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Antón Castro

EL VIAJE A LA HABANA DE PILAR AYMERICH

EL VIAJE A LA HABANA DE PILAR AYMERICH

[Pilar Aymerich es, con Colita, la gran fotógrafa del siglo XX y siglo XXI en Cataluña. Lo ha captado todo: los movimientos sociales, la vida en la calle, la agitación política, el Mediterráneo, los grandes personajes de la cultura y de la sociedad. Ahora expone en el Museo de História una selección de 71 retratos. También ha publicado, con Isabel Segura, un libro sobre cinco “Mujeres viajeras”, que vivieron en La Habana. Esta foto pertenece a ese libro de Meteora. Buscando en la red, encuentro esta entrevista de El Periódico de Cataluña realizada por Carme Escales. La traigo aquí porque me parece muy oportuno y porque Pilar Aymerich, que no tiene nada ver con Laura Aymerich, la musa de una canción inolvidable de Llach, es una magnífica profesional, una criatura importante de la fotografía en Cataluña y en España.]

 

PILAR AYMERICH: ABRIENDO CAJONES

DESCUBRÍ UN MOMETNO DE LA HISTORIA

 

 

Ternura, añoranza y admiración. Con estos sentimientos, Pilar Aymerich ha seleccionado de su archivo 71 retratos de artistas, intelectuales y poetas que, desde el exilio, la resistencia interior y la recuperación de Catalunya, scribieron y vivieron una parte de la historia. Los muestra en Resistents. La cultura com a defensa y rinde así homenaje a quienes lucharon, desde la cultura, por la libertad durante la oscuridad franquista.


--Su trabajo, como el de sus retratados, ha construido memoria histórica. La muestra lo prueba.

--Cuando eliges una profesión como la mía, eres fotógrafa las 24 horas del día. No hay separación entre vida y profesión. Es una forma de vivir. Un día, abriendo cajones, descubrí que tenía muchos rostros de aquel momento de la historia. Y con ellos quise mostrarla.


--Tísner, Calders, Roig, Candel, Pessarrodona ¿Fue difícil elegir?

--Sí, fue complicado, porque tengo muchos más retratos. Al final, mi selección fue muy personal, pero honrada. Todos me aportaron algo, les admiro o son amigos.

--¿Por qué escogió el retrato?

--Siempre me ha interesado el ser humano. Aunque sé que el retrato es una agresión, pero yo intento que sea la mínima posible.


--La foto es esencial, pero en los pies de foto usted cuenta mucho.
--En ellos he dejado mis impresiones en relación al personaje y a lo que dejaron en mí. Creo que eso le da más potencia al retrato.


--¿Qué le han dejado todos estos profesionales que fotografió?
--El convencimiento de que cuando ejerces tu oficio con rigor, de ello siempre sale algo.


--¿Qué quisiera que se llevara el visitante de su selección de fotos?
--Un trozo de la historia del país y una reflexión: que la cultura nos hace mejor como personas y mejor como país.

HUELLAS, DE ANGEL SANZ Y CARMEN BERGES

HUELLAS, DE ANGEL SANZ Y CARMEN BERGES

Ese embajador de la cultura y de la amistad que viaja en un camión, Javier Torres, el telefonólogo, me llamó ayer hacia las ocho. Y me dijo que tenía un libro para mí. Así es Javier: siempre lleva algo para sus amigos. Es como el nuevo cartero de la ciudad, el heraldo de verdad que te alegra el día. Apareció con su escritora favorita, María, y con un libro de dos: del poeta y soñador Ángel Sanz Goena, que ofrece lecciones y reflexiones con una pureza inusual, con una inocencia que desarma, y de la pintora, especializada en acuarela, Carmen Berges. El libro se llama Huellas, y Ángel Sanz lo divide en varios capítulos. Todos ellos llevan una introducción, una poética de contexto, y luego el autor, en cursivas, hace acopio de pensamientos, de aforismos, de pequeños poemas en prosa, de ocurrencias y de mensajes cargados siempre de buenas intenciones. En la portadilla de cada capítulo, Carmen Berges coloca una de sus acuarelas, que poseen una inclinación constante a los naranjas, a los ocres, a los tierras. La autora alterna abastracción y figuración en unas obras llenas de sutileza, de dominio técnico, de emoción y de fantasía cromática.

El libro de los dos Carmen y Ángel es una edición de autor, cuidada, bella, es un libro de amor esencialmente: a través de él los dos, el poeta y la artista, la acuarelista y el filósofo de los sentimientos más directos, ofrecen una prenda de cariño al mundo en vísperas del Día del Libro.

Y ese embajador del amor y de la cultura, ese cómplice de todas las rutas, Javier Torres, lleva el libro como una epístola secreta, como un tesoro con el que quiere obsequiar a sus amigos. De vez en cuando, mientras avanza y sonríe, abraza a su dama. Cierro los ojos y los veo andar, a los dos, lentamente, hacia el corazón de la noche y los bosques sagrados que sueña Carmen Berges a la acuarela.

Ángel Sanz Goena escribe cosas así:

“Las flores humanas son tan delicadas que su ausencia es auténtica fragancia de amor”.

“Hay encuentros en la vida que son despliegues del cielo”.

“En el manantial de la pureza nace la inocencia del alma”.

El libro, y es un detalle muy bonito, está dedicado al escritor y periodista Alfonso Zapater. “Mi gratitud y a mi amor a su ser, a ese alma que camina cada noche, como una estrella más, por los confines del universo”.

Carmen y Ángel tiene una página web que se llama Color del Alma.


EL POEMA FAVORITO (DE LOS SUYOS) DE SONIA FIDES

EL POEMA FAVORITO (DE LOS SUYOS) DE SONIA FIDES

 

CUANDO LA MEMORIA NO HABÍA APROBADO SUS OPOSICIONES A LA JUDICATURA


Cada uno tiene su forma de olvidar

Carmen Posadas


 



Desde niña he creído en la elegancia del diablo,
por eso en esta nueva temporada de desfiles
me pongo a sus órdenes.

Ya he visto la publicidad.

Aparezco anunciada
como la modelo estrella de su última colección
de Prêt à Porter.

Incluso algunas personas comienzan a pararme por la calle
para hacerme preguntas
e interesarse
sobre el porqué le ha sido vetado
el territorio de la alta costura.

La respuesta es simple, casi perfecta,
un (irregular) verso alejandrino:
“La maldad es casi siempre un territorio urbano”

Algunos me miran,
parece que empezaran a comprender
de qué está hecho el infierno,
pero a mí no me importa contestar a sus dudas
ni ponerles algún ejemplo incluso.

El infierno tiene muchas explicaciones
pero sólo una definición.
El tártaro es un milímetro exento de llamas,
el lugar más cotidiano de cualquiera de nuestros días,
un territorio V. I. P. en el que la inteligencia
le da masajes a la eternidad,
porque la eternidad,
ha resultado ser
menos inmortal de lo que ella esperaba
y sus músculos tampoco están a salvo
de la renovación del pensamiento.

Además,
hace tiempo que el miedo
a que el pecado nos caliente los pies,
más de dos noches por semana,
ha dejado de pertenecer
al campo semántico de la palabra terror.

Los reajustes siempre llegan a tiempo
si se saben buscar entre las imperfectas arrugas
de un abismo que se apellida igual que nosotros.

Ahora,
todo es distinto,
me siento a salvo a una temperatura ambiente
de más de treinta y nueve grados
y reparto sin pudor
fotocopias de mi nueva identidad.

Tal vez por eso, algunos reporteros
que habían contado mi vida anterior,
esperan conseguir fotografiarme
como cuando la memoria
no había aprobado sus oposiciones a la judicatura.

Pero el pasado será lo único que conserven de mí,
porque la libertad posee la misma textura
que la masa corporal del cuerpo de un vampiro.

 

[La escritora madrileña Sonia Fides, con tantos amigos ya en Zaragoza, ha corregido esta semana su nuevo libro, que saldrá muy pronto y anhela presentar aquí. Éste es su poema favorito del libro; esta noche su amiga Carmen Posadas está de invitada, junto a Víctor Muñoz, en el programa de Luis del Val, Aquí un amigo de Aragón Televisión (21.35 horas). Le pongo aquí esta foto del gran artista Walter Evans del que Lunwerg y Photo Poche acaban de publicar una monografía. Esta foto fue tomada en La Habana en 1933 y fue la usó Miguel Barroso, el flamante marido de la flamante Carme Chacón, para su excelente novela “Amanecer con hormigas en la boca” (Debate).]

 

SÁNCHEZ VIDAL Y LUIS DEL VAL..., EN BORRADORES

SÁNCHEZ VIDAL Y LUIS DEL VAL..., EN BORRADORES

El pianista zaragozano Íñigo Muñoz, de trece años, actúa esta noche en Borradores: el intérprete, que ya ha participado en el ciclo de Grandes Pianistas del Auditorio y que ha ganado multitud de premios, tocará dos piezas de Chopin y de Beethoven.

 

Los invitados al plató son los escritores Agustín Sánchez Vidal y Luis del Val, galardonados con el Premio Primavera de Novela, patrocinado por Espasa y Ámbito Cultural. Sánchez Vidal, ganador con “Nudo de sangre”, cuenta la historia de la búsqueda del tesoro de los incas a través de una trama en la que intervienen los propios indígenas, los judíos y el ingeniero español Sebastián de Fonseca; Luis del Val, finalista con “Crucero de otoño”, narra una historia coral de amores y espionaje en un paquebote en la que se ven envueltos distintos personajes cuyo pasado regresa una y otra como una obsesión.

 

También visita el plató el escritor y periodista Juan Carlos Soriano, que acaba de publicar el libro “Andanzas de una periodista perezosa. Conversaciones con Pilar Narvión” (Tirwall, 2008). Se proyecta un amplio reportaje fotográfico de esta mujer que acabó siendo directora adjunta de Pueblo, cronista del 23-F y corresponsal en Roma y París.

 

Además Borradores ofrece una extensa entrevista con Mercedes Castro, que está cosechando un gran éxito en su debú narrativo con “Y punto”, proyecta el cuento “Ramón”, que ha escrito e ilustrado Jesús Cisneros; Ana Cristina Úbeda le pone voz a la deliciosa historia. Borradores, por último, se traslada a Calaceite donde se celebraron unas jornadas poéticas con la presencia de Emilio Ruiz Barrachina, Félix Grande, Paca Aguirre y Manuel Rico, entre otros.

*Foto del maestro de Cuzco, Martín Chambi, que ha influido en la documentación de la novela de Agustín Sánchez Vidal: Nudo de sangre (Espasa).

HISTORIA DE IGNACIO ARA, POR JUAN GAVASA

HISTORIA DE IGNACIO ARA, POR JUAN GAVASA

[Hace algunos, cuando escribía mucho de boxeo y de deporte, me encontré con un personaje fascinante: Ignacio Ara, que llegó a pelear por el campeonato del mundo con Marcel Thil. Le dediqué un extenso artículo en El Periódico de Aragón, que anda por aquí, en la memoria del blog. Un día, Juan Gavasa -que nos alegra la vida cada día con su estupendo blog y con su envidiable vitalidad de nómada, viajero, investigador, periodista y editor- me preguntó por este personaje. Hoy le dedica un exhaustivo y completo artículo que ha publicado en la revista Jacetania. Juan tiene el cariñoso detalle de dedicarme este texto.]

 

A Antón Castro, que me descubrió al "catedrático del boxeo", de Sigüés.

 

Ignacio Ara está considerado uno de los mejores boxeadores españoles de todos los tiempos. Fue Campeón de Europa de los pesos medios en el lejano 1932. Ningún otro púgil español de su categoría lo ha vuelto a lograr. Le llamaban el “catedrático del boxeo” por su elegancia y su prodigiosa rapidez de movimientos. A Ignacio el apellido le delataba. Era aragonés, de Sigüés. Allí nació en 1909. El universo del boxeo tiene encumbrado a Ignacio Ara como una figura estelar de su particular historia. Lo tiene desde que protagonizó en la década de los años 30 del pasado siglo algunos de los duelos más feroces y violentos que se recuerdan con el francés Marcel Thil, al que nunca pudo vencer y al que tampoco nunca le pudo arrebatar la corona de Campeón del Mundo, que logró en 11 ocasiones. La última vez que lo intentó fue en mayo de 1935 en un memorable combate celebrado en la plaza de toros de Madrid.

         Ara era el hombre del momento, sólo él podía convocar a 30.000 personas para presenciar un duelo que olía a revancha y orgullo herido por los cuatro costados. Ya se habían enfrentado por primera vez en 1933 en París: los cronistas aseguran que había ganado el aragonés pero los jueces decidieron lo contrario. Dicen que aquel choque fue brutal, se repartieron mamporros sin freno y los dos salieron malparados.

         Un año y medio después tuvo lugar la revancha también en la capital francesa pero Ara midió mal sus fuerzas. El francés, un tipo rocoso y experimentado, le propinó una soberana paliza que le dejó maltrecho. No tuvo opción en ningún momento. El de Sigüés no escarmentó y retó a Thil a un nuevo combate, el de la madrileña plaza de toros.

         La historia se repitió, pero el guión fue bien diferente al de ocasiones anteriores. Ara perdió nuevamente pero su formidable actuación le permitió mantener intacto su prestigio y, sobre todo, su dignidad. El semanal AS lo resumió perfectamente: “Ignacio Ara vencido, pero no derrotado, por Marcel Thil, Campeón del Mundo del peso medio”. La crónica de aquel combate se enmarca en la galería de excelencias literarias de la prensa deportiva de la época.

         El popular semanario le dedicó al duelo la portada de su número del 3 de junio de 1935. La imagen resume lo que fue la pelea; un rudo e imperturbable Thil castiga sin compasión al boxeador aragonés, que apenas puede mantenerse en pie. Sus músculos tensionados y el pelo desbaratado hablan por si solos. En el interior de la revista la crónica se extiende en detalles de lo que fue un verdadero acontecimiento nacional. Era la primera vez que la capital española albergaba un Campeonato del Mundo y uno de los aspirantes era aragonés, de Sigüés.

         De Ara decía Angelo, el cronista deportivo de AS, que era “bien proporcionado, limpio, fino y elegante, aunque parece también más frágil que su rival. Sin saber sus características, sin conocer sus estilos, bastaría verlos bajo la luz de los reflectores formando el grupo con el árbitro rubicundo y serio, ante la batería de fotógrafos, para pronosticar exactamente qué clase de combate va a hacer cada uno”.

         No se equivocaba; el combate transitó por esos derroteros. “Ignacio Ara, indiscutiblemente más boxeador que su rival, en el sentido de que el boxeo es algo más que un ejercicio de pura y bruta fuerza, domina francamente a lo largo de los primeros asaltos. Brilla su estilo variado y magnífico frente a la torpeza maciza de su adversario, que se empequeñece en la comparación, encorvándose, replegándose, hundiendo su cabezota en el pecho”.

         En palabras de Angelo, el especialista en boxeo del AS, “Ignacio Ara es el matador inteligente y fino; Thil es el toro robusto y poderoso que embiste”. Mal asunto si las fuerzas del aragonés se agotaban antes de tiempo, como así fue. “¿qué valen las embestidas desprovistas de belleza, constantes pero lentas, ante la elegancia de los pases del matador?”, se preguntaba el periodista. Thil no es un toro de sangre sino de granito y todo ese despliegue de golpes que realiza Ara choca contra un muro que parece recibirlos casi sin inmutarse.

         Las 30.000 almas que abarrotan la plaza de toros gritan “Ara, Ara, Ara”, es un coro ensordecedor asegura el periodista, que pretende empujar al jacetano a una victoria que se hace cada vez más incierta. El francés digiere las embestidas de su rival y comienza en el último tercio una ofensiva salvaje que le llevará al triunfo final. “Aunque Ara rehuía el cuerpo a cuerpo, no podía evitar el abrazo de oso de su rival, que le golpeaba en los costados. Marcel Thil sabía bien que en ello estaba su fuerza”. El desenlace está cerca y Angelo describe unos minutos angustiosos que parecen horas: “Los golpes del francés han llegado con toda su fuerza a su rostro y han tenido una repercusión en el cerebro, exactamente en el momento en que las piernas empiezan a flaquearle. Embadurnado en sangre, atontado por los golpes, no pierde la claridad de su juicio; sabe lo que puede pasarle y lo evita”.

         En el decimotercer asalto el árbitro declara vencedor al francés en medio de la bronca general. Pero no hay duda; Thil renueva su título mundial con toda justicia. El periodista, con arrobo patriótico, asegura que “el estilo de Ara, su boxeo claro y brillante, su valentía y su corazón han valido más que toda la resistencia, toda la labor de basto obrero del “ring” del Campeón del Mundo”.  En el cenit de su carrera, Ignacio Ara salió del envite magullado pero con el orgullo alimentado por una afición que lo veneraba. Sin embargo, nunca más volvería a aspirar a grandes empresas. Sus sueños de gloria se quebraron en aquella velada madrileña con 30.000 enfervorizados aficionados como testigos del inicio del largo y lento declive. En 1968, ya retirado, confesaba en una entrevista concedida al prestigioso periodista deportivo Pedro Escamilla, que “no llegué, como me exigía mi hombría, a campeón del mundo del peso medio. Una vez porque me robaron, otras, porque me vencieron”.

 

La historia de un montañés

Ignacio Ara nació en abril de 1909 en Sigüés, donde apenas permaneció unos meses porque sus padres emigraron a Mauleón, al otro lado de los Pirineos. No era el viaje de las golondrinas, que cruzaban la cordillera con la caída de la hoja para regresar en la primavera. Era un viaje definitivo, sin retorno. Las prósperas fábricas de alpargatas de la localidad francesa eran el destino de un exilio económico español que huía de la miseria diaria. El padre de Ignacio, Mariano Ara, comenzó a trabajar en una de esas fábricas y alcanzó el puesto de encargado. Vicenta, la madre, se empeñó en la educación del hijo. Fueron seis años de intensas vivencias en una casita llamada “Chalet Vicenta”. Ignacio creció hablando castellano y francés.

En 1916 la familia decide regresar a España y se instala en Jaca, donde uno de los abuelos regentaba una talabartería. La amenaza alemana en la primera Guerra Mundial convence a los Ara de la necesidad de desandar el camino y buscar espacios más seguros. Jaca lo es. Fue una decisión temporal, condicionada por los acontecimientos internacionales, pero en la mente de Mariano Ara no se borra la idea de regresar a Francia tan pronto como finalice la guerra.

Instalados de nuevo en “Chalet Vicenta” los Ara retoman la normalidad. Ignacio estudia en un colegio de frailes, donde el padre Abadie le inculca el amor por el deporte, por cualquiera de ellos sin distinción. Son tiempos en los que el ciclismo genera pasiones en Francia. El Tour en esas fechas ya se ha consolidado como uno de los grandes acontecimientos deportivos mundiales. Pero el pequeño de los Ara se va arrastrando por otros derroteros. En las habituales trifulcas con compañeros de clase descubre la fuerza de sus puños y su marcado instinto de supervivencia.

 Es un tipo de profundos contrastes. Cultiva al mismo tiempo un perfil duro y agresivo con otro inquieto y sosegado. Le anuncia a su padre que quiere ser cocinero y viaja a Paris para trabajar como pinche en el Hotel Point-Neufe. En realidad, es una salida de urgencia ante la rotunda negativa de su padre a que se dedique a la pelota-mano, su verdadera pasión. En París, sin el ojo escrutador de su padre, encuentra tiempo para jugar en un frontón cercano junto a un joven que pronto haría historia, Paulino Uzcudun, un exleñador que acabaría siendo leyenda del boxeo y varias veces aspirante a la corona universal de los pesados ante Joe Louis y Max Schmelling.

Junto a ellos también está otro vasco de oro, Isidoro Gaztañaga. Los tres entrenan casi a diario en el gimnasio Anastesie, donde Ignacio Ara va comprobando poco a poco que lo que realmente le produce fascinación es el boxeo. El escritor y periodista Antón Castro, profundo conocedor de la vida de Ara, cuenta que en ese gimnasio el de Sigüés “se quedaba entusiasmado con un tipo llamado Molina, era un auténtico bailarín de claqué que soltaba las manos con la velocidad del rayo”.

El destino de Ignacio Ara está marcado. En 1925 acompaña a su amigo Gaztañaga a San Sebastián y casi por azar se planta encima de un cuadrilátero ante el italiano Ambrosoni; le bastó un asalto para dejarle KO. De este episodio es probable que surja también el error divulgado en los últimos tiempos por el Archivo Auñamendi y alguna enciclopedia de boxeo, sobre el origen donostiarra de Ignacio Ara. 

         Tras aquél primer combate victorioso, el aragonés ganó los 36 siguientes y el campeón español del momento, Ricardo Alis, le evitó para ahorrarse desagradables sorpresas. Tras un desastroso encuentro con sus padres, que no aprobaban la nueva profesión del hijo, Ignacio regresa a París con la obsesión de hacerse rico y ganar el cetro mundial. Peleó en un combate memorable con un tal Valclaund, según indica Antón Castro, y desde ahí dio el salto al Albert Hall de Londres y Nueva York, donde combatió en 1929 con Eddie Bowie. Un comentarista escribió de Ara: “es el boxeador extranjero de mayor combatividad que he visto en mi vida. Su estilo es maravilloso”.

         Pocos días antes de ese viaje a Estados Unidos, Ignacio estuvo en Jaca. Así informó de su estancia El Pirineo Aragonés: “Está en Jaca este simpático y popularísimo paisano nuestro. Bien merecido tiene tal título: nació en Sigues y en Jaca pasó los primeros seis años de su niñez. De nuestra ciudad se acuerda muy gratamente. Por eso, después de repetidos y notables triunfos en sus luchas de boxeador, admirando a inteligentes públicos de populosas capitales extranjeras. Ignacio Ara quiere visitar a Jaca y a Sigues con toda su cordialidad y simpatía. Después, inmediatamente, va a volver a Norte América, donde ha de cumplir contratos de importancia. Bien venido, Ignacio, y venga esa mano, pero sin apretar mucho ¿eh?”

         En 1930 se fue a La Habana, uno de los puntos de ebullición del boxeo mundial. Allí ganó a José de la Paz, Jimmy de Capua y Relámpago Sagüero, uno de los mejores boxeadores cubanos de todos los tiempos. En ese momento ya era uno de los púglies más importantes del mundo. El especialista en boxeo cubano, Melchor Rodríguez, le otorgaba no hace mucho tiempo la categoría de “rutilante estrella mundial”, a la altura de Jack Dempsey o Joe Dundee, al que vapuleó sin compasión en un memorable combate en febrero de 1931.

         Tras hacer las Américas y recién proclamada la II República Ignacio Ara regresó a España y por fin pudo pelear con Ricardo Alis. Le duró unos segundos. Al año siguiente ganó el Campeonato de Europa de los medios ante el austriaco Kar Neubauer, paso inmediato para atacar el cetro mundial que nunca pudo conquistar.

 

La posguerra y el declive

Ara pasó la Guerra Civil en Buenos Aires y cuando acabó volvió para continuar con un desenfrenado carrusel de combates que alcanzaría los 300. Un palmarés inigualable que todavía hoy sigue impresionando. Se retiró en 1947 con 38 años, justo después de coronarse campeón nacional de los pesados. Desde entonces se dedicó a entrenar. Lo hizo en Buenos Aires con Fred Galiana; lo hizo en Salamanca con los olímpicos españoles que iban a competir en México 68, lo hizo con un tal Tony Leblanc, al que enseñó todo lo que tenía que saber sobre el boxeo. Así lo confesaba el actor en una reciente entrevista realizada en el diario ABC, en la que recordaba sus remotos inicios como púgil.  

         Ignacio Ara murió en 1977 en Buenos Aires, la ciudad que se había convertido en su pequeña patria. Nació aragonés, creció francés y murió con la nostalgia porteña. El jacetano está enterrado en el popular cementerio de La Chacarita, junto a Carlos Gardel y otras leyendas del boxeo argentino como Luis Angel Firpo y Ringo Bonavena, el púgil asesinado por la mafia por no aceptar la abyecta orden de tirarse en el quinto round de su último combate. Un clásico del lado oscuro del boxeo. De Ignacio Ara escribieron en Buenos Aires que era “el catedrático de las doce cuerdas, tan querido de la afición argentina”. Ahí descansa, junto a Carlos Gardel.

 

RECUERDOS Y LEYENDA DE CLEMENTE PAMPLONA

RECUERDOS Y LEYENDA DE CLEMENTE PAMPLONA

*[Hace algunos años, cuando trabajaba en El Periódico de Aragón, hice una de mis series periodísticas favoritas: “Memorias de otoño”, inspiradas en el periodista que más me ha marcado posiblemente: Manuel Vicent y su “Inventario de otoño”, cuatro páginas con entrevista y álbum de fotos. Para esa serie, con Eloy Fernández Clemente, visité al escritor, guionista y director, y tantas cosas más, Clemente Pamplona. Publiqué cuatro páginas. Algún tiempo después, esta entrevista y otras con cineastas aragoneses aparecieron en mi libro “Vidas de cine” (Biblioteca Aragonesa de Cultura, 2002). Coincidiendo con el ciclo de cine del Centro de Historia que coordina el infatigable y apasionado Luis Antonio de Alarcón la rescato y la publico aquí. Mañana, el profesor Juan Villalba, otro apasionado de Teruel y de sus criaturas, da una conferencia sobre Clemente Pamplona, al cual le ha dedicado la monografía más completa que existe sobre él. Luego se proyectará "Historia de un hombre", una cinta de 1961.]

 

CLEMENTE PAMPLONA

MAS DURO SERÁ EL OLVIDO

 

Clemente Pamplona es ya un juguete roto en manos de un destino soez: una torpeza de un oculista lo ha condenado a desplazarse por un laberinto de tinieblas. Está casi ciego y se le ve midiendo distancias, acariciando objetos, eludiendo sillas y sombras, hasta que logra adaptarse al nuevo y umbrío orden del mundo. Un mundo, sin duda, que ya no se parece al de antes: está viudo, ha visto naufragar ideologías, ha asistido al derrumbamiento de cosas íntimas e incluso Teruel, la ciudad de sus sueños de adolescente, parece haberle dado la espalda, como si su retorno se hubiese convertido en un destierro final más que en el reencuentro con sus orígenes.

Conmueve verlo así, con esa mirada escindida. A veces, con esos ojos -uno, luminoso, y abierto a la perplejidad; el otro, entrecerrado y huérfano de toda claridad como una almeja difunta-, adquiere Clemente un no sé qué de demoníaco. Parece un cíclope en su lánguida invernada. Asistimos al ocaso del ídolo. Su casa está llena de objetos, de cuadros, de documentos y de fotografías que revelan un pretérito colmado de momentos imborrables: el primer número del diario Lucha que fundó, obras que le dedicaron sus amigos los pintores, un gran retrato de su esposa Amparo Lleó, cerámicas o unos dibujos de Antonio Mingote.

Creíamos que podía ser un hombre fiero, casi desairado. Se le percibe el genio de vez en cuando, pero sobre todo se muestra como un hombre apacible y confiado, con gran sentido del humor, socarrón y benévolo, que ha encontrado en las tertulias de la radio y en la música su último consuelo.

 

EN BRONCHALES.

Nació en las elevadas sierras de Bronchales en 1917. Su padre era veterinario. Su madre era oriunda de Navarrete del Río, aunque había nacido en Sigüenza, y llegó a tener una docena de hijos. Clemente fue el menor de saga. "Mi madre se había casado a los 16 años. Su primer hijo le nació muerto y mi padre la llevó a Zaragoza a que la viese Santiago Ramón y Cajal. Éste le dijo: ‘Si quiere conservar a su mujer, no tengan más hijos’. No le hicieron caso. Mi madre parió doce hijos. Y se murió a los 99 años y medio”. La niñez en Bronchales, en cuyo estío aparecen los veraneantes y en el invierno las nieves, fue completamente dichosa: lo llamaban señorito los aldeanos y lo mimaban sus hermanos. Solía motar a caballo a pelo y llevaba a las bestias a apacentar a las dehesas y a los prados. En alguna ocasión era capaz de regresar en yeguas mansas, perdidas y erráticas en el monte, desde Orihuela del Tremedal.

Cuando contaba siete años ingresó en el colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, donde escaseaban los castigos y abundaban los rezos. “La severidad se reducía a la palmeta y a la bofetadita. La enseñanza era ejemplar y recuerdo que era compañero mío el dibujante Antonio Mingote. Luego hice el bachillerato y pronto me incliné por el periodismo. A los catorce años ya me hicieron corresponsal de la agencia Logos de Madrid y de El Noticiero de Zaragoza, un diario estupendo, donde empecé a publicar cuentecillos y reportajes. Reemplazaba a mi hermano en la toma de conferencias desde Madrid para el periódico turolense Acción y además solía redactar necrológicas y textos de información local”.

Acción era un diario del Sindicato Agrícola Católico, pagado por el diputado Leopoldo Igual Padilla de Mora de Rubielos, al que asesinaron durante la Guerra Civil. "Era diputado agrario. Lo mataron de una manera horrible: le hicieron una corrida taurina, le pusieron varias banderillas y luego lo asesinaron en Valencia. Eso se dijo. De la dictadura de Primo de Rivera tengo recuerdos borrosos. Recuerdo la visita del General Sanjurjo a la catedral de Teruel. Yo seguía sus pasos y de  repente retrocedió para observar mejor el artesonado, y casi me tira. Era un tipo tremendo, alto y fornido”. Teruel era entonces una ciudad modesta de poco más de quince mil habitantes. Los estudiantes esperaban el final del curso y la gente soñaba con las fiestas de San Fernando. La plaza del Torico era el centro del universo con sus soportales que protegían del cierzo y de las nieblas, con sus casas modernistas, con sus cafés de arrieros y aquella imprenta mítica de Perruca. Con modestia, pero con intensidad, se veían funciones de los cuadros de actores locales, en el Casino Turolense hervían disputas y el reputado médico Serafín editaba su novela De Barcelona a Estambul.

 

FALANGE Y REPÚBLICA.

“Yo salí a dar vivas a la República. Teníamos la teoría de por qué va a ser rey un hombre que nace por un determinado sitio y otro no. En absoluto" Sin embargo, muy poco después iba a afiliarse a la Falange (e incluso iba a ganar para la causa a Federico Jiménez, padre de Federico Jiménez Losantos). Mientras tanto seguía con Logos y sus colaboraciones en El Noticiero. Con 19 años se matriculó en Derecho y Filosofía y Letras en Madrid y se costeaba su estancia, a final de campaña, con su salario como reportero.

“Antes ya de que estallase la guerra, me habían encerrado en la cárcel porque era Jefe del SEU en Teruel. Me llevaron a la cárcel a mí, a Julve Ceperuelo y a Miguel Merino de Alcañiz, que luego sería alcalde de Zaragoza. Me sacaron del calabozo y fui a llamar por teléfono a Madrid. Acababan de matar a Calvo Sotelo y me dijo la telefonista que había visto una lista de amenazados en la que estábamos  yo y mi hermano Manolo, que vivía en Santa Eulalia de Campo. Cogí el autobús y cuando llegué al pueblo, a mi hermano ya lo habían llevado preso. Decidí irme a Bronchales y me encontré con Pepito López Cordobés, que años después sería director de Lucha”.

Al poco tiempo empezaron a sacar Imperio azul, una hoja volandera, después crearon Arriba, cuya cabecera era el anagrama posterior del periódico de José Antonio Primo de Rivera. La primera portada no dejaba lugar a dudas: “Las tropas nacionales están a punto de entrar en Madrid”. En aquella época de confusión y de disparos cruzados desde todas partes, Clemente Pamplona y sus compañeros se hicieron con la imprenta de Acción, aunque su adquisición hubo de ser aprobada por el lugarteniente de José Antonio, Manuel Hedilla. “Así nació Lucha (actual Diario de Teruel), con cabecera de Publio Palmero, hijo del médico de Bronchales. El primer número es de noviembre de 1936. Tenía cuatro páginas, un formato grande y éramos partidarios de la sublevación. Una de las primeras noticias fue la ofensiva contra el cementerio en la frontera de Corbalán, que trajo consigo la llegada de seis tanques rusos a la ciudad. Las noticias locales las completábamos con la información internacional que oíamos por la radio”.

 

EL FEROZ ASEDIO.

La Batalla de Teruel prefiguraba sus tragedias, la gesta brutal de una época fratricida. Teruel iba a transformarse en la arena donde se despedazaban todas las fieras de la tierra. Empezaban a llegar corresponsales de todos los lugares. Entre otros, estuvo en la ciudad el fino y elegante Eugenio Montes del diario ABC; un día, mientras veía los escombros, las primeras ruinas, la hambruna, todo aquel circo del horror que contrastaba con la ligereza aérea de las torres gemelas o con la suspensión casi celeste de la catedral en la alta noche, dijo: “Aquí se acaba España”. “También recuerdo un corresponsal francés del diario católico La Croix. Quería visitar los frentes de Puerto Escandón. Le dije que no había problemas. Lo llevé, le presenté a los comandantes de puesto, al Jefe de la Falange. Cuando regresamos, me dicen: ‘El coronel Rey quiere verte. Que te presentes de inmediato’. Me acompañó el francés. Creí que Rey D’Harcourt tenía el semblante cambiado. ‘¿Usted no sabe que no se puede llevar al frente a un señor del que nada sabemos? Esto es un consejo de guerra’. Me quedé un tanto perplejo. El coronel se tornó afable y se río: ‘¡Que sea la última vez!’ ”.

         En este diálogo con Clemente Pamplona está presente Eloy Fernández Clemente, espléndido biógrafo del coronel y desfacedor de la leyenda negra del militar. Parecía obvio preguntarle a nuestro interlocutor por él. “Era un perfecto militar. Era militar siempre y un perfecto caballero. Hay que ver cómo aceptó este hombre la muerte de su hijo en Brunete, con qué entereza. En el asedio ya no lo traté: recibí un balazo y pasé todo ese tiempo de aquí para allá en hospitales”.

 

CINE Y PERIODISMO.

Su vocación periodística aún le permitió continuar a la desesperada con el diario Lucha. Se quedaron sin luz y sin nada, aunque emplearon el aceite de unas cuantas latas de sardinas con una mecha. Lograron imprimir 50 ó 60 ejemplares con la vieja Marioni en el interior de una cueva. A partir de ese momento, Clemente Pamplona, malherido y destrozado por dentro, fue llevado de hospital en hospital por las tierras levantinas: San Miguel de los Reyes, Sueca, Cullera. En Valencia, recibió un “regalo de los dioses” en forma de mujer: Amparo Lleó.  “Así se llama mi esposa. La conocí en Sueca, durante su convalecencia. Era una mujer muy bella. Había sido comunista y con sólo 17 años se marchó al frente con un amigo de su padre. Era un militar maduro, capitán de artillería, con el que llegó a Alfambra, en Teruel. Cuando vio cómo se ponían las cosas, la envió a su casa. ‘Tú a tu pueblo’, le dijo. Y Amparo se metió enfermera. Fue como un ángel para todos nosotros, los prisioneros de la República. Empezó a protegernos: nos traía naranjas y nos hacía saber los partes de guerra. Para entonces ya había cambiado de ideas. Había visto muchas calamidades y muerte en Valencia. Al final, la llevaron a una checa tras ser expulsada del hospital. La gestión de muchos amigos logró devolverle la libertad. No se había olvidado de nosotros ni tampoco de mí. Recuerdo que un día me hizo llegar una carta que, en apariencia, no decía nada de verdadero interés. Me la llevé al retrete y me percaté de que el sobre llevaba muchos sellos. Empecé a despegarlos y descubrí que Amparo me había escrito en letra menuda el parte de guerra que anunciaba el avance de los sublevados. No eran cartas de amor: el primer beso se lo di al salir”.

 

         Terminada la guerra, se curó del todo en Zaragoza y pidió un puesto de redactor en el Levante de Valencia, que era el diario de mayor éxito y tesorero de la prensa del Movimiento Nacional. El director era Maximiliano García Venero, historiador y biógrafo de Manuel Hedilla, la bestia negra del régimen y el símbolo de la Falange de izquierdas. Permaneció tres años en la ciudad del Turia, hasta que fue invitado a retomar la dirección de Lucha. “Contacté con Miguel Vidal Andols, padre de Darío Vidal, y los dos nos pusimos manos a la obra. Traje las primeras linotipias a Teruel y una rotoplana de El Comercio de Gijón. El 30 de mayo de 1942, el periódico entrega un especial de 40 páginas con una portada a color. El director, reconoce, recibía consignas del régimen, interminables telegramas con los discursos de Franco, aunque también contaba con los servicios de una agencia alemana en Valencia: Transocean.

         La existencia de Clemente Pamplona no ofrece un segundo respiro. En 1945, tras algunas diferencias con el gobernador Ruiz Castillejos (quien no quiso aprobar el intento de crear una especie de sociedad anónima entre ayuntamientos para sustentar Lucha), ingresó en Radio Nacional de España y se trasladó a Madrid. “Me estrené en el servicio de noche, con Fernández Marrero de redactor jefe. Ese mismo día estalló una bomba y estuvo a punto de hacerlo otra. Era un atentado terrorista. Durante doce años fui el cronista para RNE de los viajes de Franco. ¿Franco? Siempre he dicho lo mismo. No me sentía afín a él exactamente. Creo que, como he dicho de la Guerra Civil y mantengo, fue un mal necesario. Por supuesto hemos vivido 40 años bajo una dictadura. Lo asumo. Pero hay que pensar el estado en el que estaba el país, las ruinas o el hecho de que no tuviese un ambiente internacional propicio que le permitiese restañar las heridas con más rapidez y sin tanto ensañamiento. Pasará tiempo para ver con claridad la figura y su política”.

         Al poco tiempo, Clemente Pamplona se reveló como un excelente guionista, hasta el punto de que en 1950 obtuvo el Premio Nacional de Guiones con Pasos, basado en una historia de Antonio Calderón sobre el relato de alguien que conversa con sus pasos. “Yo mismo llevé el proyecto en el debut de Andrés Mejuto. La cinta representó a España en el festival de San Sebastián”. Continuó haciendo cine y con éxito sobre todo con Don José, Pepe y Pepito, sin abandonar nunca el periodismo. Fue corresponsal de RTVE en Lisboa, asumió la dirección de Teleradio e ingresó en la plantilla del Ente, donde asumió labores de director de informativo. Le apetece narrar una anécdota portuguesa. El Mundial de Fútbol de 1966 de Inglaterra tuvo dos héroes sobresalientes: el gran Bobby Charlton y el interior portugués Eusebio. Clemente Pamplona, durante su estancia como corresponsal en Lisboa, tuvo una cariñosa relación con el astro del Benfica. Recordando la aciaga derrota del Barcelona frente al equipo luso en la Copa de Europa –el conjunto de Torres, Coluna, Eusebio y Simoes ganó al favorito de Suárez, Kubala, Kocsis y Czibor-, Clemente Pamplona intentó que Eusebio recalase en el Barcelona e hizo gestiones que parecía que iban a fructificar, aunque entonces, desde Portugal, empezaron a llover las amenazas contra el jugador. “Lo amenazaron con el destierro o con enviarlo a combate a las colonias. Fue una pena. No sólo era un formidable jugador, sino una extraordinaria persona. Como su mujer Rosa”.

         Prado del Rey lo nombró codirector de la televisión aragonesa, en los tiempos de Maximiliano Alonso, aunque podía hacer su trabajo desde Teruel. Ha pasado casi una década de su jubilación, pero su vida –en este domingo lento y claro de acérrimas nostalgias que ya le duelen como la punzada que le han cosido en los ojos- sigue poblada no tanto por la vieja camisa azul, sino por los mejores amigos, por los instantes más agradables. Esa es la única luz que le remedia la ceguera y le protege contra las ominosas sombras del olvido.

 

DE LA PRENSA AL CINE

El cine ha sido su gran pasión. Tal vez mayor que la del periodismo o la de la radio. Hizo de todo: conversó con los actores, los fue a buscar a medio mundo, escribió guiones y dirigió varias películas. En 1950 ganó el concurso de guiones de Cifesa con Agustina de Aragón, que trasladaría a la pantalla Juan de Orduña. Su trayectoria como realizador se inaugura con Pasos, una cinta de 1957 que representó a España en el Festival de San Sebastián. Ese título significó el debut de Andrés Mejuto y estuvo protagonizado por Alfredo Mayo y Lina Rosales. El guión había sido galardonado por el Sindicato Nacional de Espectáculos.

          “Con Pasos ocurrió una cosa muy singular: los checos presentaron una deliciosa cinta, Abuela automóvil y quisieron llevarse la mía a su país. Se llevaron una copia de 16 milímetros, pero las autoridades no la aprobaron por su moral: decían que narraba un adulterio y la prohibieron”. Después escribiría uno de los guiones que más le gustan: Cerca del cielo, sobre el Padre Polanco, que se rodó en Teruel. Al año siguiente dirigió Farmacia de guardia (1958), cuyo asunto era la noche de una farmacia. “La interpretaron nada más y nada menos que María Guerrero y Pepe Romeu. Quizá mi mayor éxito fuese Don José, Pepe y Pepito (1960, basado en una novela de Juan Ignacio Luca de Tena. Estuvo interpretada por Manolo Morán, Pepe Isbert y la actriz mexicana Ana Esmeralda”.

          Con Historia de un hombre asomó a su vida otro personaje aragonés: el escritor y filólogo Fernando Lázaro Carreter. Con él volvió a repetir colaboración en La chica del gato, guión basado en una pieza de Carlos Arniches. Los intérpretes fueron Gracita Morales y José Orjas. “Quisiera recordar un título al que le tengo un gran cariño, y que fue todo un éxito en aquel momento: me refiero a Kubala, los ases buscan la paz, donde descubrimos a la bellísima actriz Irán Eory y a Antonio Ozores. En la cinta intervinieron grandes glorias blaugranas como Ramallets o Pepe Samitier”.

          Clemente Pamplona Blasco no pone límites ni a su energía ni a sus recuerdos. Declara su admiración por su hija Amparo Pamplona –asidua antaño en las novelas semanales de televisión, en los espacios dramáticos. Aún podríamos recordar su perfecto papel en La hija del mar de Rosalía de Castro-, y recuerda sus numerosos encuentros con actores: con el espigado Conrado Sanmartín, con Cantinflas (al que dibuja un día remoto en Madrid oyendo chistes con estupor porque él era incapaz de superar tanta gracia ajena), con Anthony Quinn en Albarracín a principios de los 80. El intérprete de Zorba el griego le llenó el corazón de orgullo. En un momento de reposo del rodaje de Valentina, se le acercó y le dijo: “Clemente, usted debería dirigir de nuevo”.

*Portada del libro de Juan Villalba Sebastián, que imparte una conferencia sobre Clemente Pamplona en el Centro de Historia.

Programa de este fin de semana:

Viernes, 18 de abril
Jesús Pascual, un desconocido director de cine
Luis Antonio Alarcón Sierra
Proyección: El azar se divierte (1957, 85 minutos)

Sábado, 19 de abril
Clemente Pamplona. Del primer plano al fundido en negro
Juan Villalba Sebastián
Proyección: Historia de un hombre (1961, 83 minutos)

 

CHEMA LERA RINDE HOMENAJE A RAMÓN ACÍN

CHEMA LERA RINDE HOMENAJE A RAMÓN ACÍN

LA MARIPOSA Y LA PAJARITA

 

Segundos antes de morir, el maestro miraba una mariposa. Estaba posada sobre la tapia, indiferente al pelotón de fusilamiento. Pensó que tal vez una bala perdida podría alcanzarla y se apartó un paso de ella.
Tras el estallido de la descarga, unas tenues alas amarillas, orladas de tímido violeta, sobrevolaron la sangre de los asesinados. Dibujaron en el aire un instante de belleza en su memoria.

 

Homenaje a Ramón Acín.

CHEMA LERA

 

 

Este texto y esta ilustración corresponden a Chema Lera. Responden a una petición de Fernando Sarría, el incansable hacedor de lunas, para que se incorporase a la fiesta del microrrelato en su blog Estravagario 21. Chema Lera me ha obsequiado con ambas piezas, y aquí están.

 

VOLPI, MÉNDEZ GUEDEZ E IWASAKI, EN CÁLAMO

VOLPI, MÉNDEZ GUEDEZ E IWASAKI, EN CÁLAMO

Esta tarde estarán en Cálamo, a las 20.30, tres estupendos escritores latinoamericanos: el peruano, narrador y apasionado del fútbol, Fernando Iwasaki; el mexicano Jorge Volpi, que dedica en su último libro un maravilloso texto a Juan Rulfo, y el venezolano Juan Carlos Méndez Guédez.

 

Iwasaki es autor de Inquisiciones peruanas, con prólogo de Mario Vargas Llosa. Relatos de carácter fantástico, en un tiempo de torturas, inquisición y oscurantismo, en un tiempo de monjes sodomitas y beatas voladoras, que poseen la acidez, la gracia, la ironía y el sentido de la sátira de Fernando.

 

Jorge Volpi escribe un libro misceláneo, muy sorprendente, en Mentiras contagiosas, mitad ficción y análisis de la vida secreta de las novelas de autores como Bolaño, Pitol o el ya citado Rulfo, entre otros. Volpi se manifiesta como un gran teórico de la literatura, con un estupendo sentido del humor. La pieza de Rulfo para mí es extraordinaria. Es casi un reportaje-ficción.

 

Juan Carlos Méndez Guedej es toda una revelación para quien no haya leído sus libros en Lengua de Trapo. Leí sus cuentos en un viaje en tren a Galicia: son piezas que abarcan los temas eternos, con salidas inesperadas, con personajes que viven el extrañamiento, la locura y el deseo. El volumen se titula Hasta luego, míster Salinger.

 

Los tres libros los ha editado Juan Casamayor, un aragonés apasionado por el cuento que está haciendo fortuna en Madrid, en su sello Páginas de Espuma.

*La foto es de Natalie Dybvisz, Mis Aniela.