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Antón Castro

LA GATA CARMELA, VISTA POR SARA RUIZ

LA GATA CARMELA, VISTA POR SARA RUIZ

La gata Carmela del cantautor Quique Artiach. Hace unos días, recibió en su casa a una artista canaria, Sara Ruiz, recién llegada a Zaragoza, y ella, dibujante y bailarina, realizó este dibujo de ese felino  que ya tiene vida propia en las canciones del autor de “La luz de la mañana”, uno de los artistas predilectos de la siempre bella y dulce Blanca Carvajal.

UN TEXTO DE GUILLERMO PARDO

UN TEXTO DE GUILLERMO PARDO

HOMENAJE BAJO LOS EFECTOS DEL OPTALIDÓN

Viró a la izquierda y se dio de bruces con el cartel: “Se busca. Yassucristo García. 5.000 €”. Lo despegó, lo dobló y se lo metió en el bolsillo después de mirar de reojo el letrero de la calle: Rancho Latino.

Buscó a un lado y a otro, alzó el brazo y silbó, pero el taxi siguió su camino, nilibre niocupado, en dirección a Islas Cíes. Contrariado, extrajo su Minoic 45, tomó im-pulso y se plantó en medio del asfalto justo en el instante en que el 4 cubría el último trayecto De la Mediterrània a l’Atlántic. “¡Al Barrio de los Rosales!”, gritó apuntando al atribulado conductor. “¿Cómo te llamas?”, le preguntó incisivo. “Castro, Antón Castro”, escuchó por toda respuesta. “Pues conduce rápido y con tiento, por si las moscas…”, escupió mostrándole el negro cañón.
Diez minutos más allá y varios puntos suspensivos después, ordenó: “¡Para!”. El frenazo le hizo perder el equilibrio y arañar, con la culata, la sien del chofer, ahora perfilada por un hilo de intenso rojo: “Mira que te lo tengo dicho… ¡con tiento!”. Sin pausa, abrió la portezuela, oteó los extremos de la calle y se mezcló entre nómadas somnolientos que lo llevaron hasta la entrada del Tíscar Express, a tan solo una manzana de Casa das Letras, en cuya quinta planta ajustaría cuentas.
Hizo sonar el timbre y, tras borrar la huella digital con aceite de Markota, respondió a la pregunta metálica: “¡Telepizza!”. La puerta se abrió, silenciosa, y él inició su viaje a la guerra. En el primer descansillo aparcó el astrolabio que colgaba de su cintura, consultó la otra agenda, anotó un par de reflexiones cívicas y sintió deseos de orinar: “A buenas horas…”, murmuró incómodo.
Apretó los dientes, echó escaleras arriba y golpeó la puerta con la pistola. Asomó entonces un rostro lunático que, en un abrir y cerrar de ojos, se encontró de improviso con dos nuevos cráteres entre ceja y ceja. Hecho el trabajo, fotografió lo que quedaba de aquellas facciones sanguinolentas y, de vuelta y media, volvió, veloz, sobre sus pasos.


Salió a la calle. Despejada. Tomó aire y caminó tranquilo. Instantes después, un rótulo de neón rasgaba la noche y un grito de mujer desesperada maldecía su desgracia…

 

  

  

  

*El escritor y periodista gallego Guillermo Pardo publicaba ayer este texto en su blog. Y por alusiones a uno de los Antón Castro que andan por ahí lo cuelgo aquí. Un abrazo. AC.   

CARY GRANT: HISTORIA DEL ACTOR IDEAL*

CARY GRANT: HISTORIA DEL ACTOR IDEAL*

Alfred Hitchcock dijo una vez de Cary Grant, uno de sus actores preferidos: “Podría seguir actuando con un huevo podrido en la cara y seguiría pareciendo tan fascinante como siempre”. El realizado Fernando Trueba, en su “Diccionario de cine” (Planeta, 1997) lo califica como el mejor actor de la historia: “Era algo más que un actor. Era un signo. Y por ello el intérprete ideal para directores de tendencias abstractas, que él humanizaba a base de esa indescifrable cualidad llamada encanto”. Fascinación y encanto: he ahí dos atributos de Cary Grant. Trueba añade: “Fue el más económico, el que con menos ha contado más, el que te comunica sus emociones escondiéndolas en vez de exhibiéndolas; entonces, definitivamente, Cary Grant es el mejor actor de la historia del cine, aparte del más cinematográfico de todos los actores, el menos teatral, el menos melodramático, el más específicamente cinematográfico”. Todas esas cualidades que no pueden adquirirse con ningún método ni en ninguna escuela. Curiosamente, Cary Grant -que encarnó a personajes escépticos, solitarios, tímidos y a la vez cínicos que no parecían resignarse a un único amor-, también creyó que una trayectoria se construye con lucha titánica, con esfuerzo y con voluntad de redención social.

La suya fue, sobre todo, una infancia triste: casi miserable por la modestia de su familia, angustiosa por el temor enfermizo de su madre a que a él, a su segundo hijo, le ocurriese cualquier desgracia. Ella, Elsie, jamás pudo remontar la muerte de su primer hijo, nacido en 1900, de la que siempre se sintió culpable. Ese remordimiento la llevó a la sobreprotección de su segundo hijo, que alumbró un 18 de enero de 1904, Archibald Alexander Leach (“intentó asfixiarme con su amor –diría luego Grant-. No pasé un solo instante de felicidad bajo el mismo techo que mis padres”) y posteriormente la condujo a un psiquiátrico. Un día, cuando tenía nueve o diez años, Archibald se despidió de ella como siempre, y cuando volvió del colegio le dijeron que se había tenido que ausentar. Tardó dos décadas en saber la verdad de ese encierro, y ya era entonces un actor famoso, y además había perdido a su padre. A los catorce años, abandonó el colegio y se sumó al Troupe Pender de cómicos de la lengua; con la compañía aprendió mucho: realizó acrobacias y pasos de baile, y aun tuvo tiempo de mejorar su acento de Bristol.

En 1920, partió a Estados Unidos y compaginó, como método de supervivencia y de crecimiento artístico, empleos de hombre anuncio y de “bufón” en el hipódromo de Nueva York con su presencia como cantante en comedias musicales y en números más o menos circenses, bajo el nombre de Archie Leach. De ahí dio el salto en papeles secundarios al cine, donde lo mismo mostraba un perfil de galán romántico con el cual tendría sus primeros éxitos que mostraba algunas virtudes que le harían famoso luego: la sensibilidad, la perspicacia, la lectura correcta de una papel, la fina ironía, su sentido del humor y aquella facilidad casi inefable que poseía para solventar cualquier papel o conflicto sin despeinarse. Esas características las iría potenciando más tarde, lo mismo que la sabiduría con que mezclaba el desconcierto y la seguridad, y otro rasgo que cultivó con elegancia y magnetismo: la ambigüedad. Aquella ambigüedad que le permitía aparentar perversidad o un oscuro tormento y que tendría sus mejores momentos en películas como “Sospecha” (1941) o “Encadenados” (1946) de Hitchcock. Pero no adelantemos acontecimientos. Sus inicios, de verdad, están vinculados a dos actrices: Marlene Dietrich en “La venus rubia” (1932) y a Mae West (ella presumió siempre de “que exigió su presencia”), con la cual realizó dos películas: “Lady Lou” o “No soy ningún ángel”.

Antes de dar ese paso decisivo que ya fue “La gran aventura de Silvia” (1936) de Cukor, junto a Katharine Hepburn, trabajó con grandes damas de Hollywood como Jean Harlow o Irene Dunne como galán romántico. Howard Hawks descubriría su inmenso talento cómico como profesor despistado en “La fiera de mi niña” (1938), y acabaría convirtiéndolo en su actor preferido; con él hizo otras películas como “Sólo los ángeles tienen alas” (1939), “Luna nueva” (1940) (una de las mejores sátiras sobre el periodismo, donde el cínico y burlón Grant volvía  a seducir a su ex esposa, Rosalind Rusell, en vísperas de su nueva boda, algo que también hizo impecablemente en “Historias de Filadelfia” de George Cukor”, también ese mismo año), “Me siento rejuvenecer” (1952) y “La novia era él” (1949). Cary Grant, en cualquier papel, establecía de inmediato una complicidad con el espectador, fundada en el talento, en la versatilidad y en una estrategia espontánea de seducción. Y en una inteligencia dibujada, sin ostentación alguna, con matices invisibles. 

Bordaba cualquier papel. Y a esos títulos, hay que sumar otras obras maestras: “Arsénico por compasión” (1944) de Capra, la ya citada “Encadenados”, junto a una insuperable y bellísima Ingrid Bergman, en una historia de amor entre una mujer necesitada y el hombre que niega sus sentimientos y que avanza en medio de una intriga relacionada con el uranio oculto en una botella, o “Con la muerte en los talones”. 
        

En un periodo de crisis, de cierta caída en la monotonía del galán guapo, Hitchcock le recuperó con papeles hondos y completos; tras “Atrapa a un ladrón” (1955), en 1959 le daría uno de los papeles de su vida en “Con la muerte en los talones”. Y algo más tarde redondeó su extraordinaria filmografía con una pieza deliciosa: “Charada”, junto a un ángel o a un cisne de alada beldad como Audrey Hepburn.          Cary Grant se casó cinco veces. Una de ellas con la millonaria Barbara Hutton, convivió casi una década en una casita de Santa Mónica con el actor Randolph Scott (de ahí las acusaciones de homosexualidad que se han vertido sobre su figura en tiempos en que se entendía como “amor oscuro”) y no llegó a recibir más que un Oscar por su carrera en 1970. Un montón de historias sobre su tacañería y maltrato a sus esposas ensombrece su leyenda, aunque se sabe que entregó el caché de una de sus películas para el ejército inglés que combatía en la Segunda Guerra Mundial. Katharine Hepburn, con quien dio vida a algunas de las mejores parejas del cine, dijo de él: “Cary Grant es una personalidad que funciona siempre. Posee un encantador sentido del ritmo, del tiempo, un rostro divertido y una voz adorable”. 

*Con Ingrid Bergman en la película "Encadenados" de Hitchcock. 

CERVANTES, CÉSAR Y OTRAS COSAS DE GALLEGOS

CERVANTES, CÉSAR Y OTRAS COSAS DE GALLEGOS

Me llega la revista del Instituto Cervantes. Repaso la separata dedicada al IV Congreso Internacional de la Lengua Española, repaso las visitas a los institutos del mundo, veo el cartel de la exposición de “El cómic de  la democracia española, 1975-2006”, que comisaria José María Conget, que vendrá mañana a comer a casa con su inseparable Maribel Cruzado. Unos días antes de ser nombrado ministro, recibí una cariñosa llamada de César Antonio Molina, que aún no sabía que le había dedicado el cuento “Tirnagoescha” de mi último libro: “Golpes de mar”. Se lo había dedicado porque es una glosa de un texto de Álvaro Cunqueiro que él rescató para Tusquets. César me decía que le gustaría que fuera a algún centro Cervantes del mundo; poco después, me llamó Juan Carlos Méndez, el escritor venezolano que trabaja en el Instituto Cervantes en Madrid, y me anunció que a finales de octubre me invitarían con un poeta canario, cuyo nombre no recuerdo, a Casablanca. Me  pidieron que les enviase una selección de textos, y he mandado seis cuentos, entre ellos uno de mis favoritos: “Una lección de fotografía”, sobre Patricio Julve, y otro como “Margarita Artal  a  caballo”, donde aparece también este misterioso fotógrafo. 

Poco días después, recibí una cariñosa nota manuscrita de César Antonio Molina. La siempre afable y eficaz Pilar Lucas ya le había mandado el libro, y le había hecho ilusión la dedicatoria y el texto. Cuando se produjo el equívoco entre mi paisano, y uno de mis dobles a los que no conozco, Antón Castro de Muxía, que fue nombrado director del Instituto Cervantes de Milán, y yo (recibí más de un centenar de felicitaciones) lo conté en el blog. César me llamó con su gentileza de siempre, y me dijo: “Pero, Antón, paisano, ¿dónde ibas a ir tú con siete hijos?”. Y me recordó su gran apuesta gallega: Blanca Riestra a Alburquerque; Ramiro Fonte a Lisboa (pasé una bella tarde con él en Vigo, y con su cariñosa mujer, y con Pepe Cáccamo y con Henrique Rabunhal, en su preciosa casa de libros magníficos); el comisario de arte y exposiciones Antón Castro en Milán; Eduardo Lago, que no ejerce demasiado de gallego y es un magnífico crítico literario y un intenso narrador, iría luego a Nueva York. Insistió César: “Paisano, ¿dónde ibas a ir tú con siete u ocho hijos?”.

Pensé que mi paisano tenía, como Cunqueiro, la bella facultad de la desmesura poética.
Vila-Matas dice que él me ha visto en Milán, ese lugar donde nunca he estado. Sí estuvo Javier Barreiro, que dio una de sus charlas  magistrales de música, de literatura, de raros y marginales, de esas misceláneas sabidurías que acumula..., y se encontró con un delicioso espejismo: mi doble le dijo que buscaba una razón para invitarme al centro. Al historiador y erudito de la Costa de la Muerte  no tengo yo nada que reprocharle. Al contrario: Antón Castro de Muxía es un hombre galante y caballeroso: el primer verano que estuvo en Milán nos ofreció su casa para conocer ese lugar en que me había vuelto invisible o espectral. U otro, sencillamente. Quizá por eso, para evitar estos equívocos sin importancia, me hace ilusión viajar a Casablanca una vez que hayamos puesto en marcha la exposición del Real Zaragoza, las tertulias, las presentaciones de libros. Y me hace ilusión que César Antonio Molina, a quien fotografié en la portalada de la iglesia de Cantavieja hace algo más de una década (con Pisón y Vila-Matas, con Mercedes Monmany y Paula de Parma, y con mi perro azafranado Pluto), haya sido nombrado ministro.

El trabajo y la pasión por la cultura y el conocimiento están asegurados. Su diario “Ver sin ser visto” (Península) es uno de mis favoritos por sus maravillosas historias gallegas: su infancia de fábulas, su encuentro tan  literario con Graham Greene ante la tumba de sin John Moore, aquel inglés heroico que cantó y lloró Rosalía de Castro, sus recepciones a Torrente Ballester (a quien le editó sus textos periodísticos en “Torre del aire”) y a Álvaro Cunqueiro, entre  otras cosas.
 César Antonio Molina tuvo, más tarde, otro detalle de cariño: quiso proponerme para coordinar las actividades del gobierno gallego en Madrid. Con absoluta gratitud y halagado, le dije que no lo hiciera. En aquel momento, acababa de cambiarme de casa, tenía “solo” cinco hijos (dos estaban en un tris de independizarse, pero no por eso diré que tengo tres ahora) e iba a empezar Borradores en la Televisión de Aragón. Además, he perdido casi por completo el contacto con el mundo intelectual de Galicia, hecha la salvedad de Pepe Cáccamo, Xulio Valcárcel, Fernán Vello, Xurxo Lobato, Xan Abeleira, y más bien poco más. Ni siquiera fui capaz de conseguir organizar una presentación de “Golpes de mar”, el libro de mi vida, en A Coruña. Hace muchos años que he dejado de creer en el nacionalismo, aunque no en Galicia.

Recuerdo ahora que cuando inicié en Televisión Heraldo el programa “El paseo”, que realizaba Alberto Gámez, el primer invitado fue él, ese paisano César Antonio Molina que hacía revistas de poesía, antes de la adolescencia, mirando al mar en A Coruña... 

*La foto es de Álvaro Cunqueiro.

AMOR, DESEO Y AÑORANZA: FERNANDO SARRÍA

AMOR, DESEO Y AÑORANZA:  FERNANDO SARRÍA

1

Amarte una noche no fue suficiente para respirar,
ni sé por qué sigo pensando en ti
cuando el tiempo apenas te ha dejado
ser sombra dentro de mi vida.
A veces las tardes traen del mar rumores antiguos
y una especie de neblina en que las gaviotas se resisten a posarse.
Allí, junto a la hierba, debajo de los árboles,
te sigues riendo como entonces
y el mar nuevamente se silencia y te escucha
como hago yo,
cuando todos parecen morir en los recuerdos.    

2
Demorarme en ti
como las viejas estaciones
que retienen en sus andenes
el sabor de los trenes nocturnos
y en las salas de espera
un rumor a esperanzas y despedidas.  

3
No sé si eres siempre la que me despierta,
mujer que acaricia mi rostro
y me llama con mi nombre en la mañana,
o cada día te renuevas, siendo todas y una,
las que deseo y las que amo,
todas envueltas en el suave silencio de tus ojos.

El amor es algo que produce milagros

 4

La vida que esperamos, la que deseamos, la que soñamos.
Llueve en un silencio sin límites
y un hombre solitario deja delante de mí sus huellas en el azar de las calles.
No lo conozco, debajo de ese abrigo gris cabe una vida,
una llama en el desierto de la noche,
un mundo que respira quince veces por minuto
y que se lleva tras de sí lo gris e imperceptible.
Al final he recordado su figura,
es el hombre sin rostro que recorre los rincones de mi soledad
cuando intento alcanzar los grados de sutileza que me arrastra al vértigo. 


[Fernando Sarría, el poeta del amor, del deseo y la añoranza, no descansa: siempre tiene un poema en el blanco escritorio de su ordenador. Me envía seis poemas, y elijo estos cuatro. Están mejor acabados, son más intensos, me gusta mucho el último porque introduce un nuevo tema en su lírica, y sospecho que se puede redondear un poco más. Y aquí los cuelgo para darle  la razón a mi querida e invisible Marta Navarro. Y algunos amigos que os asomáis por aquí. Un abrazo de sábado. Estoy leyendo una selección de relatos sobre el Real Zaragoza. Hay 16 ya. Esta primorosa fotografía es de Jock Sturges.]

 

TUCO REQUENA ESTRENA BLOG

TUCO REQUENA ESTRENA BLOG

Uno de mis músicos jóvenes favoritos es Tuco Requena, el maestro de la ironía, del amor y del despipote. El hombre que se divierte en cuanto toco, cuando canta. El niño travieso que se ríe de su sombra. Tras estrenar un disco fresco, lleno de ritmos y de ingenio, un disco de pasión y otros menús cotidianos, acaba de abrir un blog: tucorequena.blogspot.com. Y así inicia sus primeros mensajes, muy a su modo: 

viernes 20 de julio de 2007

Bienvenidos a mis delirios

¿Qué tal? ¿Cómo estáis?

Me alegro de que una minoría de vosotros esté bien realmente, los demás: seguid buscando.

Este es el primer mensaje de mi primer blog de mi primera colonia chispas.

Es a modo de prueba así que.....¡¡bienvenidos!!.

Saludos a todos y besos a todas.

Seguiremos informando.
  

RICARDO DÍEZ: POEMAS DE "EL CIELO DEL SOL MECIDO"*

RICARDO DÍEZ: POEMAS DE "EL CIELO DEL SOL MECIDO"*

[Ricardo Díez Pellejero (Bilbao, 1971) lleva varios años afincando en Zaragoza. Fue un gran amigo y cómplice del inolvidable narrador y crítico Chusé Izuel. Y aquí, entre otros títulos, publicó un sugerente y delicado poemario, Stromboli (Braulio Casares: Drume Negrita), y El viajero en la tormenta (Lola Editorial). Ahora, estos mismos días, en vísperas del Festival Internacional de Poesía de Veruela, a la vez  que Línea de luz de Enrique Villagrasa, aparece en Olifante su libro El cielo del sol mecido, que tiene algo de libro de visiones y espectros, de viajes al universo familiar y al reencuentro con la memoria de uno y de sus antepasados, que andan por ahí, resucitados de súbito, pero también es un libro de amor, expresado con composiciones variadas, de elaboradas metáforas, y de gran concentración expresiva: “Amor sin tiempos verbales // Sin ti // Exactamente contigo”. Selecciono aquí algunas piezas para dar testimonio de la aparición del libro, que me ha enviado la editora Trinidad Ruiz-Marcellán. Primero selecciono algunas piezas de atmósfera familiar:] 

26

Anda ligero,
Decía mi abuela
Anda ligero por las cornisas
Olor a pan entre nosotros
Y rostros de harina recién horneada
Chopos que cedieron bajo días de tormenta
Veredas del pasado, rastro en el camino
Y beso en los ojos del niño
Que regresa cantando desde otros barrios. 

31 

Son las diez y media en la tumba de mi abuelo
Quién sabe si me indulten
Salvaje y sin hierro: no humilles más que su arte
Decía.  

36

Retorno. La misma nube de mi infancia
Se viste de ciervo o dragón
Olivos siempre. Vides mis manos
La espera es un pacto entre miradas. 

40 

Mi abuelo en la guerra
Mi abuelo en la cama, inerme
Miro por la ventana
Al romperse la luna en luciérnagas tristes
Su mano tiembla hacia mí
Sus ojos preñados de vidrio y la duda
Tal vez ya certeza
La tomo.    

*El cielo del sol mecido. Ricardo Díaz Pellejero. Olifante, ediciones de Poesía. Solapa de Manuel Martínez Forega. Tarazona, 2007. 80 páginas. La foto es una pintura de Eric Fischl.

JESÚS MONCADA: OTRA ENTREVISTA *

JESÚS MONCADA: OTRA ENTREVISTA *

Nos habíamos citado en Canaletas, en la entrada de Las Ramblas. Conversamos en un bar del Barrio Gótico. En medio del trajín de pocillos y música, surge Mequinenza en un plano esquemático: "Los japoneses me han pedido un croquis de la Mequinenza desaparecida porque ellos no entienden unos ríos como el Ebro y el Segre. Los dos puentes y el transbordador no coincidieron nunca en el tiempo. El del Ebro se construyó en los años 20, lo volaron durante la Guerra Civil, y aunque la propaganda franquista lo dio por reconstruido poco después del 39, eso no era cierto, hubo que volver al viejo sistema del paso de barca para atravesar el Ebro. Aquí está el campo de fútbol que aparece en uno de mis cuentos: la situación es exacta; cuando subía el agua el campo se inundaba y en cada partido, si chutaban fuerte, los balones iban a parar al Ebro o al Segre. Había un servicio de recogida de balones en barca, primero probaban con una red de pesca y a veces había pelotas que iban demasiado lejos y se perdían". La memoria de Moncada es como una esponja: el atento observador que ha sido desde niño le ha permitido captar paisajes, acontecimientos y personajes --algunos tan entrañables como el abogado y escritor Manuel Berdún Torres, autor de Destierro 6, "el primer escritor que vi"-- y transmutarlos en invención y sueño, en espejo del mundo.          

--Simplemente, por ahora, Mequinenza es mi territorio de ficción. Lo que importa es la obra que construyes a partir de  eso.

         --La Mequinenza que conserva en la cabeza, ¿es como una imagen fotográfica o usted va enriqueciéndola mediante la imaginación?         
--Las dos cosas. En mi última novela Estremida memòria (1997) aparece la Mequinenza actual, pero a ésa ya la conozco muy poco. De la Mequinenza que aparece en Camí de sirga (1988) no queda nada, sólo el puente sobre el Ebro. Y el castillo y algunos fragmentos de muralla. No es que el pueblo esté debajo del agua, si el nivel del embalse bajara al mínimo no aparecerían más que escombros. Lo destrozaron las máquinas.
  

       
--Usted elige un lugar que forma parte de su memoria y a la vez es el epicentro de un mundo nuevo que nace.
        
--Claro. Veamos: yo no soy ni un historiador ni un cronista, pero en mi creación literaria hay mucho de crónica y una base histórica cierta y además expurgada, pero no con mentalidad de historiador sino de novelista. Esta precisión a veces incluso tengo que hacérsela a los mequinenzanos para que no confundan la creación literaria con la historia. He dicho alguna vez que el deporte favorito de los mequinenzanos cuando sale un libro mío es intentar reconocerse o reconocer a los personajes que hay bajo los nombres del libro.
         

--¿Presenta sus libros en Mequinenza?
        
--Siempre. Es un ritual privado en el sentido de que ahí no participa ni la editorial ni nadie. Lo que se explica en Memòria estremida en realidad es esa intervención por parte de los mequinenzanos para explicarme cosas sobre el suceso que saben que estoy trabajando, o bien para añadir detalles, los mínimos, o en algún caso para decirme que no están en absoluto de acuerdo con que yo resucite un tema, aunque no sepan cuál es mi visión.
         

--¿Y su madre está atenta a su obra?
        
--Sí, por supuesto. Aunque la primera en leerla es mi hermana. Es un ama de casa muy culta, muy preparada, bastantes años más joven que yo, una mequinenzana con unas raíces muy fuertes que vive en Barcelona. Se llama Rosa María. Su opinión es muy importante para mí hasta el punto de que he llegado a modificar algunos detalles que ella, sagaz, precisa y con un gusto exquisito, me ha sugerido. Mi madre está leyendo un libro de su hijo sobre un tema que para ella es casi su propia vida, y se emociona.
         

--¿Y su padre? ¿No fue él quien quiso que fuese a un colegio laico?
        
-- Mi padre era un tendero de Mequinenza, hijo de minero, agricultor y cazador, que era una combinación muy frecuente y necesaria. Mi abuelo materno, al que no llegué a conocer, sé que también era un gran cazador, muy independiente, según la época del año hacía unos oficios u otros. Hacía de colchonero, y de él proviene la visión de la decadencia de los señores de Mequinenza a través de las lanas de los colchones, que aparece en Camí de sirga.

         --Volvamos a su padre. ¿Cómo le marcó?        
--Era un tipo muy interesante. Se hizo cargo de la tienda con catorce o quince años. Los maestros  nos preparaban a  cinco o seis alumnos que luego nos íbamos a examinar al Instituto de Lérida. Se planteó la hora de ir a estudiar fuera, y en Lérida sólo había un colegio, el de los Maristas; mi padre no quiso que yo fuera a un internado religioso. Un primo mío estaba en Zaragoza, en el colegio de los Labordeta, y así fui a parar yo allí. Alterné el Bachillerato Superior con Magisterio, acabé con 17 años. Yo era un crío, empecé magisterio con pantalón corto y pude terminar los estudios un año antes que los demás porque soy nacido en diciembre.
        

--¿Fue en el colegio donde descubrió su vocación de pintor y escritor?
        
--No, no. Ese es un pequeño mito que yo ya no sé cómo desmentirlo. La gente cree que yo empecé a escribir tarde. Mentira. Mi primera novela la empecé a los nueve años. Era un plagio de Julio Verne. Recuerdo que cuando aprobé el ingreso de Bachillerato me fui a una librería de Lérida y pedí libros. Iba con un amigo que ya murió, éramos unos escapados a los que buscaba la familia por toda la ciudad. La librera nos ofreció obras de Julio Verne. Yo me compré Cinco semanas en globo, que me entusiasmó tanto que al cabo de unos días estaba escribiendo una novela de aventuras africanas que ilustraba yo mismo.
         

--Es decir, que ya tenía desde niño esas dos inclinaciones: dibujo y literatura.
        
--He dibujado siempre. Además me gustaba expresar historias, y cuando las supe escribir me puse a hacerlas. Dibujaba a un ritmo tan brutal que hubiera necesitado una fábrica de papel para abastecerme. Mi padre adoptó una solución genial: del papel de estraza que se utilizaba para envolver en la tienda yo podía coger todo lo que quería, él doblaba una hoja hasta que daban la medida de una cuartilla. Ese papel no admitía la tinta, pero sí el lápiz. Yo necesitaba mi mesa y llenaba y llenaba dibujos con todas mis fantasías, personajes y animales. Dibujé miles. Todo ha desaparecido. La novela también se ha perdido, por suerte. Era un bloc de 30 ó 40 páginas.
         

--En el colegio de Santo Tomás de los Labordeta destacaba por sus redacciones y poemas. ¿O eso también es leyenda?
        
--Esto no lo digo con ninguna clase de petulancia ni nada, pero los estudiantes leían tan poco, tan poco, que yo debía ser un bicho raro. Yo no leía, devoraba. Rosendo Tello me decía: "Escríbeme para mañana una octava real. O un soneto, estrofas de pie quebrado, lo que quiera". Escribí una leyenda mequinenzana, Miguel Labordeta la premió y la publicó en Sampasarana. Y me regaló los Recuerdos de infancia y juventud de Ramón y Cajal de la colección Austral, que todavía lo conservo.
         

--En La galeria de les estàtues, usted inventó Torrelloba, que es una transposición literaria de Zaragoza. ¿Cómo vivió la ciudad?
        
--Como en la novela. Yo estuve no sé si cuatro años interno, pero hubo un momento en que le dije a mi padre que ya estaba harto de estar interno, no del colegio. Zaragoza siempre fue un exilio, y no quiero que se molesten los zaragozanos, no tiene nada que ver con ellos. Pero la vida en Mequinenza era diferente de la de todas partes por el ambiente de libertad que se vivía en pleno franquismo. Era un pueblo con dos ríos, de intensa navegación fluvial, y un puerto siempre es un camino para todo, eso implicaba una mentalidad social distinta y avanzada. A mí me ha quedado una especie de fobia por los viajes; a la hora de hacer equipajes me pongo de muy mal humor, supongo que el subconsciente me está recordando los momentos que para mí eran terribles: las maletas, el equipaje, la despedida, me ponía enfermo...
         

--¿Y todos esos navegantes que aparecen en Camí de sirga y en los cuentos son fabulaciones o deudas con la realidad?
        
--Mucho de estos personajes nacen de seres reales, por ejemplo Madame Françoise, que es la cupletista francesa que aparece en el cabaret de Mequinenza; un amigo mío que murió hace tres o cuatro años con casi cien años aún conoció a Madame Françoise, pero de verla por la calle; al cabaret no le dejaban entrar porque era muy joven. Lo que pasa es que, claro, toda su historia es creación mía. Y esa mecánica la puede aplicar a casi todas mis obras. Hay un pasaje en Camí de sirga, que es la subida en globo por el Ebro, y eso es cierto, lo que es mío es la noticia de la proclamación de la república desde el globo... Y le digo todo para que se entienda que esa especie de realismo mágico que quieren colgarme es una tontería.
         

--Usted siempre ha rechazado el influjo de los latinoamericanos, se inclina por los europeos del XIX: Flaubert, Balzac, Cunqueiro...
        
--Justamente. Y Tommasi de Lampedusa, me habría gustado escribir El Gatopardo, o Bearn de Villalonga. Y además de los escritores sudamericanos el que más me gusta es Alejo Carpentier. El siglo de las luces me entusiasmó.
         

Su carrera literaria la empezó con fuerza en Barcelona, adonde se trasladó a principios de los años 60. Antes pasó por la experiencia de ser maestro en Mequinenza, y también vivió una mili terrible, a la que le ha dedicado amargas páginas en La galería de les estàtues. Y en éstas apareció Edmón Vallés, mequinenzano, historiador, que leyó sus cosas, vio sus dibujos y pinturas, y le aconsejó que se fuera a Barcelona.
        

--Me gané la vida pintando cuadros comerciales para sobrevivir, hasta que al cabo de un año y medio, a través de  Vallés, me surgió un trabajo en la editorial Montaner y Simón. Y allí tuve la suerte de encontrar a Pere Calders. Una de las cosas que Calders hizo, al volver del exilio, fue intentar reunir otra vez el fondo artístico de la casa que se había perdido. Había cartas originales de Emile Zola, la colección de las planchas de los grabados de Gustavo Doré, pero todo eso tuvo que venderse. Mi primer trabajo fue catalogar lo que quedaba. Montaner y Simón publicó una edición facsímil de El Quijote, tenía dos ejemplares de la edición príncipe y uno de ellos desapareció de la caja fuerte.
         

--En todo caso, ¿cómo le condicionó Pere Calders, un excelente cuentista, qué aprendió de él?
        
--Condicionarme nada ni lo pretendió tampoco. El me dio una lección que siempre reconozco: la del rigor a la hora de escribir y de usar el lenguaje. El se dio cuenta de que yo tenía mi propio mundo y me animó a que no renunciase nunca al catalán de Mequinenza, del Ebro y de mi zona. Yo si hubiera seguido escribiendo en castellano, habría acabado por no escribir. Cuando quise empezar a hacer algo más serio, me di cuenta de que me estaba traduciendo continuamente. Pensaba en una lengua y escribía en otra. Y entonces tuve la sorpresa, gracias a Edmón Vallés, de comprobar que la lengua que yo hablaba era una lengua literaria y que tenía una tradición. Vallés trabajaba en la editorial Vergara que publicó una soberbia colección en catalán, grandes traducciones de obras esenciales: La peste de Camus, Zorba el griego, Cristo se paró en Eboli de Carlo Levi, traducido por él mismo, que me enviaba a Mequinenza esos libros. Fue como mi mentor espiritual. El primer día que llegué a la Montaner y Simón, me dijo Calders: "Me ha dicho Edmón Vallés que escribes". Estaba francamente acojonado, le dije que sí y me pidió que le enseñara lo que escribía. Era un hombre entrañable y tímido, de una timidez increíble.
         

--¿Y Jesús Moncada: es tímido o está muy volcado con su obra, casi con fervor religioso? Ni presenta ni da conferencias ni colabora en los periódicos.
        
--Lo del fervor, lo acepto. De religión nada, en absoluto. No me gustan los saraos, y eso no implica ningún tipo de desprecio por otros escritores. Prefiero estar al margen y centrarme en mis proyectos. Soy ordenado, pero hasta cierto punto, y tampoco vivo en una torre de marfil ni mucho menos. Escribo con el perro dando vueltas, viniendo a lamerme o ladrando, y con mi madre entrando a preguntarme si le parece bien qué haga tal o cual menú para comer. No soy un monje, pero sí trabajo muchísimo todo lo que hago.
         

--¿Cómo escribe ahora: a mano, a máquina, con ordenador?
        
--El trabajo de traductor lo hago directamente con el ordenador. Con mis libros es distinto: procuro hacer con el ordenador un esbozo del capítulo muy rápido, o de todo el libro, e imprimirlo, y el gozo es coger la estilográfica y empezar a manchar las hojas impresas hasta que no queda nada. Y entonces paso eso al ordenador; corrijo de nuevo, añado otros matices, vuelvo a imprimir, cojo la estilográfica de nuevo, y ese es el procedimiento que en la última novela creo que hice trece veces. O catorce.
        

--Hablemos de Estremida memòria: un caso de bandolerismo y muerte en Caspe hacia 1877. ¿Por qué le había obsesionado tanto ese tema?        
--Porque es una de esas viejas historias que te cuentan siempre. Y que yo no hubiera escrito nunca de no haber sido por la aparición de una relación manuscrita del escribano de Caspe que participó en las investigaciones. Esa relación existe y a mí me dio los datos históricos que yo necesitaba para comparar esa versión fidedigna con todo lo que la memoria había ido incorporando, deformando o falseando de lo que sucedió. Es una novela, una vez más, sobre la memoria realizada a mi manera desde la certeza de que la realidad es muy literaria.
         

--Usted ha empezado escribiendo libros de cuentos. Tras tres extensas y exitosas novelas, ahora anuncia el regreso al cuento.
        
--No lo abandoné jamás. Yo no escribí cuentos como un aprendizaje para luego escribir novelas. Escribiendo cuentos no se aprende a escribir novelas y escribiendo novelas no se aprende a escribir cuentos. Pero a lo largo de estas tres novelas he ido reuniendo cosas e ideas que quería convertir en cuentos. Y después de Estremida memòria he vuelto a ello. Sería un libro de cuentos muy unitario, situado en los años 50, contado por un juez de paz. Pero no piense que van a ser relatos policiacos. 
         

--¿Tiene título ya?

         --No. Y además le prometí a mi sobrino que sería el primero en saberlo. [El título sería “Calaveras atónitas”. Hay edición castellana en Xordica. Esta entrevista es de 1998, y Jesús Moncada falleció en 2005.]

*En 1998, concerté un encuentro en Barcelona con Jesús Moncada. Encuentro ahora el acta de este diálogo (se publicó en "El Periódico de Aragón", en la sección "En Primer Plano") y lo traigo aquí, al blog. Creo que es un texto que explica mucho al autor, incita a la escritura y abunda en el proceso de  redescubrir la Zaragoza de los años 50.