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Antón Castro

MI RACIÓN DE ALEGRÍA, POEMA DE CARMIÑA O CALILA

MI RACIÓN DE ALEGRÍA, POEMA DE CARMIÑA O CALILA

    MI RACIÓN DE ALEGRÍA

Defiendo la alegría,/
la precaria, amenazada,/
difícil alegría,/
al raso, limpia, en cueros,/
mi ración de alegría./
No me arrastréis al pozo/
de las verdes culebras./
No os arrojo a la cara mi alegría,/
os la tiendo tan sólo/
como una débil luz, como una mano./
No es ningún baluarte/
ni ningún ofensivo privilegio,/
es mi único utensilio cotidiano,/
mi tela de labor./
No tengo otra bandera/
y ostenta unos colores ya un poco desteñidos;/
mirad que la levanto a duras penas,/
contra viento y marea,/
sin sombra alguna de provocación./
Es parcela pequeña, minifundio,/
terreno sin cercados ni aparceros/
que aro, riego y abono por mí misma,/
don fe, de sol a sol./
Tomad el pobre o rico,/
el cuestionable fruto/
que desde ella os ofrezco,/
pues sólo desde aquí/
os consigo mirar, ayudar, entender,/
poner tal vez en claro alguna cosa./
No me la reprochéis ni adobéis de negrura/
como un reducto inmundo, segregado;/
ved que no la defienden ni pinchos ni alambradas/
y que podéis pasar aquí conmigo al sol./
No me arrastréis al pozo de las verdes culebras.
 

[Ana Fernández Cebrián nos manda éste poema de Carmen Martín Gaite, a quien mi  admirado Rogelio Allepuz de “El Periódico de Aragón” le ha hecho algunas de las mejores fotos que le conozco en el Gran Hotel de Zaragoza, tocada de  boina.  La entrevisté aquel día largo y tendido, y al hablar de Galicia, de su padre, de los secretos de familia, se echó a llorar. Jamás  podré olvidar aquella estampa, ni tampoco sus cartas de colores, sus cartas en tinta negra y morada. La foto es de Anna Koudella.] 

CUERPOS EN LA PLAYA 8 / JACEK GASIOROWSKI

CUERPOS EN LA PLAYA 8 / JACEK GASIOROWSKI

UN RÍO, LA PLAYA, UN AMOR

 Vuelvo a ti como vuelve el mar
A la bonanza tras la tormenta y el naufragio,
Y descifro tu cuerpo envuelto en arena,
El prisma de  tus pechos altivos, la luz
Que concentra la claridad de la espuma
En la piel porosa, en ese silencio grana.
Ese fresco de playa agota los crepúsculos,
Quiebra los juntos y las dunas, y se atreve
A ascender por tu espalda, a lamer el perfil
De un músculo, la carne demorada donde resides.
Vuelvo a ti a cualquier hora desde el fondo
De los cráteres y los océanos: las olas
Aún rugen en mi cuerpo con frondosidad de lava,
Con la cólera de un huracán que sopla de golpe.
Vuelvo a ti a cualquier hora, seguro de que pisas
Los jacintos del arenal, la brevedad del río
Que se desmorona y avanza desde el monte
Para consumar una sierpe de estío ante ti,
Ante esa mirada indecible que abarca el mundo:
La playa, el mar entero, esta  caricia de seda
Que impongo al volumen de tu cuerpo marino. 


*La fotografía es de Jacek Gasiorowski.

SEÑORA CON BOINA: CARMEN MARTÍN GAITE

SEÑORA CON BOINA: CARMEN MARTÍN GAITE

La llamaban Calila o Carmiña. También lo hacía una de sus grandes amigas, la actriz zaragozana Mayra O'Wisiedo, la altísima modelo que en los 50 visitaba la Virgen del Pilar y descollaba con su elegancia y su rabiosa modernidad; luego coincidieron en Madrid, en los tiempos en que Mayra era la novia de Alfonso Sastre y Carmiña, recién llegada de Salamanca, paseaba de la mano de Rafael Sánchez Ferlosio. El gran escritor del momento era Ignacio Aldecoa, como nos ha recordado Carmiña en Esperando el porvenir (1994): un cuentista prodigioso que leía --como ellos-- a Faulkner, Scott Fitzgerald, Kafka, Svevo o a Zavattini. Juntos iban de aquí para allá, de taberna en taberna, oyendo las palabras de la vida, los aspavientos de la calle, los rumores del arrabal.         

Mientras esperaba el fallo del Nadal, que ganaría en 1957 por Entre visillos, Carmen Martín Gaite se tomó una botella entera de vino tinto, algo inusual en una mujer, algo que sólo habría hecho Maruja Mallo. Su vocación por la literatura era irrefrenable: libro a libro, se demostró a los otros y a sí misma que allí había una mujer con las ideas claras y con una intuición especial para los títulos. Ahí están El balneario, que remite a sus veranos gallegos en Mondariz, Ritmo lento, que la emparenta con la narrativa italiana de los 50 /60, Retahílas, Fragmentos de interior, Las ataduras, El cuarto de atrás o El  cuento de nunca acabar, en lo que podríamos considerar su primera época. Novelas que mezclan lo íntimo y lo social, novelas de introspección como escritas por alguien con boina que está detrás de la ventana y pasa inadvertido.
        

Más tarde, alejada ya de Sánchez Ferlosio y desaparecido Aldecoa, se decanta por la investigación y el ensayo --piensen en El proceso de Macanaz o Usos amorosos del dieciocho en España-- y da un giro esencial a su trayectoria de novelista en los 90 con Caperucita en Manhattan, La Reina de las Nieves o Nubosidad Variable, glosas un tanto esquinadas de cuentos clásicos. Con Lo raro es vivir e Irse de casa retorna a la memoria desgajada, al pánico al envejecimiento, al dolor del éxodo, a una nueva España que aún tiene mucho de provinciana. Y con esos títulos cosechó los grandes éxitos de su carrera.
        

Carmen Martín Gaite fue una escritora a la contra, dueña de su destino y del idioma, solitaria y a la vez generosa con los demás, casi una mecenas maternal, como bien pueden contarlo Millás, Chirbes, Muñoz Molina, Giralt Torrente, Belén Gopegui o Miguel Sánchez Ostiz, a los que ayudó en distintas direcciones. Además fue una gran estudiosa y una gran creadora: la palabra era su reino y se movió siempre en torno a ella. Sólo le interesaba su pálpito, su belleza, las emociones que pueden suscitar en un lector --"Soy considerada con él. Bastante favor me hace leyéndome", dijo una vez--, pero nunca los honores efímeros de la Academia o de las tertulias. De ahí que siempre anduviese escribiendo, bien su obra (tocó todos los géneros incluso el teatro, como La hermana pequeña, que interpretó otra zaragozana: Ana Labordeta) o sus múltiples traducciones: de las hermanas Brönte, de Gustave Flaubert, de Clarice Lispector, de Williams Carlos Williams o de Natalia Ginzburg. Y lo hacía en una casa encantada, llena de objetos, cuadros, telas, lámparas y cuadernos donde redactaba a mano. La presencia de su hija Marta, convertida en fantasma de dolor en múltiples fotos, lo invadía todo. Y si alguna vez recordaba que tras su muerte descubrió sus cartas secretas en los cajones, igual que muchos años antes su madre le contó que ella también las había redactado para algún amor, sus ojos chispeantes se volvían líquidos y amenazaban con anegar el mundo.
 

En su último número, la revista “Turia” le rinde un homenaje. Esta foto con boina corresponde a Bertrand Despez.

DEL ESCRITOR SANTIAGO LORÉN

Santiago Lorén parecía llamado al cultivo de las letras. En la escuela componía las redacciones más atractivas, inventaba historias mejor que nadie. Hijo de pastelero, había nacido en Belchite (Zaragoza) en 1918, pero pronto retornó a Zaragoza. Vivió mucho tiempo en el Matadero, y veía los horribles sacrificios de las bestias y la espesa sangre derramada con pasmosa naturalidad. Aunque donde mejor iba a pasárselo iba a ser con los libros: fue alumno de Allué Salvador, del cual recibió estupendas clases de Lengua y Literatura, frecuentaba la biblioteca de UGT en la calle Estébanes, y consumía horas y horas leyendo novelas y cuentos. Además tenía un tío, secretario de juzgado en Híjar, que disponía de una biblioteca impresionante, que puso a su disposición.        

La escritura se le impuso, igual que se le impuso la Medicina, en particular la Ginecología. Combatió en el bando nacional siendo apenas un joven y estuvo en la retaguardia atendiendo a los soldados heridos. Ha descrito cuando recibía a los combatientes del frente de Teruel con los pies y las manos helados: parecía un espectáculo dantesco. Apenas terminada la contienda, acudió al Ayuntamiento de Zaragoza para dar las gracias por todas las ayudas que había recibido, y le dieron trabajo en el Hospital 18 de julio del Coso (Zaragoza). En ese instante, se inició su dedicación médica. Muy pronto le destinarían al Hospital de Calatayud, donde alcanzó crédito inmediato como escritor y como sanitario. Y allí, a principios de los 50, concibió su primera novela: Cuerpos, almas y todo eso (1952), con la cual se incorporaba a esa gran tradición de médicos--novelistas; pensamos, si nos ceñimos a España, en Marañón, Luis Martín--Santos, Baroja, Castelao, etc. El libro era una radiografía de muchos personajes que tenía su inspiración en Calatayud: la novela enojó a los que salían y podían ser reconocidos y a los que habían sido omitidos y se sentían ninguneados. La publicó el gran editor Josep Janés, que pasaba entonces por una importante crisis.         

Lo cual llevó a Santiago Lorén, al terminar su segunda novela, Una casa con goteras, a intentar dar el salto a otra editorial. El año anterior había sido convocado el I premio Planeta de novela, dotado con 40.000 pesetas; en la segunda convocatoria, el editor José Manuel Lara aumentó el galardón a 100.000 pesetas. En un viaje a Barcelona, Carmen Berdusán, la decidida esposa de Santiago Lorén, entró en las dependencias de Planeta y dijo: "¿Valen en este premio las recomendaciones?". "No, de ninguna manera", le dijo Lara. "Pues ahí tiene el ganador". La novela, realista, de escritura minuciosa y de enérgicos personajes, se alzó con el galardón, y para él comenzó una carrera literaria que ha tenido mil y una direcciones.         

Ha sido narrador de ficciones en textos como La siete vidas del doctor Cucalón, El verdugo cuidadoso o La vieja del molino de aceite (novela que se alzó con el premio Ateneo de Sevilla); memorialista en libros como Cierzo de papel, donde relata los años felices y audaces de la edición aragonesa del diario "Pueblo", periodista indomable en distintas colecciones de artículos que fueron apareciendo en Radio Zaragoza o Heraldo de Aragón, es famosa la colección La rebotica. También ha escrito libros de viajes como Aragón,  biografías de Ramón y Cajal y Fernando el Católico, o monografías médicas como Historia de la Medicina o Nuestra vida sexual. Uno de sus grandes éxitos fue su libro de humor, Diálogos con mi enfermera.        

Santiago Lorén no ha terminado su carrera, aunque mira al pasado con un punto de melancolía. Fue amigo de Ignacio Agustí, Wenceslado Fernández Flórez; tuvo tentaciones políticas y llegó a presentarse a las elecciones municipales (le faltaron mil votos para ser elegido), escribió en casi todos los periódicos aragoneses: Heraldo de Aragón, Diario 16 de Aragón o El Periódico de Aragón. Hace algún tiempo, confesaba con una sinceridad inolvidable: "Sigo escribiendo artículos para vencer el Alzheimer". No obstante, en su gaveta, entre otras obras y piezas inéditas de toda índole, conserva un manuscrito en busca de autor: La funesta manía de escribir, que es una declaración de principios y un autorretrato.          

Muchas mañanas sale a pasear en una silla  de ruedas. Y, de cuando  en cuando, sonríe. 

UNA FOTÓGRAFA EN ACCIÓN

UNA FOTÓGRAFA EN ACCIÓN

 

[Hace algún tiempo, cuando iniciaba una nueva etapa lejos del trabajo diario, escribí este texto sobre una de  mis fotógrafas favoritas. Hoy, al ver la magnífica foto de Mariano Gistaín en la plaza del Pilar pensé en ella. Recupero cuento de un perplejo estudiante y lector de prensa, y recuerdo que el título era “La mirada del corazón de Aránzazu Peyrotau”.]   

 

 

Diré la verdad desde el principio. Soy un lector de periódicos y un pésimo estudiante. Quizá me dedique a las Ciencias Políticas o a la Investigación Criminal. No sé muy bien cómo empezar. ¿Cómo se empieza a hablar de alguien que te deslumbra de golpe y, en cierto modo, te esclaviza? José Saramago vino a la clase de 1º B: tomó asiento, fue presentado y entonces surgió ella, abrazada a su cámara, vestida de negro, esbelta, misteriosa y a la vez sonriente. Desde la segunda pregunta, dejé de escuchar al Nobel: sólo me interesaba la fotógrafa. Me fijaba en cómo seleccionaba su posición, cómo se elevaba sobre la cabeza de los alumnos, cómo se acuclillaba o cómo buscaba los ángulos. Percibí el lenguaje de la emoción y del arte: buscaba algo insólito, el retrato diferente, la sorpresa, el diálogo de la luz y la sombra en el rostro del escritor, y creía deducir que ensayaba un violento crontraluz, una toma imposible con un golpe de flash rebotado.

         Creeréis que exagero si digo que no pude dormir. Me acordé de una película que vi una vez: “Blow up”, pero cambiaba al actor por ella. Ella, de negro, enigmática, moderna y desinhibida, en el gran laberinto de la cámara oscura. A la mañana siguiente lo primero que hice fue comprar el periódico, busqué la entrevista y me fijé en su nombre: Aránzazu Peyrotau. Me dije: “Nombre de artista. Seguro”. Había tres fotos: un primer plano impecable, limpio, con Saramago poseído por la famosa “enfermedad portuguesa”, y otro general: los alumnos, nosotros, parecíamos comérnoslo con nuestras interrogantes y nuestra curiosidad ante el olor de la fama. Me encantaron las dos instantáneas y las reviví: el ojo que busca, la emoción, el instante decisivo, la audacia, el esfuerzo del fotógrafo (Aránzazu: me gusta pronunciar este nombre) que desea transmitir su verdad a la verdad del retratado.        

Me he aficionado a su periódico. Y lo ojeo de principio a final en busca no de su firma, no, de sus fotos, que ya las reconozco. Veo un picado extraño, la delicadeza de la luz que esculpe un cuerpo, veo la dulzura latente en un rostro o la profundidad de un ojo, veo la búsqueda de la intensidad, de la alegría, de la emoción, del retrato del alma. Sé que parece exagerado, pero casi siempre acierto. Es ella. Es Aránzazu. He tenido suerte en dos ocasiones: le vi hacer un gran reportaje urbano, sobre el vientre de la ciudad, y nos descubría la huella del tiempo, las texturas del olvido, la magia de la mirada en el paisaje. Y también coincidí con ella en Silos en una exposición de Broto: la bordó. Y sedujo a todos. Los desarboló con su inventiva, con su imaginación, con esa pasión por mirar como si nadie lo hubiera hecho antes.
        

Ya sé que se va. Que me deja, que nos deja, pero sé algo: Aránzazu Peyrotau volverá a conmoverme de otro modo, con otras luces y en otro lugar. Estoy seguro.
 

DANIEL GASCÓN EN EJULVE, ESTA TARDE A LAS19.30

DANIEL GASCÓN EN EJULVE, ESTA TARDE A LAS19.30

Esta tarde, a las 19.30, en la villa turolense de Ejulve, umbral del Maestrazgo, cerca de Molinos y Alcorisa, en dirección a Cantavieja y Aliaga, se presentan dos libros: “El fumador pasivo” (Xordica) de Daniel Gascón y “Golpes de mar” (Destino) de Antón Castro. Daniel hablará un poco de su padre, que soy yo, y yo hablaré un poco de él, que es mi hijo mayor. Y ambos hablaremos de los relatos de los dos volúmenes: el de Daniel tiene algo de novela fragmentaria que transcurre entre Zaragoza y la Universidad, Norwich y W.G. Sebald (el escritor que murió tras enviarle una carta manuscrita), Castellón y las locuras de amor con la primera novia, y el recuerdo de un abuelo irrepetible. El mío es un libro sobre la memoria del mar,  la pesca de ballenas, las mujeres que esperan en la ribera y un paisaje telúrico, y es, ante todo, un libro sobre el arte de contar y cómo las historias condicionan la vida. Sospecho que nos presentará a ambos el jovencísimo y flamante alcalde de Ejulve, José Manuel Salvador.

 Es curioso, son dos libros que tienen poco que ver: Daniel es un heredero de Joe Fante, de Carver, de Chejov (acaba de traducir una biografía de un autor inglés de más de 700 páginas que publicará en breve Plot) y de cierta inquietud permanente en este libro sobre el acceso a la madurez; y yo, más barroco e inscrito en un tiempo sin tiempo, estoy en la línea de Rafael Dieste, Álvaro Cunqueiro, Miguel Torga o Isak Dinesen, eso sí, a infinita distancia. Y los dos aprovecharemos para hablar de algo inolvidable nosotros: Leoncio Gascón, mi suegro y su abuelo, el hombre que nos transmitió mil y una historias de Ejulve porque él era  un romancero, un contador de historias y de paisajes, un fabulador de seres y de anécdotas, un hombre  vital y sensual que exploraba a diario, quizá sin saberlo, los caminos de la felicidad. Y al fondo de nuestra charla, seguro, quedará Ejulve, que figura en varios de mis cuentos, tanto de “El testamento de Patricio Julve”, como de “Los seres imposibles”. Una de las historias más  bonitas inspiradas en Ejulve es la de Carmen Ortín, madre de Leoncio, y su increíble noche de bodas, que huyó y huyó y huyó bajo el aguacero hasta que la encontraron, aterida y disuelta en puro pánico porque desconocía aún la mecánica del amor. Era una deliciosa y soñadora primera novia.

CUERPOS EN LA PLAYA 7 / EDWARD WESTON

CUERPOS EN LA PLAYA 7 / EDWARD WESTON

Uno de los más grandes fotógrafos del siglo XX fue Edward Weston (Highland, Illinois, 1886). Se trasladó a México en 1923 y allí vivió una historia de amor intensa con Tina Modotti, musa constante, y fotografió a los grandes pintores como Siqueiros, Diego Rivera y José Orozco. Más tarde, se trasladó a Estados Unidos  y frecuentó a artistas tan conocidos como Imogen Cuningham,  Alfred Stieglitz (y a su mujer y musa, lapintora Georgia O’Keefe) o Ansel Adams, entre otros muchos. Más tarde, se casó con Claris Wilson. Fue un gran fotógrafo del cuerpo humano, del desnudo de mujer, y también  realizó espléndidas fotos de arquitectura. Ayer, en el Corte Inglés, vi una excelente monografía de TF editores, la vi, no la compré porque tengo varias suyas, en particular su antológica de Taschen, y por eso cuelgo aquí esta mujer en la playa, obra realizada en 1936.

CUERPOS EN LA PLAYA 6 /

CUERPOS EN LA PLAYA 6 /

Sin ti soy lago, soy montaña.
Pienso en un hombre que se llama Herberto.
Me tumbo a fumar bajo la ventana.
Jadeo. Doy vueltas sobre el colchón.
Y sin orgullo, corazón, aumento el precio. 

[Recojo este poema de la poeta brasileña Ana Cristina Cesar, presentada en España por Ángel Guinda en la antología “Forma sin norma” (Olifante). Nació en 1952 y murió en 1983. Se arrojó al vacío, ante el estupor de su familia, desde la ventana de un séptimo piso. No voy a poder alimentar hoy el blog posiblemente, pero me fascinó ayer esta imagen, este hermoso, inocente y joven cuerpo en la playa.]