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Antón Castro

CUERPOS EN LA PLAYA 12 / UNA LECTURA DE CAMUS

CUERPOS EN LA PLAYA 12 / UNA LECTURA DE CAMUS

Aquel verano el mar de Barrañán se llenaba de delfines al atardecer. Y cerraron el cine Real de nuestra infancia: aquel lugar mítico y sombrío donde habíamos descubierto la fascinación de la oscuridad asociada a actores, películas y sueños eróticos. Una de las mujeres de mi vida de entonces era una actriz italiana de filmes pícaros, de ligero atrevimiento sexual y mucha lencería fina, llamada Edwige Fenech; también estaba enamoriscado de una chica de voz aguardentosa que se le parecía un poco y que salía en Un dos tres: una tal Yolanda Ríos. Estaba en uno de esos momentos en que no sabía qué hacer. Mi padre me insistía en que fuese un buen técnico de electrónica y me pedía que volviese a montar la radio Marconi que había desmontado para conocer su estructura íntima, los circuitos, las viejas válvulas. Fue imposible y mi padre jamás pudo contener la decepción: aquel hecho marcó de alguna manera nuestra relación durante años: fue un pretexto, un punto oscuro y, ante sus ojos, la medida de mi fracaso.

Por entonces cayó en mis manos El extranjero de Albert Camus. He conservado hasta hoy aquella edición azul, minúscula y cuidada de Círculo de Lectores. No sé si el volumen y el autor me lo recomendó uno de los profesores claves de mi juventud: José Toba Quintáns, oriundo de Muxía, la villa de A Costa da Morte donde Rosalía de Castro pasó una larga temporada que dio lugar a su novela exacerbada y romántica de La hija del mar, de la cual por aquellos días hicieron una serie para televisión interpretada por la medio aragonesa Amparo Pamplona. Toba, que estrenaba su licenciatura y exhibía sus ajustados jerseis con codera de empollón a la fuerza, me recomendó toda la literatura sudamericana del “boom”, su novela favorita era Abadón el exterminador de Ernesto Sábato, y algunos autores sueltos a los que había leído con cierta intensidad parcialmente: Francisco Ayala y Muertes de perro, Camilo José Cela y La familia de Pascual Duarte, Rafael Sánchez Ferlosio y El Jarama, Balzac, Dostoievski, Scott Fitzgerald y Albert Camus. Del argelino, hijo de padre español fallecido en 1914, durante la I Guerra Mundial, justo un año después del nacimiento de su hijo, nos dijo más bien poco: nos habló del absurdo de vivir, de la perplejidad y del vacío, y de su sino aciago: él, que detestaba los automóviles, falleció en un accidente en dirección a Marsella; se dejó convencer en el último minuto por un amigo a pesar de que ya había adquirido el billete del tren. 

El texto me dejó sin aliento. Me asombró la ausencia de dolor del protagonista ante la madre muerta, la indiferencia, la frialdad ante su propia novia, pero lo que me dejó completamente estupefacto fue la escena de la playa bajo aquel sol de reyerta, que le ciega los ojos, la sangre y la inteligencia. Aquella playa me recordaba a mis mares: Barrañán, Valcobo, Area da Salsa, Caión. Veía aquella película del crimen bajo la araña de oro del sol como si fuese un apéndice de mi vida, de tantos veranos que había pasado sobre la blanquísima arena esperando un gesto de auténtico afecto de Pamela Garfias (o Carmen Arias, que era su verdadero nombre), la morena de Madrid. “Del mar llegó un soplo espeso y ardiente. Me parecía que el cielo se abría en toda su extensión para vomitar fuego”, leía. Y más adelante: “Entonces, disparé cuatro veces sobre un cuerpo inerte en el que se hundían las balas sin que lo pareciese. Fueron cuatro golpes breves con los que llamaba a la puerta de la desgracia”.

Me hechizó, y me perturbó, aquel texto irreverente, que se abría luego hacia la rebeldía, hacia la crítica de una sociedad atropellada e injusta; el héroe, kafkiano en muchos aspectos, absurdo, me dejó patidifuso. El extranjero son dos como dos libros: uno, más narrativo, aborda el extrañamiento de un hombre ante el mundo que le toca vivir; otro, más denso, más teórico, expone las claves del pensamiento de Camus: la muerte heroica, la aceptación del destino, el existencialismo, el arrepentimiento, la soledad de Mersault, que representa cada soledad humana y cada individuo condenado a morir por el hecho de nacer. Y entre todos los párrafos, subrayé aquel en que el padre, del cual el protagonista recuerda poco, va a ver una ejecución y vomita. Escribe el condenado a muerte: “Mi padre me causaba un poco de asco entonces”. No era mi caso. Mi padre y yo vivíamos dos soledades bien distintas: él, sin saberlo acaso, era un solitario que lo daba todo por una conversación, y yo un joven sin hado que se ocultaba día tras día, cuando caía la tarde, en una playa atestada de delfines, una playa donde alguna vez alguien pudo matar a un árabe insolente con un cuchillo en la mano.

El extranjero me cambió la existencia. Su prosa exacta, las frases cortas y poéticas, el mundo doliente, desesperanzado, que puso ante mis ojos. Luego indagué más sobre Camus, premio Nobel en 1957, dramaturgo, filósofo, ensayista. Creo que la última cinta que vi en el Cine Real fue Easy rider (Busca tu destino). Una mañana, harto de mí mismo, con el dolor en el costado, enamorado de una de esas sombras que amaba e idolatraba (Marie, la novia de El extranjero; Camus había vivido una gran pasión con la actriz gallega María Casares), decidí irme de casa. Llené una mochila con un par de camisas blancas, dos vaqueros, ropa interior y dos únicos libros: Crimen y castigo de Dostoievski, y El extranjero de Albert Camus.

Salí a la carretera y me puse a hacer autostop con destino a Zaragoza. Tenía 18 años y no sabía hacer nada en la vida. Nada. En aquel instante, como Meursault, desconocía la esperanza.

[Ayer escuché durante todo el día a una de mis pianistas favoritas, Maria Joao Pires, que interpreta los "Nocturnos" de Chopin. Me escribe Marta Navarro desde Belfast y pongo mi disco melancólico favorito: "Cinema do mar" (con él me ocurre como con los fados: me desgarra el corazón de gozo, dolor y añoranza, todo amasado con un orujo de masoquismo) y copio este texto sobre el fogoso mar de Albert Camus. Y coloco esta foto de torso masculino, de Jerry Ueslmann.]  

CUERPOS EN LA PLAYA 11 / JOCK STURGES

CUERPOS EN LA PLAYA 11 / JOCK STURGES

LA TORMENTA DE ARENA 

La tormenta minúscula de arena
Que tú y yo contemplamos
A través de este fino cristal que la contiene
No parece que sea peligrosa.
Levanta apenas una leve duna. 

Y, sin embargo, nos arrastrará,
Hechos los dos arena de su arena, a un desierto
Que hay mucho más allá de cualquier sitio. 

[Poema de Lorenzo Oliván (Castro Urdiales,  Cantabria, 1968), una de las voces más personales e intensas de su generación, que pertenece al  libro “Puntos de fuga”  (Premio Loewe, Visor, 2001). Lorenzo Oliván explora aquí una senda filosófica y metapoética. La foto es de Jock Sturges.]

PIPPI TETLEY, DISEÑADORA Y FOTÓGRAFA, ABRE UN BLOG

PIPPI TETLEY, DISEÑADORA Y FOTÓGRAFA, ABRE UN BLOG

La diseñadora de joyas, escultora y dibujante Philippa Susan Tetley, de Nueva Zelanda, ha creado un blog: pippi-tetley.blogspot.com, donde va a colgar sus impresiones en textos bilingües (es  profesora de inglés y estudia español) y, sobre todo, sus imágenes. Philippa Susan, más conocida por Pippi, ha instalado un precioso taller en Zaragoza y lo ha llenado de objetos, de flores, de semillas, de imágenes. Hasta hace pocas semanas, expuso dos dibujos en  el escaparate de la librería Los Portadores de Sueños, e ilustró con una secuencia fotográfica la portada de “Artes & Letras”.

 

Pippi es rubia como la cerveza, tiene mucho sentido del humor y es, además, una excelente cocinera de arroces y ensaladas. Su sentido patriótico es enigmático: la derrota de Nueva Zelanda en la  Copa del Mundo de Vela en Valencia le afectó; estuvo tres horas, seis minutos y 46 segundos sin cantar en maorí. Su atleta favorita es Cathy Freeman y el pintor del que se hubiera enamorado podría ser Gustav Klimt.

*Pippi Tetley con su  amigo español,  Daniel, en la playa de Valcobo, en Arteixo, en el condado mítico de Baladouro. La foto probablemente sea una de  las últimas de Patricio Julve.

CUERPOS EN LA PLAYA 10 / MARTIN MUNKACSI

CUERPOS EN LA PLAYA 10 / MARTIN MUNKACSI

Seix Barral acaba de reeditar un libro excepcional de un autor no menos excepcional: “Prosas apátridas” de Julio Ramón Ribeyro, uno de sus volúmenes donde hay de todo: confidencia y confesión, narración y aforismo, pensamiento y acción, diario de vida, reflexiones literarias y revelaciones tras sentir el llamado de la noche, ponerse la gabardina y salir a la calle.

Hay mucho donde elegir, fragmentos conmovedores  y lúcidos, pero quiero colgar aquí éste (66):
 

“Mientras más conozco a las mujeres, más me asombran... ellas son las únicas que nos ponen en contacto con la vida, tomada ésta en su sentido más inmediato y también más  profundo: la compañía, la conjunción, el placer, la fecundación, la progenie”. 

Y recojo otro fragmento (67): 

“Rostros de mujer, bellas cortesanas, besos pagados, comedia del amor, mis largas, mis incontables noches de bebedor anónimo en Europa, ¿qué cosa me han enseñado?

Vieja y exacta metáfora de identificar a la mujer con la tierra, con lo que se surca, con lo que se siembra y se cosecha. El arado y el falo se explican recíprocamente. Ellas son en realidad el humus donde estamos asentados, de donde hemos venido, hacia donde vamos. Hacer el amor es un retorno, un impulso atávico que nos conduce a la caverna original, donde se bebe  el agua  que nos dio la vida”.

*La foto es del maestro húngaro Martin Munkacsi  (1896-1963), uno de los grandes,  y ella es la modelo Lucille Brokaw. La foto se publicó en "Harper's Bazaar" en diciembre de1938.   

MAGDA DÍAZ MORALES: LECTURA DE "GOLPES DE MAR"

MAGDA DÍAZ MORALES: LECTURA DE "GOLPES DE MAR"

[Estoy fuera de casa. Recibo un mensaje  de Víctor Juan Borroy que me  dice que Magda Díaz Morales, nuestra madrina y protectora en México, escribe una nota sobre "Golpes de mar", mi último libro. La cuelgo aquí y le agradezco a la profesora y escritora y bloggera incansable su cariño y sus palabras.]

Antón Castro, Golpes de mar (Barcelona: Destino, 2006)

El mito es la historia del hombre, cada símbolo que lo puebla refleja esas fuerzas cósmicas que entretejen una visión particular. A partir del mito surgen toda una serie de relatos sobre dioses y héroes legendarios, invocación de musas, princesas, reyes, encantamientos, alegorías, fabulaciones, sirenas que atraen con su canto llevando a la perdición a los marinos, tradiciones fantásticas que explican un mundo muchas veces mágico, como los mundos dentro del mundo narrativo de Golpes de mar, de Antón Castro (Arteixo, A Coruña, 1959). Estos mundos los vemos desplegarse entre Baladouro, la Costa de la Muerte [zona en la que existen "varias leyendas sobre ciudades sumergidas, como la ciudad de Duio (Fisterra); la de Gomorra, en la ría de Corcubión, que desapareció mientras sus habitantes disfrutaban de una gran comilona; la de Vilaverde, frente a la playa del mismo nombre en Moraime (Muxía); la de A Fonte de Ricamonde (Carnota), donde se dice que se esconde una ciudad romana o la de Valverde, en la Laguna de Traba (Laxe)"] y, principalmente, en el hermoso puerto pesquero de Caión, provincia de A Coruña en Galicia:
A este mar, a estas calles de casitas blancas y tejas húmedas, llega un día Alba, la protagonista de "Destino de Lamia", el primer cuento del libro, una profesora en plena crisis de desamor por el rompimiento con su pareja, Artur. Un buen amigo le sugiere que ir a Caión no sólo le traerá reposo, también su "pasado fascinante sellado con la leyenda de los balleneros, sería el tema ideal para la tesis doctoral, literaria y antropológica, que soñaba realizar algún día". Igual que Caión es un hilo narrativo en los cuentos lo es el viejo Buxán, el farero. Uno y otro se toman de la mano para saltar de historia en historia hasta que a nosotros, los lectores, nos hacen cómplices de sus vidas, de sus tristezas, sus alegrías, sus amores, sus enigmas y sus muertes.

Alba va en busca de Buxán quien le muestra el pueblo, "la iglesia tantas veces asaltada por los piratas ingleses, las fábricas donde antaño se partía la carne de ballena", hablan sobre los misterios del lugar. Ese mismo día Alba Fontán inicia un Diario de trabajo donde va anotando lo que ve, recuerda, vive y escucha, como esa leyenda de Lamia que le cuentan en la cofradía entre Buxán, Outono y Adrián Seoane, un joven marino contrabandista: la historia relata que existe una mujer hermosa vestida de blanco que maneja una barca. "Se les aparece a los marinos, les habla de amor y les promete dulces e inusitados placeres en las cámaras de la hermosa fortaleza sumergida en la que reside. Los marinos se dejan convencer por esta figura de hembra imponente; suben a la barca y los conduce por rumbos desconocidos, por brumosos senderos sin retorno". Sin embargo, la realidad es otra: Lamia los sube a su barca, les chupa la sangre y los arroja al fondo del mar "en medio de un estruendo de malvadas carcajadas que salen de su boca", todo esto después de hacerlos trabajar sin descanso día y noche.


Pasan los días y Alba no puede olvidar a Artur. Una noche, "como aparición mágica y benefactora que acude a socorrerla", llega a su casa Adrián Seoane para contarle una historia de la que está seguro le interesará para su trabajo de tesis. La relación entre ellos se intensifica "noche a noche, diálogo a diálogo, cuento tras cuento" y, un amanecer, "Alba apareció desnuda en sus brazos oliendo a mar y a lancha sin recordar los actos previos que los habían conducido al cuarto en penumbra, al lecho, al nervioso amor de los cuerpos que por primera vez se entregan". Pero resulta que Adrián empieza a visitarla esporádicamente, "sólo cuando él lo decidía". Para Alba esto provoca problemas, culpas, justificaciones, rabia. Buxán le aconseja que vuelva a la escritura diaria, que olvide todo esto y dirija sus pasos al mar, "único ser al que perteneces". Le sugiere que olvide a Adrián Seone porque es un hombre que "picotea aquí y allá para presumir con orgullo de amores (...) Recuerda lo bonito de la vida, que siempre es fugaz como el placer del cuerpo. No te arrepientas de haber disfrutado".


Alba vuelve al mar de Caión, a los trabajos para su tesis repasando lo escrito, los archivos de su portátil. Lo que más llamaba su atención era la historia de Lamia, sentía el deseo de ser ella. Exigía venganza, justicia, Adrián y Artur conformaban uno solo en esos momentos. Un día antes de dejar Caión para regresar a su ciudad:
Entra Adrián, entra, dijo Alba, vestida con un largo camisón oriental, rojo y con flores, que Adrián reconoce. Lo ha visto en otro cuerpo (...) Alba lo invitó a tenderse sobre el lecho mientras se desvestía sin pudor y se acariciaba los senos (duros, redondos y más alzados que nunca), que exitaban al marino. Alba se erigió en la bailarina mortal de la historia que le narró Adrián, se encarnaba en la hermosa y malvada Lamia que necesitaba una víctima de su sinrazón (...) Se abrió una puerta y apareció Sabela [otra mujer del marino] con un fino tul transparente, que Adrián también había visto en otro cuerpo (...) Adrián, desolado, apenas alcanzó a oir las carcajadas, el portazo, el viento embravecido allá afuera...A los pocos días de este suceso, el viejo Buxán, el farero, leyó las últimas notas que escribiera Alba Fontán, desaparecida, en su Diario. Mira la pantalla encendida de la portátil y se detiene ante una carpeta titulada: Golpes de mar. Alba ha escrito en esta carpeta todas las historias que le contaron, las que ella misma pudo observar, y otras que transformó y reelaboró. Hurgar en esta carpeta nos es permitido como lectores y, de esta forma, adentrarnos en estos Golpes de mar. Vayamos pues.

Desde la perspectiva de la semiótica narrativa el narrador es un sujeto cognitivo, un sujeto que conoce, que se sabe la historia relatada. Este narrador hará saber al narratario la historia que sabe, el narratario la ignora (no es el lector, es un correlato del narrador en la narración, es el sujeto al cual el narrador le cuenta la historia. También es un sujeto cognitivo, a veces es implícito y otras explícito). El narrador, pues, también es un informador que hace saber lo que él desea hacer saber sobre el espacio y el tiempo de la historia, sobre lo que los personajes saben y creen de sí mismos, de los otros, del entorno en que se encuentran, de lo que hacen o les sucede, de lo que sienten, de lo que valoran. En Golpes de mar existe la utilización de varios narradores, la existencia de varias voces que hablan simultáneamente, y donde no hay ninguna que sea preponderante y que juzgue a las demás, lo que Bajtin llama polifonía.

Por ejemplo, en "El paseo de la viuda" es el hijo de Graciela Gestal, Leonardo Gestal, quién nos cuenta su propia vida, su forma de sentirla y pensarla. Inicia su relato recordando que, años atrás, todas las tardes su madre realizaba el paseo de la viuda por la playa, esperando que el mar trajera alguna noticia de su esposo, Delfín Gobantes, cuyo cuerpo había sido el único que jamás apareció cuando la embarcación Maliaxe zozobró ante las costas de Malpica y las islas Sisargas. Ese día, "Caión vivió entre lágrimas contínuas". Pasaba el tiempo y no sucedía novedad alguna, del esposo de Graciela no se sabía nada. Una mañana, Buxán, el viejo farero, le dice: "¿Has pensado que a lo mejor tu marido no iba a bordo?". Después de meditar, Graciela toma la decisión de salir de Caión e irse a trabajar a Aragón con un párroco que solicitaba una casera, Leonardo Berdún. Pero como dice el refrán, el hombre es fuego y la mujer estopa... Leonardo y Graciela se amaron ciegamente: "Aunque te parezca raro, le dice el sacerdote a su amada, sólo me siento cerca de Dios durante el amor, en ese instante me reconozco más sacerdote que nunca. No puedo entender por qué se nos prohibe esta alegría". En lo que sucede después interviene Buxán, el viejo farero, el suceso se cierra con una conversación adonde el amor lo dirige todo. Leonardo va a buscar a su madre al puerto donde ésta ordenaba el congrio seco: "La cogí del brazo y la traje a casa. Cerramos la puerta y los dos nos quedamos a solas (...) -Podrás resistirlo. Yo también soy hija de cura. Y lo sé desde mucho antes que tú: desde que era niña".

En "Memoria de Elba" el que narra también es el hijo de Elba, una mujer que ama con tal pasión que es capaz de embarazarse a través del tiempo y el espacio, con la presencia ausente de su amante esposo. Un erotismo mágico se hace presente, la voluptuosidad de la protagonista, su deseo, su sensualidad vinculada al mar que le ha arrebatado a su amor, un amor que la inmortaliza...

"Vida infame de Tristán Fortesende" y "El jardín después de la lluvia" son excelentes relatos, los que en lo personal más me gustaron. En "Vida infame de Tristán Fortesende" nos adentramos en la vida de una pareja. Él, un hombre solitario, rudo, que espera que el viento del mar fecunde a sus yeguas, un hombre que para hacer el amor necesita abalanzarse y rasgarle el vestido a su amada: "Cada acto amoroso era un rito, una destrucción, una suerte de violación consentida". Cuando parece que la felicidad abraza a la pareja algo muy duro sucede que trastorna sus vidas...

El amor de Clara y Alexandre, los hermanos incestuosos de "El jardín después de la lluvia", es un poema. No importa la muerte si se ha conocido en vida, aunque sea por unos instantes, la plenitud del verdadero sentimiento amoroso. En este espléndido relato, el mar abre sus brazos para acoger para siempre lo que la realidad no quiso o no pudo conseguir.


Cada cuento que compone Golpes de mar es una apuesta a la sensibilidad adonde la melancolía, la añoranza, los amores a veces no correspondidos, los marineros errantes, las mujeres que esperan, el mar capaz de sepultar ciudades pero también capaz de cumplir sueños, ese mar que no distingue a reyes, pastores, marinos, enamorados, hombres o mujeres, y que nada ni nadie lo persuade si decide prodigar sus golpes, esos golpes de mar inolvidables.

 

*La foto es de Jacek Gasiorowski. Y debiera ser un "cuerpo en la playa", como la mayoría de los personajes de "Golpes de mar".

CUERPOS EN LA PLAYA 9 / PASCAL RENOUX

CUERPOS EN LA PLAYA 9 / PASCAL RENOUX

Un paisaje humano, con cielo y arena, del gran fotógrafo Pascal Renoux.

 

Para Elena Gracia y otras soñadoras.

ESTA NOCHE, BORRADORES HACIA LAS DOS DE LA MAÑANA

ESTA NOCHE, BORRADORES HACIA LAS DOS DE LA MAÑANA

Actuación: TERPSÍCORE

Entrevistas en plató: RICARDO BOSQUE, JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ Y ENCARNACIÓN FERRÉ

Reportajes: LUIS LANDERO, JOSÉ RIBAS Y JUAN MILLARES (Evocación de su tío Manolo Millares). 

  El cuarteto de guitarras clásicas, Perpsícore, actúa mañana en “Borradores” con dos piezas de su último álbum; “Música original para cuatro guitarras”. Este grupo, fundado en 2000, está compuesto por Juan Blas Arellano, Raúl Viela, Iván Davias y Alfredo, que explican su línea de trabajo y recuerdan como algunos compositores han escrito piezas para ellos. Además, visitan el plató los narradores Ricardo Bosque y José Luis Rodríguez: el primero ha publicado la novela negra, “Manda flores a mi entierro”(Mira editores) y el segundo una colección de relatos, “El coleccionista de láminas” (Mira), y un estudio histórico: “Panfleto contra la monarquía. Sobre la inutilidad de los reyes” (Libros de la Esfera). También visita estudio la escritora y profesora Encarnación Ferré, que acaba de publicar tres libros: “Dietario de un profesor escéptico” (Mira), Todo teatro” (Fundación Bajo Martín) y “El trastorno afectivo en las obras de Encarnación Ferré”.

Borradores conversa con Luis Landero, que explica las claves de su novela “Hoy Júpiter” (Tusquets) y recuerda a su padre, que combatió en la batalla de Teruel, y con el periodista José Ribas, autor de “Los 70 a destajo” (RB), un voluminoso trabajo que es una crónica de los 70 desde la revista “Ajoblanco”. Y también ofrece un extenso reportaje sobre el documental que ha hecho Juan Millares sobre tu tío, el pintor Manolo Millares, uno de los fundadores del grupo “El Paso”, basado en su “Cuaderno de contabilidad”.

 Borradores. CARTV (Corporación Aragonesa de Radio y televisión). Hacia las dos de la mañana. Productor ejecutivo: Gaizka Urresti. Redacción: Ana Catalá Roca y Carlota Muñoz. Ayudante de realización: Yolanda Liesa. Realización: Teresa Lázaro. Dirección y presentación: Antón Castro. (Canal Satélite Digital: canal 97).  


FRANCISCO PRADILLA: RECUERDOS DE UNA VIDA

FRANCISCO PRADILLA: RECUERDOS DE UNA VIDA

Hacía tiempo, meses, años, que Francisco Pradilla (1848--1921) se había convertido en una sombra. En un recuerdo. En una mole de amarga celebridad, en puro olvido. Cuando se murió, muchos se quedaron estupefactos: hacía tiempo que pensaban que Pradilla, "el segundo pincel de Aragón" tras Goya, para muchos, ya peleaba con la eterna noche de la muerte.         

No era así. Bien mirado, tampoco era tan viejo: rebasaba en poco la setentena y se levantaba casi todos los días para pintar, contemplar sus acuarelas y sus dibujos alegóricos, sus bocetos y su inmensa biblioteca. Solía ir a la ópera, devoraba a los clásicos latinos envuelto en la añoranza y pintaba y pintaba con frenesí. Francisco Pradilla, el ausente, dicen que el levemente resentido con su hado, se debatía entre un cáncer galopante y el torrente de imágenes de la memoria.        

En esa visión vertiginosa que es la propia vida, en ese instante fatal en que uno se adentra en el laberinto de tinieblas, Pradilla recordó su trayectoria casi al completo: su aprendizaje, su trabajo lento pero empecinado en la búsqueda de la perfección, su ansiedad, la consumación del oficio de pintar. Se vio casi un niño en el taller de Mariano Pescador, y luego ya en Madrid, realizando mil y un trabajos, esforzándose en las males calles, hasta abrirse camino. Cuando vio impreso su primer dibujo en La Ilustración Española pensó que se aclaraba el porvenir. En 1871 realizó uno de esos viajes que le marcaron la vida: estuvo en Vigo, y las neblinas galaicas, los paisajes de exuberante naturaleza, los pinares agitados por la verde brisa del Cantábrico, el mar en calma o exasperado impresionarían su retina. Creyó toparse con una Arcadia legendaria e ideal para extraviar su imaginación. Y su vinculación con ese edén purísimo de lluvia, aumentó al entablar relación con una muchacha de Vigo, a la que logró seducir con cartas preñadas de romanticismo y de dibujos. Pese a la feroz oposición familiar, se casaron.

Cuando en 1872 ingresa en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, detectó que su evolución estaba encauzada, algo que se vio algo después con su traslado a la Academia de Bellas Artes de Roma, de la que sería director. Le entusiasmó aquel ambiente de artistas y la huella que había dejado Mariano Fortuny. Se entretenía copiando a Mantegna, a Rafael de Urbino o visitando museos. Una de sus primeras obras maestras, Doña Juana la Loca (1878), fue presentada en la Exposición de Bellas Artes, donde recibió la medalla de honor. Casi idéntico éxito repitió en en Berlín, Viena y París. A esta obra le seguirán otras de pintura de género histórico que le dieron enorme fama: La rendición de Granada, El suspiro del moro o Doña Juana recluida en Tordesillas. Esta figura fue una obsesión constante de su vida, y cada vez que se acercaba a ella parecía desdibujarla levemente en el cuadro en un enigma de desgarro y leyenda, de pasión enfermiza y de lirismo.        

Pero Pradilla era un pintor muy completo. Lo sabía. Era capaz de abordar cualquier género con calidad: el retrato (el Ayuntamiento de Zaragoza le encargó sendas obras de Alfonso I El Batallador y Alfonso V El Magnánimo); la escena costumbrista, tocada con elegancia, buen gusto y una inclinación a la suavidad; la pintura alegórica, casi victoriana en algún instante; el paisaje, al óleo, al dibujo o a la acuarela. Intuyó el impresionismo y dotó a su obra de una dosis peculiar de luz y de atmósferas, de intensidad y belleza.         

Recordó ese periodo un tanto atropellado, de 1896 a 1897, en que le nombraron director del Museo del Prado, que había sido su casa durante años: cada vez que volvía de Roma o de un viaje por Vigo o por su tierra aragonesa (era de Villanueva de Gállego), y pasaba por Madrid, buscaba el solaz del Prado y se encerraba con Velázquez, con Goya, con Zurbarán. Permaneció poco en el cargo debido a la desaparición de un cuadro: decepcionado, se retiró a su estudio y a sus obsesiones, y en ellas navegó durante casi una veintena de años, a solas y casi abandonado.

         Al recapitular el frenesí del tiempo, pudo pensar: "Para pintar he nacido". Luego, la parca le cerró obscenamente los ojos.

 

*El cuadro de Juana La Loca que pintó en 1877 y que está en el Casón del Buen Retiro.