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Antón Castro

DIÁLOGO CON JOSÉ MARÍA CONGET (Recuperación)*

DIÁLOGO CON JOSÉ MARÍA CONGET (Recuperación)*

[José María Conget (Zaragoza, 1948) acaba de ser designado Premio de las Letras Aragonesas 2007 por el conjunto de su producción literaria. Recupero esta conversación sobre algunas de sus pasiones: el cine y la poesía, Sevilla, donde reside, los tebeos, la literatura...] 

«La literatura y el cine sólo me han producido placer»         

--Ha estado viviendo tres años en Sevilla. ¿Cómo le ha ido?
        
--Muy bien. Dejé atrás Nueva York, tras ocho años apasionantes, y decidí volver a la enseñanza. Sentía nostalgia de ese periodo de relajo de julio, agosto y septiembre. Los amigos me decían si me había vuelto loco. Me encontré con profesores amenazados por la ESO, agotados y desesperados, pero yo no he tenido ningún problema. Volvía fresco, sé apañármelas en el aula y además soy un veterano.
   
     
--En Sevilla, ha sido muy bien acogido. Publicó en Renacimiento
«Una cita con Borges» (2000).        
--Es cierto. He hecho grandes amigos: Fernando Iwasaki, Hipólito Navarro, Juan Bonilla, Juan Lamillar, Eduardo Jordá. A Abelardo Linares, por ejemplo, ya lo conocía de Nueva York. Algo tuve que ver con el hecho de que el librero y poeta adquiriese la biblioteca de 500.000 ejemplares de Eliseo Torres. Estuvo un año en Nueva York ordenándola y trabajando en ella.
        

--¿Ha escrito mucho o no en estos años?
        
--Más bien poco.
«Una cita con Borges» es una recopilación de textos diversos. Pero sí he concluido un proyecto que se remonta a mi primera novela: «Quadrupedumque» (1981). Me refiero a una antología de la presencia del cine en la poesía.

--Llevaba media vida con ese proyecto.        
--Cuando Jesús Munárriz se decidió a publicarme mi primera novela en Hiperión, tuvimos una ligera discusión sobre cine y poesía. Yo le dije que el cine había tenido un gran eco en la lírica, y me dijo que ése sería un libro precioso. He ido recogiendo textos aquí y allá, pero recientemente aparecieron dos libros que me inquietaron un poco:
«The Faber Book of Movie Verse» y en México se publicó «Los poetas van al cine». Me dije: «Tengo que entregar el proyecto». Ya está en manos del editor con todos los permisos sobre la mesa. Son 200 poemas, un extenso prólogo y más de un centenar de notas, creo que divertidas. Abarca todo el siglo XX y el primer poema, malísimo pero muy curioso, es de 1900 del aragonés Luis Ram de Viu. El volumen se titulará «Viento de cine», que es un verso de Pedro Salinas.        


--¿Qué poetas aparecen?
        
--Muchos, de casi todos los movimientos y generaciones. No están Juan Ramón Jiménez o Antonio Machado. El gran momento del cine en la poesía corresponde a la Generación del 27 o y las vanguardias, pero también hay cosas de Celaya, por ejemplo.
        

--¿Cuáles son los contenidos de la antología?
        
--Podríamos establecer cuatro apartados. Hay poemas que utilizan el cine como metáfora del sueño, de la vida, de la memoria, y no dudan en usar la terminología fílmica del tipo primer plano, secuencia, travelling. Otros poemas tratan de los mitos del cine; el más tratado es Chaplin, luego Greta Garbo (Alberto Porlán escribe contra ella y cita una serie de actrices que iban a ser mucho más célebres: hoy nadie las recuerda) y Marylin Monroe. Luego se habla mucho de las películas como referente sentimental, y por último hay poemas sobre las salas, entendidas como el lugar donde uno fue feliz.
        

--¿A qué cine de Zaragoza le habría dedicado un poema de haber sido poeta?
        
-
-Al Elíseos. Allí vi la primera película con mi mujer,
«Barbarroja» de Akira Kurosawa.        

--¿O al Fuenclara, no? Ha descrito en
«Todas las mujeres» aquel reguero de pis que venía desde las últimas butacas.        
--Yo mismo contribuí a ese regadío. Era el cine más barato de Zaragoza. Olía fatal. Descubrí que había localidades de galería a dos pesetas y allí iba a ver películas con mi amigo Aguirre.
  
      

--¿Le ha marcado más el cine que la literatura?
        
--No. De ninguna manera. Yo he sido un gran lector, y aún lo soy, aunque leo menos por razones de tiempo y por la edad. La literatura ha sido esencial en mi vida: como lector y escritor. Sólo me ha producido placer. Al cine no he dejado de ir jamás: acudo cuatro o cinco veces a la semana. Sólo hay un género que no me gusta nada: las películas bélicas, y en particular las de submarinos. Y tampoco en exceso los melodrama. Hace poco me salí de
«Bailando en la oscuridad» de Lars von Trier. Los últimos «almodóvar» tampoco me gustan. «Todo sobre mi madre» me parece una mentecatez, está descontextualizada socialmente, algo que no ocurría con las primeras cintas de Almodóvar, que me encantan.        

--Ha publicado un libro sobre el cómic,
«El olor de los tebeos».        
--Siempre quise escribirlo y me ha salido un volumen autobiográfico, sentimental y un poco erudito. Es un texto de algo menos de un centenar que páginas, de estructura muy libre, que se centra en varios aspectos: los kioscos, de varias ciudades, no sólo de Zaragoza. Los kioscos de mi infancia estaban en porterías, la señora de Hernán Cortés me fiaba, y también me gustaba el que estaba al lado del cine Coso. Recuerdo que cuando vi mi primer kiosco en Barcelona me pareció entrar en un navío que contenía auténticos tesoros.
        

--¿Cuáles son los otros asuntos que aborda?
        
--De cómo el amor se manifiesta socialmente, a través de bodas, hijos o muertes; de la presencia de los dinosaurios en los tebeos, que se remonta al menos a 1933; de tebeos musicales de niñas como
«Claro de luna» o «Serenata»; de los viajes en los tebeos, y también comento cuatro fotos de niños leyendo tebeos.        

--Hablemos de París...
        
--Cuando fui a París por vez primera me pareció pomposa y cargante. Con el paso del tiempo, he mejorado esta impresión. Me parece una ciudad de grandes estímulos culturales. Siempre me adapto muy bien a todos los lugares. 
        

--Creo que trabajaba en una novela...        
--Se va titular
«La bella cubana», que es una famosa pieza del folclore musical cubano, de Ernesto Lecuona. Es la primera vez que tengo el título de un libro. Trata de la relación que se establece en Nueva York entre un joven y un escritor fracasado y mayor, silencioso y extraño, del cual nadie sabe su condición de novelista. 

*Retrato de José María Conget.

BORRADORES, HOY, A MEDIANOCHE

BORRADORES, HOY, A MEDIANOCHE

ACTUACIÓN: DEVERÓ EN BORRADORES 

PLATÓ: PATRICIA ALMARCEGUI, JORDI MORGADAS Y DIEGO MORENO 

REPORTAJES: NELSON VILLALOBO, ALBERTO CARRERA BLECUA, CHE Y MOCHE Y METRÓPOLIS, JON LEE ANDERSON 

El grupo Deveró actúa mañana en Borradores. La banda ofrece dos canciones en acústico con María Luisa Usoz (voz), Jesús Trasobares (guitarra), Luis Muro (bajo) y Óscar Carreras: son “Viajes”, el tema que da título a su primer álbum, y “La puerta de atrás”, que estrenan en el programa. 

Visitan el plató la arabista zaragozana Patricia Almarcegui, autora del libro Alí Bey y los viajeros europeos a Oriente (Bellaterra), donde narra la historia de este viajero y erudito que fue el primer europeo en llegar a La Meca. Y también lo hacen el editor Diego Moreno, responsable de Nórdica Libros, que ha publicado recientemente ediciones ilustradas de “Bartleby, el escribiente” de Herman Melville y “Las flores del mal” de Baudelaire, y el fotógrafo Jordi Morgadas, afincado en Huesca, que acaba de presentar sus “Desnudos de la Transición”. 

Además, Borradores ofrece dos reportajes de arte: uno sobre la exposición de Nelson Villalobo y su taller de grabado en el espacio El sol sale para todos de Margó Venegas, y la exposición de Alberto Carrera Blecua en la Diputación de Huesca y el Museo de Huesca. Se emite una pieza con los integrantes de Che y Moche, que representan en el Teatro Principal la función Metrópolis, y se realiza una extensa entrevista al periodista del New Yorker y escritor Jon Lee Anderson, que habla de los secretos de su oficio, de su biografía del Che Guevara y de su extenso perfil del escritor Gabriel García Márquez. 

 
 

*Una de las fotos de Jordi Morgadas. Su catálogo lo ha publicado Mariano Sánchez de Gráficas Huesca, en su nuevo sello GH.

RETRATO Y GRATITUD

RETRATO Y GRATITUD

Mi hijo Daniel ha encontrado una foto que les tomé a mis padres en el comedo  de su casa. Son Carmen de Castro y Benito do Touciñeiro: ella, hija de labradores y ganaderos, nació en el pazo de Viñán en Castelo (Santa Mariña de Lañas, Arteixo) y residió durante años en Larín, entre prados, regatos de agua cantarina y un crucero de piedra antigua. Él, hija de ganadero y albéitar de ganado, trabajó en mil y un oficios, estuvo seis años en varias ciudades suizas, hizo una casa ladrillo a ladrillo, y tuvo un tractor y un chimpín. Benito fallecía el pasado viernes; Carmen dice que mantendrá viva su memoria mientres le aguante su menudo cuerpo.

 

Gracias de todo corazón a todos los que os habéis asomado al blog y habéis dejado una nota.

Un abrazo de cariño y de gratitud. Antón

 

PD. Víctor Juan me deja esta bellísima nota:

 

 

[Benquerido Antón,
Siempre se mueren demasiado pronto las personas que queremos.
Mi padre se murió hace 16 años. Era muy joven. Tenía 56 años, la edad que pronto tendrán algunos de mis mejores amigos.
Yo lo eché de menos con el tiempo, cuando se suceden los meses y te sorprendes pensando que le contarías algo a él, o te dices cuánto le hubiera gustado a tu padre estar hoy aquí o conocer a tus hijos o a tus amigos. Y no está.
Estos días te dirán que la memoria y el recuerdo mantendrán vivo a Benito. Y es así.
Cuando se murió el padre de Mariano Gistaín, aquel sastre de Barbastro que fue amigo tuyo, que mirabais juntos a las chicas, que no permitía que pagaras nunca un café mientras estabas en su pueblo, Mariano me escribió:
"He tenido la suerte de tener un padre maravilloso. Ahora toca aguantar y seguir pedaleando".
Un abrazo muy fuerte,
Víctor Juan]

 

HISTORIA INICIAL DE BENITO

HISTORIA INICIAL DE BENITO


[Recordaré siempre una de las últimas frases que me dijo mi padre, que falleció esta tarde. "Me  duele todo".  "¿Cómo todo?". Insistió: "Todo". Le pregunté algo más y un gesto de fastidio y de dulzura a la vez, agregó: "Todo. Todo Tonio". Es curioso. Sé que no padeció en la despedida, se bañó por la mañana, parloteó un poco y cuando se asomaba el primer oscurecer sobre el mar, se fue. Pienso en él  y siempre pienso lo mismo: asomados los dos a la fuente en cuyo fondo había salamandras. "No las toques. Son animales sagrados". Por eso le pongo aquí esta salamandra de fuego. Es un intenso recuerdo que tengo de él, recién llegado de la emigración, con su traje de pana marrón y un caldero de zinc o latón en la mano derecha. Yo, agarrado a la otra, me asomaba a descubrir el gran misterio del mundo.]

 

Mi padre marchó a servir a los ocho años. No fue demasiado lejos: de la aldea de Vilarnovo, en Santa Mariña de Lañas, a Pastoriza, apenas alejados por diez kilómetros. Pero en 1933, cuando los coches se contaban con los dedos de una mano, aquella distancia tenía algo de destierro o de forzoso exilio del seno materno. Mi padre era hijo de agricultores y ganaderos. Jesús, su progenitor, apodado por herencia casi remota “O Touciñeiro”, era tratante de ganado, albéitar y labrador en campos que obedecían por el nombre de “O Limpeiro” o “Barbacán”. Campos con regatos y juncos; campos idóneos para la patata, el maizal y la cebolla; campos donde los pájaros traían un alba de luz entre sus trinos y con ella un ejército de hombres y mujeres que dominaban el ajetreo de la huerta o de la siega. Mi abuelo tenía vacas, gallinas, pobreza en abundancia y muchos hijos: llegaron a sobrevivir seis de ocho.

Mi padre era el segundo, un par de años más joven que la primogénita Emilia, que se llamaba como su madre, campesina esbelta y ligeramente encorvada siempre, cerrada en negro perpetuo. Quizá hubiese algo en ella de heroína romántica cuyo luto rivalizaba con el esplendor de una naturaleza exuberante, tejida con todos los colores de la tierra. Cuando se dieron cuenta, Jesús y Emilia, de que la miseria azuzaba, buscaron un lugar al sol para su primer varón y lo enviaron a una casa ajena con hacienda y animales que engrandecía a diario un matrimonio sin hijos. O quizá con un hijo impedido. Podría decirse que fue el primer fantasma real que vio mi padre. Un niño prematuramente envejecido se enfrentó de súbito al joven extraño, que berreaba como un energúmeno cuando empezaba a caer la noche o cuando tenía hambre. Yacía como un animal tranquilo y fatigado sobre paja más que sobre cosco, sobre secos matorrales más que sobre espuma o alfalfa. Quizá fue lo primero que le advirtieron al recién llegado: “Él está ahí como si estuviese muerto para ti. No sabe hablar, sólo grita”. Si mi padre conociese ya entonces la palabra monstruo, quizá sólo conocía una similar pero algo más etérea, como “fantasma”, hubiese preguntado: “¿Es como el monstruo de mis pesadillas nocturnas?”.

Allí creció, se hizo adolescente, se supo querido como el hijo imposible que sus amos no habían tenido; allí comió por vez primera pan en abundancia, acarreó agua, patatas, volteó el arado, hasta el punto de que sin proponérselo se volvió casi un forzudo que desafiaba a los mulos, a los bueyes o a un puñado de hombres. Se hizo invencible en el tiro de soga en las fiestas de verano. Sintió la justa añoranza de sus padres y de sus hermanos, y absorbió las calamidades de la guerra y los muertos de las cunetas, aquellos difuntos terriblemente familiares, con resignación y fastidio, con el estupor de quien percibe el horror pero no entiende por qué se produce ni a quién le afecta exactamente. Hacia 1945 fue llamado a filas, y el día que supo que lo enviaban a Melilla para tres años, la señora, esa segunda madre que le había otorgado el destino, le dijo: “Ahora sí que empezamos a perderte para siempre”. Frase que modificó con sutileza tras recibir la primera carta de mi padre, con una foto vestido ya de militar, desde las islas Chafarinas: “Pareces un señorito del cine. Ahora sí que no tenemos nada que hacer”.

El primer recuerdo que tengo de mi padre es una visita a esa casa en Pastoriza, lugar de “A Maceira”. El manzano. Me veo llegando en su bicicleta, atado a él un cordel y abrazándolo yo como si fuese lo último que iba a hacer en el mundo. Mi padre hablaba lo justo, y además hay muchas veces en que un hijo no necesita explicaciones de su padre: sigue ciegamente, con emoción y embeleso, sus pasos y se sabe seguro. Protegido contra la tormenta. Recuerdo vagamente lo que vi: la casa, mucho más grande que la nuestra de Vilarnovo (y al decir nuestra, quiero decir la que mis padres habían alquilado enfrente a la de sus padres, diminuta, y con un pequeño establo incorporado), el pajar, el patín del hórreo, el jardín, en el que yo sabía que mi padre había trabajado, y un cobertizo abierto pero con tejado, en cuyo interior no tardé en descubrir a aquel muchacho que se había vuelto hombre que parecía alimaña o monstruo, o un inventario de pequeñas deformidades que suscitaba, sobre todo, pena. Más pena que espanto.


Lo vi entre las sombras, enredado en los haces, reptando hacia los barrotes de su cubil que era, en realidad, una jaula gigante. Se le encendieron los ojos al ver a mi padre, deduje que sabía decir su nombre, “Benito, Benito, Benito…”, y que lo decía de manera entrecortada, e hizo eso que se decía entonces que hacían las personas o los perros alegres: le hizo una auténtica fiesta de gestos, de gemidos, de miradas. La señora me regaló manzanas, un pastel de membrillo y una frase que guardo: “Eres igual que tu padre”. Cuando nos fuimos, de nuevo en la bicicleta y yo atado con más fuerza porque había que subir algunas cuestas, habría querido que mi padre me contase el secreto de aquella relación, el secreto de aquella alegría que se había convertido, en el instante de la despedida, en un arrebato incontenible de melancolía y llanto. Años después, mi padre aplacó mi curiosidad a su manera: “Nos hicimos amigos. Nos hicimos hermanos. ¿Cómo se cuenta eso?”, dijo.

 

*Benito Rodríguez Ferro (3.05.1925-7.12.2007) fue un hombre  de mil oficios: encofrador, peón de vialidad y aguas, albañil, labrador...

EL REAL ZARAGOZA EN LA WEB. PALACIO DE SÁSTAGO, HOY

EL REAL ZARAGOZA EN LA WEB. PALACIO DE SÁSTAGO, HOY

Hoy viernes, 7 de diciembre, a las 19.30 horas, tendrá lugar en el Palacio de Sástago, en el entorno de la exposición "Los años magníficos", organizada por la Fundación Real Zaragoza, una tertulia sobre el zaragocismo en Internet que cerrará el ciclo de tertulias y encuentros que se han venido celebrando a lo largo de las últimas semanas.  

Los invitados a la mesa de debate serán los responsables de AupaZaragoza.com (representado por José Ignacio Cepero), Zaragocistas.com (con José Manuel de Buen), RealZaragoza.org (con José Manuel García Molina) y Nuestro Zaragoza.com (con Carlos Cristia). Moderará la charla el periodista de Aragón Televisión Pedro Hernández. Como siempre, habrá participación del público y debate.  

La muestra “Los años magníficos” se cierra este domingo. Han pasado más de 50.000 personas  por el Palacio de Sástago y alrededor de 7.000 por  el IV Espacio para ver El Avispero. Picotazos de arte y fútbol La foto es de José Antonio Melendo. 

  El Zaragoza en la web. AupaZaragoza.com, Real Zaragoza.org, Nuestrozaragoza.com y Zaragocistas.com. Tertulia de la exposición "Los años magníficos". Modera: Pedro Hernández. Aragón Televisión. Sala de Música del Palacio de Sástago. A las 19.30 horas.

DESPUÉS DE LA MEDIANOCHE, BORRADORES*

DESPUÉS DE LA MEDIANOCHE, BORRADORES*

Juan José Millás y Boris Izaguirre, ganador y finalista de los premios Planeta de novela, son dos de los invitados al programa Borradores de mañana. Millás, autor de El mundo, habla de una calle, de la memoria, de la revelación de la literatura y la escritura, y de la búsqueda de la identidad; Boris, en Villa Diamante, habla de dos hermanas antagónicas, de un arquitecto, de la historia de su país y del prestigio que le otorga el galardón.  

En una noche eminentemente literaria, Borradores también ofrece un extenso reportaje con el novelista José Calvo Poyato, que acaba de publicar La  dama del dragón, la fascinante historia de Caterina Sforza, una mujer culta y de armas tomar del Renacimiento italiano, y otro reportaje con el grupo Octubre Teatral que representará toda esta semana, en el Teatro del Mercado, la obra El llanto, basada en el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías de García Lorca, la música de Granados y una fotografía de Sánchez Mejías y Joselito el Gallo. Jaume Villanueva recuerda que Sánchez Mejías era un seductor que se enamoró de la novia del finado Joselito, Encarnación López.   

Además, Borradores recibe la visita del antropólogo y fotógrafo Javier Sáenz, autor del libro Tiempo de fiesta. La fiesta en Aragón y secretario del Instituto de Estudios Turolenses. Y también acude al plató el poeta chileno Julio Espinosa Guerra, que acaba de publicar el poemario NN y es el director de la Escuela de Escritores de Zaragoza. 


La actuación musical corre a cargo del grupo de country El perro de la vaquería, liderado Fiona McAndrew y Luis Ángel París, que explican la trayectoria del grupo y la atracción por el country. La  banda toca dos canciones: “The long ride home” y “Can’t leg go”.

Borradores. Aragón Televisión. Esta noche, a las 0.00. Realización: Teresa Lázaro. Ayudante de realización: Yolanda Liesa. Producción: Mamen Delpón y César Quílez. Redacción: Ana Catalá Roca. [La foto es del torero, dramaturgo y seductor Ignacio Sánchez  Mejías.]

PARÍS 3, LECTURA DE JUAN MARQUÉS

PARÍS 3, LECTURA DE JUAN MARQUÉS

[Encuentro esta preciosa nota sobre París 3 de Aloma Rodríguez del escritor Juan Marqués, discípulo de José-Carlos Mainer y la traslado al blog. Juan Marqués, becado en la Residencia de Estudiantes, ha publicado esta nota en el blog de “La tormenta en un vaso”.]

No hace falta haber leído mucho para haber leído muchos libros que transcurren en París. La mitología sobre esa ciudad lleva siglos funcionando, y la han convertido en el epicentro de muchas cosas, y, particularmente, en un escenario predilecto para pintores, escritores o cineastas. Después el arte, haciendo el camino de vuelta, ha condicionado la vida de los que crecieron viendo esos cuadros, leyendo esas páginas, admirando esas películas. De uno de los personajes de la última novela del extraordinario escritor suizo Urs Widmer, se dice que «A París fue porque todo el mundo tenía que vivir una temporada en París» (El libro de mi padre, Barcelona, Salamandra, 2oo6, p. 46), y en esa exageración hubo y hay una verdad. París ha sido el destino anhelado por generaciones enteras de poetas, fotógrafos o músicos, en varios momentos de los doscientos últimos años, y eso hace que, al menos en cierto sentido, lo siga siendo de vez en cuando, sin necesidad de ser demasiado mitómano, esnob o infantil.


También los escritores españoles han sido atraídos por esa ciudad, primero fascinados por su bohemia y su color (y allí están, entre muchos ejemplos, el París de Ramón Gómez de la Serna, el Aquí París de Pío Baroja, o el ya desmitificador París de José Gutiérrez-Solana que va a ser inminentemente publicado en La Veleta), o después, en algunos tristes casos, obligados por el exilio (o por razones muy diferentes e indeterminadas, como César González-Ruano, según acaba de recordar —y fantasear— José Carlos Llop en su curiosa ficción París: suite 1940). Saltando las décadas, han pasado sólo cuatro años desde que Enrique Vila-Matas narró sus recuerdos de su huida a esa ciudad en París no se acaba nunca, y hace unos meses nos llegó la particular crónica que el zaragozano José María Conget hizo de su estancia de un año en París en Pont de l´Alma. Ambas narraciones contenían ya suficiente desenfado y aversión por la solemnidad como para comprobar que “la ciudad del amor” comenzaba a ser vista y narrada ya con un tono muy diferente, poco sumiso a las leyendas y a la tontería.
Es en esta estela donde puede leerse París tres, la novela con la que la también zaragozana Aloma Rodríguez irrumpe en el mundo literario, y, concretamente, en una magnífica editorial, Xordica, que ya ha acogido a muchos de los mejores escritores aragoneses de estos años (los jóvenes Julio José Ordovás, Daniel Gascón, Ismael Grasa o Cristina Grande, junto a autores consagrados como José Antonio Labordeta, Javier Tomeo, el propio Conget o, muy recientemente, Ignacio Martínez de Pisón) y que merecería ser mucho más conocida en el ámbito nacional (e incluso más allá).
París tres es, sin duda, una novela. El que la protagonista se parezca tanto a la autora, y el que, al parecer, el origen de esta narración está en un blog que fue escribiendo Rodríguez durante su año de beca Erasmus en París, no la convierten en un diario, aunque se aprovechen bien algunos recursos de ese género. Es una crónica íntima, pero no se la está contando a sí misma sino a nosotros, con una curiosa y muy lograda mezcla de exhibicionismo y humildad.
Hay momentos de una sencillez preciosa («Estoy nerviosa y Barreiros tiene sed. Él me abraza y yo le doy agua», se lee en la página 23, en lo que podría ser, tal como está, un delicadísimo y maravilloso poema zen) e incluso emocionantes, como en ese impagable capítulo (el «Setenta y ocho») en el que, tras telefonear a su padre para felicitarle su cumpleaños, la voz narrativa comienza a contarnos con detalle lo que va a ocurrir en la cena familiar en el restaurante, eso que aún no ha sucedido y ella no va a presenciar, pero que ya imagina desde la distancia y el cariño, añorándolos desde su nueva vida.
Se trata de una novela muy fácil de leer, lo cual, lejos de lo que alguien pudiera pensar, es otro mérito de la autora, y ni quiere decir que sea simple ni implica que haya sido también fácil de escribir. Más bien se aprecia todo el trabajo que hay detrás de estas 130 páginas. Trabajo de detectar las cosas que se quieren contar y, después, trabajo de contarlas, y de contarlas bien, sin trampas, sin pedantería, sin inflación. Aloma Rodríguez se muestra especialmente brillante en los finales, en los cierres de muchos de los noventa y ocho pequeños capítulos, al rematarlos con breves párrafos o líneas sugerentes que establecen una complicidad muy intensa, y donde se descarga buena parte de la calidad lírica que contiene el libro. Después de un complicado y fatigoso viaje en coche, por ejemplo, termina escribiendo que «En casa, bajo la persiana y cierro la cortina. El sol está a punto de salir» (p. 114) y entonces uno se siente cansado pero protegido, como en su propia casa. O qué fácil es compartir la limpia intimidad doméstica de la que se nos hace partícipes para completar el capítulo «Setenta y uno»: «Estamos semidesnudos encima de la alfombra. Me pongo encima de él y le pregunto si tiene hambre». (p. 96).
Los que tengan hambre de buenos libros harán bien en dedicar un par de horas a éste, donde la ternura gana la batalla a la frivolidad, la juventud a la inercia, el trabajo a la improvisación. París tres es una pequeña y sorprendente delicia. Un debut tan deslumbrante y libre como sus últimas palabras.

 

*París 3. Aloma Rodríguez. Xordica: Colección Carrachinas. Zaragoza, 2007. 136 páginas. [La foto es de Rogelio Allepuz, y la publicó en "El Periódico de Aragón", con una entrevista de Joaquín Carbonell.]

HOY, EN EL ÚLTIMO MINUTO, EN LA SALA DE MÚSICA

HOY, EN EL ÚLTIMO MINUTO, EN LA SALA DE MÚSICA

Esta tarde, en la sala de música del Palacio de Sástago (Coso bajo, frente a la FNAC), se presenta el libro “En el último minuto” de Daniel Nesquens y Luis Grañena. Daniel rinde homenaje al Real Zaragoza y al gol de Nayim, y Luis Grañena realiza un espléndido trabajado de diseño e ilustración, en su línea de trabajo. La presentación será a las 20 horas, una hora y media después de la presentación de la antología de los “20 poetas expuestos” de Olifante. Espero que podáis pasaros. Es el primer libro de Luis Grañena, y uno nuevo, entretenido y seductor, de Daniel Nesquens.

*Éste no es el libro que se presentó ayer, pero sí es una caricatura de Antonio Banderas realizada por Luis Grañena.