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Antón Castro

SUSANA GERMADE VUELVE A ARAGÓN

SUSANA GERMADE VUELVE A ARAGÓN

[El escritor, psiquiatra y representante Carlos Ranera Frauca escribe esta nota y anuncia el concierto de Susana Germade en Graus.]

La cantante gallega, afincada en Cataluña, vuelve a tierras aragonesas, con un concierto íntimo y en un escenario mágico, la terraza de ITAKA (Graus), a orillas de los rios Ésera e Isábena. Acompañada por un quinteto: dos guitarras, bajo y percusiones, Susana Germade propone un repertorio sentimental y popular en el que el fado es el hilo conductor, pero que no excluye otros géneros, ni otros idiomas. “Muchas veces me preguntan si el hecho de ser gallega, tiene mucho que ver con las canciones que elijo para cantar, con mi querencia por el fado… Puede ser, Galicia es un país musical que constituye un punto de encuentro y también de despedidas; tal vez lo que hagamos sea música transatlántica, no lo sé. Yo no puedo ser fadista, pero siento el fado como algo propio, como supongo que le ocurre a miles de personas que siguen con pasión un género musical tan popular y emotivo, en cualquier parte del mundo”. El fado es el pretexto para viajar por el universo Germade: una voz excepcional y una cantante indiscutible en el panorama musical actual.
Todo esto es fado. Susana Germade en concierto. Terraza de Itaka (Graus). Viernes, 10. A las 0.00.

EL FANTASMA Y LA NIEVE (Cuento)

EL FANTASMA Y LA NIEVE (Cuento)

EL FANTASMA Y LA NIEVE 

Pío Baroja recogió la historia para integrarla en su novela La venta de Mirambel, pero en el último instante creyó que aquella aparición de los días de nieve se escapaba de la trama de su relato y quedaba más bien como una curiosidad anecdótica, sin demasiado sentido, como si fuese un añadido presuntuoso y anacrónico. El fantasma tenía nombre propio, Florencio Candeal, y una profesión casi evocadora: ventero. Para algunos, había sido el antiguo dueño de la posada donde reposó el escritor vasco mientras tomaba notas para su libro y avanzaba una buena parte del argumento. De su existencia se conocía poco, pero sí se sabía que en la larga invernada de enero, alrededor de las ocho de la noche, el fantasma adquiría su aspecto de antaño y se arrastraba lentamente, cargado de arrugas y de cadenas, desdentado y hediondo, por las callejuelas nevadas. Algunos han querido verlo desgalichado y cojo de una pierna, quizá con bastón y con capucha; usaba barba blanca y fumaba un cigarrillo que se había liado a la altura del Portal de las Monjas, en el torreón de celosías morunas. Tomaba el camino del horno viejo y del castillo, y salía por un arco de la muralla que conduce a la ermita. Luego, tras haberse parado en el gran porche, volvía. Sobre la nieve quedaba la hendidura de sus pasos a la ida y a la vuelta, y a veces pequeñas hojas de perejil y de romero.         

Un día, por fin, cuando se fueron las monjas del convento, el pregonero que se detenía en cada esquina con su trompetilla dorada lo oyó hablar. Sin haber bebido nada, dijo en la fonda, ahora convertida en carnicería:         

--Lo sabéis: siempre me habéis dicho que grito en exceso en los pregones porque soy demasiado sordo. Por eso estoy perplejo, como si regresase de un sueño o hubiera recobrado el oído de golpe. No vi a nadie, ignoro si pueden verse los fantasmas. Pero si lo oí con toda nitidez con su hablar siseante, como a tumbos y sin ninguna erre. Mi abuela decía que los seres del trasmundo no pueden pronunciar palabras como ruido, susurro, cantar, Ramón o resaca, pero no sabría imitarle. Os digo lo que comprendí y lo que deduje. Olía a estiércol podrido de cien años.

Así habló: «¿Qué es lo que me retiene aquí: los portales conocidos, el olor de la jara, los alerones decorados, los rostros familiares, la música de la nevada al amontonarse? He visto pasar mi entierro y el de mis amigos, pero yo no me resigno a desaparecer. Tengo nostalgia de lo que fui y me niego a lo desconocido, sean o no las llamas, la calma sin sobresalto o el paraíso. Qué paradoja. Cuando estaba vivo, lo despreciaba todo, aborrecía los días, el trabajo, el cuerpo de mi mujer, su lenta respiración de madrugada y su aroma bravo a grama y gallinero, y únicamente aspiraba a lo imposible: el gran Caserón de las dos terrazas y el cuerpo cimbreante de Sabela, su propietaria, que se mecía al atardecer semidesnuda. Recuerdo que, harto de servir los platos que trasegaban los arrieros y los labradores, decidí poner fin a mi vida. Atravesé las montañas hasta Las Cabrillas; allí una colina abrupta se abre hacia un barranco sin fondo. Me acerqué al abismo y desde una de las paredes del muladar, me arrojé con los brazos extendidos. Por un instante, en aquel bello aleteo hacia la muerte, me sentí aire, pájaro o nube sin lluvia; ya me imaginaba el topetazo definitivo, la sangre derramada y ese dolor terrible como el olvido, cuando apareció un gran buitre y me atrapó con sus garras o con su pico y me depositó en la gran explanada del roquedal, lejos de cualquier peligro. Desistí, claro, aunque hubiese preferido que me devorase como si fuese una vaca enferma o un cordero agónico, y regresé a casa. Otra vez más intenté alejarme de todos: ascendí hasta las cumbres del Arahuet, sí, allá en la cúspide donde el mundo es como una vaguada grande de monte sin aliagas, y me detuve un instante en los alrededores de la cantera. Al final de la tarde, hallé la bicicleta del vigilante y decidí estrellarme con ella calzada abajo. Imagino mi desesperación y mi tentativa todavía como si fuese en este mismo instante: me subo, acelero en la última recta antes del descenso y cierro los ojos para no eludir las curvas ni sucumbir a la tentación de frenar. De nuevo, quise creer, soy papilla, residuos, un amasijo de venas, músculos y afanes triturados. Pero nada de eso ocurre: la bicicleta sigue un camino recto y llano, avanza a toda velocidad, esquiva cualquier escollo y cuando quiero darme cuenta, aquí estoy, inmóvil, ante el portillo de la venta. Alguien, pensé, me condena a seguir viviendo. Y ahora me ocurre al revés. Ahora que ya no me duele la espalda ni siento el desprecio de los míos ni el beso de almizcle de Clara, mi esposa, ahora que no me vence el insomnio por las noches ni me cruje el espinazo de angustia, sólo quiero estar en estos rincones: en mi lecho olvidado, en el gran butacón de anea, en las callejas donde fui hondero y niño, en el porche de la ermita o en ese sendero interminable que ando y desando, ajeno a la muerte, en los días de nieve.»         

Elisenda, la carnicera, se adelantó hacia el pregonero:         
--Ahora lo entiendo todo. Mi niñez estuvo presidida por una frase que alguien (pensábamos que era del viejo Baroja) había escrito en el salón: «¿Por qué voy a dejar sola mi casa y a oscuras?». Pero un día mi padre, harto ya de aquel enigma, la borró y escribió otra: «¡Qué tercos los muertos, que nunca quieren irse!». Tenía razón: ahí sigue, en el salón de arriba, en mi propia casa, el fantasma de Florencio Candeal.

N. PRECIADO, E. MURILLO, CAFÉ GIJÓN: ESTA NOCHE BORRADORES

N. PRECIADO, E. MURILLO, CAFÉ GIJÓN: ESTA NOCHE BORRADORES

El programa Borradores recibe este jueves en el plató a la narradora e investigadora Carmen Espada Giner, que acaba de publicar “La torre de los tormentos” (Certeza), la historia de un cirujano converso que es encerrado por la Inquisición en la Aljafería a finales del siglo XV, y a Javier Aguirre, autor de una guía de la provincia de Teruel, que ha publicado el sello Marboré. Además, actúa en directo, con su guitarra y su ironía, el cantante satírico Carlos Malicia, que sigue la estela de Georges Brassens y de Javier Krahe, acompañado por el percusionista Dani Clemente.

Borradores ofrece reportajes y entrevistas con la escritora y periodista Nativel Preciado, que ha ganado el premio Primavera con su novela “Camino de hierro” (Plaza & Janés); con Marcos Ordóñez, autor de una historia del café Gijón en “Ronda del Gijón” (Aguilar), donde habla de las distintas tribus literarias y pictóricas que acuden al local, y con el novelista, traductor y editor Enrique Murillo, autor de “La muerte pegada a las uñas” (Bruguera), una narración de amor con una atmósfera fantástica. Borradores también visita una exposición de Juan Carlos Callejas en Tramacastilla de Tena, y recomienda una amplia selección de libros para leer en verano.

Borradores. CARTV. A las 23.45. Productor ejecutivo: Gaizka Urresti. Redacción: Ana Catalá Roca y Carlota Muñoz. Ayudante de realización: Yolanda Liesa. Realización: Teresa Lázaro. Dirección y presentación: Antón Castro. (Canal Satélite Digital: canal 97).   

*Tertulianos del Café Gijón, en este caso son los fundadores de la revista "Garcilaso", entre ellos Pedro de Lorenzo, José García Nieto (de cuya página web tomo la foto) y Gerardo Diego.

FÚTBOL EN LA NOCHE

FÚTBOL  EN LA NOCHE

Llevo varios días seleccionando fotos, viendo materiales del Real Zaragoza. Hoy he visto una abundante selección de fotos de Javier Belver, en la sede de la empresa de artes gráficas y diseño de Roberto Pardos, y hay algo muy curioso: la extroardinaria personalidad de Juan Eduardo Esnáider, su pasión por el fútbol, su carácter, la cámara lo quiere siempre. Y algo semejante le ocurre a Diego Milito: sus instantáneas reflejan fuerza, determinación, coraje, intensidad, atracción por el gol. 

Hoy, mis hijos Diego y Jorge se han hecho socios del Real Zaragoza por primera  vez en su vida. Ismael Grasa, que ha renovado su carné, les ha hecho de anfitrión en La Romareda. Quizá por  ello, porque es brujo y mago, José Antonio Melendo me ha enviado esta preciosa foto.

De niño, siempre he enloquecido por jugar de noche cerca del mar. Y lo hice varias veces. En Caión, mientras el oleaje embravecido golpeaba los peñascos y salpicaba  de espuma las  redes de la portería. Y en Cantavieja. Con Daniel, hacia1991, organizabas unos partidos perfectos.

MUERE ANTONIONI (REPORTAJE DE EFE. TERRA)

MUERE ANTONIONI (REPORTAJE DE EFE. TERRA)

España lamenta la muerte de otro de los grandes cineastas europeos, Antonioni

Un día después de llorar la muerte de Ingmar Bergman, el cine europeo vuelve a verse sacudido por el fallecimiento de otro de los grandes, el italiano Michelangelo Antonioni, de cuya innovación bebe el cine contemporáneo, según especialistas y personalidades consultados por Efe.


Desde su casa en la localidad segoviana de Brieva, la actriz italiana Lucía Bosé, quien trabajó con el cineasta en dos películas, 'Crónica de un amor' (1950) y 'La señora sin camelias' (1953), le recordaba como 'un director estupendo'.
'Las dos películas que hice con él fueron maravillosas. Nuestra relación comenzó como amigos; nos conocíamos de Roma y formamos parte de un grupo que siempre se encontraba por la calle', recordó en una conversación telefónica con Efe.

Pero, al mismo tiempo, confiesa que 'era muy exigente y muy duro; cuando se rodaba tenía que movilizarse todo el mundo, estar muy atentos, tanto los técnicos como los actores; luego comíamos todos juntos, vivíamos todos juntos; claro, era una 'troupe' pequeña, no como en los rodajes de ahora'.


La actriz, quien no olvidó el sufrimiento de Antonioni a raíz de la parálisis cerebral que sufrió en 1985, subrayó que con 'Crónica de un amor', su ópera prima, 'se adelantó diez años a su tiempo, porque es una película muy moderna; la crítica se quedó entonces sin saber qué decir'.

'El cine contemporáneo se alimenta de sus descubrimientos y experimentaciones. Las nuevas generaciones están en deuda con Antonioni', indicaba a Efe la directora de la Academia de Cine, Ángeles González Sinde.


González Sinde lamentó que el día de ayer se recordará como 'terrible' para el cine europeo, por la muerte de Antonioni y Bergman, 'dos de los más grandes narradores del siglo XX, que merecerían el Nobel de Literatura si la Academia Sueca incluyese a los cineastas'.


Antonioni ha sido también 'un referente fundamental en la obra literaria y poética' del ministro de Cultura, César Antonio Molina, quien hizo un homenaje al filme 'La aventura' en su libro de poemas 'Últimas horas en Lisca Blanca' (1979), y escribe sobre él en 'Vivir sin ser visto' o en 'Regresar a donde no estuvimos'.

Hace poco, para conmemorar el aniversario de 'Blow-up', Molina -gran admirador de Bergman- publicó un largo ensayo comparando la película con el relato de Cortázar. 'Los buenos directores dejan una impronta que no muere. Su obra llega mucho más allá de su muerte', afirmaba el realizador mexicano Robert Rodríguez en Madrid, donde presenta el estreno en España de su filme 'Planet Terror'.

Por su parte, Agustín Díaz Yanes, director de 'Alatriste' y 'Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto', se declara un 'gran fan tardío' del creador de 'Blow-up', al que califica de 'maestro' y de cuya filmografía destaca 'El eclipse'. Recientemente ha analizado sus películas, cuya colección completa acaba de comprar, junto con una selección de entrevistas. 'He visto casi el ochenta por ciento, y lo estaba estudiando mucho para mis filmes, desde el punto de vista estético, porque ahora sería muy difícil hacer una cinta tan hermética e intelectual', prosigue Díaz Yanes.

Miguel Ángel Barroso es el autor del último libro sobre el cineasta italiano publicado en España, 'M. A. Antonioni. Técnicamente dolce', con prólogo de Luis Eduardo Aute. 'Estaba preparando con el Instituto Italiano un homenaje', comentó el escritor.

Desaparecen 'dos pedazos de cineastas con muchos puntos en común', subrayó Barroso, quien destacó del italiano la ruptura de la 'estructura formal', pues, entre otras novedades, dejó que los actores salieran de cuadro, algo polémico en su momento.

*En este fotograma de "El eclipse" pueden verse a Alain Delon y a Monica Vitti, una de las actrices predilectas del realizador.

HARRIET, EL AMOR DE WOODY ALLEN

HARRIET, EL AMOR DE WOODY ALLEN

[Nuestra hada madrina en México, Magda Díaz Morales, ha puesto este maravilloso comentario, que traigo al escritorio con una nueva foto de esa inolvidable mujer que era Harriet Anderson en la película “Un verano con Monika”. La confesión de Woody Allen es espléndida. Vale casi tanto como todo un verano]. 

Querido Antón, sobre esta bella actriz dice Woody Allen:
"No me inspiraban motivos precisamente nobles cuando vi mi primera película de Ingmar Bergman. Los hechos fueron así: yo era un adolescente que vivía en Brooklyn, y corrió la voz de que iban a dar en un cine del barrio una película sueca, donde una muchacha se bañaba completamente desnuda. Raras veces he pasado la noche en la calle para ser el primero en la cola de una película, pero cuando 'Un verano con Mónica' se estrenó en el cine Jewel, en Flatbush, un chico pelirrojo con gafas de negra montura fue visto atropellando a ciudadanos respetables en su afán por conseguir la butaca más selecta y discreta. Yo no sabía quién era el director de la película, ni me importaba, ni tenía sensibilidad entonces para apreciar su fuerza: la ironía, las tensiones, el estilo expresionista alemán con su poética fotografía en blanco y negro y los toques eróticos sadomasoquistas. Yo salí pensando únicamente en el momento en que Harriet Anderson se quita la ropa'.

HARRIET ANDERSON, UN AMOR DE VERANO

HARRIET ANDERSON, UN AMOR DE VERANO

Harriet Anderson, otra de las grandes actrices de Ingmar Bergman, en "Un verano con Mónika" (1952).

PACO URIZ E INGMAR BERGMAN: CITA CON LA PALABRA*

PACO URIZ E INGMAR BERGMAN:  CITA CON LA PALABRA*

[Acaba de morir Ingmar Bergman a los 89 años. No tengo ahora tiempo para escribir una nota extensa sobre él: vi muchas de sus primeras películas en los Multicines Buñuel, ahora desaparecidos. Como “Un verano con Mónica”. Me enamoré perdidamente de Ingrid Thulin en “Fresas salvajes”. Y dos de mis películas predilectas son “El manantial de la doncella” y la turbadora “El séptimo sello”. Por ello, quiero colgar un texto que  escribí hace algún tiempo  sobre el traductor Francisco J. Uriz, tan vinculado a él por varias razones que aquí se cuentan.] 

Francisco J. Uriz pertenece a esa generación no sabemos si decir de excéntricos sin afectación, caballeros clandestinos, europeístas o raros maravillosos. Pensamos en Román Escolano, que estudió esperanto en su juventud y viajó alrededor del arte cuando pocos sabía lo que era el informalismo; en Borau, que se desplazaba a Cannes o a Venecia y leía a Alberto Moravia en lengua original; en el anarquista Luis Lacasta, que ya andaba por el mundo con su aspecto de revolucionario de pelo hirsuto y tumultuoso, salido de una cinta de Eisenstein; en Alfredo Castellón, que se iría a Italia a trabajar con Antonioni y pasear al atardecer con María Zambrano y un pelotón de gatos hambrientos por Roma. Castellón dice que cuando se encuentra con Uriz no recuerdan los años de Universidad en Derecho ni los paseos, arriba y abajo, por Independencia por los alrededores del kiosko de Pórtico: hablan sólo de atletismo, de las impresionantes carreras de 400 metros lisos (especialidad del cineasta, récord de Aragón durante años) y de 400 vallas, la carrera predilecta de Uriz, para la cual les adiestraban Alonso Lej, Alberto Portera y Barrachina en la plaza de los Sitios con una columna de sillas a modo de obstáculos. En realidad, Uriz es de estos tipos con el que se puede hablar un día entero de las vaselinas y la elegancia con desmayo de Michael Laudrup, de los memorables combates de Sugar Ray Robinson contra Jake La Motta, Turpin u Olsson en los años 50 o de los partidos heroicos de John McEnroe y Bjorn Borg en el Open USA y en Wimbledon a principios de los 80.

         Uriz siempre miró a Europa y las lenguas. Quizá desde aquel día remoto en que Joaquín Alcón, el fotógrafo aragonés de vanguardia de los 60, el retratista ideal de Miguel Labordeta y Julio Antonio Gómez, volvió de un viaje por Italia con Federico Torralba y exhibió unos grandes caballos de Florencia, paisajes de Venecia, etc. Uriz --a quien Don Federico había incorporado sutilmente al universo del ballet, de la música clásica y de la buena literatura-- intuyó allí su destino: conocer mundos, saborear la emoción de la vieja y fascinante Europa. Primero estuvo en Caen y en Bélgica, donde coincidió siquiera fugazmente con Madariaga, otro abanderado del europeísmo y del antifranquismo; luego trabajó en un campo de trabajo en Inglaterra, en el cual entabló amistad con una joven finlandesa. Ya sabemos que el amor precipita nuestro sino: nos lleva y nos trae, nos vuelve del revés. Uriz, aunque no quiera remover en el pasado de un afecto del que quizá ni recuerde el rostro, marchó a Finlandia. Y de allí, ya sin amante y sin nostalgia, arribó a Suecia junto a un joven realizador de cine con el que iba a escribir una biografía de Ingmar Bergman.

         Allí empezó a todo. Se volvió a cruzar en su camino Luis Lacasta, y una joven traductora gallega, Marina Torres. Uriz, sin haberlo soñado apenas, conoció a través de Sunn Axelson --que había sido amante o nínfula de Nicanor Parra-- a Artur Lundkvist, que adoraba España, no en vano había traducido a muchos poetas y especialmente a García Lorca y su Poeta en Nueva York sin demasiada suerte. El zaragozano Uriz se inició con él en el que había de ser su oficio y el reducto más acentuado de su sensibilidad poética. Tradujeron juntos varias antologías de poesía española e hispanoamericana, a Pablo Neruda, a García Lorca, en concreto la pieza surrealista Así que pasen cinco años, y poco a poco, con esa constancia que le distingue y con la fidelidad por norte, dio el salto: empezó a traducir a Harry Martinson, a Peter Weiss, al grandísimo poeta Gunnar Ekelöff, a Marta Tikkanen y al propio Ingmar Bergman, con el que dialogó junto a su inseparable Marina largo y tendido para la revista española El público. Incluso tradujo a principios de los 80 la biografía novelada Goya de Artur Lundkvist. A nadie se le escapa que Lundkvist era un integrante fundamental de la academia sueca que otorga el Nobel de Literatura: a él más que a nadie, le deben sus galardones Gabriel García Márquez, Camilo José Cela y Octavio Paz, entre otros.

         Otra experiencia fascinante para Francisco J. Uriz fueron sus viajes con Olof Palme, como intérprete personal y amigo. A su lado, pudo conversar con Fidel Castro, Daniel Ortega o el propio González, que se le parecían más bien poco. Palme era cuidadoso con sus colaboradores, comprometido hasta el fondo con sus ideales y un líder un gran carisma. Así lo define el traductor y poeta: "Parecía un personaje de fuera del mundo. Era impresionante, de una generosidad increíble". Ese talante lo pagó con la muerte, en un país donde rara vez hay atentados.

         En 1988, claveteado por el rejón de la nostalgia y animado por el ex--alcalde Moreno Lapeña y Vicente Sánchez, Uriz retornó para crear La Casa del Traductor. Al principio, desde diversas instituciones, le ofrecieron el oro y el moro, palacios, delirios de grandeza (Veruela, sería la sede de la Fundación Europea para la Poesía; Eguarás una residencia de escritores; Tarazona, el espejo y la cuna de la creación, etc.), pero él, despaciosamente, sin molestar en exceso, inclinado en el trabajo tarde tras tarde, sacó adelante el proyecto con traducciones, publicaciones como Poetaria o Papeles de Tarazona; recibió traductores del mundo entero en el chalet de la calle Borja (Bernardo Atxaga, la ex--miliciana Sofia Szleyen, Gerard Herberiche y tantos otros). El reconocimiento a su esfuerzo fue premiado con el Premio Nacional por su traducción de las mil páginas de Poesía Nórdica (en colaboración con Fernández Romero; Ediciones de la Torre), elogiada por Cela, y por su trayectoria de difusión de la cultura sueca, distinguida por la academia del país.

*Ingrid Thulin  en "Fresas salvajes" (1957).