Manhattan cuando me despertaba al oír una trompeta. Sin embargo, descubro en aquel primer itinerario algo de patrón y de irreversible aprendizaje. En los muchos caminos que después he recorrido resonaron, tal vez distorsionados o desorientados, aquellos pasos que en 1954 comenzaron a recorrer la distancia entre la casa y el colegio. Quiero creer que ese caminar por un fragmento de Aragón, concretado en unas calles, dos paseos y una plaza de Zaragoza, se introdujo también en los libros que he escrito, y su eco, secreto e imborrable, se escucha en todas mis palabras.

 

*Este es el texto que leyó José María Conget el pasado lunes, en la recepción del Premio de las Letras Aragonesas. La foto es del gran fotógrafo Lewis Hine.