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Antón Castro

FOTOS INOLVIDABLES.1 / HANS STAUB

FOTOS INOLVIDABLES.1  / HANS STAUB

Anoche, antes de acostarme, repasé el apasionante “Diccionario de fotógrafos del siglo veinte” de Hans Michael Koetzle, y hallé esta foto de Hans Staub (1894-1990), pionero de reportaje fotográfico en Suiza, artista sin artificio, obsesionado por el  hombre de la calle. Él mismo se sentía ante todo “un hombre de la calle”. Fue impresor, reportero gráfico y luego trabajó por su cuenta. Me ha gustado esta foto por múltiples razones: su emotividad, la gracia, la composición. Por lo mucho que sugiere.

Hace unos días, hablábamos con mi madre Carmen y mi suegra Isabel de los primeros recuerdos que teníamos, y el mío, con tres o cuatro años, se remonta a un viaje en bicicleta que hice con mi padre.

UN POEMA DE JUAN GELMAN

UN POEMA DE JUAN GELMAN

[La última vez que estuve en Galicia, hace algo más de una semana, compré el libro Oficio ardiente (Ediciones Universidad de Salamanca) de Juan Gelman, galardonado con el premio Cervantes. La primera persona que me habló de este poeta fue mi viejo amigo Luis Felipe Alegre. Hay poemas magníficos, entre ellos éste, que pertenece al poemario “Gotán” (1962). Lo ilustro con una foto del gran fotógrafo humanista francés Izis.] 


Anclao en París

Al que extraño es al viejo león del zoo,
siempre tomábamos café en el Bois de Boulogne,
me contaba sus aventuras en RhodesIa del Sur
pero mentía, era evidente que nunca se había movido del Sahara.

De todos modos me encantaba su elegancia,
su manera de encogerse de hombros ante las pequeñeces de la vida,
miraba a los franceses por la ventana del café
y decía "los idiotas hacen hijos".

Los dos o tres cazadores ingleses que se había comido
le provocaban malos recuerdos y aun melancolía,
“las cosas que hace uno para vivir" reflexionaba
mirándose la melena en el espejo del café.

Sí, lo extraño mucho,
nunca pagaba la consumición,
pero indicaba la propina a dejar
y los mozos lo saludaban con especial deferencia.

Nos despedíamos a la orilla del crepúsculo,
él regresaba a son bureau, como decía,
no sin antes advertirme con una pata en mi hombro
"ten cuidado, hijo mío, con el París nocturno".

Lo extraño mucho verdaderamente,
sus ojos se llenaban a veces de desierto
pero sabía callar como un hermano
cuando emocionado, emocionado,
yo le hablaba de Carlitos Gardel.
 

MELUSINA ENTRE VIÑEDOS (CUENTO)

MELUSINA ENTRE VIÑEDOS (CUENTO)

Dicen --y los antiguos no mienten: soñaban-- que Melusina era una mujer tan prodigiosa que adoptaba formas diversas: hada, sirena o ninfa de ríos y fuentes, aunque su auténtica condición era la de reina. Vivía en permanente relación con el misterio: tenía la facultad de erigir edificios increíbles en una sola noche, ayudada por obreros, canteros y arquitectos que desaparecían por la mañana. Atesoró castillos, ciudades completas, islas, grandes prados y vastos campos de vid, que eran su pasión inadvertida. A veces se la veía paseando entre los viñedos rodeada de sus hijos, a los que siempre les faltaba un miembro o mostraban malformación, igual que le sucedía a sus construcciones. Se sabe que preparaba unos deliciosos caldos que hacía escanciar en celebraciones íntimas, fiestas y torneos. Su fama, igual que la de Melusina, se extendió por toda Europa, y llegó a oídos del conde Thibault, ilustre vasallo de Luis IX.        

Tras pelear en las Cruzadas, acudió a Chipre donde residía Melusina. Lo recibió y le rindió honores; por la tarde lo condujo a un viñedo próximo, que se extendía a lo largo de una colina. Thibault asistió a dos prodigios: vio como Melusina se convertía en serpiente que reptaba entre los pámpanos y como ella arrancaba varias cepas, que le entregó. Le dijo: "Vuelve a casa y plántalas".
        

Thibault regresó con dos heridas en el pecho: la de la guerra y la del amor. Pero esa dolencia de amor se tornó felicidad cuando paladeó los caldos de las viñas de Melusina, que originaron durante décadas el mejor champagne medieval de Francia. Dicen los antiguos que en los crepúsculos le vencía la melancolía y se embriagaba en sus bodegas con espumoso en honor de aquella dama.

IMAGEN DE KIRSTEN DUNST

IMAGEN DE KIRSTEN DUNST

Acabo de ver Las vírgenes suicidas, la película de Sofia Coppola, basada en la novela homónima de Jeffrey Eugenides. Todo el elenco es muy sugerente, el ambiente  me ha hecho pensar en algunos cuentos de Scott Fitzgerald, y me resulta dulce y atractiva y rebelde  Kirsten Dunst. Encuentro esta foto de ella...

MANUEL TORRES: EL EXPRESO DEL ATARDECER

En el Real Zaragoza de los años 50 triunfaban Parés, Serer, Baila y Chaves arriba; Estiragués, apodado El Sordo, y Villegas dominaban en la zona ancha; Perico Lasheras en la portería: el madrileño rivalizaba con Enrique Yarza, que se haría imprescindible e insustituible en la década siguiente. Y destacaba un defensa turolense que procedía del Manchego de Ciudad Real, codiciado por varios equipos: Manuel Torres, rápido, arriesgado, técnico, que pronto sería considerado como El expreso de la banda.        

Torres ingresó en el club en la campaña 1953/1954, y con él llegaron al viejo campo de Torrero --donde se libraron batallas heroicas en una superficie de grava con perfecto drenaje--, Yarza, Bernad y Castañer; con ellos, y con el citado Lasheras que recaló un año más tarde, iba a formar la primera defensa mítica de los 50. El rendimiento de Torres fue convincente y pronto se hizo con el puesto en una durísima Segunda División dominada por los equipos vascos: Alavés, Baracaldo o Eibar. Balmanya, Eguiluz y luego Mundo confiaron de inmediato en sus condiciones.
        

En la campaña siguiente, se incorporó Ignacio Alustiza y el equipo logró la tercera plaza, a puntos iguales con el Oviedo. En la pelea por el ascenso, en una áspera liguilla de seis equipos, los blanquillos quedaron en la penúltima posición. Nadie hizo sombra a Torres en su parcela: se reveló como un lateral de largo recorrido, pundonoroso y audaz, dotado de técnica, que jugaba con idéntica calidad hacia arriba que hacia abajo. El gallego Avelino Chaves deslumbró en Torrero: marcó 24 tantos, nada menos, y sembró la certeza de que el club contaba con un portentoso delantero de gran porvenir, que se quebró de golpe en el viejo Torrero cuando recibió un impacto que le hizo crujir la pierna: muchos seguidores aún recuerdan el golpe, el eco de los huesos astillados, el vuelo del gran delantero. Aquellos eran los tiempos en que Piru Gaínza, el gamo de Dublín, desarbolaba a los defensores con sus regates, su velocidad imparable y la furia, aunque tardaría algún tiempo en enfrentarse a Torres. En la nueva temporada, 55 /56 el Zaragoza logró su sueño de ascenso: esta vez sí los pupilos de Mundo consiguieron quedar segundos en la liguilla tras el España Industrial.  
        

En 1957, ante la lesión del lateral Atienza, que también había pertenecido al Zaragoza, el Real Madrid solicitó la cesión de Manuel Torres. Para entonces, en septiembre, ya se había inaugurado el Estadio de la Romareda con un apasionante partido frente al Osasuna. Y el turolense se vio llamado a vivir cinco meses de felicidad irrepetible en Chamartín: allí coincidió con Alonso, Marquitos, Lesmes, Muñoz, Zárraga, Kopa, Rial, Di Stefano o Gento, entre otros; con La galerna del Cantábrico (recogemos la anécdota del estupendo libro de Javier Lafuente y Pedro Luis Ferrer) tuvo tiempo de comentar aquellos severos pero limpios marcajes que le hacía y que solían desarmar su juego.
        

Jamás desentonó entre figuras y acarició la internacionalidad. Se supo querido, respetado y demostró que era un defensa moderno, tal como entendemos hoy este concepto: un carrilero capaz de recorrerse metros y metros, capaz de desbordar y de largar un centro con exactitud y galanía. Arropado por las estrellas, y por su amor propio, Torres consiguió lo que jamás se le había pasado por la cabeza: la Copa de Campeón de Europa en París ante la Fiorentina y la Copa Latina. En una conversación con Carlos Cebrián para el libro Zaragoza desde la nostalgia (2000), recuerda el defensa: "Practicábamos un fútbol al primer toque, con estrellas de la talla de Kopa, Marquitos, Di Stéfano, etc., que jamás se quedaron estáticos esperando a que les llegase el balón. Ellos bajaban a la defensa, si hacía falta, para llevar la pelota al área y ese espíritu de colaboración incrementaba, a mi juicio, su grandeza". Encajó a la perfección en aquel equipo de estrellas, pero hubo de volver a La Romareda para reiniciar una carrera cuajada de profesionalidad y entrega, y fue uno de los integrantes de aquel buen conjunto de transición que desembocaría en Los cinco magníficos.

         La prueba de ello fue que ingresaron en el club jugadores como el central Rodolfo, Joaquín Murillo, Reija, Carlos Lapetra y Marcelino. Torres asumió su responsabilidad hasta el fin, y realizó marcajes magistrales a exteriores de una calidad contrastada como Enrique Collar, Gento, Gaínza o Juanito Arzá, entre otros. Torres se define así: "Era muy técnico, tenía una gran resistencia física porque me cuidada muy bien. Era muy nervioso y jugaba con las dos piernas, aunque la derecha era la mejor, la más fuerte y con la que alcanzaba una mayor precisión. No obstante me esforcé mucho para sacarle el máximo rendimiento a la izquierda y creo que lo logré". Abandonó algo pronto el balompié: en la temporada 61/62, a los 29 años y con un centenar de partidos en Primera División, tras haber sido capitán, anunció su retirada. Benítez, Cortizo e Irusquieta fueron sus recambios naturales, pero ninguno de ellos pudo superar su trayectoria personal a lo largo de ocho temporadas. Aún le cupo el honor de atisbar la inmensa clase que atesoraba Carlos Lapetra y sugirió, junto al rejuvenecido extremo Miguel, la necesidad de otorgarle la camisola del once. 

       
Seguramente hasta la llegada de Alberto Belsué, defensa con proyección atacante e internacional en numerosas ocasiones, y sin despreciar al lateral ye-yé de Los zaraguayos, Rico, Manuel Torres encarna al mejor lateral con que ha contado el Real Zaragoza: el hombre laborioso y responsable que convertía su banda en una pista de carreras de velocidad. Él era el gamo veloz, el expreso del atardecer.
 

ILUSTRACIÓN NAVIDEÑA DE BLANCA BK GIMENO

ILUSTRACIÓN NAVIDEÑA DE BLANCA BK GIMENO

GATOS, POR PABLO NERUDA

GATOS, POR PABLO NERUDA

[Visor publica un “Bestiario” de Pablo Neruda, en edición de Giuseppe Bellini. En mi casa hay cuatro gatos, pero compruebo que a Marta y Julia de Entrenómadas les apasionan estos felinos, casi tanto como a Charles Baudelaire. Copio este texto de Neruda, que escribió mucho sobre gatos, y lo coloco aquí en homenaje a su pasión por los animales y otros fantasmas.]   

GATO III

Cuántas estrellas tiene un gato
me preguntaron en París
y comencé tigre por tigre
a acechar las constelaciones:
porque los ojos acechantes
son palpitaciones de Dios
en los ojos fríos del gato
y dos centellas en el tigre. 

Pero es una estrella la cola
de un gato erizado en el cielo
y es un tigre de piedra azul
la noche azul de Antofagasta. 

La noche gris de Antofagasta
se eleva sobre las esquinas
como una derrota elevada
sobre la fatiga terrestre
y se sabe que es el desierto
el otro rostro de la noche
tan infinita, inexplorada
como el no ser de las estrellas. 

Y entre las dos copas del alma
los minerales centellean.

Nunca vi un gato en el desierto:l
a verdad es que nunca tuve
para dormir más compañía
que las arenas de la noche,
las circunstancias del desierto
o las estrellas del espacio. 

Porque así no son y así son
mis pobres averiguaciones.

PABLO LOZADA: DIÁLOGO Y EVOCACIÓN DE PABLO SERRANO

PABLO LOZADA: DIÁLOGO Y EVOCACIÓN DE PABLO SERRANO

Arte. Pablo Lozada (Córdoba, Argentina, 1925) fue coleccionista y editor de arte y galerista de arte. Desde 1970 asumió la representación de Pablo Serrano en Francia. Hace un par de años, al menos, visitó el museo del escultor de Crivillén en Zaragoza y donó cartas, fotos, dibujos, cuadernos y manifiestos. Recupero esta entrevista porque el año 2008 se celebra el centenario del escultor Pablo Serrano (1908-1985), y siempre me gusta trasladar mi fondo de armario a este blog. Dolores Durán y su equipo, Miriam, Paloma y Valeria, entre otras, preparan el catálogo razonado de la obra de Pablo Serrano.

   1. “Pablo Serrano buscó la luz interior del hombre”
2. “Pablo Serrano fue un creador auténtico”  

-Empecemos por el principio. ¿Cómo entró en contacto con Pablo Serrano?
-Antes debiera contarle dos historias: la de mi origen y una historia de amor. Yo soy argentino de Córdoba, nací en 1925. Mi padre era coleccionista de arte argentino, poseía una gran colección, y fue él quien me enseñó a amar el arte. A finales de los años 40, tras finalizar mis estudios, realicé un viaje por Europa, recorrí diferentes universidades europeas, y conocí a Françoise Benard, me enamoré y decidí volver a la Argentina para anunciar que iba a casarme. Y ahí empezó todo…

-¿Qué quiere decir todo?
-Bueno, yo ya tenía inoculada la pasión del arte. Me iba a París a casarme y a trabajar con mi suegro, que poseía una importante empresa de cosmética, Garnier. Entonces se viajaba en barcos y mis baúles venían llenos de  telas. Yo no puedo vivir sin tener pinturas colgadas en casa, incluso las tenemos en el baño. Recuerdo que mi novia se quedó un poco extrañada de mis pertenencias.

-¿Qué le sugiere, qué le da la pintura?
-La pintura es una pasión. Ofrece diferentes facetas del espíritu, transmite un mensaje de vida y humanismo.

-Sigamos.
-Trabajé. Fui desarrollando mi trabajo y hacia 1965 mi suegro vendió la empresa a L’Oreal. Nos hicimos un poco ricos. En todos esos años, nosotros nos habíamos ido haciendo una importante colección de grabados de Picasso, teníamos pinturas de Serge Poliakoff, varias obras de André Masson, de Joan Miró, de Pierre Soulages o de Maurice Esteve. Al vender decidimos abrir una galería, centrada en la obra gráfica. Y seguimos incrementando nuestras colecciones y fondos con más obra de Soulages y con el pintor polaco Jean Kwiatkowski, que llegó a hacer telas con Raoul Dufy. Empezó haciendo una pintura naïf, pero luego estalló un poco a la manera de Van Gogh o Modigliani y realizó una gran obra plena de luminosidad.

-Y es entonces cuando apareció Pablo Serrano en su vida…
-Sí, Pablo Serrano es un verdadero creador. Un creador auténtico. Creo que no se ha entendido bien el mensaje de su obra: esa búsqueda del misterio profundo de la creación que se encuentra en el interior del ser humano. Todo en él es una constante lucha, una defensa de una filosofía humanista, y una manera de estar inmerso en las ideas y las corrientes sociales, anímicas y estéticas de su tiempo, en estrecha vinculación con una formidable generación de pintores como Canogar, Saura o Millares.

-Se conocieron en…
-En  Roma, hacia 1969, en casa de la marchante Carla Panicali, representante de la galería Marlborough en Italia. Yo hice un viaje a Roma, y como en París me habían dado su dirección y me la habían recomendado, fui a su casa y allí estaba Pablo Serrano. Como él era uruguayo, si me permite decirlo así, y yo argentino, la charla se animó de inmediato y nos hicimos grandes amigos. Me quedé ocho días en Roma, y por allí andaban Francis Bacon, con el que hablé poco, y estaba la escultora Beverly Pepper, de la cual hemos visto hace poco una gran exposición en los jardines del Palais Royal de París. Serrano se encontró allí con Bacon, que venía de la  isla de Capri y permaneció muy poco tiempo.

-¿Qué le atrapó de Pablo Serrano?
-Estaba allí invitado por Carla Panicali, y al parecer había conocido a Beverly Pepper en Madrid. De inmediato percibí su poética de artista: esa búsqueda y esa peregrinación incesante para resolver el misterio de la luz interior de los seres humanos, como le digo, y eso lo hacía con una especie de pasión, de fuerza continua. Juana no estaba entonces en Roma: una mujer que, sin saberlo, se estaba anticipando a su época, sobre en los collages. Allí en Roma estaban amigos íntimos de Serrano como Antonio Saura y Millares con su mujer Elvireta. Qué pena me dio la muerte tan temprana de Millares.

-¿Cómo se consolidó luego su amistad?
-En 1970 fui a Madrid visitó su taller en Madrid, y muy pronto decidió confiarme su representación en Francia. Lo puse en contacto con Jacques Lasaigne, conservador-jefe del Museo de Arte Moderno de la ciudad de París, y con Michel Hoog, que era el director del Museo Nacional de Arte Moderno de París y gracias a él se adquirió una cabeza de Antonio Machado para su museo. Con Lasaigne se desarrolló la amistad y le organizó una antológica de 52 obras con un estupendo catálogo en el que escribían José Camón Aznar, Moreno Galván, Michel Tapie o Eduardo Westerdhal, su primer biógrafo.

-¿Qué había en la muestra?
-Todas sus series: “Quema del objeto”, “Lumínicas”, “Unidades-Yunta”, “Hombres –Bóveda”... Ya le digo que nos veíamos a menudo, le he editado obra gráfica y algunos libros de autor. ¿Sabe usted que Pablo Serrano alquiló primero y compró luego el estudio de Alberto Giacometti?

-Habían coincidido en la Bienal de Venecia y se habían llevado los dos primeros premios.
-Fue muy curioso. Alberto Giacometti, mucho antes de ser tan famoso, había hecho un montón de dibujos en una pared. Unos dibujos preciosos sobre estuco, sobre yeso. Cuando se murió y alquilaron su angosto estudio, sus herederos decidieron quitar aquella pared, arrancarla. Fue algo muy laborioso. Fui con Pablo Serrano a aquel lugar.

-Usted recibió cartas, dibujos, catálogos…
-… y fotos y manifiestos de Pablo Serrano. Y eso es lo que vengo a entregar a este museo tan bonito. Me alegra saber que lo van a ampliar. Pablo Serrano era un hombre encantador en el trato humano, poseía sentido de urbanidad, cortesía, una capacidad para escuchar, sabía calar el pensamiento de su interlocutor. Desarrollaba con cortesía su generosidad de espíritu, nunca lo he visto con rabia o enojado. Tenía un dominio de sí mismo extraordinario y era la bondad misma. Era como un hermano para mí.

-¿Cómo eran sus cartas?

-Siempre afectuosas y a veces me mandaba auténticos manifiestos y poemas. Mire éste: “La guerra existirá siempre por habernos creado en guerra contra nosotros mismos. La lucha permanentemente por existir, en lucha permanentemente por ‘el ser’. Nos va matando la vida, esta vida, mientras otra vida nos da aquella muerte. Sin conciencia de la limitación del tiempo entre vida y muerte, ‘tiempo para crear la otra vida’, la muerte es muerte en vida”. Está fechado en marzo de 1972. Creo que aquí está su forma de ver el mundo y la creación.

*Una unidad-yunta de 1973-1974.