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Antón Castro

HOLYFIELD-TYSON. CRÓNICA DE UNA PELEA MÍTICA*

HOLYFIELD-TYSON. CRÓNICA DE UNA PELEA MÍTICA*

EL ELEGIDO DE DIOS 

Un gesto premonitorio precedió al nuevo combate del siglo: Mike Tyson tenía tantas ganas de acabar que, cuando emprendió el camino del ring, mostró su mirada de caníbal, alzó con desprecio su cuello de búfalo y soltó un fiero manotazo a uno de sus excéntricos acompañantes que parecían mafiosos con camisas de lunares negros, sombreros de fieltro y botines de charol. Se le vio ya, en el túnel que precedía a la debacle, airado, roto por los nervios, excitado por la sospecha del miedo. Antes había salido Evander Holyfield con su majestuoso porte de atleta griego; se le vio caminar armonioso y tranquilo con su batín lila. Fue recibido con un clamor unánime; la gente estaba con él y lo comprobó unos instantes después: el nombre de Tyson quedó sepultado bajo un desdeñoso y apabullante abucheo. El mundo entero había apostado por El terror del Garden, 25 a 1, todos los periódicos americanos --salvo uno-- vaticinaban su triunfo por la vía rápida, y los promotores también: Tyson recibió treinta millones de dólares y Holyfield sólo once.        

Pero íntimamente muchos soñaban con una victoria del ex--campeón: aquel guerrero de corazón de león de 34 años, un hombre ejemplar que no sabía lo que era enfrentarse a un paquete ni que nunca había visto correr ante él, como una liebre aterrorizada, a ninguno de sus rivales. La gran mayoría de los 16.325 espectadores reconocieron sus atributos de púgil a la vieja usanza: fibroso, audaz, rápido y valiente. En aquella noche de sudores compartidos, algunos recordaron sus esfuerzos para llegar hasta allí: sus interminables sesiones en la piscina, sus miles de kilómetros a lomos de una bicicleta, su modélica actitud dentro y fuera del cuadrilátero, su furia tranquila, quizá por ello engañosa. O esas peleas que él hizo siempre épicas, ganase o perdiese: sus tres enfrentamientos con Riddick Bowe, su disputada derrota con Michael Moorer, sus encarnizadas pero hermosas y dignas contiendas con Georges Foreman, el sargento indomable Ray Mercer o Bobby Czyz.
        

No hubo miradas de odio. A Holyfield no le gustan las bravuconadas; todas las había gastado ya su adversario cuando dijo, antes y después del pesaje, que sólo podría ser vencido si se quedaba sin una mano. El boxeador de Alabama se había pasado demasiadas horas estudiando los gestos de su contrincante, midiendo sus pasos en los vídeos, observando cómo mece la testuz, cómo avanza con la espalda tiesa y un ademán de gorila, cómo saca con un movimiento inapelable pero en corto, brutal como una demolición, sus mazas de carne y piedra. Y en esas horas de gimnasio --hizo de todo como siempre, incluso efectuó sesiones agotadoras de danza y esquiva con bailarines profesionales, y vio varias veces el combate entre Cassius Clay y el predicador Cleveland Williams en 1966, el combate más perfecto que haya efectuado jamás un peso pesado-- descubrió los puntos débiles de Tyson: su pálida inteligencia, su fragilidad mental cuando no logra impactar, su boxeo caliente y poderoso pero enceguecido, pugilismo de vendaval y tejón que no cesa, pensó, la desesperada vehemencia con que busca el final.
        

Había tensión, fuego en el cuadrilátero, ira antigua, el aroma de intensidad carnal que se le exige a una gran velada. El combate, desde los primeros instantes, desde antes de que Mitch Halpern les recordase cómo debían comportarse y lo que la humanidad desvelada esperaba de ellos, parecía condensar la leyenda y la sangre de otras peleas inmortales: aquel Clay--Frazier del 8 de marzo de 1971 en el Madison Square Garden, cuando El Loco de Louisville saltó por los aires en dos ocasiones, a pesar del rugido de la muchedumbre; la noche en que Rocky Marciano pulverizó el cuerpo oscuro de Joe Louis; la furia innombrable que se cruzaron sobre el tapiz Marvin Maravilla Hagler y Ray Sugar Leonard, el tigre y la mariposa; la épica sangrienta de las batallas a muerte casi entre Jack La Motta, Toro Salvaje, y Sugar Ray Robinson en los años 50.
        

Mike Tyson estuvo a punto de reventar Las Vegas (y a todo el planeta despierto) con un golpe a los diez segundos: se echó hacia el centro del ring y buscó el mentón de su oponente, no le cazó de milagro. A partir de ahí, Evander Holyfield se agigantó: advirtió a Tyson que no iba escapar y que tenía unas grandiosas ganas de gresca, pero en su terreno y a su modo. Es decir, gresca librada con astucia, con ligereza diabólica y con parsimonia, pero lejos del cuerpo a cuerpo. Holyfield tejió un laberinto inaccesible a la pegada de Tyson, enfrió la batalla, le desafió una y otra con ganchos contundentes y dominadores a la contra, y tuvo la sangre helada de no enmarañarse en el clinch. Si el otro se removía en pos del golpe recto, le trababa con los brazos; le tendía una emboscada y le martilleaba la cara con calculada obstinación desde la distancia.
        

A Mike Tyson le asomaron, lentamente, los primeros fantasmas. Y el presagio de otra noche funesta como aquella de Tokio en 1990 empezó a robarle el pensamiento. No encontraba huecos en el musculoso cuerpo del enemigo ni flancos de acceso a su barbilla. Si en alguna ocasión impactaba, se encontraba con una sucesión de respuestas inmediatas que le hacían retroceder, que le magullaban el cerebro y su opaco entendimiento. Casi sin quererlo, se hallaba aprisionado entre sus bíceps o intentando escabullirse de su bruñida calva. Miraba y miraba, pero no descubría ni un sólo resquicio de temor en su oponente. Al contrario, cada segundo que pasaba, Holyfield parecía tornarse más desafiante, más seguro de su trabajo de derribo sin prisa. Tyson respiró un poco en el quinto asalto y creyó, tal vez, que no todo estaba perdido; su adversario había acusado el peso de sus mazas y por primera vez había ganado en la puntuación parcial.
        

Sin embargo, esa interpretación había sido un espejismo. En el segundo minuto del sexto asalto besó la lona y aguardó, con tanta palidez como sorpresa, la cuenta de protección. Le habían temblado el vientre, las nalgas y las estrellas del destino. No se encontraba, estaba fuera de sitio y Holyfield empezaba a ser el que siempre había sido: un boxeador en línea, académico y rítmico, dominador y bailarín, un gigante insaciable desde el centro de la lona que ignora el retroceso o cualquier otra suerte de cobardía. Aquélla --se percató de inmediato-- no se parecía en nada a la legendaria noche de Tokio; entonces había perdido él mismo por exceso de mala vida y escasez de gimnasio ante el desconocido y fugaz James Buster Douglas, por puro menosprecio, pero aquí le estaba ganando el otro: un boxeador tallado en bronce, descaro y preparación, un gladiador con clase y oficio que creía en sí mismo. Su nombre se alzaba desde el fondo de la tierra y aleteaba por todos los rincones de su cerebro como un gigantesco pájaro de rencor: "Holyfield, Holyfield, Holyfield", vociferaba la multitud que le odiaba y que se sentía feliz, oceánica, imparable, ante su fracaso.
        

La sangre que le brotaba por la ceja y la entereza del aspirante, se lo dejaron claro: Holyfield, el bueno de la velada, el elegido de Dios, iba a ganar. El décimo round fue demoledor: Iron Mike recibió una combinación interminable de golpes, el vendaval que le habría correspondido desatar a él y se quedó turulato, con el mentón triturado, sonámbulo; sólo le salvó el sonido milagroso de la campana. Se sentó en el rincón con el rostro ardiente, los miembros debilitados, tragándose la rabia, las vanas bravatas, arañándose el último escozor de la poca jactancia que le quedaba. En ese momento, no era nadie y soñó (o creyó soñar) que sus preparadores lanzaban una toalla de redención como quien lanza una paloma derribada; sin duda entonces recordó su sórdida y desamparada niñez de degollador de palomas: se vio a sí mismo retorciéndole el gaznate del animal, palpando el bulto pegajoso, la suciedad brusca y sanguinolenta que se adueñaba del claro plumaje. Soñó con una toalla de salvación, decíamos, pero eso no sucedió y volvió a salir para ser humillado; en esos segundos acelerados que se anticipan al gong postrero, atisbó a su rival: estaba entero, con la fortaleza renovada y la determinación de un criminal. Y se preguntó quién le había vuelto a traicionar o, sencillamente, por qué no le había respetado, por qué no se dijo a sí mismo que Evander Holyfield, el atleta de Alabama, el mensajero de Dios, era un profesional insobornable, amasado con inteligencia y sacrificio, el tipo más duro y más listo al que se había medido jamás.
        

Un minuto después, Mike Tyson era sólo una mole sin respuesta, una sombra disuelta en despojos e impotencia, un mito apaleado y un hombre al fin, una criatura vulnerable. En algún instante, cuando todos celebraban al nuevo ídolo y el speaker anunciaba la frase mítica --la frase que estremeció a Clay cuando era un niño y empezaba a saber quién era Rocky Marciano: The heavyweight champion on the world is... Evander Holyfield-- se acercó a su esquina y lo miró a los ojos: "Sólo quiero estrechar tu mano y tocarte. Tengo por ti el mayor de los respetos".


         Evander Holyfield le dijo que se sentía orgulloso de haber ganado al mejor peso pesado del mundo, que le agradecía que le hubiese dado aquella oportunidad y buscó a su mujer, que también es su médico y su psicólogo. La besó y le pidió una gorra que llevaba esta leyenda: Jesus is Lord. (Jesús es el Señor). Miró a todos y dijo: "He aquí mi talismán. Mi golpe secreto. Sabedlo".

 *Hace algunos años escribí este relato para un volumen colectivo de autores argentinos y aragoneses, y lo recupero aquí. Hace algunos días vi de nuevo la película "Marcado por el odio", con Paul Newman, y recuperé el gusto por las películas de boxeo de mi infancia, que veía con mi padre. En la foto, la modelo Heidi Klum con Evander Holyfield.

LOS HÉROES DEL SILENCIO AL COMPLETO

LOS HÉROES DEL SILENCIO AL COMPLETO

 

El 4 de septiembre, Héroes del Silencio publica una caja en edición limitada con todos sus álbumes en vinilo

 Contiene los siete LP de la banda zaragozana en edición facsímil, con abundante material extra y piezas descatalogadas y muy buscadas por los seguidores de la banda zaragozana, un libro con abundante material gráfico y un poster exclusivo

    El 4 de septiembre, Héroes del Silencio publica una caja en edición limitada que contiene los siete álbumes que la banda zaragozana editó en su día en vinilo: el maxi Héroe de leyenda, el mini LP En directo y los LP El mar no cesa, Senderos de traición, Senda 91, El espíritu del vino y Avalancha. Para esta edición especial, estos vinilos se han vuelto a fabricar en un gramaje mayor que el original y  utilizándose las versiones remasterizadas, lo que implica una incuestionable mejora en el sonido. En el aspecto gráfico esta edición será facsímil, manteniendo inalterable el grafismo original en todos los aspectos. Además, la caja contendrá un libreto escrito especialmente para esta edición limitada con material gráfico inédito, una biografía retrospectiva de Héroes del Silencio actualizada, todas las letras de las canciones incluidas en los siete LP, los créditos originales y un gran póster con una foto actual e inédita de la banda. La caja, de la que se editarán sólo 5.000 ejemplares, está forrada en terciopelo morado con las letras impresas en tinta plateada.  En esta edición especial destacan álbumes muy buscados por los coleccionistas, como el mini LP En directo, del que en su día solo se editaron 5.000 ejemplares, y por el que se han llegado a pagar hasta 300 € por su edición original. El álbum Senda 91 está descatalogado desde hace seis años y del vinilo de Avalancha se editaron muy pocos ejemplares, siendo ambos también piezas muy buscadas por los fans de Héroes del Silencio. La edición especial en tirada limitada de todos los vinilos de la banda zaragozana, que el 15 de septiembre comienza en Guatemala una gira de diez conciertos exclusivos por América y España, significa una ocasión única de acercarse a la obra de uno de los grupos fundamentales del rock español en un formato, el vinilo, tan raro como apreciado. Héroes del Silencio en estado y en sonido puro. www.heroesdelsilencio.es www.emimusic.es  

[Nota enviada por la productora. Hace años, en "Viaje a la luna" (Aragón Televisión), entrevisté largo y tendido a Enrique Bunbury. Recuerdo una frase que me dijo entonces: "Sé que algún día cantaré bien". Sueño que un día le apetezca sentarse en los butacones naranja de "Borradores". Por ahora, no lo hemos conseguido, ni yo ni su representante Nacho Royo hemos conseguido convencerlo. Soy un fan incondicional; mi disco favorito entre los suyos es uno que ha hecho en solitario: "Flamingo's", pero me gustan todos. ]

UNA CANCIÓN IMPRESCINDIBLE: FRANCO BATTIATO

UNA CANCIÓN IMPRESCINDIBLE: FRANCO BATTIATO

[Marta Navarro, y alrededores, copia esta canción en su blog. Es probablemente una de mis canciones favoritas: cuando quiero estar feliz y bailar yo solo en el jardín desaliñado que tengo, pongo esta canción de Francos Battiato. Si no estoy bien, pongo esta canción y me cura de casi todo.] 


NÓMADAS

Nómadas que buscan los ángulos de la tranquilidad,
en las nieblas del norte, en los tumultos civilizados,
entre los claros oscuros y la monotonía de los días que pasan.
Caminante que vas buscando la paz en el crepúsculo
la encontrarás,
la encontrarás
al final de tu camino.

Largo el tránsito de la aparente dualidad,
la lluvia de Septiembre
despierta el vacío de mi cuarto
y los lamentos de la soledad aún se prolongan.
Como un extranjero no siento ataduras del sentimiento,
y me iré
de la ciudad,
esperando un nuevo despertar.

Los viajantes van en busca de hospitalidad,
en pueblos soleados, en los bajos fondos de la inmensidad,
y después duermen sobre las almohadas de la tierra.
Forastero que buscas la dimensión insondable,
la encontrarás
fuera de la ciudad,
al final de tu camino.

Letra de Roberto “Juri” Camisasca. La foto es de Albert Watson.

ADIÓS AL GRAN VÍCTOR BUIL DE GARRAPINILLOS

ADIÓS AL GRAN VÍCTOR BUIL DE GARRAPINILLOS

Uno de mis amigos más entrañables de Garrapinillos, Víctor Buil, acaba  de fallecer. Me lo ha  dicho esta mañana su sobrino Eduardo, que además es el mecánico de la familia. Siempre me gustaba verlo tomando café, conversando, viendo fútbol o preparando un asado para los jóvenes del Garrapinillos C. F. En los últimos tiempos, Víctor Buil tenía dificultades en las piernas y problemas de  respiración. Se pudo malo el miércoles, se vio amarillo ante el espejo, y cerró los ojos definitivamente el jueves. El lunes o martes me crucé con su sobrina y le anuncié que iría a verlo. No fue así. Me gustaba más verlo en la calle o en el campo de fútbol que en su casa, rodeado de botes de tomate y un buen fuego para sus excelentes barbacoas.

Víctor Buil vivía con su hermana y con su cuñado. Había trabajado en el ferrocarril en África, y luego aquí, tenía huerto, y tenía sobre todo una calma constante, una lentitud dulce, una sabiduría que se adquiere en la Universidad de la vida. Soltero y sin compromiso, octogenario, lo sabía todo sobre Garrapinillos y sobre sus equipos de fútbol. Era un hombre bueno y un hombre de palabra que disfrutaba de las pequeñas cosas.
 

Quizá su gran pasión –los amores pasados o perdidos nunca era materia de sus recuerdos- era ver jugar a su sobrino nieto Mario, el gran Mario Martín de algunas crónicas de sábado que han aparecido en este blog. 

[Escribo esta nota, tras enterarme de su muerte, oyendo uno de mis discos preferidos de los últimos meses, “Cinema do mar” de Carlos Núñez, en concreto las dos piezas de “Historias de Terramar” de Tamiya Terashima, que tienen algo de despedida, de elegía a alguien que toma la ruta del más allá sobre las olas del mar. La foto es de Bernard Plossu.]

RETRATO DE MARÍA TAUSIET, ESTUDIOSA DE BRUJERÍA

RETRATO  DE MARÍA TAUSIET,  ESTUDIOSA DE BRUJERÍA

El apellido Tausiet, raro en España, procede Gascuña y significa “roble blanco”. De alguna extraña manera, casi desde que era niña, María Tausiet alimentó la atracción de María por Francia. Pasaba los veranos en San Sebastián, que se le antojaba una ciudad muy francesa: la recorría de punta a punta, en sus playas, en sus callejas o en sus montes de impresionantes panorámicas. Era una joven charlatana hasta la desmesura, exagerada y crédula. Le fascinaban los cuentos de hadas y el mundo de Lewis Carroll y se fabricó, entre libros y la pasión por el baile y la música, un mundo a su medida. Su padre, empleado de banca ante sus exageraciones o su incontinencia, solía decirle: “Te doy una peseta si eres capaz de callar durante cinco minutos”. Era incapaz. En casa se vivía una atmósfera religiosa muy particular que tenía su prolongación en el colegio de monjas donde estudiaba. A los catorce años puso término a todo eso: ingresó en el Instituto de la Magdalena y se le abrió como un abanico de sugerencias infinitas un mundo nuevo con profesores “progres” que igual le hablaban de Spinoza, de Nietzsche o del psicoanálisis. Entonces, la idea del inconsciente cobraba una gran importancia. Que se interesase por la Filosofía Pura era una consecuencia natural de su aprendizaje apasionado. Lo mismo estudiaba guitarra en el Conservatorio, que asistía a clases de pintura con Alejandro Cañada o se matriculaba en la Escuela de Artes Corporales para hacer danza contemporáneo. Un torbellino de inquietudes le bullía en la cabeza y en las piernas.        

Con algo menos de veinte años, si puede decirse así, estaba malquistada con Zaragoza. Había decidido ir a estudiar Filosofía Pura a Madrid, aunque acabó haciéndolo en Valencia. “Me decepcionó la ciudad y la mentalidad tradicional de la enseñanza. Me encontré con un ambiente que ni era tan moderno ni tan abierto ni tan interesante como el que había tenido en el Instituto”. Regresó y al año siguiente se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza y se especializó en Historia Medieval, aunque lo que de veras le atraía era cursar Historia de las Mentalidades. Fue una estudiante casi modélica en los primeros cursos y ejemplar en los dos últimos, que ilustró con matrícula en todas las asignaturas.

En quinto, la profesora Isabel Falcón llevó a un grupo de alumnos al Archivo Diocesano de Zaragoza a hacer fichas de procesos criminales de justicia episcopal. Y esa visita, en apariencia rutinaria, fue toda una detonación. “Descubrimos algunos procesos de brujería. Isabel Falcón me dijo: ‘Esto podría interesarte’. Al principio expresé mi negativa. Me parecía un tema fácil, de moda, ‘demasiado’ atractivo. No soy nada esotérica. Leí los procesos con atención y vi que era una fuente maravillosa: se hablaba de sueños, de delirios, de cosas íntimas e inusuales con un lenguaje simbólico. A las brujas se las empezó a perseguir al final de la Edad Media”. Verificó que allí podría haber una tesis que acabaría dirigiéndole el profesor de Historia Moderna, Eliseo Serrano. “Isabel Falcón fue mi primera madrina. Ella me puso en contacto con el experto Ángel Gari, que me inició en el conocimiento de la brujería. Fue generoso conmigo, me facilitó documentación, me abrió la cabeza a ese universo y fui con él a congresos a Barcelona o a París, en concreto a uno que se titulaba ‘El sabbat de las brujas’, que me resultó maravilloso. El sabbat es el aquelarre. Allí aprendí muchísimo, vi otro concepto de Historia; dos años después, en 1994, ya presenté una ponencia sobre ‘El infanticidio y sus traducciones en Aragón’ en Swansea, Gales”.
        

María Tausiet se presentó a oposiciones a profesora de Instituto en Toledo y obtuvo plaza en Talavera de la Reina. Al año siguiente, se trasladó a Alcorcón como profesora de Geografía e Historia, pero no dejaba de viajar a Aragón. Se trasladaba a los archivos de las siete diócesis de Zaragoza, Huesca, Teruel, Tarazona, Albarracín, Barbastro y Jaca con el objeto de realizar un estudio de la brujería en el siglo XVI. “La brujería es lo más representativo de la cultura popular, encarna el simbolismo de la cultura popular. Es la esencia de las creencias misteriosas enraizadas en la vida cotidiana de la gente. Y para mí era un reto intentar traducir todo eso a un lenguaje racional”. Así nació “Ponzoña en los ojos. Brujería y superstición en Aragón en el siglo XVI” (IFC, 2000). María intenta explicar el mito del aquelarre con toda la fantasía y horror que encierra: la presencia del demonio, la relación sexual con las brujas, el asesinato ritual de niños, las metamorfosis. “Me preguntaba cómo había podido hacerse real todo eso en la mente de los jueces o los demonólogos e inquisidores. ¿Quién se va a creer que vuelen las brujas o que exista el demonio? Eso es una ficción, un lenguaje simbólico”. Su trabajo abarcaba la justicia episcopal, la seglar y la inquisitorial. Le salieron historias preciosas: en Zaragoza había muchos hechiceros. Las mujeres se dedicaban a la magia del amor, y los hombres, de origen francés y casi siempre clérigos, se preocupaban por la búsqueda de riquezas. “Hallé la historia de un cura de San Pablo, Joan Vicent, que organizó un círculo mágico. Fue acusado por la Inquisición, lo encerró en la torre del Trovador de la Aljafería, y se escapó atando sábanas. Salió por la ventana, se fue a Roma y puso una denuncia a los inquisidores de Zaragoza”. En medio de su estudios, María dio con un proceso del siglo XIX en el Archivo de la Diócesis de Zaragoza, titulado “Los energúmenos de Tosos”. “En latín ‘energumeni’ quiere decir endemoniados. Y aquí se planteaba el mundo al revés: es la supuesta bruja la que va a denunciar a los supuestos posesos, que la persiguen, a la justicia episcopal y ésta la defiende. El alto clero, en ese momento, hablo de 1812 a 1814, ya no cree en la brujería. El propio obispo ve la posesión como un fraude. Los 32 posesos sostenían que ella les habían enviado los demonios y acabaron echando a esa mujer, Joaquina, del pueblo. Era de Villanueva de Huerva y allí hubo de volverse; cada que intentaba regresar, la apedreaban o la acuchillaban. Ese periodo coincide en el tiempo y en el espacio con Goya, que reflexionó a su modo sobre la fascinación, el horror, la superstición y la irracionalidad de la brujería en ‘Los desastres de la guerra’, ‘Los caprichos’ o ‘Las pinturas negras’”. El libro de este proceso se llama “Los posesos de Tosos, 1812-1814)” (Instituto Aragonés de Antropología, 2002) y no será el último. Acaban de sugerirle un trabajo comparativo sobre la hechicería urbana en Brujas y en Zaragoza.
 


[María Tausiet presentaba hace poco su nuevo y fascinante libro: “Abracadabra Omnipotents. Magia urbana en Zaragoza en la Edad Moderna”. María Tausiet. Editorial Siglo XXI. Así define la editorial el libro: “Abracadabra Omnipotens’ presenta un recorrido por el submundo de la magia zaragozana en los siglos XVI y XVII a través de testimonios en su mayoría procedentes de fuentes judiciales. Pese a la imagen de la magia como algo opuesto a la religión, y de la persecución de sus múltiples y diversos practicantes, lo mágico y lo religioso aparecían íntimamente entrelazados, como dos caras de la misma moneda”.]

RAFAEL FOMBELLIDA: UN POEMA MARINO

RAFAEL FOMBELLIDA: UN POEMA MARINO

BALLENEROS

 La severa monodia de este mar
Gris acero, mortal de puro ruda,
No descansa. Prosigue con nosotros
El azulado lomo del cetáceo
Y la imprecisa raya de un lejano occidente.
De vez en cuando estalla en el oído
La pesada carga de los hierros
Que habrán de hundirse en la corteza oscura
Y se huele una sangre cuyo pulso es el nuestro,
Activa los tendones, endurece el vigor. 

En la costa distante, un indolente dorso
De mujer se entumece bajo los ventanales
Rozados por la hiedra. Lo entreveo
Preso en el diapasón del oleaje:
Su teclado de vértebras, la cúpula
Refinada del culo, las piernas rezagadas. 

Iniciamos un baile en el ruidoso abismo
Rencorosos, siniestros y vacíos,
Y la caza nos ciega. El arponazo
Arranca cuero, grasa, nos deja sin saliva.
Y de repente rueda una mujer al suelo
Cruzado el corazón por una fecha insólita,
Los ojos impasibles, la luna en su lugar. 


[Creo que no había leído a Rafael Fombellida (Torrelavega, 1959). Encontré la antología “La propia voz” (La mirada creadora. Santander, 2007), con prólogo de Carlos Marzal, y me encantó este poeta tan narrativo, que engazara bellos endecasílabos. Cuelgo aquí uno de los poemas que más me han gustado. He publicado en gallego el libro “Vida e morte  das baleas” (Espiral Maior), e insisto en esos temas con “Golpes de mar” (Destino, 2006). La foto es de Gregory Peck en la película "Moby Dick" de John Huston.]

SUSANA GERMADE VUELVE A ARAGÓN

SUSANA GERMADE VUELVE A ARAGÓN

[El escritor, psiquiatra y representante Carlos Ranera Frauca escribe esta nota y anuncia el concierto de Susana Germade en Graus.]

La cantante gallega, afincada en Cataluña, vuelve a tierras aragonesas, con un concierto íntimo y en un escenario mágico, la terraza de ITAKA (Graus), a orillas de los rios Ésera e Isábena. Acompañada por un quinteto: dos guitarras, bajo y percusiones, Susana Germade propone un repertorio sentimental y popular en el que el fado es el hilo conductor, pero que no excluye otros géneros, ni otros idiomas. “Muchas veces me preguntan si el hecho de ser gallega, tiene mucho que ver con las canciones que elijo para cantar, con mi querencia por el fado… Puede ser, Galicia es un país musical que constituye un punto de encuentro y también de despedidas; tal vez lo que hagamos sea música transatlántica, no lo sé. Yo no puedo ser fadista, pero siento el fado como algo propio, como supongo que le ocurre a miles de personas que siguen con pasión un género musical tan popular y emotivo, en cualquier parte del mundo”. El fado es el pretexto para viajar por el universo Germade: una voz excepcional y una cantante indiscutible en el panorama musical actual.
Todo esto es fado. Susana Germade en concierto. Terraza de Itaka (Graus). Viernes, 10. A las 0.00.

EL FANTASMA Y LA NIEVE (Cuento)

EL FANTASMA Y LA NIEVE (Cuento)

EL FANTASMA Y LA NIEVE 

Pío Baroja recogió la historia para integrarla en su novela La venta de Mirambel, pero en el último instante creyó que aquella aparición de los días de nieve se escapaba de la trama de su relato y quedaba más bien como una curiosidad anecdótica, sin demasiado sentido, como si fuese un añadido presuntuoso y anacrónico. El fantasma tenía nombre propio, Florencio Candeal, y una profesión casi evocadora: ventero. Para algunos, había sido el antiguo dueño de la posada donde reposó el escritor vasco mientras tomaba notas para su libro y avanzaba una buena parte del argumento. De su existencia se conocía poco, pero sí se sabía que en la larga invernada de enero, alrededor de las ocho de la noche, el fantasma adquiría su aspecto de antaño y se arrastraba lentamente, cargado de arrugas y de cadenas, desdentado y hediondo, por las callejuelas nevadas. Algunos han querido verlo desgalichado y cojo de una pierna, quizá con bastón y con capucha; usaba barba blanca y fumaba un cigarrillo que se había liado a la altura del Portal de las Monjas, en el torreón de celosías morunas. Tomaba el camino del horno viejo y del castillo, y salía por un arco de la muralla que conduce a la ermita. Luego, tras haberse parado en el gran porche, volvía. Sobre la nieve quedaba la hendidura de sus pasos a la ida y a la vuelta, y a veces pequeñas hojas de perejil y de romero.         

Un día, por fin, cuando se fueron las monjas del convento, el pregonero que se detenía en cada esquina con su trompetilla dorada lo oyó hablar. Sin haber bebido nada, dijo en la fonda, ahora convertida en carnicería:         

--Lo sabéis: siempre me habéis dicho que grito en exceso en los pregones porque soy demasiado sordo. Por eso estoy perplejo, como si regresase de un sueño o hubiera recobrado el oído de golpe. No vi a nadie, ignoro si pueden verse los fantasmas. Pero si lo oí con toda nitidez con su hablar siseante, como a tumbos y sin ninguna erre. Mi abuela decía que los seres del trasmundo no pueden pronunciar palabras como ruido, susurro, cantar, Ramón o resaca, pero no sabría imitarle. Os digo lo que comprendí y lo que deduje. Olía a estiércol podrido de cien años.

Así habló: «¿Qué es lo que me retiene aquí: los portales conocidos, el olor de la jara, los alerones decorados, los rostros familiares, la música de la nevada al amontonarse? He visto pasar mi entierro y el de mis amigos, pero yo no me resigno a desaparecer. Tengo nostalgia de lo que fui y me niego a lo desconocido, sean o no las llamas, la calma sin sobresalto o el paraíso. Qué paradoja. Cuando estaba vivo, lo despreciaba todo, aborrecía los días, el trabajo, el cuerpo de mi mujer, su lenta respiración de madrugada y su aroma bravo a grama y gallinero, y únicamente aspiraba a lo imposible: el gran Caserón de las dos terrazas y el cuerpo cimbreante de Sabela, su propietaria, que se mecía al atardecer semidesnuda. Recuerdo que, harto de servir los platos que trasegaban los arrieros y los labradores, decidí poner fin a mi vida. Atravesé las montañas hasta Las Cabrillas; allí una colina abrupta se abre hacia un barranco sin fondo. Me acerqué al abismo y desde una de las paredes del muladar, me arrojé con los brazos extendidos. Por un instante, en aquel bello aleteo hacia la muerte, me sentí aire, pájaro o nube sin lluvia; ya me imaginaba el topetazo definitivo, la sangre derramada y ese dolor terrible como el olvido, cuando apareció un gran buitre y me atrapó con sus garras o con su pico y me depositó en la gran explanada del roquedal, lejos de cualquier peligro. Desistí, claro, aunque hubiese preferido que me devorase como si fuese una vaca enferma o un cordero agónico, y regresé a casa. Otra vez más intenté alejarme de todos: ascendí hasta las cumbres del Arahuet, sí, allá en la cúspide donde el mundo es como una vaguada grande de monte sin aliagas, y me detuve un instante en los alrededores de la cantera. Al final de la tarde, hallé la bicicleta del vigilante y decidí estrellarme con ella calzada abajo. Imagino mi desesperación y mi tentativa todavía como si fuese en este mismo instante: me subo, acelero en la última recta antes del descenso y cierro los ojos para no eludir las curvas ni sucumbir a la tentación de frenar. De nuevo, quise creer, soy papilla, residuos, un amasijo de venas, músculos y afanes triturados. Pero nada de eso ocurre: la bicicleta sigue un camino recto y llano, avanza a toda velocidad, esquiva cualquier escollo y cuando quiero darme cuenta, aquí estoy, inmóvil, ante el portillo de la venta. Alguien, pensé, me condena a seguir viviendo. Y ahora me ocurre al revés. Ahora que ya no me duele la espalda ni siento el desprecio de los míos ni el beso de almizcle de Clara, mi esposa, ahora que no me vence el insomnio por las noches ni me cruje el espinazo de angustia, sólo quiero estar en estos rincones: en mi lecho olvidado, en el gran butacón de anea, en las callejas donde fui hondero y niño, en el porche de la ermita o en ese sendero interminable que ando y desando, ajeno a la muerte, en los días de nieve.»         

Elisenda, la carnicera, se adelantó hacia el pregonero:         
--Ahora lo entiendo todo. Mi niñez estuvo presidida por una frase que alguien (pensábamos que era del viejo Baroja) había escrito en el salón: «¿Por qué voy a dejar sola mi casa y a oscuras?». Pero un día mi padre, harto ya de aquel enigma, la borró y escribió otra: «¡Qué tercos los muertos, que nunca quieren irse!». Tenía razón: ahí sigue, en el salón de arriba, en mi propia casa, el fantasma de Florencio Candeal.