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Antón Castro

HISTORIA DEL PÚGIL IGNACIO ARA

HISTORIA DEL PÚGIL IGNACIO ARA

Siempre nos había llamado la atención la figura de Ignacio Ara: su rostro labrado a golpes, su escasa y redondeada cabellera y aquel aspecto de hombre rudo y noble, que mira de frente a los ojos. Habíamos oído decir que era el mejor púgil aragonés de todos los tiempos hasta la aparición de Perico Fernández. Habíamos visto fotos suyas, especialmente una de 1945 cuando se enfrentó en Valencia en un combate memorable con el esgrimista y técnico García Álvarez, la eterna pelea de la nueva estrella que emergía ante el viejo campeón en su ocaso. En un domingo de rastro --ese mismo rastro que acaba de glosar Fernando Jiménez Ocaña en El tesoro de Espoz y Mina (Onagro)--, nos encontramos con un folleto de 1968 escritor por el gran periodista de Marca Pedro Escamilla: Ignacio Ara. El maestro. Seguimos nuestras pesquisas, preguntamos aquí y allá, y hemos ido descubriendo algunos enigmas de esta figura olvidada: en 1999 hubiera cumplido 90 años.        

Nació Ignacio Ara en abril de 1909 en Sigüés, una minúscula parroquia de Sos del Rey Católico. Parece ser que vivió muy poco tiempo en su pueblo, porque sus padres emigraron muy pronto al otro lado de los Pirineos, a Mauleon. Allí creció en un paisaje verde y floridos, con inviernos gélidos y veranos plácidos y soleados. Creció, hablando en castellano y en francés, en una casita llamada Chalet Vicenta, nombre de su madre. Su padre, Mariano Ara, trabajaba en una fábrica de calzado y alcanzó el puesto de encargado. La familia regresó a Aragón, concretamente a Jaca donde uno de los abuelos tenía una talabartería, porque los alemanes estaban a punto de invadir París durante la I Guerra Mundial. Los Ara regresaron al cabo de un tiempo y volvieron a instalarse en su casa con jardín. Se sabe que Ignacio estudió en un colegio de frailes; allí, el padre Abadie le impulsó a amar todos los deportes, incluido el ciclismo, que suscitaba grandes debates y peleas entre los chicos. Unos se decantaban por Henri Pellisier y otros por Phillipe Thys, y en esta rivalidad descubrió el joven aragonés la fuerza de sus puños. Su opositor fue un gigantón llamado Lanzabó: se propinaron coces, puñetazos, zancadillas, aquello fue como una batalla campal de reducidas dimensiones, Ignacio volvió a casa malherido y sangriento, pero con la conciencia tranquila: se había defendido como un oso y había colocado dos golpes por cada uno de su rival.
        

Quiso ser pelotari, pero a su padre le parecía una profesión de poco provecho. Rectificó y le dijo que le gustaría ser cocinero, así que decidió irse a París. Le habían conseguido un empleo de pinche de cocina en el Hotel Point--Neufe que le consumía casi todo su tiempo. Siempre que podía acudía a un frontón cercano, y un día se encontró con un muchacho que estaba a punto de hacerse muy famoso: Paulino Uzcudun,  un joven ex leñador que sería aspirante en varias ocasiones al cetro universal de los pesados ante Joe Louis y Max Schmelling. Y también se hizo muy amigo del semipesado vasco Isidoro Gaztañaga. Ambos acudían casi todos los días al Gimnasio Anastesie; el joven cocinero se quedaba entusiasmado con un tipo llamado Molina, era un auténtico bailarín de claqué que soltaba las manos con la velocidad del rayo. Sin que hubiese ninguna razón por medio se fue con Gaztañaga a San Sebastián y casi por error debutó sobre el cuadrilátero en 1925 ante el italinao Ambrosoni: lo encorrió a golpes en un sólo asalto con unos guantes, un calzón y unas botas enormes.
        

Allí empezaba su fraguarse su destino. Ganó sus primeros 36 combates por la vía rápida y pretendió pelear con el gran campeón español del momento: Ricardo Alis, que le rehuyó. Entonces peleaba ya en los pesos medios. Volvió a casa cuando empezaba a ser famoso y recibió un glorioso rapapolvo de sus padres; se produjo entre ellos la ruptura y marchó a París dispuesto a coronarse campeón de los medios y a hacerse rico. En Francia mantuvo una enconada trifulca con un tal Vaucland --se repartieron mamporros en cuatro peleas durísimas y ganaron dos cada uno--, y de ahí pasó a debutar en el Albert Hall de Londres. Pero su sueño era San Francisco y consideró que Nueva York era el paso intermedio: se presentó allí y combatió con Eddie Bowie en 1929. Un comentarista escribió de Ara: "Es el boxeador extranjero de mayor combatividad que he visto en mi vida. Su estilo es maravilloso".
        

Harto de esperar una oportunidad importante, se marchó a La Habana, que sería uno de sus lugares preferidos. Allí se batió, y ganó, con José de la Paz, Jimmy de Capua y Relámpago Salgueiro, ante quien sufrió un accidente grave en la mano derecha. Por entonces, cambió de manager: pasó a ser dirigido por el cubano Pincho Gutiérrez que dirigía al inolvidable Kid Chocolate, cantado por los poetas y dramaturgos, y al argentino Vittorio Cámpora. Cada mes su nombre sonaba más fuerte: era todo un atleta del ring, poseía una excelente pegada, un gran sentido de la esquiva y la constancia del corrredor de fondo. Y la ambición indesmayable del campeón. Empezó a advertir de su fuerza cuando vapuleó en un asalto a Joe Dundee, que acababa de perder su cetro universal de los welters.
        

En 1931, recién proclamada la II República, llega a España con el deseo de boxear en las fiestas del Pilar con el escurridizo Ricardo Alis, pero no pudo ser aquí la velada. Le duró un suspiro y el aragonés empezaba a tomar la senda del título: primero ganó el europeo ante el austriaco Kar Neubauer, a quien tumbó seis o siete veces en cuatro asaltos. Para más difícil iba a ser coronarse campeón del mundo ante el formidable y rocoso Marcel Phil, campeón del mundo de los medios: el primer choque fue durísimo y según los cronistas lo había ganado Ara, pero los jueces dictaminaron lo contrario. Y año y medio después, en febrero de 1934, Phil le propinó una soberana paliza.
       

Ara regresó a España y se lució en veladas multitudinarias con Martínez de Alfara en el Price o el Metropolitano. Phil cumplió su promesa y le dio la tercera oportunidad: en los cinco primeros asaltos, ganó Ara, pero se desfondó y el arrollador francés le castigó severamente y retuvo el título. Allí se acabaron los sueños de grandeza. La Guerra Civil le cogió en Buenos Aires; volvió una vez concluida y completó un palmarés inconcebible de peleas: cerca de 300, más que uno de los héroes casi recientes, el mexicano Julio César Chávez. En mayo de 1947, con 38 años, se coronó campeón nacional de los pesados, y se retiró al poco tiempo. Luego se dedicó a entrenar en Buenos Aires (fue preparador de Fred Galiana) y a los olímpicos españoles de México 68, desde Salamanca. Volvió a Buenos Aires, donde falleció en 1977. Le confesó a Escamilla: "A mí me hubiese gustado ser médico. Tampoco llegué, como me exigía mi hombría, a campeón del mundo del peso medio. Una vez porque me robaron; otras, porque me vencieron".

BUÑUEL, GAIZKA URRESTI Y JOSEMA CARRASCO

BUÑUEL, GAIZKA URRESTI Y JOSEMA CARRASCO

[Josema Carrasco me envía este dibujo y esta nota explicativa. Josema Carrasco y Gaizka son dos tipos estupendos. Gaizka sorprendió un día a su bella e inteligente novia con un retrato que le había hecho, por sorpresa, Carrasco.] 


Un dibujito para Gaizka Urresti con cariño y deseándole que su docuemntal sea un éxito.

El último guión es un largometraje documental sobre la vida y la obra del genial director de cine Luis Buñuel, que se está rodando en Cannes. Está protagonizado Juan Luis Buñuel, hijo del cineasta, y Jean Claude Carrière, con quien estableció una gran amistad, además de escribir conjuntamente nueve guiones y su libro de memorias Mi último suspiro, informan en una nota desde el Centro Buñuel Calanda. El documental recorrerá los lugares más importantes en la vida de Buñuel, desde Calanda, su pueblo natal, hasta México DF, pasando por Zaragoza, Madrid, Toledo, París, Cannes, Nueva York o Los Ángeles, indican desde el Centro Buñuel de Calanda.

El último guión
está co-dirigida por el director y productor de cine y televisión Gaizka Urresti y por el director del Centro Buñuel de Calanda, Javier Espada.
 El dibujo, si no me equivoco, está basado en una foto de Antonio Gálvez.

SHUARMA, JUAN CRUZ, VILA-MATAS, LOBERA: BORRADORES

SHUARMA, JUAN CRUZ, VILA-MATAS, LOBERA: BORRADORES

El cantante Shuarma, ex miembro de Los Elefantes, actúa esta noche en el programa Borradores. El músico acaba de publicar su primer disco en solitario, “Universo”, e interpreta dos canciones: “El niño que fui ayer” y “El tiempo se puede parar”. El viernes ofrece un concierto, a las 21.30, en La Casa del Loco. 

Además, visitan el programa la editora Trinidad Ruiz Marcellán y la poetisa y dinamizadora cultural Pilar Manrique para hablar del proyecto “20 poetas aragoneses expuestos” (Olifante), una muestra de poesía aragonesa actual vertida al francés y al inglés, e ilustrada por autores como Vicente Pascual y Columna Villarroya, entre otros. Miguel Lobera y Jorge Tabuenca  presentan el documental y el libro “Sublevación de Jaca. Capitanes del frío”, que narra la peripecia de los militares Fermín Galán y Ángel García Hernández en diciembre de 1930,  una rebelión militar que acabó con su ejecución en Fornillos, Huesca, el 14 de diciembre de ese mismo año. El proyecto supone un análisis y una narración de la vida y la muerte de Fermín Galán y su transformación en mito, que inspiró a Rafael Alberti o Antonio Machado, entre otros. Intervienen en el proyecto, entre otros, Esteban Gómez, Enrique Vicién, Julián Casanova, Chema Azpíroz, Carmelo Romero, Martínez  de Baños, el nieto del capitán Vallés, abogado defensor de Galán y García Hernández... 

Borradores ofrece entrevistas con el periodista y escritor Juan Cruz, autor de “Ojalá octubre” (Alfaguara), con Enrique Vila-Matas, que ha retornado al cuento con “Exploradores del abismo” (Anagrama) y con la escritora Aloma Rodríguez, autora de “París Tres” (Xordica). El programa se completa con un reportaje sobre la exposición de Ignacio Mayayo, “Sólo con mujeres”, que se exhibe en la Fundación Alcort de Binéfar. Y también se recuerda que José María Conget acaba de ser galardonado con el Premio de las Letras Aragonesas 2007.

*La foto es de Shuarma.

UN POEMA DE SONIA FIDES

UN POEMA DE SONIA FIDES

VERSIONES DEL FRÍO

  A Gisele Lestrange nadie la avisó
—mientras pronunciaba el “Sí quiero”—
de que algunos poetas prefieren no nadar
y de que Paul Celan había idealizado, desde niño,
la vida privada de uno de los ríos
más caudalosos de Europa.

A Gisele Celan- Lestrange nadie la previno
acerca de los antecedentes de los días felices,
de cómo guardan silencio como nadie sabe hacerlo
de cómo omiten la información
que los desbancaría de su liderazgo si fueran descubiertos
y de cómo su vanidad
prefiere siempre otras muertes a la suya.

Pero en aquellos años, en que aún existían los poetas,
Gisele no era nada más que una mujer enamorada
que consumía sus horas elaborando grabados en blanco y negro.


Sabría ya entonces que las mujeres jóvenes
también deben guardar luto
si se casan con un marido caprichoso.


No creo, en las fotos aparece siempre sonriendo,
aunque si te fijas bien en sus cuadros
parecía no sentirse capacitada
para proporcionarle la mayoría de edad
a cualquier lugar geométrico distinto de las líneas rectas
y quién no está al tanto de que una línea recta
es para un suicida la primera versión
con la que construir un puente.


Seguro que si hubiera conocido todas estas circunstancias
habría hecho lo imposible
por adivinar el menú favorito de las esferas,
pero el dolor es demasiado independiente
como para ofrecer pistas
y olvidarse de cumplir su misión a rajatabla.

*Retrato de Paul Celan y Gisele Lestrange, a cuya historia de amor y convivencia y destrucción está dedicado este poema de Sonia Fides. 

UNA PELEA CON MAX AZAGRA

UNA PELEA CON MAX AZAGRA

Rara vez salíamos a cenar a casa de amigos. Como mucho íbamos a alguna fiesta a Loureda y Santa Mariña de Lañas; yo, si tenía un poco de suerte, me marchaba unos días antes y volvía unos días después y aprovechaba para montar en la yegua mansa de mi tío Manolo y cabalgar al trote hasta Pazo do Atín o el inmenso Campo del Lobo, donde jugaba el Campanal de Loureda. Si me quedaba en Santa Mariña, en el Pazo de Viñán, cerca de A Choca y Malvís, disfrutaba con el cerrado de huerta, con los caminos sombríos, orillados de laurel y grandes ribazos, y con los siete yernos de don Daniel, tío de mi madre, todos ellos aficionados a la caza y a la pirotecnia. En el Pazo de Viñán había nacido mi madre: allí se llamó Sara de Luna y vivió allí sus primeros cuatro años, hasta que su padre creyó que tenía hacienda suficiente en Paradela y decidió casarse con su madre.         

Dicen que lo que mejor sale es aquello que surge de repente, una tertulia improvisada que se torna, sin saber por qué, irrepetible. Así sucedió una noche en el domicilio de Abelardo y de Amalia; mis padres los conocían porque ambos habían estado en Suiza y habían regresado a Baladouro con muchos ahorros. Llegaron y besaron el santo; eligieron un gran solar cerca del Bar Moisés y al poco tiempo levantaron una casa alargada con dos plantas en la misma avenida del Balneario, muy cerca de donde vivíamos nosotros. Al poco tiempo, en los bajos, abrieron un establecimientos de ultramarinos con carnicería.        

No recuerdo si estaba mi hermana Marita, ahora mismo ni sé si había nacido. Ni tampoco la cena: quizá fuese pulpo con patatas cocidas, vino con gaseosa y una ensalada de lechuga, tomate y cebolla. La conversación pasó por distintas fases; pronto mi madre y Amalia, inclinadas a la precisión, hablaban del precio de las patatas y de algunas historias familiares que referían con aparente exactitud. Hubo un momento en que Abelardo y mi padre repasaron su estancia en Suiza. Mi padre recordaba su modo de cocinar: de vez en cuando solía hacerse tortillas francesas de seis huevos y freía patatas en abundancia. Le gustaba mucho la carne a la plancha, pero sentía una horrible nostalgia de los callos y las manos de cerdo. Narró alguna historia no de amor, sino de tentación: una mujer en cuyo jardín trabajaba los sábados y domingos le había ofrecido su cuerpo y su riqueza a cambio de que se quedase con ella para siempre. En ese punto, el diálogo cobró color.        
--Claro que lo dudé, Abelardo. Pero, ¿quién se atreve? Tienes aquí mujer y dos hijos...        
El otro sonreía.        
--No estaba de mal ver. Era viuda sin hijos. Le había quedado en herencia una finca enorme con chalet y garaje. Recuerdo que se me insinuaba entre las plantas mientras alineaba una muralla de mirtos, pero yo no me daba por enterado. "¿Por qué será tan honesto el jardinero?", dijo una vez. Al año siguiente me fui de Basilea a Zurich y no la volví a ver.        

Mi madre interrumpió bruscamente.        
--No sueñes, hombre, no sueñes.        
--Como me llamo Jacinto que es cierto.        
--¿Y por qué no te quedaste? Nos hubiéramos arreglado sin ti.        

Había algo que caracterizaba a mi madre: carecía de sentido del humor y no era celosa. Sin embargo, a mi padre le encantaban las chanzas si las manejaba él. De lo contrario, las aguantaba unos minutos, se enfurecía y se ponía más terco que un carnero.         

La intervención de mi madre había cortado unas confidencias que me interesaban. Las mujeres volvieron a centrarse en su mundo de menudencias y de nombres propios: la mujer de Rama, el marinero, había tenido su octavo hijo; Sandro, el encargado de Construcciones Lamela, había traído por fin a su guapa esposa de un pueblo de Lugo, etc. Cosas así, que exigían demasiado atención.        

Y mi padre recordó a los hermanos Artilleiro, Luciano y Benedicto, con los que iba de vez en cuando a ver películas pornográficas. Eran de su misma parroquia en Santa Mariña de Lañas: Vilarnovo, rodeado de bosques con retama. Siempre me intrigaba cómo vivían aquellos hombres solos: ¿dónde dormían, tenían o no patrona, quién les hacía la comida, irían en bicicleta al trabajo, engañarían a sus esposas como lo hacían César Fontela o Morón? Me quedaba patidifuso ante la cantidad de cosas que mi padre había sido capaz de hacer fuera de casa (jardinero, barbero, cocinero, albañil, camarero, etc.) porque con nosotros no cocinaba nunca ni planchaba ni siquiera ponía la mesa. Al contrario. Si alguna vez echaba comida en el plato, era en el suyo; si no estaban los vasos puestos, jamás le ponía un vaso a nadie. Cogía uno para él y lo llenaba hasta el borde de un tinto espeso que ennegrecía el mármol de las escaleras cada vez que se le caía de la jarra.         

--¿Qué pasaba con las películas? --preguntó Abelardo.        
--Nada. Que a los cinco o diez minutos de ver una y otra vez lo mismo, me quedaba dormido hasta que los hermanos Artilleiro me avisaban de que estaba roncando. No me impresionaban nada.        
--Por lo menos las chavalas estarían bien...        
--Sí, pero ya sabía que no eran para mí. Y en cuanto una mujer deja de interesarte, ya no resulta tan bonita.        

Así era mi padre. Incapaz de prolongar un minuto de suspense. A veces, pensaba que lo único que le gustaba de una charla era el ruido, la música de las palabras, la impresión de compañía. Y entonces, como un milagro, abrió otra espita a los viejos tiempos.        

--Lo que más recuerdo de mi vida es la mili --dijo.        
--Yo no fui por ser hijo de viuda --contestó Abelardo.        
--Yo también debí librarme por ser medio huérfano. A los ocho años mis padres me mandaron a servir a A Maceira. Y así pude comer, jugar y sentirme querido. Hubo momentos en que pensaba que la patrona era mi verdadera madre; cuando vinieron los soldados y se lo llevaron todo, también quisieron llevarme a mí, no sé para qué, pero la señora se lo impidió. Tenía un hermano loco, que estaba encerrado en el cobertizo y gritaba por las noches cuando había tormenta. Por el día sonreía y aullaba como un lobo. Ella se llamaba Mercedes y él, Ireneo.        

--¡Vaya nombre más raro!        
--Lo mismo dije yo el primer día. Luego, le tomé cariño al nombre y al hombre. Me hicieron una fiesta grande cuando me marché al ejército y él se quedó acurrucado y llorando.        
--¿Dónde te tocó?        
--En Melilla. Estuve tres años. Sólo recibí una carta de mi padre diciéndome que mi hermana Josefa se había casado con un ebanista. ¿Sabes lo que me ocurrió?        
--Tu dirás.        
--Yo era fuerte como un toro. Levantaba los arados de hierro como si nada. Estaba habituado a la vida dura del campo y de las eras. Y un día, el cabo o el sargento me dio seis escobas para que barriésemos un salón del cuartel. Las fui distribuyendo entre mis compañeros, las mejores eran para los que eran más amigos, y la peor le tocó a un soldado vasco. La cogió y la arrojó al suelo. "Gallego, tenías que ser. Me cago en la madre que te parió". Ni me lo pensé dos veces: me encaré con él y le lancé un terrible puñetazo.       

Aquella anécdota me despertó completamente. Mi padre estaba crecido. En la bruma del amodorramiento, pensé que hablaba de otro.        
--El soldado se cayó por encima de un sillón y fue a parar al suelo. Al cabo de unos segundos, comenzó a levantarse, grogui como estaba, tambaleante, y yo aproveché para darle otro soberano puñetazo. Fue el golpe del miedo: Máximo Azagra, más conocido como Max Azagra, era boxeador y había sido varias veces campeón de España de los pesados. Sangraba por la nariz y estaba completamente inconsciente. Lo llevaron al hospital y a mí al calabozo.        

Me imaginé el rostro de Azagra, la piel levantada, desencajado, tendido como un saco de patatas sobre su propia sangre. Recordé la horrible noche en que Joe Frazier alcanzó con un gancho brutal el mentón de Cassius Clay. Y vi también a mi padre, fuerte pero esbelto, valiente y hermoso, más parecido que nunca a Tyrone Power, encorajinado porque habían insultado a su madre, la abuela Emilia, vendedora de piñas para las cocinas de leña en A Coruña, que ahora agonizaba en la nebulosa de la locura y no hacía más que preguntarse si era cierto que había tenido seis hijos.        
--¿Qué pasó luego?        
--Sólo permanecí un día en el calabozo. El capitán me preguntó qué había ocurrido. Se lo dije. Estaba asustado por todo. Me tranquilizó: "Bien hecho, soldado. Una madre siempre es sagrada, pero la próxima vez conténgase". Estuve varios días sin hablar con nadie. Y todos querían hablar conmigo, todos querían recordarme que me fuese preparando, que cuando volviese Azagra me iba a matar.        
--No hubiera querido estar en tu piel. ¿Qué hiciste?        
--Esperar. Y angustiarme. Por las noches no podía dormir: no hacía más que pensar en Max Azagra. Incluso pensé en ir a verlo al hospital, pero no tuve valor. Para mí que había hecho lo que debía. Se me aparecía en todas partes como un fantasma de la Santa Compaña: entrenando, corriendo desde el alba, subiendo escaleras, levantando pesas o vapuleando rivales en el gimnasio. Y en un arrebato de locura, le hice caso a un amigo. "En una pelea te destrozará. Seguro. Es un campeón, y además querrá matarte. Ve a entrenarte cada día, aprende a boxear", me recomendó. Lo hice. Aprendí los movimientos; aprendí a sacar las manos, a parar los golpes. Muy pocos querían hacer guantes conmigo. Decían que mis manos eran de piedra o de acero. Seguía intranquilo. El tiempo iba pasando y sabía que más tarde o más temprano iba a llegar mi hora. Azagra ya se estaba recuperando.        

--¿Cómo fue esa gran pelea?        
--No fue una gran pelea.        
--Ya, sólo fue una paliza. ¿Te zurró, no?        
--Verás. Habían pasado ocho meses. A Azagra lo mandaron a un hospital que estaba lejos del campamento. Y justo el domingo en que yo me licenciaba, apenas una hora antes, apareció para vengarse. Preguntó por mí y le dieron dos o tres pistas falsas. Uno de mis mejores amigos, Rosende de Brión, el único que se atrevía a batirse conmigo, fue él quien consiguió el permiso para que montásemos un ring en una terraza con vistas a las islas Chafarinas, le dijo que acababa de marcharme con el petate. Y eso, y el afán de salir tras de mí, le hizo perder algún tiempo. Pude salir con total tranquilidad y sin saber que Azagra había venido. Ya en el barco, Rosende me dijo: "De buena te has librado. Llevaba cerca de un mes entrenando".        
--¿No os habéis vuelto a encontrar jamás?        
--Nunca. Seguí su carrera. Sé que llegó a pelear mucho y que combatió por el campeonato de Europa. En aquel tiempo sólo había dos grandes boxeadores en España: Ignacio Ara y Máximo Azagra. Ara llegó a ser campeón de Europa de los medios y se retiró a los 42 años; Azagra no llegó tan arriba y acabó participando en combates de lucha libre con el mote de El puma de Zumaya. ¿Sabes una cosa?        
--Tú dirás.        
--Aquella pelea que no disputamos no se me pudo quitar de la cabeza. Te imaginas, Abelardo, que le hubiese ganado... Ahora yo sería famoso, y así, ya ves, sólo soy un modesto encargado de Vialidad y Aguas.        

La noche era perfecta: había estrellas y corría una leve brisa. Serían las doce. Alguien pasó a nuestro lado y me apreté a mi padre. Su sombra me pareció infinita y poderosa. Estoy seguro de que nunca lo quise tanto como aquella noche.  

*[Uno de mis libros favoritos, entre los míos, es “El álbum del solitario” (Destino, 1999), que transcurre en Galicia casi por entero y que tiene un trasfondo inequívocamente autobiográfico. Uno de los capítulos es éste. Lo encuentro por casualidad, y lo cuelgo aquí. Estos días soy incapaz de escribir nada, aunque tengo notas impresas  en la cabeza: notas, sensaciones, pensamientos... Hace unos días, un atardecer de lluvia de domingo inolvidable, me encontré con algunos de los personajes que aparecen por aquí. Incluso con Abelardo y Amalia, o con aquel pirotécnico que siempre tenía un perro que se llamaba Amancio...]

DEL PADRE Y DEL MAR

DEL PADRE Y DEL MAR

 Siempre me han fascinado los libros sobre el padre. Ese ser que puede ser el cómplice, el faro, el amigo apacible. El otro. Hay un instante en que al afeitarnos, al mirar por la ventana, el cristal nos devuelve a alguien que somos y no somos nosotros, y es la imagen el padre. Juan Cruz ha hecho un formidable retrato de su progenitor en “Ojalá octubre” (Alfaguara), un título que le debe a Truman Capote.  Juan Cruz tiene algo de hombre ubicuo, que va y viene de avión en avión, de ciudad en ciudad, de tertulia en tertulia. Quizá sea quien más se parece a Manuel Vázquez Montalbán, que quería escribir de todo con un gozo absoluto. Para Juan Cruz y para MVM el periódico es un laberinto de vida incesante, un plantío de opiniones y sensaciones y verdades. Cruz escribe de todo a cualquier hora: de sus pasiones literarias (el acostado Onetti, algunos poemas de Neruda...), de televisión, de amigos con los que empatiza como Emilio Lledó, de la lectura, de algunos amores en penumbra. Va por aquí y por allá con ganas de conocer: improvisa en cada lugar un salón de pasos perdidos y halló uno real en la Aljafería. Es un centinela de la creación. Un curioso pertinente. Su libro del padre evoca las complejas relaciones entre ambos, la enfermedad, evoca el silencio del progenitor, los días de fútbol, y evoca el mar. No el mar de los marinos, el mar de leyenda y de galerna, sino el mar que se ofrece, con lasitud de tigre, como un arsenal de temblores, aromas y sonidos. “Ojalá octubre” es un libro que nos contiene un poco a todos, especialmente a aquellos que también perdemos a un padre que oye el mar y se despide del mundo mientras el oleaje se agiganta con la música-estertor del adiós.

RETRATO DE JULIO CORTÁZAR*

RETRATO DE JULIO CORTÁZAR*

 El día que Julio Cortázar murió en París, en febrero de 1984, entré en la Librería Pórtico y me gasté mi modesto sueldo de cajero de bingo en comprar las biografías, estudios, entrevistas y los escasos volúmenes de cuentos que no poseía de él: una larga veintena de títulos que me han acompañado siempre, de aquí para allá, como un instrumental necesario. Hubo una época en que me aprendía de memoria los inesperados finales de sus relatos o aquellos fragmentos donde contaba el combate entre Jack Dempsey y Luis Firpo, el Toro salvaje de la Pampa, que oyó en la radio junto a su madre; cuando se consumó la derrota, Argentina se echó a llorar y el niño Julito también.        

Dice Cristina Peri Rossi en su libro Julio Cortázar (Omega, colección "Vidas literarias") que el escritor argentino, nacido en Bruselas en 1914, era el autor más amado por el público, porque sentía y utilizaba la literatura como un juego. Y no parece referirse sólo a ese memorial de prodigios y libertad absoluta que es Rayuela, sino a Historias de cronopios y famas, Un tal Lucas o sus textos fragmentarios y hechizados como Último round, 62 modelos para armar o La vuelta al día en 80 mundos. Cortázar disfrutaba de la palabra como disfrutaba de la vida y con las mujeres --lo cambiaba casi todo por su compañía y el lenguaje de la emoción que les atribuía--, con las novelas rosas o los bolsos de las damas. A veces invocaba a sus tías, a Celina en concreto, y recordaba que su bolso era como "un Arca de Noé".
        

Cortázar debió ser un tipo entrañable, nada dogmático a pesar de que, tras su primer viaje a Cuba, apoyó decididamente a Fidel Castro. Entonces, en 1963, estaba casado con Aurora Bernárdez, traductora de Ítalo Calvino, pero allí conoció y se enamoró hasta la perdición de Ugné Karvelis, "una real hembra, una walkiria" que se convertiría en su agente literaria y en la criatura más celosa del mundo. Cortázar atraía a todas las mujeres con su eterna juventud --a Peri Rossi, recuerda ella, le decía a menudo: "Soy inmortal"--, por su modernidad, por su forma de hablar, por su irresistible encanto. Con la escritora estableció una relación de amor y camaradería literaria, había hallado en una librería de viejo su novela Libro de mis primos, cuando él estaba a punto de entregar a la imprenta su comprometida novela Libro de Manuel. Se citaban en París, en Barcelona o en Deià (Interviú les robó una foto, con Peri Rossi en top less, y tituló: "Julio Cortázar y las tetas"); el clima de complicidad entre ambos debió ser absoluto. Los quince poemas que le dedicó a la autora de Indicios pánicos son perfectas piezas de amor, confidencia, ironía y exilio que integraron el volumen Salvo el crepúsculo.
        

Cortázar amaba la ópera y el jazz, el surrealismo y las experiencias del OULIPO (en las que participó con Georges Perec, Raymond Queneau, Boris Vian y el propio Calvino) y se curaba de sus ataques de melancolía viajando. Aprovechaba sus largos vuelos para redactar sus cuentos; así nacieron el ya mítico Queremos tanto a Glenda o Deshoras. En 1979 se enamoró de Carol Dunlop, mucho más joven que él, y vivieron esa pasión hasta la muerte de ella en 1982. Entonces Juan Carlos Onetti le dejó un mensaje que decía: "El de Arriba es un hijo de puta". Apenas dos años después, falleció el escritor de una enfermedad misteriosa, igual que su mujer. Peri Rosi dice que fue por sangre contaminada de sida y recuerda aquel episodio que escandalizó a Francia y provocó dimisiones. Los medios se hicieron eco de aquella biografía que no es tal --es más bien un libro de recuerdos del amigo y amante muerto, y a la vez una carta a un fantasma querido--, y han hecho hincapié en el asunto del sida. No era necesario. El crítico aragonés Rafael Conte ya lo contó en su libro de memorias Futuro imperfecto (Espasa Calpe, 1999).
 

 

POEMA DE GRACIELA DE TORRES

POEMA DE GRACIELA DE TORRES

[Graciela de Torres, cineasta, profesora y escritora secreta, me envía este bello y enigmático poema. Aquí lo cuelgo. Dentro de un instante retorno a A Coruña, y aquí lo dejo.]

A quien llevo
atado
me desvela
éste
es mi
collar de muertos
Mi tiara
Rezo los
nombres
por
guardarlos
llevo
su peso
por que me tengan
ÉSTE ES
el cuello

*La foto es de Jean Dieuzaide.